La disciplina espiritual del ayuno: algo más que simplemente abstenerse de comer.

Casi todas las religiones antiguas consideraron al ayuno como una de sus prácticas rituales importantes. Por otro lado, en tiempos más recientes (en términos históricos, por cierto), se le ha utilizado como arma política o medida de presión (la también llamada “huelga de hambre”) por movimientos que alentaban la resistencia pacífica, algunos de ellos, liderados por actores cristianos. Incluso, las nuevas espiritualidades, solapadas en discursos de “vida sana”, la han promocionado como “instrumento para la salud integral”. 

Volviendo a la religión, y sobre todo al mundo cristiano, existe también la idea muy difundida del ayuno como un pesado sacrificio que busca lograr algún favor divino, en la lógica del “intercambio”. Sin embargo, esto no obsta para que lo definamos, bíblicamente, como un sacrificio espiritual en el que nuestra vida toda entrega adoración a Dios. Una de las palabras que se traduce como sacrificio en la Biblia significa “matar por un propósito”, y la adoración que elevamos a Dios requiere la muerte de nuestro orgullo, pecaminosidad y miedo que amenazan la presentación de un culto santo y agradable para Dios.

A veces, nuestra concepción del ayuno está más relacionada con lo que éste acto espiritual significaba para los judíos, particularmente de su lectura de la ley mosaica (la lectura cristiana de la ley es una lectura distinta, necesaria, hecha a la luz de la historia de la redención conquistada por Jesucristo). Interesantemente, a diferencia de lo que el sentido común haría parecer, el ayuno era prescrito para ser realizado por el pueblo de Dios una vez al año, específicamente, para el “Día de la expiación”, la única “fiesta triste”, donde se buscaba el perdón del Dios santo ante el olvido, indiferencia y rebelión contra él. Así dice: Levítico 16:29-31: “Este será para ustedes un estatuto perpetuo, tanto para el nativo como para el extranjero: El día diez del mes séptimo ayunarán y no realizarán ningún tipo de trabajo. En dicho día se hará propiciación por ustedes para purificarlos, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados. Será para ustedes un día de completo reposo, en el cual ayunarán. Es un estatuto perpetuo”. 

Con el paso del tiempo, y con una mayor institucionalización de la religión judaica, se llegó a ver el ayuno como una “obra cardinal”, junto con la oración y la limosna. Los judíos ayunaban cuando estaban de luto, para expiar pecados, a modo de penitencia nacional y para comunicarse con Dios. En ese sentido, era una práctica para llamar la atención de Dios o demostrar arrepentimiento y devoción. Por lo mismo, los fariseos, judíos ortodoxos y celosos practicantes de la ley y la tradición, ayunaban dos veces a la semana, cosa que excedía con creces lo demandado en la Escritura, hasta ese momento. 

El cristianismo vino entonces a modificar nuestra noción del ayuno. David Mathis nos ayuda con su definición de esta disciplina espiritual, cuando señala que “El ayuno es una herramienta excepcional, diseñada para canalizar y expresar nuestro deseo por Dios y nuestro descontento santo en un mundo caído. Es para aquellos que no están satisfechos con el statu quo. Para aquellos que quieren más de la gracia de Dios. Para aquellos que se sienten verdaderamente desesperados por Dios”. Esta noción, la profundizaremos en la lectura bíblica que presentaremos a continuación, respondiendo a la pregunta por el significado de esta práctica de fe y espiritualidad: ¿qué es el ayuno?

1. El ayuno es una oración fortificada. 

Es imposible entender el ayuno sin la oración. A diferencia de la oración, que puede entenderse sin el ayuno, como una disciplina independiente. Eso hace que el ayuno sea necesario y que la oración sea fundamental. Un caso bíblico que ilustra esto, es la situación narrada en el libro de Ester. En ese momento de la historia bíblica, parte del pueblo de Dios se encontraba cautivo por los medo-persas, y un sujeto de dicho pueblo conspiraba para la eliminación étnica de los judíos reunidos allí, un hombre llamado Mardoqueo, en un acto de connotaciones similares al de Adán en el Edén luego de la caída, se esconde y empuja a su prima o sobrina, Ester, a la que él había adoptado como hija, para que ella actuara en defensa de sus conciudadanos presentándose ante el rey Asuero, lo que según la legalidad imperial podría costarle la vida. Ella asume al riesgo y dice: “Ester le envió a Mardoqueo esta respuesta: ‘Ve y reúne a todos los judíos que están en Susa, para que ayunen por mí. Durante tres días no coman ni beban, ni de día ni de noche. Yo, por mi parte, ayunaré con mis doncellas al igual que ustedes. Cuando cumpla con esto, me presentaré ante el rey, por más que vaya en contra de la ley. ¡Y, si perezco, que perezca!’” (Ester 4:15,16). Cuando Ester , asume valientemente su rol histórico, pide que el pueblo ayune por ella, señalando la necesidad de apoyo de la comunidad en el clamor a Dios, buscando que Él interviniera en la historia que parecía presagiar un inminente final oscuro.

Dicho caso bíblico también nos dota de una clarificación, que tiene mucho sentido para quienes somos reformados: el ayuno no es sólo una práctica individual, íntima, hacia adentro, sino una profundamente comunitaria. La preocupación espiritual cristiana es tanto vertical, manifestándose en el amor al prójimo, y horizontal, lo que se expresa en el amor al prójimo. Puedo intensificar mi oración con los ruegos de otros. 

2. El ayuno es hambre de Dios. 

El relato bíblico que quiero poner en la palestra es muy interesante. Dicho relato, lo ocuparemos, también, más adelante. Mateo registra en su evangelio lo siguiente: “Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos? Jesús les contestó: -¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán”. Los discípulos de Juan, que eran un tipo de judíos ortodoxos, al igual que los fariseos consideraban que el ayuno era una práctica cardinal, por ende, les produce asombro e inquietud que los discípulos del Maestro de Galilea no se abstengan de comer. Jesús hace una explicación muy bella y potente. Los discípulos no ayunaban porque estaban de fiesta, estaban celebrando junto al “novio”. Pero cuando ese novio les sea quitado “entonces, sí ayunarán”. 

Llevemos esta información al dato concreto: los discípulos de Jesús ayunarían entre el arresto de Jesús, su muerte y resurrección. Jesús vuelve a compartir con los suyos, y el evangelio señala escenas de mesa compartida. Luego, Jesús ascendió al cielo, regresando al Padre, lo que abre, nuevamente, un tiempo para ayunar. En ese sentido, la totalidad de nuestra era, entre la ascensión de Jesús y su segunda venida es un tiempo en el cual la iglesia DEBE ayunar. Y no te asustes con la palabra “debe”… esto no se trata de legalismo sino de entender lo que Jesús dice: “sí ayunarán”. Él no dice, “es posible que ayunen”, ni añade un “tal vez”, “esporádicamente”, “en ocasiones”. Él afirma, “sí ayunarán”. Y lo haremos por un sentido de nostalgia de Dios. ¿De qué tenemos hambre? ¿Sentimos nostalgia de Cristo? ¿Cuáles son nuestras necesidades y prioridades? Como dice Mathis: “Al igual que el evangelio, el ayuno no es para los autosuficientes y para los que sienten todo resuelto. Es para los pobres en espíritu. Es para quienes están de duelo. Para quienes tienen hambre y sed de justicia. En otras palabras, el ayuno es para los cristianos”. 

La idea del ayuno está también muy asociada a la del banquete, tanto en la lógica de la fiesta como por la expresión de un hambre verdadera. Jesús contó una parábola sobre un hombre que preparó un gran banquete, al que todos los invitados se excusaron de participar.  Las excusas para no asistir fueron: “El primero le dijo: ‘Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes’. Otro adujo: ‘Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes’. Otro alegó: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’” (Lucas 14:18-20). ¿Acaso es ilegítimo comprarse un terreno o una casa? ¿O es ilegítimo comprarse un medio de transporte o una herramienta de trabajo -resemantizando las yuntas de bueyes, ocupadas como animales de tiro o carga? ¿Es ilegítimo casarse y formar familia? La respuesta es un rotundo no. Y es que el problema no está en la legitimidad de dichas prácticas, sino en cómo dichas cosas, personas y momentos se adueñan de la vida, otorgando sentido e identidad. En otras palabras, aquello que gobierna tu vida, si no es Dios, es un ídolo. 

Por lo que se ha dicho, es que debemos ampliar nuestra noción de ayuno. Martyn Lloyd-Jones decía que: “Si verdaderamente consideramos el ayuno, no debemos limitarlo al tema de comida y bebida; el verdadero ayuno debería de consistir en incluir la abstinencia de cualquier cosa que es legítima en sí y para sí por motivo de algún propósito espiritual. Hay muchas funciones corporales que son correctas y normales y perfectamente legítimas, pero que por alguna razón peculiar en ciertas circunstancias deberían de ser controladas. Eso es ayunar”. En otras palabras, podemos no sólo sentirnos compelidos a ayunar en el sentido estricto de la expresión, absteniéndonos de comer, sino también, ayunar de otras cosas y momentos que siendo legítimos en sí mismos, roban mucho de nuestro tiempo que podría ser ocupado para dedicarnos con tranquilidad a la oración, la lectura de la Biblia, la meditación, el silencio, la adoración.

Por su parte, Richard Foster, señaló que: “Más que cualquier otra disciplina, el ayuno revela las cosas que nos controlan. Este es un gran beneficio para el verdadero discípulo que anhela ser transformado a la imagen de Jesucristo. Cubrimos lo que está dentro de nosotros con comida y otras cosas. […] Si el orgullo nos controla, casi de inmediato será revelado. David dijo: ‘Afligí con ayuno mi alma’ (Salmo35:13). Cólera, amargura, celos, riñas, temor están en nosotros, saldrán a la superficie durante el ayuno. Al principio racionalizaremos que nuestra cólera es debido a nuestra hambre. Entonces sabremos que estamos enojados porque el espíritu de cólera está en nosotros. Podemos regocijarnos en este conocimiento porque sabemos que la sanidad está disponible por medio del poder de Cristo”. El teólogo cuáquero nos señala otra idea necesaria de tener en cuenta: si ayunando nos abstenemos de comida, cosas y momentos, legítimos en sí mismos, con mayor razón nos debemos abstener de todos aquellos pecados que tapamos con comida y más. En ese sentido, el ayuno nos sensibiliza a nuestra realidad, nos presenta nuestras áreas de debilidad, nos expone a la vulnerabilidad, todas cosas necesarias para sentirnos necesitados de la gracia del Dios que nos amó. 

3. El ayuno es adoración. 

Jesús, en la predicación por antonomasia, el sermón del monte dijo: “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que demudan sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que estos ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que no sea evidente ante los demás que estás ayunando, sino solo ante tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:16-18). ¿Qué critica Jesús de los fariseos? Con suma claridad, la humillación de los fariseos era fingida, un show, una performance espiritual. Con este tipo de actitud ya recibieron su recompensa: la gloria de los hombres. Es decir, Jesús no está discutiendo sobre el ayuno, sino con los que ayunan y sus motivaciones. El énfasis principal de toda esta sección del sermón del monte (6:1-18) es el carácter indispensable de la sinceridad en la adoración al Dios Todopoderoso. 

Es aquí, incluso, donde el contenido se funde con la forma, porque se invita a los ayunadores a lavarse la cara y perfumarse, y no a andar una cara triste o derrotada, lo que no generaría la necesidad de preguntar si se tiene hambre. Ese aspecto formal es una expresión externa de lo que hay en lo interior: un servicio voluntario, apartado de una religiosidad hipócrita, ya que echarse ungüentos era señal de gozo. Agustín de Hipona planteaba: “Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios”. 

