Summer Theology: “Presbiterianismo: Identidad e Historia”.

Summer Theology es una actividad de extensión de la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, que se hace en el mes de enero. En 2019 es su quinta versión, y en esta oportunidad su tema central es “Presbiterianismo: Identidad e Historia”. 

Se realiza los días miércoles, en las dependencias de dicha iglesia, ubicada en Balmaceda 621 a pasos del Metro Plaza de Puente Alto, a las 20:00 hrs.

En este post, semana a semana, subiremos el podcast de la exposición, junto con los apuntes que serán entregados a cada participante en formato PDF.

Sesión #1: El sentido presbiteriano de la vida.

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Temas abordados: a) ¿Qué significa ser presbiteriano?; b) el corazón del sentido presbiteriano de la vida; c) el señorío de Cristo; d) la iglesia; e) el gobierno eclesiástico; f) la misión; g) la espiritualidad; h) la membresía eclesial; i) el conocimiento; j) la relación con el mundo y el trabajo.

Sesión #2: Orígenes del Presbiterianismo.

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Temas abordados: a) Premisas bíblicas y teóricas para la historia eclesiástica; b) el antecedente de la Reforma Protestante; c) Juan Calvino; d) calvinistas en Europa; e) la Reforma en Escocia; f) John Knox; g) la Iglesia de Escocia; h) el Presbiterianismo en Estados Unidos; i) la confesionalidad de la iglesia; j) la Confesión Escocesa; y k) los Estándares de Westminster.

Sesión #3: Presbiterianismo chileno, 1ª Parte.

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Temas abordados: a) Genealogía del Presbiterianismo chileno; b) José Manuel Ibáñez Guzmán; c) La Corporación Unión Evangélica; d) Proyecto misionero combativo y formas de evangelización; e) Elementos de cambio; f) Un análisis de época: “Nuestra situación presbiteriana”; g) ¿Liberalismo en la Iglesia Presbiteriana en Chile; h) Los primeros intentos de solución al estancamiento; i) Relaciones interdenominacionales.

Sesión #4: Presbiterianismo chileno, 2ª Parte.

 

Temas abordados: a) La nacionalización de la Iglesia Presbiteriana en Chile; b) Desafíos y problemas posteriores; c) Moderadores del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile (énfasis analítico en el Pr. Horacio González); d) Situación actual de la IPCH; e) Presbiterianos y sociedad; y f) Iglesia Puente de Vida.

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Recomendaciones lectoras.

* Hemos subido libros cuyas ediciones están discontinuidas o fueron liberados por su editorial.

Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Abrir aquí.

Los estándares de Westminster. Abrir aquí.

Charles Hodge. Qué es el presbiterianismo. Abrir aquí.

Jean McLean. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Santiago, Imprenta Universitaria, 1932; Santiago, Escuela Nacional de Artes Gráficas, 1954 (esa segunda edición tuvo información actualizada). Abrir primera edición aquí.

Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, 1935. Abrir aquí.

Luis Pino. Plantando el evangelio en cada corazón. Hacia una historia de la Iglesia Puente de Vida (2008-2013). Abrir aquí.

Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018. 

Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

Edmund Clowney. La Iglesia. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2015.

Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. San José, CLIR, 2010.

Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016.

Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Santiago, Iglesia Presbiteriana de Chile, 1995.

Ximena Prado. David Trumbull, un protestante del siglo XIX puertas adentro y puertas afuera. Viña del Mar, Mediador Ediciones, 2018.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial Del Pacífico, 1962, pp. 36-48; 129-134.

Humberto Muñoz. Nuestros hermanos evangélicos. Santiago, Ediciones Nueva Universidad, 1974, pp. 101-122.

Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2010.

Juan Ortiz. Historia de los evangélicos en Chile: de disidentes a canutos. Liberales, radicales, masones y artesanos. Santiago, Editorial Parousía, [¿2015?], pp. 53 y ss.

Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, pp. 52-104; 171-178.

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La larga jornada de un pastor que sigue peleando la buena batalla de la fe.

Si bien es cierto, quienes nos preciamos de ser calvinistas no sentimos gusto por los homenajes públicos, puesto que nuestro centro está puesto en la gloria de Dios, en ningún caso atentamos contra ese modo de entender y vivir en el mundo cuando reconocemos la labor de un ministro del Señor. Esto, porque en primer lugar, seguimos glorificando al Señor por los dones manifestados en la iglesia para su edificación y alegría. Por otro lado, porque la Biblia nos manda con toda claridad a testimoniar respecto del trabajo de los hijos de Dios. La Escritura dice: “Pagad a todos lo que debéis: […] al que honra, honra” (Romanos 13:7); “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1ª Timoteo 5:17); y “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Hebreos 13:7). Si la Biblia es firme en enseñar esto, hacemos bien en honrar, acordarnos, reflexionar respecto de la caminata de la fe y, por supuesto, imitar lo bueno realizado, porque eso bueno, sin dudas, ha provenido del Señor. La última razón para hacerlo es de carácter personal: por razones de un trabajo de carácter sinodal, quien suscribe estas palabras no estará presente en este día tan importante para la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, por lo que en una actitud de agradecimiento a esta comunidad que me ha invitado a colaborar en su arduo y fiel trabajo en la misión de Dios, y por la honra de poder conocer al Pastor Manuel Covarrubias desde el año 2011, me parece sumamente relevante estar hoy por la vía de estas palabras, dando cuenta de la historia de un ministro que ha servido con tanta fidelidad al Dios de la vida y, en ese trabajo arduo, a la Iglesia Presbiteriana de Chile. 

