El Reino de Dios, nuestra agenda y la vida.

“Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa. Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? 

¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mateo 6:25-34).

Cuando se leen estas palabras de Jesús en su sermón del monte, pero sin tener en cuenta sus otras enseñanzas, junto a las de toda la Escritura, y sobre todo mediatizados por expresiones culturales como las que nos provee el cine que nos muestra a Jesús con una larga cabellera y barba, junto con su túnica de una costura, regularmente blanca, e inclusive un poco sucio y sudoroso como nos lo presenta la reciente “Hijo de Dios”, podríamos llegar a pensar que se trata meramente de las ideas filosóficas de un soñador cercano a la cultura hippie, como si fueran las palabras de alguien que sólo invita a vivir el día. Pero en realidad esto no es así. 

Lo que hace Jesús en este texto es poner el acento en lo que realmente importa, es decir, el Reino de Dios. Esto es tan central, que Mateo habla del “reino de Dios” y no del “reino de los cielos” como continuamente lo hace en su libro, como señal de reverencia que busca no tomar el nombre de Dios en vano. Pero acá lo hace, para agudizar la enseñanza del Maestro de Galilea. Jesús no está invitando acá a la desregulación ni a la irresponsabilidad. No está diciendo nada contra los estudios, el trabajo, los tiempos con la familia y los amigos. Agendar el día a día y proyectar acciones para el futuro no son, necesariamente, acciones contrarias al Reino de Dios. El Reino de Dios, tampoco tiene que ver sólo con aquello que nos parece “sagrado” versus lo que, habitualmente, se ve como profano. El Reino de Dios es total, porque el señorío de Jesucristo es universal. Y en el caso de este texto en particular, se aplica en la justicia del Rey que adoramos: justicia que se transforma en experiencia real en una vida que se entrega de manera total a Dios y en el no amoldarse a la cultura imperante (Romanos 12:1,2); en la alabanza al Señor vivo y verdadero y en el compartir con los demás lo necesario (Hebreos 13:15,16). Esa justicia hace patente la paz y la alegría que debe extenderse de la iglesia al mundo. Cuando Jesús plantea que la prioridad de la vida, de nuestras vidas, la debe tener el Reino de Dios nos está señalando principios que cotidianamente debemos aterrizar a nuestra existencia: 

a) Que la provisión y el cuidado de nuestra vida y de quienes nos rodean no vienen de nuestro esfuerzo sino del Dios de la vida, que produce en nosotros fuerza, entendimiento, capacidades, todo eso como dones de Él, para su gloria y el bienestar de nuestro prójimo; 

b) Que cuando centramos nuestros corazones en Dios, nos podemos deleitar en su cuidado que se traduce en verdadera paz, dejando de lado el afán que agobia y autodestruye. 

¿Por qué sustituir, entonces, el Reino de Dios por las cosas materiales, por los proyectos individuales, por los anhelos de ascenso social y profesional? ¿Por qué convertir tus estudios y trabajo, tus tiempos de familia y con amigos, en excusa para servir a Dios en la iglesia y en el mundo? ¿Por qué convertir las “añadiduras”, que son bendición de Dios, ya que sin Él no las tendríamos, en excusa para estar activos en la misión a la que Dios nos ha incorporado sólo por gracia? ¿Cuándo el Reino de Dios dejó de ser como el tesoro escondido y como una perla de gran precio por el cual existe deleite en trabajar hasta el cansancio gozoso (Mateo 13:44-46)? Cada vez que nosotros centramos nuestra vida en cosas materiales y proyectos individuales terminaremos chocando indefectiblemente contra el fracaso autodestructivo, porque sólo Cristo puede dar sentido a nuestra vida, alegría sin igual, esperanza que es certera. Las “añadiduras” por sí solas, disociadas de Dios, son vanidad, tal y como el predicador del Eclesiastés nos dirá acerca de la alta estima social, las riquezas, la juventud y la adolescencia, y respecto de todo lo que hay debajo del sol y sobre la tierra. Todo eso se destruye, perece o se acaba. ¿Te fijas en lo dañino que es sustituir al único Dios verdadero por cuestiones que sin Él no tienen sentido ni durabilidad?

¿Estás dispuesto a hacer tuyas estas palabras de Pablo, en su despedida a los presbíteros de Éfeso, antes de emprender su viaje final, aquél que le llevó al martirio: “considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24, NVI). 

Oración: Amado Señor, te doy muchas gracias por todas las añadiduras que me das, ya sean relacionadas con el estudio y el trabajo, o con fuerzas y capacidades, o con la necesaria provisión para el hogar. ¡Todo lo que tenemos es tuyo! Por lo mismo, te pido perdón por todas aquellas veces que esas añadiduras se han convertido en la única realidad de nuestra existencia, reemplazándote con ellas a ti, el único que nos da vida, paz y esperanza. Que tu Espíritu nos capacite para mirarte sólo a ti y entender que nuestra vida carece de valor al lado del Reino de Dios y su justicia. Haznos ser instrumentos de ese Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Por Jesús, nuestro redentor, amén.

Luis Pino Moyano.

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Jesús, el misionero.

“Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, y enseñaba en las sinagogas de ellos, predicaba el evangelio del reino y sanaba toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Al ver las multitudes, Jesús tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: ‘Ciertamente, es mucha la mies, pero son pocos los segadores. Por tanto, pidan al Señor de la mies que envíe segadores a cosechar la mies’” (Mateo 9:35-38, RVC).

Jesús es el cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Testamento, es el actor clave en la historia de la Redención. Es quien no sólo cumple la misión de anunciar la gloria de Dios en el mundo, sino que hace, con el poder transformador de su evangelio, “nuevas todas las cosas”, restaurando el mundo caído y haciendo que muchos hombres y mujeres en todo el mundo, de todas las familias de la tierra, adoren al Dios Todopoderoso y trabajen para su Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. Desde este punto de vista, es necesario señalar que la misión de Jesús es encarnacional. Juan 1:14 declara con fuerza: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Es decir, en un determinado momento de la historia, y en un muy particular espacio geográfico, el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, vino a este mundo. El texto presenta la idea, en su idioma original, que Cristo “tabernaculizó” entre nosotros. En Cristo, tenemos a Dios presente en el mundo. Él es el Emanuel, Dios con nosotros. 

A la luz del relato bíblico, Cristo, teniendo toda la alabanza en el cielo, se humilló, se hizo pobre (no teniendo siquiera dónde recostar su cabeza), y además de eso pagó el precio de nuestra salvación. 2ª Corintios 5:21 nos dice una verdad radical respecto de Jesús: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Pero a Jesús, y eso estaba en el plan perfecto de Dios, ni la tumba lo pudo retener. Él resucitó venciendo la muerte. La misión encarnacional de Cristo se hace patente, entonces, en su vida, muerte y resurrección, y en cada una de esas etapas, Cristo es vencedor. Como diría John Stott: “el Hijo no se quedó en la segura humanidad de su cielo, remotamente lejano del pecado y la tragedia humanos. El ingresó efectivamente en nuestro mundo. Se vació a sí mismo de su gloria y se humilló para servir” (El cristiano contemporáneo). He aquí la base teológica y escritural de estas palabras.