¿Cuál es nuestra motivación al ayunar? ¿Recibir milagros? ¿Cumplir una norma? ¿Alcanzar un nivel por sobre los demás? Hay dos textos bíblicos que nos ayudarán a responder la interrogante. “Ahora bien —afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos, rásguense el corazón y no las vestiduras” (Joel 2:12,13a); “Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios” (Santiago 4:3,4, el destacado es mío). La motivación principal a la hora de ayunar es matar al yo, porque si el ayuno es adoración su finalidad es exaltar la vida del Dios vivo y verdadero, y no el acto de construcción del peor de todos los dioses, el más sanguinario y terrible, a saber, uno mismo. 

Esa mortificación del pecado queda expresada con suma claridad en el texto que ha sido llamado como el del “ayuno verdadero”. Isaías 58:3-8 señala la palabra de Dios por medio del profeta: “Y hasta me reclaman: ‘¿Para qué ayunamos, si no lo tomas en cuenta? ¿Para qué nos afligimos, si tú no lo notas?’. Pero el día en que ustedes ayunan, hacen negocios y explotan a sus obreros. Ustedes solo ayunan para pelear y reñir, y darse puñetazos a mansalva. Si quieren que el cielo atienda sus ruegos, ¡ayunen, pero no como ahora lo hacen! ¿Acaso el ayuno que he escogido es solo un día para que el hombre se mortifique? ¿Y solo para que incline la cabeza como un junco, haga duelo y se cubra de ceniza? ¿A eso llaman ustedes día de ayuno y el día aceptable al Señor. El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? Si así procedes, tu luz despuntará como la aurora, y al instante llegará tu sanidad; tu justicia te abrirá el camino, y la gloria del Señor te seguirá”. Isaías nos enseña que la justicia no solo es social sino por sobre todo espiritual, por lo que no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de mentir; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de robar; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de explotar a los demás; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de chismear; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de la codicia y el egoísmo; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de… (agrega el pecado con el que luchas más duramente). El ayuno verdadero consiste en desprenderse de todo peso para que nuestra vida, nuestro único gozo, nuestro único deleite, nuestro único proyecto, nuestra única religión y fe esté en el Dios de la vida. 

He ahí el sentido de lo que el Catecismo de Heidelberg se pregunta por “¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?” (pregunta 1), a lo que se responde: “Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados […]”. Y en ese acto de no pertenecernos a nosotros mismos, ergo, de adoración radical, el ayuno es una expresión de dependencia total a Dios, de adoración genuina (véase la Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21, artículo 5). 

4. El ayuno es fiesta espiritual esperanzada. 

En el texto de Mateo 9:15 veíamos que el novio será quitado. En la parábola de las diez vírgenes se señala que el novio volverá: “A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!’” (Mateo 25:6). John Piper señala: “El regocijo comienza con la pasada gracia de la muerte de Cristo y su resurrección, que entonces incluye todo lo que Dios promete en él. Mientras seamos finitos y caídos, la fe cristiana significará ambos deleite (en la pasada) encarnación y deseo (de la futura) consumación. Será tanto contentamiento como insatisfacción. Y la insatisfacción crecerá conforme crezca la medida de contentamiento que habremos conocido en Cristo”.

A eso apunta la alusión a lo viejo y lo nuevo en el texto de Mateo 9, ya referido con antelación, pero en los versículos finales de dicha sección (vv. 16 y 17). Jesús dijo: “Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, se reventarán los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así ambos se conservan”. Esto nada tiene que ver con esa cantinela de los grupos neopentecostales respecto a un nuevo tiempo de la iglesia, en el que se exige mentes renovadas y no las mentes limitadas de legalistas y gente anquilosada al pasado. Los odres viejos y los odres nuevos aluden a formas diferenciadas de entender el ayuno. Piper dice: “El lamento sobre el pecado y el anhelo de librarnos del peligro y la búsqueda de Dios que inspiró el viejo ayuno no estaba basado en la maravillosa obra acabada del Redentor”. El novio, como la simiente de la mujer, ya vino y dio un golpe mortal a Satanás, al pecado y la muerte con su triunfo en la cruz. Por ello, junto con el pastor Piper diremos que: “Lo que diferencia al cristianismo del judaísmo es que el tan anhelado reino de Dios está ahora tan presente como en el futuro”. Sí, nuevamente, estamos bajo la tensión escatológica del “ya, pero todavía no”. 

Sinteticemos: ¿qué es lo novedoso del ayuno? No es la necesidad ni el dolor ni el hambre de Dios, cosa que nos iguala a los practicantes judíos de la ley mosaica y, además, con todo el género humano. Lo novedoso, es que el sentido de vacío ya no está. Cristo llenó los vacíos. La presencia de Cristo es real y grata, nos hemos deleitado en el agradable sabor de su gracia y amor, y eso hace que sigamos teniendo hambre de Él. Y ese “llenado” lo completará cuando consume gloriosamente su reino, luego de su venida que no sólo debemos esperar, sino por sobre todo amar. El ayuno, entonces, es también una fiesta. Una fiesta que nos hace poner la vista en la agenda de Dios que tiene como hito clave el glorioso advenimiento del Señor. 

Para reflexionar y practicar:

El ayuno verdadero implica otras disciplinas espirituales como: la lectio divina, la oración, el retiro y el contentamiento (o frugalidad). En tanto disciplina, es algo que no sólo debemos practicar, sino también planificar. Aquí la pregunta que ayuda es: ¿qué haremos en lugar de comer (o de hacer la cosa que hemos decidido abstenernos)?

El ayuno nos enseña que nuestra vida, más que una performance religiosa, debe depender total y absolutamente de Dios, saciando nuestra hambre de Él, anhelando la venida de Jesucristo en gloria y majestad. Cuando entendemos el ayuno como una actividad feliz de la presencia de Cristo, nos debe hacer pasar de la disciplina al deleite, y hacer que dicho gozo se irradie en nuestra relación con Dios y con el prójimo. 

Algunas recomendaciones prácticas: a) comience su ayuno al despertar; b) termínelo a media tarde; d) luego, coma algo muy liviano; e) en medio del ayuno beba agua sin restricción; f) suspenda el ayuno si comienza algún malestar irrecuperable; g) si tiene una prescripción médica que le impida ayunar, no lo haga; h) si nunca ha ayunado, comience de a poco. El cristianismo, si bien es cierto trae implícita la marca del sufrimiento, no es masoquismo. Sí, llegará el momento en que necesitaremos mártires… pero aún no (hablo en relación a nuestra realidad nacional). 

La fiesta es importante. No es casual que el primer milagro de Jesús haya sido convertir el agua en vino en medio de una boda. Dicho milagro anticipó la alegría que su ministerio y misión trajo a nuestras vidas. Pero, siguiendo a Mathis, hay que tener claro que en nuestra realidad contemporánea el banquete se haya extendido en nuestra cultura evangélica y/o eclesial, mientras que la frugalidad y el ayuno no. Es urgente recuperar el ayuno, porque esta disciplina nos hará poner nuestra dependencia no en cosas, momentos y personas, sino sólo en Dios. 

Finalizo con las palabras de Edward Farrel: “Casi en todas partes en todo tiempo, el ayuno ha tenido un lugar de gran importancia, puesto que está íntimamente vinculado con el profundo sentido de la religión. Quizás sea esta la razón por la desaparición del ayuno en nuestros días. Cuando el sentido de Dios disminuye, el ayuno desaparece”. Hambre de Dios y sentido de vulnerabilidad hoy. Hoy, no mañana… 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Nota contextual y bibliográfica. 

Este texto surge de mis apuntes para la exposición en la Reunión de Hombres del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, celebrada el sábado 3 de agosto de 2019, con el título de “Piedad: Disciplinas espirituales para hombres de hoy”. Hace algunos años atrás había predicado sobre esta temática en las Iglesias Puente de Vida (2011, 2012) y Refugio de Gracia 2017, por lo cual, mucho del material ya lo tenía preparado. En la construcción de esta reflexión fue clave el libro de John Piper, “Hambre de Dios”, que leí en 2011. Ese libro de este entrañable pastor bautista, fue sumamente clarificador para mi, pues antes de su lectura sólo lograba asimilar el ayuno como oración fortificada y como adoración, pero no en el sentido del hambre de Dios y la nostalgia del verdadero hogar. En un acto de honestidad, me declaro tributario de Piper para esta reflexión. 

Para la construcción de este texto, refiero la lectura de los siguientes libros:

  • Foster, Richard. Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2009.
  • Mathis, David. Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales. Ellensburg, Proyecto Nehemías, 2016.
  • Piper, John. Hambre de Dios. Cómo desear a Dios por medio de la oración y el ayuno. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2017 (edición más actual en castellano).

No se usaron notas al pie de página, por el formato de soporte: apuntes de una presentación oral. El post buscó mantener la frescura de su carácter originario. 

Los versículos bíblicos fueron tomados de la Nueva Versión Internacional. 

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“Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles”. A la memoria del hermano Pablo Hoff.

* El recorte de prensa es del archivo del Pr. Manuel Díaz, profesor del IBN. 

Durante la mañana de ayer, 23 de junio de 2019, nos hemos enterado de la noticia de la muerte de Paul Hoff Bieker, más conocido en el mundo evangélico chileno, y especialmente a quienes nos formamos en el Instituto Bíblico Nacional, como el “hermano Pablo”. Él había nacido el 23 de febrero de 1924, y se formó académicamente como Bachiller en Artes Liberales con mención en Historia de la Universidad Taylor y Magíster en Teología del Seminario Bautista del Norte, y que desarrolló su tarea como misionero de las Asambleas de Dios en Bolivia, Argentina y Chile, fundamentalmente en la tarea de la docencia teológica y la pastoral. Chile, país al que llegó en 1978 fue donde desarrolló su ministerio de más larga data, y que tuvo como su fruto principal y más maduro el Instituto Bíblico Pentecostal, fundado en 1979, y que desde 1999 recibe el nombre de Instituto Bíblico Nacional fortaleciendo su carácter interdenominacional, lo que va acompañado de sedes en más de veinte ciudades a lo largo del país. 

Ligado a su tarea docente surgieron sus libros, la mayoría de ellos publicados por Editorial Vida, relacionados con las diversas áreas del saber teológico, escritos a mano y luego escritos a máquina por su esposa, la hermana Betty, y más tarde a computador y estilizados al idioma castellano por personas ligadas al Instituto que él formó. Libros que demuestran un conocimiento profundo de la Escritura, y que facilitan su acceso a la misma, por el fuerte talante pedagógico que poseen y que, por sobre todo, invitan a mirar a Cristo Jesús cuando avanzan en el aspecto devocional. Estos libros son: 

  • “El Pentateuco” (1978), 
  • “Los libros históricos” (1980),
  • “El pastor como consejero” (1981),
  • “Se hizo hombre” (1990, sobre los evangelios sinópticos),
  • “Otros evangelios” (1993, sobre religiones comparadas),
  • “Libros Poéticos” (1998),
  • “Defensa de la fe” (en coautoría con el teólogo chileno David Miranda, publicado por Editorial Mundo Hispano, 1997),
  • y “Teología Evangélica” (Tomo 1, 1999; Tomo 2, 2000; obra reunida en un solo ejemplar, 2005).

