El seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales.

“Principio generador, carácter íntimo, esencia o sustancia de algo. El espíritu de una ley, de una corporación, de un siglo, de la literatura de una época” (tercera acepción de la palabra espíritu según la RAE).

En nuestro país, a fines de la década de los noventa, y en el marco de las crecientes críticas a la forma de articular la democracia, sobre todo, en lo que tiene que ver con la justicia frente a los delitos de lesa humanidad acometidos en el país durante la dictadura militar. El descontento frente a la justicia “en la medida de lo posible” hizo que un grupo de organizaciones, principalmente de familiares de represaliados políticos, comenzara a manifestarse frente a las casas o lugares de trabajo de exagentes civiles o militares de los organismos respresores, denunciándoles públicamente. La idea era generar una sanción social ante la ausencia de sanciones judiciales. Esa sanción social se le llamó “funa”, palabra proveniente del mapudungun que da cuenta de algo podrido o que se echó a perder. La  más reciente proliferación en el uso (y abuso) de las redes sociales ha hecho que las funas aumenten exponencialmente, y aludan a distintas materias, incluidas aquellas que dicen relación con aspectos de la fe. Esa proliferación mediática y presurosa ha hecho que los mecanismos de investigación y contraste de información se diluyan cayendo con cierta facilidad en la información falsa o, derechamente, en la calumnia. 

La funa en una sociedad que exige transparentarlo todo y configurar o imponer con ello una identidad del otro en oposición a uno mismo, parece ser un espíritu de esta época. Pero, ¿eso tiene que ver con la práctica de la fe cristiana? Para responder a esto, me permito señalar tres ideas:

  • El profeta Oseas, denunciando a una cultura idolátrica señala que en ella se “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7) [1], es decir, quien ha practicado la injusticia, tarde o temprano recibirá el justo pago de sus actos, sea en esta vida o en la venidera. Pero ¿quién es el que produce la cosecha? Bíblicamente, no somos nosotros. Gálatas 6:7-9 dice con toda claridad que el Dios que no puede ser burlado dará la cosecha y, acto seguido en los versículos 9 y 10 nos invitan a hacer el “bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”, persistiendo en ello. El mismo apóstol Pablo exhorta a los creyentes de Roma, diciendo: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré’, dice el Señor. Antes bien, ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:17-21). ¿Es entendible que personas reaccionen frente a lo malo, incluso de mala manera? Sí. ¿Es justificable? No, en ningún caso, pues para eso está la justicia civil o la disciplina eclesiástica, según sea el caso, y, por sobre todo, porque nadie debe arrogarse el papel de Dios en la venganza, porque sólo Él puede llevarla a cabo de manera santa y perfecta. Jesús señaló que en los tiempos entre su primera y segunda venida “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Entonces, es la maldad y no la justicia la que hace enfriar el amor. 
  • La tarea apologética no puede confundirse con la funa. El apóstol Pedro señaló en su primera carta: “¡Dichosos ustedes, si sufren por causa de la justicia! Así que no les tengan miedo, ni se asusten. Al contrario, honren en su corazón a Cristo, como Señor, y manténganse siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes. Tengan una buena conciencia, para que sean avergonzados aquellos que murmuran y dicen que ustedes son malhechores, y los calumnian por su buena conducta en Cristo(1ª Pedro 3:14-16, RVC. Los destacados son míos). El texto refleja el contexto de la carta, que era la persecución neroniana, a mediados de los 60 d. C., entended que el sufrimiento es un signo de la iglesia de Cristo. Nos presenta la adoración como estilo de vida en la que el corazón como “centro religioso de la vida” (Dooyeweerd), articula la comunión entre cosmovisión y espiritualidad. Es dentro de ese estilo de vida, que somos llamados a estar preparados de manera permanente para la tarea apologética, combinando la mansedumbre y el respeto, entendiendo que ella debe ser desarrollada cuando se pida razón de la fe, lo que implica que no hay que dar todas las peleas ni andar a la defensiva, y que pase lo que pase, el testimonio debe ser cuidado. La funa no es apologética porque daña el testimonio de la iglesia de Cristo.
  • La funa es una violación flagrante del noveno mandamiento, que dice a la letra: “No des falso testimonio en contra de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Reitero lo señalado en otro artículo: Violar el noveno mandamiento consiste en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte [2]. Como diría C. S. Lewis: “La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [3].

Te invito a que pienses del seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales como mera basura virtual. Gadamer, planteaba en “Verdad y Método” que es imposible acercarse a la realidad sin prejuicios [4]. La palabra pre-juicio es literalmente un “juicio previo”. Y todos tenemos presupuestos acerca de la realidad. A veces le damos al clavo con esa mirada previa, pero en muchas no. Entonces la actitud sana es explicitar el prejuicio desde el inicio, pero someterlo a la prueba de la evidencia y el pensamiento. Partir con un prejuicio no implica conservarlo. Por ende, las tareas son: a)  conocer de verdad a las personas y no dejarte llevar por pantallazos, vídeos y fotos sacadas de contexto, que por lo mismo no dicen nada; b) contar hasta 10 (y más si es necesario) antes de establecer un juicio lapidario respecto de una persona; c) no personalizar las discusiones, porque son las ideas las que se discuten, de tal manera que podamos avanzar, y para que después que la posición del otro gane o se vea como aquella que es más plausible, conservando la relación fraterna; d) pensar que no todo tiene que ser opinado y que uno no tiene por qué dar todas las batallas que se presentan en la vida; e) no justificar nunca una mala acción porque “otros igual lo hacen”; f) no creerte nunca el centro del universo, porque no lo eres, no lo soy; g) amar más la comunidad real, la de carne y hueso, que aquella invisible, virtual, que te apoya con un like, pero que en la hora de la dificultad y la pena no está; y h) no comentar o difundir información sobre alguien si no has hecho el ejercicio de contrastar la información y asegurarte que ella no se basa sólo en prejuicios o derechamente la difamación.

El espíritu de funa que invade a creyentes es anticristiano porque reporta un escaso o nulo respeto a la dignidad de un otro, barriendo con uno como si disentir de una opinión, o haber cometido el “grave delito” de eliminar o bloquear a alguien de una red social por sanidad mental fuese comparable a dilapidar la dignidad de otro. ¿Cuán fácil es hablar de alguien sin siquiera conocerle más que por una foto o publicación en alguna red social? ¿Cuán fácil es juzgar planteamientos de otros sin siquiera hacer el esfuerzo por comprenderlos para luego discutirlos con altura y sin falacias argumentativas o simplonas caricaturas? ¿Cuán fácil es para la gente comprar los cuentos de las personas sin el ejercicio mínimo de la prudencia de no prestarse para el basureo? ¿Y para qué decir de la enorme dificultad de tomar partido y defender a quien está siendo atacado gratuitamente? Siempre será más fácil dar like a una publicación y compartirla que contrastar la información para saber si es fidedigna. Siempre será más fácil ocupar el tiránico tribunal de las redes sociales y saltarse los medios establecidos por la iglesia o la sociedad para llegar a la justicia. Lo fácil no necesariamente implica lo ético y lo consistente con la fe bíblica. 

El tiránico tribunal de las redes sociales fue graficado por Umberto Eco de la siguiente manera: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel” [5]. No demos pie la funa como espíritu de época ni al basureo virtual ni a la simplonería en el debate. 

Hoy como ayer, ninguna red social es la vida, ninguna red social es la iglesia… Enhorabuena que así sea.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Las citas bíblicas son tomadas, a no ser que se diga lo contrario, de la Nueva Versión Internacional.

[2] Luis Pino. El chisme y su daño relativizado.

[3] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, p. 76.

[4] Hans-Georg Gadamer. Verdad y Método. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977, pp. 331-377. En dicha sección aborda eso de manera lata. 