El texto bíblico que hemos citado al comienzo de esta reflexión sirve como un breve y consistente resumen de las actividades de Jesús descritas en los capítulos 5 al 9 del evangelio de Mateo. Jesús había presentado el Reino de Dios con palabras y acciones, a tal nivel que su primer gran sermón fue corroborado por milagros que señalaban su poder (un ciclo de diez milagros). La fama de Jesús se ha ido extendiendo, por lo cual gente con muchas necesidades se acercó a él. Luego, en el capítulo 10, Jesús llamará a sus apóstoles, los cuales serán enviados como pastores de un rebaño y como agricultores que trabajan en el momento de la cosecha (obreros, no gerentes). En ese sentido, el texto de Mateo 9:35-38 funciona como un intermedio o puente de la narración histórica que está presentando Mateo y el sermón sobre la misión del capítulo 10.

La propuesta de la reflexión de este post es que Jesús, el misionero por excelencia, nos invita con su vida a considerar los siguientes elementos fundamentales de la misión.

Las tareas de la misión. 

Por mucho tiempo, un sector muy vasto del cristianismo ha tenido un concepto reducido de la misión, pensando que ésta sólo consiste en la predicación del evangelio, la que incluso, sólo afectaría un área de la vida: la espiritual. Es así, que la fe no es aterrizada respecto del cuerpo y de las necesidades concretas de las personas que nos rodean, como también de nosotros mismos. Jesús, nos enseña acá, con su vida y palabras, que la misión no sólo tiene que ver con “lo espiritual”, sino con toda la realidad del ser humano. Por otro lado, muchos cristianos piensan que misión, tiene que ver con ir a lugares donde hay personas que no han sido alcanzadas por la predicación del evangelio, y por lo tanto, como una tarea que sólo algunos “profesionales” realizan: pastores, plantadores de iglesias, misioneros. La misión es de Dios, e incluye a los creyentes, a cada creyente, por pura gracia convocándoles a la tarea de predicar el evangelio a todo el género humano, y a extender con sus vidas y trabajo el Reino de Dios en cada esfera de la vida.

El texto bíblico reporta la necesidad del movimiento, al señalar a Jesús recorriendo ciudades y aldeas. La palabra en su idioma original refiere a una actividad continua. La misión, entonces, no se desarrolla desde un escritorio, sino en el camino. Jesús es alguien que trabaja, y duramente, por el Reino de Dios. La tranquilidad produce incomodidad en él. Esto nos enseña un principio: la comodidad produce aletargamiento. La iglesia no debe estar entre cuatro paredes, sino recorriendo su ciudad, conociendo a las personas, relacionándose con ellas. La misión está donde tú estás… no es un evento, es la vida. El lugar en el que habitas cotidianamente es tu campo de misión, sea en Chile o en otro lugar del mundo. 

Es muy interesante lo que hace Mateo con su relato que nos lleva a decir que el Señorío de Cristo es total, y por ende, la misión involucra la totalidad de las cosas. Esto lo hace al diferenciar entre ejes de la misión que Jesús está llevando a cabo, y que dan cuenta de la integralidad de la vida de los seres humanos.

  • Enseñar. La palabra ocupada en el griego, es la que da origen a la palabra didáctica. Enseñar se refiere a impartir una información más detallada acerca del anuncio hecho. Jesús no sólo anuncia, sino que explica. La capacitación de los creyentes no es opcional, es algo fundamental para la vida. No desvalorices las actividades que tu iglesia provee para tu entrenamiento espiritual. 
  • Predicar el evangelio del Reino. Si bien es cierto, la predicación tiene una dimensión de enseñanza, su finalidad es otra: la proclamación y anuncio de la verdad. En este caso, lo que se predica es el evangelio del Reino. El evangelio son las Buenas noticias que nos presentan la verdad que nos dice que Dios nos ha regalado salvación por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es nuestro sagrado deber. Y para eso ya tienes lo prioritario, que no son métodos, sino tu vida salvada. Por su parte, los cuatro evangelios hablan del Reino de Dios, pero Mateo lo hace con un énfasis especial. Ocupa el concepto de “reino de los cielos” para mantener la reserva judía de pronunciar indebidamente el nombre del Señor. Esta expresión, en palabras de William Hendriksen, reporta cuatro ideas fundamentales: “las expresiones ‘el reino de los cielos’, ‘el reino de Dios’, o simplemente ‘el reino’ (cuando el contexto deja en claro que se quiere decir ‘el reino de los cielos o de Dios’) [1] indican el reinado de Dios, su gobierno o soberanía, reconocido en los corazones [2] y que opera en la vida de su pueblo, efectuando la completa salvación de ellos, [3] su constitución como una iglesia, y finalmente [4] como un universo redimido” (Comentario a San Mateo). Estos cuatro elementos están relacionados entre sí, y se manifiestan en la lógica del “ya, pero todavía no” que espera la consumación de todas las cosas por Cristo. Lo relevante, es que todo está subordinado a la gloria de Dios. Es demasiado relevante que la enseñanza y la predicación se hacía en la sinagoga, en el lugar de los otros, y no en el lugar propio. El evangelio nos saca de la comodidad de nuestros templos para ir al lugar de los demás.
  • Sanidad. Esta idea nos muestra que el Reino de Dios se había acercado en la persona de Jesucristo. Los milagros señalan el poder transformador de Cristo: quien tiene poder de modificar la naturaleza o lo material, puede transformar el ser y perdonar pecados. Otra cosa fundamental, es que Cristo sanó a todo tipo de personas: judíos y gentiles, ricos o pobres, mostrando preocupación por las necesidades integrales de las personas según la realidad que atravesaban. Y un detalle, la palabra griega, es la que da origen a la palabra “terapia”, que alude también a un concepto más amplio que curar una enfermedad. Por eso se habla también de dolor. Cristo tiene el poder para curar tus enfermedades y dolores. Él mismo lo señaló: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:5).

El corazón de la misión.

Jesús no sólo tuvo preocupación por sus discípulos, con quienes compartió la comunidad por casi tres años, sino por todas las personas. Las multitudes a las cuales nos acerca Jesús, dan cuenta que nuestra preocupación tiene que pensar en todos los seres humanos. Pero dicha preocupación no sirve de nada, si alguien no tiene amor. Pablo lo dice explícitamente: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1ª Corintios 13:3). Cristo, literalmente, “se conmovió desde las entrañas”. La universalidad del mensaje no es abstracta, a todo el mundo, como si miráramos un mapa o un programa formal de acción. Es concreta y muy real porque el Señor se acerca a personas de carne y hueso que están abatidas. 

