Iglesias que arden y la relación entre poder y libertad.

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, es uno de los tantos emblemas de malestar y rabia contra la iglesia y contra Dios (o imágenes que le representen), expresados por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX y que han sido tomados por culturas políticas de cuño similar en tiempos más recientes. No es un dato menor precisar el origen del emblema, toda vez que el anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política. Sin embargo, ha tenido entre sus filas otras corrientes y a pensadores como León Tolstoi y Jacques Ellul que se han reconocido como cristianos y anarquistas. En cambio, el anarquismo español, fue muy influido por el cientificismo positivista, y dicha forma de entenderlo fue recibida con mayor facilidad en América Latina, tanto por razones idiomáticas como por redes organizativas o sociales. Y es dicha influencia la que puede constatarse en las escenas iconoclastas del estallido, revuelta o reventón social desde octubre del año pasado a la fecha.

Comencemos con la siguiente premisa: las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, es del todo repudiable y lamentable, y ello, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Por ende, no solo son dañados muros, techumbres y los adminículos que hay dentro de los templos, sino también, los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder.

Junto con eso, se debe señalar que el fenómeno de la iconoclasia amerita ser reflexionado, más allá de la constatación de los hechos como acontecimientos repudiables, problematizando las causales, los medios y los fines que se buscan con ellos.

En primer lugar, quienes somos cristianos debiésemos interrogarnos sobre la razón por la cual templos de nuestra religión son bandalizados, porque mucha gente no hace la diferencia entre católicos o evangélicos, y mucho menos la hace de romanos, ortodoxos, luteranos, presbiterianos, metodistas, bautistas, pentecostales y un largo etcétera. Si se estudia la historia de las revueltas populares, regularmente, los edificios que sufrían la destrucción por parte de sujetos ligados a dichas manifestaciones, es porque identifican a dicho lugar con el poder. Y no con cualquier poder, sino con uno de carácter opresivo. Y por más que expliquemos que en la Iglesia de la Gratitud Nacional se llevó a cabo el Te Deum Ecuménico de 1973, con la junta militar de gobierno allí pero sin alabanza a ella, y que el lugar fue propuesto por el Cardenal Raúl Silva Henríquez debido a que dicho templo es de los salesianos y él pertenecía a dicha orden religiosa; o que la Vicaría de la Solidaridad tuvo su emplazamiento en salas aledañas a la catedral de Santiago; o como protestante que el templo  presbiteriano apedreado el año pasado en la ciudad de Valparaíso fue fundado bajo el pastorado de David Trumbull, quien propició una lucha por las libertades públicas en el país y en el plano educativo formó escuelas populares; o que iglesias pentecostales quemadas en la zona de la Araucanía tienen una amplia participación de mapuches en ellas, quienes son tratados de manera digna y más aún, muchos de ellos, lideran dichas comunidades; a pesar de todo eso, algo genera una identificación con el poder, tanto así, que no son pocas las personas que cuestionan que se defienda un templo en vez de hombres y mujeres que sufren a diario los rigores de la vida. ¿Qué hace que un sector de la sociedad nos considere enemigos? ¿Tiene algo que ver la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual? ¿Tiene que ver en esto el enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda? ¿Está presente en esta asociación la indolencia de muchos creyentes frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”? ¿Acaso no fue esto último lo que llevó a Alberto Hurtado, en el pasado motejado como “cura rojo” y hoy considerado santo por la Iglesia Católica, a escribir “¿Es Chile un país católico?” en 1941? Nuestra falta de realismo debiese llevarnos a reflexionar en cómo creer, pensar y vivir en el Chile actual. Y esto no es un llamado a transar en los principios fundamentales de nuestra fe, sino por el contrario, es un llamado a vivirlos.

En segundo lugar, quienes pugnamos por cambios en nuestra sociedad, y que hoy dentro del horizonte de expectativas tenemos una nueva Constitución, hacemos bien en cuestionarnos también esta actuación. ¿A quién daña y a quién beneficia la quema o bandalización de templos? ¿Beneficia la causa de quienes buscan un Chile distinto, alejado de los bastiones que instaló la dictadura militar? A esta altura del partido, ¿sorprende aún que los medios de comunicación centren su mirada en este tipo de “liturgias” de manifestación iconoclasta en lugar de la gran cantidad de personas que se manifiestan pacíficamente? Tanto aquellos que salen “a dejar la patá” [sic], como quienes reivindicamos el derecho a la legítima manifestación y protesta, debiésemos entender de una vez por todas que los discursos y los actos tienen efectos performativos, y siempre la espectacularidad roba la atención de lo que no es inédito. La quema y bandalización de lugares de culto, que es una muestra de intolerancia propia de movimientos totalitarios o de movimientos religiosos integristas como ISIS, afecta a un grupo específico de la población: las personas fieles a la fe cristiana, entre las cuales hay un amplio sector de seres humanos que se esfuerzan cotidianamente desde las calles o sus puestos de trabajo, por un mañana mejor. Y sí, hay curas pedófilos y pastores que se enriquecen, abusando de la fe y el poder que las instituciones religiosas les han conferido, pero dichos sujetos no son las comunidades eclesiales ni mucho menos son el cristianismo. No son las personas que trabajan día a día por vivir su fe de manera coherente, y cuyos lugares de culto tienen profunda significación. ¿Acaso no entienden que este tipo de actos en vez de sumar, resta; y que, en lugar de cuidar el proceso constituyente, lo afecta?

Este ejercicio analítico, que llama a profundizar la discusión y a no quedarse en el hecho noticioso, en ningún caso comprende-para-legitimar. Es todo lo contrario. Profundiza la crítica y el repudio de la acción autoritaria y de la crítica sin sentido de quienes bien podrían ser definidos como “continentes sin contenido”. Pues, si la libertad de creer es dañada, ¿dónde quedan las otras libertades públicas?

Luis Pino Moyano.

¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Hace unos diecisiete años atrás llegó a mis manos uno de los libros más revolucionarios que he leído en mi vida: “El despertar de la gracia” de Charles Swindoll. Fue un libro liberador, que me hizo descansar en la gracia de aquel que me había salvado por el puro afecto de su amor. Swindoll habla allí de los “asesinos de la gracia”, un grupo de sujetos que en pos de luchar contra el antinomianismo (la idea que asegura que ya no debemos poner en práctica la ley de Dios), ha ocultado una de las verdades más bellas y poderosas de la Reforma Protestante, a saber, la libertad cristiana, convirtiéndola en un tabú [1]. La libertad cristiana fue una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante, y para hablar de ella, se leyó, predicó y enseñó, principalmente, la carta de Pablo a los Gálatas, a la que Lutero se declaraba simbólicamente unido en matrimonio, llamándola “mi Katharina v. Bora” [2]. Uno de los textos fundamentales para entender la carta a los Gálatas, está en el capítulo 2, versículo 16: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo, y también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, ya que por las obras de la ley nadie será justificado” [3]. Lo que nos lleva a señalar con claridad y firmeza que la libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”. 

Sin Cristo nuestra condición de esclavitud se mantiene vigente. Pablo dijo: “Manténganse, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5:1). El yugo al que hace referencia Pablo es una figura de sujeción y, en el caso de este versículo, denota opresión, figurando el peso del legalismo que intentaba complementar el mensaje del evangelio con los ritos religiosos del judaísmo. Esas enseñanzas eran esclavitud, pues como diría William Hendriksen: “un Cristo suplementado es un Cristo suplantado” [4]. Y no es que la ley sea mala, pero el cumplimiento de ella como medio para la salvación se hace imposible, puesto que la violación de un solo precepto nos hace deudores de toda ella. Más bien, la ley cumple un propósito fundamental en la salvación: es el profesor que nos toma de la mano [5] y que nos conduce a Cristo, a la libertad para vivir en Él. Y es Cristo quien nos capacita con amor de tal manera que vivamos para Él. La salvación siempre incluye la práctica de la justicia por parte del pueblo de Dios, siendo potenciados por el Espíritu Santo para una obediencia renovada a Dios según lo expresado en su Palabra. Por ende, tampoco hay libertad cristiana sin “Sola Scriptura”. 

Y es así que llegamos a la idea de “libertad de conciencia”. La idea, dentro del protestantismo, siempre trae a la memoria lo dicho por Lutero en la dieta de Worms (18 de abril de 1521): “A menos que me convenzan con argumentos extraídos de las Escrituras o por medio de razón evidente (no confío en el Papa ni en los conclilios, pues es sabido que se han equivocado a menudo y hasta se han contradicho), me debo a las Escrituras que cito y mi conciencia es presa de la palabra de Dios. No quiero retractarme de nada, pues no es seguro ni justo obrar contra la propia conciencia” [6]. ¿Hay aquí libertad de conciencia? Sí, Lutero no se someterá ciegamente a ninguna autoridad establecida si esta niega la verdad de Dios. La libertad le permite correr veloz y con certeza de llegar a la meta que es Cristo, según el marco de la Palabra, como un tren corre veloz y efectivamente por sus rieles. La conciencia es, literalmente, con-saber o con-certeza. Así lo explica la historiadora Lyndal Roper: “Cuando Lutero afirmaba que su conciencia era ‘presa de la palabra de Dios’, quería decir que no cabía moverla ni alterarla: ‘sabía’ -mente y emociones-, lo que era la Palabra de Dios y no podía negarla” [7]. 

Por herencia protestante, la “Confesión de fe de Westminster”, un documento que en palabras de Benjamin Warfield fue “el fruto más maduro de la redacción de credos en la Reforma” [8], usa el concepto de libertad de conciencia de manera positiva, es decir, validándolo como un principio a rescatar, defender y vivir, explicándolo de la siguiente manera en su capítulo 20, punto 2: “Sólo Dios es el Señor de la conciencia, (Rom. 14:4.) y la exime de las doctrinas y mandamientos de hombre que sean en algo contrarios a su palabra o pretenden sustituir a ésta en asuntos de fe o de culto. (Hech. 4:19 y 5:29. I Cor. 7:23. Mat. 23:8-10 y 15:9. II Cor. 1:24.) Así es que, creer que tales doctrinas y obedecer tales mandamientos con la conciencia, es destruir la verdadera libertad de ésta última; (Col. 2:20, 22,23. Gal. 1:10; 2:4 y 5:1.) y el requerir una fe implícita y una obediencia ciega y absoluta, es destruir la razón y la libertad de conciencia. (Isa. 8:20. Hech. 17:11. Juan 4:22. Ose. 5:11. Apoc. 13:12,16,17)” [9]. En definitiva, según esta declaración confesional, la libertad de conciencia está atada a la obra de redención conquistada por Cristo en la cruz y cimentada en lo que enseña la Escritura como norma de todas las normas. Huelga decir acá que fue esta comprensión teológica la que se irradió, primero en las colonias inglesas que se independizaron conformando Estados Unidos, por la influencia del movimiento puritano, y desde ahí a todos los movimientos republicanos-antimonárquicos modernos, como quedó expresado en distintos textos constitucionales [10].

