Espiritualidad presbiteriana. Conceptualización y aterrizaje práctico.

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Luis Pino Moyano[1].

El sentido común ha hecho creer que presbiterianismo es sinónimo de un racionalismo frío, falto de una espiritualidad rica, lo que se traduciría en una suerte de adolescencia de los creyentes en su acercamiento cotidiano a Jesucristo. Nada más alejado de la realidad. No por nada, el símbolo original del presbiterianismo fue la zarza que ardía en la gloriosa manifestación de Dios a Moisés (Éxodo 3:1-7), junto con el emblema latino de “Nec Tamen Consumebatur”, “Aún así no se consumía”. Yahvé, el Dios del Pacto, se ha revelado en su Palabra y ha trazado una relación de amor con su pueblo. Ha sido tan indestructible dicha relación, que el fuego de su santa justicia se nos manifiesta misericordiosamente sin consumirnos. Dicho símbolo, tiene otro elemento aplicable a la vida de los creyentes, en el sentido que nuestros hermanos escoceses, y luego, por herencia, muchos otros presbiterianos en el tiempo tuvieron a la vista, pues, como dirá Carlos Parada, “estaban conscientes que la Palabra de Dios es llama que no se apaga y que tiene como propósito encender el mundo entero”[2]. Ese acto de encender el mundo se lleva a cabo en el seguimiento fiel de Jesucristo, en la vida de santidad, en la proclamación del evangelio y de la extensión del Reino de Dios en todas las esferas de la vida.

Un eje significativo de la espiritualidad presbiteriana es que ésta es confesional, es decir, que esta adhiere y sustenta su práctica en una declaración de fe, que explica los elementos fundamentales de la enseñanza bíblica y produce una defensa frente a quienes atenten contra ella (en el caso de la Confesión de Fe de Westiminster, el catolicismo romano y el anabaptismo, principalmente). A su vez, esta Confesión de Fe se haya fortalecida por el aprendizaje y reconocimiento de los credos del cristianismo universal, que hacen que no perdamos de vista la catolicidad de la Iglesia, y los catecismos que nos ayudan en la instrucción de los creyentes, sobre todo de quienes están dando sus pasos para una membresía en plena comunión. En mi caso, soy miembro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella reconoce junto con la cristiandad universal los credos apostólico, niceno-constantinopolitano, atanasiano y el de Calcedonia. Por su parte, reconoce la Confesión de Fe de Westminster en su revisión de 1903, la que es suscrita por sus oficiales (pastores, presbíteros y diáconos), junto con los Catecismos Mayor y Menor de Westminster y el de Heidelberg. Para algunos creyentes cristianos en la actualidad, decir que somos una iglesia confesional sería sinónimo de ausencia de libertad, a lo que digo que eso es totalmente falaz, toda vez, que la libertad cristiana es por definición comunitaria, y tiene la intención de amar y servir a Dios y al prójimo (véase Gálatas 5:1-15). Lo que hace la confesionalidad es dar un marco para la vida eclesial, permitiendo ser realmente una “común-unidad” que reconoce y acuerda como suyos unos artículos de fe, sumado a la limitación de la tiranía eclesiástica: nadie enseña a su antojo cosas que escapan a la Escritura, en asuntos de doctrina y práctica[3]. Esto, porque la Confesión es una norma normada por la Biblia, que es la única Palabra de Dios. Entonces, la confesionalidad es bandera de libertad y no cadena que inmoviliza.

Si quisiéramos definir la espiritualidad presbiteriana de manera muy breve, deberíamos decir que se trata de la práctica de creyentes reformados por el Espíritu Santo, sustentada en en la enseñanza de la Palabra de Dios, y que se traduce en una vida que anhela “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”[4]. Todo lo que colabore en la tarea de glorificar y gozarnos en Dios, contribuye a una espiritualidad sana. Y aquí hay un papel doble: el del Espíritu Santo que aplica las obras de la gracia, de manera soberana, renovando la vida de los creyentes en Cristo, como también, la respuesta de dichos hombres y mujeres a dicha obra, viviendo de acuerdo a la nueva naturaleza que se nos ha sido dada (véase Romanos 8:1-17).

Hace un momento atrás, señalé que soy miembro de una iglesia que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, lo que tiene mucho que ver con el entendimiento de la espiritualidad, puesto que entre los dos capítulos añadidos por la PCUSA a los treinta y tres originales, posee uno titulado “Del Espíritu Santo”. Hay muchos presbiterianos en el mundo que no suscriben dicha versión confesional, porque creen que no son necesarios, toda vez que la Confesión original ya hablaba de dichos temas. Hay otros que han señalado, sin desparpajo que estos harían guiños al arminianismo y al liberalismo teológico. Bástenos acá citar a Benjamin Warfield, de quien nadie dudaría de su ortodoxia, y que fuese uno de los opositores a dicha reforma, cuando asume su posición como un “voto vencido”: “La doctrina expuesta en estas varias secciones es la doctrina común de las iglesias calvinistas, y se puede encontrar ampliamente expuesta en el cuerpo de teología de cualquier teólogo calvinista común. El capítulo es, por lo tanto, un resumen compacto de la doctrina calvinista ordinaria del Espíritu Santo y su obra”[5]. En otras palabras, estamos frente a una respuesta calvinista de cuño presbiteriano, a la obra del Espíritu Santo y al amor de Dios y las misiones, en un contexto de auge del pentecostalismo y del movimiento misionero moderno, lo que da cuenta que la teología es contextual, puesto que responde a las interrogantes del presente a la luz de la Escritura. El capítulo 34 de la Confesión de Fe de Westminster, reformado por la PCUSA en 1903, señala en su punto 4: “Cuando el Espíritu Santo mora en los creyentes, éstos quedan estrechamente unidos a Cristo quien es la Cabeza y, por lo tanto, unidos entre sí en la Iglesia, que es Su cuerpo. El llama y unge a los ministros para su santo oficio, habilita a los demás oficiales de la Iglesia para su obra especial, y proporciona distintos dones y gracias a los miembros de ella. Hace eficaces la Palabra y las ordenanzas del Evangelio. Él preservará la Iglesia, la hará crecer hasta que llene el mundo, la purificará y posteriormente la presentará completamente santa en la presencia de Dios[6]. De dicha declaración extraeremos a continuación algunos principios para la espiritualidad.

Un principio prioritario de la espiritualidad presbiteriana es que es esencialmente comunitaria. Hoy, cuando hablamos de espiritualidad, se tiende a ensalzar la intimidad y lo interior, enfatizando en la práctica de las disciplinas espirituales. En cambio, la espiritualidad presbiteriana tiende a ensalzar lo comunitario, con prácticas visibles en lo exterior, que impactan en el alma por cierto, y que enfatizan en la práctica de los medios de gracia. Como señalará Timothy Keller: “Debemos decir con claridad que no estamos hablando meramente de relaciones informales e individuales entre cristianos, sino también de membresía y participación en la iglesia institucional, reunida bajo sus líderes para la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor. La predicación de la Palabra por aquellos dotados, preparados y autorizados por la iglesia para hacerlo, y la participación de la Cena del Señor –con todo el autoexamen y la rendición corporativa de cuentas que lleva consigo- son maneras irremplazables en que la comunidad cristiana provee testimonio, formación espiritual y comunión con Dios[7]. Charles Hodge, en un discurso en el que describe qué es el presbiterianismo, planteaba que: Esta morada del Espíritu en el cristiano que enlaza a todos los miembros del cuerpo de Cristo, produce, no solamente aquella unión interior o subjetiva que se manifiesta en la simpatía y cariño, en la unidad de fe y amor, sino también la unión y comunión externas. Hace que los cristianos se reúnan para celebrar el culto, y para vigilarse y cuidarse mutuamente, debiendo para ello estar sujetos el uno al otro en el temor del Señor. / Pone a todos en sujeción a la palabra de Dios como la regla de fe y práctica. Les da no solamente interés mutuo en el bienestar, pureza y edificación de cada uno, sino que también les impone la obligación de promover estos resultados. Cuando alguno de los miembros sufre, todos sufren con él; y cuando alguno de ellos se siente satisfecho, todos se regocijan con él”[8]. Por su parte, John Knox, reformador reconocido por ser el padre del presbiterianismo, decía que: La congregación a la que me refiero es la que se reúne en el nombre de Jesucristo, dando gloria y magnificando a Dios Padre por los infinitos beneficios reunidos en su Hijo, nuestro Señor. […] Quien se aparta de una congregación como esta (pero ¿dónde hallarla?) declara que no es miembro del Cuerpo de Cristo[9]. Todas estas citas, presentadas en orden cronológico inverso, presuponen que la espiritualidad presbiteriana se hace manifiesta en un compromiso espiritual y activo con la iglesia visible, la que colabora en la edificación del cuerpo de Cristo con la multiplicidad de dones que se manifiestan en ella. No se puede ser creyente cristiano sin participar de la vida de la iglesia. No se puede orar diciendo “Padre nuestro…”, si el nosotros no es real en un tiempo y en un espacio determinado. El cristianismo es indefectiblemente comunitario, o no será.