[5] Citado en varias paginas web, entre ellas: http://verne.elpais.com/verne/2016/02/20/articulo/1455960987_547168.html (Consulta: noviembre de 2020). 

¿Por qué no me gusta WhatsApp como medio de comunicación?

En ningún caso escribo este post desde un tono moralizador. No voy a decir que WhatsApp es malo, y hay que abandonar su uso. Yo lo ocupo bastante, sobre todo en la situación actual que nos tiene teletrabajando, me río mucho en los grupos de amigos, en los que mandamos memes y stickers, además de expresar allí una cotidianidad relacional, que en circunstancias de lejanía física, es más que útil. WhatsApp usado como el sustituto posmoderno del messenger de hotmail (se me cayó el carné), está en el plano ideal.

Pero así y todo no me gusta… y por varias razones.

No me gusta porque creo que, en la mayoría de las ocasiones, no se ocupa adecuadamente, sobre todo en los ámbitos que implican compromisos laborales. Si un grupo de trabajo se une por WhatsApp lo ideal sería que se ocupara para enviar recordatorios o solucionar situaciones de urgencia o que están con algún retraso. Pero ocuparlo para enviar documentos de trabajo y gestionar acuerdos, complica mucho la cosa, sobre todo en el seguimiento. Esa es una función propia de los correos electrónicos, no de WhatsApp. El correo electrónico permite generar archivos con las etiquetas o, además, hacer un seguimiento y resguardo de la información mucho más acabado, con el buscador. Además, no genera un mismo uso de la memoria de un teléfono como sí lo hace WhatsApp, lo que implica la necesidad de vaciar los chats, a veces sin poder resguardar eficientemente alguna información que es necesario guardar.

No me gusta WhatsApp, porque genera dos cuestiones ligadas con el agobio laboral: la sensación de la inmediatez con la que una materia tiene que ser abordada y, por otro lado, el no reparar que una jornada laboral terminó o no forma parte del tiempo de descanso. Genera en el emisor de una comunicación la idea que todo tiene que ser respondido de inmediato, porque ya le dio un “visto”, o genera la falsa impresión de que no inoportuna. Yo soy de la idea que no se puede enviar una información relacionada con el trabajo más allá de las 18:00 hrs., y que, en ningún caso debiese hacerse en el o los día(s) de descanso. El tiempo libre es para desconectarse y WhatsApp presiona más por una respuesta que lo que podría presionar un correo electrónico. Ahora bien, esa sensación de inmediatez no sólo se genera en espacios laborales, sino en los que son más bien sociales o familiares, en los que se espera una respuesta rápida y sin demora. Como que la presencia en un grupo implica un correlato obligado.

No me gusta WhatsApp, porque esa sensación de urgencia en la interlocución no genera filtros a la hora de llevarla a cabo. Cuando uno responde una comunicación por correo electrónico, tiene dos o tres pasos previos antes de responder, a diferencia de WhatsApp. Esos pasos implican que se tienen unos cuantos minutos más para ponderar lo que se va a escribir. Misma situación para el receptor del mensaje, quien tiene que leer, y antes de responder puede tomarse un tiempo. Un correo electrónico laboral que llega más tarde de lo adecuado puede ser respondido en la jornada siguiente, sobre todo si se tiene la costumbre de tener asignado un tiempo para la revisión de las comunicaciones que han llegado. WhatsApp no tiene muchos filtros, a veces la gente llega y dispara, diciendo cosas que no diría en una reunión o en un correo electrónico. O, por defecto, genera lecturas erróneas, porque al leerlo más rápido, no se entienden los mensajes, sobre todo cuando se sobreinterpretan, pensando en motivaciones, algunas que ni siquiera estuvieron en la mente de quién escribió. Sobre todo, hoy en la situación de encierro producto de las cuarentenas a causa del Covid-19, donde la hipersensibilidad está a flor de piel. Debo reconocer que la función de eliminar un mensaje para todos puede ayudar en algo. Siempre y cuando alguien no te mande el sticker de “Jesús sabía lo que decía el mensaje que acabas de borrar”.

En definitiva, no me gusta WhatsApp porque es parte de una sociedad que quiere que todo sea transparente, en el sentido de visibilización de todo, cuando hay información que amerita confidencialidad, como también una sensación de inmediatez que termina agobiando. La gente no entiende que uno active el modo avión del teléfono porque de lo contrario no se logra tener la necesaria desconexión para descansar. En la vida hay que trabajar, y trabajar es bueno. Pero la vida no es el trabajo. Hay otras muchas cosas más que forman parte de ella.

WhatsApp tampoco es la vida.

Luis Pino Moyano.

De peleas banales y la verdad.

Cuando la diputada Camila Vallejo junto con los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric ingresaron al parlamento, sacudieron el ambiente político no sólo por su juventud -“la bancada estudiantil”, le llamaban-, sino también con un autodenominado nuevo modo de hacer política. Y una evidencia de aquello fue el proyecto presentado para la rebaja de la dieta parlamentaria a un 50%. Eso fue acompañado de una serie de propuestas que iban asociadas a la reducción de gastos implementados, desde los viáticos hasta el uso de software. Esas propuestas, denotan desde el comienzo una práctica política que no desvincula los fines de los medios, con un alto influjo ético, en el que la legalidad no es la medida de todas las cosas, sino aquello que es legítimo de acuerdo a la realidad del país. Sé que nos metemos en una discusión demasiado puntillosa y profunda, que escapa a los fines de una columna de opinión, respecto a qué responder cuando preguntamos qué es legítimo y qué no lo es, pero sólo a modo de esbozo, a mi juicio tiene que ver los mínimos éticos que nos provee la Declaración Universal de los Derechos Humanos y un ejercicio democrático que vea al ciudadano no sólo como un elector, sino como un sujeto que tiene iniciativa, discurso y propuesta. 

Ahora bien, en algunas ocasiones, cuando se habla de vocación política, se señala que los parlamentarios no debiesen tener una dieta parlamentaria, sino que debiesen vivir como cada ciudadano, es decir, con el fruto de su trabajo, y que en Chile eso ocurría en el pasado. Particularmente, no creo en una de las razones que se da para sostener la necesidad de una dieta parlamentaria, esa de evitar la corrupción política por medio del pago y colusión con intereses particulares o privados, que podrían ser atractivas a los ojos de quien no recibe una remuneración por su trabajo político, toda vez, que la dieta parlamentaria podría ser el doble a lo que es hoy, y seguir siendo atractiva una propuesta dolosa, porque el que tiene algo siempre puede querer un poco más. Mi tema con la dieta parlamentaria pasa por una cuestión democratizadora, pues cuando en Chile no existía pago de una dieta parlamentaria aquello estaba hermanado al voto censitario, en el que ciudadanos hombres, que sabían leer y escribir, y que tenían un bien inmueble, podían ejercer su derecho a sufragio, lo que derivaba en un congreso conformado por una élite hacendal y mercantil. El pago de la dieta parlamentaria, abrió paso a una dedicación exclusiva a la actividad política y la apertura de esa posibilidad a actores de la clase media y de la clase obrera, lo que unido al fin del voto censitario, al reconocimiento de ese derecho a mujeres y analfabetos, junto a la cédula única de votación, fueron ejercicios que ampliaron y densificaron nuestra democracia. Por ende, creo que el pago de una dieta parlamentaria debe existir y debe permitir no sólo una vida digna, sino el libre ejercicio de la práctica parlamentaria. 

