Navidad y la paz.

“Noche de paz” debe ser uno de los villancicos más conocidos y transversales a las distintas tradiciones cristianas, por ende la paz es un tema del que hay que hablar en una ocasión como esta. Sí, paz. Aún en medio de los tiempos convulsionados que estamos viviendo en nuestro país, podemos hablar de paz. La ausencia de paz, o el no entendimiento de ella, ha sido una constante en la historia del mundo. Desde la caída de Adán, que no sólo trajo un quiebre en la relación con Dios, sino también con su esposa Eva, y luego en el asesinato de Abel por parte de su hermano Caín, podemos ver el origen de la ausencia de paz con Dios y con nuestro prójimo. Eso es en esencia el pecado: apartar la vista de Dios, lo que nos lleva a poner la vista en nosotros mismos, apartándola de nuestro prójimo y del mundo en que vivimos. 

En tiempos más cercanos, el siglo XX fue uno donde la paz no era el pan de cada día. Dos guerras mundiales, marcaron su primera mitad. Luego de la segunda de ellas, Gabriela Mistral, nuestra Premio Nobel de Literatura, con la agudeza que la caracteriza escribió un breve texto llamado “La palabra maldita”, mientras vivía en Veracruz en 1950. Esa palabra maldita era “paz”. Ella señalaba que se encontraba carente de todo sentido, su uso era banal, pues se hablaba de ella por todos lados, y hasta con mucha alegría aparente, pero nadie la vivía. Mistral dice: “La palabra ‘paz’ es vocablo maldito. Usted se acordará de aquello de ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy’. Pero no está de moda Jesucristo, ya no se lleva”. Señala más adelante: “la palabra más insistente en los Evangelios es ella [¡paz!] precisamente, este vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión”.

¿Es la paz una palabra maldita para nosotros los creyentes en Cristo? ¿Qué nos hace falta para vivir en paz? ¿Qué significa la paz a la luz de la Palabra? ¿Cuándo la tendremos? Son preguntas demasiado necesarias. Y la esperanza de Adviento nos permite que nos acerquemos a ella, porque Cristo es quien trae y produce paz. En este artículo, veremos el anuncio de la paz, y sobre la paz-ya y la paz-todavía-no.

El anuncio de la paz.

Desde el cautiverio babilónico, y mientras más pasaba el tiempo, sobre todo en el contexto de los cuatrocientos años de silencio entre los testamentos se aceró la espera del Mesías (Leer como ejemplo, Lamentaciones 5). Se anhelaba la venida de un libertador político que les liberara del yugo romano, y un salvador que les liberara de la enfermedad y las dificultades físicas y materiales. Se hablaba de “la consolación de Israel” o “la redención de Israel”. Jesús llegó a un pueblo que esperaba y anhelaba al Mesías. Lo que nadie esperaba era que su triunfo fuese por medio de una aparente derrota: la cruz. Es en medio de esa espera que surge el anuncio. 

“En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: ‘No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: ‘Gloria a Dios en las alturas […](Lucas 2:8-14a).

Pongamos la atención en los receptores del mensaje: se trata de pastores trashumantes, viajeros estacionales, que buscaban los mejores lugares para que pastara su ganado. También lo hacían en invierno, para cuidar los animales que eran usados para los sacrificios. Era gente conocida por su olor: a humo y a animal, mezclado con sudor luego de tanta caminata. Pero eso no era nada al lado del prejuicio que cargaban. Los pastores eran sujetos despreciados, pues su trabajo les impedía guardar la ley ceremonial. Además de eso, como viajeros dentro del país, era común que muchos de ellos se volvieran ladrones. Es decir, los ángeles que cantan a la gloria de Dios lo hacen teniendo como audiencia a los malacatosos y malandras del mundo. Por su parte, la manifestación angelical produjo miedo en ellos, cosa muy propia en fenómenos sobrenaturales como ese, por lo que necesitan recibir aliento. El mensaje les quita el miedo y les dota de profunda alegría, de verdadera alegría. No alegría basada en momentos ni en cosas que pueden perecer y acabarse, sino una que está sustentada en Cristo y su redención. 

El mensaje tiene como centro y protagonista a Jesucristo. El nacimiento de un Salvador es de un libertador del pecado y la muerte. ¡Cristo tiene el poder para redimir todas las cosas! La mención de Cristo como Señor es una designación que refiere a la divinidad (reservado celosamente a Dios en el AT) y al dominio de Cristo. Además, es una declaración subversiva en el contexto imperial, en el que el César era llamado “señor”. Por eso, la primera confesión de fe de la iglesia cristiana, a saber, “Cristo es el Señor” no sólo era una declaración de ortodoxia teológica, sino un principio de vida tan radical que podría llevar a la pérdida de ella, a la muerte portando un testimonio, que es el significado literal del martirio. Aún así, la vista nunca está en nosotros sino en Dios: “Gloria a Dios en las alturas”. Soli Deo Gloria. 

Notemos algunos aprendizajes prácticos hasta acá. 

· Los pastores reciben el mensaje de Dios cuando trabajan. Cuestión clave en la Biblia. Dios se presenta y llama a la misión a gente que está ocupada, que está haciendo algo o está pensando en cosas por realizar. Por eso, la excusa de “no puedo porque tengo algo que hacer”, resulta tan falta de realismo e, incluso, ofensiva en relación a quienes se han dispuesto a servir a Dios.

· El mensaje produjo alegría en los pastores. Las preguntas aparecen de inmediato: a) ¿el evangelio produce alegría en los lugares en los que vives y te relacionas con otras personas?; b) ¿celebras culto a Dios con alegría o por rutina?

· El mensaje de la Navidad es esperanzador: produce que descansemos de nuestra autojusticia, de nuestros temores, fracasos y yerros. Cristo es quien nos salva.