Manuel Enrique Covarrubias Bravo, nació en Viña del Mar el 2 de febrero de 1937. Mientras estudiaba en el Colegio Alemán de Valparaíso, a la edad de 16 años, vivió su conversión. En sus propias palabras, señala que “pertenecía a una cultura católica, aunque en mi familia no íbamos a misa. Era un alumno desordenado, hasta que llegó a mis manos el Nuevo Testamento y lo leí en 20 días. Algo pasó, un suceso misterioso” [1]. Allí se sumó a la Iglesia Presbiteriana San Lucas, en Viña del Mar, comunidad eclesial en la que trabajó activamente con los jóvenes. En 1960, fue enviado a realizar su práctica pastoral a Chañaral, como Encargado de Obra, en una congregación que por mucho tiempo no tuvo dirección pastoral, marcada por una presencia joven, en la que de hecho recuerda idas al cine con parte importante de la comunidad. Al año siguiente, 1961, en las sesiones del Presbiterio de Chile, fue examinado para su ordenación pastoral, siendo aprobado para ello, acto que se realizó en Rancagua, lugar de su primer pastorado (1961-1964). Después de eso, fue pastor en San Fernando (1966-1967), Concepción -entre 1968 a 1998, lugar en el que deja una huella muy profunda (no por nada, una calle de El Cardal lleva su nombre)-, y como presidente de los Consistorios de las 1ª y 2ª Iglesia Presbiteriana de Chillán (1994 a 2006 y 1998 a 2007 respectivamente). En su estadía como pastor en Concepción, dio inicio a la Avanzada en Chiguayante, congregación que este 2018 fue organizada como iglesia. Desde el año 2008 al año 2015 es pastor en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago. Al finalizar dicha etapa, es llamado a ser Pastor Auxiliar de la 4ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, siendo instalado en ella en marzo de 2016. En 2018, es invitado a presidir el H. Consistorio de la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “La Paz de Cristo”, en la que ha mostrado un compromiso ejemplar no sólo en la labor a la que se le llamó, sino dando mucho más. El sábado 29 de septiembre de 2018 la Asamblea Congregacional de esta iglesia le llama como Pastor Titular por cinco años, labor en la que el Rev. Manuel Covarrubias comienza a ejercer desde hoy, con este acto de instalación. A su vez, el Pastor Covarrubias fue Moderador del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile entre los años 1983 y 2009. 

Su ministerio pastoral lo comenzó siendo soltero. Conoció a su esposa, la hermana Hilda Urbano en la ciudad de Huépil, con quien contrajo matrimonio el 8 de marzo de 1968. De dicho matrimonio, nacieron dos hijas, Paola y Cecilia, que junto a la hermana Hilda le han acompañado en esta larga jornada de arduo trabajo de servicio a Jesucristo y a su iglesia, con todo lo que ello implica. 

Su formación teológica la desarrolló entre 1957 a 1960 en Argentina, en la Facultad Evangélica de Buenos Aires (centro de formación que en 1969 a ser el ISEDET). Allí desarrolló los estudios de Teología, graduándose de Bachiller el 1 de diciembre de 1960. 

El Pastor Covarrubias se ha destacado como un ministro muy preocupado por las personas en su aspecto integral. Son muchos le recuerdan en sus visitas andando en su bicicleta en sus años mozos, y luego, llegando en otros medios, preocupado por la salud espiritual de la grey del Señor. Por supuesto, se le reconoce también en su preocupación por la predicación y la enseñanza, elocuente, pedagógico y vivaz.  Muchos recuerdan que siendo niños entendían sus sermones, porque siempre dedicó espacios de éste para educarles, como también en el momento de la cena del Señor. ¡Quién no entiende a cabalidad la naturaleza de este sacramento luego de escucharle su ministración! Para qué hablar de su profundo conocimiento en la historia eclesiástica, área en la que ha educado a tantos de nosotros en la conversación informal, en la educación de las iglesias a las que ha servido, y en el Seminario Teológico Presbiteriano como profesor en dicha área. Dicha casa de estudios le reconoció con la Licenciatura Honoris Causa en Teología el año 2011, cuando cumplió cincuenta años de ministerio pastoral. 

El Pastor Covarrubias ha servido incansablemente en tantas áreas de la vida de la iglesia, tanto que a modo anecdótico, en los retiros de jóvenes hablamos del “Pastor Covarrubias Style”, cuando quienes somos líderes equipados con nuestras linternas hacemos una ronda por la Granja Presbiteriana antes de irnos a acostar con la tranquilidad de que todos están su debido lugar. Ese estilo, refleja el cuidado integral de quienes formamos parte de la iglesia, y que denota una cuestión mucho más profunda: estamos en presencia de un hombre honesto, que da seguridad a la hora de hablar con él, leal y firme en sus convicciones, y que siempre ha procurado el consenso en el acuerdo, cosa que tanto destaca a nuestro sistema presbiteriano. No por nada, a pesar de divergir en muchas consideraciones con el Reverendo Horacio González, que sin dudas es uno de los actores más relevantes del presbiterianismo chileno del siglo XX, fue uno de sus principales colaboradores a la hora de solidificar a la iglesia que se independiza de la misión estadounidense en 1964, lo que releva el respeto profundo a la libertad de conciencia, que debemos procurar entender bien y practicar a la luz de nuestra confesionalidad en el presente. De hecho, a tanto se manifestó ese respeto mutuo, que según algunos testimonios el Pastor González le habría referido como “lo mejor del presbiterianismo chileno” [2].  

No se puede dejar de mencionar un aspecto demasiado relevante: el servicio a la iglesia de Jesucristo del Pastor Covarrubias, también se extendió al trabajo interdenominacional. Si bien es cierto, se podría mencionar su labor en la Sociedad Bíblica Chilena, en el Concilio de Iglesias Históricas, y en el presente, en la Mesa Ampliada, en la que ha colaborado como Vicepresidente y Director, sin lugar a dudas, una de las tareas primordiales la llevó a cabo en el Consejo de Organizaciones Evangélicas, COE, instancia interdenominacional creada con la finalidad de obtener la llamada Ley de Libertad de Cultos, que daba un estatuto de igualdad ante el Estado chileno respecto de la iglesia mayoritaria. En ese espacio, el Pastor Manuel Covarrubias colaboró con el establecimiento de la filosofía del proyecto de ley, y en la negociación con los parlamentarios en el Congreso Nacional. Testimoniando respecto de ese trabajo dijo: “Es necesario considerar que con la recuperación de la democracia, el gobierno se encuentra con una masa evangélica que no la puede ignorar. En ese sentido entonces, no nos regalaron esta ley y si hubo en algún momento alguna intención de querer usarnos no les resultó, porque nosotros insistimos en las posiciones de igualdad de la ley. […] como evangélicos debemos tener cuidado en no prestarnos para ser instrumento y que nos utilicen como pretexto para ensuciar la esencia de la ley” [3]. Este aspecto del ministerio del Pastor Covarrubias, que muestra la firmeza en las convicciones y el cuidado frente a la instrumentalización política del mundo evangélico, es refrendado por otro participante del COE, el pastor e historiador Juan Wherli, quien señaló que “el cerebro, la tenacidad para no ceder, cuando la tentación era grande, a las presiones de todo tipo, fue obra de la Iglesia Presbiteriana, y particularmente de la Iglesia Presbiteriana de Chile, a través de su moderador, el hermano Manuel Covarrubias Bravo, que cuando muchos querían decir ‘-Bueno, ya, conformémonos con el 80%, con el 90%, él, y otros que le seguimos en esto, [decía] ‘No, o el 100 o nada. Todo o nada. No estamos pidiendo, ningún regalo, ninguna dádiva. Estamos exigiendo que se nos reconozca lo que nos hemos ganado y conquistado en este país, y lo que la Constitución nos asegura’. Si no, hace mucho tiempo algunos habrían aceptado cualquier migaja. Pero esa tenacidad, ese concepto de los principios […] es parte de la genialidad presbiteriana” [4]. Muy probablemente, por la sencillez a la hora de compartir con todos, y por tenerlo aún muy presente en la cotidianidad de la Iglesia Presbiteriana de Chile, no asumamos aún con conciencia que estamos frente a uno de los actores más importantes de la historia de las iglesias evangélicas en nuestro país. Y glorificado sea Dios por ello. 