El señorío universal de Cristo, que deriva en que nuestra fe es cósmica y pública, es fundamental para entender nuestra libertad, la obediencia renovada a la voluntad de Dios y la resistencia a cualquier tipo de tiranía que puje por enseñorearse de nuestros intelectos, emociones y voluntad. Es en relación a este entendimiento, que Abraham Kuyper en su discurso inaugural de la Universidad Libre de Amsterdam, planteó que: “Existe un dominio de la naturaleza en el que la Soberanía ejerce poder sobre la materia conforme a leyes fijas. Existe también un dominio de lo personal, del hogar, de la ciencia, de la vida social y la religiosa, cada uno de los cuales obedece a sus propias leyes de la vida, cada uno se somete a su propio regente. Un ámbito del pensamiento donde solo las leyes de la lógica pueden gobernar. Un ámbito de la conciencia donde nadie sino solo el Santo puede dar soberanos mandamientos. Finalmente, un ámbito de la fe, en que solo la persona es soberana, quien, mediante la fe, se consagra a sí misma en las profundidades de su ser” [11]. Para el teólogo, pastor y político holandés, el soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, sino el Señor Todopoderoso, y nada ni nadie está sobre Él. Aquí no hay lugar para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo. Perder de vista esto no sólo es una concesión intelectual, sino, por sobre todo, espiritual, lo que nos responsabiliza respecto de lo que pensamos y vivimos. “Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2a), es una tarea vital. 

Por cierto, la libertad cristiana no sólo es individual, sino eminentemente comunitaria. Pablo exhorta a los hermanos de Galacia de la siguiente manera: “Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad, sólo que no usen la libertad como pretexto para pecar; más bien, sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se cumple en esta sola palabra: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero si ustedes se muerden y se devoran los unos a los otros, tengan cuidado de no consumirse también los unos a los otros” (Gálatas 5:13-15). La libertad que Cristo conquistó en la cruz no se ejerce en la soledad, sino en la comunidad de otros liberados por su obra redentora. El versículo 15 es durísimo, porque compara a quienes usan su libertad a expensas de otros hermanos con bestias salvajes que se muerden y devoran entre ellos, destruyendo la comunidad. Quienes practican esto ensalzan su autojusticia y construyen una religión ególatra. La libertad cristiana se experimenta amando y sirviendo a Dios y al prójimo. Es más, la obediencia a la ley de Dios está en el amor (véase, Romanos 13:10). 

Finalmente, esta libertad cristiana conlleva que asumamos con certeza que somos la iglesia que está en misión en el mundo que nos toca vivir. Y en el mundo que nos toca, cada vez que veamos verdad, justicia, bondad, paz y belleza, lo que observamos es la mano de Dios en la historia, a pesar de nuestros fallos y miserias. Que sujetos del pasado o del presente digan cosas que se ajusten a lo que pensamos no debe llevarnos a asumir todo el modelo teórico e ideológico que ellos poseen, y que está manchado por el pecado. Sigue siendo tarea perentoria para los creyentes lo dicho por Pablo en su carta a los Romanos 12:2: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Dios habla hoy). La libertad de los cristianos es la libertad en el marco del mensaje de Cristo. No se trata del “dejar hacer, dejar pasar” de la ideología liberal, en el que cada uno se autodetermina pensando lo que se quiera, aunque eso se contraponga a la Escritura. Si en nuestro “fuero interno” no está entronizado Cristo somos seguidores de las idolatrías de la época que nos toca vivir y no discípulos fieles del Maestro de Galilea. Son de mucho valor acá las palabras de Juan Mackay: “Antes bien, debe ser fiel a su vocación y cumplir su misión. Y esto, debe hacerlo en un espíritu de absoluta obediencia a Cristo; para ello, deberá tomar conciencia de la realidad y de la situación en que vive, ganando de este modo, el derecho a ser oída y a ser tomada en serio. Jamás deberá la Iglesia conformarse a cierta cultura o civilización sino que de acuerdo con el espíritu de peregrinaje que le es propio, debe marchar siempre adelante y hacia su meta final” [12]. El respeto a las ideas ajenas, la tolerancia a las mismas y una sana idea de contextualización, no consisten en la renuncia al evangelio de Jesucristo. En Jesús y la buena noticia predicada por Él radica la verdadera relevancia del cristianismo. La libertad de conciencia es entonces una herramienta que sirve al cumplimiento de nuestra tarea fundamental: a extensión del Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y el desarrollo de nuestra labor, para la gloria de Dios, la edificación y alegría de la iglesia, y el bienestar de todo prójimo creado a imagen y semejanza de Dios.

Luis Pino Moyano.

[1] Charles Swindoll. El despertar de la gracia. Nashville, Editorial Caribe, 1995.

[2] Erwin Iserloh. “Martín Lutero y el comienzo de la Reforma (1517-1525)”. En: Hubert Jedin. Manual de Historia de la Iglesia Tomo V, Reforma, Reforma Católica y Contrarreforma. Barcelona, Editorial Herder, 1972 ,p. 79. Es una referencia a WA Tr 2, 69, n.° 146 (D. Martin Luthers Werke, Tischreden, 6 t, Weimar 1912-21). 

[3] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Reina Valera Contemporánea. 

[4] William Hendriksen. Comentario al Nuevo Testamento. Exposición de Gálatas. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 120.

[5] Esa es la idea del ayo de Gálatas 3:24. 

[6] Lyndal Roper. Martín Lutero. Renegado y profeta. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, p. 197. 

[7] Ibídem, p. 198. 

[8] Citado en: J. I. Packer. Teología concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, p. xi. 

[9] Confesión de Fe de Westminster, versión 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: octubre de 2020). 

[10] Ernst Troeltsch. El protestantismo y el mundo moderno. México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1967, p. 66, 67. El autor entiende esto como un “descubrimiento esclarecedor” de Georg Jellinek, aunque no lo comparte del todo, particularmente por la actitud que habrían tenido los puritanos con actores anabaptistas o cuáqueros. 

[11] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 octubre de 1880)”. En: Estudios Evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: septiembre de 2020).

[12] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969, p. 128.

 

Documentos Anexos:

Martín Lutero. La libertad cristiana (1520).

Comunicado del H. Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile acerca del plebiscito.

Acerca del uso y abuso de la Biblia en coyunturas políticas.

Luis Pino Moyano*.

Publicado originalmente en Estudios Evangélicos.

1. La contextualización del problema. 

Que los evangélicos acudamos a la Biblia para entender y explicar el mundo y la vida no es ninguna novedad. Anhelamos ser “el pueblo del libro” y postulamos que nuestra fe, no sólo tiene que ver con aquello que sucede al interior de nuestros templos y hogares, pues ella no es privada, sino que es una fe cósmica y pública. Como declarara el apóstol Pablo, al referirse a nuestro Señor Jesucristo: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente” (Colosenses 1:16,17) [1]. El entendimiento del señorío total y universal de Cristo es base fundamental de nuestra cosmovisión cristiana, y nos llama a un seguimiento fiel a la Escritura como su Palabra que es enseñanza pero, por sobre todo, mandamiento. Y es dicha lectura, la que se traduce en una presencia fiel de los creyentes dispersos por el mundo. 

El señorío de Cristo que conduce a la fidelidad, reclama una lectura coherente y consistente con dicho principio vital, y en el caso al que nos referimos acá, es pertinente tener en cuenta esto a la hora de pensar y actuar en política. Como dirá Juan Stam: “En aras de la fidelidad bíblica, reconocemos sin tapujos que este libro es muy político. De hecho, como dice un refrán que se ha hecho axiomático en nuestros tiempos, ‘todo es político, pero la política no es todo’. Si bien es un error ‘politizar’ un texto más de lo que es político, por otro lado es un error muy grave, y una falta de fidelidad a la Palabra de Dios, pretender ‘despolitizar’ un texto tan evidentemente político como es el libro de Apocalipsis” [2]. Esto que el autor, como especialista en Apocalipsis alude respecto a dicho libro, es posible de ser aplicado a toda la Escritura. Es por ello, que las teologías políticas, europeas o latinoamericanas, que sólo propenden al activismo social, limitan la Misión de Dios dejando de enfatizar en la proclamación del evangelio, tal y como el evangelicalismo norteamericano con un discurso aparentemente apolítico (como si tal cosa existiera), derivó en un ensimismamiento que se complace en la experiencia religiosa sin poner atención en el prójimo, y por ende, en la misión. El apóstol Santiago nos alerta respecto de la parcialidad con mucha fuerza: “Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: ‘Que le vaya bien; abríguese y coma hasta saciarse’, pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 2:14-17). A la luz de este texto es una falsa dicotomía disociar la proclamación del evangelio de la práctica de la justicia y la misericordia. 

2. La gravedad teológica de la lectura de la Biblia dentro de la lógica izquierda-derecha. 

En medio de múltiples debates políticos, actores evangélicos prorrumpen con voz elocuente en la escena pública, ya sea arrogándose la representatividad de “la Iglesia Evangélica”, concepto imaginario que no tiene correlato empírico en la realidad, o en el peor de los casos, formulando ensoñaciones como esa de estar “del lado de Dios”. Y más allá del tema de la libertad de conciencia, asunto fundamental a ser tenido en cuenta en la discusión política acometida por los creyentes, pretendo llamar la atención de los lectores a otro asunto, uno que reviste gravedad teológica. Pues si bien es cierto, cada creyente tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por una determinada causa política, pues dicha actividad no es mala en sí misma, otra cosa es valorar dicha causa como “el proyecto histórico de Dios”. Supeditar el triunfo de Dios, y del reino que consumará en la historia, a una victoria electoral que no tiene la fuerza de cambiar toda la realidad es, con todas sus letras, una aberración a lo que la Biblia enseña. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, mientras que el Reino de Dios permanecerá incólume. Por ende, nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color, pues ella a es escatológica y está centrada en la persona de Jesucristo, Señor nuestro. 