Un elemento sumamente relevante para la espiritualidad presbiteriana es la celebración del culto comunitario y el acto de guardar el día del Señor. El capítulo 21 de la Confesión de Fe de Westminster[10], enseña que:

  • Sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno de recibir gloria por parte de su pueblo.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

De este asunto quisiera relevar con mayor fuerza el carácter cristocéntrico de la espiritualidad presbiteriana, porque todo el acto de adoración de los creyentes, sea en el culto lato de la vida, como en el culto estricto de la comunidad de creyentes reunidos en el día del Señor, necesitan de la mediación de Cristo. Nuestro culto a Dios, en el cual todo el ser es presentado a Dios en adoración, en el que la mente es transformada por la Palabra de Dios, en el que cantamos con gratitud en el corazón y en el que actuamos con amor, justicia y misericordia hacia nuestro prójimo (Romanos 12:1,2; Hebreos 13:15,16), sólo es posible porque Cristo está en-y-con nosotros, ayudándonos a vivir para la gloria de Dios. Calvino decía que “Para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[11]. La espiritualidad presbiteriana no pierde de vista ni a Dios ni al prójimo. Aquí es pertinente recoger la definición de “piedad” propuesta por Hermisten Maia, al entenderla como una relación teológicamente orientada del humano para con Dios en su devoción y reverencia y, a su conducta bíblicamente ajustada y coherente con su prójimo. La piedad envuelve comunión con Dios y el cultivo de relaciones justas con nuestros hermanos. La obediencia es la madre de la piedad, resume Calvino[12]

Hablamos en el párrafo anterior de la transformación que experimentamos los creyentes en Cristo. Si los seres humanos somos entendidos como creados a imagen y semejanza de Dios, como unidad psicosomática (el cuerpo es la expresión material del alma en un tiempo y espacio), como criatura (súbdito) y persona (libertad según su naturaleza)[13], el ser humano completo requiere ser transformado. Es así que llegamos a plantear otro principio fundamental de la espiritualidad presbiteriana: ¡Todo es espiritual! El corazón, que es el “centro religioso de la vida”[14], en las palabras de Dooyeweerd, viene a dotar de coherencia todas las áreas de la existencia humana. La verdadera transformación del corazón implica el cambio del intelecto, las emociones y la voluntad. Una espiritualidad profunda debe buscar el enriquecimiento de dichas áreas, cuidando el corazón, como diría el proverbista, porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Timothy Keller y Kathy Keller dirán que: La mejor manera de cuidar tu corazón para la sabiduría es adorando a Dios, procurando que tu boca, tu mente, tu imaginación e incluso tu cuerpo estén todos orientados hacia Él”[15].

En la práctica de la piedad que es consciente de la realidad espiritual de todas las cosas, tiene en un puesto de primacía la Biblia como Palabra de Dios. La espiritualidad presbiteriana es bíblica, y entiende que soberanía de las esferas no deja de lado lo que dice la Escritura, puesto que ella da respuesta a las problemáticas  de la vida, en sus diversas áreas de desarrollo. Así lo señala la Confesión de Fe de Westminster en su capítulo 1, punto 6: “Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura o por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura[16]. La Biblia es, y debe ser, la base de todo lo que creemos y hacemos, y todo lo que acontece a nuestro alrededor debe ser leído con sus lentes.

La espiritualidad presbiteriana está marcada por la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes (véase, 1ª Pedro 2:4-10), pues en el presbiterianismo no existe la separación entre clero y laicos. Todos somos el pueblo de Dios, sacerdotes que buscamos con todo ahínco que Dios sea glorificado en cada cosa que hacemos, con los dones que el Espíritu Santo nos ha dado. Lo que sí distinguimos es el oficio particular al que alguno de sus miembros han sido llamados por Dios, y que es reconocido en la comunidad, lo que se refrenda en las asambleas de ella por medio del voto. Creemos que el liderazgo bíblico tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual, en el que todos los creyentes somos responsables. Somos responsables de acompañar y de ser acompañados por nuestros hermanos, en la tarea de aprender y servir. Esa tarea es espiritualidad. En sí, el sacerdocio universal es un llamado al trabajo: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida[17]. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar.

Juan A. Mackay, en “El sentido presbiteriano de la vida”, concluye que: “Los presbiterianos y las iglesias presbiterianas, debido a su profunda convicción acerca de la intervención de Dios en la historia, proclaman la necesidad de considerar los asuntos humanos desde una perspectiva profética. Si el mundo es verdaderamente el teatro de la gloria de Dios, entonces la vida humana en todos sus aspectos deberá mirarse e interpretarse a la luz misma de Dios[18]. Siendo Cristo Señor de todo, viviendo vidas que están sustentadas en la Palabra que vive y permanece, y misionando para el Reino de Dios en todas las esferas de la vida, la adoración debiese abarcar todas las áreas de nuestra existencia. Isaías 66:1,2 señala con toda claridad: Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me pueden construir? ¿Qué morada me pueden ofrecer? Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir afirma el Señor . Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra. En la vida para Dios no hay posibilidad para el dualismo. No hay posibilidad de pensar y vivir la adoración sólo en templos o parroquias. Así como la mirada de fe del cristianismo es total y la misión lo abarca todo, la adoración, por su parte, es cósmica y pública. Porque como señalará Francis Schaeffer: Las personas hacen de acuerdo con lo que creen. Cualquiera que sea el punto de vista sobre su mundo, eso es lo que serátrasladado al mundo exterior[19]. Lo que creemos se traduce siempre aquello que hacemos.

A la luz de todo esto, la vocación a la que Dios nos ha llamado, y que se traduce en nuestro trabajo en cada lugar en el que nos desenvolvemos, debe ser leído en clave espiritual. Dios nos ha llamado a servirle en el mundo con nociones de amor y de justicia, siendo el fruto de nuestros manos, la forma en la que Dios se acerca dando bienestar a quienes nos rodean[20]. No hay trabajo sagrado o profano, sólo hay trabajo que glorifica a Dios o que no le glorifica. Como diría David Trumbull, fundador de la obra presbiteriana en Chile, “Servir a Cristo es reformar la sociedad, es consolar al afligido, es instruir al ignorante y es conducir al arrepentimiento a los que están alejados de Dios”[21]. No por nada el presbiterianismo del que hemos sido herederos en América Latina, por la vía de la misión, se esforzó en predicar el evangelio de la mano de una ardua tarea social, manifestada en la creación de centros educacionales (primarios, secundarios y terciarios), de hospitales y diversos centros de salud, orfanatos y ligas contra la intemperancia; todo eso unido al apego a un sistema democrático representativo, al respeto y promoción de los derechos humanos y civiles, y al desarrollo de una economía que promueve la inventiva, el emprendimiento y la libre circulación de mercancías para el desarrollo de calidad de vida. Todo este trabajo misional es entendido como acto responsable de los creyentes en la búsqueda de la glorificación a Dios (ética protestante del trabajo).

Por eso, no deja de llamar la atención, que en algunos sectores del presbiterianismo hoy día, por cuidarse de los embates del liberalismo teológico, el liberacionismo y el posmodernismo, tienda a refugiarse bajo el techo y abrigo del fundamentalismo. Lo que Eliezer Leal aplica para la confesionalidad presbiteriana en 1903, quisiera ponerlo en la palestra hoy, pues la espiritualidad presbiteriana “nos acerca a un calvinismo que no cede ante el liberalismo teológico, pero tampoco se conforma a una escolástica protestante cómoda y exclusivista. Nos acerca a un calvinismo que supera la dicotomía entre lo bíblico y lo relevante, y nos invita a involucrarnos con nuestra cultura, reconociendo los dones del Espíritu en medio de ella, pero también siendo celosos en reconocer sus idolatrías y vanas filosofías[22]. La espiritualidad presbiteriana no es ensimismada. Alza sus manos y voces para glorificar a Dios, y extiende las manos horizontalmente, cuando ama a su prójimo, hermano en Cristo o no, buscando su alegría, aliento, sanidad y consuelo.

Que Dios siga siendo glorificado en la iglesia y en el mundo.


 

[1] Presbítero de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Este artículo fue escrito a modo de apuntes para el Conversatorio: “¿Qué entendemos por espiritualidad?”, organizado por la Red Teológica de Estudiantes (Santiago, 21 de mayo de 2020).

Consecuente con la propuesta temática, he procurado citar a autores presbiterianos, con la sola salvedad de Calvino, Dooyeweerd y Hoekema, que forman parte de la tradición reformada. En el caso de Kuiper, el texto referido fue escrito por él mientras era pastor de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

[2] Carlos Parada. Hacia una visión reformada de la relación personal del creyente con el Espíritu Santo. Una propuesta de definición desde la Confesión de Fe de Westminster y obras de teología reformada relevantes en lengua castellana, en diálogo con la comprensión que tienen de dicha relación miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2016, p. 112.

[3] Véase: Carl Trueman. ¿Por qué los cristianos necesitan confesiones? En: http://icr-grancanaria.jimdofree.com/por-qué-los-cristianos-necesitan-confesiones-por-carl-trueman/ (Consulta: mayo de 2020).

[4] Catecismo Menor de Westminster, pregunta 1. Disponible en: Los estándares de Westminster. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 119.

[5] Benjamin Warfield. “The Confession of Faith as revised in 1903”. En: The Union Seminary Magazine. Nº 1, Vol. XVI. Richmond, 1904, pp. 13, 14. Disponible en: http://static1.squarespace.com/static/590be125ff7c502a07752a5b/t/5adce3ce352f538288fe51ee/1524425681807/Warfield%2C+Benjamin+Breckinridge%2C+The+Confession+of+Faith+as+Revised+in+1903.pdf(Consulta: mayo de 2020). Citado y traducido en: Eliezer Leal. Una Teología histórica de la enmienda de 1903 a la Confesión de Fe de Westminster. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2019, p, 71.

[6] Confesión de Fe de Westminster. Versión de 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[7] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 333.