Y porque todo esto, es parte de la historia de la misión de Dios y su extensión en Chile, y teniendo en cuenta que el Pastor Covarrubias viene a ser algo así como una bisagra entre la vieja escuela, esa marcada por “El sentido presbiteriano de la vida”, tan llena de ética calvinista y de aquello antaño llamaban “cultura general”, con esta generación más reciente, impulsada por la proclamación del evangelio y la extensión del Reino de Dios, cerramos con sus palabras en el Servicio de Acción de Gracias el año 2017, cuando sintetiza el fundamento de la vida cristiana diciendo que: “Como evangélicos y fundados en las Sagradas Escrituras, por cierto tenemos que respetar el derecho de cada persona, y defender la libertad de conciencia, porque viviendo en una sociedad plural también reclamamos el derecho a que nosotros podamos decir y pensar libremente fundados en las Sagradas Escrituras. […] La invitación, cuando estamos celebrando el aniversario patrio, es a que el pueblo chileno, cada persona, desde el que no tiene ilustración al que tiene mayor ilustración, sepa que solamente en Cristo Jesús está el fundamento para una vida de justicia, de verdad y de amor” [5].

Gracias Pastor Manuel Covarrubias por enseñarnos el evangelio. Que el Señor le siga usando por muchos años más, para su gloria y la alegría del pueblo de Dios. 

Luis Pino Moyano.

Santiago, 19 de octubre de 2018. 

* Escrito en ocasión de la instalación del Rev. Manuel Covarrubias como Pastor Titular de la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “La Paz de Cristo”, realizada el sábado 20 de octubre de 2018. Este artículo biográfico es el paso inicial a uno más profundo, y en otro soporte, que esperamos concretar antes del fin de este año. Para éste, se ha tenido en cuenta, además de las fuentes citadas expresamente, conversaciones con el Pr. Manuel Covarrubias, testimonios de otros hermanos, además de los siguientes documentos: “Entrevista com Manuel Covarrubias”. En: Revista Ultimato. Julio-Agosto de 2004. Publicada en: http://www.ultimato.com.br/revista/artigos/289/entrevista-com-manuel-covarrubias (revisada en octubre de 2018); y “IPCH celebra 50 años de pastorado del Reverendo Manuel Covarrubias”. En: Boletín IPCH. Departamento de Comunicaciones de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Nº 3, Diciembre de 2011. Agradezco a sus hijas, Paola Covarrubias y a Cecilia Covarrubias, por ayudarme a precisar algunos datos y con material valioso.

[1] Luis Miranda y Marcela Escobar. “Los hombres detrás del poder evangélico”. En: Revista Sábado (suplemento de el diario El Mercurio). Nº 481, Santiago, 8 de diciembre de 2007, p. 18. 

[2] Resulta recomendable acá, ver la ponencia del Rev. Jonathan Muñoz, titulada “La primera crisis del Sínodo Presbiteriano y los orígenes de la IEPCH”, disponible en: http://youtu.be/b7q6MStuFfo (revisada en octubre de 2018).

[3] Alejandra Riveros. “Por una mayor igualdad”. En: http://www.creas.org/recursos/archivosdoc/entramado/07-02/mayorigualdad.pdf (revisada en octubre de 2018).

[4] “Parte 2: ‘Protestantismo y Presbiterianismo en Chile’ (Conferencia), Rev. Juan Wehrli”. En: http://youtu.be/CvOPm7hEYgM (revisada en octubre de 2018). 

[5] “Servicio de Acción de Gracias 2017”. En: http://youtu.be/WVwf-SLf548 (revisada en octubre de 2018).

Puede descargar una versión en pdf, haciendo clic aquí.

Creo en el Espíritu Santo.

“Los presbiterianos no creen en el Espíritu Santo”. ¿Has escuchado algo así antes? En mi caso fue lo primero que escuché de los presbiterianos. Se aduce a esto por la falta de fervor, de “fuego”, e inclusive en términos teológicos por la ausencia de un capítulo sobre la doctrina del Espíritu en nuestras teologías sistemáticas más clásicas. De hecho, nuestra Confesión de Fe de Westminster vivió una modificación a comienzos del siglo XX en el seno del presbiterianismo estadounidense, cuando se le agregó un capítulo especial sobre este tema, muy probablemente para responder a la aparición del movimiento pentecostal. ¿Pero es tan así?

Teólogos de la talla de J. I. Packer han dicho que la doctrina del Espíritu Santo es “la cenicienta de las doctrinas cristianas” y son muchos los que con él aducen a una falta de reflexión sobre la doctrina. Pero más recientemente otro teólogo insigne, Sinclair Ferguson, ha señalado que la doctrina del Espíritu Santo es una de las más abordadas por la literatura cristiana, sobre todo en los últimos años. Pero, aunque hay producción muy sabia y ortodoxa, que va desde Juan Calvino, llamado por algunos “el teólogo del Espíritu Santo”, pasando por el movimiento puritano, la teología reformacional y otras, no cabe duda que el problema no radica en que no se hable del Espíritu Santo, sino en lo que se habla del Espíritu y cómo se vive a propósito de ello. 

  • “Creo en el Espíritu Santo”, declara el credo apostólico. Pero, qué creemos es la pregunta. 

La Biblia llama al Espíritu adjetivándolo como santo, o nominándole como Espíritu de verdad, sabiduría, paz, amor y gloria. Le menciona como Dios en el relato de Ananías y Safira (Hechos 5:3,4), al nivel que la blasfemia contra él es declarada un pecado imperdonable (Marcos 3:28,29). Se le menciona con atributos divinos tales como la omnisciencia (1ª Corintios 2:11), la omnipresencia (Salmo 139:8,9)  y la eternidad (Hebreos 9:14).

También, la Palabra, lo refiere como una persona. Jesús y los apóstoles aplicaron el pronombre personal “él” para referirlo. Romanos 14:17 nos habla que el Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu. El Espíritu se alegra y nos invita a vivir en su alegría. Además de eso, el mismo Pablo señala que el Espíritu puede ser entristecido (Efesios 4:30). El Espíritu no es una “fuerza activa” ni una cosa reducida a la simbología usada para explicarlo.