Ejemplificaré con dos textos bíblicos sobre cómo el uso parcial para fortalecer la convicción política propia nos hace perder de vista la riqueza de la Palabra de Dios:

a. Amós 2:6,7 nos plantea un tremendo dilema para nuestra comprensión actual: “Así dice el Señor: Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre”. A partir, de este texto vemos la parcialidad de la separación realizada por posiciones dualistas que enfatizan en la justicia social o en la moral sexual, cuando este texto une ambas consideraciones. No pasas a ser un marxista cuando propugnas y trabajas por un mayor ejercicio de la justicia en la sociedad, como tampoco pasas a ser un derechista por defender la moral respecto de la sexualidad. Es del todo consistente con el cristianismo defender a las víctimas indefensas asesinadas por el aborto, cuyos gritos no alcanzan a ser oídos por nosotros, como defender a los menores abusados en hogares del SENAME, pues ellos no son ni fetos ni simple “stock”, sino seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Es del todo consistente con el cristianismo defender el matrimonio heterosexual, monogámico, y la familia emergida de dicha relación y, acto seguido, levantar la voz por los derechos de quienes son vulnerados o postergados en la historia, en el trabajo, la salud, la educación, el acceso a la vivienda y el cuidado de una pensión digna.

b. No es posible dejar de lado el texto de Romanos 13:1-7 en una reflexión sobre este tema. En él vemos al Dios soberano poniendo autoridades en el mundo. Dicha autoridad siempre es derivada de Dios y relativa respecto de Él y su Palabra. Por ello, la acción soberana de Dios no excluye nuestra responsabilidad, en tanto que la la autoridad debe ejercer su labor en justicia, protegiendo al inocente y sancionando el delito, y los demás ciudadanos tenemos el deber de obedecer activamente, pues nuestra obediencia total es a Dios. Es en consecuencia a dicha comprensión que los creyentes tenemos la posibilidad de practicar la “desobediencia civil”, o de manera más reformada, obedecer radicalmente a Dios,  cuando se busca explícitamente mandatar aquello que la Biblia niega (léase Hechos 4:19,20). Es maravilloso como cierra Pablo dicha exhortación, invitando a tener en cuenta una deuda de honor y respeto, junto con el pago de los impuestos, todo ello unido y en relación a quien corresponda. Este texto de la Escritura nos libra de la “Estadolatría” y de la “Estadofobia”, toda vez que mira al estado en su justa medida y sin despersonalizaciones que omiten la responsabilidad de quienes ejercen autoridad, es decir, como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal.

Por todo ello, el clivaje político izquierda-derecha, reciente en términos en históricos en comparación con los textos de Amós y de la carta de Pablo a los Romanos, le hace un flaco favor a nuestra lectura de la Biblia y nuestra comprensión de la realidad en torno a ella. ¿Por qué disociar aquello que la Biblia une? ¿Por qué disociar la justicia social de la moral sexual, y la responsabilidad individual de la social? 

3. La necesidad de una hermenéutica fiel al texto bíblico. 

Todo lo anterior genera un profundo llamado a la interpretación fiel de la Escritura. Los evangélicos debemos tener en cuenta que el reconocimiento de la Biblia como Palabra de Dios debe traducirse en fidelidad y respeto a ella. Mis lentes como lector no tienen la primacía en la tarea de comprender y anunciar el texto sagrado, por lo que vale la pena tener en cuenta, como primera cosa, la precisión realizada por Manfred Svensson al señalar que: “la caracterización de la aproximación protestante a la Biblia como una disposición de ‘libre examen’ resulta históricamente inútil: la fórmula de hecho ni siquiera se registra en el siglo XVI, y es más bien recurrente en la apologética católica del siglo XIX y en las contemporáneas reivindicaciones protestantes” [3]. El “libre examen” no fue bandera de lucha de la Reforma Protestante, sino traducciones de la Biblia en lenguaje vernáculo fieles a los manuscritos en hebreo, arameo y griego; la tarea exegética y la implementación del método gramático-histórico y, por sobre todo, una lectura y escucha de la Palabra de Dios al interior de una comunidad. Y es aquí, respecto de la lectura comunitaria de la Biblia, donde también se hace valiosa la prevención realizada por Gordon Fee y Douglas Stuart: “Los protestantes no tienen magisterio, y debemos estar con razón preocupados cuando oímos que alguien dice que conoce el significado divino más profundo de un texto, sobre todo si el texto nunca significó lo que quiere hacérsele decir. De esas cosas nacen las sectas e innumerables herejías menores” [4]. El discernimiento de la comunidad, a la manera de la evaluación realizada por los hermanos de la comunidad de Berea, quienes con “sentimientos más nobles” se daban la tarea diaria de examinar “las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11), junto con la comprensión escritural del señorío de Cristo por sobre todo, es un antídoto contra todo tipo de tiranía eclesiástica de quienes proclaman sus ensoñaciones alejadas de la fidelidad a la Palabra de Dios. 

Nadie tiene el derecho a torcer la Escritura para su conveniencia. Como dirá Louis Berkhof: “Aunque es cierto que el intérprete debe ser perfectamente libre en sus labores, no debe confundirse su libertad con la licencia. Es libre, ciertamente, de toda restricción y autoridad externa, pero no es libre de las leyes inherentes al objeto de su interpretación. En todas sus exposiciones está amarrado por lo que está escrito, y no tiene el derecho de atribuir sus pensamientos a los autores del texto sagrado [5]. Es un infundio alejado de la fidelidad a la Palabra de Dios plantear que un determinado proyecto político es de Dios y otro de Satanás, sólo porque se condice con nuestras aspiraciones personales. Es iluso pensar que el constructo ideológico desarrollado por sujetos con “conciencias encallecidas” (1ª Timoteo 4:2) está libre de la mancha del pecado. No es reconocimiento de la “gracia común” aquello que termina glorificando a hombres y mujeres del pasado y del presente, y no al Dios Todopoderoso que no comparte su gloria con nadie (Salmo 115:1; Isaías 42:8). La Biblia no presenta un programa político sólido y cerrado, sino principios con los que se puede construir discursos susceptibles de estar marcados por la diversidad en la voz de distintos creyentes cristianos, comprados con la misma sangre de Cristo. No hay nada menos evangélico que situar a Dios del lado de una ensoñación ideológica en eslóganes huérfanos de sentido. Un dios de izquierda o derecha es una profanación de lo sagrado. En lenguaje llano: idolatría.

Entonces, en obediencia al mandamiento que dice a la letra: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios, porque yo, el Señor, no consideraré inocente al que tome en vano mi nombre” (Éxodo 20:7, RVC), digamos junto a Martín Lutero: “tengo que usar el nombre de Dios con respeto, santa y dignamente, que no debo acudir a él para juramentos, imprecaciones ni engaños” [6]. El que se mencione a Dios en un discurso político, sea del color que sea, no es prueba de apego y fidelidad a la Biblia, y en ella, a la herencia legada por el cristianismo histórico. 

* Licenciado en Historia con Mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública. 

[1] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Nueva Versión Internacional.

[2] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 15. 

[3] Manfred Svensson. Reforma protestante y tradición intelectual cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 149.

[4] Gordon Fee y Douglas Stuart. Lectura eficaz de la Biblia. Miami, Editorial Vida, 2007, p. 31.

[5] Louis Berkhof. Principios de interpretación bíblica. Jenison, Editorial TELL, 1992, p. 53. La acentuación está en el original, aunque en cursiva.  

[6] Martín Lutero. El Magnificat, seguido de Método sencillo de oración. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 125. La cita corresponde al “Método sencillo de oración”. 

¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica?

Quisiera comenzar mis palabras mostrando mis colores: soy cristiano protestante de tradición presbiteriana. Creo que la Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, autoritativa e inerrante. Mi definición doctrinal se encuentra contenida en la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, la que suscribo como oficial de mi iglesia. Eso me lleva a declarar cuatro premisas que me parecen relevantes a la hora de hablar de esta temática:

· La primera, es que mi esperanza está en Jesucristo. Mi esperanza que no defrauda está sustentada en lo que Él hizo por su pueblo en la cruz del calvario, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que Él nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. Dicho de otro modo, mi esperanza no está puesta en un cambio social, sea quien sea que lo construya, no importando su tinte político. Es el Reino de Cristo el que trae justicia, paz y alegría, y será el mismo Señor resucitado quien consumará la historia. Mi esperanza, malamente podría estar en la “alegría que viene”, en un “crecimiento con igualdad”, en los “tiempos mejores” o en una nueva Constitución Política de la República. Todo constructo humano es falible y se queda corto al lado de la esperanza escatológica. 

· En segundo lugar, que creo en los principios que la Biblia enseña para la acción política y social. Y en esto, me parece relevante ocupar el concepto de principios. La Biblia no presenta un programa político definido, sino principios para la vida, los que pueden ser aplicados de maneras distintas, y así ha sido a lo largo de la historia. Un buen ejemplo es la Confesión de Fe de Westminster. Hasta su reforma de los capítulos 20.4, 23.3 y 31.2, que limitan la acción del magistrado civil en la esfera eclesial, realizada por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en 1788, los márgenes de separación entre la iglesia y el estado parecían diluidos. Y eso, es de toda lógica en un régimen cuyo sistema de gobierno era monárquico, pero no lo era en un estado nación que se había emancipado de dicho régimen. Los principios políticos y sociales de los redactores originales de la Confesión de Fe de Westminster y de sus reformadores eran los mismos, mientras que su aplicación práctica en el plano político fue disímil. 

· Tercero, y como fruto de lo anterior, nosotros podemos seguir siendo cristianos evangélicos que creemos todo aquello que consagra el Credo Apostólico (que es la síntesis doctrinal más unificadora a nuestro alcance), teniendo ideas respecto de la acción política distintas, mientras ellas no abracen constructos ideológicos completos de quienes en la base de su teoría nieguen lo que dice la Escritura. Y esa situación no se encuentra presente sólo en el marxismo cultural o en el progresismo (concepto polisémico, por lo demás), sino también las posiciones de derecha que se sustentan en el catolicismo romano, en el nacionalismo o en el liberalismo que fue uno de los primeros frutos del humanismo secularizado y racionalista. Entonces, el ejercicio crítico de las ideologías, antes de atacar al resto, debiese ser el de la autoevaluación en actitud de oración, bajo una pregunta sencilla, pero profunda si se responde con sinceridad: ¿mi pensamiento y acción en la política se sustenta en lo que enseña la Escritura o no?

· Y cuarto, no tenemos en Chile una Iglesia Evangélica. Y, puede ser aburrido repetirlo vez tras vez, sobre todo luego de que estén a la mano los libros de Vergara, Lalive, Muñoz, Lagos, Pereira, entre otros, que se han esforzado en hacer análisis históricos o sociológicos de ese “pueblo polifónico”. Pero, así está la situación, y hay que repetirlo una vez más: los evangélicos no tenemos una comunidad homogénea, por ende, carecemos de representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país, por lo tanto, nadie se puede arrogar la representatividad del pueblo evangélico porque eso, en singular, no existe. Por tanto, ningún cristiano evangélico del país -sobre todo si es pastor, líder o maestro- debe promocionar una determinada opción política como representativa de los valores y principios del pueblo de Dios, porque no existe en Chile un partido o movimiento que aglutine aquello. Con mayor razón, no puede llamar a votar por una opción determinada, diciendo que es la única que se condice con lo evangélico, porque eso sería una violación de la libertad de conciencia, además de un ejercicio de cooptación clerical. Por ende, siempre que hablemos de acciones políticas en el espacio público, debemos hacerlo a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás.