· Cristo es el Señor. Lo que verían los pastores, sería a un bebé, acostado en un cajón que se usaba para que los animales comieran, y no a un rey poderoso. Cristo estuvo dispuesto a ser un bebé, pequeño y vulnerable. Estuvo dispuesto a perder el control. ¿Estarías dispuesto a perder el control para que el Niño de Belén sea tu verdadero Señor?

La paz ya.

“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad (Lucas 2:14, el subrayado y la acentuación es propia). 

En el contexto del anuncio angelical se hablaba mucho de paz, de la Pax Romana, que era un artilugio impuesto y opresivo, y que correspondía al sometimiento de un súbdito (la figura posterior del vasallaje podría servir para tenerla en mente). Pero más que la pax romana, y que cualquier paz construida por seres humanos, la paz que produce Cristo es profunda y duradera. Es un acto de la gracia de Dios el recibir la paz. La paz no es para todos, es una promesa para su pueblo, la gente que Dios amó.

La paz de Cristo ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento. El profeta Isaías señaló: “Juzgará con justicia a los desvalidos, y dará un fallo justo en favor de los pobres de la tierra. Destruirá la tierra con la vara de su boca; matará al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será el cinto de sus lomos y la fidelidad el ceñidor de su cintura. El lobo vivirá con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, y juntos andarán el ternero y el cachorro de león, y un niño pequeño los guiará. La vaca pastará con la osa, sus crías se echarán juntas, y el león comerá paja como el buey. Jugará el niño de pecho junto a la cueva de la cobra, y el recién destetado meterá la mano en el nido de la víbora. No harán ningún daño ni estrago en todo mi monte santo, porque rebosará la tierra con el conocimiento del Señor como rebosa el mar con las aguas. En aquel día se alzará la raíz de Isaí como estandarte de los pueblos; hacia él correrán las naciones, y glorioso será el lugar donde repose” (Isaías 11:4-10). Este texto es clave para entender lo que se denomina perspectiva profética. Hay muchos acontecimientos y acciones pasadas-presentes-y-futuras que se entremezclan en este relato. Es que el Reino de Dios tiene dos dimensiones temporales: “ya, pero todavía no”. Por ejemplo, el texto habla del juicio de Dios. ¿En qué consiste el juicio divino? Consiste en la preocupación paternal del Rey por los pobres y afligidos de la tierra y su rechazo a la tiranía, impiedad e injusticia. El propósito para la vida humana, sin distinciones ni favoritismos, es Shalom, paz, armonía social y vida en abundancia. Dicho Shalom es fruto de la justicia según Isaías 32:17. Su acción, por lo tanto, se orienta a restaurar o vindicar a quienes sufren la injusticia e instituir así la equidad.  

En las palabras del profeta Isaías notamos el estado de paz y de armonía en el que vivirían los súbditos del Reino. Las relaciones violentas y contradictorias serían transformadas de tal manera que nadie provocará el daño del otro. Es el conocimiento de Jehová que llena la tierra, tal y como las aguas cubren el mar, es lo que producirá tal condición social. Aquí no está de más recordar, que para los judíos “conocer” siempre implica “relación”. Entonces, la paz en el ya del Reino de Dios tiene que ver con nuestras relaciones con Dios y con el prójimo, que es lo que veremos a continuación. 

a. La paz con Dios: Sin lugar a dudas una de las palabras más importantes que aparecen registradas en el Apocalipsis son las dichas por Dios, desde su trono, “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Esa es la expresión del plan redentor de Dios cumplido en Cristo. Dios está en misión, redimiendo a su creación. Pablo dijo en 2ª Corintios 5:17-21: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (RV 1960). Dios está hablando de algo que está haciendo en el presente, no en el futuro (“Yo hago”). La renovación de los creyentes y de todo lo creado es cosa segura en las manos del Dios de toda gracia. Sólo Él nos puede prometer el paraíso verdadero. Esta tarea reconciliadora tiene un alcance salvífico. Romanos 5:1 dice: “En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Es Jesús, que vive la vida perfecta que nosotros no podemos vivir, que cumple la ley de Dios como nosotros no lo hemos podido hacer, que muere por nosotros sin merecerlo por que en amor nos sustituye, que hoy intercede por nosotros ante el Padre como abogado, que es nuestro único mediador entre Dios y los hombres. ¡Es Jesús quien hace todo para que tú y yo podamos volver a tener comunión con Dios! La religión cristiana no se trata de mis esfuerzos ni de los tuyos, se trata del esfuerzo de Dios en Cristo. Nuestra paz con Dios no cuesta nuestros esfuerzos, costó los esfuerzos de Cristo, que dejó su “trono y corona por mi, al venir a Belén a nacer”. 

b. La paz con nuestros hermanos en Cristo: En los tiempos de Pablo, los paganos eran llamados “perros”, y aunque algunos se hicieron prosélitos del judaísmo, nunca fueron aceptados del todo, por el hecho de no ser “hijos de Abraham”. Los judaizantes no se despojaron de ese sentimiento de superioridad que derivaba en desprecio. En la sociedad grecolatina, se miraba con desprecio a los esclavos. Aristóteles había señalado que éstos eran “un implemento animado”. También existía una jerarquización extrema entre hombres y mujeres. Flavio Josefo, historiador judío contemporáneo de Pablo, señaló en uno de sus textos que: “La mujer, como dice la ley, es en todo respecto inferior al varón” (Contra Apión II. xxiv). Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación. Pablo dijo: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa” (Gálatas 3:26-29. Véase también: Romanos 10:12,13; Efesios 2:11-18). La iglesia es el único lugar del mundo en que podemos vivir esa realidad. La iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores o más que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio. Algo que nunca debemos olvidar: somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

