La derrota y el fracaso.

Sí, hubo fake news, información falsa-falaz-y-parcial en la campaña del Rechazo. Sí, hubo una campaña que bordeó el patetismo con la idea del “rechazo por amor” como eje, financiada con muchos millones. Sí, hubo medios de comunicación de masas que se quedaron pegados y le dieron tribuna a lo peor de la Convención Constitucional, a los adalides del griterío, de la parafernalia y de la performance vacía de sentido, pero que vende. Sí, hubo gente que votó a partir de todo lo ya mencionado sin leer una sola página de la propuesta constitucional, personas que no sólo se concentraron en un puro sector social de la población. Sí, todo eso es cierto. Pero explicar la derrota solamente desde esa variable es un ejercicio autocomplaciente. Podría explicar una parte del porcentaje de la votación, pero no nos permite comprender el nivel de la paliza electoral vivida el 4 de septiembre de 2022. 61,86% vs. 38,14% de los votos.

No es menor escribir estas letras, luego de una semana en la que intenté catalizar la información, reflexiones, penas y rabias, en una fecha tan llena de memoria: 11 de septiembre. Hasta hoy no había encontrado la clave para iniciar mi reflexión escrita. Pero este día me llevó en la memoria a los análisis de izquierdas respecto a lo ocurrido con el proyecto de la Unidad Popular y lo que se comenzó a vivir con la dictadura militar que triunfara un martes en esta misma fecha. Algunos analistas hablaban del fracaso de la vía chilena al socialismo. Otros analistas hablaban de la derrota política y militar de dicho proyecto. Fracaso y derrota como opciones que se oponían en forma binaria entre sí. Desde la distancia temporal y analítica, siempre he considerado que ambas claves podrían dar una perspectiva mucho más global. Y, por cierto, volando en el tiempo hacia el 2022, creo que ambas claves debieran estar presentes a la hora de considerar el hito del 4 de septiembre de este año. 

La opción del Apruebo sostenida por diversos movimientos sociales, partidos políticos y variadas individualidades, fue derrotada por la opción Rechazo. Quienes sostuvieron la opción Rechazo, después de una tremenda derrota electoral, lograron sortear aquello y supieron usar el espacio de la Convención Constitucional con menos del tercio de convencionales como el espacio de campaña. Desde el día 1 de la Convención avizoraron que este órgano sería el móvil revitalizador del Rechazo de salida. Y desde ahí estuvieron en campaña, visibilizando la torpeza política, las performances descontextualizadas, la desmesura, todo eso unido a la exposición de información en ocasiones cierta, en otras parcial y en otras, falsa. Pero lograron instalar una discusión, un sentido común que conforma la realidad, tanto así que quienes eran mayoría circunstancial en la Convención, en muchos casos nadaron en las olas de las respuestas a la minoría circunstancial, olvidando que las fake news operan con los prejuicios a la base, por lo que responderlas te pone a la retaguardia de los procesos. El Rechazo logró activar los miedos atávicos de la sociedad chilena cuando aludía a la seguridad y la amenaza frente a lo propio, pero a su vez, removió el sentido de lo nacional tan arraigado en aquello que algunos han llamado “el alma de Chile”. Y todo eso, hizo clic en las mentes de habitantes de esta tierra, entre los cuales se encontraban varios millones que habían dejado de votar en el contexto del sufragio voluntario. El Apruebo fue derrotado el 4 de septiembre de 2022 por gente de a pie, por personas que con un lápiz y un papel marcaron la opción Rechazo, democráticamente, no con tanques y metrallas como hace cuarenta y nueve años atrás. Y eso es demoledor*. 