[8] Charles Hodge. ¿Qué es el presbiterianismo? México, Imprenta Presbiteriana de Vapor, 1886, pp. 58, 59. Se ha actualizado la ortografía acentual.

[9] John Knox y Juan Calvino. Oración y la vida cristiana. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2017, pp. 44, 45. El texto citado de Knox data de 1553, y fue titulado: “Tratado sobre la oración, o confesión y declaración de oraciones a ella añadidas”. La consulta que apela a la ubicación de una iglesia fiel a Jesucristo está ligada a un contexto en que la Reforma recién estaba emergiendo.

[10] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[11] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952.

[12] Hermisten Maia Pereira da Costa. “A vitalidade da teologia sistemática reformada: Algumas de suas ênfases e desafios”. En: Felipe Sabino de Araujo Neto (editor). A sistemática da vida. Ensaios en honra de Heber Carlos de Campos. Brasília, Editora Monergismo, 2015, p. 84.

[13] Esto es una síntesis de la sistematización teológica realizada en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005.

[14] Herman Dooyeweerd. No Crepúsculo do Pensamento Ocidental. Editora Hagnos, São Paulo, 2010. Específicamente el ensayo “O que é o homem?”.

[15] Timothy Keller y Kathy Keller. Sabiduría de Dios para navegar por la vida. Medellín, Poiema Publicaciones, 2018, p. 85.

[16] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[17] Véase sobre este asunto: R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2018, pp. 146-152 (bajo el subtítulo “El oficio universal”).

[18] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969. Edición digitalizada disponible en: http://iglesiapresbiterianadetexcoco.files.wordpress.com/2010/10/jhon-a-mackay-el-sentido-presbiteriano-de-la-vida.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[19] Francis Schaeffer. Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1973, p. 8.

[20] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller referida a la relación entre fe y trabajo. Timothy Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 350-355; y, Timothy Keller. Toda buena obra: Conecta tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2018.

[21] De un sermón de David Trumbull, titulado “Un siervo de Jesucristo”, basado en Romanos 1:1. Citado en: Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Vida y obra de David Trumbull. Santiago, IPCH Ediciones, 1995, p. 159.

[22] Eliezer Leal. Op. Cit. pp. 77.

De peleas banales y la verdad.

Cuando la diputada Camila Vallejo junto con los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric ingresaron al parlamento, sacudieron el ambiente político no sólo por su juventud -“la bancada estudiantil”, le llamaban-, sino también con un autodenominado nuevo modo de hacer política. Y una evidencia de aquello fue el proyecto presentado para la rebaja de la dieta parlamentaria a un 50%. Eso fue acompañado de una serie de propuestas que iban asociadas a la reducción de gastos implementados, desde los viáticos hasta el uso de software. Esas propuestas, denotan desde el comienzo una práctica política que no desvincula los fines de los medios, con un alto influjo ético, en el que la legalidad no es la medida de todas las cosas, sino aquello que es legítimo de acuerdo a la realidad del país. Sé que nos metemos en una discusión demasiado puntillosa y profunda, que escapa a los fines de una columna de opinión, respecto a qué responder cuando preguntamos qué es legítimo y qué no lo es, pero sólo a modo de esbozo, a mi juicio tiene que ver los mínimos éticos que nos provee la Declaración Universal de los Derechos Humanos y un ejercicio democrático que vea al ciudadano no sólo como un elector, sino como un sujeto que tiene iniciativa, discurso y propuesta. 

Ahora bien, en algunas ocasiones, cuando se habla de vocación política, se señala que los parlamentarios no debiesen tener una dieta parlamentaria, sino que debiesen vivir como cada ciudadano, es decir, con el fruto de su trabajo, y que en Chile eso ocurría en el pasado. Particularmente, no creo en una de las razones que se da para sostener la necesidad de una dieta parlamentaria, esa de evitar la corrupción política por medio del pago y colusión con intereses particulares o privados, que podrían ser atractivas a los ojos de quien no recibe una remuneración por su trabajo político, toda vez, que la dieta parlamentaria podría ser el doble a lo que es hoy, y seguir siendo atractiva una propuesta dolosa, porque el que tiene algo siempre puede querer un poco más. Mi tema con la dieta parlamentaria pasa por una cuestión democratizadora, pues cuando en Chile no existía pago de una dieta parlamentaria aquello estaba hermanado al voto censitario, en el que ciudadanos hombres, que sabían leer y escribir, y que tenían un bien inmueble, podían ejercer su derecho a sufragio, lo que derivaba en un congreso conformado por una élite hacendal y mercantil. El pago de la dieta parlamentaria, abrió paso a una dedicación exclusiva a la actividad política y la apertura de esa posibilidad a actores de la clase media y de la clase obrera, lo que unido al fin del voto censitario, al reconocimiento de ese derecho a mujeres y analfabetos, junto a la cédula única de votación, fueron ejercicios que ampliaron y densificaron nuestra democracia. Por ende, creo que el pago de una dieta parlamentaria debe existir y debe permitir no sólo una vida digna, sino el libre ejercicio de la práctica parlamentaria. 

Esta discusión es tan relevante, que fue uno de los temas que emergió durante el llamado “estallido social” del “octubre chileno”, a fines de 2019, aprobándose por unanimidad la iniciativa de legislar sobre ese asunto, tanto en la Cámara como en el Senado, con lo que se pidió al Ejecutivo que indicar una reforma constitucional sobre este asunto. En los últimos días hemos visto el debate abierto, notándose el esfuerzo de algunos parlamentarios para que dicha rebaja fuese temporal y no permanente, e incluso que fuesen las mismas corporaciones las que decidieran el monto de dicha dieta. Eso quedó zanjado en el informe de la Comisión Mixta, aprobado el 7 de mayo en la Cámara de Diputados, en el que se hace permanente dicha rebaja y se da pie a que el Consejo de Alta Dirección Pública elabore los criterios técnicos para dicha rebaja. Eso debe ser aprobado ahora por el Senado, con lo que se convertiría en ley de la República. 

Esta discusión se ha visto empobrecida por la banalidad a la hora de producir argumentos, en los que ha salido a la palestra, inclusive, una discusión en la que el fallecido Eduardo Bonvallet emplaza a Giorgio Jackson respecto de esta temática. Para mi, Bonvallet era un tipo espectacular. Todavía escucho los vídeos de sus programas en YouTube, mientras realizo otras tareas. No fue un gran jugador de fútbol, pero tampoco era malo ni mediocre, pues rendía y luchaba. En lo que era genial es que sabía mucho de fútbol y leía los partidos como pocos. Pero eso no hace que todo lo que dijera fuese verdad última o idea por asumir. Porque lo que hizo “el Gurú” ese día con el joven diputado no fue otra cosa que un espectáculo, pero no necesariamente un acto comunicativo correcto y veraz. Inclusive, engrandece más la actitud de Jackson por no responder la pachotada del comentarista de fútbol de marras. Que “#Bonvallet” haya sido trending topic en Twitter durante estos días, muestra la incapacidad de escuchar o de comprender lo que se lee, toda vez que lo que los parlamentarios del Frente Amplio hicieron fue pujar por una rebaja permanente de la dieta y criterios que gozaran de autonomía para ello. 

Llama más la atención las declaraciones del diputado Garín, quien hoy no le debe cuentas a nadie, porque se trata de un independiente. Llaman la atención, porque es un sujeto que ha mostrado templanza y lucidez en ocasiones anteriores, y que estos últimos días habría hecho una “gran revelación” respecto a dónde iban los dineros que el diputado Jackson hacía de su dieta. Quien recibía ese aporte era su propio partido Revolución Democrática, lo que ha desatado ideas respecto a la aparente mentira del diputado Jackson y del alejamiento de los principios éticos que reflejaban la nueva forma de hacer política. Pero eso es una discusión pobre, falaz y banal (con tres adjetivos, como le gusta a Su Excelencia), toda vez que históricamente los partidos de izquierdas han recibido donaciones de sus parlamentarios para salvaguardar su independencia política. Eso lo hizo el PC antes del golpe y lo volvió  a realizar cuando pudieron volver al parlamento. El PS lo dejó de hacer cuando algunos de sus actores tuvieron compromisos con SQM e incluso, probablemente, algunos de sus actores hayan tenido nexos con los narcos. A la luz de los hechos, el Frente Amplio quiso seguir el modelo histórico. Cualquiera que participe de instancias colectivas sabe la diferencia en un ahorro para sí mismo y un aporte para una organización. Nadie se atrevería a decir que los aportes que mensualmente doy a la iglesia en la que soy miembro, o al bienestar de los trabajadores del colegio, son mis ahorros, porque lo son de una instancia colectiva. Claramente, en algún momento podrían beneficiarme de manera directa, pero eso por voluntad colectiva y no por mí y ante mí. El que un diputado done a su partido o una fundación del mismo no implica un ahorro personal. Aludir aquello, es o una pequeñez o una incomprensión lectora de la realidad. 

Lo que me parece relevante sobre ese asunto, es que eso fue refrendado en una entrevista a CNN en el año 2014 por Giorgio Jackson (ver entrevista aquí, desde el minuto 9:28 para lo puntual, aunque vale la pena verla completa), y por Gabriel Boric en una entrevista de 2016 en la que dice: “Yo entrego el 60% de los recursos a mi organización, Izquierda Autónoma. Y me quedo con 2 millones 700 mil pesos mensuales, lo que sigue siendo mucha plata. Y muchas veces se nos critica de por qué no lo donan a caridad. Giorgio entiendo hace lo mismo. La Camila creo que también. Porque aquí no se trata de acciones individuales para salvar la consciencia propia. Sino más bien de acciones institucionales que den cuenta de convicciones comunes en torno al valor del trabajo” (leer acá). Desde hace años no había nada escondido. Y acá el problema no es la mala memoria, sino la mala intención de falsear la realidad, o la desidia manifestada en no ir a las fuentes. ¿Quién falta a la verdad entonces?