Él diría en una introducción a uno de sus libros: “Tal vez el lector apresurado se sienta tentado a estudiar las lecciones del libro sin leer previamente las partes correspondientes de la Biblia. Si así procede, se estará defraudando a sí mismo y no aprovechará al máximo este estudio, porque la Biblia es siempre más importante que lo que dicen los hombres acerca de ella” (El Pentateuco, p. 11). A ello se suman muchos artículos desperdigados en folletos, revistas y periódicos evangélicos. Como escribió Juan, el apóstol: “Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. Sí – dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apocalipsis 14:13 DHH). En 2011, Editorial Vida publicó el libro biográfico escrito por Stuart Allsop, titulado “Mi Dios les proveerá. La apasionante historia de Pablo Hoff”, el que lamentablemente no ha sido difundido en las librerías de nuestro país. Es de justicia que lo hagan con prontitud. 

Conocí al hermano Pablo en el año 2000 cuando ingresé al Instituto Bíblico Nacional. Era un joven pentecostal, tenía 18 años y cargaba una cantidad de sueños y anhelos de servicio al Señor, sobre todo porque al comienzo de ese año sentí fuertemente un llamado al ministerio pastoral, y para eso había que prepararse. Si bien es cierto, estudiar teología tenía mala prensa, porque “la letra mata”, en mi comunidad de esos tiempos había un buen recuerdo del hermano Pablo, siendo la Iglesia Pentecostal Naciente una de las primeras denominaciones en recibir bien a este misionero. Recibí dos libros de él para iniciar el ciclo, los que leí con avidez, y que profundizamos en clases con los profesores, compañeros de curso, y principalmente con mi amigo y compañero de andanzas, Cristian Estrada. Fue fácil admirar a este ministro del evangelio, porque no sólo leímos sus libros, sino que además compartimos con él. Nunca he podido olvidar que a las dos semanas de entrar a estudiar, estaba trabajando en el Parque Bustamante como encuestador, cuando él pasa por la vereda de en frente (vivía cerca de allí), me vio, cruzó la calle, se me acercó con su característica sonrisa, me dio un fuerte apretón de manos y me preguntó por mi parecer respecto del IBN, luego se despidió con un “Dios le bendiga en todas sus labores”. 

Luego, fueron las conversaciones con él mientras tomábamos un café o sus ilustraciones testimoniales en medio de sus sermones en las que le conocimos más: su conversión a muy temprana edad, su paso como soldado en la 2ª Guerra Mundial, sus estudios teológicos en los que recibió la influencia de autores del ala conservadora y de la neoevangélica, siendo tributario de Carl Henry y Millard Erickson. Luego su trabajo misional en Bolivia y Argentina y su venida a Chile, llena de hechos providenciales: su solicitud de abrir un Instituto Bíblico para los pentecostales chilenos fue antecedida, sin mediar conversación entre ellos, por la solicitud del Pr. Francisco Anabalón de apoyo de las Asambleas de Dios para abrir un centro de estudios en el país. El trabajo misional en Chile estuvo marcado por desafíos y dificultades, pero en el que Dios abrió caminos: de las clases en el templo de la Corporación Vitacura, en Calle Rosas (frente al que hoy es el Teatro Teletón) al edificio de seis pisos en calle Ejército. Cómo él mismo no cesaba de señalar, citando la Escritura: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, RV 1960). 

De acento “agringado”, pese a los años que llevaba en Chile, era un deleite escuchar sus predicaciones, las que eran bíblicas, llenas de fuego, y con una característica muy particular a la hora de aplicar: bajaba la voz y con voz suave golpeaba nuestros corazones y conciencias. Aunque también le vimos apasionado y molesto. Dos momentos que recuerdo vívidamente. A principios de los 2000 algunos profesores comenzaron a señalar, sin ambages, su mirada escatológica amilenarista, yendo contra la mirada dispensacionalista, hegemónica en el mundo pentecostal. En una reunión de profesores se dio la discusión, muy acalorada, de la que algunos fuimos testigos indirectos mientras realizábamos nuestras tareas en la biblioteca. La discusión terminó con un golpe de mesa y con la voz firme del hermano Pablo diciendo: “no importa cuándo el Señor viene o cómo viene; lo que nos importa es que Él viene”. El momento terminó con oración y ánimo reconciliado. 

El otro momento, fue una de las últimas capillas (momento devocional) que se hizo al final de las clases, dando cuenta que muchos se retiraban y no participaban de la misma, nos exhortó a la luz de la Palabra la importancia de una espiritualidad profunda. Ahora, con justo enojo, golpeó el púlpito y dijo “si alguno cree que estudiar Teología es para agrandar cabezas y no corazones no es digno de este Instituto”. Y esto me permite cerrar mi relato testimonial. Pablo Hoff más que un teólogo fue un valiente siervo del evangelio, un respetable creyente, que nos enseñó con la palabra y la vida que los peores enemigos de los estudios teológicos no eran quienes decían que la “letra mata”, sino aquellos que estudian y tienen “un más alto concepto de sí que el que deben tener” (Romanos 13:3). Pablo Hoff, fue un valiente misionero que entendió que el servicio a Cristo y su Reino no tiene fronteras ni barreras que el Señor de la misión no pueda derruir, y que por lo mismo, asume con una alta cuota de voluntarismo el llamado que le constriñe a ser un obrero del evangelio. Todo esto, era una invitación que no dejaba de lado la erudición, pero que fortalecía la práctica servicial y buscaba forjar carácter cristiano. Se trataba de buscar un “conocimiento ungido”. Y dicho conocimiento fortaleció al bullente pentecostalismo chileno y excede sus veredas, edificando también a creyentes de otras banderías eclesiales. 

Como alguien que se siente honrado de haber hecho sus primeras armas del conocimiento teológico en el instituto que él formó, de manera agradecida digo frente a nuestro querido hermano Pablo: muchas gracias, seguiremos “preparándonos mejor, para servir mejor” con la ayuda de Aquél que vive y permanece para siempre. 

¡Hasta pronto!

Luis Pino Moyano.

 


 * Recomiendo, para quienes quieren tener un acercamiento mayor al testimonio de vida del hermano Pablo Hoff, ver la entrevista realizada por la hermana Sara Ossa, en el Canal de YouTube de Corporación Sendas, y el texto biográfico escrito por el hermano Pablo Villouta. 

Sí ministra Cubillos, el paro es político.

Me cuesta entender que la ministra de educación, Marcela Cubillos, no comprenda, o no quiera comprender, la naturaleza política de la educación. Sobre todo, cuando ella ha convertido ha convertido al MINEDUC en una cartera de destrucción masiva. Nunca antes, en mis diez años como profesor, había recibido tanto correo spam de un ministro. ¿Y cuáles son los temas de dichas misivas? “Aula segura” y “admisión justa”. Todos temas eminentemente políticos y no técnicos ni sectoriales. 

Claramente, quienes nos desempeñamos en la esfera de la educación queremos aulas seguras, pero ese tipo de sala o establecimiento educacional no lo mejora una nueva ley, porque ninguna ley tiene el poder para cambiar la conducta de las personas, sino otros esfuerzos que tienden a la mejora de la calidad de vida de las personas. Además de eso, si los colegios añaden indicaciones en sus protocolos de convivencia que pueden señalar causales de expulsión de estudiantes, sumado a que en el país ya existe una ley de control de armas, es innecesario aumentar el cuerpo legal. Y, por otro lado, la “admisión justa” en el país de Penta, SQM y Caval claramente es aquella que elimina la selección. Si hay algo que es consecuencia evidente del sistema neoliberal es que dificulta las posibilidades del ejercicio meritocrático, toda vez, que la educación no asegura en ningún término el ascenso social ni el desarrollo de labores a las que se estudió. La idea de nuestros familiares que nos motivaban a tener “un cartón” para construir un mejor futuro quedó olvidada en el baúl de los recuerdos del país de la colusión. 

El mejor ejemplo de lo último son los colegios emblemáticos. ¿Puede ser emblemático un colegio que sólo tiene agua fría en sus camarines, no tiene las resmas de papel suficientes para imprimir pruebas y cuya infraestructura tiene daños permanentes en el tiempo y sin arreglo? Los emblemáticos y las emblemáticas son los estudiantes, pues son ellos quienes desarrollan conocimientos y habilidades, y tienen el anhelo de estudiar. A cualquier docente se le facilita el trabajo con estudiantes que tienen una predisposición a estudiar. Las instituciones no son “faro de luz” por sí mismas si no cuentan con personas que sostengan esa posibilidad. Ergo, equiparar las condiciones de estudio produciendo inclusión y no mayor segregación, junto con entender que existen distintos tipos de conocimientos y formas de aprehender la realidad, posibilitarían el reconocimiento del mérito, que es imposible de medir con calculadoras, y sobre todo cuando las condiciones reales y concretas de estudiantes son tan disímiles. 

Entonces, una ministra que ha recorrido el país y ha bombardeado con sus discursos y misivas eminentemente políticas, tenga el desparpajo de manifestar en la escena pública que ella no logra ver posibilidades de diálogo cuando los actores tienen reclamaciones políticas, es de suyo una incoherencia discursiva y práctica. Porque la educación es un acto político. Lo es desde que se entiende la necesidad de la educación obligatoria en la resemantización del modelo prusiano de la mano de Valentín Letelier. Lo es, también, cuando se comprendió que “gobernar es educar”, en el emblema de Pedro Aguirre Cerda y el conjunto del radicalismo chileno. Lo es, también, cuando en el gobierno de Eduardo Frei Montalva se desarrolla la única reforma educacional chilena que ha contado con el apoyo de la UNESCO, porque entiende que los procesos cognitivos van de la mano con variables biológicas y etarias, porque desarrolló la educación desde el entendimiento de la política de promoción popular, cuyo símbolo fue el uniforme escolar que producía la idea de igualdad (hoy, cada colegio con su uniforme propio, y en la competencia de estilos y telas, simplemente es símbolo de la siutiquería). Lo fue también durante el gobierno de Allende, cuando en su vilipendiado proyecto de Escuela Nacional Unificada (por algunas justas razones), buscaba fomentar la educación permanente con un vínculo altamente social desde la matriz de la pedagogía crítica. Si la educación no fuese un hecho político no habría MINEDUC, ni Superintendencia de la Educación, ni Ley General de la Educación (que sustituyó la LOCE dictada por Pinochet poco antes de dejar el gobierno) y tampoco los contenidos mínimos obligatorios serían ley.

Por todo ello, el paro docente es eminentemente político. Porque se reclama contra el desconocimiento de la deuda histórica, de la que colegas han muerto esperando su pago; porque se protesta contra un sistema de doble evaluación de sujetos que somos profesionales y que somos evaluados todos los días en establecimientos educacionales por autoridades ad hoc (léase dirección, jefes de UTP, coordinadores de área, pares y hasta estudiantes); porque estamos aburridos que los cambios curriculares se hagan en camarillas secretas bajo la lógica decimonónica de “ciudadanos connotados”, sin considerar a quienes estamos horas en el aula, y sabemos de los tiempos reales y efectivos en ella. 

Este es un paro eminentemente político, porque es una decisión política que avanza en la larga duración, con pequeñas fisuras en nuestra historia, el que a las y los docentes no se nos considere “expertos de la educación” y sí a unos mercanchifles que viajan por el mundo para copiar y pegar modelos de otros países, sin copiar y pegar el país donde se originó el modelo y las condiciones de vida del mismo, que lo único que buscan es redituar. El ninguneo al profesorado chileno es indignante, porque no somos culpables de un sistema que nos sobrepasa y agobia, y porque estamos hartos de ser punta de lanza y chivo expiatorio de la ignorancia supina de quienes se mueven bajo lógicas electoralistas en la política analfabeta de “la copia feliz del Edén”.