Esta discusión es tan relevante, que fue uno de los temas que emergió durante el llamado “estallido social” del “octubre chileno”, a fines de 2019, aprobándose por unanimidad la iniciativa de legislar sobre ese asunto, tanto en la Cámara como en el Senado, con lo que se pidió al Ejecutivo que indicar una reforma constitucional sobre este asunto. En los últimos días hemos visto el debate abierto, notándose el esfuerzo de algunos parlamentarios para que dicha rebaja fuese temporal y no permanente, e incluso que fuesen las mismas corporaciones las que decidieran el monto de dicha dieta. Eso quedó zanjado en el informe de la Comisión Mixta, aprobado el 7 de mayo en la Cámara de Diputados, en el que se hace permanente dicha rebaja y se da pie a que el Consejo de Alta Dirección Pública elabore los criterios técnicos para dicha rebaja. Eso debe ser aprobado ahora por el Senado, con lo que se convertiría en ley de la República. 

Esta discusión se ha visto empobrecida por la banalidad a la hora de producir argumentos, en los que ha salido a la palestra, inclusive, una discusión en la que el fallecido Eduardo Bonvallet emplaza a Giorgio Jackson respecto de esta temática. Para mi, Bonvallet era un tipo espectacular. Todavía escucho los vídeos de sus programas en YouTube, mientras realizo otras tareas. No fue un gran jugador de fútbol, pero tampoco era malo ni mediocre, pues rendía y luchaba. En lo que era genial es que sabía mucho de fútbol y leía los partidos como pocos. Pero eso no hace que todo lo que dijera fuese verdad última o idea por asumir. Porque lo que hizo “el Gurú” ese día con el joven diputado no fue otra cosa que un espectáculo, pero no necesariamente un acto comunicativo correcto y veraz. Inclusive, engrandece más la actitud de Jackson por no responder la pachotada del comentarista de fútbol de marras. Que “#Bonvallet” haya sido trending topic en Twitter durante estos días, muestra la incapacidad de escuchar o de comprender lo que se lee, toda vez que lo que los parlamentarios del Frente Amplio hicieron fue pujar por una rebaja permanente de la dieta y criterios que gozaran de autonomía para ello. 

Llama más la atención las declaraciones del diputado Garín, quien hoy no le debe cuentas a nadie, porque se trata de un independiente. Llaman la atención, porque es un sujeto que ha mostrado templanza y lucidez en ocasiones anteriores, y que estos últimos días habría hecho una “gran revelación” respecto a dónde iban los dineros que el diputado Jackson hacía de su dieta. Quien recibía ese aporte era su propio partido Revolución Democrática, lo que ha desatado ideas respecto a la aparente mentira del diputado Jackson y del alejamiento de los principios éticos que reflejaban la nueva forma de hacer política. Pero eso es una discusión pobre, falaz y banal (con tres adjetivos, como le gusta a Su Excelencia), toda vez que históricamente los partidos de izquierdas han recibido donaciones de sus parlamentarios para salvaguardar su independencia política. Eso lo hizo el PC antes del golpe y lo volvió  a realizar cuando pudieron volver al parlamento. El PS lo dejó de hacer cuando algunos de sus actores tuvieron compromisos con SQM e incluso, probablemente, algunos de sus actores hayan tenido nexos con los narcos. A la luz de los hechos, el Frente Amplio quiso seguir el modelo histórico. Cualquiera que participe de instancias colectivas sabe la diferencia en un ahorro para sí mismo y un aporte para una organización. Nadie se atrevería a decir que los aportes que mensualmente doy a la iglesia en la que soy miembro, o al bienestar de los trabajadores del colegio, son mis ahorros, porque lo son de una instancia colectiva. Claramente, en algún momento podrían beneficiarme de manera directa, pero eso por voluntad colectiva y no por mí y ante mí. El que un diputado done a su partido o una fundación del mismo no implica un ahorro personal. Aludir aquello, es o una pequeñez o una incomprensión lectora de la realidad. 

Lo que me parece relevante sobre ese asunto, es que eso fue refrendado en una entrevista a CNN en el año 2014 por Giorgio Jackson (ver entrevista aquí, desde el minuto 9:28 para lo puntual, aunque vale la pena verla completa), y por Gabriel Boric en una entrevista de 2016 en la que dice: “Yo entrego el 60% de los recursos a mi organización, Izquierda Autónoma. Y me quedo con 2 millones 700 mil pesos mensuales, lo que sigue siendo mucha plata. Y muchas veces se nos critica de por qué no lo donan a caridad. Giorgio entiendo hace lo mismo. La Camila creo que también. Porque aquí no se trata de acciones individuales para salvar la consciencia propia. Sino más bien de acciones institucionales que den cuenta de convicciones comunes en torno al valor del trabajo” (leer acá). Desde hace años no había nada escondido. Y acá el problema no es la mala memoria, sino la mala intención de falsear la realidad, o la desidia manifestada en no ir a las fuentes. ¿Quién falta a la verdad entonces?

Lo lamentable es que toda la bulla politiquera y banal, propia de la política analfabeta, dice relación que hay actores políticos que no quieren bajarse la dieta, pues la rebaja de recursos la quieren hacer por la vía de reducir la cantidad de parlamentarios, y el mecanismo para llevarlo a cabo no estaría en un congreso unicameral, sino en el retorno al sistema binominal. Que hoy quieran mantener eso en el tabú es lo deshonesto. Porque ellos no rehúyen este tema relacionado con la cuestión de la legitimidad por espacio en una columna, sino simplemente por corrección política y popularidad en un contexto difícil para la clase política civil luego de un estallido social y una situación sanitaria adversa. Esa es la discusión de fondo, que las bravatas no nos dejan ver con claridad. 

Luis Pino Moyano. 

PSU, ideas encontradas y un intento de construir certezas.

Hubo un tiempo en que se era políticamente incorrecto en relación al establishment. En el tiempo actual se puede ser políticamente incorrecto en relación a múltiples sujetos, colectivos sociales, instituciones y más. Y en el actual contexto de crisis social que vive el país, sobre todo en la comodidad y velocidad que brindan las redes sociales, todas las voces te hacen ver la incorrección. El espíritu de funa, el discurso panfletario, el infantilismo revolucionario, el servilismo lacayuno, el conservadurismo recalcitrante, grita, vocifera, llena el espacio de palabrería, pero no piensa ni problematiza ni reflexiona ni, mucho menos, proyecta. Todo eso, me ha hecho dejar pasar los días para expresar mi opinión respecto de lo sucedido con la PSU. 

Hasta el momento, había guardado silencio por tener pensamientos encontrados sobre lo acontecido. Y, ahora, que me lanzo a escribir, sigo teniendo esas ideas encontradas, enmarañadas y contradictorias, tratando de converger en una voz. Sí, tengo ideas encontradas y no pretendo con este post cerrar una discusión, sino que mi única intención es dialogar con otros, pensando la realidad, abriendo reflexiones para el presente y el mañana. 

Ordenaré mis ideas como si fuesen un hilo de tweets (aunque no prometo 280 caracteres por punto), que es lo más parecido a las tesis que abrían discusiones en las disputatios de las universidades medievales. 