Por lo dicho con antelación, creo que es sumamente legítimo que haya cristianos evangélicos que hagan una opción por el rechazo a una nueva Constitución, y que existamos otros cristianos evangélicos que optemos por el apruebo a una nueva Constitución. Sería inconsistente con lo que he declarado con antelación negar dicha posibilidad, quitándole inteligibilidad al relato del otro o, en el peor de los casos, llegar a satanizar la opción contrapuesta. Huelga decir que se esperaría la misma actitud de amistad cívica de quienes desde las filas de la fe cristiana asumen una opción contrapuesta a la que presentaré. 

¿Por qué opto por el “apruebo” a una nueva Constitución? Responderé desde dos puntos focales: uno histórico y otro desde una lectura teológico-política. 

1. La consideración histórica.

Creo que para un evangélico no puede ser baladí que nuestra carta fundamental actual haya sido producida en una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de estado para sostener y consolidar su proyecto histórico. En 1980 se llevó a cabo un plebiscito sin registros electorales, con estado de emergencia, con acceso casi nulo a la oposición al régimen de facto para acceder a espacios de comunicación de sus ideas, sumado al hecho, que la opción “Sí” constituía un límite claro al régimen de Pinochet, pues el Art. 25 consagraba que la primera magistratura de la nación tendría una duración de ocho años, en cambio la opción “No” aceraba aquello que para el historiador Mario Góngora era el máximo error de Pinochet, a saber, “su voluntad desmesurada de durar” [1]. En otras palabras, las reglas del juego para la actividad en la polis fueron construidas a imagen y semejanza de una dictadura militar, que más allá de su derrota político-electoral en 1988 y 1989 y la eliminación de los “enclaves autoritarios” de las páginas de la carta fundamental en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos (en uno de los tantos actos performáticos que han sido denominados como el fin de la Transición), se mantienen vigentes sobre todo con su poder contramayoritario. Ese poder fue explicado por Jaime Guzmán de la siguiente manera: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [2]. La negación del cambio no es otra cosa que la negación de la polis, que imposibilita la mejora o el cambio de aquello que tiene origen histórico y político como si se tratara de algo dado por la naturaleza. 

Pero hay otra variable que debe ser tenida en cuenta en este punto focal histórico. Hoy estamos en un “momento constituyente” que resultó ser la salida institucional a un momento de crisis con un “reventón social” que muy pocos dentro de la clase política civil avizoraron. Con todo lo que se pueda cuestionar de los hechos acaecidos desde octubre en adelante, resulta innegable que esta era la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que se volvió sentido común en el quehacer político del país, junto con todos los abusos y corruptela moral tapada por la vana jactancia en una supuesta diferencia respecto de nuestros vecinos del barrio latinoamericano. La violencia de los saqueos que barrió no sólo con la honestidad de la población, sino con la supuesta moderación y orden de la identidad chilena, el enfrentamiento violento entre las fuerzas policiales y la “primera línea” con las tristes consecuencias consabidas por todos, sumado a una expresión pública de las marchas, asambleas y cabildos, en los que se expresó la multiplicidad de voces y proyectos, hace que valga la pena preguntarnos ¿qué nos une como país? El pasado, ese de poco más de doscientos años de vida republicana y el reciente herido por un “golpe” cuyas secuelas se siguen viviendo a 47 años no nos une. Y, al parecer, el presente tampoco. Y, para qué hablar del futuro, cuando la política analfabeta no está pensando un proyecto país a cincuenta años plazo, sino que es atacada por la coyuntura, el cortoplacismo y las reacciones de aprobación en encuestas y redes sociales. 

Por todo ello, esta es una oportunidad. Se trata de la primera vez que una Constitución en el país sería escrita y promulgada en un contexto democrático, sin una minoría amparada por el poder de fuego de los militares como en 1833, 1925 y 1980. Y por lo mismo, es que este texto constitucional debe dar cabida a todas las voces sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. Debemos desempolvar y exorcizar esa palabra llamada “consenso” si queremos tener como mira la construcción de un país. Patricio Zapata, abogado constitucionalista, usando la misma metáfora futbolera de Jaime Guzmán pero en otra sintonía dirá que “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [3]. Ni la imposición de agendas ni el miedo a lo nuevo contribuyen a la unidad en la diversidad que un país requiere para sostener la  libre actividad política en democracia. Esto es más que consistente con una alternativa cristiana por la paz activa [4]. 

2. La consideración teológico-política. 

En este punto quisiera huir, de inmediato, de una lectura caricaturesca que hace pensar que quienes sostenemos el “Apruebo” pensaríamos que el cambio constitucional sería la panacea para todos los problemas de la gente. Nada más alejado de la realidad. Una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, construyendo una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso, pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos. Y por sobre todo, puede ayudarnos en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Para quienes somos creyentes cristianos existe una clara posibilidad para reconocer que en nuestras sociedades hay maldad, injusticia, inequidad y abuso, porque tenemos nociones respecto de la bondad, justicia, equidad y bienestar. Esos conceptos son trascendentales e inmateriales y sólo adquieren historicidad cuando son llevados a la práctica. ¿De dónde tomamos esas nociones? De la declaración bíblica que nos revela a un Dios santo y justo y que norma y da sustento a nuestras vidas con su Palabra. Es por la obra de Cristo que hemos sido redimidos, lo que nos ha posicionado en una relación reconciliada con Dios, nos ha devuelto nuestra dignidad perdida y nos ha dado la capacidad de ser testigos con la palabra y los actos de amor que contribuyen al bienestar de quienes nos rodean. 

Si bien es cierto, hoy el lenguaje de derechos se ha banalizado y sirve para todo, es justo decir, que cuando distintos países del mundo se unen propugnando que los delitos de lesa humanidad ocurridos durante la segunda guerra mundial no se vuelvan a repetir, y establecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay mucha sintonía con la enseñanza bíblica que recorrió por tierra, cielo y mar desde los albores de la iglesia primitiva [5]. Los derechos humanos no son un “gol de media cancha” como dijera Marcela Aranda hace unos años atrás, porque la declaración de la dignidad humana y su protección son consistentes con el cristianismo que entiende al hombre y la mujer como seres creados a imagen y semejanza de Dios, que en tanto criaturas gozan del señorío del Todopoderoso Creador, y que en tanto personas gozan de la libertad y la capacidad de crear, pensar y vivir. A su vez, los derechos tampoco niegan los deberes. Aquí es de mucho valor la precisión conceptual propuesta por René Padilla, cuando señaló que: “a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros” [6]. El reconocimiento de la dignidad humana nos hace pensar no sólo en mi condición digna, sino en la del amplio “nosotros” de un pueblo-nación. Existe posibilidad de pensar y actuar en concordancia de un humanismo genuinamente cristiano [7]. 

Es desde esta consideración, que la nueva Constitución emergida desde un contexto democrático, debiese comenzar con una declaración de principios orientadores ad hoc que propugnen el bienestar común y la justicia social, reconociendo los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyendo a estos como el principio fundamental de dicho documento normativo. Dentro de las nuevas cosas que el texto constitucional debiese considerar, a mi juicio, están la cuestión de la plurinacionalidad y una real descentralización, la existencia de un congreso unicameral y la posibilidad de referéndums revocatorios y plebiscitos potenciando una democracia semiparticipativa. A su vez, debiese limitarse la acción de las FFAA y de orden como garantes del proceso democrático, porque de facto les coloca en una posición deliberante. Como protestante, espero que la nueva Constitución señale explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si la libertad de creer y actuar en concordancia a dicha fe en el espacio público es negada o dificultada. 

Para ello, los evangélicos no sólo debiésemos participar de los plebiscitos de entrada y de salida de la coyuntura constitucional, sino también estar en la Convención Constitucional, sea como militantes de partidos políticos o como independientes. Pero espero que dichos hermanos y hermanas (por cierto, algunos de ellos habrán optado por el “rechazo” en la primera etapa) entiendan y practiquen la idea de cobeligerancia y no de alianza, no busquen pequeñas cuotas de poder para aparecer en televisión un par de días más que para el Te Deum y el 31 de octubre, ni mucho menos acomoden sus discursos y agendas a los de otros, dejándose amoldar por el mundo actual (véase Romanos 12:2). Es de esperar que dichos hermanos y hermanas no tengan una visión acotada de la participación en política sólo para decir cosas que tienen que ver con los llamados “valores” o de alcance en el espacio privado, saliendo de la terrible ensoñación de la falta de realismo y de la política en minúscula. Es de esperar que esos hermanos y hermanas no tengan miedo a la confrontación de ideas, que opinen desde una cosmovisión bíblica y cristiana en la base, pudiendo con ello, hablar de todos los temas que se presentarán en el debate. Que desarrollarán su trabajo como convencionales con responsabilidad, excelencia y distintivo cristiano, lo que se traducirá en que más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. Y por supuesto, espero de dichos hermanos y hermanas que defiendan, amen y pujen junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Y, por cierto, que todo eso lo hagan con clara conciencia de su condición de minoría, pero de minoría valiente y no victimizada, inteligente y no atrapada por los discursos que se postulan como sentido común en izquierdas y derechas. Una minoría que tenga en cuenta lo dicho por Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa” [8]. 

Claramente, para ello, no sólo habrá que esperar, sino participar activamente, dentro y fuera de la Convención Constitucional. No bastará entonces sólo aprobar, sino estar dispuestos a ser testigos… aquellos que portamos un testimonio con la vida. 

Luis Pino Moyano.

[1] Raquel Correa. “Las lecciones de la Historia”. En: El Mercurio. Santiago, 9 de diciembre de 1984. Citado en: Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Editorial Universitaria, 2006, p. 340. 

[2] Citado en: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, p. 325. 

[3] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[4] He hablado de esto con mayor profundidad en mi artículo “Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa”. En: Estudios Evangélicos. 29 de octubre de 2019. http://estudiosevangelicos.org/ni-zelotes-ni-herodianos-por-una-alternativa-cristiana-de-paz-activa/ (Consulta: septiembre de 2020). 

[5] Un buen libro para entender esto es: Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental. Nashville, Grupo Nelson, 2011. 

[6]. René Padilla. “La Biblia y los derechos humanos”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 18. 

[7] Véase: “Manifiesto Humanista Cristiano”. En: Estudios Evangélicos. 21 de julio de 2019. http://estudiosevangelicos.org/manifiesto-humanista-cristiano/ (Consulta: septiembre de 2020). Este documento fue publicado originalmente en “Eternity Magazine”, en enero de 1982, y fue firmado por Donald Bloesch, George Brushaber, Richard Bube, Arthur Holmes, Bruce Lockerbie, J. I. Packer, Bernard Ramm y James Sire.

