Niño predicador, niña activista… La convicción en la niñez y los discursos públicos.

El discurso de una niña y la reacción suscitada.

Debo decir que no seguí en directo el discurso de Greta Thunberg, porque tengo ciertas resistencias a lo que esté de moda, sean discursos, prácticas y hasta cuestiones estéticas. Pero cuando veo la reacción que pulula en las redes sociales, donde se le acusa hasta de la práctica del aborto libre con la típica estética sanguinolienta de quienes no entienden que la dignidad humana también implica un trato respetuoso del cuerpo difunto (¡yo sí creo que un feto es un ser humano!), todo eso en un mundo virtual cómodo en el que el meme se transforma en estatuto de verdad. 

Debo decir, también, que si bien es cierto no comparto la matriz cosmovisional de Greta Thunberg ni tampoco su énfasis de final inminente y catastrófico de carácter fatalista, no puedo dejar de reconocer algunos instantes de verdad en su alocución en la Cumbre de Clima de las Naciones Unidas. Sí, concuerdo en el intelecto y la emoción, que no se pueden separar en la integralidad de la naturaleza humana, cuando ella dice que: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?” [1]. Eso es lo que efectivamente estamos haciendo: matando el sentido de la posteridad, tan presente en la Escritura cuando habla de la tierra, y que se puede constatar en la lectura de Calvino en su comentario al Génesis (¡ya en el siglo XVI!), como cuando en la segunda mitad del siglo XX, y la cuestión ecológica comenzaba a ser tema de preocupación mundial, Francis Schaeffer toma posición con su libro “Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología” (¡un libro publicado en 1970!). Por favor, ¡estoy hablando de autores que no se vendieron al “dragón verde”! Dragón verde, que es un muñeco de paja de sectores fundamentalistas dentro del mundo evangélico y reformado, que rehúye su responsabilidad dentro del mandato cultural, sacando textos de contexto y difundiéndolos para obnubilar la mirada respecto de la realidad del cambio climático. Realidad que amerita ser problematizada, pero con argumentos y no con más panfletería de poca monta, propia de una teología irresponsable con la iglesia y el mundo. He escrito de esto en un post titulado, y que refiero para no ahondar más en este punto [2]. 

Lo ofensivo, lo vacuo y lo grotesco. 

Toda esta reacción, sobre todo, la de mis hermanos evangélicos, me parece ofensiva, vacua y grotesca. Y paso a argumentar en qué sentido es ofensiva, vacua y grotesca, para que no se me acuse gratuitamente de victimización millenial, a la que busco resistir contraculturalmente con toda la fuerza que me es posible:

  • Me parece que esta reacción es ofensiva porque contraviene el mandamiento de no levantar falso testimonio contra nuestro prójimo, el que tiene como implicación no sólo el hecho de mentir o calumniar respecto de otras personas, sino también respecto del destruir la imagen de otros, incluso divulgando información real pero con motivación destructiva. Nuestros catecismos emanados de la reflexión protestante advierten respecto de esto. Pero bástenos para esta ocasión referir las palabras de Lutero, cuando señaló que: “Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación […] Estamos obligados a asegurar su fama [la de nuestro prójimo] y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros” [3]. En este caso, esto se hace cada vez grave, toda vez que se trata de adultos afectando el buen nombre y reputación de una menor de edad. 
  • Me parece que esta reacción es vacua, por la sencilla razón que nosotros sí podemos reconocer cuando un no creyente dice verdades, sin alterar un ápice nuestra convicción cosmovisional, porque reconocer no implica, necesariamente, asumir acríticamente. Dios dotó de inteligencia a todos los seres humanos, y quienes la desarrollan por medio del estudio y el trabajo, lo hacen responsablemente, aunque su producto no tenga como finalidad humana glorificar a Dios. Pero el ejercicio de la razón que produce un mejor conocimiento del mundo lo hace, más allá de nuestras egoístas intenciones [4]. Y puede ser que su padre, madre y ella usen poleras antifascistas y ella porte una bandera del movimiento LGBT, todos símbolos de causas con las que se puede o no estar de acuerdo, parcial o totalmente, pero eso no obsta para reconocer cuando alguien dice algo verdadero y justo. Vuelvo a la cita de Greta Thumberg. Un meme difundido como estatuto de verdad la muestra a ella en un tren con un muy buen desayuno, junto con la frase: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías”; para que, acto seguido, se ponga una foto de niños venezolanos buscando comida en medio de basura esparcida en la calle. Pero no repara que ella misma hace reconocimiento de su propia realidad cuando dice: “Y sin embargo, soy de los afortunados”. Entonces, dicha lógica sólo monta un clasismo aparente y un resentimiento tan emocional como lo que se critica. Qué duda cabe que hay lugares en el mundo en los que “La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando”. Y que eso se debe, mayoritariamente, no a que no me dé una ducha más corta o que no recicle en vez de producir basura (cosas loables y necesarias de hacer), sino a la avaricia de gente poderosa que sólo busca tener más. Ella da en el clavo cuando dice con la fuerza que ya quisiera tener, y en la tribuna en la que no puedo estar: “Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”. Doy gracias a Dios por esta voz, porque las piedras hablan cuando nosotros callamos. Y, debemos procurar arrepentirnos, si nuestra crítica a un discurso ideológico procede de otra fuente ideológica, de otro compromiso de fe. 
  • Me parece que esta reacción es grotesca, porque repara en imágenes que acentúan en la gestualidad de Greta Thunberg, o en los énfasis de su voz, sin reparar que muchos de ellos tienen que ver con el Síndrome de Ásperger que ella tiene como condición y no como enfermedad. Dicha condición no admite burlas ni lástima de una integración a medias, sino real y concreta inclusión. Cuando se reparten imágenes con intenciones burlescas se atenta contra el reconocimiento de la “imago Dei”, que hace que el respeto a la dignidad del ser humano no se gane sino que se presuponga. Además, es grotesca, porque no mira a la cara a personas, padres y madres, que se esfuerzan día a día en el acto de comprender amando a sus hijos/as con Ásperger, procurando espacios inclusivos para ellos, de los cuales la iglesia tiene que ser uno de ellos. Y, un poco de conocimiento sobre este asunto, podría hacernos entender por qué estamos en presencia de una niña que es inteligente y que, como decían los más antiguos en tono coloquial, “habla de corrido”. 

Infancia, convicción y espacio público. 

Debo decir, además, y sin contravenir un ápice de lo dicho en los párrafos anteriores, que de todas maneras considero que Greta Thunberg está siendo sometida a una sobreexposición innecesaria para su edad. Pero, en ningún caso, considero que esto sea una vulneración de derechos por quienes son los adultos responsables de su cuidado. Y no lo considero así, porque creo de verdad y no desde el panfleto, en el derecho preferente de los padres de educar a sus hijos. Como dije a un conocido que un día le ofrecía a mi hijo una camiseta de la Universidad de Chile, cuando yo estaba inculcando su gusto por el Colo-Colo: “a mi hijo yo le enseño de religión, de política y de fútbol”. Por eso, no sólo él y Sophía comparten mi mismo techo hogareño, sino me acompañan a reunirme con la iglesia los domingos, o al estadio cuando queremos y podemos, o a las calles de mi ciudad cuando demandamos y proponemos una “educación gratuita, pública, laica, de calidad y con control comunitario”. No veo nada ilegítimo en que hijos/as compartan las mismas o similares convicciones a sus padres y madres. 

Por lo mismo, estos últimos días he tenido en mi mente a Nezareth Casti Rey, conocido hace algunos años atrás como “El niño predicador”, del que también se decía que era usado por sus padres con fines de proselitismo religioso, o como víctima de un fanatismo eclesial, porque, ¿cómo un niño puede saber tantos textos bíblicos o hablar de esa manera con tanta naturalidad? Quienes conocemos algo del mundo evangélico sabemos que el leer muy tempranamente la Biblia (sobre todo en la querida Reina Valera 1960) y cantar muchos de los textos bíblicos o himnos clásicos, aumenta el acervo lingüístico y facilita la memorización. Yo mismo fui un niño predicador, y nadie me vulneró en mi infancia. Y no tuve ninguna contradicción en mi mente con el hecho de que luego de predicar en el local de avanzada de “Arturo Prat” en Puente Alto, al llegar a mi casa y antes de ir a acostarme, tomara mi Ferrari Testarossa Matchbox y jugara con él imaginando mundos por los que avanzaba con él con mano firme. A los 10 años confesé mi fe en Jesucristo como mi Señor y Redentor. A los 13 años era profesor de una clase de Escuela Dominical. A los 14 era un predicador. Hoy tengo 37 años y miro dicho pasado con emoción y gratitud. 