  • No soy partidario de la Prueba de Selección Universitaria ni de pruebas estandarizadas que midan los aprendizajes, conocimientos o las habilidades de los estudiantes. Cada estudiante, como individuo, tiene formas de estudiar, aprender y razonar, junto con mejores formas de expresar ideas. Para qué hablar de intereses académicos propios, para quienes una asignatura implica la lumbrera máxima para la vida (en mi caso, la historia) y la otra, el lado oscuro de la fuerza (en mi caso, las matemáticas). 
  • Una prueba con alternativas no implica, necesaria o solamente, aprendizaje o capacidad reflexiva, sino memorización o un entrenamiento que permite cumplimentar un instrumento de evaluación (que es lo que entrena el mercado de preuniversitarios). Como profesor, pese a que se facilita la revisión cuando se hacen pruebas con alternativas, prefiero las pruebas de desarrollo, que dan un espacio a la reflexión o, a lo menos, la posibilidad de tener más que 0 puntos, si no se logra saber a cabalidad la respuesta correcta. Además, desarrollo mi labor desde la pedagogía crítica, por lo que siempre prefiero evaluar un proceso más que un evento, en el que a veces el nerviosismo o una mala situación momentánea, pueden jugar malas pasadas. 
  • La Prueba de Selección Universitaria no es la vida ni los preuniversitarios un deber. Esa lógica del exitismo estudiantil ha conllevado un peso innecesario para miles de estudiantes del país. Dos días son sobrepasados con creces por el encuentro con el conocimiento, con “la belleza del pensar”, con el leer profusamente, con el aprender más allá de “los doce juegos”, antes y después de los lunes y martes en los que se rinde la prueba que hoy permite acceder a la universidad. 
  • Existen distintos mecanismos para el ingreso a la universidad, algunos que son susceptibles de combinación: las pruebas de conocimientos específicos y vocacionales por carrera, las entrevistas con directores de carrera, los propedéuticos y los bachilleratos que se desarrollan en algunas universidades. Eso, sumado a los antecedentes de trayectoria estudiantil, sobre todo en la enseñanza media. Para qué hablar del anhelo de la existencia de escuelas vocacionales en el país, que potencien las habilidades específicas de estudiantes y les preparen para un área de desarrollo disciplinar y laboral, con base y fomento de la educación permanente. Todo eso es mucho más integral que sólo desarrollar una prueba. 
  • La Prueba de Selección Universitaria, al igual que el SIMCE, son elocuentes radiografías de la desigualdad y la segregación que existe en el país. Es la constatación de la cancha dispareja en la que “la contienda es desigual”. ¿De qué meritocracia puede hablarse cuando en una misma evaluación compiten por el acceso a la universidad, por un lado, un joven que con suerte desayuna té y un pan tostado con margarina, cuyos padre y madre terminaron a duras penas la enseñanza media y se sacan la mugre de sol a sol por llevar un sueldo que no alcanza para cubrir todos los gastos y que empuja al endeudamiento, con otro joven que desayuna todos los días leche, cereales y fruta, cuyos padre y madre tienen estudios universitarios, manejan más de un idioma, viajan al extranjero, acceden a consumos culturales, y tienen un trabajo en un horario plausible para la vida familiar y con un sueldo que les permite vivir sin sobresaltos hasta, a lo menos, fin de mes? Y para que no queden dudas, esto no es resentimiento, es constatación de la realidad. Los puntajes de la PSU en 2018 permiten relevar que el 77% de los puntajes nacionales fueron hombres, que de los 50 colegios con mejores resultados, 48 son particulares pagados y dos municipales y que las cinco comunas con el promedio de mejores puntajes se ubican en la zona oriente de la Región Metropolitana. Aquí no hay meritocracia que valga (claramente hay excepciones a la regla, pero el tema es sobrevivir a la universidad, y luego al mundo laboral con redes que recién se comienzan a construir), sino posibilidades que te tocan o no. Hace años, que la educación dejó de ser un factor de ascenso social. El ascenso social hoy está asegurado por el poder de consumo. He ahí la perversión de un sistema que en apariencia incluye, pero que en la práctica conserva la segregación. 
  • Desde el año 2006, el de la revolución pingüina, que los estudiantes secundarios tenían en la mira a la PSU. En dicha ocasión, lo que buscaban era la gratuidad del proceso de evaluación, consiguiéndose sólo becas para algunos casos. Para las movilizaciones iniciadas en 2011, tanto la ACES como la CONES, coincidían en la eliminación de la PSU como sistema de evaluación que permite, o no, el acceso a la universidad. Este dato es clave, pues, a lo menos, hace ocho años que los estudiantes secundarios en sus principales orgánicas han manifestado su posición de rechazo a la PSU. Ocho años en que la Clase Política Civil ha tenido una respuesta insuficiente ante dicha demanda. Digo insuficiente, porque aunque se habla que existirá una nueva evaluación para acceder a la universidad, que considerará competencias y habilidades más que conocimientos específicos, no hay claridad de su implementación para 2021 ni sobre cómo será a cabalidad. 
  • La interrupción de la PSU a comienzos de enero de 2020, no puede dejar de ser entendida como una acción ligada al reventón social emergido en octubre del año pasado. La rabia expresada en la toma de colegios, el bloqueo de accesos, las barricadas en torno a establecimientos educacionales, la destrucción o la apropiación de los facsímiles, son expresión del malestar ante el ninguneo de los oídos sordos a la demanda de años, y de la incertidumbre frente a lo que se viene para adelante, no sólo en el plano académico, sino también en el existencial. ¿Es violencia? Sí, toda vez, que no hay respuesta agresiva instintiva, sino organización racional, fines que se persiguen y hasta un discurso performativo. ¿Es violencia reactiva o proyectiva? Si bien es cierto, se persiguen fines, estos son coyunturales, a corto plazo, sin la fuerza de realización de un cambio profundo. Y, en tanto, expresión de malestar, es más bien una respuesta a una violencia de carácter estructural, a la de una sociedad clasista, segregadora, racista-pigmentocrática, con una democracia de baja intensidad. El Chile de la alegría, el crecimiento con igualdad y los tiempos mejores que no llegaron. 
  • No obstante lo dicho con antelación, cualquier acción política, incluya la violencia o no, debe hacerse cargo de la conflictividad que se da sobre todo en la esfera del discurso. Es decir, que un fin debe estar unido éticamente a unos medios, y que los medios deben evaluarse en su alcance, consecuencias y lecturas, y no sólo en su aplicación. Es decir, quienes interrumpieron el desarrollo de la PSU deben hacerse cargo, no sólo de lo que piensan proyectar en su acción, sino de las consecuencias no tenidas en cuenta y de los daños colaterales, los fallos que no se previeron e, inclusive, de las lecturas que puedan darse a una acción. Todo eso es propio de una racionalidad política que pone coto al voluntarismo revolucionario que no sopesa los criterios de realidad. Y no es adultocentrismo lo que estoy haciendo acá, sino la legítima crítica de una acción voluntarista, que no sólo atentó contra un sistema de evaluación, sino contra sus propios pares que fueron a dar la prueba. El que una evaluación no sea considerada como consustancial a la vida, no significa que voy a perjudicar a quien estima importante darla. La interrupción violenta de la PSU, no sólo conllevó su suspensión en algunos casos, sino la intranquilidad de quienes la dieron. Y la tranquilidad es un factor importante para el logro anhelado. Sin sumar las consecuencias que esto podría traer más adelante a las universidades. Yo pregunto, con toda honestidad y desde mi desconocimiento, ¿hasta qué punto la decisión de la interrupción de la PSU fue el resultado de una resolución emanada de una asamblea participativa, amplia, es decir, con legitimidad originaria, o fue, por el contrario, la decisión de una vanguardia que entiende la radicalidad como lo políticamente correcto? ¿Quién se hace responsable de esta acción? ¿Un “todos” que es sinónimo de “nadie”?
  • Dicho lo anterior, debo decir que nuevamente, el gobierno parece vivir antes del 18 de octubre de 2019, como si nada hubiese pasado, sin ningún aprendizaje. No tiene un plan preventivo que asegure la ejecución tranquila y segura de la PSU, sino que omite su responsabilidad de cuidar dichos aspectos, pensando que el reventón social pasó, en el engaño similar al de una taza de leche que parece fría, pero que al ser bebida, quema. El gobierno no entiende que el movimiento social tiene un repliegue que coincide con el fin de año y sus fiestas de alto sentido familiar, junto con el período de vacaciones, pero que a todas luces reaparecerá en marzo, y que la interrupción de la PSU es una señal de su latencia. El gobierno actúa careciendo de sentido de realidad y de proporcionalidad, al querellarse contra dirigentes estudiantiles por la Ley de Seguridad Interior del estado y suspendiéndoles del proceso de selección universitaria, violando con ello el derecho de propiedad, pues pagaron por participar de la evaluación (en términos comerciales, pagaron por un servicio), y violando el derecho a la educación, pues el estado tiene tanto la obligación de sancionar como la de generar condiciones para la reparación por parte de los educandos (ni “Aula segura” se anima a tanto). Esto es apagar el fuego con bencina, no sólo por cómo pueden responder los afectados, sino por sus  consecuencias posibles, tales como demandas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, lo que podría implicar sanciones para nuestro estado nacional. Se quiere parecer duro e inflexible ante los medios, sin medir que la victoria puede ser epidérmica, momentánea y aparente. Las respuestas represivas son impotentes a la hora de construir paz social. 
  • Mención aparte merece la suspensión de la PSU de Historia y Ciencias Sociales, que a todas luces es una nueva señal del escaso interés que la Clase Política Civil da a estas disciplinas del saber humano. ¿Por qué esa parcialidad que suspende un tipo de conocimiento y fortalece otros? ¿Qué hace más importante a las ciencias de la naturaleza por sobre las ciencias sociales? Y, si bien es cierto, se consideró como un modo de colaboración la aplicación del mejor puntaje, sea este de otras pruebas o del NEM, en el vacío que deja la prueba suspendida, ¿se habrá considerado, también, que para varios estudiantes el mejor puntaje iba a ser el de la prueba de historia y ciencias sociales? Habrá, entonces, beneficiarios y perjudicados por secretaría. Si hubiese sido la prueba de matemáticas la que se suspendiera, ¿se habría aplicado el mismo mecanismo reparatorio de la homologación de puntajes? Las ciencias sociales, las artes y la educación física son tratadas como disciplinas de segunda categoría al lado de aprendizajes que pueden ser funcionales a un sistema, yendo en detrimento de profesionales de la educación de dichas áreas, de estudiantes cuyos intereses académicos propenden a esas asignaturas; pero además, no entendiendo que desde el lenguaje vernáculo y extranjero, desde las matemáticas y las ciencias de la naturaleza, también se pueden construir críticas profundas al estado de cosas. 