Sí ministra, el paro es político porque aspiramos a una educación que viva e impacte en la sociedad, y que no pierda nunca la posibilidad de soñar un país…

Luis Pino Moyano.

[Reseña de libros] De apologías y combates. Una lectura a Bloch y Febvre.

  • Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio del historiador. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2001*.
  • Lucien Febvre. Los combates por la historia. Barcelona, Editorial Ariel, 1986.  

Estamos frente a dos libros que podríamos definir como clásicos de la historiografía,  escritos por dos exponentes que, a la vez, fueron fundadores de una de las escuelas de la disciplina más importantes en el siglo XX, la Escuela de los Annales. Si bien es cierto, hay diferencias en el contexto de enunciación [1], ambos textos son una declaración de propósitos y sentidos de la disciplina. Responden al qué, cómo y para qué de la historia, blindándola con una férrea armadura. Más que una filosofía de la historia, entregan herramientas para el trazado de un plan para el trabajo investigativo. Ese sentido metodológico es claramente establecido por Febvre cuando, en vez de definirse como un filósofo de la disciplina, se define a sí mismo como un “práctico de la historia”. Este concepto, se hace extensible a Bloch. Es por ello que, más que proclamar leyes, están registrando sus experiencias que sirven como reservorio para quienes hacen sus primeras armas en la historiografía, como para aquellos que porfían en la realización del oficio de contar pasados-presentes, en tanto, con la producción que piensa y hace la historia, están construyendo escuela. En las siguientes líneas, haré una lectura cruzada de los textos, terminando con algunas reflexiones. 

Ambos historiadores franceses tienen un profundo sentido de lo vocativo a la hora de llevar a cabo el quehacer historiográfico. El trabajo, para Bloch, debe “entretener”, debe producir “goce” y, en palabras de Febvre, debe “gustar”, porque si no produce una disociación entre la vida y el trabajo, lo que produce tedio. Los historiadores no dudarán en declarar, en variadas ocasiones, que el trabajo conlleva un compromiso activo, es arrojarse a la vida, que no sólo es propia, sino eminentemente social. Y eso conlleva al sujeto histórico, que, a la vez, es el objeto de estudio: los hombres. Allí donde “se huele carne humana” [2], allí donde está presente la acción transformadora de los hombres, donde está, no sólo la muerte, sino también la vida [3], se encuentra la principal preocupación historiador. Es clave, un hecho que releva Febvre, al señalar que al hombre como uno que hace, dando cuenta del carácter económico-social del estudio. Lo que es sólo eso. Un carácter. En tanto sólo hay historia a secas, la totalidad [4]. Y cuando hay fragmentación, ésta tiene un sentido. Dice Bloch: “La ciencia no descompone lo real sino con el fin de observarlo mejor, gracias a un juego de luces cruzadas cuyos rayos constantemente se combinan e interpenetran. El peligro comienza cuando cada proyector pretende verlo todo por sí mismo; cuando cada cantón del conocimiento se cree una patria” [5]. No sólo debe ser perdida de la vista la totalidad, lo “macro”, sino también la “duración”, categoría analítica que es el germen del concepto clave braudeliano de longue durée. Es el tiempo, el elemento característico de la historiografía. De hecho, tanto Bloch como Febvre notan ya la existencia de tiempos largos y cortos. Bloch hablará de civilizaciones y generaciones, respectivamente, para cada tiempo [6]. Ahora bien, en el tiempo, y rompiendo con el carácter constante e indefinido que había adquirido la idea de progreso, para ambos historiadores, el tiempo no sólo presenta continuidad, sino también movimiento. Febvre no dudará en decir que “vivir es cambiar” [7]. 

En términos epistemológicos, en tanto fundadores de Annales, rompen con el positivismo y con el historicismo, y la producción de textos que, al decir de Febvre, son “papayísticos”, en tanto se dedican a repetir lo que las fuentes dicen. Por otra parte, ambos enfatizarán en el carácter interdisciplinario de la producción historiográfica. Es decidor el concepto ocupado por Febvre, cuando señala que el conocimiento está en las fronteras. A su vez, se recoge la aportación que hizo Einstein a la física, al dar cuenta de la relatividad, la que ha puesto en crisis la vieja manera cientificista. En ese sentido, no se puede seguir pensando la ciencia de la misma manera luego de la revolución de sus estructuras, tomando prestado el caro concepto de Kuhn. Aunque, por su parte, hay matices de diferencia a la hora de pensar en el estatuto epistémico de la historiografía. Bloch no dudará en decir que se trata de una ciencia. Febvre dirá que es un estudio científicamente elaborado. La razón que dan ambos para justificar su definición es similar. Se ocupa un método científico que permite problematizar y generar hipótesis. Pero dejan de lado cualquier posibilidad de que la historia se erija como juez, y le quitan toda capacidad predictiva y para establecer leyes. Son los historiadores sujetos cognoscentes que están activos en relación al objeto que estudian. Como ciencia se busca aprehender y, fundamentalmente, comprender, “lo real”, y dicho acercamiento es objetivo. Pero esa objetividad está mediada por dos razones. La primera es que el historiador conoce y se embarca en la tarea hermenéutica de comprender a partir de preguntas. Este elemento es central en el análisis de Febvre, cuando en múltiples ocasiones señala que “elaborar un hecho es construir. Es dar soluciones a un problema, si se quiere. Y si no hay problema no hay nada” [8]. El historiador siempre elige y recrea sus materiales, puesto que “cuando no se sabe lo que se busca tampoco se sabe lo que se encuentra” [9], citará Febvre. Esto adquiere una radicalidad relevante, pues el historiador hace sus preguntas desde el presente. Si bien es cierto, esto se encuentra en ambos, será Bloch quien enfatizará en esto, proponiendo un método que lea al revés. Esto tiene como causa el hecho de que el pasado se debe estudiar a partir de lo que se conoce. La ruptura con el positivismo decimonónico es estructural. Ahora bien, hay que insistir en que se trata de objetividad mediada. El hecho de que exista abstracción, no conlleva a la arbitrariedad. De hecho, tanto Bloch como Febvre se harán parte de la disputa lingüística, señalando que los conceptos son históricos, son testimonios (susceptibles de crítica), por ende, cuando se instala un concepto del presente en el pasado, se coloca un molde que lo altera, que produce la peor falla del historiador: el anacronismo. No hay que olvidar que se trata del estudio de los seres humanos en el tiempo. 

En cuanto al elemento metodológico, hay dos cuestiones centrales. La primera, es que la tarea comprensiva es una tarea activa, donde el historiador elige, clasifica, analiza, se encuentra con otros hombres, donde está presente la imaginación [10]. En palabras de Febvre es “clarificar, simplificar, reducir a un esquema lógico perfectamente claro, trazar una proyección elegante y abstracta” [11]. ¿Qué es lo que se critica y analiza? No sólo documentos, sino que toda huella material que pueda testimoniar la acción de los hombres en el tiempo [12]. El historiador no se resigna ante las dificultades que se presentan para el acercamiento al objeto de estudio. Su trabajo, en palabras de Bloch, es como el de un obrero o el de un artesano que es incansable en su producción. 

sUn elemento que queda en la pugna es el carácter político de la historiografía. En Febvre es clara la renuncia a lo político, en tanto oscurece el estudio del objeto de estudio, como dirían pensadores posteriores de Annales, entenebrece bajo el humo de las barricadas. En una ocasión este historiador señala que: “y que yo sea trotskista, stalinista, papista o budista ¿a usted qué le importa? Cuando yo hago historia, soy historiador” [13]. Y, señalándole a sus alumnos, que el día que le hagan un homenaje ojalá se diga de él que “en la historia sólo vio la historia, nada más” [14]. Como lector tiendo a dudar de esta apoliticidad, puesto que en la retórica de la no-retórica siempre hay una retórica. No hay posibilidad de neutralidad. Además, si bien es cierto, se cuestiona en Febvre, como en Bloch, la idea de progreso como continua, constante e indefinida, el constructo teleológico propio de la modernidad no ha sido cuestionado totalmente. Sigue habiendo finalidad, tanto para la historia como para los sujetos. Y de hecho Bloch pondrá acento en eso que posteriormente se dio en llamar “función social de la historia” [15]. El historiador prisionero dirá que “la ignorancia del pasado no se limita a entorpecer el conocimiento del presente, sino que compromete, en el presente, a la acción misma” [16]. La tarea comprensiva, no es como el aprendizaje. No sólo acumula conocimiento, sino que guía la acción y produce indignación frente a los errores, que son propios de la humanidad. Y la acción es guiada a un telos. La finalidad para Bloch es clara: la felicidad colectiva. Lo dice claramente: “es innegable que una ciencia siempre nos parecerá incompleta si, tarde o temprano, no nos ayuda a vivir mejor” [17]. Trayendo a colación lo dicho por Ernst Bloch, donde está presente la esperanza, está la política. 

La lectura de Bloch y Febvre es relevante para el aquí y ahora de la disciplina historiográfica. Si bien es cierto el particularismo que ha especificado la mirada en lo micro, la especialización en lo social y el retorno contemporáneo a lo político desde el presente, han traído enormes aportes a la disciplina, dando voz a sujetos antes acallados y abriendo nuevas problemáticas e intereses que ensanchan el conocimiento sobre la acción de los seres humanos en un tiempo y espacio determinados. Pero dicha fragmentación es potenciada por la radicalidad posmoderna en la que se diluye la globalidad, lo macro, la totalidad. En ese sentido la reducción en la escala de observación jamás debe obviar en nuestra mente las condiciones globales, sobre todo aquellas que dicen relación con la explotación, puesto que la vida cotidiana está imbricada a ella. Esto no será posible tomando una opción aséptica. Es en la asepsia disciplinar, en relación a lo político, que la historiografía se ve enclaustrada en la academia y no puede dejar oír su voz en el espacio público, sólo bañada en su erudición. Y si esto sucede, bien podríamos preguntarnos con Marc Bloch que: “Si los hombres son nuestro objeto de estudio y éstos no nos entienden, ¿cómo dejar de sentir que no cumplimos sino a medias con nuestra misión?” [18]. 

Luis Pino Moyano.

Bloch Febvre
Marc Bloch y Lucien Febvre.

Notas bibliográficas. 

* El Fondo de Cultura Económica tiene otra edición publicada del mismo libro, con el título de “Introducción a la Historia” (México D.F., 1952, con ediciones posteriores). Además del cambio de título del original, esta edición no contiene la introducción de Jacques Le Goff ni las notas y observaciones de crítica textual hechas por Étienne Bloch. Por su parte, la “Introducción”, posee un apéndice redactado por Febvre y la transcripción de unas notas manuscritas de Bloch. 

[1] Bloch escribe estando prisionero. A su vez, está escribiendo un libro, sigue un plan, sistemáticamente es “un todo”. En cambio, el libro de Febvre, es una compilación de artículos, muchos de ellos son comentarios de libros, sintéticamente son “muchas partes” presentadas como un todo.  

[2] Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio del historiador. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 47. 

[3] Ibídem, pp. 70, 71. Refiero en este punto a la anécdota que cuenta Bloch de su viaje a Estocolmo con el historiador Henri Pirenne, que da cuenta de la diferencia entre un anticuario y un historiador.  

[4] Lucien Febvre. Los combates por la historia. Barcelona, Editorial Ariel, 1986, p. 39.

[5] Bloch. Op. Cit., p. 147.  

[6] Ibídem. Op. Cit., p. 172.  

[7] Febvre. Op. Cit., p. 59.  