Aquí está también la urgencia de la misión: Jesús tuvo compasión de quienes sufren el abuso, el abandono y el agotamiento, por quienes no tienen esperanza, y que carecen de guía y acompañamiento que les eduque y proteja según sea necesario. No hay misión sin misericordia. No hay cristianismo sin amor al prójimo. No hay fe sin obras. Como dijo Samuel Escobar: “La misión también incluye la compasión como resultado de la profunda preocupación por las multitudes y sus necesidades. No es ni un brote de emoción sentimental ni una opción académica por los pobres, sino la realización de acciones de servicio concretas e intencionales con el fin de alimentar a la multitud con pan para la vida, además de compartir el Pan de vida” (Cómo comprender la misión).

Jesús ve a las personas como “ovejas sin pastor”. La imagen de las ovejas que tienen pastor o que carecen de él, es recurrente en el Antiguo Testamento y es apropiada por los apóstoles para referir a Jesús. Los rabinos y los líderes religiosos de la época dañaban a las personas poniéndoles más carga que la que pueden llevar.  ¿Cómo miramos nosotros a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. 

Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar, de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

El llamado de la misión.

Una de las consideraciones que debiésemos tener es que el trabajo es mucho. La mies apela al tema de la evangelización, más que cualquiera otra de las tareas. Pero en todas ellas se requieren manos. Mi amigo y pastor Vladimir Pacheco me enseñó hace algunos años que “quien no trabaja, da trabajo”. Y es demasiado real. Si tú no trabajas, terminas haciendo que otros realicen la labor que a ti te tocaba, por lo que hay muchas personas que se terminan desgastando en las tareas del Reino porque no sólo hacen su labor, sino que hacen la de otros que no se comprometen por la iglesia de Cristo. Piensa en lo ofensivo de expresiones tales como: “-es que yo trabajo”, a modo de excusa para no participar de las labores de la comunidad. Hoy debes sentirte incómodo si no estás haciendo nada, o haciendo poco. ¡Hoy debemos arrepentirnos!

Al cerrar el texto, notamos que la oración es la que pone la agenda. Y como en todo orden de cosas, la oración nos obliga. Ante Dios en oración nos presentamos como súbditos ante el soberano del universo. Y allí decimos cosas que a veces nos cuesta aterrizar en la vida. Por lo mismo, debemos considerar que ella funciona no sólo como comunicación con Dios, sino como lineamiento para la acción. Oración y trabajo siempre van de la mano. 

Debemos orar por los trabajadores del Reino de Dios, porque nadie desarrollará nada sin que Dios lo llame y lo prepare para llevar a cabo su labor. Es el Señor quien regala sus dones y levanta ministros para trabajar en su Reino y edificar la iglesia. Y como suele ocurrir en la historia bíblica, el Señor envía a los mismos que oraron, como se señala en el siguiente capítulo respecto del llamado a los doce apóstoles. 

Para la reflexión final:

  • Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús poco le importa eso. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo
  • Este texto nos ha mostrado con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista el cielo y la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto la iglesia le debe servir y amar en todo.
  • ¿Entiendes tú que faltan obreros en la viña del Señor, y que tú puedes ser uno de ellos? ¿Sientes compasión por las personas que necesitan del buen pastor para ser amadas y cuidadas de verdad? ¿Reconoces que el ministerio de Jesús buscaba predicar y enseñar, junto con sanar “toda enfermedad y dolencia del pueblo”? ¿Te preocupa predicar y vivir un evangelio que se preocupe por las personas integralmente? Aterrizando aún más esto, ¿qué estás dispuesto hacer frente a esta buena nueva desde hoy? ¿Qué te comprometes a practicar para predicar y servir a otros? ¡Dios nos libre de sentarnos en la comodidad y la indiferencia! ¡Dios nos ayude para gastarnos para él, pensando en que lo más importante es el Reino de Dios y no nuestras agendas limitadas!

Luis Pino Moyano.

* El texto convierte en artículo el bosquejo de una predicación homónima realizada en el Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Anuncia su gloria”, expuesta el domingo 20 de enero de 2019, en La Granja Presbiteriana de El Tabo. 

Jani Dueñas, el envejecimiento y la incapacidad de escuchar.

Siendo muy honesto, lo que más esperaba del Festival de Viña eran las presentaciones de Stand Up de Felipe Avello y de Jani Dueñas. Creo que son los mejores representantes de ese género, y lo sigo sosteniendo. A pesar de lo que ocurrió hace un rato atrás. Jani Dueñas no hizo una buena elección de su rutina, por el tipo de escenario y el tipo de público. La introducción donde se presentó fue muy larga, y cuando dijo que era una voz de 31 minutos, faltó un guiño más claro a Patana, cosa que podría haberle ayudado.

Pero hay otros hechos que no deben ser soslayados:

1) A mi juicio, lo más relevante del stand up es que es una representación, no una sesión de “cuenta chistes”, por lo que lo importante es la historia global que se cuenta y no los remates al final de pequeñas historias;

2) La historia que Jani Dueñas obedecía al relato del envejecimiento y lo difícil que es ser mujer en nuestra sociedad y más aún “vieja”;

3) Una clave del stand up es que debe ser escuchado y aquí no hubo escucha, sino pifias y gritos que faltan el respeto al trabajo de una de las dos artistas chilenas que se presentan en este escenario; evidentemente, los nervios la terminaron conteniendo y haciendo poco agradable su permanencia en el escenario, con la dosis de morbo que esto genera;

4) Las comparaciones no pueden ser hechas, por ejemplo, con la presentación de anoche de Dino Gordillo y sus “chistes repetidos que causan risa igual”, sino con otras presentaciones: en mi opinión, la última rutina festivalera de Coco Legrand es un buen ejemplo de lo señalado, pues no causó la misma hilaridad de ocasiones anteriores, pero presentó un espectáculo contundente. Aquí no hubo contundencia, porque no hubo desarrollo y no hubo desarrollo porque no hubo escucha.

5) Las opciones sociales y políticas de un/a artista no deben ser una pared que nos impida escuchar. La evaluación del arte mide la correspodencia entre cosmovisión del artista y su discurso, y no sólo la lectura desde mi propia cosmovisión.

6) El tema del envejecimiento, que por lo visto hoy en el escenario de Viña no prende, es sumamente relevante de ser tenido en cuenta. Los viejos en Chile no viven la alegría que la palabra “jubilación” enuncia. Como diría mi bisabuela Francisca Rivera, “la vejez es sola, fea y hedionda”. Debemos pujar para que esa no siga siendo la realidad. Lo seguirá siendo si imponemos un tabú.

No deseo finalizar sin decir algo sobre el envejecimiento en la lógica de Facebook. Antes de que comenzara la presentación de Jani Dueñas repliqué en dicha red social una expresión de buenos deseos que había publicado en Twitter. En medio de la rutina, varias personas no sólo comentaron la rutina, desde sus diversos prismas -cosa que me parece respetable-, sino también se burlaron de lo que yo planteé. Esa vejez del corazón es tan lamentable como la representación trunca de Jani Dueñas. Y también surge de la incapacidad de escuchar o leer lo que se dice. 

Luis Pino Moyano.

Venezuela y la eliminación de lo “políticamente correcto”.