¿Qué irá a pasar el lunes 27 y el martes 28 de enero, fechas estipuladas para la repetición de pruebas? ¿Habrá una nueva interrupción o se tomarán los recaudos necesarios para la realización de la PSU? ¿La tónica la marcará la participación o el ausentismo? La verdad, es que no sé. No sabemos. Lo que sí sabemos es que la discusión sobre la realidad, como el anhelo de construir un mejor lugar para vivir en sociedad, tienen las puertas abiertas de par en par. Y que la discusión respecto a la forma de acceder a la universidad es un tema relevante a ser tenido en cuenta. 

Luis Pino Moyano. 

Niño predicador, niña activista… La convicción en la niñez y los discursos públicos.

El discurso de una niña y la reacción suscitada.

Debo decir que no seguí en directo el discurso de Greta Thunberg, porque tengo ciertas resistencias a lo que esté de moda, sean discursos, prácticas y hasta cuestiones estéticas. Pero cuando veo la reacción que pulula en las redes sociales, donde se le acusa hasta de la práctica del aborto libre con la típica estética sanguinolienta de quienes no entienden que la dignidad humana también implica un trato respetuoso del cuerpo difunto (¡yo sí creo que un feto es un ser humano!), todo eso en un mundo virtual cómodo en el que el meme se transforma en estatuto de verdad. 

Debo decir, también, que si bien es cierto no comparto la matriz cosmovisional de Greta Thunberg ni tampoco su énfasis de final inminente y catastrófico de carácter fatalista, no puedo dejar de reconocer algunos instantes de verdad en su alocución en la Cumbre de Clima de las Naciones Unidas. Sí, concuerdo en el intelecto y la emoción, que no se pueden separar en la integralidad de la naturaleza humana, cuando ella dice que: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?” [1]. Eso es lo que efectivamente estamos haciendo: matando el sentido de la posteridad, tan presente en la Escritura cuando habla de la tierra, y que se puede constatar en la lectura de Calvino en su comentario al Génesis (¡ya en el siglo XVI!), como cuando en la segunda mitad del siglo XX, y la cuestión ecológica comenzaba a ser tema de preocupación mundial, Francis Schaeffer toma posición con su libro “Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología” (¡un libro publicado en 1970!). Por favor, ¡estoy hablando de autores que no se vendieron al “dragón verde”! Dragón verde, que es un muñeco de paja de sectores fundamentalistas dentro del mundo evangélico y reformado, que rehúye su responsabilidad dentro del mandato cultural, sacando textos de contexto y difundiéndolos para obnubilar la mirada respecto de la realidad del cambio climático. Realidad que amerita ser problematizada, pero con argumentos y no con más panfletería de poca monta, propia de una teología irresponsable con la iglesia y el mundo. He escrito de esto en un post titulado, y que refiero para no ahondar más en este punto [2]. 

Lo ofensivo, lo vacuo y lo grotesco. 

Toda esta reacción, sobre todo, la de mis hermanos evangélicos, me parece ofensiva, vacua y grotesca. Y paso a argumentar en qué sentido es ofensiva, vacua y grotesca, para que no se me acuse gratuitamente de victimización millenial, a la que busco resistir contraculturalmente con toda la fuerza que me es posible:

  • Me parece que esta reacción es ofensiva porque contraviene el mandamiento de no levantar falso testimonio contra nuestro prójimo, el que tiene como implicación no sólo el hecho de mentir o calumniar respecto de otras personas, sino también respecto del destruir la imagen de otros, incluso divulgando información real pero con motivación destructiva. Nuestros catecismos emanados de la reflexión protestante advierten respecto de esto. Pero bástenos para esta ocasión referir las palabras de Lutero, cuando señaló que: “Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación […] Estamos obligados a asegurar su fama [la de nuestro prójimo] y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros” [3]. En este caso, esto se hace cada vez grave, toda vez que se trata de adultos afectando el buen nombre y reputación de una menor de edad. 
  • Me parece que esta reacción es vacua, por la sencilla razón que nosotros sí podemos reconocer cuando un no creyente dice verdades, sin alterar un ápice nuestra convicción cosmovisional, porque reconocer no implica, necesariamente, asumir acríticamente. Dios dotó de inteligencia a todos los seres humanos, y quienes la desarrollan por medio del estudio y el trabajo, lo hacen responsablemente, aunque su producto no tenga como finalidad humana glorificar a Dios. Pero el ejercicio de la razón que produce un mejor conocimiento del mundo lo hace, más allá de nuestras egoístas intenciones [4]. Y puede ser que su padre, madre y ella usen poleras antifascistas y ella porte una bandera del movimiento LGBT, todos símbolos de causas con las que se puede o no estar de acuerdo, parcial o totalmente, pero eso no obsta para reconocer cuando alguien dice algo verdadero y justo. Vuelvo a la cita de Greta Thumberg. Un meme difundido como estatuto de verdad la muestra a ella en un tren con un muy buen desayuno, junto con la frase: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías”; para que, acto seguido, se ponga una foto de niños venezolanos buscando comida en medio de basura esparcida en la calle. Pero no repara que ella misma hace reconocimiento de su propia realidad cuando dice: “Y sin embargo, soy de los afortunados”. Entonces, dicha lógica sólo monta un clasismo aparente y un resentimiento tan emocional como lo que se critica. Qué duda cabe que hay lugares en el mundo en los que “La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando”. Y que eso se debe, mayoritariamente, no a que no me dé una ducha más corta o que no recicle en vez de producir basura (cosas loables y necesarias de hacer), sino a la avaricia de gente poderosa que sólo busca tener más. Ella da en el clavo cuando dice con la fuerza que ya quisiera tener, y en la tribuna en la que no puedo estar: “Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”. Doy gracias a Dios por esta voz, porque las piedras hablan cuando nosotros callamos. Y, debemos procurar arrepentirnos, si nuestra crítica a un discurso ideológico procede de otra fuente ideológica, de otro compromiso de fe. 
  • Me parece que esta reacción es grotesca, porque repara en imágenes que acentúan en la gestualidad de Greta Thunberg, o en los énfasis de su voz, sin reparar que muchos de ellos tienen que ver con el Síndrome de Ásperger que ella tiene como condición y no como enfermedad. Dicha condición no admite burlas ni lástima de una integración a medias, sino real y concreta inclusión. Cuando se reparten imágenes con intenciones burlescas se atenta contra el reconocimiento de la “imago Dei”, que hace que el respeto a la dignidad del ser humano no se gane sino que se presuponga. Además, es grotesca, porque no mira a la cara a personas, padres y madres, que se esfuerzan día a día en el acto de comprender amando a sus hijos/as con Ásperger, procurando espacios inclusivos para ellos, de los cuales la iglesia tiene que ser uno de ellos. Y, un poco de conocimiento sobre este asunto, podría hacernos entender por qué estamos en presencia de una niña que es inteligente y que, como decían los más antiguos en tono coloquial, “habla de corrido”. 