¿Qué tiene que ver todo eso con lo que he venido hablando? Tiene que ver porque los niños pueden tener limitaciones dadas por la edad y la experiencia, pero eso no implica que sean tontos, o que no puedan comprender la realidad a su alrededor, ni mucho menos que no puedan pensar y creer con convicción. Y lucharé porque nadie le quite el derecho ni a mi hijo ni a mi hija de decir que son presbiterianos, ni a mi ni a esposa para educarles conforme a dicho “sentido de la vida”. Porque no sólo mi fe es pública, sino que la de ellos también lo es. Vociferar que los/s niños/as no puedan hablar de sus convicciones puede resultar en un acicate para las voces que quieren reducir la fe a un espacio privado, atentando contra la libertad de conciencia. Debemos cuidarnos de construir argumentos tipo boomerang, que se nos pueden devolver golpeándonos en la cara. 

Por otra parte, tanto la infantilización como la adolescencia son constructos modernos. Los/as niños/as de antes compartían con los adultos de sus familias las conversaciones, en las que por ejemplo, se contaban cuentos como “La Caperucita”, que cerraba con ella comida por un lobo y sin el final feliz edulcorado que se le agregó con posteridad. En muchas culturas, el paso de la niñez a la adultez, y casi desde la aparición de la presencia humana en el planeta, era dada en los niños cerca de los 12 años por la vía de ritos de iniciación configurados como norma cultural, lo que hacía entenderles como hombres; y las niñas, luego de su menarquia, eran participantes de un rito que las reconocía como mujeres. Reconocer y enseñar a los/as niños/as de acuerdo a su edad no debe implicar estupidización.

Los niños son niños, no tontos… Las niñas son niñas, no son tontas. Y debemos esforzarnos para que nunca actúen neciamente, educándoles y escuchándoles, valorando su personalidad y la sabiduría que progresivamente van adquiriendo. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] “Greta Thunberg: el desafiante discurso de la adolescente sueca ante los líderes mundiales en la cumbre del clima de la ONU”. En: http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-49804774 (Consulta: septiembre de 2019).

[2] “Biblia y ecología. Una aproximación”. En: https://enelbalconyenelcamino.com/2016/02/16/biblia-y-ecologia-una-aproximacion/ (Consulta: septiembre de 2019).

[3] Martín Lutero. El Magnificat seguido de “Método sencillo de oración para un buen amigo”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto al que refiero es el método para la oración, el que fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido.

[4] Hablé de modo introductorio y refiriendo a la lectura de pensadores reformacionales en el post: “Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes”. En: https://enelbalconyenelcamino.com/2017/03/23/doce-tesis-sobre-la-gracia-comun-y-la-verdad-en-los-no-creyentes/ (Consulta: septiembre de 2019).

Jani Dueñas, el envejecimiento y la incapacidad de escuchar.

Siendo muy honesto, lo que más esperaba del Festival de Viña eran las presentaciones de Stand Up de Felipe Avello y de Jani Dueñas. Creo que son los mejores representantes de ese género, y lo sigo sosteniendo. A pesar de lo que ocurrió hace un rato atrás. Jani Dueñas no hizo una buena elección de su rutina, por el tipo de escenario y el tipo de público. La introducción donde se presentó fue muy larga, y cuando dijo que era una voz de 31 minutos, faltó un guiño más claro a Patana, cosa que podría haberle ayudado.