Hace varios días los acontecimientos de la Venezuela actual se han tomado los noticieros y las discusiones políticas. Desde ese plano, es sumamente lamentable que las opiniones surjan con tanta premura y nos lleven a pensar en “blanco y negro”, olvidando los matices de una amplia gama de colores que son constatables en la realidad. Sobre todo, porque la situación venezolana más que certezas hace levantar preguntas. Las certezas gruesas y concretas de los hechos sociales sólo pueden venir desde una matriz ideológica que obstaculiza nuestro acercamiento a la realidad. Y no estoy diciendo nada contra las presuposiciones, sino que éstas deben ser evaluadas constantemente, sobre todo cuando se convierten en sentido común. El sentido común, puede llegar a ser paralizante y construye conocimientos que no son susceptibles a la crítica, porque cualquier prisma, fisura o ruptura teórica es funcional a la ideología del otro. Y, aún más, desde un perfil religioso, se trata de la sacralización de la idea, la cual debe ser obedecida y seguida radicalmente, so pena que se imponga la sospecha sobre él. En las palabras del apóstol Pablo es “conformarse a este siglo” o “dejarse moldear por el mundo actual” (Romanos 12:2). 

En ese sentido, me parece pertinente escribir este post desde una mirada que introduce la fisura que rehuye el sentido común y la corrección política, en las siguientes líneas.

Uno de los elementos que más contradicciones suscita en el análisis tiene que ver con la figura y continuidad del gobierno de Hugo Chávez en la persona y gobierno de Nicolás Maduro. Evidentemente, Maduro fue el “delfín político” de Chávez, colocado y apadrinado como su sucesor, cosa que le dotó de masiva legitimidad en su país. Súmese a ello, que la élite y las bases políticas son las mismas. Y si bien, esta historia avanza, puedo decir, con suma responsabilidad, a partir de hechos consumados que Maduro destruyó todo el tramado político que había construido Chávez, manifiestando ineptitud política e incapacidad de conducir su gobierno y el proceso bolivariano. No está de más decir acá, que en América Latina la mayor cantidad de gobiernos han sido populistas o pretorianos y Chávez no es una excepción a la regla, a lo menos en ese sentido. Ahora bien, cuando hablo de la perversión del constructo chavista refiero a cosas puntuales: capacidad de conducción (inteligencia política, en lógica maquiavélica si se quiere) y la dotación de herramientas de control de la democracia, como el referéndum revocatorio. Es del todo notorio que las elecciones actuales de Venezuela no tienen el mismo rigor que tuvieron en la época de Chávez, cuya transparencia nunca fue objetada por observadores internacionales. Otro mérito del régimen bolivariano radicaba en la posibilidad real de referéndumes revocatorios (los que Chávez ganó siempre), e inclusive el reconocimiento de la derrota de la reforma constitucional respecto de la reelección sin límites. Maduro dilapidó dicho sistema político y electoral, que tenía méritos y defectos, que no era socialista (por lo menos en su conceptualización más clásica), sino rentista y de una democracia semiparticipativa.

Maduro ha dilapidado la empresa, el mercado y la armonía social; ha mostrado torpeza, con declaraciones destempladas, carentes de sentido y lisa y llanamente ignorantes y vulgares. Todo eso es mellado por el culto a la personalidad de un líder como Maduro, que carece del talante de su antecesor, ya sea el sujeto real, de carne y hueso, como también el mito del Chávez “santo laico”, héroe impecable al que sólo ensucian las palomas, como a todos los héroes. Chávez ayudó al levantamiento del mito con su modo de ser mesiánico. 

Hoy por hoy, la situación venezolana actual es desastrosa: un mal gobierno, que no ha eximido la prisión política de disidentes, reviviendo con suma claridad aquello dicho por George Orwell en su “Rebelión en la granja” (o “La granja de los animales”), cuando relevó la proclama de los cerdos omnímodos: “Todos los animales son iguales, pero hay animales más iguales que otros”. O peor aún, revive lo dicho por Danton (o Robespierre, según algunas versiones): “La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”. Ambos destacados luchadores de la madre de todas las revoluciones modernas terminaron colocando su cuello en la guillotina. Por lo que no es extraño que hoy exista disidencia política a Maduro que originalmente habría apoyado las realizaciones de su antecesor. Según Heinz Dieterich, uno de los teóricos del socialismo del siglo XXI, exasesor de Chávez, el gran problema de Maduro radica en no ver la realidad, lo que se manifiesta en: “No cambiar el modelo de desarrollo y no reaccionar a la creciente inconformidad social. Tampoco cambió el discurso político y cuando todo esto convergió en la derrota parlamentaria de las elecciones de 2015, cuando la oposición ganó la mayoría, en lugar de buscar un nuevo comienzo empieza a utilizar las fuerzas policiales para controlar la situación. Ha sido una espiral que comenzó en 2011 y ahora vemos llegar a su fin” (Tomado de Radio Bío Bío).

A su vez, la comparación constante con otros procesos de transformación social carece de sentido histórico. Sobre todo, su comparación con el gobierno de Salvador Allende, que es ahistórica y llena de panfleto y caricatura. Allende, masón y socialista (en ese orden), puede ser criticado de múltiples cosas en su trayectoria política y en el gobierno de la Unidad Popular que él encabezaba, pero su talante democrático, su confianza en la institucionalidad y la legalidad chilena, lo que derivó en su mirada de la factibilidad de su “vía chilena al socialismo”, no puede ser puesto en duda. Cuestionado y criticado, sí. Pero no puesto en duda. Fue diputado y senador por años, presidente de la Cámara Alta cuando su coalición no era mayoría, amigo afectuoso de políticos de otras banderías. A su vez, no propició la idea de la vía armada como único camino a la revolución, y prueba magistral de ello es su conversación con Régis Debray. Que cuando la crisis dificultaba el desarrollo democrático de su proceso instaló en su gabinete a generales de las Fuerzas Armadas e intentó un diálogo infecundo con la Democracia Cristiana. Y cuando la crisis de su gobierno era irreversible, diseñó una salida plebiscitaria que fue interrumpida de golpe por la asonada militar del 11 de septiembre de 1973. Allende fue un respetuoso cultor de la democracia y del estado de derecho. La intervención norteamericana y el desabastecimiento provocado por las élites no es suficiente argumento de comparación, sobre todo cuando ya no vivimos en “Guerra Fría”. 