[8] Ibídem, p. 23.  

[9] Ibídem, p. 90.  

[10] Bloch. Op. Cit., p. 145.  

[11] Febvre. Op. Cit., p. 147.  

[12] Ibídem, p. 232.  

[13] Ibídem, p. 172.

[14] Ibídem, p. 34.  

[15] Ibídem, p. 34.  

[16] Bloch. Op. Cit., p. 34. 

[17] Ibídem, p. 46.  

[18] Ibídem, p. 102.  

Prat y la honorabilidad.

La primera vez que supe de Prat, según tengo memoria, lo hice por el libro que me acompañó por largas tardes de fines de los ochenta, la “Historia de Chile” de Walterio Millar. Entonces, cuando me tocó personificarlo en 2º Básico, costó más que me hicieran las charreteras y grados para mi vestón azul marino colegial convertido en uniforme, junto con la barba hecha con el tinte de un corcho quemado. La espada de He-Man funcionaba para los menesteres del combate naval. Llegado el día de la conmemoración del hito armado de Iquique, acaecido un día como hoy de 1879, antes de saltar al abordaje junto a mis compañeros como el Sargento Aldea del dibujo que corona este post, y así pasar a la gloria frente a todo el colegio sanbernardino de mi infancia, exclamé con la voz más fuerte, clara y segura que pude, y por supuesto de memoria, tal y como lo hago ahora al escribir, la arenga que toda la historiografía oficial nos ha enseñado:

– Muchachos, la contienda es desigual. Pero ánimo y valor, nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea esta la ocasión de hacerlo. ¡Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar! Y si yo muero, ¡mis oficiales sabrán cumplir con su deber!

Cerré, por supuesto, con un “¡viva Chile!”, salté con mi espada empuñada y morí teniendo en mi mente los sones del violín del Guardiamarina Ernesto Riquelme, como otro de mis libros, el de la colección de la “Revista Petete” nos señaló respecto de la noche anterior. Es que Prat es el héroe por antonomasia, el que genera un mayor efecto de adhesión infantil y de connotación de impecabilidad. 

Pero Prat era más que un marino que en alta mar “se acordaba de su patria querida”, alguien que gustaba del sonido del mar y del movimiento de una embarcación, y formado en una institución de índole militar a la inglesa, que se fue haciendo como el soldado que nuestros libros de historia y profesores nos recordaban hasta la saciedad. Prat era el profesor que enseñaba en colegios nocturnos a obreros y artesanos, el abogado que no escatimó poner en detrimento su estatus por defender causas justas frente a sujetos muy poderosos, el espía que en ejercicios de inteligencia internacional devolvió al erario nacional lo que le sobró de sus viáticos en una gran muestra de probidad.

Por lo mismo es relevante decir que Prat no estaba el 21 de mayo de 1879 en la rada de Iquique por ser patriota, según el invento discursivo de Benjamín Vicuña Mackenna. Prat fue puesto ahí como castigo, o más bien de “pasada de cuenta”, a modo de carne de cañón, contra los acorazados más poderosos de la flota naval peruana (a saber, el Huáscar y la Independencia), por defender legalmente a compañeros de armas acusados por sus autoridades. Entre los acusados estaba su amigo Luis Uribe, que se encontraba también sobre la vieja corbeta española con bandera chilena.

No sigamos, entonces, repitiendo el infundio patriotero que emergió desde el discurso de Vicuña Mackenna para encorajinar a las masas para enrolarse voluntaria y apasionadamente para luchar en la Guerra del Pacífico, hecho inédito en nuestro país hasta esa fecha.  Hasta ese hecho, la idea de nación no se había arraigado en gran parte del país, por lo que Prat fue, históricamente y post mortem, uno de los mayores instrumentos de uso elitario para construir dicha idea, cuando se le erigió como el “santo secular” al que sólo ensucian las palomas (en una mezcla de lo escrito por William Sater y lo dicho en clases por el profesor Leopoldo Benavides).

¿Era patriota Prat? Probablemente sí, pero habría que preguntarse qué significaba eso para él. Ahora bien, yo preferiría hablar de un hombre que amaba su país, pero que por sobre todo tenía un alto concepto de la honorabilidad, en la que el valor de la palabra empañada era superior. De hecho, el “mientras yo viva” de su arenga testamentaria, subsume a la bandera que no ha sido arriada. La bandera al tope del mástil da lo mismo si son corruptos sujetos y sistemas los que la sostienen en alto. 

Luis Pino Moyano.


A modo de comentario bibliográfico, no te voy a remitir a Baradit que focaliza su atención en las supuestas prácticas espiritistas de Prat como eje movilizador de su vida. Referiré otras fuentes: en el mismo sitio de la Armada hay información sobre el juicio a Luis Uribe. También, en el libro de Gonzalo Vial Correa “Arturo Prat”, (Editorial Andrés Bello, 1995), y en el texto de Pablo de la Cerda y Claudio Ferrada “Arturo Prat: Estudiante de derecho y abogado” (Editorial Andrés Bello, 1980), hay información sobre el proceso legal en el que Prat usó sus armas leguleyas. Y por supuesto, no puede dejar de recomendarse la obra de William Sater, “La imagen heroica en Chile: Arturo Prat, santo secular” (Centro de Estudios Bicentenario, 2009). 

Una mujer virtuosa.

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Proverbios 31:10).

Si hay algo que la Biblia nos enseña es a ser agradecidos. El apóstol Pablo nos enseña a pagar a cada persona lo que debemos, “al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Y en ese sentido, cuando celebramos el “día de la madre”, volver a este pasaje de la Escritura, nos ayudará a vivir la gratitud y la honra de manera adecuada y sin las presiones de una cultura que todo lo mercantiliza. 

La sección de Proverbios 31:10-31, a diferencia de la colección de sentencias breves que nos ayudan a la práctica sabia de la vida cotidiana, es un poema acróstico (cada verso comienza con una letra del alefato hebreo) que nos muestra a una mujer que es muy capaz en todo lo que realiza, tanto dentro como fuera de casa. Es muy interesante que en la Biblia hebrea, el libro de Proverbios, y sobre todo este último capítulo, fuese seguido del libro de Rut y del Cantar de los Cantares, todos relatos que nos muestran a mujeres viviendo conforme a los principios de su fe. 

La mujer de la que se habla es definida como una que es virtuosa. ¿Qué significa aquello? La palabra “virtuosa” alude acá a una mujer de excelencia o fuerza proveniente de la piedad. ¿Cuáles son las marcas de la identidad de esta mujer? A la luz del texto, veremos dos marcas de la identidad de esta mujer virtuosa. 

La primera marca, dice relación con su trabajo. Esta es una mujer que hace muchas cosas. Ella trabaja con entusiasmo y sacrificio, administrando con sabiduría los recursos de la familia según la necesidad de cada miembro de ella. Cuando el v. 17 dice que “Ciñe de fuerza sus lomos, y esfuerza sus brazos”, está diciendo que en ese acto de atarse un cinturón está simbolizando su disposición a la acción y al trabajo, tanto dentro como fuera de su casa. Por eso la vemos haciendo negocios con sabia valentía, haciendo ropa de temporada para cada integrante de la familia y produciendo para la venta otros productos textiles. La vemos, también, cumpliendo funciones de mayordomía de su casa y en la recta administración de los recursos del hogar. Ciertamente, es alguien que como dice el v. 27 “no come el pan de balde”. Estamos frente a una mujer diligente y laboriosa, cuya iniciativa empresarial no tiene límites en lo que refiere a la inventiva y al esfuezo. Es una mujer incansable, tanto que como dirían de Freddy Turbina, personaje de “31 minutos”, “dicen que  o duerme”. 

La segunda marca, dice relación con su testimonio. La mujer virtuosa es una cuya sabiduría práctica es de mucho valor, tanto que “su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (v. 10). Es una mujer que se acerca al hito de la creación, aquella que como “ayuda idónea”, es totalmente confiable para su marido. Es su ayuda correspondiente, su complemento, conceptos que aluden a dos cosas fundamentales: a) que ella está completa antes de casarse y, por lo mismo, aumenta o perfecciona las cualidades de su cónyuge y las suyas propias, en el sentido que el matrimonio es una institución que nos hace crecer y madurar; y b) que se dispone, con valentía, a caminar “por la calle codo a codo, siendo mucho más que dos”, parafraseando al poeta uruguayo Mario Benedetti. Tanto es así, que el v. 23 y 31 aluden que su marido, probablemente, un sujeto con autoridad política, cuando se reúne en las puertas de la ciudad que era el lugar donde se tomaban las decisiones importantes de la ciudad, es apreciado más por el testimonio de su mujer, pues como señala Proverbios 12:4: “La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en sus huesos”. 

Veamos otros elementos del testimonio de esta mujer: ella manifiesta acciones de justicia y misericordia a quienes sufren los rigores de la vida. Es honorable, lo que le da esplendor y belleza tal tanto que “fuerza y honor son su vestidura”, lo que le da una actitud esperanzada en la vida, ella “se ríe de lo por venir” (v. 25). La mujer virtuosa enseña con sus palabras y con su vida. Enseña, por tanto, con amor. Por otro lado, y complementando su fuerza vital, su actividad de servicio se lleva a cabo dentro y fuera de su casa. Eso hace, que esta mujer de vida piadosa sea honrada y alabada en lo público y en lo privado. En Proverbios 1:7 se afirma que el principio de la sabiduría es el temor del Señor (respeto reverente y conciencia de su santidad). Esta mujer vive conforme a dicho principio. El temor es lo que trae belleza y virtud a esta mujer, porque Dios es soberano sobre su vida cotidiana. 

En definitiva, estamos frente a una mujer que es madre-esposa-y-trabajadora juiciosa, prudente, irreprochable, esfrozada, responsable, capaz y piadosa. Esta mujer representa lo que Jesús enseñó en el gran mandamiento, pues ella ama a Dios y ama a su prójimo, tanto que no vive para ella misma, sino para los demás, y por sobre todo, para honrar con su vida a aquél que es dueño y dador de la vida. Por eso, la descripción testimonial cierra diciendo que: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (v. 30). 

Al ir cerrando esta reflexión, debemos pensar que estas son las palabras de una madre a un hijo joven que está en búsqueda de una esposa. Ella le traza la idea de una mujer ideal, al parecer no tan fácil de encontrar, sobre todo cuando el centro de la atención está en aquello que es aparente. 

Mujer que lees esta reflexión: ¿que ves en tu autoexamen cuando te reflejas en esta mujer virtuosa? Sin lugar a dudas, las mujeres presentes acá, cumplen con varios de estos principios. Pero esta es una reflexión bíblica y no una charla motivacional que busca sostener tu autoestima. Por tanto, es probable, que en muchos de estos aspectos estés al debe, y eso no es sólo producto de una mera debilidad, sino el resultado de apartar la vista de Dios y de tu prójimo: eso es lo que la Biblia llama pecado. Entonces, la clave no está acá, para este asunto, en tu empoderamiento ni en el refuerzo de tu autoestima, sino en tu arrepentimiento. Sólo el Dios de toda gracia te puede conducir con la fuerza de su Espíritu a ser una mujer virtuosa, porque eso es consecuencia del temor del Señor. Cristo derramó su sangre y te redimió para aquello. 