Quizá una de las cosas más importantes del Espíritu Santo tenga que ver con la vida. El viejo y sufriente Job declara que participó de la creación cuando dice que “Su Espíritu hizo hermosos los cielos, y su poder atravesó a la serpiente deslizante” (Job 26:13 NTV). Pablo dice en la carta a los Romanos que “levantó a Jesús de entre los muertos”, y que por lo mismo tiene el poder de darnos vida (Romanos 8:11). Y Jesús les dijo a sus discípulos, antes de ascender al cielo que recibirían poder del Espíritu para ser testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). La fuerza que infunde el Espíritu Santo para alentar a la iglesia es para la misión, para hablar de Cristo con denuedo, claridad y firmeza. Esa es la obra que el poder del Espíritu Santo produce en nosotros: ser testigos del mensaje del evangelio de Jesucristo en cada lugar que estemos. Fue esa la razón por la que nadie en la iglesia primitiva pensó en misioneros profesionales, sino que esta fue la lógica: “el Espíritu vive en mi, soy un testigo”. 

En el estado actual de la iglesia, si dijéramos que vamos a hablar de la obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes, la mayoría del mundo evangélico creería que vamos a hablar de los dones milagrosos, de hechos sobrenaturales, de cuestiones que no tienen que ver con la vida cotidiana fuera de la esfera religiosa. Pero nosotros debemos decir lo siguiente: La obra del Espíritu Santo en los creyentes tiene que ver fundamentalmente con la salvación. En el año 381, el Concilio de Constantinopla, confesó que el Espíritu Santo es el “dador de la vida”, lo que quiere decir que él es la fuente inmediata de toda la vida. Los creyentes tenemos al Espíritu Santo en ese sentido redentor, a tal nivel que podemos decir con certeza que nadie puede vivir para Dios sin que el Espíritu Santo trabaje en su vida. Es lo que nos enseña Romanos 8, que bien podríamos llamar el capítulo del Espíritu Santo, por todas las veces que se menciona a la Tercera Persona de la Trinidad en él. Se dice que el Espíritu nos da nueva vida, conforme al corazón regenerado por su obra (vv. 8-14), y por la tarea constante de la santificación (vv. 4-9, 12,13), que busca conformarnos a la imagen de Jesucristo. Hacer morir las obras de la carne es parte de la nueva vida. No existe cristianismo reformado en la práctica del libertinaje. Un creyente genuino por la obra poderosa del Espíritu Santo produce fruto (Gálatas 5:22, 23). Y aún más, el Espíritu nos hace hijos adoptivos (vv. 14, 15), lo que hace que no solo seamos pueblo sino familia de Dios. Dios es santo, santo, santo y, a la vez, es Padre que ama y salva. Y el Espíritu nos hace tan conscientes de ello que podemos orar con intimidad, a tal nivel que podemos balbucear su identidad paterna, y que cuando no sabemos qué pedir, él intercede por nosotros. 

  • El Espíritu Santo nos bendice. 

Nos bendice cuando nos bautiza a todos los creyentes por el mismo Espíritu (1ª Corintios 12:13), con lo que nos inicia en la experiencia del cristianismo, por lo que dicha experiencia no tiene que ver con algo que algunos creyentes reciban, sino que está asociada a la regeneración y a la conversión. De hecho, la evidencia de dicho bautismo no es hablar en otras lenguas, sino producir fruto. 

El Espíritu nos bendice por él es sello de garantía de la redención conquistada por Cristo, lo que nos hace sabernos propiedad del Señor, y seguros, no de nosotros, sino que en la obra de Dios. La obra del Espíritu es garantía de la herencia que recibiremos en la eternidad, nos anticipa el gozo. Por eso hoy, no mañana, podemos estar alegres. 

El Espíritu nos bendice cuando nos unge, de tal manera que hoy hemos sido puestos como “reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:10). La unción del Espíritu indica la suprema responsabilidad que tenemos ante Dios y su supremo llamamiento y, a la vez, nos muestra que la presencia de Dios habita en nosotros mediante el mismo Espíritu que habita en nosotros, capacitándonos, ayudándonos y protegiéndonos para cumplir con su llamamiento. De hecho, el apóstol Juan nos señala que esa unción nos permite conocer a Dios en una nueva relación con él y, además, nos permite conocer lo que enseña la Palabra por la iluminación que lleva a cabo (1ª Juan 2:20,27). 

El Espíritu nos bendice cuando nos llena (Efesios 5:18-21, 22, 25, 6:1-9 y Colosenses 3:16-4:1). Es muy interesante que Pablo transforme en un sinónimo ser llenos del Espíritu con ser llenos de la Palabra de Dios. La única forma de ser llenos del Espíritu es llenándonos de su Palabra. No hay disociación entre Espíritu y Palabra. El Espíritu actúa en nosotros con la Palabra que él inspiró. Ser llenos del Espíritu es un deber constante, no parte de un evento o de algo accidental Ser llenos no es una opción, es una necesidad. Es parte de la vida abundante que Dios nos da, lo que nos hace ser fructíferos en la misión. Cada día y cada hora debemos buscar esa llenura. El hecho de que hayamos sido bautizados, sellados y ungidos no hace que estemos plenamente entregados al Espíritu o caminando en él. ¿Qué hace que entristezcamos y apaguemos el Espíritu en nuestra vida? ¿Con qué reemplazamos la sed de Dios?

El Espíritu nos bendice avivándonos. Dicha obra consiste en un despertar que Dios produce en la iglesia. Timothy Keller en “Iglesia centrada”, al hablar de avivamiento ocupa también el concepto de “renovación del evangelio”. Esto señala la “intensificación de las operaciones normales del Espíritu (convicción de pecado, regeneración y santificación, seguridad de la gracia) a través de los medios ordinarios de gracia (predicación de la Palabra, oración y sacramentos)”. En esta obra revitalizadora de la iglesia “los cristianos estancados cobran vida y los cristianos nominales se convierten”. Por ello es que debemos orar diciendo como el salmista “¿No volverás a darnos nueva vida, para que tu pueblo se alegre en ti?” (Salmo 85:6); o como Habacuc: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia” (Habacuc 3:2).

El Espíritu nos bendice con dones. Esos dones son diversos, pero tienen la finalidad de producir vida y edificación en la comunidad. Los diversos dones unen a la iglesia, porque buscan la gloria de Dios y la práctica del amor en la comunidad (véase 1ª Corintios 12 — 14). Los dones no buscan el engrandecimiento personal, sino la gloria de Cristo en la iglesia y en el mundo. Sí, oíste bien: en el mundo. Porque el Espíritu Santo no solo bendice a la iglesia con dones, sino también al mundo. Cuando ves algo bueno, bello, justo y sabio en lo producido por no creyentes, por más que éstos busquen su gloria y no la del Señor, siempre es obra del Espíritu pues “todo don perfecto viene de Dios” (Santiago 1:17). Eso es lo que los reformados llamamos gracia común.