Lo lamentable es que toda la bulla politiquera y banal, propia de la política analfabeta, dice relación que hay actores políticos que no quieren bajarse la dieta, pues la rebaja de recursos la quieren hacer por la vía de reducir la cantidad de parlamentarios, y el mecanismo para llevarlo a cabo no estaría en un congreso unicameral, sino en el retorno al sistema binominal. Que hoy quieran mantener eso en el tabú es lo deshonesto. Porque ellos no rehúyen este tema relacionado con la cuestión de la legitimidad por espacio en una columna, sino simplemente por corrección política y popularidad en un contexto difícil para la clase política civil luego de un estallido social y una situación sanitaria adversa. Esa es la discusión de fondo, que las bravatas no nos dejan ver con claridad. 

Luis Pino Moyano. 

[Ebook] El Magníficat de María y la esperanza que no defrauda.

He querido compartir con ustedes, en estos días aciagos, una reflexión sobre la esperanza que no defrauda. Lo hago, metafóricamente, de la mano de María, una joven mujer de Nazaret, que canta a la gracia, la justicia y la fidelidad del pacto del Dios Todopoderoso. Es un texto breve que es compartido en distintos formatos para su lectura: PDF (con tamaño apropiado para su lectura en un smartphone o tablet), Epub, y MOBI (para kindle). Los dos últimos están en una carpeta comprimida, ya que WordPress no los soporta como archivos para añadir. 

El material es difundido con una licencia “Creative Commons” 4.0, es decir, que esta versión no puede ser comercializada y si es compartida, debe serlo en el mismo formato. 

Espero que esta reflexión bíblica sea de bendición para ti. Y si lo es, ayuda a su difusión. 

Cordialmente, Luis. 

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Empresarios que glorifican a Dios y sirven a sus empleados.

1. ¿Por qué escribir un post como este?

El 1 de mayo del año pasado escribí un post titulado “Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo”, en el que presento algunas bases cosmovisionales sobre el trabajo y cómo cada labor que realizamos tiene que ver con nuestra relación con Dios y su Reino, sumado al hecho que el producto de nuestras manos puede bendecir a quienes nos rodean. Poco tiempo después, en el marco de una serie de mensajes de la Iglesia Puente de Vida, me correspondió predicar un sermón titulado “Un amo en común”, mostrando cómo la Biblia mandata a trabajadores y amos a desarrollar sus labores glorificando a Dios y sirviendo a quienes les rodean. La primera parte de dicho mensaje, junto con algunas conclusiones, está condensada en el post que cité al comienzo, mientras que la segunda parte del sermón, viene a completar mi reflexión sobre esta temática, poniendo en la palestra a un actor al que muchas veces olvidamos cuando hablamos de “ética del trabajo”, y que es relevante que quienes somos cristianos protestantes, que defendemos la idea de “Sola Scriptura”, digamos algo sobre el empresario, sea de una pequeña, mediana o gran empresa, sobre todo si dicho sujeto es un hermano en la fe. Todos debemos basar nuestra acción en el mundo en la Palabra de Dios, y leer nuestras profesiones a partir de un lente cosmovisional. 

Es una omisión grave de la predicación cuando perdemos de vista lo que la Biblia dice sobre la tarea empresarial. Me impactó mucho leer esta historia en el libro “Justicia generosa”, de Timothy Keller. La cito extensamente:

“Raymond Fung, evangelista de Hong Kong, cuenta cómo estaba hablando de la fe cristiana con un trabajador textil y le invitó a acompañarle y visitar  una iglesia. El hombre no podía ir al servicio del domingo sin perder un día de paga, pero lo hizo. Después del servicio Fung y el hombre fueron a comer. El trabajador dijo: ‘Bueno, el sermón me impresionó’. Había tratado del pecado. ‘Lo que el predicador dijo, lo veo en mi: pereza, temperamento violento y adicción al entretenimiento barato. Fung contuvo el aliento tratando de controlar su emoción. ¿Le habría llegado el mensaje del evangelio? Se sintió desilusionado. ‘No dijo nada acerca de mi jefe’, le dijo el hombre a Fung. Cuando el predicador había repasado la lista de pecados, ‘[no había dicho] nada acerca de cómo emplea a niños trabajadores, cómo no nos da las vacaciones que nos corresponden legalmente, cómo coloca etiquetas falsas, cómo nos obliga a trabajar más horas…’. Fung sabía que había miembros de la clase dirigente sentados en la congregación, pero aquellos pecados nunca se mencionaban. El trabajador textil comprendía que él era pecador, pero negaba el mensaje de la iglesia porque sentía que no era un mensaje completo. Harvie Conn, quien relató esta historia en su libro, añadió que los predicadores del evangelio que se centran en algunos pecados pero no en los pecados de opresión ‘no pueden trabajar de ninguna manera entre la abrumadora mayoría de la población del mundo, campesinos y trabajadores pobres’” [1].

Tenemos algo que decir al respecto, porque la Biblia ya lo ha dicho. El texto de la Escritura en el que se sustenta nuestra reflexión es Efesios 6:9:

“Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos”.

2. Un mensaje contracultural: la correspondencia al trabajo bien realizado. 

Esta porción escritural de la pluma de Pablo es sumamente contracultural. De la misma manera que en el contexto de la carta era contracultural exigir deberes a esposos y padres, era un acto de cuestionamiento del orden imperante decir una palabra respecto del deber de los amos. En cierto sentido, lo que el apóstol está haciendo es poner coto a un sistema que construye una jerarquía social que otorga privilegios a unos y trabajo a otros, simplemente por la familia en la que se nació o por el acceso a la propiedad. Para esta sociedad, trabajar con las manos era algo indigno para “hombres de bien”. Ser libre implicaba no trabajar. 

Pablo invita a los empleadores a un trabajo relevante. Corresponder a la actitud de trabajadores que desarrollan bien su labor es fundamental. Un trabajador debe recibir la honra y el pago que amerita por su labor realizada. Otorgar condiciones laborales adecuadas, donde la dignidad de las personas no sea trastocada, donde no existan jornadas laborales abusivas donde la vida -en términos integrales- es negada, donde exista un sueldo que tenga relación con la producción y las ganancias que la empresa obtiene y donde el día del Señor sea respetado, forma parte del deber de empresarios cristianos. Si tienes trabajadores a tu cargo, evalúa hoy si vives de acuerdo a la Palabra del Señor en esta área. 

3. No emplear herramientas de amenaza. 

En la época de Pablo, el padre de familia no sólo era una autoridad al interior del hogar, sino que era también una autoridad de carácter judicial. Como padre de familia y amo en su trabajo, éste podía ejercer castigos sobre sus subordinados, que podían ir desde la reprensión, pasando por el castigo físico, hasta inclusive matar a un desobediente. 

Un empresario o líder cristiano no basa su respeto en el miedo que otros tengan de él, sino en acentuar el trato digno de quienes son subordinados. Emplear herramientas como el acoso laboral o la amenaza constante de despidos atenta contra este principio bíblico. Porque una cosa es despedir a un trabajador por no llevar a cabo las labores especificadas en su contrato, y otra muy distinta es despedirle porque demanda el derecho a buenas condiciones laborales. 

Evaluar no implica, necesariamente, castigar. Evaluar implica corregir y retroalimentar, e incluso reconocer y premiar, dependiendo del caso. ¿Eres un empleador que sólo destaca los aspectos negativos de tus trabajadores? ¿Te has dado cuenta de las cosas buenas que realizas? ¿Las reconoces y premias, dependiendo del caso? 

4. Buenas condiciones laborales. 

Pero, ¿qué es esto de las buenas condiciones laborales? Dejemos que el texto de Deuteronomio 24:14,15 nos lo diga: “No te aproveches del empleado pobre y necesitado, sea este un compatriota israelita o un extranjero. Le pagarás su jornal cada día, antes de la puesta del sol, porque es pobre y cuenta solo con ese dinero. De lo contrario, él clamará al Señor contra ti y tú resultarás convicto de pecado”. Este texto enseña cuatro principios respecto del trabajo en los creyentes:

a. Los empleadores deben ser justos: no deben oprimir y deben pagar lo que corresponde en el momento oportuno. 

b. Los trabajadores deben entender que son las manos de Dios para llevar el sustento al hogar: la provisión es de Dios. ¿Cuál es el papel de los empleadores? Entender que no se permite efectuar dicha labor con alegría y sencillez de corazón si no hay salario proporcional al trabajo realizado o si, derechamente, no hay salario. 

c. Es justo y necesario orar por las situaciones laborales adversas.

d. Dios siempre hace justicia: Él siempre dará el pago justo. Esto implica temor y adoración por parte de quienes tienen la digna tarea de ser empresarios. 

5. Cuidado con la lógica anticristiana que impera en el mercado. 

El mercado es un espacio legítimo, como el desarrollo de la empresa privada también lo es. Pero vivimos en un mundo caído en el que lo que podría ser desarrollado con virtud, se realiza con vicios y corrupción. Para un empresario cristiano el “todos lo hacen” no vale, pues es similar a transar los principios de la fe cristiana. Me referiré a dos cosas en particular.