c. La paz con todo prójimo: El texto bíblico que compartiré a continuación presenta aquello que se vivirá en el juicio final, que devela el proyecto histórico de Dios, manifestado en nuestro testimonio, es decir, palabras, hechos y motivaciones (estas últimas, ocultas en el corazón). Jesús dijo: “Todos los habitantes del mundo serán reunidos en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos, poniendo las ovejas a un lado y los machos cabríos al otro. Luego el rey dirá a los unos: ‘Venid, benditos de mi Padre; recibid en propiedad el reino que se os ha preparado desde el principio del mundo. Porque estuve hambriento, y vosotros me disteis de comer; estuve sediento, y me disteis de beber; llegué como un extraño, y me recibisteis en vuestra casa; no tenía ropa y me la disteis; estuve enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme’. Entonces los justos le contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te dimos de comer y beber? ¿Cuándo llegaste como un extraño y te recibimos en nuestras casas? ¿Cuándo te vimos sin ropa y te la dimos? ¿Cuándo estuviste enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’. Y el rey les dirá: ‘Os aseguro que todo lo que hayáis hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho’” (Mateo 25:32-40, La Palabra). La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy!

La paz todavía no. 

Nuestra esperanza es escatológica y no un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Es la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de “que fluya el derecho como agua y la justicia como un río inagotable” (Amós 5:24). Lo que se manifestará en el Estado Eterno, luego del segundo advenimiento del Rey prometido y esperado. Venida que no sólo esperamos, sino que también amamos. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! 

Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin.

La paz que producen la justicia y la gracia de Dios se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas.” ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”. De eso se trata Adviento y la celebración de la Navidad, de poner nuestra mirada en Jesús, en el que vino a nacer en Belén para inaugurar los postreros tiempos, en el que vendrá con gran gloria y majestad para consumar su obra. Anhelemos la vida en el Reino Eterno, en el hogar prometido, junto a Cristo, quien gobernado nos hará experimentar verdadera paz, justicia, armonía y goce. Lo que hoy vemos como un atisbo, será pleno allí.

Como decía un hermoso villancico: “Oh ven, oh ven, bendito Emanuel, / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansiosa su liberación”. Así es. Ven Señor Jesús, anhelamos la redención final, anhelamos tu paz. Para nosotros, tu paz, no es una palabra maldita, porque es estar contigo eternamente y para siempre.

Luis Pino Moyano.

El mito fundacional de un presbiterianismo de izquierda en Chile.

La celebración de los 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 2018 marcó un momento de importantes instancias de rescate de la historia de nuestra Iglesia y de los distintivos del genio presbiteriano que caracterizan nuestra identidad, junto con los desafíos que reporta el presente y futuro de nuestro desarrollo eclesial. Una de las actividades relevantes en dicho rescate fue la serie de conferencias históricas desarrolladas por la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, la que derivó también en la publicación de un libro [1]. Dicho esfuerzo informativo y reflexivo debe ser sumamente valorado. 

Dicho lo anterior, eso no obsta para hacer algunas precisiones necesarias, sin ningún dejo de generar una “historia oficial”, particularmente en lo referido al origen de la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile. En primer lugar, hubo una presentación del Pr. Guido Benavides, la que ya no se encuentra disponible en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia de Santiago, que suscitó el derecho a réplica de la Iglesia Evangélica Presbiteriana, por medio de una conferencia dictada por el Pr. Jorge Cárdenas. En su exposición oral, de manera muy destemplada dicho ponencista aludió que una de las causas principales de la división que dio origen a su denominación fue la de raigambre sociopolítica, toda vez que mientras algunos pastores estaban siendo represaliados por la dictadura, la Iglesia Presbiteriana de Chile se habría manifestado cercana al régimen de facto, específicamente en la persona del Moderador del Sínodo a la fecha, Pr. Horacio González. La performance fue completa cuando muestra una foto del Pr. González estrechando la mano en saludo al general Pinochet, sumado a la alusión de Cárdenas diciendo “ustedes pueden ver que se quieren mucho” [2]. La misma situación sociopolítica es aludida en el artículo escrito por Cárdenas [3], aunque de manera más moderada que en la alocución referida.

Horacio González Contesse
Fotografía publicada en El Mercurio, domingo 26 de abril de 2015.

Más allá de la imposibilidad de dar cuenta, a partir de un documento iconográfico, de los sentimientos y motivaciones que puede albergar un saludo protocolar de un primer mandatario con un gran maestro de la masonería, me quiero detener en la construcción de un mito fundacional: la idea que la dictadura militar chilena y la figura de su líder, Augusto Pinochet, habrían sido una pieza clave en el origen de la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile. Esa idea puede parecer coherente discursivamente, sobre todo cuando se levanta un “muñeco de paja” por medio de un solo documento iconográfico, pero carece de historicidad. Aquí no estamos sólo frente a un ejercicio interpretativo del pasado, sino frente al falseamiento de los hechos, lo que lleva a contar una historia contrafactual de “aquello que pudo haber sido, pero no fue”. Nada se dice en la alocución y en el artículo de Cárdenas sobre el año 1968 con las maniobras de política eclesiástica que derivaron en la disciplina y expulsión de los pastores Joel Gajardo y Luis García, quienes fundaron la Iglesia Unión Cristiana de Santiago y la Iglesia Presbiteriana de Talca. Nada se dice del proceso disciplinario al Pbro. Gabriel Almazán por uso inadecuado y sin transparencia de recursos económicos (situación corroborada por una comisión revisora de cuentas sinodal) y la reacción de miembros de iglesias de la que es hoy la Región de Valparaíso y que se traduce en ese momento en la división que origina la Iglesia Presbiteriana Sínodo en Renovación en 1972 [4], y que obtendrá su personalidad jurídica en 1975 como Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile (estatus legal conferido por el Ministerio de Justicia del gobierno dictatorial). Nada se dice sobre la recepción de dineros externos provenientes de Estados Unidos con antelación a dicho año, y por lo tanto, anteriores al golpe militar y la “ayuda para resolver la situación de pastores afectados por el así llamado pronunciamiento militar” [5]. Es decir, dicha división se comenzó a propiciar antes de la llegada de Allende al gobierno, y se cuajó en dicho período, con antelación al golpe militar y al liderazgo de Augusto Pinochet en él, como consta en variadas investigaciones sobre el período [6]. Tampoco se dice nada respecto a que la Iglesia Presbiteriana de Chile no participó de la firma del documento suscrito por muchos pastores a nombre de sus iglesias legitimando al gobierno militar. 