Y sí, claramente, la oposición política a Maduro y su gobierno no ha dado el ancho en las cualidades democráticas, no generando convergencia ni logrando masividad en relación a la población de un país, boicoteando instituciones públicas y privadas y llamando a una violencia irracional a militantes y adherentes, que ha llevado a la muerte a personas, entre ellas la chilena Giselle Rubilar en 2014. Sí, la oposición venezolana, a su vez, ha sido incapaz de dar cuenta de la situación política de Venezuela, definiéndola de cuajo como dictadura, cuando desde un perfil politológico no lo es. Y esto también lo digo con mucha responsabilidad: Venezuela hoy no es una dictadura, sino más bien, una democracia en crisis profunda, con visos de autoritarismo que cada vez más se van profundizando. Pero una dictadura no habría dudado en apresar y condenar por alta traición a la patria a un sujeto, que en una plaza pública, se autoproclama presidente interino del país, como fue el caso de Juan Guaidó. Sin duda estamos frente a un proyecto político ficcional propio de lógicas narrativas del realismo mágico, pero no de la política real. Como señala el analista internacional Raúl Sohr: “Lo lógico y lo obvio hubiese sido que lo detuvieran apenas se proclamó, pero nada. Ahí está, libre. Y está libre porque tiene un salvoconducto que se lo ha dado Estados Unidos, con advertencias. Que, si lo tocan, esto va a traer consecuencias serias. Eso te da una pauta del poder que tiene Estados Unidos dentro de Venezuela y cómo logra inhibir al Gobierno, incluso en momentos en que Caracas ha roto relaciones con Washington” (Tomado de Radio Universidad de Chile). Esto explica, a mi gusto, por qué Guaidó puede seguir su acción “gubernamental” sin limitaciones a su libertad. De verdad, no imagino a Aylwin, a Valdés o a Lagos haciendo lo mismo en la Plaza Italia, a plena luz del día en el Chile de Pinochet. Claramente, la libertad de expresión no ha sido conculcada a la manera que se nos hace pensar en los medios de comunicación de masas. 

Es lamentable, que países de la región amparen, en el discurso y la práctica estas acciones antidemocráticas, como la autoproclamación de un pseudogobernante, que pueden devolverse a sus propias realidades. ¿Ampararíamos en nuestros países gobiernos autoproclamados, sobre todo cuando no rompen con un régimen dictatorial? ¿Nos responsabilizaremos de un conflicto cívico-militar fratricida al que podría derivar acciones como esta? El apoyo de Estados Unidos no dice nada. Fue ese país, el que ha intervenido sistemáticamente en la política de la región, y que en el caso venezolano apoyó el golpe de 2002, y ha financiado huelgas y otras acciones políticas. No dice nada en el sentido que no es novedosa dicha intervención, pero dice mucho a la vez, porque evidentemente el petróleo venezolano es riqueza, sobre todo cuando se trata de su principal proveedor externo.  Nada de lo dicho en el párrafo anterior y el actual exime de responsabilidad a Maduro y su mal gobierno. Pero sí inserta el matiz y la fisura en el discurso que no reconoce la realidad más allá del sentido común. 

Cierro con dos preguntas y posibles respuestas. 

¿Dónde está la salida para esta situación crítica? A mi gusto, el expresidente uruguayo Pepe Mujica, quien no ha dudado en señalar que la situación más compleja es la probabilidad de un conflicto militar que desgarre a Venezuela, propiciado por  el cambio de estrategia geopolítica de Estados Unidos (con Obama el desgaste del proceso venezolano por sí mismo; Trump, la intervención directa) ha presentado la alternativa más seria de salida del proceso crítico. Señaló: “estoy convencido que con esa polarización es imposible hacer elecciones adentro de Venezuela si no hay una fuerte intervención de monitoreo del proceso que significa un evento electoral en esas condiciones, si Naciones Unidas se lava las manos. En lugar de hacer tanta declaración, tanto cerco y tanta amenaza, garantizar un proceso electoral donde todos puedan participar”. Luego plantea que dichas elecciones deben contar con la amplia participación del espectro político venezolano. “En eso que se llama oposición, existen varios niveles. Incluso hay un chavismo opositor. Todos se tienen que expresar. Y tendrán que salir coaliciones o qué se yo. Pero en un juego de democracia más o menos liberal que permita zafar del peligro de los tiros. Naturalmente, es posible que surja un gobierno muy opositor a lo que ha sido la política de Maduro y todo lo demás. No tengo dudas. Pero es mejor que eso tenga un respaldo electoral y haya un juego democrático, a que venga una plancha. Porque cuando el péndulo de golpe se va al otro extremo, lo que viene es aplastamiento” (Ambas citas son tomadas de BBC Mundo). En ese sentido, la mejor de las salidas posibles, es un proceso de transición, con elecciones democráticas amplias, con veedores internacionales que sean garantes del proceso, y que posibiliten el acceso político a un gobierno alternativo y sin represalias a quienes pasen a ser oposición, más allá de aquellas que deriven del derecho internacional. En lo posible, sería ideal que Maduro no participe en dichas elecciones como candidato. 

¿Cuál es nuestro papel como creyentes cristianos? Al entrar en la discusión política debemos evitar la lógica del empate y evaluar nuestra consistencia política. En algunos casos decimos “toda autoridad es puesta por Dios” y en otras “oremos hermanos”. El respeto a las autoridades, la oración por ellas, la denuncia profética, la verdad que no se disocia del amor, la protesta son todos elementos del quehacer político cristiano. Si denunciamos el pecado y los ídolos de nuestro tiempo, claramente, la parcialidad afecta nuestro discurso y práctica. Como señalé en 2014, a menos de un año del inicio del gobierno de Nicolás Maduro, en la página “Estudios Evangélicos” que nos invitó a tres creyentes a dialogar sobre la crisis que se abría en Venezuela con las manifestaciones de oposición a su gobierno, vuelvo a decir: Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es justicia, paz y gozo en el Espíritu. La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea redentiva y reconstructiva. Cristo tiene ese poder para transformar y restaurar aquello que nos parece injusto e inequitativo.

Luis Pino Moyano.

 


 

* En el último párrafo de este post he referido a un artículo mío en la página “Estudios Evangélicos”. Dicho texto se titula “Venezuela, compromiso y misión”, fue escrito en febrero de 2014, por lo que debe ser leído considerando dicho momento contextual. En ese sentido, más que el análisis político contextual de dicho artículo, que a la luz del post que publico hoy claramente ha cambiado, creo que se mantienen vigentes los puntos que aparecen como compromisos desde las letras “a” a la “c”, junto con el cierre concluyente. El artículo se puede abrir aquí. 

¿Por qué cantar y orar en navidad?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:18-23).

¿Se debe celebrar la navidad? ¿Es posible cantar y orar en Navidad? Algunos creen que no debemos celebrar la Navidad, por su aparente origen pagano, el del nacimiento del sol, lo que daría cuenta de un sincretismo religioso innecesario. Otros, apelando al “real sentido de la navidad”, alzan sus banderas anticonsumo, y cuestionan el ejercicio de comprar y regalar. Otros piensan que la navidad es para los niños, y que es por ellos que hay que celebrarla. Todas esas visiones conllevan maneras distintas de ver y realizar la celebración.

¿Pero qué decir frente a estas miradas tan dispares? Que a pesar de las notorias diferencias, todas se unen en un punto: el del olvido…

  • El olvido de que ésta es una tremenda oportunidad que nos brinda el calendario para hablar del amor de Jesús el Redentor, que nació en Belén, sobre todo a nuestros familiares y amigos no creyentes.
  • El olvido de que los regalos y el compartir no necesariamente muestran una actitud consumista, sino más bien, relevan la posición de nuestro corazón, el sentido que damos a dicha entrega, recordando que para el cristianismo vale más “dar que recibir”.