En primer lugar, la Biblia enseña que los negocios deben desarrollarse con justicia. Levítico 19:35,36 dice: “No cometan injusticias falseando las medidas de longitud, de peso y de capacidad. Usen balanzas, pesas y medidas justas. Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de Egipto”. Cobrar de más, falsear datos comerciales, especular, coludirse con otras empresas, monopolizar productos, atentan contra la ética del Reino de Dios. Las empresas deben producir bienes y servicios que busquen no sólo llenar los bolsillos, sino que beneficien a la población y que al momento de ser adquiridos pueda hacerse a un precio adecuado. No hablo de barato ni caro, sino adecuado al producto que se oferta. 

Por otro lado, las riquezas no son prohibidas en la Biblia. Las riquezas son un don de Dios. Pero como todo don de Dios, tiene profundo poder y exige, entonces, responsabilidades. En dicho sentido, la acumulación es pecaminosa. Santiago 5:1-6 dice: “Ahora escuchen, ustedes los ricos: ¡lloren a gritos por las calamidades que se les vienen encima! Se ha podrido su riqueza, y sus ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado su oro y su plata. Ese óxido dará testimonio contra ustedes y consumirá como fuego sus cuerpos. Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos! Oigan cómo clama contra ustedes el salario no pagado a los obreros que les trabajaron sus campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor Todopoderoso. Ustedes han llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que han hecho es engordar para el día de la matanza. Han condenado y matado al justo sin que él les ofreciera resistencia”. El problema en este texto es la acumulación simbolizada por riquezas podridas, ropa apolillada y plata oxidada. Amontonar riquezas es un acto idolátrico que acarrea autodestrucción. El salario no pagado y el trato indigno de los trabajadores, sumado al desenfreno al que lleva el lujo y el placer, sólo acarrea violencia. Y esa violencia es fruto de la caída: un fruto que no entiende la justicia de Dios que nos invita a mirarle a Él y a sus dones como herramientas para servir a otros con generosidad. 

En el Reino de Dios no vale el que todos lo hagan. Como diría el abuelo de un amigo: “No importa que los demás no cumplan. Tú cumple”. 

6. La batalla que empleadores y trabajadores deben dar para el Señor.

El texto de Efesios señala que los trabajadores son esclavos de Cristo y que el Señor les recompensará según el trabajo que hayan realizado. Respecto de los amos, dice que ellos tienen un mismo Amo que los trabajadores en el cielo, y que Dios no tiene favoritismos. Trabajadores y empresarios cristianos servimos a un mismo Señor. Como diría Elemento en su canción “Presuntos enemigos”: “Cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”. El Señor tiene el poder de botar todas las barreras que nos separan. Y si nosotros en la iglesia y en la sociedad hacemos todo lo posible por volver a levantarlas, lo único que hacemos es barrer con la verdad de la Palabra, levantando ídolos que buscan nuestra autoexaltación. 

Génesis 1:28 dice: “y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. La teología reformada, basándose en dicho texto, elaboró un concepto caro: mandato cultural. Dicho mandato le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). Hace un tiempo, estuve haciendo clases en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile, sobre teología del trabajo, y al señalar este texto, una estudiante muy suspicaz me señaló: “pero nosotros vivimos en un mundo caído, donde no siempre se puede cumplir dicho mandato, ni se puede trabajar en nuestras vocaciones”. ¿Qué decir a eso? Que efectivamente, nuestra condición caída, hace que el trabajo sea en muchas circunstancias infructuoso, que haya condiciones adversas que nos terminan deshumanizando, y que no necesariamente hacemos lo que nos gusta, o para lo que fuimos llamados por Dios a realizar. Nuestro mundo no se parece al Edén. 

Pero, en Babilonia también se vive dicho mandato cultural. Jeremías 29:5-7 registra una carta que el profeta le escribe a personas exiliadas en un imperio que es símbolo del pecado, el abuso de poder y el paganismo. En ella, pronunciando la palabra de Dios, Jeremías les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad”. En otras palabras, tanto en el Edén como en Babilonia, o en sus copias felices o tristes, nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Colaboramos con la extensión del Reino de Dios cuando trabajamos. Tú y yo somos las manos de Dios para producir bienestar en el mundo con el trabajo o el emprendimiento que desarrollamos. ¿Entiendes la tremenda responsabilidad que tenemos entonces? ¡Cuánto necesitamos arrepentirnos! ¡Cuánto necesitamos que el Espíritu nos llene de poder para desarrollar la hermosa tarea de trabajar en la iglesia y en el mundo, y aprovechar los efectos de la gracia común!

7. Reflexión final. 

En el año 1891, en Holanda, se desarrolló se desarrolló el Congreso Social Cristiano, organizado por el Partido Antirrevolucionario. Dicha instancia, contó con discursos, diálogos y la conformación de un programa de acción política, que llevaría a su fundador, el pastor y teólogo Abraham Kuyper, a ser elegido como primer ministro de su país en 1901. En dicha ocasión, en el discurso inaugural señaló:

“Sólo una cosa es necesaria para encontrarse frente a una cuestión social: observar la insustentabilidad del estado actual de cosas. Al declarar la insustentabilidad, no será por cuenta de factores secundarios, sino provenientes de un craso error en la propia estructura fundamental de nuestra convivencia social. Para quien no reconoce eso y piensa que el mal puede ser sanado por medio de una piedad creciente, por medio de relaciones más amigables y de una mayor caridad, para ellos el problema puede ser una cuestión religiosa o una cuestión filantrópica, pero nunca una cuestión social. Así, piensan que la cuestión social es inexistente. Por tanto, esta cuestión sólo puede estar presente si realizamos una crítica arquitectónica con respecto a la propia sociedad humana, para entonces, desechar y seguir en la búsqueda que lleve a la realización de un arreglo diferente de construcción social y a creer en su posibilidad” [2]. 

¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad más justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

La presencia fiel del cristianismo en el mundo no se mide por las veces que se dice “Dios” o se citan versículos bíblicos, sino por la coherencia entre pensamiento y acción, y la consistencia entre pensamiento y palabra de Dios. Tenemos mucha tarea por realizar. Trabajadores y empresarios, tenemos mucha tarea por realizar. 

Luis Pino Moyano.

 

[1] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 83. El texto que Keller cita fue tomado de: Harvie Conn. Bible studies in evangelization and simple lifestyle. Carlisle, Paternoster, 1981, p. 18.

[2] Abraham Kuyper. O problema da pobreza: a questão social e a religião cristã. Rio de Janeiro, Thomas Nelson Brasil, 2020, p. 119 (la traducción es mía). 

 

Seguir siendo iglesia en tiempos de coronavirus.

El coronavirus ha traído enfermedad y la lamentable pérdida de vidas, restricciones parciales o totales a la libertad de desplazamiento y de reunión, el seguimiento obligado de protocolos de salud y la adecuación de la realidad laboral al teletrabajo o la pérdida temporal del trabajo, y junto con ello, muchos desafíos para mantener la vida comunitaria. La necesidad de sociabilización se acrecienta. Y las conversaciones con una taza de café en la mano y los abrazos a la despedida que antes eran tan cotidianos y, por ende, triviales, hoy se transforman en algo que añoramos. Anhelamos el encuentro fraterno y amical. 

Claramente, quienes somos creyentes tenemos el desafío de seguir siendo iglesia en  los tiempos del coronavirus. Y la primera vez que pensé en lo importante de acometer esta tarea con esfuerzo responsable y con la mayor calidad que podamos producir, vino a mi memoria el texto de Génesis 4:26. Ese texto está al final del relato histórico de la primera familia, que había sido expulsada del Edén y que se había encontrado con las trágicas consecuencias del pecado: Abel muerto, Caín errante, y un hijo que nació como señal de la esperanza en Dios llamado Set. De este sujeto se habla muy poco, pero se señala que él, junto con su familia piadosa, celebraron culto al Dios Todopoderoso. El texto dice: “Set tuvo también un hijo al que llamó Enós. Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor”. Esta es la primera mención de un culto comunitario en la Escritura. Y aquí emerge el primero de los desafíos: mantener y fortificar la adoración del pueblo de Dios en sus hogares. Es muy pertinente decir, con toda claridad, que no estamos celebrando cultos on line, sino que estamos entregando insumos que ayuden a las familias, congregadas en el seno hogareño, a invocar el nombre del Señor. 

Son las familias reunidas, los creyentes miembros de la iglesia esparcida en el mundo, quienes oran, cantan, ofrendan, leen y escuchan la Escritura, todos elementos del culto. Una transmisión en línea, manuales litúrgicos y otros insumos son una ayuda que permite a los creyentes celebrar apropiadamente el culto al Señor, y no perder el sentido de comunidad. La circunstancia es la distinta. Ya nos encontraremos para celebrar al Dios vivo y verdadero, para luego estrecharnos un abrazo y conversar. Nuestra nostalgia es la del encuentro con los hermanos y amigos que no podemos ver, y no la de no haber celebrado el día del Señor como iglesia que somos. El no entender esta realidad es tener un concepto bastante limitado de lo que es la iglesia. La iglesia del Señor es el pueblo conformado por aquellos que Dios amó desde la eternidad y que se hace visible en la comunidad que invoca el nombre del Señor. En el pasado, en la familia setita. Actualmente, nuestra familia, en el hogar. Nosotros somos la iglesia, y eso, por pura gracia. Eso seguimos celebramos en el tiempo que nos toca vivir, porque Dios nos amó y sigue amando. Y el no poder reunirnos en nuestros templos, circunstancialmente, no nos impide para ello.