  • Y atentando contra toda lógica occidental, pero no a la lógica de una buena conversación, quiero volver la mirada al Espíritu Santo.

Jesús hablando con sus discípulos, en lo registrado por Juan 16:5-15, enseñó lo siguiente: “Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. 

Jesús, en el aposento alto, antes de ir a la cruz, en la cena que tuvo con sus discípulos dijo estas palabras. Busca confortarles con la promesa del Espíritu, pues él, como Consolador, confirmaría y fortalecería la fe de ellos, aún en las circunstancias de crisis y persecución que no tardarían en venir. El Espíritu es consolador, es decir alguien que intercede y aboga como ayudador de la iglesia en misión. El Espíritu es quien nos convence de nuestro pecado, nos muestra que sólo hay justicia en Cristo y nos señala con claridad la derrota de Satanás. El Espíritu nos guía y enseña por medio de la Palabra, despertando nuestros sentidos para ser sensibles a ella (lo que Calvino llama “testimonio interno”). 

Y aquí está lo más maravilloso y misterioso de todo: ¡todo está centrado en Cristo! El Espíritu no busca captar su atención sino que nos hace poner nuestra mirada a Cristo. El Espíritu procede del Padre y del Hijo, se somete en la relación de la comunidad intratrinitaria, en la que no hay competencia, hay mutua glorificación; en la que no hay inferioridad, sino subordinación. La venida del Espíritu Santo tiene como propósito exaltar a Cristo e interpretar y aplicar la obra de la salvación. ¡Qué poco nos parecemos al Espíritu! Sobre todo cuando queremos fundar nuevos reinos o establecer enseñanzas innovadoras y espectaculares.

¿Crees en el Espíritu Santo? ¿Sí, amén? Pero cambiemos de una vez por todas la pregunta: ¿vives esa fe en el Espíritu? ¿Por qué rehusas entonces la santidad que él produce en tu vida, siendo luz en el mundo y sal de la tierra? ¿Por qué te asustas de testificar del evangelio en los lugares en los que vives y trabajas? ¿Por qué te rehusas a contribuir para la justicia, paz y alegría donde quiera que estés? ¿Por qué crees que la celebración y el fervor es patrimonio de algunas denominaciones más carismáticas? ¿Por qué no estás trabajando tus dones y te excusas en el miedo o en la falta de capacitación? ¿Por qué en vez de salir del Departamento Presbiterial de Jóvenes cuando pasas los 25 o tienes un empleo bacán, y no ocupas los dones que Dios te ha dado para trabajar con los más jóvenes que tú, sobre todo en las tareas de liderazgo y no en el cómodo sillón de tu comodidad? ¿Te sientes golpeado con esto? ¡Ese es el propósito!

Pero te tengo una buena noticia: si has creído en Cristo y eres salvo, el Espíritu Santo vive en ti y te conduce al arrepentimiento, a la restauración, a la vida verdadera y al trabajo. Y si no has creído en Cristo aún, el Espíritu te puede hacer nacer de nuevo, pasar de muerte a vida. Lo dice muy bello uno de nuestros catecismos, el de Heidelberg: “¿Qué crees del Espíritu Santo? Que con el Eterno Padre e Hijo es verdadero y eterno Dios. Y que también me ha sido dado para que, por la verdadera fe, me haga participante de Cristo y de todos sus beneficios, me consuele y quede conmigo eternamente” (pregunta 53).

Luis Pino Moyano.

* Texto que escribí para mi exposición en el Encuentro “Nuestra Identidad. Ser jóvenes presbiterianos en el siglo XXI”, realizado en La Granja Presbiteriana de El Tabo, los días 7 al 9 de septiembre de 2018. 

Reflexiones a 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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“Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:4-7).

El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, escribe una carta a gente de su pueblo que se encontraba exiliada en Babilonia. Lo hace para contrarrestar a los mismos falsos profetas que habían señalado que no habría cautiverio, proclamando un mensaje artificioso de paz, y que ahora, buscando arreglar su mensaje y reputación, anunciaban que dicho tiempo de expatriación serían breves dos años. Jeremías no estaba dispuesto a palmotearle el hombro a nadie ni a actuar con temeridad inventando mensajes alejados de la voluntad de Dios, por lo que les señala con toda franqueza que el cautiverio duraría setenta años. Jeremías tiene el coraje de hablar con la verdad a personas que son víctimas del desarraigo, a personas que anhelaban volver a su tierra, y que desde un tiempo vivían bajo el dominio babilónico, ciudad-imperio que es símbolo de los imperios injustos, que están centrados en el pecado. No por nada, en Apocalipsis hay una alusión simbólica a “Babilonia, la grande”. Ya desde el contexto de la carta, hay una importante lección, que se profundizará con la lectura del fragmento que hemos colocado al comienzo: Aún en  medio de esa ciudad símbolo del pecado, la invitación no es a formar ghettos virtuosos de “gente como uno”, sino a un cristianismo activo y vital, que es sal y luz del mundo.

 “Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos”. Esta es una de las invitaciones más radicales de aceptación de la voluntad de Dios respecto del exilio en Babilonia. No se les invita a dejar de añorar su tierra. Se les invita a pensar en esta otra tierra, a la que deben amar y por la que deben trabajar para su cuidado y para el beneficio de los seres humanos y de la naturaleza (mandato cultural). La construcción de las casas, en este contexto, es el sometimiento a la disciplina de Dios. Es allí, en la ciudad ajena (peregrinos) que debe ser la propia (extranjeros), donde se debe desarrollar trabajo con distintivo cristiano, responsabilidad y excelencia, y en ese orden, para no perder el sentido de la vocación cristiana. El distintivo cristiano es la base de este prisma, pues nuestro énfasis para la vida en la ciudad está en la vida que se entrega para la gloria de Dios sin la parcelación de su existencia, lo que trasunta en buen testimonio o, en otras palabras, en la alegría de personas que se ven beneficiadas de tener hijos de Dios entre sus cercanos.

 “Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis”. De las cosas más bellas de la Escritura, es que siempre se nos vuelve la mirada al diseño divino. En este caso, estamos frente a la reiteración y recuerdo del mandato social: casarse y tener hijos. Las iglesias no sólo crecen por medio de la predicación del evangelio, sino también de manera orgánica, con familias que se constituyen sustentadas en el pacto matrimonial del cual Dios es garante y testigo fiel, y que fructifica con el nacimiento y la crianza de hijos. La familia es pieza clave del discipulado cristiano, la iglesia doméstica en la que esposo y esposa, padres e hijos, viven su fe de manera constante y cotidiana en el seguimiento de las pisadas del Maestro de Galilea, de quien todos los creyentes somos discípulos.