Pero hay otros hechos que no deben ser soslayados:

1) A mi juicio, lo más relevante del stand up es que es una representación, no una sesión de “cuenta chistes”, por lo que lo importante es la historia global que se cuenta y no los remates al final de pequeñas historias;

2) La historia que Jani Dueñas obedecía al relato del envejecimiento y lo difícil que es ser mujer en nuestra sociedad y más aún “vieja”;

3) Una clave del stand up es que debe ser escuchado y aquí no hubo escucha, sino pifias y gritos que faltan el respeto al trabajo de una de las dos artistas chilenas que se presentan en este escenario; evidentemente, los nervios la terminaron conteniendo y haciendo poco agradable su permanencia en el escenario, con la dosis de morbo que esto genera;

4) Las comparaciones no pueden ser hechas, por ejemplo, con la presentación de anoche de Dino Gordillo y sus “chistes repetidos que causan risa igual”, sino con otras presentaciones: en mi opinión, la última rutina festivalera de Coco Legrand es un buen ejemplo de lo señalado, pues no causó la misma hilaridad de ocasiones anteriores, pero presentó un espectáculo contundente. Aquí no hubo contundencia, porque no hubo desarrollo y no hubo desarrollo porque no hubo escucha.

5) Las opciones sociales y políticas de un/a artista no deben ser una pared que nos impida escuchar. La evaluación del arte mide la correspodencia entre cosmovisión del artista y su discurso, y no sólo la lectura desde mi propia cosmovisión.

6) El tema del envejecimiento, que por lo visto hoy en el escenario de Viña no prende, es sumamente relevante de ser tenido en cuenta. Los viejos en Chile no viven la alegría que la palabra “jubilación” enuncia. Como diría mi bisabuela Francisca Rivera, “la vejez es sola, fea y hedionda”. Debemos pujar para que esa no siga siendo la realidad. Lo seguirá siendo si imponemos un tabú.

No deseo finalizar sin decir algo sobre el envejecimiento en la lógica de Facebook. Antes de que comenzara la presentación de Jani Dueñas repliqué en dicha red social una expresión de buenos deseos que había publicado en Twitter. En medio de la rutina, varias personas no sólo comentaron la rutina, desde sus diversos prismas -cosa que me parece respetable-, sino también se burlaron de lo que yo planteé. Esa vejez del corazón es tan lamentable como la representación trunca de Jani Dueñas. Y también surge de la incapacidad de escuchar o leer lo que se dice. 

Luis Pino Moyano.

El chisme y su daño relativizado.

No andes con chismes entre tu gente. No tomes parte en el asesinato de tu prójimo. Yo soy el Señor” (Levítico 19:16 DHH).

 En muchas ocasiones he escuchado la idea que el chisme es un problema propio de la existencia de comunidades humanas. Donde hay personas, siempre habrá rumor, ideas de pasillo e, inclusive, falso testimonio. Y en cierto sentido, uno podría encontrar razón a esta idea, toda vez, que quienes participamos de comunidades sabemos que eso ocurre en la realidad cotidiana. El problema de esto, es que la naturalización del chisme termina por relativizar su daño. Y, además de eso, olvida que se trata de un pecado, es decir un acto de rebelión a las verdades reveladas en las Escrituras que es consecuencia de apartar la mirada de Dios y del prójimo, y que por eso no ama ni sirve al Señor ni al hermano.

 El texto de Levítico, citado al comienzo, es elocuente al respecto. Prohíbe de manera tajante el chisme en la comunidad. Y por si esto fuese poco, lo analoga con la idea del asesinato del prójimo. Porque el chisme no sólo mata la imagen de las personas, sino también mata su vida en la comunidad. Y esto, es tan relevante, que el Señor mismo le pone su firma a dicho mandamiento. El Dios del pacto, que es fiel eternamente, es el autor de un mandamiento perenne. Pablo, el apóstol, llega a expresar a los hermanos de Corinto, ante la posibilidad de un nuevo viaje, su miedo en relación a este pecado tan dañino, diciendo que: “Temo que haya discordias, envidias, enojos, egoísmos, chismes, críticas, orgullos y desórdenes. Temo también que, en mi próxima visita, mi Dios me haga sentir vergüenza de ustedes, y que me haga llorar por muchos de ustedes que desde hace tiempo vienen pecando” (2ª Corintios 12:20b, 21a). El chisme debiese producirnos miedo, vergüenza y tristeza. No es lo propio de la comunidad conformada por gente perdonada por Cristo, comprada y lavada con su misma sangre. La gracia cara es la invitación más que suficiente para procurar la mortificación de dicho pecado.