[8] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264. 

El ídolo del dinero.

Uno de los testimonios que más me marcó en la infancia, fue la experiencia del hno. Hernán Sánchez, oficial de la Iglesia Evangélica Pentecostal de San Bernardo y su relación con las posesiones obtenidas con posteridad a su conversión. Él había llegado a la iglesia siendo muy pobre, literalmente con unas ojotas. Para quienes no saben qué son las ojotas, es un tipo de calzado cuya suela es hecha con un trozo de neumático al que se le agrega una tira elástica que afirma dicho adminículo al pie. La primera vez que vi al hno. Sánchez, fue en un culto en el local de Angelmó, una población en la periferia de San Bernardo en la que viví parte importante de mi infancia. Esa fue la primera vez que vi tan de cerca un Mercedes Benz. Sí, el auto era del predicador de esa noche, el hermano Sánchez, dueño a esa fecha de una flota de camiones y de una casa muy grande y bella en una de las calles principales de la comuna. Mi papá fue alumno de su clase en la Escuela Dominical, y nos contó que el hno. Sánchez tenía clavadas en una de las puertas de su casa las ojotas con las que él había llegado a la iglesia, para nunca olvidarse de dónde Dios lo había sacado. Recuerdo también al hno. Sánchez junto a su esposa, yendo en autos diferentes a la iglesia, ocupándolos para ir a dejar a sus hogares, sobre todo a los más ancianos. ¿Por qué cuento este testimonio? Porque muestra el carácter del dinero: el dinero es un don de Dios, que puede bendecirnos individual y familiarmente, además de potenciar nuestra ayuda a otros; como también, puede ser un peligro para un corazón que no busca “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. El dinero es una herramienta poderosa que puede constituirse en ídolo en el taller de nuestros corazones. 

Quisiera que ahora, viajáramos al evangelio de Lucas, para recurrir a una historia que, aparentemente, tiene a Zaqueo como su protagonista, y con dicha historia hablar del ídolo del dinero. Esta historia ilustra con claridad el camino de muerte en el que se constituye, y cómo sólo en Cristo puede encontrarse una salida. Lucas siempre cuenta este tipo de historias, en las que el amor de Cristo se manifiesta luminosamente sobre aquellos que son los despreciados de la sociedad. De hecho, debemos tener presente, que este caso ilustra lo ya señalado en ese evangelio en 18:23b-27: “-¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. / Los que lo oyeron preguntaron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse? / -Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios -aclaró Jesús”.

La propuesta de este post es que a través de la historia de Zaqueo podamos hablar del carácter de la riqueza, señalados en tres momentos de la experiencia de su encuentro con Jesús. 

La riqueza vacía.

Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico.

Lucas 19:1,2 NVI.

Dijimos hace un momento atrás, que aparentemente esta sería la historia de Zaqueo, pero equivocaríamos el rumbo si lo consideramos así. El evangelio nos muestra sólo a un gran protagonista: Jesús de Nazaret, quien se mueve por las ciudades restaurando corazones, como lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Es Jesús quien está en Jericó en el camino de la misión que Dios Padre le trazó, en sus últimos días antes de ir a la cruz.

El versículo 2 nos habla de un hombre llamado Zaqueo, jefe de los publicanos de Jericó. Su nombre podría significar “puro”, “justo” o “Dios se acordó”. Este título de “jefe de los recaudadores de impuestos” no se menciona en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. Al parecer, daba cuenta de un sujeto que estaba a cargo de una región y tenía a otros cobradores bajo su mando. Súmese a eso, a que los publicanos contaban con el apoyo militar romano para evitar cualquier rebelión a su autoridad. Jericó era una zona, en la época de Jesús, muy próspera, por lo que con seguridad Zaqueo se había enriquecido mucho. Este hombre estaba en la cima de su profesión. Pero tenía una profunda necesidad. 

Zaqueo es estigmatizado por su labor como un paria de la sociedad, un traidor y ladrón, al que ningún padre de familia decente daría a su hija por esposa. “Publicanos y pecadores” es una asociación común, ya que vivían a la periferia de las ciudades, y su relación más habitual con el sexo opuesto se daba con prostitutas. Además de eso, probablemente recibía burlas por ser “el chico” del barrio. Como se puede ver, Zaqueo era víctima del desprecio y la burla, pero era victimario a la hora de cobrar impuestos subiendo el monto para enriquecerse. Para la gente de Jericó era un “digno candidato al infierno” como muchos de los que tenemos en nuestra mente pecaminosa. 

El problema de Zaqueo no era la riqueza por sí misma, sino el sentido que le había dado en su corazón. Un sentido tan elevado que estuvo dispuesto a sacrificar su propia reputación y valía social por el acto de tener. Y es que la idolatría del dinero nos hace sentirnos seguros e identificados con él, inclusive, cuando fantaseamos con aquello que no tenemos. Pero es en ese momento que el dinero deja de ser una posesión y pasa a poseernos. Le “vendemos nuestra alma” al dinero. Timothy Keller señala que: “Jesús advierte a las personas con mucha mayor frecuencia acerca de la codicia, que acerca del sexo y sin embargo, nadie piensa que es culpable de ella” (Dioses falsos). Todos somos susceptibles de la codicia como pecado: ricos, clase media, pobres, siúticos arribistas y siúticos abajistas. “Si usted vive para el dinero, usted es un esclavo. En cambio, si es Dios quien se convierte en el centro de su vida, esto es lo que destrona y degrada al dinero. Si su identidad y su seguridad están en Dios, el dinero no lo puede controlar por medio de la preocupación y el deseo. Se trata de una cosa o la otra. O bien sirve a Dios, o bien cae en la esclavitud de las riquezas”, dice el pastor Keller en “Dioses falsos”. Este problema no hace distinciones de clases sociales, pues no es un problema meramente económico o matemático, sino un problema espiritual cuyo centro está en el corazón. Así lo señalan los siguientes textos de la Escritura:

Salmo 63:3: “Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán”.

Lucas 14:33: “De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Mateo 6:19-21: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Lucas 12:33, 34: “Vendan sus bienes y den a los pobres. Provéanse de bolsas que no se desgasten; acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no hay ladrón que aceche ni polilla que destruya. Pues donde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón”.

1ª Timoteo 6:6-10: “Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores”.

El verdadero problema está en nuestro corazón. Es la avaricia. Mammón siempre ha sido un obstáculo clave para la vida espiritual, pues lo contrario a la avaricia es el contentamiento. Dios es todo y no hay nada que pueda reemplazarlo. Eso es lo que motiva el dar. El seguimiento de Jesús implica la entrega de la vida, lo que incluye las posesiones, y todo esto es para la gloria de Dios, la edificación y alegría de su pueblo, y en pos de la extensión del Reino de Dios. 

John Piper, en su libro “Piense”, dice lo siguiente: “Desear ser rico es suicida y recomendar ese deseo como parte de la vida cristiana es por lo tanto peor que homicida porque no sólo está en juego esta vida, sino la siguiente. Los seguidores de Jesús deberían sentir una atracción magnética en sus vidas hacia la simplicidad del tiempo de guerra, para que puedan ser generosos al dar y al aliviar todo el sufrimiento que sea posible, especialmente el sufrimiento eterno”. A su vez, el dinero te puede hacer peligroso. Piper señala que las riquezas pueden llegar a hacer un tremendo daño al alma humana. Dice: “No sólo pueden arruinar nuestra felicidad, sino que también pueden hacernos crueles e indiferentes hacia los demás -el rico que ignora al pobre; el padre adicto al trabajo que descuida a sus hijos; el soldado mercenario que no se preocupa por sus compañeros; los lobos vestidos de ovejas que se hacen pasar por pastores del rebaño; los proxenetas que exigen su dinero mientras convierten a niñas en prostitutas” (Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder). Si usted se fija, el dinero que es una bendición puede transformarse en un ídolo cuando se pervierte el sentido que este tiene por el ensimismamiento que busca la autosatisfacción y no la realización de la ley del amor que pone la vista en Dios y el prójimo.

La riqueza verdadera.

Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: – Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.

Lucas 19:3-5, NVI.

Zaqueo tiene el deseo profundo de conocer a Jesús, de “ver quién era”. Deseaba un encuentro real y concreto con el Señor. Por eso no se cuida de su dignidad ni teme al ridículo. En esa situación es que se sube a un árbol de tronco corto y ramas extendidas para lograr su objetivo. Ningún judío respetable habría considerado como alternativa trepar un árbol. ¿Qué vemos acá? Sin lugar a dudas, aquello que los calvinistas llamamos regeneración. Es el Espíritu Santo el que moviliza a Zaqueo para hacerlo susceptible a la luz del evangelio y de la obra de Dios que un muerto en delitos y pecados no puede desear por sí mismo. 

¡Esta es la historia de Jesús, él es el protagonista! Jesús es quien busca, se acerca y habla a Zaqueo. Actúa como Rey, invitándose a la casa de un súbdito. Jesús no es solicitado y el actúa. ¡La gracia es irresistible! Jesús ama a los pecadores tal como son, pero los transforma porque no los quiere así. Nadie que experimenta el amor de Jesús puede seguir viviendo “tal como es”, puesto que el poder de Cristo es transformador.

Pero esta historia, tan marcada por la gracia, nos comienza a confrontar, pues, ¿a cuántas personas conoces que tienen este problema de la codicia albergado en sus corazones? ¿Cuál es tu actitud hacia ellos? ¿Les miras con gracia o con desdén? ¿Acaso no crees que Jesús salva a pecadores? Por otro lado, ¿es tu problema la idolatría del dinero? ¿Crees que no puedes salir de ella? ¡Sólo Cristo puede llevar a que rompas el altar al dinero que has levantado! Sólo Cristo te puede cambiar. Hoy, al igual que a Zaqueo, te está invitando a un encuentro cercano y transformador con él. 

La riqueza que sirve.

Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa. Al ver esto, todos empezaron a murmurar: ‘Ha ido a hospedarse con un pecador’. Pero Zaqueo dijo resueltamente: – Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. – Hoy ha llegado la salvación a esta casa – le dijo Jesús-, ya que este también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Lucas 19:6-10, NVI.

Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Todos los testigos del escándalo de Jesús entrando a la casa del jefe de los recaudadores de impuestos tenían una idea y una sentencia clara: era incomprensible que Jesús se hospedara con un pecador. Sólo otros publicanos y prostitutas entraban a la casa de un sujeto de esa calaña. Fíjate cómo eso se contrapone, interesantemente, con el silencio de Jesús, que no dice nada respecto a la baja moralidad del anfitrión de la cena. 

Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental, que busca denunciar el moralismo sin sentido que a veces se alberga en nuestro corazón: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes, tengan o no tengan lo que tú tienes, a ti por amor a Cristo y su misión?

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos. La nueva misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Pero volvamos al protagonista verdadero de esta historia. Jesús escandaliza con sus obras. En capítulos anteriores del evangelio de Lucas, ya Jesús había mostrado en las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y del hijo perdido que el propósito de la misión que Dios le había encargado era: ¡salvar a lo que se había perdido! Por eso estaba en Jericó. Iba a Jerusalén, camino a la cruz. Cristo se compadece de los pecadores y tiene poder de cambiar los corazones. Jesús reposiciona en la familia del pacto a Zaqueo declarándole “hijo de Abraham”. 

La palabra “defraudado”, usada en el texto, en el griego, es la misma que se traduce como “calumniar” o “hacer una declaración falsa”. En este caso particular, se trataría de dinero cobrado injustamente. Según los historiadores, en la forma más tradicional, el cobrador de impuestos entraba a una casa con un inspector y acusaba falsamente a un cliente de defraudación en el pago de los derechos aduaneros. Entonces, dar algo para un publicano era algo nuevo. Ellos sólo estaban interesados en recibir. “Siempre querían más”, parafraseando a Elemento. 

La “conversión de la billetera” es el fruto del arrepentimiento en esta historia. La restitución del daño, según lo establecido en la ley de Moisés, el cuádruplo, para casos de robo deliberado y violento con el propósito de destruir y, aún más, promete dar la mitad de sus bienes a los pobres. El Señor cambió el corazón del jefe de los publicanos. Una nota de la Biblia “El Libro del Pueblo de Dios” dice: “La presencia de Jesús, al mismo tiempo que trae a su casa la salvación, le hace descubrir a los pobres necesitados de su ayuda”. Zaqueo es justificado por gracia. Y un justificado actúa con justicia.

Nuestro dinero también tiene que convertirse en algo distinto. La crítica no es a la riqueza, sino a la acumulación y al egoísmo. “La avaricia es idolatría”dice Pablo en Colosenses 3:5. Calvino, por su parte, decía en su Comentario a los Salmos: “Todo aquel que se permite desear más de lo que es necesario, frecuentemente se pone en directa oposición a Dios, ya que todas las lujurias carnales se oponen directamente”. 

Dios, que trabajó por puro placer y alegría en la creación, y que sigue trabajando, nos provee de todo lo necesario. El trabajo es el método que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones.  El dinero es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

John Stott señala que “Jesús prohíbe la vida extravagante y opulenta; la dureza de corazón que no siente la necesidad colosal de los desheredados del mundo; la fantasía insensata de que la vida de una persona consiste en la abundancia de los bienes que posee y el materialismo que ata nuestros corazones a la tierra” (El sermón del monte. Contracultura cristiana). Stott no está diciendo acá que no tengas nada,  porque no está hablando de plata o posesiones. Está hablando de una disposición del corazón. O se sirve a Dios o a Mammón, el dios de la riqueza. Ese es el dilema. Y eso no es meramente intelectual, es espiritual, tiene que ver con la adoración, por ende con nuestra vida diaria. Y ojo, lo que Jesús demanda no son ideales, porque él no es sólo un “buen maestro”, como dijo el joven rico, sino mandatos, pues él es Señor.

Para reflexionar y practicar.

El verdadero problema está en nuestro corazón. Por ello, el evangelio impide encontrar significación e identidad en el dinero, lo que trae descanso para el alma.  

Nada nos pertenece de manera exclusiva, pues todo le pertenece a Dios. Somos administradores de lo que Dios nos da, por lo que debemos usar con sabiduría lo provisto por Dios, esforzándonos para que en el cuerpo de Cristo no existan necesidades. 

La unidad de corazón y de mente debe extenderse a nuestras posesiones. Si nuestras posesiones le pertenecen al Señor, debemos actuar en consecuencia, haciendo que el Señor sea dueño de todo, lo que tiene implicancias para la vida de la iglesia cuando damos para la extensión del Reino de Dios. El estilo de vida sencillo permite que no seamos piedra de tropiezo para los más pobres, como también cooperar dentro de la comunidad. 

Timothy Keller, dice en “Justicia generosa”: “En este mundo existe una distribución no equitativa tanto de los bienes como de las oportunidades. Por lo tanto, si Dios te ha asignado los bienes de este mundo y no los compartes con los demás, no es solo tacañería: es injusticia”. Oremos para que Dios nos ayude a ser generosos y solidarios.

El apóstol Pablo dijo que “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). La verdadera riqueza está en Cristo. Somos ricos al haber sido salvados por él. Estamos completos en él: nuestra identidad, seguridad y felicidad está en Cristo. Cualquier otra cosa es estiércol, ¡excremento!, al lado de Jesucristo y su gloriosa gracia. Arrepintámonos y adoremos.

Luis Pino Moyano.

La pena de Arauco en una reflexión histórica, sociopolítica y evangélica.

1. La mirada histórica. 

“No ha habido rey jamás que sujetase esta soberbia gente libertada,

ni extranjera nación que se jactase

de haber dado en sus términos pisada, 

ni comarcana tierra que se osase mover en contra y levantar espada: 

siempre fue exenta, indómita, temida, 

de leyes libre y de cerviz erguida”.

Así rezan las palabras de Alonso de Ercilla en “La Araucana”. Palabras bellas, que ensalzan la bravura de un pueblo y que dan sustento para que uno de los colores de nuestra bandera sea el rojo, aludiendo a la lucha de éste con el ejército del imperio español, pues como dice la canción “Mi banderita chilena” de Donato Román, quien fuese profesor de música de mi abuelo Manuel, dicho color es: “El rojo del copihue / Y de la sangre araucana”. Chile, desde la construcción del estado nacional ha ensalzado dicha mirada, pero desde un constructo idealizado, carente de sentido histórico. Tanto es así, que para el imaginario no es lo mismo decir Caupolicán, Galvarino, Lautaro, incluido el anciano sabio Colo-Colo, que decir, por ejemplo Michimalonco, que incendiara Santiago propinando una dura derrota a la hueste conquistadora, o Pelantaro que derrotara a Oñez de Loyola en la batalla de Curalaba, llamada hasta el día de hoy en algunos textos como “el desastre de Curalaba”. Claramente no se produce el mismo efecto que al nombrar a Mañil, Quilapán, Quilahuenque, Catriel, Calfulcura, Namuncura, Neculmán. Esto por dos razones: a) porque no son mencionados o recordados de la misma manera que quienes lucharon contra la hueste española; y b) porque su lucha fue, precisamente, contra el estado nacional chileno. O sea, el mapuche alabado y exaltado en su bravura no es aquel que se alza contra el proyecto civilizatorio y de construcción nacional que ocupó gran parte del siglo XIX. 

Y es aquí donde se debe señalar que es impropio hablar de conflicto mapuche y,  mucho más impropio, resulta hacer creer al mundo por cuánto medio es posible que este conflicto tiene más de 500 años. El pueblo mapuche logró controlar el avance del ejército del imperio español de la misma manera en que lo hizo con antelación con la avanzada incaica entre 1450 y 1480. Pero no sólo mantuvieron la línea de frontera en el río Bío-Bío, defendiéndose y atacando al ejército enemigo, sino que tuvieron la capacidad de parlamentar con los españoles, quienes a su vez le reconocieron como interlocutor válido, sobre todo de la mano con el llamado “Derecho Indiano” que reconocía al mapuche y a todos los indios de nuestra América como sujetos de derecho, en tanto se reconoció en ellos la imago Dei. 

Sé que es pesado para nuestra conciencia pero es demasiado importante señalar que el conflicto con el pueblo mapuche es reciente en términos históricos, y los españoles nada tienen que ver con él, sino que es un conflicto propiciado por el estado nacional chileno, que no reconoció el derecho a la tierra de nuestros antepasados, “los naturales del país” como se les llamaba, invadiendo su territorio y ocupándolo soberanamente a nombre de la nación. El nombre para dicha ocupación militar fue “Pacificación de la Araucanía” y fue llevada a cabo por el ejército chileno entre 1860 y 1884, con un breve intervalo producto de la Guerra del Pacífico. Esa ocupación se dio a sangre y fuego, y el pueblo mapuche fue expoliado, expulsado de sus territorios y obligado a instalarse en los valles cordilleranos. Este proceso tiene su símil en la “Campaña del Desierto” de nuestro país vecino Argentino, que barrió de manera similar con el pueblo mapuche allende los Andes, que ocupaba la Pampa. El Wallmapu no tenía la Cordillera como frontera sino como punto de contacto. La metáfora del desierto vale la pena ser reconocida acá, pues se entendió dicho territorio como uno que no estaba ocupado, pero que sí lo estaba. El tema radica en que estaba ocupado por “subhumanos”, a quienes no se les reconocía más que en su condición de barbarie. No por nada muchos mapuches y otros indígenas fueron llevados a Europa para ser exhibidos en zoológicos. 

La bandera de las mal llamadas “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña del Desierto” no era la de Chile ni la de Argentina, sino la bandera de la civilización occidental, que entendía a Europa como el modelo a seguir. La ocupación militar fue acompañada de los ingentes esfuerzos de los estados nacionales latinoamericanos para solicitar a europeos que migraran a nuestras tierras y “colonizaran” con subsidio y apoyo estatal dichos territorios y trajeran consigo la anhelada civilización. No hay que olvidar que todo esto fue sostenido sobre todo por los sectores liberales, amparados en el discurso científico positivista y en la moda teórica del darwinismo social. Eso pone en la palestra que en el tema de la migración el problema no radica en la condición de extranjería de ciertos sujetos que vienen a nuestro país a buscar mejores oportunidades u horizontes, sino en la pobreza o riqueza o en el color de piel de los mismos. 

El pueblo mapuche, desde 1884 y hasta el inicio de la década de los ochenta del siglo pasado, no se alzó militarmente, sino que vivió un proceso de chilenización en el que muchos de ellos ocultaron su condición de mapuches. Si bien es cierto, algunos buscaron insertarse en el sistema, integrándose a los partidos políticos y movimientos sociales, y otros lucharon por conservar elementos de su cultura, nada de ello generó mejoras en su condición de vida. De hecho, las alternativas que desde los lentes actuales podríamos llamar como “progresistas” entendían al mapuche como “campesino”, integrándole o, mejor dicho, cooptándole con dicha nominación. “Palo y bizcocho”, dependiendo de quién gobierne, son dos caras de la moneda de la dominación. Muchos mapuches han sido cooptados por distintos gobiernos a punta de mínimos beneficios, en nada comparables con sus derechos reclamados. Por ejemplo, la dictadura propició medidas contrarias a la Reforma Agraria iniciada por Jorge Alessandri, fortalecida por Eduardo Frei y solidificada por Salvador Allende, poniendo dichos territorios en manos, especialmente de empresas forestales, las que no se han cansado de destruir el bosque nativo sin pensar en la posteridad. Esto fue afianzado por la Concertación y sus políticas insuficientes del llamado “Nuevo Trato”, y conservado por los gobiernos posteriores, quizá con ciertas luces que terminaron empañándose, en el quehacer de Francisco Huenchumilla como intendente y de Alfredo Moreno como ministro de desarrollo social en el recientemente dejado de lado “Plan Araucanía”. 