Un desafío ligado a lo anterior, ha tenido que ver con el aprendizaje y el despliegue de conocimientos sobre herramientas virtuales. Este es el tiempo de usar de manera adecuada las redes sociales, con infografías, reflexiones, vídeos en vivo con sermones, estudios y reflexiones de la Palabra de Dios. Por otro lado, la búsqueda de cuáles aplicaciones son las más funcionales para la realización de videollamadas, que nos permitan mantener la dinámica de grupos, el desarrollo de clases que permitan la interacción y el desarrollo de reuniones de oración, de trabajo y de adoración. También, la generación de materiales educativos y devocionales en las páginas web de las iglesias, junto con el desarrollo de plataformas para la educación a distancia. Todo esto forma parte del esfuerzo comunitario ante el llamado responsable de quedarse en casa y de no reunirnos en público, junto con la valoración de la gracia común en el uso de la tecnología que tenemos a disposición. Santiago dice en su carta: “Todo beneficio y todo don perfecto bajan de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni períodos de sombra” (1:17). Todavía queda por saber cómo respondemos ante las necesidades de creyentes que se congregan solos en su grupo familiar, de aquellos que por su edad avanzada no han tenido la suficiente alfabetización virtual, o de quienes no pueden acceder a una buena conexión de internet. Cada respuesta debe adecuarse a la realidad de cada comunidad. 

Las iglesias tenemos el desafío de no disociar ética de legalidad. El maquiavelismo que disocia fines de medios no forma parte del modo de ser y vivir de quienes profesamos la fe de Jesús. Y aquí, hay tres cosas por decir:

  • Debemos tener una mirada equilibrada del estado: ni la estadolatría ni la estadofobia forman parte de la comprensión escritural respecto del rol del magistrado civil, el que debe velar por el bienestar común. Y ahí, si bien es cierto, no ha existido la prohibición de nuestras reuniones (cosa que los programas de televisión parecen olvidar), si ha existido desde el principio clara conciencia que quienes tienen enfermedades crónicas, niños y personas de la tercera edad, deben restarse de las reuniones públicas. Y con ellos, los familiares que podrían ser fuentes de contagio para esas personas que corren mayores riesgos. 
  • Por eso la suspensión de las actividades cúlticas no obedece a una cuestión meramente legal, sino a un imperativo ético. Es un acto de amor al prójimo, en tanto se busca conservar el bienestar físico de quienes nos rodean. Jesús lo dijo así: “Mi mandamiento es este: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos” (Juan 15:12,13). Lo que certifica que nuestra fe es verdadera es el amor, y ese amor implica negarse a uno mismo en favor de los demás. La misericordia es una expresión viva de la fe en un Señor que sanaba a personas en el día de reposo, más allá del juicio taxativo de los líderes religiosos de su época.
  • Quien confunde fe con temeridad está leyendo el Salmo 91 como lo hacía Satanás, y no como le respondió Jesús a su tentador: “Entonces el diablo llevó a Jesús a Jerusalén, lo subió al alero del Templo y le dijo: – Si de veras eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque dicen las Escrituras: Dios ordenará a sus ángeles que cuiden de ti y que te tomen en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le contestó: – También está dicho: No pondrás a prueba al Señor tu Dios” (Lucas 4:9-12). El proverbista señala: “El prudente ve el peligro y se esconde, los incautos se arriesgan y lo pagan” (Proverbios 22:3). La prudencia es fruto de un corazón que ha sido renovado por el poder transformador del Espíritu. Si alguien le pide disociar espiritualidad de conocimiento, o en lenguaje evangélico, espíritu de mente, la persona que ha hecho eso tiene una fe atrofiada, que no ha ponderado que Dios salva al ser humano integralmente y, por ende, está preocupado de todo el ser. Eso es propio de un espíritu sectario que invita a crédulos y no a creyentes.

Finalmente, tenemos el desafío de ser comunidad y de mantener los lazos de ella. Sobre todo quienes miramos críticamente la idea de un estado paternalista, porque creemos que su rol no es hacerlo todo, debemos comprometernos a los esfuerzos solidarios que estén a nuestro alcance. Y para eso, no necesitamos de grandes medidas y tareas (que pueden ser válidas y necesarias), sino partir por la comunidad. Pablo, el apóstol, lo dice así: “aprovechemos cualquier oportunidad para hacer el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe” (Gálatas 6:10). Comencemos haciendo el bien a la familia de la fe. Eso desafía nuestra comodidad y el modo de ser de una cultura que no sólo ha enrejado o amurallado sus casas, sino también sus corazones. Debemos combatir la hiperindividualización de la cultura imperante. No existe cristianismo solitario, por lo que seguimos siendo parte de una comunidad aunque no podamos reunirnos presencialmente. Debemos generar conexión real y no al estilo superficial de las redes sociales, debemos amar y ser amados en atención del otro (reciprocidad), debemos afirmarnos y cuidarnos. Una llamada telefónica, una videollamada, un mensaje de WhatsApp, sirven para sentirnos acompañados. Como diría Dietrich Bonhoeffer: “Ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en ‘ofrecerles’ algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca a alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque éstos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar”*. Y este, más que nunca, es el tiempo de escuchar. Es el tiempo de servir. Es el tiempo de pensar en los demás antes que en uno mismo. 

Ser miembros de la iglesia es una enorme bendición. Y como toda bendición de Dios, según lo que enseña la Biblia de principio a fin, siempre implica responsabilidad. Manos a la obra.

Luis Pino Moyano. 

 


 

* Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, p. 106. 

** Este post es la presentación ordenada de mis apuntes y reflexiones en los conversatorios organizados por el núcleo “Fe Pública”, con el título “Fe en tiempos de coronavirus”, los días 30 de marzo y 7 de abril de 2020. Para esta reflexión, ocupé la traducción bíblica “La Palabra. El mensaje de Dios para mi”, de las Sociedades Bíblicas Unidas, en su edición hispanoamericana.  

Sobre las vacaciones adelantadas, el retorno presencial y la tozudez.

Vivimos en un país en el que, lamentablemente, nuestras autoridades civiles no han dado el ancho en contextos de crisis. Hemos visto el retraso a la hora de actuar para paliar las necesidades en situaciones contingentes y en la generación de planes de acción para el futuro cercano. Una muestra gráfica de aquello está en el primer anuncio de suspensión de clases, el domingo 15 de marzo de 2020, que fue antecedido una hora antes por la declaración del comité de expertos convocado por el Ministerio de Salud en el que se señaló lo innecesario de suspender actividades presenciales, como por ejemplo, las clases de los colegios. Fue la presión de los alcaldes, del Colegio Médico y otros actores de la sociedad civil que conllevó esta medida. Eso no es otra cosa que improvisación. No necesariamente somos reos de nuestras propias palabras, porque tenemos derecho a cambiar de opinión. El gobierno también tiene ese derecho, sobre todo cuando está ante opiniones fundadas. Pero cuando sucede en menos de una hora, es simple señal de improvisación. No está de más decir, que esta medida se tomó un día antes del inicio de una nueva semana escolar. 

El miércoles 25 de marzo, el MINEDUC extendió la medida, para las dos primeras semanas del mes de abril, para que luego, las dos siguientes semanas, del 13 al 24 de abril, fueran de vacaciones. Vacaciones de invierno adelantadas. Claramente, esta medida tiene un aspecto loable: manifiesta coherencia con el discurso de la educación de calidad, toda vez que suspender lo presencial implica volver a planificar con una propuesta ad hoc de educación virtual. Es siempre bueno tener planes B, pero trabajar con ellos todo el tiempo no es lo óptimo. Tener claridad de los tiempos, facilita la planificación. Además, hay una segunda cuestión valorable: el ánimo de no perder el año escolar. Dicho lo anterior, creo que no se tuvo un criterio fundamentalmente pedagógico a la hora de tomar la decisión de adelantar las vacaciones de invierno, puesto que a esta altura, ya estaríamos con planes y prácticas adecuadas a la realidad de la educación a distancia, y dos semanas, implicarán la pérdida de ritmo, sobre todo si las condiciones a fines de abril y principios de mayo no implicarán necesariamente un retorno presencial. Pensar ese retorno de manera taxativa es innecesario, puesto que lo mejor en casos como estos es generar una revisión periódica de lo presupuestado. 

Ayer 9 de abril, Raúl Figueroa, ministro de Educación, declaró: “Las clases presenciales son muy difíciles de reemplazar; se han hecho importantes esfuerzos, nosotros los hemos promovido y los agradecemos respecto de toda la comunidad escolar, para seguir adelante procesos de educación a distancia, pero estamos también convencidos que, sobre todo en el mundo escolar, la clase presencial es muy importante, y por lo tanto debemos tomar todas aquellas medidas que nos permitan recuperar la mayor cantidad de horas posibles en el sistema escolar”. Si bien es cierto, la misma autoridad gubernamental ha relativizado la posibilidad del retorno presencial el 27 de abril, actúa de hecho apelando a la necesidad de volver según dicho mecanismo. 