La idea de una iglesia de izquierda versus una iglesia de derecha no es consistente por todo lo dicho con antelación, como también a un distintivo histórico del presbiterianismo chileno de respeto de la libertad de conciencia (mediatizado por la herencia ilustrada y del liberalismo filosófico-y-político), que se trastocó en tiempos más recientes con un tabú de lo político y con las ideas (falaces, también) de una supuesta “infiltración” de ideas políticas foráneas a nuestra fe reformada. Es innegable que el Pr. Horacio González manifestó cercanía al gobierno de Pinochet, pero su pensamiento y práctica no puede ser analogado con el de la Iglesia Presbiteriana de Chile, como tampoco su participación en la masonería puede definirse como lo propio de nuestro sentido de la vida y cosmovisión. Además, medir al Pr. González sólo a partir de esos datos, genera evaluaciones que no hacen justicia a su trayectoria eclesial que cruza de manera importante el siglo XX, a su talante caracterizado por una férrea ética calvinista y a su labor incansable por el desarrollo de una iglesia independiente de directrices foráneas, “pobre, pero libre”, sobre todo, sin la contradictoria ayuda económica emanada desde el “Norte Global”, sí presente en quienes se autodenominan como progresistas (¿imperialismo solapado?). 

Está bien escuchar todas las voces para el relevamiento de nuestra historia. Pero eso no implica no decir nada al respecto, sobre todo cuando no se hace justicia a personas y hechos, con la finalidad de levantar mitos fundacionales que purifican orígenes espurios, que ocultan los anhelos de poder, la carencia de mínimos éticos y el amor al dinero [7]. 

Luis Pino Moyano.

[1] Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018.

[2] “Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile: orígenes e identidad – Rev. Jorge Cárdenas”. En: http://www.youtube.com/watch?v=DZXHb26JOlI (revisada en febrero de 2019).

[3] Jorge Cárdenas. “Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile”. En: Bezerra (editor). Op. Cit., pp. 255-271.

[4] Jae-Kuen Yoo Lee. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Tesina para optar al grado de Bachiller en Teología. Santiago, Seminario Teológico Reformado, 2004, pp. 63-64.

[5] Cárdenas. Op. Cit., p. 262.

[6] Baste citar, para estos efectos, a Patricia Verdugo. Interferencia secreta. Santiago, Editorial Sudamericana, 1998, pp. 13-27. 

[7] Para profundizar, véase lo planteado en: Daniel Vásquez. “Iglesia Presbiteriana de Chile (1964-2017). En: Bezerra (editor). Op. Cit., pp. 244-246; y por Jonathan Muñoz en: “La Primera Crisis del Sínodo Presbiteriano y los Orígenes de la IEPCH”. En: http://www.youtube.com/watch?v=b7q6MStuFfo (revisada en febrero de 2019).

[Registro Audiovisual] Coloquio latinoamericano a cien años del fallecimiento de Abraham Kuyper.

Hace cien años atrás, un día 8 de noviembre de 1920, fallecía en Países Bajos el distinguido primer ministro, teólogo y pastor Abraham Kuyper. Fue tal el alcance de su obra y pensamiento, que su legado perdura hasta nuestros días, sobre todo en las discusiones académicas sobre cristianismo y vida pública en países como Holanda y Estados Unidos.  

Pero también su escuela de pensamiento está cultivándose cada vez más en Latinoamérica. En vista de ello, como Núcleo Fe Pública quisimos realizar un coloquio latinoamericano a los para conversar sobre la recepción de su obra y pensamiento en México, Brasil, Chile y también fuera de las fronteras reformadas, en el mundo pentecostal y neopentecostal. El evento se realizó el jueves 19 de noviembre.

Comparto acá las ponencias realizadas, siguiendo el orden según aparecen en el afiche (también están disponibles Facebook e Instagram). 

Maradona, el partido que se acabó y el que comenzó un 25 de noviembre de 2020.