 Una base fundamental para esta práctica se encuentra en la obediencia al noveno mandamiento (octavo, en la tradición católica), que expresa, también en forma tajante: “No digas mentiras en perjuicio de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Pareciese ser, para muchos de nosotros, que podemos quedar fácilmente eximidos de este mandamiento simplemente por el acto de no mentir, de no “levantar falso testimonio” contra nuestro prójimo. Pero esa no es la lectura que históricamente el cristianismo ha dado ha dicho mandamiento. Me permito citar acá dos documentos.

El primero de ellos, corresponde a las palabras de Martín Lutero, en un texto redactado para enseñar a orar a su amigo el barbero Pedro Beskendorf, en el que señala que este mandamiento enseña: “Primero. Nos enseña que tenemos que ser sinceros los unos con los otros, evitar toda suerte de mentiras y calumnias, y decir y escuchar de buen grado lo bueno de los demás. Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación; no dejará Dios impunes a quienes lo quebranten, como queda dicho acerca de los anteriores mandamientos. / Segundo. Tenemos que agradecerle tanto la doctrina como la protección que tan graciosamente nos concede. / Tercero. Debemos confesar y pedir perdón por haber transcurrido nuestra vida en forma tan ingrata, pecadora y en tratos murmuradores falsos que atentaron contra nuestro prójimo. Estamos obligados a asegurar su fama y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros. / Cuarto. Pidamos ayuda para, en adelante, observar este mandamiento, para que nos conceda una lengua bienintencionada, etc.”[1].

 Por su parte, el Catecismo Mayor de Westminster, dice al respecto que: “Los deberes exigidos en el noveno mandamiento son el preservar y promover la verdad entre los hombres, y la buena fama del prójimo, así como la nuestra […] una estima caritativa hacia nuestro prójimo; amando, deseando y regocijándonos por su buen nombre; entristeciéndonos por sus debilidades, y ocultándolas; reconociendo libremente sus dones y cualidades, defendiendo su inocencia; prontitud para recibir un buen informe, y falta de disposición para creer un mal rumor, acerca de ellos; disuadiendo a los chismosos, aduladores y calumniadores” (pregunta 144), y que este mandamiento se viola, por ejemplo, cuando se actúa en “perjuicio contra la verdad y buen nombre tanto nuestro como del prójimo, especialmente delante de los tribunales públicos” (pregunta 145).

 En otras palabras, estas lecturas cambian nuestra manera de entender el falso testimonio. Violar el noveno mandamiento consiste, entonces, en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte. Por eso es bueno hablar de chisme, a secas. Eso es lo que debiesen entender quienes dan pie al chisme, poniendo toda su atención a estos. El chisme existe cuando usted habla y también cuando presta su oído. Si tiene dudas respecto de algo o de alguien, acuda a la persona y no se deje llevar por rumores. El chisme mata la comunidad. Defienda a sus hermanos, protéjalos del posible daño. Y si hay daño causado, ayude a recoger las “plumas desperdigadas” por la ciudad, aunque en esa tarea se vaya la vida y más, como en la cara imagen de la película La Duda.

 En un mundo que cada vez más está marcado por la indolencia e inmediatez de las redes sociales, huyamos, por favor, y pongamos límites a la cobardía de quienes ocupan “castillos de los cobardes”[2], pues en público palmotean el hombro y saludan con cordialidad, pero en secreto y sin piedad golpean y dilapidan la honra de los demás. Es fácil motejar a otros con apelativos, o aludir ideas o pensamientos no dichos o sacados de contexto, en conversaciones de pasillo, redes sociales e, inclusive, en documentos oficiales. Pero siempre será mucho más difícil y lento, pero más sano y restaurador, una conversación honesta y marcada por el amor que el evangelio produce en los creyentes. Como dirá Francisco Lacueva respecto del “Derecho a la propia reputación”: “Fácilmente se nos olvida que uno de los principales deberes sociales es el de respetar la reputación ajena (Ex. 20:16; Deut. 5:20). Sant. 3:1-12 describe plásticamente el daño que puede hacer la mala lengua. Muchos creyentes que parecen extremadamente puritanos en otras materias, no tienen empacho en publicar secretos fallos de otros hermanos ni en dañar su estimación con frases, gestos, reticencias o silencios calculados. El orgullo, el egoísmo o la envidia suelen estar en la base de tales actitudes muy poco cristianas. ‘Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto’ (Sant. 3:2)”[3].