Infancia, convicción y espacio público. 

Debo decir, además, y sin contravenir un ápice de lo dicho en los párrafos anteriores, que de todas maneras considero que Greta Thunberg está siendo sometida a una sobreexposición innecesaria para su edad. Pero, en ningún caso, considero que esto sea una vulneración de derechos por quienes son los adultos responsables de su cuidado. Y no lo considero así, porque creo de verdad y no desde el panfleto, en el derecho preferente de los padres de educar a sus hijos. Como dije a un conocido que un día le ofrecía a mi hijo una camiseta de la Universidad de Chile, cuando yo estaba inculcando su gusto por el Colo-Colo: “a mi hijo yo le enseño de religión, de política y de fútbol”. Por eso, no sólo él y Sophía comparten mi mismo techo hogareño, sino me acompañan a reunirme con la iglesia los domingos, o al estadio cuando queremos y podemos, o a las calles de mi ciudad cuando demandamos y proponemos una “educación gratuita, pública, laica, de calidad y con control comunitario”. No veo nada ilegítimo en que hijos/as compartan las mismas o similares convicciones a sus padres y madres. 

Por lo mismo, estos últimos días he tenido en mi mente a Nezareth Casti Rey, conocido hace algunos años atrás como “El niño predicador”, del que también se decía que era usado por sus padres con fines de proselitismo religioso, o como víctima de un fanatismo eclesial, porque, ¿cómo un niño puede saber tantos textos bíblicos o hablar de esa manera con tanta naturalidad? Quienes conocemos algo del mundo evangélico sabemos que el leer muy tempranamente la Biblia (sobre todo en la querida Reina Valera 1960) y cantar muchos de los textos bíblicos o himnos clásicos, aumenta el acervo lingüístico y facilita la memorización. Yo mismo fui un niño predicador, y nadie me vulneró en mi infancia. Y no tuve ninguna contradicción en mi mente con el hecho de que luego de predicar en el local de avanzada de “Arturo Prat” en Puente Alto, al llegar a mi casa y antes de ir a acostarme, tomara mi Ferrari Testarossa Matchbox y jugara con él imaginando mundos por los que avanzaba con él con mano firme. A los 10 años confesé mi fe en Jesucristo como mi Señor y Redentor. A los 13 años era profesor de una clase de Escuela Dominical. A los 14 era un predicador. Hoy tengo 37 años y miro dicho pasado con emoción y gratitud. 

¿Qué tiene que ver todo eso con lo que he venido hablando? Tiene que ver porque los niños pueden tener limitaciones dadas por la edad y la experiencia, pero eso no implica que sean tontos, o que no puedan comprender la realidad a su alrededor, ni mucho menos que no puedan pensar y creer con convicción. Y lucharé porque nadie le quite el derecho ni a mi hijo ni a mi hija de decir que son presbiterianos, ni a mi ni a esposa para educarles conforme a dicho “sentido de la vida”. Porque no sólo mi fe es pública, sino que la de ellos también lo es. Vociferar que los/s niños/as no puedan hablar de sus convicciones puede resultar en un acicate para las voces que quieren reducir la fe a un espacio privado, atentando contra la libertad de conciencia. Debemos cuidarnos de construir argumentos tipo boomerang, que se nos pueden devolver golpeándonos en la cara. 

Por otra parte, tanto la infantilización como la adolescencia son constructos modernos. Los/as niños/as de antes compartían con los adultos de sus familias las conversaciones, en las que por ejemplo, se contaban cuentos como “La Caperucita”, que cerraba con ella comida por un lobo y sin el final feliz edulcorado que se le agregó con posteridad. En muchas culturas, el paso de la niñez a la adultez, y casi desde la aparición de la presencia humana en el planeta, era dada en los niños cerca de los 12 años por la vía de ritos de iniciación configurados como norma cultural, lo que hacía entenderles como hombres; y las niñas, luego de su menarquia, eran participantes de un rito que las reconocía como mujeres. Reconocer y enseñar a los/as niños/as de acuerdo a su edad no debe implicar estupidización.

Los niños son niños, no tontos… Las niñas son niñas, no son tontas. Y debemos esforzarnos para que nunca actúen neciamente, educándoles y escuchándoles, valorando su personalidad y la sabiduría que progresivamente van adquiriendo. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] “Greta Thunberg: el desafiante discurso de la adolescente sueca ante los líderes mundiales en la cumbre del clima de la ONU”. En: http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-49804774 (Consulta: septiembre de 2019).

[2] “Biblia y ecología. Una aproximación”. En: https://enelbalconyenelcamino.com/2016/02/16/biblia-y-ecologia-una-aproximacion/ (Consulta: septiembre de 2019).

[3] Martín Lutero. El Magnificat seguido de “Método sencillo de oración para un buen amigo”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto al que refiero es el método para la oración, el que fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido.

[4] Hablé de modo introductorio y refiriendo a la lectura de pensadores reformacionales en el post: “Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes”. En: https://enelbalconyenelcamino.com/2017/03/23/doce-tesis-sobre-la-gracia-comun-y-la-verdad-en-los-no-creyentes/ (Consulta: septiembre de 2019).

Jani Dueñas, el envejecimiento y la incapacidad de escuchar.

Siendo muy honesto, lo que más esperaba del Festival de Viña eran las presentaciones de Stand Up de Felipe Avello y de Jani Dueñas. Creo que son los mejores representantes de ese género, y lo sigo sosteniendo. A pesar de lo que ocurrió hace un rato atrás. Jani Dueñas no hizo una buena elección de su rutina, por el tipo de escenario y el tipo de público. La introducción donde se presentó fue muy larga, y cuando dijo que era una voz de 31 minutos, faltó un guiño más claro a Patana, cosa que podría haberle ayudado.

Pero hay otros hechos que no deben ser soslayados:

1) A mi juicio, lo más relevante del stand up es que es una representación, no una sesión de “cuenta chistes”, por lo que lo importante es la historia global que se cuenta y no los remates al final de pequeñas historias;

2) La historia que Jani Dueñas obedecía al relato del envejecimiento y lo difícil que es ser mujer en nuestra sociedad y más aún “vieja”;

3) Una clave del stand up es que debe ser escuchado y aquí no hubo escucha, sino pifias y gritos que faltan el respeto al trabajo de una de las dos artistas chilenas que se presentan en este escenario; evidentemente, los nervios la terminaron conteniendo y haciendo poco agradable su permanencia en el escenario, con la dosis de morbo que esto genera;

4) Las comparaciones no pueden ser hechas, por ejemplo, con la presentación de anoche de Dino Gordillo y sus “chistes repetidos que causan risa igual”, sino con otras presentaciones: en mi opinión, la última rutina festivalera de Coco Legrand es un buen ejemplo de lo señalado, pues no causó la misma hilaridad de ocasiones anteriores, pero presentó un espectáculo contundente. Aquí no hubo contundencia, porque no hubo desarrollo y no hubo desarrollo porque no hubo escucha.