Soy consciente, como profesor, que lo que se da en el aula de manera presencial es irremplazable. Y que, además, nosotros hemos sido formados para el desarrollo de una actividad presencial y no para el ejercicio profesional virtual, lo que ha conllevado el desafío de modificar nociones, el ingreso al uso de plataformas y dotar el sistema de una mayor flexibilidad. Pero es irresponsable y falto de criterio pedagógico pensar que la educación tiene que ver fundamentalmente con lo presencial o con horas de clases recuperadas o perdidas. Es irresponsable, porque, en primer lugar, no puede haber educación de calidad si las condiciones de salubridad, de transporte y de vida están limitadas por una situación nacional totalmente distinta. ¿Cómo se puede pedir ir al colegio si quienes son estudiantes y trabajan en la educación pueden contagiarse en la micro o en el metro? ¿Cómo puede pensarse en la educación presencial de calidad si en casa las condiciones de alimentación cambiaron debido al despido de padres, madres y apoderados de sus fuentes laborales en medio de esta situación? Y, nuevamente, vemos la ausencia de criterio pedagógico cuando la actividad educativa se entiende como la entrega de contenidos y de horas realizadas. La educación tiene que ver con eso, pero por sobre todo con la capacidad de pensar y reflexionar la realidad de lo que ocurre dentro y fuera del aula, con el desarrollo de habilidades, con lo afectivo y emocional, con el buen vivir. Todo eso queda fuera de una noción economicista y academicista que no dota de centralidad al estudiantado a la hora de educar-nos. Yo extraño a mis estudiantes, extraño el encuentro y la magia del aula. Pero prefiero no encontrarme presencialmente con ellos/as si eso implica riesgo para su bienestar. 

Además, el ministro señala que se “se han hecho importantes esfuerzos”. ¿Cuáles son? ¿Podríamos nombrarlos? ¿Habilitar una plataforma virtual del Mineduc con recursos pedagógicos? ¿Liberar los PDFs de los textos escolares? ¿Seguir pagando la subvención a los colegios -como corresponde, porque seguimos trabajando, ahora más con lo difuso que se vuelve el teletrabajo? ¿Qué más? Los otros esfuerzos han sido de establecimientos, profesionales de la educación, estudiantes, padres, madres y apoderados/as. Y no basta con su promoción y agradecimiento. Es la hora de generar políticas educacionales de verdad, con compromisos económicos mayores de parte del estado:

  • Uso de toda la mañana del canal público -Televisión Nacional de Chile-, para la transmisión de contenido educativo, con clases de todas las asignaturas y con cierta transversalidad en los niveles. Si hay algo que ha evidenciado esta crisis, es la segregación social del país. Sí, una vez más. Porque la modernidad no ha llegado a todos los lugares del país (lo que debiese inhabilitarnos por un rato en la discusión sobre la posmodernidad u otros tipos de modernidad líquida, radicalizada, etc. Así, se puede llegar con mayor facilidad a los sectores donde una conexión a internet es impensada, lo que puede ser acompañado con carpetas con guías impresas (disponibles en el colegio y entregadas guardando los protocolos de salud), llamadas telefónicas para hacer explicaciones breves, entre otras.
  • Realización de capacitaciones pedagógicas para el uso de plataformas educativas a distancia y subvención para el acceso de parte de las/os profesionales de educación a herramientas para llevar a cabo ese trabajo: computadores, acceso a internet de mayor potencia, cámaras, micrófonos, etc.
  • El estado debiese convocar la solidaridad de la empresa privada, buscando liberar accesos WiFi en distintas zonas del país, donando computadoras a estudiantes, a las editoriales regalando libros físicos o haciendo disponibles ediciones digitales, etc. 

Hoy, más que pensar las políticas gubernamentales en la lógica economicista y de campaña publicitaria, se hace necesario pensar la realidad de manera multifocal y atendiendo a las “necesidades reales de la gente”, como les gusta decir a los políticos profesionales de distinta bandería. Porque si hay algo que es deber del estado es cuidar y promover el bien común. Y el resguardo de las condiciones dignas para los/as estudiantes de Chile claramente está allí. 

Las vacaciones ahora son un hecho. Que el retorno presencial se dé cuando las condiciones lo permitan. Si eso es mayo, junio o julio, ¿qué importa? Lo importante, es que se dé cuando la población no tenga riesgo a enfermarse. Mientras, se deben hacer esfuerzos por fortalecer la dinámica virtual con medidas tendientes a ello, y no sólo con la espera de la iniciativa privada o particular de quienes somos profesionales de la educación. Fines y medios van de la mano. ¿O no?

Luis Pino Moyano. 

Mariano, descansa… tus obras siguen.

Ayer, a la edad de 88 años, murió Mariano Puga Concha, presbítero de la Iglesia Católica Romana en Chile, sacerdote diocesano, pero en una expresión más significativa, el cura obrero en la Villa Francia y la población La Legua, desarrollando labores como “maestro pintor”. ¿Pero qué hizo que un joven nacido en una familia aristocrática chilena, un “Puga Concha”, hiciera de la defensa, cuidado y reivindicación de los pobres de la tierra y de los represaliados por un régimen que no dudó en emplear con voracidad el terrorismo de estado, su propia causa? Él no dudaba en responder que una conversión. Fue el evangelio de Jesucristo el que lo “chaló”, forma coloquial para referir a la “bendita locura” de la que hablaba Pablo, el apóstol a los gentiles. Fueron las páginas del evangelio las que enmarcaron la ruta que tomó y su agenda como un obrero de la iglesia que le llamó. Páginas que revelan que el proyecto histórico de Dios consistía en un anuncio de las buenas nuevas que traen salud a todo el ser, y que, por lo tanto, dicho relato debe hacerse carne en el amor que trabaja en pos de los hambrientos, desnudos, enfermos y presos, mirando en ellos a Cristo mismo, en la esperanza de un Dios que hace y hará justicia, como cantaba María de Nazaret en el Magnificat. 

En los tiempos de una secularización radicalizada, que avanza con mayor fuerza, Mariano Puga, en su palabra y acción, es un mensaje a la conciencia de quienes somos cristianos y no. Eso hace que un evangélico de toda la vida se detenga a escribir en esta hora sobre un sacerdote católico. Porque estos tiempos, son también los de la visibilización de la corruptela moral y económica enraizada en el abuso de poder. Mientras sacerdotes engominados y con pulcras ropas clericales son acusados de pedofilia, y mientras muchos pastores hacen gala de un dinero que se entregó para “la obra” y no para su enriquecimiento, el testimonio ético de Mariano es una voz férrea, en el que podemos decir que sigue siendo posible un cristianismo de a de veras, más allá de las circunstancias adversas que nos tocan. Mariano Puga es un referente en un mundo en el que cada vez más carecemos de ellos. Como dijera el papa Celestino I: “Si debemos distinguirnos del pueblo o de los demás, sea por la doctrina y no por la vestimenta”. “Por sus frutos los conoceréis”, enseñó el Maestro de Galilea. 

¿En qué sentido Mariano Puga fue un referente para los cristianos? Me permito relevar los siguientes antecedentes: 

a. Sin lugar a dudas, lo primero que se debe relevar acá es su vida común con los pobres de la ciudad. Dicho acto, no fue el abajismo de la misericordia de fin de semana, sino la consistencia de la vida permanente. La salida de Mariano desde su lugar de origen fue un acto de empatía. Su vida posterior no lo fue. No necesita empatizar aquél que vive las mismas circunstancias, aquél que camina codo a codo en medio de los rigores de la vida, aquél que radicaliza su voto de pobreza ganándose el pan con el sudor de su frente. Mariano era parte de ese “pueblo que camina, / y juntos caminando podremos alcanzar / otra ciudad que no se acaba, / sin penas ni tristezas, / ciudad de eternidad”.

b. La primera vez que vi a Mariano Puga fue en una imagen televisiva, con su alba ensangrentada, luego de agarrarse a puñetes con unos sujetos que se infiltraron para provocar desórdenes en la liturgia del Parque O’Higgins con ocasión de la visita de Juan Pablo II. Mariano Puga no sólo caminó con los pobres de la ciudad, sino también con aquellos que sufrieron los rigores de “la larga noche de la dictadura”. Y allí tampoco tuvo que empatizar, pues él mismo fue torturado en la Villa Grimaldi. Entonces, sus actos de protesta contra el régimen, en los “vía crucis” en los que iba a la vanguardia con su alba y estola, no como disfraz litúrgico, sino como un escudo de quienes marchaban tras de él con pancartas con citas de la Biblia y de las conferencias episcopales de Medellín y Puebla; sumados a las acciones de no-violencia activa, como los ayunos (huelgas de hambre) y las manifestaciones en que los rezos del Padrenuestro eran la protección contra los lumazos o la bota militar, todo eso, era parte del entendimiento de su ministerio en una comunidad eclesial que asumía como propio el signo del martirio, no sólo entendido como la muerte por una causa, sino como el acto de portar un testimonio hasta el fin de la vida. Mariano nos enseñó con su testimonio que la iglesia no puede hacerse parte de la cultura de los poderosos de la tierra, no puede hacerse parte de aquellos que matan, torturan y desaparecen a quienes son enemigos históricos o circunstanciales. Nos enseñó que hay que alzar la voz todas las veces que sea necesario en defensa de la justicia que es base para la paz. 