 Si no tengo la capacidad de afirmar en público lo que digo en privado, mejor guardo silencio. Si no tengo la forma de probar de manera fehaciente lo que digo, mejor guardo silencio. Si dañé la honra, la imagen y la vida en comunidad de un hermano, debo pedir perdón y buscar reparar cuánto antes y de manera efectiva al prójimo. Si no oro por la debilidad de mi prójimo y no procuro su fortalecimiento, por medio de la preocupación y el acompañamiento, mejor guardo silencio. Aunque la crítica sea verdadera y necesaria, si no ocupo la misma cantidad de tiempo para orar por ello, que en lo que divulgo mis pensamientos, es verdad sin amor, por ende, en la idea bíblica, lisa y llanamente, no es verdad respecto de mi prójimo. Debo decirme que se trata de mi hermano. ¡Es mi hermano, por Dios! Esa expresión no puede ser una fría fórmula canuta de buen decir. Debo vivirla. No contribuyamos a la muerte de mi hermano ni de la comunidad.

 ¡Ah! Y una palabra para quienes han sufrido los daños del falso testimonio. Busca ablandar tu corazón por medio de la oración y la memoria del evangelio. La comunidad no es esa falsa ensoñación en la que no hay desilusiones. La iglesia está conformada por santos-pecadores, de los cuales yo soy uno, y tú eres otro, y ambos (principalmente yo, desde luego) contribuimos a la imperfección de la comunidad. Si cuando yo fallo, quiero ser perdonado y restaurado, porque no pensar de la misma manera respecto de quienes nos dañan. Sí, es cierto, que el perdón sólo se hace efectivo de verdad cuando el que daña reconoce su error, se arrepiente y busca reparar el daño. Sí, también es cierto, que el arrepentimiento no excluye la disciplina que sana y hace “entrar a lo cojo al camino”. Pero la verdad prioritaria es que debemos estar dispuestos a perdonar. Esto por dos razones fundamentales: a) porque el Señor lo manda, debemos amar a nuestros “presuntos enemigos” y procurar su bien, sabiendo que Dios trabaja y ejerce su justicia (Romanos 12:17-21); y b) porque nuestra identidad está en Cristo y sólo en él estamos completos (Colosenses 2:9, 10), por lo que ni lo que los otros opinen no tiene, ni debe tener la fuerza, para hacerte olvidar que eres un hijo que ha sido amado por Dios. ¿Te suena a cliché? Puede serlo, si no fuese parte de un doloroso aprendizaje que me ha tocado experimentar en varias ocasiones. Pero siempre se puede terminar agradeciendo a Cristo, porque mientras somos zarandeados como trigo por el Maligno, él ora al Padre para que nuestra fe no falte (Lucas 22:31, 32), como el perfecto y único mediador que es. Tú tranquilo, sigue, no te victimices, camina… la obra es de Dios.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Martín Lutero. El Magnificat seguido de “Método sencillo de oración para un buen amigo”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido.

[2] Expresión de Spurgeon respecto del mal uso del púlpito por predicadores que enrostran las debilidades de los demás, aprovechándose de la tribuna dada por la iglesia.

[3] Francisco Lacueva. Etica Cristiana. Curso de Formación Teológica, Tomo 10. Barcelona, Editorial CLIE, p. 208.

Facebook.