5) Las opciones sociales y políticas de un/a artista no deben ser una pared que nos impida escuchar. La evaluación del arte mide la correspodencia entre cosmovisión del artista y su discurso, y no sólo la lectura desde mi propia cosmovisión.

6) El tema del envejecimiento, que por lo visto hoy en el escenario de Viña no prende, es sumamente relevante de ser tenido en cuenta. Los viejos en Chile no viven la alegría que la palabra “jubilación” enuncia. Como diría mi bisabuela Francisca Rivera, “la vejez es sola, fea y hedionda”. Debemos pujar para que esa no siga siendo la realidad. Lo seguirá siendo si imponemos un tabú.

No deseo finalizar sin decir algo sobre el envejecimiento en la lógica de Facebook. Antes de que comenzara la presentación de Jani Dueñas repliqué en dicha red social una expresión de buenos deseos que había publicado en Twitter. En medio de la rutina, varias personas no sólo comentaron la rutina, desde sus diversos prismas -cosa que me parece respetable-, sino también se burlaron de lo que yo planteé. Esa vejez del corazón es tan lamentable como la representación trunca de Jani Dueñas. Y también surge de la incapacidad de escuchar o leer lo que se dice. 

Luis Pino Moyano.

El chisme y su daño relativizado.

No andes con chismes entre tu gente. No tomes parte en el asesinato de tu prójimo. Yo soy el Señor” (Levítico 19:16 DHH).

 En muchas ocasiones he escuchado la idea que el chisme es un problema propio de la existencia de comunidades humanas. Donde hay personas, siempre habrá rumor, ideas de pasillo e, inclusive, falso testimonio. Y en cierto sentido, uno podría encontrar razón a esta idea, toda vez, que quienes participamos de comunidades sabemos que eso ocurre en la realidad cotidiana. El problema de esto, es que la naturalización del chisme termina por relativizar su daño. Y, además de eso, olvida que se trata de un pecado, es decir un acto de rebelión a las verdades reveladas en las Escrituras que es consecuencia de apartar la mirada de Dios y del prójimo, y que por eso no ama ni sirve al Señor ni al hermano.

 El texto de Levítico, citado al comienzo, es elocuente al respecto. Prohíbe de manera tajante el chisme en la comunidad. Y por si esto fuese poco, lo analoga con la idea del asesinato del prójimo. Porque el chisme no sólo mata la imagen de las personas, sino también mata su vida en la comunidad. Y esto, es tan relevante, que el Señor mismo le pone su firma a dicho mandamiento. El Dios del pacto, que es fiel eternamente, es el autor de un mandamiento perenne. Pablo, el apóstol, llega a expresar a los hermanos de Corinto, ante la posibilidad de un nuevo viaje, su miedo en relación a este pecado tan dañino, diciendo que: “Temo que haya discordias, envidias, enojos, egoísmos, chismes, críticas, orgullos y desórdenes. Temo también que, en mi próxima visita, mi Dios me haga sentir vergüenza de ustedes, y que me haga llorar por muchos de ustedes que desde hace tiempo vienen pecando” (2ª Corintios 12:20b, 21a). El chisme debiese producirnos miedo, vergüenza y tristeza. No es lo propio de la comunidad conformada por gente perdonada por Cristo, comprada y lavada con su misma sangre. La gracia cara es la invitación más que suficiente para procurar la mortificación de dicho pecado.

 Una base fundamental para esta práctica se encuentra en la obediencia al noveno mandamiento (octavo, en la tradición católica), que expresa, también en forma tajante: “No digas mentiras en perjuicio de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Pareciese ser, para muchos de nosotros, que podemos quedar fácilmente eximidos de este mandamiento simplemente por el acto de no mentir, de no “levantar falso testimonio” contra nuestro prójimo. Pero esa no es la lectura que históricamente el cristianismo ha dado ha dicho mandamiento. Me permito citar acá dos documentos.

El primero de ellos, corresponde a las palabras de Martín Lutero, en un texto redactado para enseñar a orar a su amigo el barbero Pedro Beskendorf, en el que señala que este mandamiento enseña: “Primero. Nos enseña que tenemos que ser sinceros los unos con los otros, evitar toda suerte de mentiras y calumnias, y decir y escuchar de buen grado lo bueno de los demás. Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación; no dejará Dios impunes a quienes lo quebranten, como queda dicho acerca de los anteriores mandamientos. / Segundo. Tenemos que agradecerle tanto la doctrina como la protección que tan graciosamente nos concede. / Tercero. Debemos confesar y pedir perdón por haber transcurrido nuestra vida en forma tan ingrata, pecadora y en tratos murmuradores falsos que atentaron contra nuestro prójimo. Estamos obligados a asegurar su fama y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros. / Cuarto. Pidamos ayuda para, en adelante, observar este mandamiento, para que nos conceda una lengua bienintencionada, etc.”[1].

 Por su parte, el Catecismo Mayor de Westminster, dice al respecto que: “Los deberes exigidos en el noveno mandamiento son el preservar y promover la verdad entre los hombres, y la buena fama del prójimo, así como la nuestra […] una estima caritativa hacia nuestro prójimo; amando, deseando y regocijándonos por su buen nombre; entristeciéndonos por sus debilidades, y ocultándolas; reconociendo libremente sus dones y cualidades, defendiendo su inocencia; prontitud para recibir un buen informe, y falta de disposición para creer un mal rumor, acerca de ellos; disuadiendo a los chismosos, aduladores y calumniadores” (pregunta 144), y que este mandamiento se viola, por ejemplo, cuando se actúa en “perjuicio contra la verdad y buen nombre tanto nuestro como del prójimo, especialmente delante de los tribunales públicos” (pregunta 145).

 En otras palabras, estas lecturas cambian nuestra manera de entender el falso testimonio. Violar el noveno mandamiento consiste, entonces, en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte. Por eso es bueno hablar de chisme, a secas. Eso es lo que debiesen entender quienes dan pie al chisme, poniendo toda su atención a estos. El chisme existe cuando usted habla y también cuando presta su oído. Si tiene dudas respecto de algo o de alguien, acuda a la persona y no se deje llevar por rumores. El chisme mata la comunidad. Defienda a sus hermanos, protéjalos del posible daño. Y si hay daño causado, ayude a recoger las “plumas desperdigadas” por la ciudad, aunque en esa tarea se vaya la vida y más, como en la cara imagen de la película La Duda.

 En un mundo que cada vez más está marcado por la indolencia e inmediatez de las redes sociales, huyamos, por favor, y pongamos límites a la cobardía de quienes ocupan “castillos de los cobardes”[2], pues en público palmotean el hombro y saludan con cordialidad, pero en secreto y sin piedad golpean y dilapidan la honra de los demás. Es fácil motejar a otros con apelativos, o aludir ideas o pensamientos no dichos o sacados de contexto, en conversaciones de pasillo, redes sociales e, inclusive, en documentos oficiales. Pero siempre será mucho más difícil y lento, pero más sano y restaurador, una conversación honesta y marcada por el amor que el evangelio produce en los creyentes. Como dirá Francisco Lacueva respecto del “Derecho a la propia reputación”: “Fácilmente se nos olvida que uno de los principales deberes sociales es el de respetar la reputación ajena (Ex. 20:16; Deut. 5:20). Sant. 3:1-12 describe plásticamente el daño que puede hacer la mala lengua. Muchos creyentes que parecen extremadamente puritanos en otras materias, no tienen empacho en publicar secretos fallos de otros hermanos ni en dañar su estimación con frases, gestos, reticencias o silencios calculados. El orgullo, el egoísmo o la envidia suelen estar en la base de tales actitudes muy poco cristianas. ‘Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto’ (Sant. 3:2)”[3].