c. Otra cosa que hay que referenciar del testimonio de Mariano fue su entendimiento de la comunidad. El protagonismo del laicado en la comunidad, para el integrismo católico romano, es sinónimo de escándalo. Dicho protagonismo estaba dado por el entendimiento de lo que un pastor cristiano debía ser: alguien con quien se conversa la fe mirándole a los ojos, donde hay liderazgo servicial. Eso se refleja en quienes hablan más en la liturgia, toman y beben los elementos de la eucaristía. Pero, por sobre todo quiero destacar tres cosas. Las dos primeras las tomo del documental “En nombre de Dios”, de Patricio Guzmán y la segunda, de una nota de prensa. a) Para Mariano la liturgia no sólo tenía que ser de cara al pueblo y en lenguaje vernáculo, sino que tenía que ser una liturgia histórica y no alienante, y que por lo tanto debe producir miedo, miedo de salir de la comodidad del status quo de la cultura imperante, miedo de celebrar la vida en un contexto donde la muerte es la tónica, todo eso hace énfasis del carácter contracultural del mensaje cristiano; b) la celebración del matrimonio desacramentalizado, donde la voz de los/as laicos/as, sobre todo quienes son casados se alzan para aconsejar y alentar a quienes han decidido dar ese paso, donde la celebración festiva se trae a la liturgia y donde el sacerdote lo que hace es impetrar la bendición sobre los cónyuges; y c) la importancia dada a la Biblia, más allá del lugar común que tenemos los evangélicos de los católicos, pues Mariano era alguien que insistía en que los miembros de la comunidad llevaran su Biblia a la misa. Para Mariano el leer la Biblia era fundamental. En el contexto de los 500 años de la Reforma, luego de reconocer el mérito de Lutero por llevar la Biblia al pueblo, señaló: “Cuando los pobres lean la Biblia a los curas se les acabará el autoritarismo, porque toda la autoridad que los curas usamos depende de la ideología que hay en el catolicismo: el curita está cerca de Dios y dice lo que Dios quiere”. Todo los símbolos mencionados acá tienen su fundamento en un entendimiento del poder y cómo éste debe ser ejercido en la comunidad, sin abusos, sin silenciamientos, sustentados en la Escritura. 

d. Lo último que quiero destacar del testimonio de Mariano fue su entendimiento del perdón. Causó mucho escándalo en un sector político y social del país, el que nada más y nada menos Mariano Puga haya ido a visitar para rezar con los presos de Punta Peuco, quienes están allí pagando sus condenas por delitos de lesa humanidad. Lo que hizo Mariano allí no tuvo que ver con transar respecto de la justicia, sino unirla cristianamente a la práctica del amor. El amor cristiano quita el poder a quienes abusan de él, exhorta al hacer un llamado al arrepentimiento, abraza y restaura a la hora de perdonar. Los violadores a los derechos humanos requieren justicia, no venganza, sobre todo de quienes siguen los pasos de Jesús que nos llamó a amar a nuestros enemigos, a bendecirles y a no maldecir. 

No puedo dejar de cerrar estas palabras a la memoria de Mariano, sin relevar una última cosa y sin despedirme. 

Mariano Puga, a días del estallido social escribió una conmovedora y potente carta, en la que en una de sus partes dijo: “¿Qué está pasando con los líderes nuestros?¿dónde están? ¿dónde está el arte? (…) ¿Quién se hace voz de las esperanzas de la calle, qué cresta pasa con los artistas de lo nuevo? Cántennos, grítennos, enséñennos a soñar, sin ustedes no somos capaces, sin los otros y otras de este mundo, no somos capaces.  ¡El despertar no tiene que morir nunca más! hasta que volvamos a ser seres humanos ‘yo te voy a sacar de sus sepulcros, pueblo mío, y te voy a llevar a la tierra’ (…) recordemos la memoria subversiva de Jesús de Nazaret y no olvidemos que lo que le llevo a ser rechazado fueron sus gestos de amor y ternura, de opción radical entre y para los pobres de la tierra, el anuncio de la buena nueva, del Evangelio, pagado con su propia vida”. Las preguntas y la esperanza siguen en pie, más allá de nuestros yerros. 

Y sí. Llegó la hora de despedirse. De decirte chao Mariano. Espero que cuando nos veamos, nos tomemos un mate, conversemos de aquello que nos ha chalado en la vida, y cantemos mientras tocas tu acordeón. Como dirá la gente que masivamente irá a despedirte: “Mariano, amigo, el pueblo está contigo”. Gracias, por haber estado con nosotros. 

Luis Pino Moyano,

Puente Alto, 14 de marzo de 2020. 

¿Hay una revolución en Chile?

No deja de ser interesante que voces a favor y en contra de las demandas levantadas o visibilizadas en las las calles, en el contexto del estallido social, hablen de una revolución en marcha en Chile. Unos, para ensalzar su utopía de un Chile nuevo que nacerá después de las llamas; otros, relevando sus miedos a que existan cambios en el país, un país que ha sido exitoso en tal o cual indicador internacional, cosa que no tendría que ser dilapidada. Pero, ¿estamos en un contexto revolucionario en Chile? A mi juicio, pienso que hay, a lo menos, tres razones para decir que no:

a. Lo que tenemos es el ensalzamiento de la ritualidad festiva. Y como diría uno de mis profesores en la Universidad, “las revoluciones se miden después del día de la jarana”. Ha sido increíble la masividad de varias de las movilizaciones, algunas con más de un millón de personas sólo en Santiago, en la hoy denominada “Plaza de la Dignidad”. Allí se han encontrado personas de distintos acervos e ideas políticas, sectores sociales, niveles educativos e, inclusive, equipos de fútbol. Colores, música, gritos de consignas, performances, disrupción y violencia como repertorio de lucha. ¿Qué es eso sino expresión erótica politizada, donde la pulsión individual se expresa en diversas experiencias de éxtasis? Es el paso de “la alegría” al goce. Pero, si se me permite parafrasear a Tomás Moulian cuando refiere a la experiencia de la Unidad Popular, la fiesta no tiene la fuerza de limitar el drama. Las fiestas se acaban cuando hay fracaso o derrota, o la conjunción de ambas. ¿Los distintos movimientos que expresan sus ideas y sentimientos en las calles tendrán idea respecto a qué hacer en caso de una derrota plausible? O, aún más, ¿tendrán idea de lo que vendría después del triunfo posible?

b. Lo que tenemos es el protagonismo del panfleto que se convierte en sentido común. Esto demuestra, en forma periférica, que mucho del discurso crítico respecto del marxismo cultural emanado de cierta derecha liberal, no es más que un muñeco de paja, porque si sólo ocupáramos una lógica gramsciana, debiésemos señalar que el sentido común produce conformismo, entonces, no puede llamarse pensamiento crítico a una idea o conjunto de ellas que no puede pasar por el cedazo de la sospecha cuestionadora. Resulta interesante que mucho de lo que se autodenomina pensamiento crítico hoy no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, de “derecha” o funcional a las clases dominantes. Eso hace que mucho del discurso “progresista” sea simplemente un nuevo conservadurismo, en el que hay mucho miedo. Decir algo contra lo políticamente correcto, desde un cuestionamiento epistemológico hasta el acto de reírnos de nosotros mismos, en un momento en que el espíritu de funa pende en el aire, limita la acción y fortalece el autoritarismo de la voz más fuerte y más radical, que no necesariamente es aquella que se condice con la realidad actual y con la que se anhela construir. Un movimiento social que apela a la configuración de cambios estructurales no puede perder de vista la transversalidad incluyente, so pena de seguir produciendo un constructo propio de una modernidad radicalizada, donde el sujeto autónomo es cada vez más individuo. Si hay más “yo” que “nosotros”, la lógica de consumo mercantil se mantiene incólume, incluso, en las relaciones humanas. 

c. Lo que tenemos es la sacralización de la violencia. Dos cosas por decir: a) existe una diferencia entre agresividad y violencia (una más instintiva y otra que desarrolla una racionalidad), y entre violencia reactiva y violencia estructural; y b) existe un uso legítimo de la violencia, específicamente en dos asuntos: en aquella que ha sido delegada a los institutos armados, para que monopolizándola, la usen discrecionalmente en la defensa y la conservación del estado de derecho (lo que claramente se dilapida cuando se ocupa en forma abusiva, violando los derechos de la población, ya sea a personas inocentes o a quienes se les pueda imputar un delito); como también en la autodefensa del pueblo frente a un tirano y sus esbirros, es decir, en un contexto en el que no existe estado de derecho. A la luz de aquello, y considerando las acciones en el espacio público desde el 18 de octubre, podemos ver que existe más agresividad que violencia, una profusión mayor de la violencia reactiva, junto con altas dosis de espontaneidad. Quemar y destruir todo no es sinónimo de revolución, porque la revolución no es sólo violencia, sino, por sobre todo, transformación. Y para que exista transformación debe haber proyecto. Y yo pregunto, ¿dónde está el proyecto de cambio? La sacralización de la violencia, que pasa del uso como repertorio de acción colectiva a la configuración litúrgica de la misma, no mide las consecuencias. Y no hablo acá de la acción policial, hablo de si dicha violencia suma o resta a la causa que se dice defender. Además, el uso de la violencia como método de acción en unos, hace que también aparezca en otros, desde el sujeto que dispara en una manifestación en Reñaca, hasta aquellas organizaciones neofascistas que marchan por las calles -hasta ahora sólo del Barrio Alto-, premunidos de bastones retráctiles y gritando cuestiones aberrantes para nuestra conciencia histórica, como eso de ir a buscar “los huesitos al estadio nacional”.

Aquí en Chile no hay revolución… lo que hay es incertidumbre. ¿Cómo terminará todo esto? No sé. Pero lo que no quiero, es que termine en un conflicto fratricida, con uso de la violencia armada, donde nuevamente los/as perdedores sean los mismos de siempre, la mayoría de la población. Y eso, no conduce a la parálisis de quienes pensamos en la necesidad de un Chile distinto, de quienes anhelamos cambios para nuestra sociedad en el entendimiento que la paz tiene como base la justicia. Por el contrario, debemos esforzarnos por caminar como protagonistas en el cambio constitucional que siente las bases para el ejercicio renovado de la política, y aquello, por primera vez en democracia en nuestros más de 200 años de vida republicana. ¿Estamos conscientes de la fuerza del cambio que tenemos en un horizonte muy cercano?

Luis Pino Moyano.