4E398783-2519-4E3E-BB0D-189A63FDAC5F_cx0_cy3_cw0_w1023_r1_s

Sí, soy un usuario muy asiduo de Facebook. Hablo desde esa realidad. Lo ocupo por varias razones: a) hoy día gran parte del acontecer noticioso y eventos de mi interés se promocionan por esta red social; b) me permite el contacto con personas que no puedo ver con facilidad en días, semanas, meses y años; c) me gusta la fotografía (sin ser pro, como varios de mis amigos en la red); d) me gusta compartir mis reflexiones, posts de mi blog, actividades de la iglesia, momentos jocosos, situaciones de vida alegres o reflexiones respecto de las difíciles; e) en la pulsión histórica, me gusta dejar registro (imaginen lo que significa el “un día como hoy” que nos proporciona una mirada del pasado reciente con tanta facilidad); y f) gran parte de las personas con las que trabajo en la iglesia son usuarios de la red, por lo cual el uso fundamental que le doy es de carácter pedagógico.

Quiero señalar políticas mías respecto del uso de Facebook que sostengo hasta el día de hoy: a) si a alguien le molesta, borro el post o mi comentario, agradeciendo siempre la crítica constructiva que logra percibir lo que yo no miro; b) sólo discuto con amigos de verdad, de carne y hueso, inclusive en los foros; c) si algo no me interesa o no me gusta, “cambio de canal” (muy pocas veces verán una notificación de “me enoja” mía en su red); y d) elimino y/o bloqueo a las personas que discuten sin escuchar, sobre todo aquellos que caen en la difamación.

Ah! y otra cosa que me parece pertinente decir: algunas personas me preguntan por qué publico las cosas que hago. La razón está lejos de la autopromoción. Sólo dos razones: a) el agradecimiento a quienes me invitan a dialogar con ellos, o por la linda experiencia que me toca vivir; y b) señalar que estoy haciendo algo, pues existe la tendencia muy difundida de que quienes trabajamos en la iglesia no hacemos nada, dormimos hasta tarde y suma y sigue (la clásica llamada a las 9:00 hrs. (¡o más!), que parte con la pregunta: “-¿te desperté?”).

Me llama mucho la atención el uso moralista que algunos le dan a la red. Hay personas, que sólo comentan cuando les molesta algo y jamás para una felicitación, o un apoyo en el momento que se necesita. Otros “pegan palos” que no podrían sostener jamás en público. Otros critican a los usuarios asiduos por su presencia amplia en la red, porque supuestamente serían ociosos, a lo que yo me pregunto: ¿y cómo saben del uso? ¿Será que son usuarios compulsivos aparentemente pasivos, ya que no publican nada en su muro, pero ven el de los demás?

Cierro este post explicativo de mi práctica facebookera con la siguiente reflexión más global, y que espero pueda servirte en tu uso de la red:

Facebook, en términos generales, es un juego que principalmente busca compartir emociones, fotografías, diálogos sencillos. Pero si se le ocupa con fines pedagógicos, políticos, religiosos, teológicos y demás debería tenerse muy presente lo siguiente:

a) presentar las ideas de la manera más clara posible; b) entender que no a todo lo que uno diga se le va a poner “me gusta”, o se le escribirá un comentario; c) es más, habrá cosas que uno escriba que la gente no entenderá y pedirá explicaciones, o con las que no estarán de acuerdo, y expresarán ese disenso… la única alternativa es asumir y hacerse cargo de lo que se escribió sin delirio de persecución; d) uno tiene el derecho a cambiar de opinión (sólo la gente “bacán” es discípula de sí misma); e) si consideras que lo que otros comentan puede hacer daño a otras personas, no sólo borres lo que ellas escribieron, parte por moderarte tú (si eres cristiano, recuerda a Jesús diciendo “si tu mano te es ocasión de caer, córtala”… él no mandó a andar cortando las manos de los demás, y dejar a salvo la tuya); f) piensa en lo que el otro escribe, contextualiza, logra descubrir el estilo literario en que escribe, y siempre presupone la buena fe del otro, por lo menos, hasta que le conoces de verdad y no sólo en la apariencia; y g) si alguien dejó de ser tu amigo porque no le interesaba, no le gustaba, no estaba de acuerdo con lo que posteabas, y eso te duele: ¡reflexiona! esto puede haberse convertido en un ídolo que te quita la vida.

Disfruta, sonríe: esto es Facebook, no la vida. No lo conviertas en algo más importante de lo que es.

Luis Pino Moyano.