Hombre que lees esta reflexión: ¿crees que estas palabras no son para ti? ¡Lo son totalmente! Esto, por tres razones: a) porque todos los creyentes, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos vivir virtuosamente con las características de esta mujer en el trabajo y el testimonio; b) porque si eres soltero, este es el tipo de mujer con el que debes anhelar casarte; y c) porque si eres casado, tú eres un instrumento del Señor para que tu esposa crezca en gracia y sabiduría, de tal manera que en el esfuerzo piadoso de la familia ella mire al Señor. Y para eso debemos dejar la pereza y la pusilanimidad que sólo se mira el ombligo. Eso también es pecado, y debemos arrepentirnos. Cristo derramó su sangre y te redimió para que seas un esposo como él, como aquél que llega a dar su vida por su iglesia. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (Efesios 5:25-28a).

Disponernos a vivir así es el mejor regalo que podemos hacer en este día. 

Luis Pino Moyano.

 

Esta reflexión convierte en post un sermón basado en Proverbios 31:10-31, predicado en la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago el domingo 5 de mayo de 2019. 

¡Basta de líderes evangélicos sin el evangelio!

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1ª Pedro 5:1-4).

Sin lugar a dudas, vivimos un momento crítico para las religiones y su comprensión del mundo y de la vida. Pero lo que podría ser entendido como oportunidad desde el estudio, la oración y la vida en comunidad, se ve dificultado cuando los medios de comunicación y algunos organismos estatales han buscado-y-encontrado en las iglesias una serie de prácticas reñidas con la ética bíblica y la legalidad vigente de los países. Abusos de poder, con expresiones que van desde la tiranía eclesiástica, la violencia física y psicológica, hasta los deleznables maltratos de índole sexual; las estafas y malversaciones de fondos; todo esto amparado por estructuras y lógicas sectariamente autoritarias, en las que se ejerce el control de las conciencias desde un discurso de fe. Sabemos que no todos los pastores y líderes de nuestras iglesias incurren en este tipo de actos, pero los que sí las cometen manchan la dignidad y testimonio de Jesucristo y de toda la hermandad que profesa la común fe. A todas luces, estamos frente a la construcción de una alta y pesada barrera para la proclamación del evangelio y, a la vez, ante las evidencias del desprecio a la enseñanza bíblica y teológica, la despreocupación integral de los fieles e, inclusive, la discriminación social dentro de nuestras comunidades.

Por lo mismo, quise fundamentar mi reflexión en el texto del viejo apóstol Pedro, quien con toda la humildad del mundo no ocupa su oficio como título grandilocuente, ya que se reconoce como un “presbítero” más entre otros colegas de labor, miembro de una iglesia de cristianos dispersados por la persecución en toda el Asia Menor. Aquél que fue “testigo de los padecimientos de Cristo” toma la palabra para hablar desde adentro y con conocimiento de causa. Y su texto tiene la fuerza de una declaración de principios permanentes para quienes tienen la labor de trabajar en la iglesia de Jesucristo, al nivel de decir con suma claridad lo que se debe y no se debe hacer. Veámoslo a continuación: 

  1. Los líderes de la iglesia no deben forzar, sino cuidar. Los líderes de las iglesias tienen la tarea de guiar en el camino de la fe a la congregación, pero dicha labor no tiene nada que ver con una dictadura, no se basa en la imposición sino en la exhortación fiel de la Escritura. El liderazgo cristiano abre caminos y fortalece la formación de quienes tienen dones para el servicio de Cristo y la comunidad, acrecentando el sentido de responsabilidad más que el de obligación, en la lógica antijerárquica del sacerdocio universal de los creyentes. La referencia al oficio pastoril se hace más elocuente cuando Dios Padre en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, se presentan como los pastores de su pueblo, quienes a diferencia de los líderes religiosos, sí otorgaban cuidado integral, protección y defensa a sus ovejas. El buen pastor es el que muere y no pone el centro de su acción en su vida e intereses particulares o, derechamente, mezquinos. 
  2. Los líderes de la iglesia no buscan ganancias deshonestas, sino servir voluntariamente. Cuántas personas, creyentes y no, producto del enriquecimiento de quienes han tornado el oficio pastoral en una profesión burguesa, tienden a creer que el pastorado es un camino fácil para enriquecerse, al nivel de pensar (como decía un graffiti en un muro cercano a mi casa de infancia) que “Dios es amor, pero la iglesia es plata”. ¡El trabajo pastoral no tiene como fin último ganar dinero sino servir para glorificar a Dios y edificar a la iglesia! Pastor, líder de la iglesia, sea cual sea tu convicción teológica y práctica denominacional, ¿dónde está el tesoro de tu corazón cuando piensas en tu ministerio?; ¿qué es lo que te motiva a trabajar en la obra que es de Dios y no tuya? 
  3. Los líderes de la iglesia no cometen abuso de autoridad, sino que trabajan para que su testimonio sea ejemplo en la comunidad. ¿En qué momento las palabras “pastor”,  “ministro”, “líder”, “oficial”, “presbítero”, “reverendo” y hasta “apóstol” se convirtieron en significantes de una condición especial más que en roles a realizar? El ejercicio de un oficio en la iglesia no te constituye en parte de una élite con hambre y voluntad de poder, sino que te invita a seguir el método de liderazgo de aquél que no temió “rebajarse”, aparentemente, atándose una toalla en la cintura, tomar un lavatorio y de rodillas lavar los pies de cada uno de sus discípulos, como lo hacía el esclavo de la casa en la Antigüedad.

Por todo lo anterior debemos decir con toda la fuerza de un protestantismo que protesta: ¡Basta!

Basta de líderes que se autodenominan como evangélicos pero en sus predicaciones y discursos, en templos y calles, anuncian cualquier otra cosa menos el evangelio del Reino de Dios. ¡Basta de líderes que como profetas trasnochados se dedican a sembrar odiosidad, intolerancia y miedo a creyentes y no creyentes!

Basta de líderes evangélicos que por sus anhelos de cuotas de poder en la iglesia y la sociedad, y también por la construcción de un ego elevado, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”, un mundo que no existe como comunidad homogénea, que no tiene y se resiste a tener “Papas”, “papitos” o “patrones”, sino más bien un mundo con declaraciones de fe propias y con prácticas muy particulares.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los púlpitos de sus iglesias a modo de plataformas políticas en las que dan la palabra a candidatos que propician sus ideologías, o que erigen y empoderan a miembros de sus filas para postularse a algún cargo público, con el consecuente llamado a sufragar por el candidato que “representa los valores del pueblo de Dios”, otra cosa que no existe a cabalidad. ¡Basta de control de las conciencias!

Basta de líderes evangélicos que colocan en posiciones de poder a hijos, hermanos, otros familiares y amigos, para constituir un séquito que malentiende la lealtad, que articula una élite de intocables a los que jamás les llega la disciplina eclesiástica. El ejercicio de los dones por parte de creyentes no requiere de un currículum vitae potenciado por lógicas de nepotismo y compadrazgo, sino más bien por la obra del Espíritu Santo discernida, evaluada y juzgada por una congregación afirmada en la Biblia. Y esto no quiere decir que un hijo de pastor no pueda ser pastor, sino que su criterio de elección no puede estar supeditado a cuestiones de familiaridad sino a un don que es reconocido por creyentes debido a la edificación que produce a la comunidad.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los recursos de la iglesia para abrir fundaciones, ONGs y hasta empresas de diverso tipo, para concretizar sus agendas y proyectos que buscan el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de influencia, que corrompen sistemas de gobierno eclesiástico, que dividen iglesias articulando mafias internas y que no obstan con emplear medios corruptos para empoderarse ellos y debilitar a otros, ensuciando testimonios de hermanos sin posibilidad de contrarrestar sus versiones oficiales. ¡Basta de líderes evangélicos que enseñan de ética protestante del trabajo a sus miembros sin aplicarla, aumentando la corruptela en un país que está perdiendo cada vez más la ingenuidad!

Basta de líderes evangélicos que creen que se “rebajan” cuando van al “punto de predicación” con los hermanos, cuando reciben instrucción en la escuela dominical o se dejan aconsejar por otros líderes y hermanos, cuando comparten la misma mesa con la hermandad y no una especial “para pastores”, cuando toman una escoba para barrer el templo, o una herramienta para reparar un artefacto dañado, o cuando se disponen a servir una mesa… ¡lo que rebaja a un ministro del evangelio es un testimonio que no se condice con la ética que predica! 

Basta de líderes que creen que la solución a todos los males está sólo en una mayor formación teológica. ¡La educación no tiene el poder para redimir, Cristo y sólo él puede hacerlo! Los líderes pueden ser conocedores eruditos de la Biblia, eminentes teólogos de cuya boca emerge sabiduría ortodoxa, respetuosos aplicadores de los principios de la hermenéutica y de la homilética… pero todas esas cosas se transforman en simples patrañas cuando el testimonio y la ética dejan mucho que desear.

Basta de líderes evangélicos que gustan de aparecer en televisión, sin entender que hacen “circo” con ellos, por el morbo que producen sus palabras y acciones. Es ofensivo que dichos sujetos moldeen una imagen de lo evangélico por el ruido supino de una voz que construye la idea que para ser cristiano o ir a la iglesia hay que sacarse el cerebro. 

Basta de líderes y actores evangélicos que tienen el poder económico para pagar reportajes en medios masivos de comunicación, con el afán de lavar su imagen pública a costa de sus congregaciones en las que alguna vez desarrollaron hermosas labores. 

Basta de líderes evangélicos que actúan con delirio de persecución cuando están frente al disenso, sobre todo, cuando nuestra mirada parcelada de la realidad es puesta en cuestión por actores creyentes y no creyentes. Para ello, debemos entender que la fe cristiana es una mirada de la realidad total, y que por ende, así como propone una visión respecto de la moral sexual, también propone que la ética debe estar ligada a la acción política huyendo de la lógica maquiavélica, y pone en la palestra el ejercicio de injusticia sistemático contra pobres-huérfanos-viudas-y-migrantes, denunciando los abusos contra el prójimo y el espacio habitado. ¡Basta de líderes que estupidizan y satanizan a los otros sin más argumento que la prepotencia que pone en cuestión la libertad de conciencia, actitud que en algún momento nos puede golpear en la cara y reducir efectivamente nuestras posibilidades de acción en el mundo!

Y, por supuesto, basta de congregaciones que pavimentan el camino a este tipo de liderazgos. Aquí no hay solamente falsos maestros, hay también, en las palabras de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 4:3,4), oyentes que dan rienda suelta a sus malos deseos y que gustan de escuchar las novelerías, mitos, innovaciones doctrinales y, por supuesto, las enseñanzas que sacien su banal necesidad. Este tipo de miembros de iglesias son los causantes de estos falsos líderes: en la lógica de una fe mercantilizada, ellos son consumidores de iglesia y de los beneficios que conlleva ocultar la verdad y legitimar a estos falsos dirigentes que quieren y, tristemente, se merecen. Las verdaderas víctimas acá son aquellas personas que trabajaron y dieron esforzadamente para la obra de Dios, y cuando lo oculto salió a la luz pudieron notar que en realidad fue para la solidificación de un patrimonio individual con aquello que éticamente no pertenecía a quienes redituaron con la fe.

Hoy más que nunca debemos poner la vista donde corresponde: en Cristo que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, lo que nos da esperanza en el momento crítico que vivimos, en el que parece que sólo nuestras miserias resaltan. Debemos buscar constituirnos en iglesias que anhelan ser renovadas por el Espíritu Santo y que se reforman continuamente a la luz de la Escritura. Debemos ser iglesias que dejan, con arrepentimiento y fe, toda la bazofia a la que le hemos dicho “¡basta!”, para ponernos a trabajar en lo que verdaderamente nos compete, a saber, que activa y armoniosamente sigamos extendiendo nuestra mano para arrojar la buena semilla del evangelio y para trabajar para la gloria de Dios en cada esfera de la vida. Si no lo hacemos, terminaremos construyendo iglesias a nuestra imagen y semejanza, espacios que no prevalecerán, pues no son “de Jesús la iglesia” y por eso “constante no ha de ser”. La iglesia que lleva nuestro apellido terminará como todo aquello que es vanidad. 