 “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz”. Babilonia es el imperio que oprime, por ende, y sólo desde una lógica aparentemente humana, sus habitantes son los enemigos, el prójimo indeseable. Pero es en esa ciudad, que el pueblo de Dios es mandatado para buscar y orar por Shalom que se vive en la paz, justicia, vida abundante, y armonía social. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte, teniendo sumamente claro que es en el Reino de Dios donde radica el Shalom, y no en los “reinosde este mundo que perecen.Por lo tanto, es el pueblo de Dios el que debe hacer el trabajo de contextualizarse (que no es lo mismo que adaptarse pasivamente a la cultura). Se requiere para ello una sólida cosmovisión cristiana que permita saber qué se puede asumir, qué modificar y qué rechazar. ¿Cuánto trabajamos por el bienestar de la ciudad? ¿Cuánto oramos por el bienestar de la ciudad? Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Y es la oración sustentada en la Palabra la que pone la agenda para la misión.

 Dicho esto, me permito algunas reflexiones:

 1) La misión no es tarea de pastores, misioneros transculturales, plantadores de iglesias y más. La misión es de Dios y por gracia toda la iglesia es incluida en ella. Toda la iglesia es, o debiese ser, misionera. Y es allí, donde debemos señalar que la tarea misional de la iglesia es compartir la buena nueva de Jesús y extender el reino de Dios, en cada esfera de la vida, por medio del trabajo. En otras palabras, cada miembro de la iglesia desarrolla la misión en su quehacer cotidiano anunciando-viviendo-haciendo. Hoy, 7 de junio de 2018 se celebran 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile, que tiene como hito la fundación de la Iglesia Santísima Trinidad (la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago), lo que marca un muy buen momento para pensar la misión en la ciudad.

 2) ¿Cuáles son nuestras preocupaciones hoy? Los pastores Carlos Núñez y Horacio González, en un texto del año 1935 titulado “Nuestra situación presbiteriana”, dijeron:

“El evangelismo no se preocupó por el mejoramiento efectivo de las vidas individuales; sólo se preocupó de alcanzar grandes cantidades de personas, y para lograr esto muchos evangelistas empleaban métodos más bien expectaculares [sic] que espirituales. La extensión evangelística consumió grandes sumas de dinero y rebajó valores éticos, dando en muchos casos la importancia a los valores monetarios, y llegó a relegar a último término la noción de la justicia social en favor de conseguir fondos para la expansión eclesiástica[1].

La crítica que ellos realizan en este punto, tiene que ver con esfuerzos voluntaristas que sólo tenían la intención de proselitar nuevos creyentes, sin preocuparse de sus realidades ni lo que ellos pensaban y sentían. A su vez, denota con claridad, que la preocupación por la justicia social no es exógena al presbiterianismo. Lo realmente exógeno al presbiterianismo, como teología y “sentido de la vida” (en la cara expresión de Mackay), es separar la iglesia del mundo, cosa que con toda claridad no hicieron quienes nos antecedieron en las filas del presbiterianismo chileno. Ejemplos del esfuerzo misional con impacto en la sociedad fueron las Sociedades del Esfuerzo Cristiano (con su énfasis en el activismo evangelizador y en la educación bíblica), junto con la Escuela Popular fundada por Trumbull, los colegios ingleses, los dispensarios para huérfanos,las ligas de intemperancia, y la Maternidad Madre e Hijo (fundada en 1927). También puede relevarse, el trabajo de difusión periodística en “La Piedra viva, verdadera y divina” que tuvo como redactores a Trumbull e Ibáñez, y “El Heraldo Evangélico, o “El Heraldo Cristiano” (cuando se fusionó con la revista metodista “El Cristiano”), en las que habían abundantes páginas respecto al acontecer noticioso de Chile y el mundo, junto con análisis de contingencia. Nuestros hermanos entendieron con suma claridad que no hay separación entre trabajos sagrados y trabajos seculares, todos nuestros trabajos deben y pueden ser hechos para la gloria de Dios.

 3) Hemos señalado, en el punto anterior, que que no hay trabajo más importante o sagrado que otro. Pero esa misma declaración implica que debemos tener la noción que la labor de los presbíteros docentes o pastores, no es un trabajo de menor valía y esfuerzo. No es oficio de segunda categoría como para ser abordado peyorativamente o tenerlo sin consideración. Gálatas 6:6 dice con toda claridad que “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye”. No dejemos nunca de ser agradecidos de quienes con esfuerzo nos enseñan la Palabra de Dios, animan, amonestan y oran por nosotros, cumpliendo su labor de pastorear la grey de Dios. Un ejemplo de la labor tesonera de nuestros pastores queda ilustrado en las palabras del pastor David Trumbull, dirigidas al Rev. José Manuel Ibáñez Guzmán, primer pastor protestante chileno y el primero de habla castellana en América Latina, el día de su ordenación el 1 de noviembre de 1871, en la Iglesia Santísima Trinidad. Trumbull señaló:

“Desde ahora tu obra de vida ha de ser la predicación; en discursos públicos –por la palabra pronunciada viva voce-; en explicaciones particulares; -en la administración de los Sagrados Sacramentos; en amonestaciones y el ejercicio de la disciplina de la casa del Señor; -en actos caritativos y buenas obras; – tendrás el insigne privilegio de presentar continuamente al Hijo y Cordero de Dios ante la atención de tus semejantes. / Tienes que trabajar como un representante de la Iglesia libre en país libre, y a la misma vez inculcar todos los santos deberes de la religión; oponiéndose al indiferentismo irreligioso y a la tiranía eclesiástica; luchando tenazmente con los que prohíben la lectura de los Santos Evangelios, y con los incrédulos. / Predica, pues, la palabra aquí en el centro de la vida intelectual de Chile; insta a tiempo y fuera de tiempo; reprende, ruega, amonesta con toda paciencia y doctrina. Pon tu confianza en el mensaje porque es divino, del cielo. / Con nada menos debemos contentarnos; nada más podemos apetecer. De tales obreros evangélicos la nación chilena tiene necesidad; de tales predicadores la Iglesia chilena tiene necesidad. A ti te cabe, mi hermano, el honor de ser el primero, bendiga Dios lo que hoy se hace para que no seas el último, sino que cien veces más esta grata ceremonia sea repetida hasta que el pueblo del Señor tenga pastores verdaderos según su corazón que lo apacentarán con la divina ciencia y doctrina”[2].