No tengo memoria de la primera vez que vi jugar a Maradona. Tenía cuatro años para el mundial de México 1986. Pero recuerdo el Mundial de Italia 1990, y el liderazgo deslumbrante de un jugador distinto a todos. Tobillo lesionado y todo, condujo a su equipo a la final, que perdieron con un penal de dudosa reputación. No vi su paso por Argentinos Juniors (1976-1981) ni su primera estadía en Boca Juniors (1981-1982). Tampoco lo vi jugar en Barcelona (1982-1984). No tengo recuerdos de su paso por el Napoli (1984-1992), pero sí cuando llegó al Sevilla (1992-1993) y su paso por Newell’s (1993-1994). Vino el mundial de Estados Unidos 1994, y vimos en cadena mundial como al Diego le “cortaban las piernas” por un dopping de efedrina. Luego vino su etapa final en Boca Juniors (1995-1997) y su despedida en una Bombonera repleta en 2001. En ese tiempo la única posibilidad de ver fútbol extranjero en la televisión era en los compactos de los noticieros, o en los del Zoom Deportivo y Futgol. O cuando jugaba contra un equipo chileno o donde jugara un connacional. Pero era infaltable la ida a la biblioteca del colegio para leer “Don Balón” o “Triunfo”, y así saber del fútbol mundial. Si bien es cierto, fui espectador directo de la segunda etapa de Maradona, bastó aquella para fomentar mi gusto por el 10 y capitán de todos sus equipos. He leído todo lo que me he encontrado sobre él y he visto cuánto documental y vídeos de compilación de jugadas y goles, los mejores que hizo entre sus 312 por clubes y 68 por la selección albiceleste. Más recientemente, he tenido la posibilidad de ver partidos completos de México 86 y del Napoli, en los que se vio al mejor Maradona. Todo eso me ha llevado a pensar que Diego Armando Maradona, el Pelusa, el Barrilete Cósmico, el Pibe de Oro, o simplemente el Diego, fue el mejor jugador en la historia del fútbol mundial. Uf! Qué difícil es hablar en pasado de Maradona.

Maradona no es mi ídolo. No es objeto de mi adoración (de hecho, no ocupo la palabra adoración en referencia a seres humanos). Él era nada más y nada menos que un hombre, de carne y hueso, con luces y sombras, y no soy ciego frente a ellas. Un hombre de acciones que en ciertos momentos fueron o bordearon lo patético, en una vida llena de excesos en los que nadie le dijo que no. Un hombre con declaraciones que no hacían sentido con la realidad. Maradona fue un drogadicto que luchó desde su estadía en Italia con la cocaína, una droga que más que favorecer su físico y sus cualidades deportivas, nos privó a todos quienes gozamos del fútbol del Maradona que no alcanzamos a ver. Maradona era un hombre que se nos expuso con todas sus miserias. Ahora bien, respecto de sus problemas con las drogas, en la población en la que crecí, me enseñaron y también lo aprendí, que uno no se ríe de “curados” ni “volados” (ebrios y drogadictos). Los males sociales, aunque sean causados por la desidia personal no son motivo de burla. Pueden producir pena o rabia, pero no burla. No justifico a Maradona, pero trato de hacer el ejercicio de comprender su historia, que es la de un muchachito que nació en una villa pobre y que después puede tener todos los tipos de consumo que desee, entre los cuales un Ferrari negro es una buena metáfora. Pero quizá lo más terrible, en el más amplio sentido de la palabra, fue portar la mochila de ser Diego Maradona, el de la gloria y el del barro del fracaso. “Yo erré cinco penales seguidos y seguí siendo Diego Maradona”, dijo para defender a un vilipendiado Lionel Messi en el último mundial. En la sociedad de la transparencia, en la que todos nuestros pensamientos son expuestos en el mundo virtual y real, a veces sacamos lo peor a relucir. He ahí otro mal social: la imprudencia e indolencia caminando de la mano, sumada a la inconsciencia de la propia susceptibilidad que nos hace erigirnos en jueces rigurosos pero autocomplacientes. 

No busco en Maradona un modelo de vida. Él tampoco quería serlo. En su despedida del 2001 señaló: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Mi admiración por Maradona es futbolera al hueso. En la cancha, Diego fue un futbolista de una genialidad incomparable, el mejor de sus exponentes. El 10 clásico, ese que desde el mediocampo comenzaba su lucha por avanzar, con velocidad o firmeza, con gambetas o centros al pie de sus compañeros. Las rabonas y los tiros libres, que como una caricia dirigían el balón a donde quisiera. Con la pelota al pie era difícil que alguien lograra arrebatársela sin faltas. La imaginación y el sentido de espectáculo que alegra y emociona, siempre estuvieron presentes en su juego. Maradona era un artista, un rockero del fútbol. El capitán de su equipo, un líder por antonomasia, ese que empoderaba a sus compañeros porque Maradona, que se sabía bueno con el balón y tenía claro la responsabilidad de aquello, nunca perdió de vista que el juego era de 11. En la odiosa comparación que se hace hasta el día de hoy con Pelé, a mi juicio lo que hace a Maradona el mejor futbolista de la historia es que a diferencia del astro brasileño, Pelé fue el mejor porque siempre jugó con los mejores en el Santos y en Brasil, sobre todo en su más madura expresión en la selección campeona del mundo de 1970. Todos jugaban para Pelé, ese era el guión. En cambio Maradona fue el mejor en equipos que no eran los mejores, pero que llegaban a brillar y a triunfar aguerridamente, porque el capitán hacía brillar a sus compañeros. El capitán que les conseguía zapatos de fútbol a sus compañeros. El ejemplo máximo de aquellos se dio en el Napoli, un equipo de poca monta, del Sur de Italia lo que le hacía cargar un peso de discriminación social, pero el Diego lo hizo ser un equipo valeroso, que ganaba, gustaba, goleaba y que llegó a campeonar incluso fuera de sus fronteras. Pero además, Maradona se fundió con la ciudad, y por eso, el amor más pasional de quienes son sus hinchas está den la ciudad donde es “Santa Maradona”. Y para qué decir la Argentina del 86, un equipo que no tenía chapa de favorito, que viajó con severas críticas de su país, pero que le ganó a cuánto rival se le puso por delante, inclusive a Inglaterra, con la mano en uno de los goles, pero luego, con una genialidad, una maravilla inolvidable, en la que Maradona cual “barrilete cósmico”, avanzó ante los defensores ingleses que hicieron todo lo que estaba a su alcance pero sin poder frenar a quien se sabía campeón del mundo. Por eso, quienes más odiaban a Maradona no están dentro de las canchas. De sus compañeros se les escucha hablar de él con respeto y admiración, por su performance en la cancha como en su lucha por los derechos laborales de los futbolistas. Era un rebelde del fútbol, dentro y fuera de la cancha. Alguien que puede ser acusado de muchas cosas, menos de buscar la comodidad propia y ensimismada. Quienes odiaban a Maradona eran espectadores fanatizados del fútbol, pero sobre todo los dirigentes de los cuales Diego no fue un lacayo, y por eso, la mafia FIFA lo malhirió. Esos sujetos son los olvidados de la historia del fútbol, pero pasarán muchos años, y seguiremos hablando de Maradona, de su fútbol, del fuego vital que ponía en la cancha, de la nostalgia ante lo que fue y de aquello que no pudo ser ni hacer, como del brillo de sus ojos cuando hablaba de fútbol y sus colegas de oficio, particularmente de aquellos que admiraba, como Bochini de Independiente, el equipo de sus amores, y Rivelino, el gran ocho de la verde-amarela. 