La Navidad es una fiesta que nos invita a no olvidar. La Navidad es un acto de memoria en el que celebramos la encarnación de Jesús, cuyo nacimiento, vida, enseñanza, muerte y resurrección nos da la certeza de la Redención, la que alcanza a todos los que fueron amados por Dios desde la eternidad, antes de que el mundo fuese.

Aún no hemos respondido a cabalidad la pregunta: ¿Por qué cantar y orar en navidad? Leímos el texto de Mateo, que nos presenta el evangelio a través de tres nombres dados al Salvador. Esos tres nombres nos presentan la identidad de Jesús y, además, el poder de su obra.

Jesús es la forma griega del nombre hebreo “Josué”. Era un nombre muy común en la época. Lo que importa es su significado y la radicalidad que alcanza en la persona del niño que nació en Belén. El nombre significa “Yahvé salva”. Sin lugar a dudas, la encarnación tiene un sentido misional cuyo clímax se encuentra en la cruz de Cristo. La navidad está muy ligada a la pascua. No son lo mismo, pero no pueden entenderse por separado. Cristo descendió a la tierra para morir. Así lo señala Pablo cuando dice: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Corintios 5:17-21). Fue por nuestra salvación que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde establo, y recostado en un pesebre. Fue por amor a nosotros que Cristo sufrió la cruz. Es Dios quien está en misión, y en esa misión de reconciliación, Cristo es el Salvador. La justicia y la gracia se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas. ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”.

Cristo, es el otro nombre. También es un concepto griego, que reemplaza a uno hebreo, en este caso el de Mesías. Significa “ungido” (ungir es untar con aceite), alguien que fue llamado y consagrado para cumplir una labor, en este caso la del Libertador prometido en todo el Antiguo Testamento. Cristo fue ungido para llevar a cabo su función de Rey, Profeta y Sacerdote. Esto es una buena noticia, pues el Reino de Dios se ha acercado a nosotros en la persona de Cristo, Reino que será consumado en el día final. Es una buena noticia, porque recibimos al profeta por excelencia, a aquél que nos trajo la Palabra viva del cielo, hablándonos con autoridad, no como los maestros de la ley y los fariseos. Él es el autor y el consumador de nuestra fe. Es una buena noticia porque hemos recibido al sacerdote perfecto. Sacerdote que no sólo ofició el sacrificio, sino que además fue la ofrenda perfecta, la única posible para conseguir eterna redención. Hasta el día de hoy él intercede por nosotros delante de nuestro Padre.

Emanuel, es el tercer nombre. Es el cumplimiento pleno de la profecía dicha por Isaías. Es el cumplimiento literal de la profecía y no una mera señal de la presencia de Dios con nosotros. ¡Cristo es Dios! Juan 1:1: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”; Colosenses 2:9: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”; Romanos 9:5: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén”; Tito 2:13: “mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”; Hebreos 1:8, Dios hablando, dice: “Pero con respecto al Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia’”; y 1ª Juan 5:20: “También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna”. No existe religión en el mundo que tenga un dios tan cercano, como el Dios verdadero, del cual el Emanuel es la imagen visible.

Un viejo himno decía: “Oh ven bendito Emanuel / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansioso su liberación”. El bendito Emanuel está con nosotros, nos salvó y vive con nosotros. Él prometió estar presente con sus discípulos hasta que venga otra vez. ¡Jesucristo está con nosotros! Su presencia nos da vida.

Dietrich Bonhoeffer señaló en Resistencia y sumisión que: “La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ‘ser para los demás’”. Lo que los cristianos celebramos en navidad no es la fiesta del consumo, cuyo gozo absoluto es “recibir” y “tener”, sino más bien una fiesta que se goza en “dar”, en “ser para los demás”, lo que se manifestó de manera totalmente concreta y real en un humilde pesebre, en las enseñanzas del Hijo del Hombre y en una pesada cruz.

¿Por qué cantar con fervor y orar con agradecimiento en Navidad? Porque Jesús de Nazaret, es el Cristo y es el Emanuel. ¿Qué más motivos podríamos querer?

Vivamos como salvos. Trabajemos como colaboradores del Reino de Dios. Alegrémonos porque Dios está con nosotros. Todo eso debiera llevarnos a caer de rodillas y orar con alegría y sencillez de corazón.

Navidad, sin dudas, es un tiempo para cantar y orar.

Luis Pino Moyano.

* Reflexión bíblica compartida en el culto de Nochebuena de 2016, en la Iglesia Refugio de Gracia.

Celebremos la navidad con alegría.

Está más que claro que Jesús no nació un 25 de diciembre del año 0. De hecho, es muy probable que naciera el 3 o 4 antes de él mismo. Y de hecho, es indudable que antes de nuestra celebración de la navidad existió una fiesta de origen pagano dedicada al sol invicto. ¿Por qué entonces celebrar la navidad? 

Celebramos la navidad porque esta fiesta nos invita a recordar y celebrar a Jesucristo, quien teniendo toda la alabanza en el cielo, dejó su gloria y se humanó por amor a nosotros, encarnándose en una realidad totalmente distinta a la propia. Jesús se hace carne en un pueblo que estaba sometido bajo el yugo del imperio romano, llegando a una familia de Nazaret, un lugar del que nadie esperaba nada bueno, y cuyo padre de familia era un artesano. Su pobreza es radicalizada cuando no encuentran un lugar dónde quedarse en Belén, sino solamente en una cueva donde encontraban cobijo los animales de familia, en el que la cuna fue un pesebre, es decir, el cajón donde se colocaba la comida de las especies del campo.

No es cosa menor que los primeros en recibir la noticia del nacimiento de Jesús fueron pastores trashumantes, que cargaban con el fuerte prejuicio de ser amigos de lo ajeno. Pablo señaló que: “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). El hijo de Dios se ha humillado. Es por eso que la navidad trae consigo un mensaje que quita el miedo y produce alegría: “Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10,11). Y aquí, hay otro motivo por el que podemos celebrar: y es que el evangelio es una fuente que produce alegría, alegría que radica en la salvación que trajo el niño que nació en Belén. 

Los ángeles que se aparecieron a los pastores, cantaron dicha noche: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad” (Lucas 2:14). He aquí, en esas breves palabras la profundidad de la buena noticia: Dios es glorificado, y sólo Él debe recibir dicha adoración, porque sólo en Cristo está la paz con Dios y con nuestro prójimo. Ese paz que tiene que ver con encuentro y comunión es el regalo por excelencia que sólo Cristo sabe dar. Y esa paz que se da no es gratis, costó un precio, la cruz del Redentor. En navidad no sólo celebramos el nacimiento, sino la misión de Dios en Cristo que tiene como punto cúspide la cruz en que el precio de nuestra redención fue pagado. 