Luis Pino Moyano.


 

Publicado originalmente en Pensamiento Pentecostal.

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Siempre se hace relevante pensar en la relación entre la fe cristiana y el trabajo, esto, porque no hay nada más alejado del cristianismo bíblico que un monasticismo que separa a la iglesia del mundo, lo que deriva en la construcción de iglesias como ghettos en las que sólo nos relacionamos con “gente como nosotros” o, en el peor de los casos, a pensar que nuestra fe está limitada a servicios religiosos que pueden ser consumidos o practicados en días y horas claramente especificados y limitados. 

Sin lugar a dudas, el cristianismo tiene un alcance cósmico, porque Cristo es Señor sobre todo el universo. Pablo hablando a los hermanos de Colosas, acerca del señorío de Cristo, en el capítulo 1 de su carta, les dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (1:16). Más adelante dirá que “por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:20). Cristo es Señor sobre la creación, porque Él fue creador, ésta fue realizada para Él, y Él hizo todo lo necesario en la cruz para redimir “todas las cosas”. La obra de Cristo sobrepasa aquello que tradicionalmente hemos pensado como los límites de la religión y lo abraza todo con su poder transformador. ¿Por qué, entonces, habríamos de limitar nuestra fe a lo que sucede dentro de los muros de nuestros templos, si Cristo excede esos límites?

Y es ahí donde debiésemos pensar lo que significa el trabajo para nosotros. Nuestra cultura nos hace pensar en el trabajo como un mal necesario, como una práctica sacrificial que desgasta nuestro ser. Esto, probablemente, porque nuestra palabra “trabajar” proviene del latín que significa literalmente “torturar con un tripallium”, el que era un instrumento de madera, compuesto por tres palos, usado para golpear a los animales de carga y tiro que no deseaban moverse. Súmese a esto que muchos de entre nosotros, en una lectura descontextualizada de la Biblia, consideran que el trabajo es una maldición  que es fruto de la caída. Entonces, se hace necesario que la pregunta del significado que damos al trabajo sea cambiada por un: ¿qué dice la Biblia respecto de nuestra relación con el trabajo? Ayudados por la Escritura, señalaremos a continuación algunas ideas respecto del trabajo que posibilitan un significado renovado, uno profundamente cosmovisional. 

1. El trabajo fue creado por Dios. 

En varias de las mitologías antiguas orientales, los dioses habrían creado al ser humano para que les proporcionaran alimento y trabajos serviles que ellos requerían para su bienestar. No es lo que vemos en Génesis, cuando anuncia que: “También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:29,30). Aquí vemos a Dios trabajar y proporcionar lo necesario para el bienestar de sus criaturas. Eso, evidentemente, debiese cambiar nuestra noción del trabajo. Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, agua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado autoridad sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.  Además de lo dicho hasta acá, vemos también el potencial creativo de Dios, que hace cosas desde la nada, y transforma las cosas que van siendo creadas.

El Dios trabajador, ha diseñado una manera de relacionarnos como seres humanos con la naturaleza. Esto queda claro, cuando Dios en el consejo intratrinitario declara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26). Lo primero que debemos hacer es tener un claro concepto de quiénes somos nosotros y qué es la naturaleza. El ser humano fue creado a imagen de Dios y para dominar la tierra como representante o mayordomo de la casa de Dios. Dios colocó al hombre a la mitad del camino entre el Creador y el resto de la creación, animada e inanimada. En ciertos aspectos somos uno con el resto de la creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura. En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio. 

Que la vida humana, desde un punto de vista creacional, tenga mayor valor, no implica que la vida animal o vegetal no tenga ninguno. Todo lo que Dios hizo es de nuestra incumbencia, inclusive, desde los mandatos creacionales, somos responsables, pues ser cabeza siempre implica responsabilidad. Dominamos la tierra dependiendo de Dios. Nunca estamos frente a materia neutral que podamos manipular y comercializar, usar y abusar para nuestro provecho. Darrow Miller dirá que: “la cosmovisión bíblica brinda un equilibrio maravilloso entre el trabajo y el cuidado. Nosotros somos guardianes de la creación de Dios, mayordomos a cargo de su obra maravillosa. ¡Tenemos el mandato de cuidar la naturaleza!”. Esto hace surgir con fuerza la idea del mayordomo de la creación, que veremos más adelante. La labor que Dios le entrega al hombre es la de cultivar y guardar el jardín. El agricultor y el pastor, vocaciones de Dios. Responsabilidad asignada por Dios, no fruto de la maldición.

2. El trabajo tiene un mandato. 

Génesis 1:28 señala: “y los bendijo [Dios] con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. Esto es lo que la teología reformada, desde su distintivo, ha denominado “mandato cultural”. Y la característica de este mandato es que le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). 

Ahora, uno podría decir, que este mandato tiene realidad en un lugar tan perfecto y armonioso como el jardín del Edén, y que sólo podría ser cumplido a cabalidad allí. Pero bíblicamente no es así. Este mandato cultural es repetido por Jeremías, en una carta que les escribe a los exiliados en Babilonia, en la que les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jeremías 29:5-7). Nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Cristo, que tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas, nos hace colaborar en la extensión de su Reino, también, cuando desarrollamos trabajo. 

Me permito citar, extensamente, acá el comentario de Calvino al texto de Génesis 1.28: “Moisés añade que toda la tierra fue concedida al hombre, con esta condición, que se ocupara en cultivarla. De donde se concluye que los hombres fueron creados para dedicarse a algún trabajo, y no a yacer inactivos y ociosos… Por lo cual, nada es más contrario al orden natural que consumir la vida comiendo, bebiendo y durmiendo, sin proponerse hacer nada.  Moisés añade que la custodia del jardín fue encargada a Adán, para mostrar que poseemos las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos, con la condición de que mostrando contentamiento con un uso frugal y moderado de ellas, cuidemos lo que quede. Que aquel que posee un campo, participe de tal manera de sus frutos que la tierra no tenga que sufrir perjuicio por su negligencia; sino que se esfuerce por entregarla a su posteridad como la recibió, o incluso mejor cultivada. Que se alimente de sus frutos, de manera que no la disipe lujosamente, ni permita que sea asolada o arruinada por culpa de su desidia”. El teólogo de la Reforma en su comentario al texto bíblico enseña:

  • Que el ser humano fue creado con el potencial para trabajar.
  • Que la ociosidad es dañina para la persona y la sociedad.
  • Que Dios constituyó al ser humano como mayordomo de la creación, y esa mayordomía implica trabajo.
  • Que debemos contentarnos con el fruto del trabajo porque es la provisión de Dios.
  • Que la tierra debe ser cuidada, para que produzca buenos frutos (ni derrochar su producción ni arruinarla).
  • Calvino introduce, en pleno siglo XVI, el concepto de posteridad. Se debe pensar en las futuras generaciones.

3. ¿Qué debe caracterizar nuestro trabajo como cristianos esparcidos en el mundo? 

Algunos textos de la Escritura nos permiten desprender principios para el desarrollo de nuestra vocación en el mundo. 

El apóstol Pablo les dice a los hermanos de la iglesia de Éfeso: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos” (Efesios 6:5,9). Esto es muy similar a lo dicho por el apóstol Pedro en su primera carta, cuando dice que: “Criados, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables. Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1ª Pedro 2:18-20). 

A la luz de estos textos podemos decir que el trabajo, en primer lugar, debe ser desarrollado con responsabilidad. Aquí debemos tener presente que toda autoridad ha sido puesta por Dios, cosa de la que Pedro habla en la sección anterior al pasaje citado (2:13-17), y esa autoridad siempre es derivada pues quien la da es Dios, y es relativa en relación al mensaje revelado en su Palabra. Si bien es cierto, el texto se escribe en un momento en que la esclavitud era parte de la cotidianidad (la palabra “criado” literalmente significa “esclavo de la casa”), el principio tiene vigencia aún en los marcos donde se establecen acuerdos contractuales y ellos establecen un principio de subordinación a un empleador. Además, la esclavitud era distinta a la que tenemos en nuestra mente, por el conocimiento histórico, literario o cinematográfico de la esclavitud de la población afrodescendiente. La esclavitud de la Antigüedad no era perpetua y podía proveer buena condición de vida a quienes la experimentaban. De hecho, había esclavos que ganaban más que otros trabajadores libres (por ejemplo, los profesores). Es por eso que lo discípulos no se opusieron a la esclavitud, pero los principios bíblicos fueron fundamentales para su eliminación posterior. El ejercicio de la responsabilidad cristiana para Pablo y Pedro incluía, entonces, el respeto a los patrones (a los buenos y comprensivos, como a los insoportables), además de de sufrir injustamente si es que esa es la voluntad de Dios.

Respecto de lo anterior diremos tres cosas:

  • El contexto de la carta implica una situación desfavorable para la vida de la iglesia, en la que algunos de nuestros primeros hermanos eran esclavos. Dicho régimen legal es distinto al que tenemos en la actualidad en una sociedad que garantiza derechos a los trabajadores. 
  • Este texto, en ningún caso, prohibe la sindicalización y la lucha de cristianos por mejoras en el plano de lo laboral. Martyn Lloyd-Jones, por ejemplo, en una de sus conferencias sobre los puritanos, señaló que: “A menudo se ha sugerido –y a mi modo de ver es posible demostrarlo- que el movimiento sindical en […] Inglaterra fue una consecuencia indirecta del avivamiento. Se debió a la transformación y el nuevo nacimiento de aquellos hombres que, habiendo sido unos ignorantes y llevado una vida de continuas borracheras, empezaron a comprender su dignidad como seres humanos y a demandar, entre otras cosas, mejores condiciones de trabajo y educación; ese es el origen de los sindicatos. Conocemos, también, la conexión que hubo entre el movimiento para la abolición de la esclavitud, dirigido por William Willberforce y el citado avivamiento. Dicho movimiento fue uno de los frutos del avivamiento en cuestión y, de hecho, el argumento de algunos, según el cual jamás se hubiera podido aprobar el Acta de reforma de 1832 sin aquel gran despertar evangélico, es perfectamente defendible”. La injusticia siempre tiene que ser denunciada como tal, según la legalidad vigente, y sin ningún ánimo de venganza.
  • ¿Cómo aplicar entonces estos textos que son Palabra de Dios? De la siguiente manera: 1) Siendo respetuosos con nuestros empleadores y obedeciendo sus órdenes; 2) manteniendo un principio de responsabilidad, considerando que nuestro trabajo es don y llamado de Dios para bendición nuestra y de los demás; 3) capacitando a los creyentes a entender la relación entre su fe y su trabajo; y 4) si nos toca vivir persecución, discerniendo si se trata de represalia por nuestras malas prácticas o efectivamente por causa de nuestra fe. Si es por lo último, poner nuestra esperanza en Dios.