Maradona murió hoy a los sesenta años de edad. Su corazón dejó de latir. El silencio de la perplejidad nos golpeó también a los que gustamos del fútbol, y que crecimos viendo y disfrutando a Maradona. La tristeza amarga que ningún tango logrará poner en escena. Diego, el mejor del fútbol mundial, siempre será recordado. Hoy, con nostalgia y pena, escuchamos y cantamos en la mente la canción de Calamaro a sabiendas de la verdad que hay en ella: “siempre  te vamos a querer / por las alegrías que le das al pueblo / y por tu arte también”.

El fútbol ha perdido a uno de sus mejores hijos. Pero, la memoria no. 

Luis Pino Moyano.

El seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales.

“Principio generador, carácter íntimo, esencia o sustancia de algo. El espíritu de una ley, de una corporación, de un siglo, de la literatura de una época” (tercera acepción de la palabra espíritu según la RAE).

En nuestro país, a fines de la década de los noventa, y en el marco de las crecientes críticas a la forma de articular la democracia, sobre todo, en lo que tiene que ver con la justicia frente a los delitos de lesa humanidad acometidos en el país durante la dictadura militar. El descontento frente a la justicia “en la medida de lo posible” hizo que un grupo de organizaciones, principalmente de familiares de represaliados políticos, comenzara a manifestarse frente a las casas o lugares de trabajo de exagentes civiles o militares de los organismos respresores, denunciándoles públicamente. La idea era generar una sanción social ante la ausencia de sanciones judiciales. Esa sanción social se le llamó “funa”, palabra proveniente del mapudungun que da cuenta de algo podrido o que se echó a perder. La  más reciente proliferación en el uso (y abuso) de las redes sociales ha hecho que las funas aumenten exponencialmente, y aludan a distintas materias, incluidas aquellas que dicen relación con aspectos de la fe. Esa proliferación mediática y presurosa ha hecho que los mecanismos de investigación y contraste de información se diluyan cayendo con cierta facilidad en la información falsa o, derechamente, en la calumnia. 

La funa en una sociedad que exige transparentarlo todo y configurar o imponer con ello una identidad del otro en oposición a uno mismo, parece ser un espíritu de esta época. Pero, ¿eso tiene que ver con la práctica de la fe cristiana? Para responder a esto, me permito señalar tres ideas:

  • El profeta Oseas, denunciando a una cultura idolátrica señala que en ella se “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7) [1], es decir, quien ha practicado la injusticia, tarde o temprano recibirá el justo pago de sus actos, sea en esta vida o en la venidera. Pero ¿quién es el que produce la cosecha? Bíblicamente, no somos nosotros. Gálatas 6:7-9 dice con toda claridad que el Dios que no puede ser burlado dará la cosecha y, acto seguido en los versículos 9 y 10 nos invitan a hacer el “bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”, persistiendo en ello. El mismo apóstol Pablo exhorta a los creyentes de Roma, diciendo: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré’, dice el Señor. Antes bien, ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:17-21). ¿Es entendible que personas reaccionen frente a lo malo, incluso de mala manera? Sí. ¿Es justificable? No, en ningún caso, pues para eso está la justicia civil o la disciplina eclesiástica, según sea el caso, y, por sobre todo, porque nadie debe arrogarse el papel de Dios en la venganza, porque sólo Él puede llevarla a cabo de manera santa y perfecta. Jesús señaló que en los tiempos entre su primera y segunda venida “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Entonces, es la maldad y no la justicia la que hace enfriar el amor. 
  • La tarea apologética no puede confundirse con la funa. El apóstol Pedro señaló en su primera carta: “¡Dichosos ustedes, si sufren por causa de la justicia! Así que no les tengan miedo, ni se asusten. Al contrario, honren en su corazón a Cristo, como Señor, y manténganse siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes. Tengan una buena conciencia, para que sean avergonzados aquellos que murmuran y dicen que ustedes son malhechores, y los calumnian por su buena conducta en Cristo(1ª Pedro 3:14-16, RVC. Los destacados son míos). El texto refleja el contexto de la carta, que era la persecución neroniana, a mediados de los 60 d. C., entended que el sufrimiento es un signo de la iglesia de Cristo. Nos presenta la adoración como estilo de vida en la que el corazón como “centro religioso de la vida” (Dooyeweerd), articula la comunión entre cosmovisión y espiritualidad. Es dentro de ese estilo de vida, que somos llamados a estar preparados de manera permanente para la tarea apologética, combinando la mansedumbre y el respeto, entendiendo que ella debe ser desarrollada cuando se pida razón de la fe, lo que implica que no hay que dar todas las peleas ni andar a la defensiva, y que pase lo que pase, el testimonio debe ser cuidado. La funa no es apologética porque daña el testimonio de la iglesia de Cristo.
  • La funa es una violación flagrante del noveno mandamiento, que dice a la letra: “No des falso testimonio en contra de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Reitero lo señalado en otro artículo: Violar el noveno mandamiento consiste en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte [2]. Como diría C. S. Lewis: “La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [3].