 Si no tengo la capacidad de afirmar en público lo que digo en privado, mejor guardo silencio. Si no tengo la forma de probar de manera fehaciente lo que digo, mejor guardo silencio. Si dañé la honra, la imagen y la vida en comunidad de un hermano, debo pedir perdón y buscar reparar cuánto antes y de manera efectiva al prójimo. Si no oro por la debilidad de mi prójimo y no procuro su fortalecimiento, por medio de la preocupación y el acompañamiento, mejor guardo silencio. Aunque la crítica sea verdadera y necesaria, si no ocupo la misma cantidad de tiempo para orar por ello, que en lo que divulgo mis pensamientos, es verdad sin amor, por ende, en la idea bíblica, lisa y llanamente, no es verdad respecto de mi prójimo. Debo decirme que se trata de mi hermano. ¡Es mi hermano, por Dios! Esa expresión no puede ser una fría fórmula canuta de buen decir. Debo vivirla. No contribuyamos a la muerte de mi hermano ni de la comunidad.

 ¡Ah! Y una palabra para quienes han sufrido los daños del falso testimonio. Busca ablandar tu corazón por medio de la oración y la memoria del evangelio. La comunidad no es esa falsa ensoñación en la que no hay desilusiones. La iglesia está conformada por santos-pecadores, de los cuales yo soy uno, y tú eres otro, y ambos (principalmente yo, desde luego) contribuimos a la imperfección de la comunidad. Si cuando yo fallo, quiero ser perdonado y restaurado, porque no pensar de la misma manera respecto de quienes nos dañan. Sí, es cierto, que el perdón sólo se hace efectivo de verdad cuando el que daña reconoce su error, se arrepiente y busca reparar el daño. Sí, también es cierto, que el arrepentimiento no excluye la disciplina que sana y hace “entrar a lo cojo al camino”. Pero la verdad prioritaria es que debemos estar dispuestos a perdonar. Esto por dos razones fundamentales: a) porque el Señor lo manda, debemos amar a nuestros “presuntos enemigos” y procurar su bien, sabiendo que Dios trabaja y ejerce su justicia (Romanos 12:17-21); y b) porque nuestra identidad está en Cristo y sólo en él estamos completos (Colosenses 2:9, 10), por lo que ni lo que los otros opinen no tiene, ni debe tener la fuerza, para hacerte olvidar que eres un hijo que ha sido amado por Dios. ¿Te suena a cliché? Puede serlo, si no fuese parte de un doloroso aprendizaje que me ha tocado experimentar en varias ocasiones. Pero siempre se puede terminar agradeciendo a Cristo, porque mientras somos zarandeados como trigo por el Maligno, él ora al Padre para que nuestra fe no falte (Lucas 22:31, 32), como el perfecto y único mediador que es. Tú tranquilo, sigue, no te victimices, camina… la obra es de Dios.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Martín Lutero. El Magnificat seguido de “Método sencillo de oración para un buen amigo”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido.

[2] Expresión de Spurgeon respecto del mal uso del púlpito por predicadores que enrostran las debilidades de los demás, aprovechándose de la tribuna dada por la iglesia.

[3] Francisco Lacueva. Etica Cristiana. Curso de Formación Teológica, Tomo 10. Barcelona, Editorial CLIE, p. 208.

Facebook.

Sí, soy un usuario muy asiduo de Facebook. Hablo desde esa realidad. Lo ocupo por varias razones: a) hoy día gran parte del acontecer noticioso y eventos de mi interés se promocionan por esta red social; b) me permite el contacto con personas que no puedo ver con facilidad en días, semanas, meses y años; c) me gusta la fotografía (sin ser pro, como varios de mis amigos en la red); d) me gusta compartir mis reflexiones, posts de mi blog, actividades de la iglesia, momentos jocosos, situaciones de vida alegres o reflexiones respecto de las difíciles; e) en la pulsión histórica, me gusta dejar registro (imaginen lo que significa el “un día como hoy” que nos proporciona una mirada del pasado reciente con tanta facilidad); y f) gran parte de las personas con las que trabajo en la iglesia son usuarios de la red, por lo cual el uso fundamental que le doy es de carácter pedagógico.

Quiero señalar políticas mías respecto del uso de Facebook que sostengo hasta el día de hoy: a) si a alguien le molesta, borro el post o mi comentario, agradeciendo siempre la crítica constructiva que logra percibir lo que yo no miro; b) sólo discuto con amigos de verdad, de carne y hueso, inclusive en los foros; c) si algo no me interesa o no me gusta, “cambio de canal” (muy pocas veces verán una notificación de “me enoja” mía en su red); y d) elimino y/o bloqueo a las personas que discuten sin escuchar, sobre todo aquellos que caen en la difamación.

Ah! y otra cosa que me parece pertinente decir: algunas personas me preguntan por qué publico las cosas que hago. La razón está lejos de la autopromoción. Sólo dos razones: a) el agradecimiento a quienes me invitan a dialogar con ellos, o por la linda experiencia que me toca vivir; y b) señalar que estoy haciendo algo, pues existe la tendencia muy difundida de que quienes trabajamos en la iglesia no hacemos nada, dormimos hasta tarde y suma y sigue (la clásica llamada a las 9:00 hrs. (¡o más!), que parte con la pregunta: “-¿te desperté?”).

Me llama mucho la atención el uso moralista que algunos le dan a la red. Hay personas, que sólo comentan cuando les molesta algo y jamás para una felicitación, o un apoyo en el momento que se necesita. Otros “pegan palos” que no podrían sostener jamás en público. Otros critican a los usuarios asiduos por su presencia amplia en la red, porque supuestamente serían ociosos, a lo que yo me pregunto: ¿y cómo saben del uso? ¿Será que son usuarios compulsivos aparentemente pasivos, ya que no publican nada en su muro, pero ven el de los demás?

Cierro este post explicativo de mi práctica facebookera con la siguiente reflexión más global, y que espero pueda servirte en tu uso de la red:

Facebook, en términos generales, es un juego que principalmente busca compartir emociones, fotografías, diálogos sencillos. Pero si se le ocupa con fines pedagógicos, políticos, religiosos, teológicos y demás debería tenerse muy presente lo siguiente:

a) presentar las ideas de la manera más clara posible; b) entender que no a todo lo que uno diga se le va a poner “me gusta”, o se le escribirá un comentario; c) es más, habrá cosas que uno escriba que la gente no entenderá y pedirá explicaciones, o con las que no estarán de acuerdo, y expresarán ese disenso… la única alternativa es asumir y hacerse cargo de lo que se escribió sin delirio de persecución; d) uno tiene el derecho a cambiar de opinión (sólo la gente “bacán” es discípula de sí misma); e) si consideras que lo que otros comentan puede hacer daño a otras personas, no sólo borres lo que ellas escribieron, parte por moderarte tú (si eres cristiano, recuerda a Jesús diciendo “si tu mano te es ocasión de caer, córtala”… él no mandó a andar cortando las manos de los demás, y dejar a salvo la tuya); f) piensa en lo que el otro escribe, contextualiza, logra descubrir el estilo literario en que escribe, y siempre presupone la buena fe del otro, por lo menos, hasta que le conoces de verdad y no sólo en la apariencia; y g) si alguien dejó de ser tu amigo porque no le interesaba, no le gustaba, no estaba de acuerdo con lo que posteabas, y eso te duele: ¡reflexiona! esto puede haberse convertido en un ídolo que te quita la vida.

Disfruta, sonríe: esto es Facebook, no la vida. No lo conviertas en algo más importante de lo que es.

Luis Pino Moyano.