Es por esto que la navidad nos invita a celebrar en el anuncio de todas las bondades de Dios, como también en la expresión de gozosa adoración. Es eso lo que los pastores de Belén hicieron: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer’. Así que fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño que estaba acostado en el pesebre. Cuando vieron al niño, contaron lo que les habían dicho acerca de él, y cuantos lo oyeron se asombraron de lo que los pastores decían”  (Lucas 2:15-18). Esto que vemos en los pastores no es sólo curiosidad, es la certeza de que el mensaje recibido es verdad. Por eso se comunica. Por eso se adora. 

Veamos la navidad como una oportunidad y no como un problema. Como una oportunidad de seguir anunciando que en Belén nació el Salvador. Como una oportunidad de compartir felizmente con nuestras familias y para congregarnos y compartir con nuestros hermanos la comunión y la devoción. Si fuese posible, también, como una oportunidad de entregarnos regalos, entendiendo que lo más importante no es el objeto material, sino el sentido que le damos a dicha entrega, la posición de un corazón que se goza en dar y en la misericordia. 

Celebremos con alegría… Hay motivos para hacerlo. 

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de la Iglesia Refugio de Gracia, diciembre de 2017.

Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…

Luis Pino Moyano.

21 de diciembre de 1907, ciento once años antes de que me dispusiera a escribir estas letras, hombres, mujeres y niños que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo, fueron asesinados a sangre y fuego por el ejército chileno, en Iquique, mientras se encontraban refugiados en la Escuela Santa María. Sí, el mismo ejército “siempre vencedor y jamás vencido” como se nos repite en todas las “impecables” paradas militares, obviamente, obnubilando este acontecimiento y otros a lo largo de nuestros años de vida republicana, marcados por guerras civiles, golpes de estado y masacres obreras. 

“Es peligroso ser pobre, amigo”, rezaba la cantata escrita y musicalizada por Luis Advis, e interpretada por los Quilapayún. Ese verso sintetiza algo demasiado políticamente incorrecto para nuestros oídos barnizados de “país bacán”: la sociedad chilena tiene enquistado un clasismo, que no sólo nace del acceso al capital, o por la “noble cuna” en la que se nació, sino también, y por herencia colonial, por el color de la piel. Chile es fértil en su estratificación social y pigmentocrática. El pobre es bueno, cuando es “el roto chileno” vaciado de sentido, que lucha por el estado-nación. El mapuche es bueno, cuando se llama Caupolicán, Lautaro y Galvarino y lucha contra el imperio español, pero no cuando se llama Quilapán y lucha contra el estado chileno y su ocupación militar y genocida disfrazada eufemísticamente de “pacificación”. El extranjero es bueno, cuando representa los grandes valores de la sociedad occidental, y se engarza en el proyecto civilizador eurocéntrico del país, ayudándonos a ser “los ingleses de Latinoamérica”, mientras que la otredad india y negra es segregada, marginalizada e, inclusive, marcada por la construcción de lo delictual. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es una paráfrasis de lo cantado por los hoy viejos de ponchos negros, que tiene la finalidad de poner sobre la palestra la configuración patriotera de enemigos internos y externos, de lo cual lo mapuche y lo haitiano son claro símbolo. Chile ha tenido múltiples enemigos externos: Perú y Bolivia, con quienes nos enfrascamos en dos conflictos bélicos durante el s. XIX, y Argentina con quienes sólo nos alcanzamos a mostrar los dientes. Pero también, en ciertos momentos, Estados Unidos, el imperio, enemigo no sólo de marxistas y socialdemócratas, sino también por distintas corrientes terceristas. En los setenta y ochenta, el enemigo era el “comunismo internacional”, particularmente cubanos y soviéticos, quienes asociados conspiraban contra el régimen mesiánico-militar que había venido a refundar el país. La moneda de $5 y $10, con la imagen de la libertad personificada, con sus cadenas rotas, era un vívido símbolo de la derrota de ese enemigo, con el que nunca se enfrentaron más que en el discurso. Pero también del triunfo sobre el enemigo interno, configuración identitaria que también nos persigue en la “larga duración”: “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, rotos que eran “palomeados” (asesinados o heridos a sablazos), anarco-sindicalistas y comunistas (figurados como “cáncer” y como “humanoides venidos de Marte”, según miembros de la Junta Militar a la que hoy algunos parlamentarios sin ninguna gota de pudor homenajean), miristas (“ratones” que se matan entre sí, según la prensa mercurial), extremistas, violentistas, encapuchados y anarquistas (sobre todo los de la casa okupa “Baco y Zanetti”, según nos informó el exministro Hinzpeter). Y ante esos enemigos, con los que el estado mediante los institutos armados sí se ha enfrentado más allá de la retórica (y vencido en la mayoría de las ocasiones), no ha dejado de dilapidar recursos y esfuerzos. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Camilo Catrillanca, asesinado alevosamente por efectivos policiales, primero fue acusado de un robo, del que arrancó en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera bajo la pútrida lógica del empate, olvidando que la mayoría de quienes rechazamos estos hechos, también nos manifestamos en contra de la muerte de otros seres humanos (¡HUMANOS!) en nuestra democracia en la medida de lo posible: Alex Lemún, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza Collío, a los que podría agregarse a Daniel Menco, Claudia López (estudiante de danza de mi alma mater) y Manuel Gutiérrez,  todos jóvenes que murieron en democracia, con gobiernos de distinta bandería. Muertes que generaron protesta, reflexión, investigación periodística, expresiones artísticas, pero que la simplonería argumental olvida intencionalmente o por ignorancia supina. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Haitianos/as sacados en masa del país, en un acto dizque voluntario, bajo la lógica del “no te echo, pero te empujo”, toda vez que experimentaron la discriminación, el abuso en el trabajo y en el arriendo de habitaciones para el descanso cotidiano. Seres humanos (¡HUMANOS!) que ven la posibilidad de volver a su tierra, y así regresar a la dignidad, aunque sea con carencia de bienes, en un retorno que les hace firmar el cierre de la puerta de regreso por nueve años. ¡Nueve años! ¿Por qué? ¿Por qué son muchos? ¿Muchos en relación a qué o quién? Muchos en relación a su color de piel, que muchos haitianos migrantes en este país que “quiere al amigo cuando es forastero” descubrieron era el negro. 

Y aquí, podrán saltar algunos lectores y decir, como diría la clase política en el bloque del poder, que “hay que cuidar nuestras fronteras”, y “la soberanía”, y “la casa ordenada”, y “bla, bla, bla”, no entendiendo nada, o maquiavélicamente por un fin proyectado, según el caso. Esa idea del aeropuerto abierto al que cualquiera entra, se te cae sólo con un viaje comparando los ingresos a otros países y a Chile, lleno de protocolos, declaraciones juradas y revisiones habidas y por haber. ¿Por qué? Porque nuestra ley de extranjería está basada en la política de seguridad nacional instalada por la dictadura, precisamente para impedir el ingreso de “retornados”, cubanos, soviéticos y todos sus secuaces que buscarían demoler un régimen. ¿Cómo puede entenderse la idea de una casa desordenada cuando la ley que regula su ingreso emergió de un gobierno en el que los derechos estaban conculcados? Sólo a partir de la lógica del enemigo externo. Es por esa lógica, que puede decirse que el “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” atenta contra los intereses del país, mintiéndole a la población, porque basta sólo una lectura del documento para decir que: a) este pacto no habla de la migración como un derecho (aunque está basado en un enfoque de derechos); y b) que no niega la soberanía de un país para establecer su propia legalidad migratoria, según consta en el punto 15, letra c. Chile, el vecino con síndrome de “Doña Florinda y Quico”, que se cree más que la chusma, pero teniendo similares condiciones de existencia que los demás. Porque estamos claros: es necesaria una nueva legalidad que regule la migración, en un país democrático y teniendo como base el justo y necesario equilibrio entre el derecho internacional y el interés nacional, que no se contradicen necesariamente como plantean algunos discursos trasnochados (pero que están volviendo a amanecer).