Te invito a que pienses del seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales como mera basura virtual. Gadamer, planteaba en “Verdad y Método” que es imposible acercarse a la realidad sin prejuicios [4]. La palabra pre-juicio es literalmente un “juicio previo”. Y todos tenemos presupuestos acerca de la realidad. A veces le damos al clavo con esa mirada previa, pero en muchas no. Entonces la actitud sana es explicitar el prejuicio desde el inicio, pero someterlo a la prueba de la evidencia y el pensamiento. Partir con un prejuicio no implica conservarlo. Por ende, las tareas son: a)  conocer de verdad a las personas y no dejarte llevar por pantallazos, vídeos y fotos sacadas de contexto, que por lo mismo no dicen nada; b) contar hasta 10 (y más si es necesario) antes de establecer un juicio lapidario respecto de una persona; c) no personalizar las discusiones, porque son las ideas las que se discuten, de tal manera que podamos avanzar, y para que después que la posición del otro gane o se vea como aquella que es más plausible, conservando la relación fraterna; d) pensar que no todo tiene que ser opinado y que uno no tiene por qué dar todas las batallas que se presentan en la vida; e) no justificar nunca una mala acción porque “otros igual lo hacen”; f) no creerte nunca el centro del universo, porque no lo eres, no lo soy; g) amar más la comunidad real, la de carne y hueso, que aquella invisible, virtual, que te apoya con un like, pero que en la hora de la dificultad y la pena no está; y h) no comentar o difundir información sobre alguien si no has hecho el ejercicio de contrastar la información y asegurarte que ella no se basa sólo en prejuicios o derechamente la difamación.

El espíritu de funa que invade a creyentes es anticristiano porque reporta un escaso o nulo respeto a la dignidad de un otro, barriendo con uno como si disentir de una opinión, o haber cometido el “grave delito” de eliminar o bloquear a alguien de una red social por sanidad mental fuese comparable a dilapidar la dignidad de otro. ¿Cuán fácil es hablar de alguien sin siquiera conocerle más que por una foto o publicación en alguna red social? ¿Cuán fácil es juzgar planteamientos de otros sin siquiera hacer el esfuerzo por comprenderlos para luego discutirlos con altura y sin falacias argumentativas o simplonas caricaturas? ¿Cuán fácil es para la gente comprar los cuentos de las personas sin el ejercicio mínimo de la prudencia de no prestarse para el basureo? ¿Y para qué decir de la enorme dificultad de tomar partido y defender a quien está siendo atacado gratuitamente? Siempre será más fácil dar like a una publicación y compartirla que contrastar la información para saber si es fidedigna. Siempre será más fácil ocupar el tiránico tribunal de las redes sociales y saltarse los medios establecidos por la iglesia o la sociedad para llegar a la justicia. Lo fácil no necesariamente implica lo ético y lo consistente con la fe bíblica. 

El tiránico tribunal de las redes sociales fue graficado por Umberto Eco de la siguiente manera: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel” [5]. No demos pie la funa como espíritu de época ni al basureo virtual ni a la simplonería en el debate. 

Hoy como ayer, ninguna red social es la vida, ninguna red social es la iglesia… Enhorabuena que así sea.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Las citas bíblicas son tomadas, a no ser que se diga lo contrario, de la Nueva Versión Internacional.

[2] Luis Pino. El chisme y su daño relativizado.

[3] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, p. 76.

[4] Hans-Georg Gadamer. Verdad y Método. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977, pp. 331-377. En dicha sección aborda eso de manera lata. 

[5] Citado en varias paginas web, entre ellas: http://verne.elpais.com/verne/2016/02/20/articulo/1455960987_547168.html (Consulta: noviembre de 2020). 

La oración persistente.

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.  ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:1-8).

Jesús, en el marco de sus enseñanzas sobre la venida del Reino de Dios, expone una parábola y Lucas, el evangelista, pone en la palestra desde un comienzo el propósito de ella: enseñar “sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (18:1). Esta oración persistente es una marca de un pueblo que pone su esperanza en el Señor.

Para enseñar la importancia de la oración persistente, relata la historia de un juez, que es definido según las palabras de Jesús como injusto, sin temor de Dios ni respeto con los hombres (18:2). La parábola señala que una mujer viuda insistentemente le reclamaba por justicia (18:3). Una viuda, en esa época, era un símbolo de una persona que no representaba ninguna utilidad para las autoridades. De hecho, en la cultura grecorromana tenían la obligación de volver a casarse, cosa que el cristianismo eliminó.  Esta mujer, entonces, no tenía ni el poder para influir ni el dinero para sobornar para que un juez de esta calaña actuara en su favor. Pero este juez que no respetaba a nadie, termina accediendo a la petición de la viuda “no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (18:5). El motivo por el cual este hombre actúa no es la justicia sino lo que para él era una obstinación de esta mujer. Él no quería cansarse con dicha actitud. 

El punto de clímax de la parábola está en el v. 6: “Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto”. Pues esto invita a poner la atención en el juez injusto. Y lo hace así, porque la parábola busca poner sobre la mesa una comparación por contraste con nuestro Señor, el Dios Todopoderoso. Jesús dice: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia” (18:7,8a). La oración continua debe realizarse con la confianza en el carácter de Dios. Dios es inigualable, es un Padre amoroso y fiel. Es fácil recordar a Jesús en el sermón del monte diciendo “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). 