El trabajo pastoral es sumamente arduo, y requiere de acompañamiento, amistad, colaboración. Es una responsabilidad enorme, sobre todo en lo que implica la predicación recta y fiel de las Escrituras, como también, la asesoría-consejería de la hermandad. La Biblia nos reporta el deber de reconocer esta labor, cuando Pablo le dice a Timoteo: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1ª Timoteo 5:17).

 4) La iglesia, en la sólida distinción reformada de sus esferas institucional y orgánica (los creyentes esparcidos en el mundo), puede y debe trabajar asistiendo, educando y reformando la sociedad según sea su caso. Produce profundo gozo ver iglesias presbiterianas en nuestro país generando espacios de capacitación bíblica y cosmovisional, instancias de acogida y asistencia de inmigrantes, levantando ferias de servicio que hacen que juntemos nuestras manos para aportar desde las vocaciones que Dios nos ha dado, levantando preuniversitarios gratuitos como en Concepción, o a hermanos de nuestras filas trabajando en cárceles o siendo invitados a ser expositores en espacios universitarios. Produce gozo porque es la iglesia movilizándose a ser para los de afuera, trabajando con esfuerzo para que Dios sea glorificado, sometiéndonos a la voluntad de Dios y descansando en Él. Esto no excluye la predicación del evangelio ni la plantación de nuevas iglesias, en las que con pasión por Cristo muchos estamos trabajando. Muy por el contrario, son puentes que acercan el evangelio. Muestras concretas del amor que Dios produce en los hijos salvados y amados por él. Quedan por delante las tareas de reforma, que por su carácter no deben ser ejercidas por la iglesia institucional sino por la iglesia orgánica. Se requiere creyentes que lo sean a cabalidad en las instituciones públicas o privadas en las que ejerzan sus labores, con una alta ética cristiana que aterriza los principios bíblicos a sus labores en el mundo. Recientemente, el pastor Manuel Covarrubias señaló en el Servicio de Acción de Gracias del año 2017:

“Como evangélicos y fundados en las Sagradas Escrituras, por cierto tenemos que respetar el derecho de cada persona, y defender la libertad de conciencia, porque viviendo en una sociedad plural también reclamamos el derecho a que nosotros podamos decir y pensar libremente fundados en las Sagradas Escrituras. […] La invitación, cuando estamos celebrando el aniversario patrio, es a que el pueblo chileno, cada persona, desde el que no tiene ilustración al que tiene mayor ilustración, sepa que solamente en Cristo Jesús está el fundamento para una vida de justicia, de verdad y de amor”[3].

Todas nuestras tareas deben tener a Cristo como lo que es: rey y soberano de todo: el mundo, la iglesia, la familia y de nuestras vidas. Por ende, todo lugar es campo de misión. A 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en no olvidar esto.

 No puedo concluir estas líneas sin una nota personal. Estoy muy emocionado y feliz por ser parte de las filas del presbiterianismo. Si bien es cierto, he caminado en los últimos ocho de los ciento cincuenta años, me siento heredero de toda esta larga vida y tradición. Esto, por el cariño, acogida y acompañamiento de pastores, colegas presbíteros y hermanos y hermanas con los que hemos trabado, también, amistad; por la posibilidad de aprender en la comunidad y de servir, en mi paso por la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, en la Iglesia Refugio de Gracia (avanzada de la 5ª Iglesia de Santiago en Maipú) y hoy, en el trabajo colaborativo con la 10ª Iglesia de Santiago, como también en el trabajo con los jóvenes del Presbiterio Centro y en el Seminario Teológico Presbiteriano, ¡nuestro seminario!, en el que he sido beneficiado en mi labor como estudiante y como profesor asistente en el área de la historia eclesiástica. Estoy emocionado y feliz porque estos ocho años son de una densidad histórica de profundas y significativas experiencias, en las que claramente he sido beneficiado, y de las que estoy profundamente agradecido. Emocionado y feliz, porque fue acá, por medio de la predicación fiel y relevante, que volví al hogar del evangelio, sólo por la obra del Espíritu Santo. Mi compromiso, esfuerzo y fidelidad, con la ayuda del Señor y Redentor Jesucristo, a esta comunidad de creyentes de la que soy miembro, la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 Que cumplamos muchos años más, predicando el evangelio, viviendo en la fraterna amistad la fe, y extendiendo el Reino de Dios en cada esfera de la vida, hasta que nuestro Señor Jesucristo vuelva. Y sí, como siempre: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1).

 Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 7 de junio de 2018, en ocasión del sesquicentenario de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 


[1] Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, agosto de 1935, p. 7. Disponible en la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (revisada en junio de 2018).

 

[2] “Ordenación”. En: La Piedra viva, verdadera y divina. Nº 21, Año II, Valparaíso, 16 de noviembre de 1871, pp. 57-59 (la cita recoge fragmentos de la alocución de Trumbull).

 

[3] “Servicio de Acción de Gracias”. En: Canal de Youtube Jotabeche. Minuto 2:26:22 (revisada en junio de 2018).

Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

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El domingo 22 de octubre de 2017, me correspondió compartir una exposición sobre el pensamiento económico y social de Juan Calvino.

¿Cuál fue el propósito de abordar esta temática?

Por sobre todo, ampliar la mirada de Calvino. A muchos de nosotros, que no somos presbiterianos de origen, sino que venimos de otras comunidades eclesiales, nuestro acercamiento se debió al reconocimiento de las doctrinas de la gracia. A eso le llamábamos “calvinismo”. Calvino propuso una mirada completa de la realidad. El calvinismo es una cosmovisión en la idea de un filtro para mirar el mundo, además de un “sentido de la vida” como diría Juan Mackay. En dicha ampliación, hemos querido hablar del pensamiento económico y social de Calvino. En otras palabras de Política con mayúsculas. Si Cristo es Señor por sobre todo, de todo y en todos, y el Reino de Dios excede los muros de nuestros templos, no hay temas vedados para los creyentes.

Comparto acá el audio de dicha exposición:

 

Exposiciones sobre presbiterianismo en Chile.

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En el marco de los 150 años del presbiterianismo en Chile, y particularmente de la “Iglesia Presbiteriana de Chile”, que se cumplirán el próximo año, la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago ha estado desarrollando este año una serie de conferencias históricas. En mi caso, me ha tocado participar de dos de ellas, una sobre el presbiterianismo entre 1903 y 1964, y otra sobre la nacionalización de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 1964.

Comparto acá los vídeos que registran ambas exposiciones, junto con las diapositivas presentadas en dichas ocasiones, compendiadas en un solo archivo, esperando que sean un aporte a la reflexión sobre la realidad pasada (y presente) de nuestra amada iglesia.

 

Las diapositivas de ambas exposiciones, compendiadas en un solo archivo, puede descargarse haciendo clic aquí.

Les invito a revisar todas las exposiciones, registradas en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago.