Lo segundo, es que el trabajo debe ser desarrollado con distintivo cristiano. En las palabras de Pablo y Pedro hay una invitación a vivir siendo reflejo de Cristo para los demás, recordando que la gracia nunca es excusa para pecar, y que la Biblia constantemente nos habla de dar buen testimonio, de ser ejemplo para los demás, de no servir simplemente cuando nos están viendo. ¡Somos llamados a ser luz del mundo! Frente a eso, debemos reconocer aquellas áreas de nuestro trabajo que son fruto de la gracia común, diferenciándolas de aquellas que podemos modificar o restaurar centrándolas en Cristo y no en las idolatrías vigentes, y de las que debemos rechazar por antiéticas. Sobre todo en tiempos de persecución injusta cuando con mayor fuerza hay que dar testimonio supremo de la fe y del discipulado de aquél que fue crucificado. Además, la Biblia nos llama a no “servir al ojo”, sino a trabajar “de buena gana, como para el Señor”. 

Pero también, hoy, cuando no se nos persigue podemos dar testimonio de lealtad radical al Señor y su Palabra. ¿Qué haremos cuándo se nos pida mentir en nuestro trabajo? ¿Qué haremos cuándo se nos pida adulterar boletas o facturas para que nuestra empresa obtenga mayor rédito? ¿Qué haremos cuando un puesto de trabajo que queremos obtener pareciera ser alcanzable sólo si inflamos nuestro currículum? ¿Qué haremos cuando se nos aparece la posibilidad de cobrar de más? ¿Qué haremos con nuestros empleados y su necesidad de un sueldo justo y un trabajo desarrollado en condiciones dignas y en el marco del respeto? ¿Qué haremos en algunas posiciones en las que se nos obligue matar a una persona, sea un bebé por medio de un aborto o un adulto por sus ideas diferentes al gobierno imperante? ¡Hoy también podemos y debemos comportarnos conforme al santo llamamiento que hemos recibido! Nuestro corazón de piedra fue transformado en uno de carne y tenemos al Espíritu que nos guía y sostiene con su poder para ello. 

El trabajo es tan valioso y honra a Dios tanto como el ministerio de la Palabra o cualquier otra labor eclesiástica. A Dios le importa todo nuestro trabajo. Calvino decía que: “Si seguimos fielmente a nuestro llamado divino, recibiremos el consuelo de saber que no hay trabajo insignificante o sucio que no sea verdaderamente respetado e importante ante los ojos de Dios” (La verdadera vida cristiana).

En tercer lugar, nuestro trabajo debe ser ejecutado con excelencia. Hemos recibido un llamado para nuestro trabajo. Vale decir, Dios nos ha encomendado una misión que realizar con nuestras manos. Extendemos el Reino de Dios cuando con el fruto de nuestras manos llevamos justicia, paz y alegría que solo pueden ser resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestro ser. La invitación a desarrollar bien nuestro trabajo nada tiene que ver con nuestra gloria o fama. Es todo lo contrario. Dios debe ser glorificado con todo lo que nosotros hacemos. Para ello debemos ser diligentes, proactivos e innovadores. Debemos pensar que la excelencia en el trabajo es un medio importante para obtener credibilidad para nuestra fe. Pero por sobre todo, debemos permitir que el evangelio cambie el cómo hacemos nuestro trabajo, lo que significa que no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, lo que conlleva que Dios sea glorificado. Tu trabajo y mi trabajo es para Dios. Y cuando usamos nuestros talentos en el trabajo estamos respondiendo al llamado de Dios para servir a la comunidad humana. Calvino señalaba que “el amor nos lleva a hacer mucho más. Nadie puede vivir exclusivamente para sí mismo y ser negligente para el prójimo. Todos tenemos que ser devotos a la acción de suplir las necesidades del prójimo” (Comentario a los Efesios). Es decir, con nuestro trabajo beneficiamos la cultura en que vivimos. 

Respecto de todo esto, Timothy Keller, de quien he tomado también los tres ejes de ejecución de nuestro trabajo (responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia), señaló en su libro “Iglesia centrada” lo siguiente: “Una teología robusta de la creación, y del amor y cuidado de Dios hacia ella, nos ayuda a ver que incluso las tareas más sencillas tales como hacer un zapato, empastar un diente o excavar una zanja son maneras de servir a Dios y edificar la comunidad humana. Nuestra producción cultural rearregla el mundo material de manera que honra a Dios y promueve el florecimiento humano. Una buena teología del trabajo resiste la tendencia del mundo moderno a valorar solo la pericia en esfuerzos que recaban más dinero y poder”.

4. El trabajo no lo es todo. 

Volviendo a Génesis 1:29,30, ya citado con antelación, debemos decir que Dios es quien nos provee todas las cosas con su trabajo realizado con placer y alegría, tanto en la creación como en el desarrollo providencial de la historia.  De hecho, el trabajo es el medio que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones. 

Dorothy Sayers decía que: “El trabajo no es, primordialmente, algo que hacemos para vivir, sino algo que vivimos para hacer”. Y si bien es cierto, el trabajo no es una maldición, tampoco es la única actividad importante que desarrollamos. No despreciemos lo que Dios ha creado, a saber, los dones del trabajo; pero tampoco convirtamos en un ídolo nuestra profesión u oficio. El trabajo es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! Ni el sentido de nuestra vida ni nuestra identidad están en el éxito o el dinero, lo que debe producir descanso para nuestras almas y no mediocridad en lo que hacemos. ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

5. Hay un día para descansar. 

Génesis 2:2-3 no son el inicio de una nueva sección de la historia que relata el primer libro de la Biblia. El séptimo día forma también parte del trabajo de Dios. El texto dice: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Dios luego de trabajar en crear todo lo que hay, cerró su creación con gozo con un día de descanso total. El descanso no tiene que ver acá, con la recuperación de fuerzas, pues Dios no pierde nunca las pierde, sino con el deleite. El descanso es parte del orden creado, no el resultado de la fatiga. Es Dios descansando y deleitándose en su gloria. Y es allí, principalmente, donde está nuestro fin como seres humanos: glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Evidentemente, el descanso nos sirve para reponer fuerzas, pero este día de reposo nos hace recordar que nuestra provisión depende de Dios que nos provee del alimento que proviene de la tierra. Lo que no es otra cosa que una muestra de sometimiento y descanso en Dios. Este es el mandamiento (Éxodo 20:8-11) más relativizado, pero que tiene alcances tremendos en la adoración, con la liturgia comunitaria; y en lo social, con la práctica de la misericordia y el descanso dominical de los trabajadores.

La dimensión social del día del Señor es un eje muy poco explorado en nuestras comunidades de fe, pero que a lo largo de la historia ha tenido vital importancia en la relación de los cristianos con el mundo. No es menor decir que los primeros países en los que el domingo se transformó en día de descanso obligatorio fue en países cristianos. 

No basta que sólo tú y yo descansemos: es necesario que otros lo hagan. Es necesario que otros puedan recuperar fuerzas y vivir la comunión en la armonía del hogar, en el disfrute con amigos y hermanos, más allá de los rigores de la vida. El descanso es fundamental para la salud como estado de perfecto bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual. El Dios que es justo es quien reclama esto. No hay que olvidarse que los diez mandamientos comienzan con la declaración: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (Éxodo 20:2). El texto de Deuteronomio 5:14, en medio de la referencia al cuarto mandamiento, agrega un matiz al decir: “De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú”. Aquí está la raíz de la regla de oro: el mismo bienestar que deseo para mi es el que debo desear para otro, y colaborar para construirlo. Si tengo trabajadores a mi cargo, y si yo descanso, ¿por qué negarle ese derecho a otros? Fue por esto también, que el moderno movimiento sindical tuvo en sus bases a trabajadores cristianos. La misericordia es una virtud que los creyentes no debemos olvidar. El cuarto mandamiento cierra la tabla del amor a Dios, pero la engarza con esta mirada, a la tabla del amor al prójimo. Ningún espíritu farisaico nos debe hacer olvidar lo que Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27, RV 1960).

Algunas reflexiones finales:

Adoramos a Dios en todo lo que hacemos, pues no hay dicotomía entre sagrado y secular. Hay vidas consagradas o no consagradas. Esta comprensión es sumamente importante para la teología reformada, porque no se trata de dejar la evangelización a un lado, pues ésta es la tarea prioritaria de la iglesia. Sólo que los creyentes, en tanto iglesia esparcida en el mundo, en todas las esferas de la vida, extienden el Reino de Dios en cada espacio que les toca, el que es tornado en campo de misión. Kuyper lo expresa de la siguiente manera: “La vida cristiana como un peregrinaje no fue cambiada, pero el calvinista llegó a ser un peregrino que, de camino a nuestro hogar eterno, tenía que realizar en la tierra una tarea importante”.

Cristo no nos llama al masoquismo. Cristo nos llama a ser coherentes con el evangelio. Y es ese ejercicio de vivir lo que se profesa, siendo responsables, viviendo con distintivo cristiano y trabajando con excelencia, lo que en ocasiones traerá sufrimiento, sobre todo en una sociedad que rechaza cada vez más al Dios de la vida, caminando en pos de su degradación y muerte. Pero eso no nos hace pesimistas, porque nuestra victoria personal y comunitaria no está en lo que podemos hacer sino en Cristo que venció en la cruz trabajando con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. 

El centro de nuestro trabajo basado en una cosmovisión bíblica es, entonces, identificarnos con la ayuda del Espíritu Santo a nuestro Señor y Maestro Jesucristo, encontrando pleno sentido, gozo y descanso en Él, viviendo y desarrollando los dones que el Padre nos ha dado. No estamos solos. El Trino Dios está también allí, cuando trabajamos con nuestras manos. 

Kevin DeYoung plantea en su libro “Súper ocupados” lo siguiente: “La única obra que se debe hacer absolutamente en el mundo es la obra de Cristo. Y la obra de Cristo se lleva a cabo a través del cuerpo de Cristo. La iglesia, reunida para adorar los domingos y esparcida a través de sus miembros durante la semana, es capaz de hacer muchísimo más que cualquiera de nosotros solos. Yo puedo responder al llamado de Cristo en una o dos formas, pero soy parte de un organismo y una organización que puede responder y servir de un millón de formas”. ¿Trabajamos por la extensión del Reino de Dios en todos los espacios de la vida? Todos los cristianos estamos en misión. El lugar en el que estamos debe ser nuestro campo de misión.

Luis Pino Moyano.

 


 

Nota explicativa de la redacción y el uso de fuentes bibliográficas.

Este texto fue construido teniendo como base tres sermones: uno basado en Génesis 1:26—2:3 predicado en 2016 en la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; otro basado en 1ª Pedro 2:18-25, predicado en 2018 en la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; y en lo relacionado al día del Señor, se tuvo en cuenta un sermón temático predicado en la Iglesia Metodista Pentecostal, también en 2018. 

Por lo mismo, las referencias no siguieron un sistema de citación con notas al pie de página, facilitando así la lectura para la exposición oral. Pero, por cuestiones éticas, me veo en la obligación de referir a los textos que influyeron en mi lectura de este asunto: 

  • DeYoung, Kevin. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015. 
  • Keller, Timothy y Leary Alsdorf Katherine. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014. A la fecha, hay edición en castellano: Keller, Timothy. Toda buena obra: conectando tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2018.
  • Keller, Timothy. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012. En este caso, particularmente el capítulo 26: “Cómo conectar a las personas con la cultura”, pp. 350-357.
  • Kuyper, Abraham. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010.
  • Lloyd-Jones, Martyn. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013. En este caso particular, la conferencia del año 1964: “Juan Calvino y George Whitefield”, pp. 159-196.
  • Miller, Darrow y Newton, Marit. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011
  • Pereira da Costa, Hermisten. Raízes da Teologia Contemporânea. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2018. Particularmente, el capítulo 2, parte 6: “Reforma e o trabalho”, pp. 149 y ss.
  • Wolters, Albert y Goheen Michael. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013.