Una buena síntesis de lo dicho se encuentra en el canto de Violeta Parra:

“Arauco tiene una pena

Más negra que su chamal

Ya no son los españoles

Los que les hacen llorar

Hoy son los propios chilenos

Los que les quitan su pan

Levántate, Pailahuán”. 

2. La mirada sociopolítica. 

“Los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación. En virtud de ese derecho determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.

Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho a la libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobierno en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de medios para financiar sus funciones autónomas”.

La cita forma parte de la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas”, aprobada en septiembre de 2007, en sus artículos 3 y 4. Esta es una vara de medida para evaluar la situación del pueblo mapuche y su relación con la política en el país. Y lo primero que debiésemos decir acá es que la reclamación histórica del pueblo mapuche por el Wallmapu no es antojadiza, porque no sólo tiene que ver con el reconocimiento de un territorio del que fueron despojados forzosamente, sino también en aquello que tiene que ver con su identidad que excede los límites de lo chileno. En lo posible este proceso constituyente actual debiese derivar en el reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, haciendo de Chile un estado plurinacional, y que esta definición política sea acompañada de un real proceso de descentralización que tienda a la libre determinación en lo económico, social y cultural. Pero ese discurso descentralizador, por herencia portaliana, siempre ha sido temido y trastocado por las élites en el bloque del poder. 

Desde la década de los ochenta en adelante, se ha visto con fuerza esta reclamación por parte de sectores dentro del pueblo mapuche, expresadas en distintas organizaciones, que van desde la lucha política dentro del cauce democrático, como de alternativas que ponen en cuestión el status quo, y proponen la lucha armada como mecanismo de reivindicación. Y aquí sé que entro en un tema complejo y muy puntilloso, sobre todo, desde mi acervo evangélico. Pero en el ánimo de una hermenéutica empática, que busca comprender los procesos, debo señalar que las violencias sociales tienen distintos mecanismos de desarrollo y expresión, por lo que no se puede hacer análisis de la realidad de la violencia en La Araucanía si no se diferencia entre violencia estructural y violencia reactiva o proyectiva. 

A la luz de lo señalado en el ítem anterior, hemos visto cómo el estado nacional chileno desde 1884, y de ahí en adelante, con ciertos paréntesis de paz a la manera de tabú, ha operado con toda la fuerza que le es posible para contener y reprimir cualquier tipo de alzamiento mapuche, desde la protesta a otras acciones más radicalizadas, dentro de las cuales algunas de ellas pueden ser calificadas de delictuales. Pero dichos presuntos delitos deben ser juzgados según el debido proceso, eliminando arbitrariedades y prejuicios. Pero, ¿qué hemos visto? Ocupando una vez más la cara metáfora de Portales, el “bizcocho” ha sido menos ocupado que el “palo”. La Araucanía ha sido militarizada y a los weichafes que incurren en actos violentos se les ha aplicado la “Ley Antiterrorista”, residuo legal de la dictadura militar chilena. Ningún acto de violencia justifica el horror en la aplicación de una aparente legalidad. Todo acto de violencia debe ser sancionado de manera equitativa al daño causado. En el caso del conflicto con el pueblo mapuche el estado nacional chileno, y en particular su fuerza de orden, no ha ocupado el monopolio de la fuerza para la conservación del bienestar de toda la población, sino como se puede constatar en la historia del país ha mantenido la tradición dolorosa de “palomear rotos”, como se decía antaño. Lo que ha sido acompañado de procesos judiciales en los que la aplicación de la ley antiterrorista ha sido acompañada de juicios dobles por juzgados civiles y militares, el uso arbitrario de la detención preventiva y el uso de testigos sin rostro bajo el mecanismo de delación compensada. Entonces, cuando el actual ministro del Interior, Víctor Pérez, dice que en Chile no hay presos políticos, eso podría ser a lo menos problematizado. ¿En qué ayuda al consenso social una declaración apresurada a modo de cuña de prensa? 

Esa arbitrariedad se vio en el proceso que derivó en la muerte de Camilo Catrillanca. Se dijo tanto acerca de él. Primero fue acusado de un robo, que luego habría escapado en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera. Luego se señaló que las pruebas del accionar policial habían sido inutilizadas y que, por ende, no existían. Todas las mentiras fueron cayendo una a una. Y pudimos constatar en base a pruebas que hubo doce balazos policiales, desprolijidad en el trato a un sujeto agonizante, humillación y maltrato de un menor de edad. En definitiva un montaje burdo, la corrupción en todas sus letras en pos de la derrota del enemigo interno, de múltiples caras en nuestra historia republicana. Mantener la ingenuidad después de esto, no sólo es falta de sofisticación en el análisis, sino miopía. 

El artículo 2 de la citada declaración de las Naciones Unidas, dice: “Los pueblos y los individuos indígenas son libres e iguales a todos los demás pueblos y personas y tienen derecho a no ser objeto de ningún tipo de discriminación en el ejercicio de sus derechos, en particular la fundada en su origen o identidad indígenas”. Y aquí nos adentramos a un problema de suyo relevante para nuestra forma de entendernos como seres humanos y que tiene con ver con el racismo. ¿Somos racistas los chilenos? Sólo un ejemplo que muestra dicha forma de actuar: en el primer campeonato sudaméricano, efectuado en 1916, Chile fue derrotado por la selección uruguaya en un resultado inapelable, por cuatro goles a cero. Los dirigentes del fútbol chileno solicitaron la anulación del partido porque Uruguay habría alineado con “dos jugadores africanos”, Isabelino Gradín (autor de dos goles) y Juan Delgado, descendientes de esclavos y que con todo derecho eran uruguayos. La selección charrúa era a la sazón la única que dentro de su formación contaba con jugadores negros. Chile es una sociedad clasista, y ese clasismo no está dado por el acceso a los recursos económicos, la producción y el consumo, sino por cuestiones que tienen que ver, por ripio colonial, con lo pigmentocrático. “El que no salta es mapuche”, gritado por un grupo que no tuvo miedo de sacar del tabú sus ideas en el espacio público, en medio de un toque de queda por la situación sanitaria, es sólo un síntoma de ese complejo de blanquitud que portamos por deformación social. Ese desprecio antimapuche no ayuda en nada al encuentro que puje por una salida pacífica de esta situación. Pero por sobre todas las cosas, no permitirá el encuentro con otros seres humanos. 

3. La mirada evangélica. 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18,19). 

Las palabras leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret son sumamente relevantes. La proclamación de las buenas nuevas incluye acciones que tienen que ver con la libertad y el bienestar de quienes han sido desharrapados de la historia y se encuentran en situación de vulnerabilidad. Como artesanos de la paz es parte de nuestro trabajo contribuir a ella, con una mirada que incluya la misericordia y la justicia, no olvidando que “El que oprime al pobre ofende a su creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). Todo ello, implica no sólo una declaración doctrinal, sino tareas que tenemos por delante:

· Quienes somos creyentes cristianos debemos informarnos adecuadamente, leer libros de historia e investigación periodística, escuchar testimonios de las partes en conflicto, no lanzar al voleo juicios apresurados, so pena de incumplir el noveno mandamiento. 

· Debemos orar. Orar mucho. Orar por el pueblo mapuche, por sus distintos actores.  Orar por los habitantes de la región de La Araucanía. Orar también por las autoridades políticas del país. Orar por las fuerzas de orden que están desplegadas en la zona. Orar por quienes han ejecutado acciones racistas. Nuestra oración tiene que ser hecha de acuerdo a lo enseñado en el Padrenuestro, pidiendo que el Reino de Dios venga y se haga su voluntad en la tierra. Orar para que Dios sane los corazones, deponga las violencias de cada cual, transforme la mente 

· Levantar la voz en forma crítica respecto de la violencia, sea aquella que ha sido realizada por organizaciones mapuches que propenden al uso de la fuerza como motor de transformación, como aquella emanada de las fuerzas del estado. Quienes somos evangélicos debemos repudiar con igual fuerza los asesinatos de Werner Luchsinger y Vivianne McKay, como los de Basilio Coñonao, Julio Huentecura, Xenón Díaz, Juan Collihuín, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, José Toro, Camilo Catrillanca, entre otros. Quienes somos creyentes entendemos la violencia como fruto de la caída, como consecuencia de pecados sociales e individuales y creemos que ella no es el medio eficaz para la construcción de una sociedad justa. Comprender los fenómenos de violencia desde la historia y las ciencias sociales, y por supuesto, desde la política, no puede implicar jamás su justificación. El Señor de la siembra y la cosecha es el Dios Todopoderoso y no nosotros. Nuestra alternativa es aquella que propugna la paz activa. No olvidemos que nuestro entendimiento del amor implica creer que éste “No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta” (1ª Corintios 13:5-7). Amor y justicia en la gracia revelada de Cristo son indisociables.

· En una mirada que no discrimina y se ampara en actitudes segregadoras, clasistas y racistas, no debemos olvidar que una gran cantidad de mapuches son evangélicos (algunos hablan de un 35% de dicha población). Debemos orar para que el Dios que está en misión siga usándoles para la extensión de su Reino por la proclamación del evangelio y todas aquellas tareas que contribuyan a la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu. Debemos colaborar en la construcción de templos, o en la reconstrucción de aquellos que han sido vandalizados en acciones de violencia. 

· Es muy pertinente que las comunidades evangélicas contribuyan al diálogo entre mapuches y chilenos, creyentes o no, generando espacios, facilitando sus dependencias para ello e, inclusive, colaborar en las tareas de mediación. Más allá de si algunos integrantes de la comunidad mapuche suscriben cosmovisiones religiosas distintas a la nuestra (panteísmo o animismo, o cierta fe ecléctica), como ideas políticas contrapuestas a las nuestras según el variado espectro político del país, pues claro está, que ser mapuche no es sinónimo de ser de izquierdas. ´Lo que se debe aprovechar es la larga tradición a parlamentar que ha tenido este pueblo en su historia. 