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Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2015 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias cobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

Neopuritanismo hoy.

Existe una tendencia dentro del mundo reformado a rescatar el aporte del puritanismo y alguno de sus exponentes, sean éstos históricos o algunos más contemporáneos, que tienden a ser portadores y resemantizadores de las propuestas originarias. Debo decir desde un comienzo que valoro profundamente el tremendo aporte a la teología y la práctica de los puritanos, manifestado en a) su apelación a la piedad que es fruto de la obra del Espíritu en nosotros, b) en el celo evangelístico, c) el amplio interés por la predicación fiel de la Palabra aplicada a la realidad de la iglesia; y d) la ligazón realizada entre avivamiento y justicia social. Creo que hay bastantes cosas que aprender de ellos y, por supuesto, adoptar, con las pertinentes adaptaciones al momento cultural nuestro, desde variables espacio-temporales.

De hecho, existen varios sujetos, algunos amigos entre ellos, que están realizando con mucho esfuerzo, inteligencia y devoción un rescate del puritanismo, y lo hacen teniendo en cuenta nuestra distancia histórica con ellos, junto con tener una mirada sustentada en el evangelio y en la rigurosidad histórica, que ve en ellos santos-pecadores, por ende, ajenos a un “mecanicismo puritano” que calca y copia. Dicho eso, quisiera manifestar algunas preocupaciones respecto de la reflexión y de la acción del reciente movimiento neopuritano.

  1. El flaco favor del neopuritanismo de Facebook.

Muchos “neopuritanos” de Facebook le hacen un flaco favor al movimiento de rescate de su tradición, generando la antipatía del resto, por su exceso de purismo productor de estructura anquilosante. Esto, porque si hubo algo que caracterizó a los puritanos fue su lucha por la libertad. Su “no conformismo” tenía a la Biblia como regla que actúa al modo de rieles en los que un tren puede moverse a toda velocidad y efectividad, y no como un ancla que detiene a un barco en un puerto. En el presente esa ancla es un conjunto de nimiedades que se transforma en el shibolet de la ortodoxia de lo aparente.

Súmese a ello, una serie de inventos actuales, como el de la salmodia exclusiva, pues si bien resulta evidente que los puritanos defendían el uso de salmos cantados en el culto, no hay ninguna prueba fehaciente del exclusivismo. Es decir, se usa un concepto ahistórico para dar “prueba de blancura” de una práctica cúltica, generando una entelequia que constituye a neopuritanos más puros que otros.

  1. El neopuritanismo como instrumento de consumo.

Me parece perjudicial para la práctica de la fe la venta del puritanismo como lo auténticamente reformado. Y hablo en concepto de mercado de venta, porque parte de su difusión ha logrado construir un producto con una amplia gama de consumidores conspicuos.

El puritanismo no es lo auténticamente reformado sino una de las tantas expresiones de lo reformado. La idea respecto de si acaso es la expresión más fiel de lo reformado puede ser debatida, según las propuestas de cada cual. A mi juicio, insistiendo en el aporte valorable, creo que no es la expresión más fiel, pues en su devenir histórico por algo el presbiterianismo estadounidense se separó de él, teniendo en cuenta un apego confesional a la Biblia como única y suficiente regla de fe y práctica, junto con la práctica de una piedad comunitaria. Todo esto, en detrimento de nuevas revelaciones y de una piedad individual e intimista.

  1. El puritanismo como herramienta de continuidad pentecostal.

Aquí quisiera manifestar una hipótesis respecto de la relectura y difusión de la producción puritana, y que quiero proponer con amplio respeto, toda vez que yo mismo soy parte, en cierto sentido del fenómeno del cual emerge.

Se puede relevar en mucho de lo que se escribe y dice por parte de los neopuritanos un fuerte influjo pentecostal. Es sabido por muchos, el fuerte proceso migratorio de iglesias pentecostales a iglesias reformadas. Gran parte de ellos llegan a través de las “doctrinas de la gracia”, limitando el calvinismo, por lo menos por un buen tiempo, a una doctrina soteriológica, y no como una cosmovisión amplia de toda la realidad.

En dicha recepción, se ha dado que uno de los problemas que se ha presentado a estos nuevos reformados tiene que ver con el dilema cesacionismo y continuismo. Como ex pentecostales, muchos de estos nuevos reformados sigue creyendo en la continuidad de los dones extraordinarios y una de las posibilidades para no encontrar disonancia con su nueva teología se encuentra en el factor puritano. El puritano-calvinista-continuista, permite al neopuritano no romper con su pentecostalidad. Esto se denota fuertemente del discurso que disocia ortodoxia de piedad, llevando a concluir que es posible tener una sana doctrina que no se condice con la práctica de la santidad. Sin duda, podría parecernos que sí en la superficie. Pero en el corazón está el verdadero albergue de la sana doctrina y no en la boca, y eso lo mira con toda claridad el Señor.

  1. El neopuritanismo y las “iglesitas dentro de la iglesia”.

Existe la tendencia en este neopuritanismo a construir “iglesitas dentro de la iglesia”, con la finalidad inicial de renovar la lectura bíblica, la espiritualidad y la piedad. Sin embargo, todos estos intentos derivan en división indefectible, según el barrido histórico hecho por Lloyd-Jones en su conferencia sobre los puritanos del año 1965[1] (“Ecclesiola in ecclesia”).

Sin lugar a dudas, harían bien en observar los neopuritanos que no existen iglesias a la medida de su pureza reformada mental y que la sana teología se manifiesta, también, en amor por la iglesia santa y pecadora a la que se pertenece. Y ojo con esto, la pertenencia es sumamente importante, porque más allá de cualquier ensoñación, no existe reformado que no se somete a la autoridad de un consejo, elegido por el pueblo y conformado por miembros de éste, y que asienta su discurso y práctica en la Palabra de Dios.

Me permito citar, ahora explícitamente, a Martyn Lloyd-Jones, quien señaló que:

“No habría nada más ridículo que convertir la enseñanza, ni más ni menos que de los puritanos, en un nuevo tipo de escolasticismo y malgastar nuestro tiempo meramente citando textos, repitiendo frases y exhibiendo nuestro conocimiento teórico. Eso sería hacer lo mismo que hicieron los grandes oponentes de los puritanos en su época: me refiero a los carolinos y a gente como ellos, los cuales predicaban sermones que consistían, en buena medida, en ristras de alusiones clásicas”[2] (“El conocimiento falso y el verdadero”, 1960).

Los amigos neopuritanos harían mucho bien en tener en cuenta estas palabras del Doctor como bandera de lucha.

Luis Pino Moyano.


[1] Martyn Lloyd-Jones. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013, pp. 197-224.

[2] Ibídem, p. 51.