Después de todo lo dicho, no puedo cerrar mi texto. No puedo, por tener el estómago apretado, con un nudo nauseabundo, por las mentiras de la alegría, de la gente que gana, del crecimiento con igualdad y de los tiempos mejores. Por eso, recurro a uno de mis recursos más habituales a la hora de escribir: colocar una cita. Pero esta vez, no será a modo de corolario o golpe final. El texto seguirá inconcluso, inmerso en la pregunta levantada por el médico cirujano y poeta haitiano Jean Jacques Pierre-Paul a propósito de su conciudadana Joane Florvil, acusada de abandonar a su hija en una OPD y que luego de ser apresada se dijo que habría atentado contra su vida golpeándose la cabeza contra una pared, lo que le habría llevado a la muerte. Nuestro hermano Jean Jacques (digo hermano, por ser él un cristiano evangélico), tenía muy clara la verdad antes que fuese sentenciada por un tribunal: Joane no había abandonado a su hija ni atentó contra su vida, sino que fue víctima de nuestro complejo de superioridad que nos hace tener un tipo de clasismo que no sólo se basa en lo social o en la plata, sino también el color de piel. Él dijo con toda la fuerza de su verba latente:

“¿Cómo es posible vivir en medio de tanta oscuridad?

Como es posible vivir en una ciudad sin poesía 

Sin espejos, sin abrazos, sin Joane Florvil?

Soy uno de los cobardes 

Que no querían entenderte defenderte 

Lo único que se me ocurre ahora es llorar 

y escribir este poema para decirte

Que siento mucha vergüenza 

De ser parte de la humanidad que te mató

En una ciudad llena de cobardes pretenciosos 

Teníamos la oportunidad de amarte

Teníamos la oportunidad de hacer 

Con tu mirada un bello nido de pájaros”. 

La teología del Hombre Araña.

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Ayer recordé esta experiencia en la clase de la escuela dominical, y les comenté a la hermandad que tenía muchas ganas de escribir un post sobre lo que llamo la “Teología del Hombre Araña”. Y, bueno, hoy parece ser un día muy ad hoc a la hora de pensar respecto de esta temática, debido a la muerte de Stan Lee, creador de varios personajes del universo Marvel, entre ellos, Spiderman. 

Corría el año 2014 y mi hijo Miguel tenía cuatro años. Siempre fue muy bien portado, y muy llano a aprender. Por lo que sus escasas escenas de llanto no dejaban de llamar la atención. Estábamos en medio de un culto al Señor, en la Iglesia Puente de Vida, específicamente, en el momento de la cena del Señor. Vladimir, pastor de la iglesia, comienza la realización del sacramento, llamando a los presbíteros adelante. Nos pide a uno de nosotros orar, lee el texto de 1ª Corintios 11, da las instrucciones del sacramento (mi favorita, es cuando se señala que “esta mesa no es la mesa de la Iglesia Presbiteriana de Chile, sino la mesa del Reino de Dios, por lo que todos quienes han hecho pública profesión de fe en alguna iglesia evangélica pueden participar de ella”), y nos entrega los elementos para presentarlos a la congregación. Todo iba bien…

Hasta que Miguel, mi hijo, que estaba en brazos de Mónica (mi esposa), se pone a llorar. Pero no era un llanto común y corriente, era un llanto de verdad, al estilo de Cortázar en sus “Instrucciones para llorar”, con gritos que llenaban el lugar. Y los gritos eran un conjunto de ruegos: 

– ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! (tal vez exagere el número de repeticiones, pero así lo sentí yo en ese momento). 

Era horrible. No sabía qué hacer. De repente, mi mamá hace el ademán de partir su pedacito de pan para darle, y yo, un convencido y celoso credocomunionista*, la miré haciendo un ademán que gritó para callado un rotundo no. Miguel dejó su petición, pero no de llorar. Comimos del pan, bebimos del vino, oramos, y cuando todo termina al empezar el canto final, salgo de mi posición y tomo al Miguel en brazos y lo saco al jardín de la iglesia. Me siento y pongo a Miguel sobre mis piernas, comenzando a usar uno de los métodos pedagógicos más pertinentes para ese momento: “si no puedes contra él, confúndelo”. Entonces, hice preguntas que buscaban intencionalmente un no de su parte:

– Miguel, ¿entiendes lo que significa el sacramento de la cena del Señor?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa el pan y el vino?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa que la presencia de Cristo es real, aunque el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino?

– No, papá.

– ¿Entiendes lo que significa el cuerpo?

– No. 

– Hijo, entonces no puedes cenar. No sabes lo que esto significa.

Y ahí, en el mejor de los ánimos contextualizadores en suma al evangelio de la gracia, le pregunté:

– ¿Te acuerdas de lo que le dijo el Tío Ben Parker a su sobrino Peter?

– Sí papá.

– ¿Qué le dijo?

– “Grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”.

– Bueno, la cena del Señor tiene un gran poder que conlleva una gran responsabilidad. 

– Ah! Entiendo todo.

– Hijo, créeme que el día en que tú entiendas todo esto, voy a ser el primero en que va a hacer todo lo posible para que puedas participar de la cena del Señor con nosotros. 

Llegó el siguiente domingo y nuevamente celebramos la cena del Señor. Todo bien, no hubo gritos ni nada. Al terminar el culto, Mónica me comentó que Miguel, mientras se realizaba el sacramento, mirando a la congregación le preguntó: “- Mamá, ¿y ellos entenderán que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”. Esa es la “Teología del Hombre Araña”, aquella que nos recuerda que la gracia no excluye las responsabilidades, que la Palabra representada en el pan y el vino, en tanto medio de gracia, tiene un tremendo poder que puede fortalecernos para la caminata de la fe, o producir un tremendo daño a quienes no quieren arrepentirse de todo corazón, llevándoles inclusive a la muerte (léase 1ª Corintios 11). La “Teología del Hombre Araña”, es aquella que nos recuerda a Jesús diciéndonos con suma claridad que “A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aún más” (Lucas 12:48).

Luis Pino Moyano.

* Partidario de la idea que plantea que sólo participan de la cena del Señor creyentes que han confesado su fe, haciéndose miembros de una comunidad.