· Principalmente, no debemos olvidar que Cristo es Señor sobre todo y que nuestra cosmovisión tiene que leer todo lo que acontece a nuestro alrededor con los lentes de la Palabra de Dios. Eso nos dotará de un marco no sólo respecto de lo que creemos, sino también de lo que hacemos. No debemos olvidar que desde nuestra cosmovisión entendemos que el ser humano porta la imagen de Dios y que, aunque el pecado ha atrofiado la misma, todo hombre y mujer debe ser tratado con respeto y dignidad, sea cual sea su origen étnico. 

Con todo esto, me permito terminar esta reflexión que integra tres miradas, con las palabras del pastor Martin Niemöeller, de la Iglesia Confesante, en su sermón en la semana santa de 1946. Él señaló:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, 

guardé silencio, 

porque yo no era comunista, 

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, 

guardé silencio, 

porque yo no era socialdemócrata, 

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, 

no protesté, 

porque yo no era sindicalista, 

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, 

no protesté, 

porque yo no era judío, 

Cuando vinieron a buscarme, 

no había nadie más que pudiera protestar”. 

En ese sentido, la protesta que como protestantes debemos realizar en el marco de las justas demandas expresadas por actores mapuches, debe darse desde la cobeligerancia, reconociendo las ideas que forman parte de la antítesis con el cristianismo, pero acentuando los puntos de contacto, sobre todo en aquello que tiene que ver con la justicia y la paz. Me preocupa sobremanera que por no estar de acuerdo con cuestiones de fondo y forma, que insisto deben ser ponderadas, juzgadas, criticadas y repudiadas según sea el caso, guardemos silencio respecto a cuestiones que son relevantes en el trato digno a otros seres humanos. 

Que no nos ocurra que por no protestar cuando vienen a llevarse a los mapuches, cuando quizá nos toque a nosotros, nadie pueda hacerlo por nuestra causa. 

Luis Pino Moyano. 

Ciclo de estudios sobre Juan Calvino.

Este tiempo de cuarentena, ha hecho que nos refugiemos y que nos perdamos instancias presenciales de conversación y aprendizaje. Pero dicha situación no obsta para que aprovechemos las herramientas que están a nuestro alcance y podamos compartir talleres, cursos, conversatorios desde distintas plataformas virtuales. Es así, que hace poco más de un mes tomé la iniciativa de hacer unas transmisiones por medio de Facebook Live, sobre la vida y obra del teólogo francés y reformador en Ginebra, Juan Calvino. Así fue que durante cuatro lunes, a las 5 de la tarde, nos acompañamos virtualmente conversando sobre esta temática.

La parcelación del ciclo de estudios fue así:

22 de junio: Contexto histórico de la Reforma Protestante.
29 de junio: Biografía de Juan Calvino.
6 de julio: Producción teológica de Juan Calvino.
13 de julio: Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

La idea de las exposiciones era acercar a Juan Calvino a creyentes y no, a calvinistas y a quienes no lo son, y sobre todo a personas que les entusiasma aprender de historia de la iglesia. De hecho, hubo excelentes preguntas y opiniones en cada una de las emisiones. Si abre preguntas y motivaciones a estudiar más, se habrá cumplido el objetivo.

A continuación, comparto los vídeos de cada una de las exposiciones, para que puedan verlas cuando estimen conveniente, esperando que sean un aporte para sus conocimiento.

No fueron $30, tampoco se trata de un 10%. ¿Una vez más no lo vieron venir?

“Me sorprende la generosidad que hay para abrir la billetera, completamente abierta, para ir en ayuda de grandes empresas y que no esté la misma lógica o disposición a estudiar fórmulas para ayudar a miles de chilenos, que hace diez años que nos vienen diciendo que están desesperados en el endeudamiento estudiantil”. No, estas palabras no son de un político del Frente Amplio o de la Nueva Mayoría o lo que queda de ella. Son las palabras de Mario Desbordes, timonel de Renovación Nacional, que es uno de los representantes de las élites políticas que mejor leyó la crisis post reventón social del octubre del año pasado, y en la actualidad ha seguido por esa misma línea. Él visibiliza la reaparición en la escena política de una derecha, que no es aquella dogmáticamente neoliberal, a la que nos malacostumbró la dictadura y los años de la transición a una democracia de baja intensidad. Desbordes  nos muestra con mucha claridad que ese chicago-gremialismo, baluarte del neoliberalismo dogmático, no entiende que cuando se debe cuidar la vida de las personas los negocios no tienen la prioridad. Y junto con ello, releva una vez más que el neoliberalismo no significa “menos estado”, pues el estado “subsidiario” chileno cuida y potencia a la banca en detrimento de la sociedad civil.

El gobierno de Chile ha mostrado una incapacidad para comprender la situación del país gigantesca. Los enormes fallos del Ministro de Educación, Raúl Figueroa, presupuestando retornos presenciales imposibles, adelantando vacaciones de invierno que lo único que hicieron fue ralentizar o, de plano, detener procesos educativos. No se entiende que la seguridad de los/as estudiantes es más importante que alcanzar a revisar ciertos contenidos, que no se aprende si no se vive y que la real aula segura es la que cuida la dignidad y la salud, sobre todo la del estudiantado. Desde la práctica del exministro de Salud, Jaime Mañalich, quien además de sus declaraciones para la galería, retrasó la cuarentena total de la Región Metropolitana hasta el 13 de mayo, cuando eso se veía venir desde marzo; sumado al fiasco de la falta de paridad en las cifras entregadas a la población y las que eran informadas a la OMS. Por otra parte, la entrega de las cajas de mercadería, que han producido un enorme movimiento de trabajadores del estado o de las municipalidades, junto con un gasto enorme en logística, cuando se pudo haber entregado dinero directamente o con gift cards canjeables en supermercados o almacenes locales, pero medidas como son más difíciles de nutrir en una performance para la foto, o la promoción en los matinales o noticiarios de los medios de comunicación de masas. Un presidente, Sebastián Piñera, que ha mostrado poca capacidad de liderazgo, y una falta de templanza, desde la foto bajo la estatua del general Baquedano en la Plaza Italia hasta la asistencia a un funeral en el que se vulneraron los protocolos establecidos por el propio gobierno. Lamentablemente, nadie le dijo ahí que guardara el papelito, para de una vez por todas dejar de comportarse como el eterno candidato, con promesas y promesas, y escasa capacidad de leer el momento, dirigir los rumbos del país, y sin dudas con ausencia de proyecto, viviendo el día a día. Una de las últimas joyitas, viene de la labia del Ministro de Hacienda, Ignacio Briones, que el domingo pasado dijera: “La verdad es que nos parece que la oposición, al instalar un tema de garantías sociales y sistemas previsionales a través de cambios en la Constitución, de alguna manera lo que está haciendo es violar ese acuerdo, romper ese acuerdo, no respetar ese acuerdo que fue definido por los principales partidos políticos”. ¿Acaso no pueden haber cambios por medio de políticas económicas y sociales antes de tener una nueva Constitución? ¿Se debe paralizar la tarea legislativa? ¿Cuando los personeros de gobierno dejarán de superarse en el plano comunicacional deficiente? “El rechazo iba como avión y creo que con la pandemia la gente verá que el problema no es la Constitución”, decía hace un tiempo la senadora Jacqueline van Rysselberghe. La semana pasada cuando se intentó frenar el proyecto de retiro del 10% de los fondos previsionales, con la argucia del quórum supramayoritario de los dos tercios de la Cámara, se muestra que parte del problema sigue siendo la Constitución, además de la bajeza política de quienes pretenden conseguir sus objetivos confundiendo a la gente. A veces pienso que sería bueno siguieran la tesis de Eugenio Tironi para la Concertación: “la mejor estrategia de comunicación es no comunicar”. Si no comunicaran, podríamos considerar, a lo menos, plausible el que digan “no lo vimos venir”. Pero el comportamiento errático ya es alevoso. 

Hoy hubo una serie de medidas gubernamentales para ayudar a la clase media, algunas bastante interesantes, pero con una cantidad de cortapisas a modo de letra chica que hace surgir, con cierta legitimidad, muchas sospechas. Además, que es del todo evidente el contexto en el que se enuncian: a un día de la aprobación en particular del proyecto de retiro del 10% de los fondos previsionales. Lo que no se ha entendido acá, es que las crisis no modifican, necesariamente, las cosas, sino que agudizan las realidades que se viven. Así como en octubre el problema no eran $30, acá tampoco se trata del 10%. Se trata de una injusticia estructural que se resume de la siguiente manera: el dinero con que se enriquecen las AFP proviene de los ahorros de los cotizantes. Cuando las alternativas se debaten entre créditos y retiro de fondos de la AFP, son las personas las que pagan el precio de la crisis. Hay otras posibilidades: real protección del empleo, condonación de deudas o postergación sin incremento de interés, bonos y/o subsidios. La invitación al endeudamiento en créditos blandos o el CAE genera tal ruido, que se nos pierden medidas interesantes, tales como, la postergación de los dividendos hipotecarios y la ampliación del subsidio de arriendo, que son medidas beneficiosas para parte de la clase media. Y soy muy franco para decir que no me gusta la alternativa de sacar el 10% de los fondos previsionales, MIS fondos en la AFP, porque la crisis la terminamos pagando los mismos de siempre, “los nadie” y, además, porque creo que la seguridad social debe implicar solidez y obligatoriedad. Pero no sólo para mañana, sino también para hoy. ¿Acaso alguien puede asegurarnos que sobreviviremos a esta pandemia, o que moriremos después de jubilarnos? Es hoy que la economía de la mayoría de la población está en detrimento. ¿Por qué estupidizan a las personas? Molesta sobremanera que crean que todos iremos a sacar nuestros fondos, o que con un maquiavelismo de poca monta, crean que con las medidas en pro de la clase media frenarán la iniciativa respecto del retiro del 10%, cuando en conjunto pueden hacer alternativas complementarias, y que pueden examinarse a la luz de lo que más pueda convenir sin tomarlas todas. O tomándolas todas. ¿Tanto miedo le tienen a la libertad y responsabilidad individual que tanto defienden desde el discurso? El discurso del miedo respecto del colapso económico luego del retiro de esos fondos, sólo hace audible el responso para un sistema que se enriquece a costa de los más y que “el Mercedes Benz” está en panne y sin repuestos.

Ojalá, quienes gobiernan tuviesen un momento de lucidez para comprender que cuando la teoría no se condice con la realidad, no es la teoría la que tiene la razón; y que cuando no se reconocen los errores y se genera un discurso victimizado respecto de un pseudopoder de la oposición, es una señal de torpeza política que no mide el efecto comunicacional que lleva a pensar que quienes están en La Moneda ya no gobiernan, que esto se acabó, y que cualquier movimiento es producto de la inercia. ¿Con esa actitud pretenden frenar el descontento que otra vez no habrían visto venir? 

Luis Pino Moyano.