El texto cierra de una manera bien habitual en este método de enseñanza de Jesús. Si se me permite la metáfora futbolera, el Maestro como un perito número 10 nos pone la pelota con un pase genial justo al pie. La pregunta queda abierta, y amerita a ser respondida por usted: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1:8b). La oración persistente es un fruto de la gracia de Dios en nosotros. La fe que ejercemos es resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Tenemos todo para perseverar en la fe. ¿Qué nos apaga la fe? ¿Qué nos hace dejar de persistir como la viuda en la oración confiada y persistente? Puede que la respuesta de Dios se demore. Pero la oración permite descansar y poner la vista en Cristo y su segunda venida, pues allí está nuestra esperanza. Ahí está la respuesta a nuestras oraciones. Allí está nuestra justicia. Cualquier cosa que recibamos por gracia en el presente es un atisbo de las glorias de la gracia que viviremos en la eternidad. 

Cierro con estas palabras de Martín Lutero: “No hay cristiano que no tenga que orar sin cesar. Pero me refiero a la oración espiritual; es decir que nadie, si lo quiere, está tan rigurosamente ocupado en su trabajo al punto de no poder hablar con Dios allí mismo, en su corazón, y exponerle sus propias adversidades o las de otras personas, pedirle auxilio y rogar y, en todo ello, ejercitar y fortalecer su fe”. El Señor nos ayude a “orar siempre, y no desmayar”. 

Luis Pino Moyano.

* Devocional preparado para una reunión de oración en la 10ª Iglesia Presbiteriana De Santiago, el 10 de noviembre de 2020.  

Primeras lecturas al libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”.

El 14 de septiembre del año pasado realizamos nuestra primera actividad como núcleo. Teníamos pensado continuar con calma y lanzarnos al espacio público con el nombre de nuestro núcleo, “Fe Pública” a la par de nuestro primer libro, que terminará siendo el segundo, y que buscará presentar a cinco autores reformacionales fundamentales: Kuyper, Dooyeweerd, Wolterstorff, Plantinga y Goudzwaard, en el pos de acercarlos y leerlos para Chile y América Latina del siglo XXI, y no en pos de copias ahistóricas. Pero llegó el 18 de octubre de 2019, un día que como diría Paul Ricoeur tiene la fuerza de un “hito monstruo” que nos modificó en la cotidianidad, en nuestra forma de mirar el tiempo histórico y la sociedad, junto con la vida en la ciudad y por supuesto la práctica de nuestra fe. En ese contexto, creímos que lo más pertinente era hablar de verdad, de escucharnos de verdad y hacer el esfuerzo, también, de pensar de verdad.

“Los artículos del libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”, fueron escritos sin exagerar, en medio de una de las crisis más grandes vividas en la historia política chilena, fueron realizados desde el anhelo de la paz de la ciudad en la que nos toca vivir (Jeremías 29:7), y con la clara conciencia que no podíamos embobarnos con un sentido de urgencia que nos hiciera perder de vista lo realmente importante, a saber que Cristo es Señor de todo, y que sólo Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación, en los que la dignidad y la justicia serán más que un anhelo y un eslogan. 

Este primer libro del Núcleo Fe Pública, a un año de los hechos del octubre chileno, viene a ser un testimonio histórico de lo que un grupo de evangélicos pensábamos en esos días. Pues esto forma parte de nuestra misión: ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada” (De la presentación del mismo libro).

Pronto, les invitaremos a una nueva lectura, aquella del libro que sería el primero y terminó siendo el segundo. Una maravillosa analogía de la vida de quienes buscan hacerse de los primeros lugares y no terminan como quisieran. Pues como canta un bello himno protestante: “morirán los señores del mundo, mas su reino no acaba jamás”.

Les invitamos a adquirir el libro en Amazon, comprándolo aquí. El e-book tiene un precio más que asequible. El libro impreso a demanda, también está barato, sólo que encarecido por los gastos de envío, ahí les sugerimos asociarse con amigos y amigas para adquirirlo a un precio más conveniente.

1. Presentación del libro.

2. Reseñas del libro.

Reseña de Fabián Bravo en Lupa Protestante.

Reseña de Juan Pablo Espinosa en Estudios Evangélicos.

Reseña de Jean Paul Zamora en Pensamiento Pentecostal.

3. Podcast de Imagen Bautista.

Conversaciones sobre la Reforma Protestante.

Durante este mes de octubre, he tenido la posibilidad de compartir distintas conversaciones en torno a la Reforma Protestante, y quisiera compartir en un día como hoy, 31 de octubre, donde se conmemora la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero hace 503 años atrás. La idea transversal es reconocer el aporte de los reformadores, sobre todo en su anhelo de volver a la Escritura como la Palabra de Dios, y las fortalezas que nos provee una tradición. 

Compartiré dichas participaciones, según el orden cronológico:

1. El plan de Dios sobre la sociedad y la cultura. 

En esta exposición, refiero al papel de los creyentes cristianos en la cultura y la sociedad, recordando los mandatos creacionales, tan caros para la tradición reformada. La actividad fue realizada por la Iglesia Presbiteriana de Chiguayante.

2. Entrevista sobre las Reformas Protestantes.

En la entrevista, se abordan desde distintos prismas el hito del 31 de octubre de 1517 y el movimiento de Reforma que abrió, con sus luces y sombras, y los desafíos que nos reporta en el presente. La entrevista fue realizada en el marco de la Red Teológica de Estudiantes. 

3. La confesionalidad de la Iglesia.

¿Qué es la confesionalidad de la iglesia? ¿Cómo se elaboró la Confesión de Fe de Westminster? ¿Cuáles son sus implicaciones para la vida en comunidad? Son preguntas que son respondidas en este vídeo, publicado hoy 31 de octubre de 2020, en el que la Iglesia Puente de Vida se hace parte de la celebración de los 503 años de la Reforma Protestante.