Pero la mirada de esa derrota queda inconclusa si sólo se ve a los otros. El Rechazo ganó porque el Apruebo fracasó. Y se fracasó desde el momento en que se pifió el himno nacional, escrito por un joven liberal, Eusebio Lillo, que fue miembro de la Sociedad de la Igualdad con Francisco Bilbao y Santiago Arcos, que fue perseguido por actuar sediciosamente contra el régimen conservador, y que ya más viejo fuera ministro del presidente Balmaceda. Se fracasó cuando el “pela’o” Vade fue descubierto en su farsa cancerígena, en lo que fue un golpe no sólo para la Convención, sino para miles de personas que padecen el rigor de una enfermedad que suena a sinónimo de dolor y muerte. Se fracasó en la desmesura, esa de quien propusiera los soviets como un modelo a seguir (lo que, menos mal, no tuvo siquiera un voto), en el disfraz, en el espectáculo de intrigas y egolatrías cuando se tuvo que elegir a la nueva mesa del órgano constituyente, en el convencional que quería votar desde la ducha. Pero, por sobre todo, se fracasó porque no se leyó bien la realidad chilena. Se fracasó porque se perdió de vista el principio democrático que señala que en dicho régimen triunfa la mayoría pero con respeto de la minoría. Se fracasó porque se construyó un texto larguísimo, en esa gran tendencia nacional por buscar regularlo todo. Se fracasó porque ese texto era un gran collage de identidades particulares, en el que en clave liberal (de izquierdas, pero liberal), individuos se veían más fortalecidos que el colectivo social. Se fracasó porque nunca logró explicarse bien el tema de la plurinacionalidad (cuestión que todavía, a diferencia de los casos de Nueva Zelanda y Bolivia, es tema de debate en los pueblos originarios que habitan el territorio chileno). Se fracasó duramente cuando la iniciativa popular más votada, “Con mi plata no”, no fue incluida en el texto constitucional, considerándola como una opción de derecha, olvidando con ello no sólo el principio democrático de la mayoría, sino también la historia de la seguridad social. 

Y, por cierto, se seguirá fracasando mal después de la derrota del 4 de septiembre, si la gran razón se busca en “los fachos pobres”. Esa identidad que nace desde el ninguneo y de una práctica tan deleznable que en Chile recibe el nombre de “roteo”, sólo devela a quien la enuncia. Decir que el triunfo del Rechazo y la consecuente derrota del Apruebo se debe a “fachos pobres”, que son inconscientes, arribistas o “tontos”, y que por ello se compraron el discurso de la derecha, es de una falta de respeto por el otro gigantesca, que presupone su ignorancia esencial y, a su vez, de una autocomplacencia que les sigue erigiendo, a los autopercibidos sabios derrotados, como vanguardia iluminadora. Eso es, precisamente, no entender nada. Es estar en un estado de embriaguez individualista, ególatra y autocentrada. ¿Dónde queda la dignidad de las personas cuando exhibo con espíritu de funa su ignorancia real o aparente? Lo que hay allí es puro clasismo travestido de progresismo. 

Parafraseando a Gramsci, la vieja Constitución de Pinochet-Lagos estaba muerta, pero lo nueva propuesta constitucional no pudo vivir, debido a todos los fenómenos morbosos que se dieron en el proceso constituyente, sobre todo desde dentro de la Convención. Con todo mi respeto a la gran mayoría de convencionales que hizo bien su trabajo, no sólo en la jornada establecida, sino hasta largas horas de la noche, hay un grupo de convencionales, esos que pululaban en los matinales como si fueran rockstars, entre los cuales hay uno que morbosamente publicó una historia secreta de la Convención (porque claro, es escritor), gente que luego de esta derrota debería tener vergüenza de andar en la calle, puesto que por sus gustitos, falta de inteligencia y realismo político, por su desmesura, hicieron que nos farreáramos la gran posibilidad de tener la primera Constitución escrita en democracia, con el Congreso Nacional abierto, con la oposición libre y sin los militares en el bloque del poder. Nos farreamos la historia. 

Mario Benedetti decía en su poema “¿Por qué cantamos?”, a modo de certeza: “Venceremos la derrota”. Quisiera en estas líneas formular la misma línea poética a modo de pregunta: ¿venceremos la derrota? La respuesta desde la incertidumbre es un “no sé”. Pero, si quisiéramos vencerla deberíamos empezar a decir las cosas como son: a casi tres años del estallido social, Chile no despertó el 18 de octubre de 2019, pues lo que tuvimos fue un “reventón histórico” que expresó el malestar social acumulado por treinta años, no sólo en clave política de izquierdas y/o progresismos variados, sino también en su calidad de individuos y consumidores (“El consumo me consume” de Tomás Moulian cada vez está más vigente). En el collage de la marcha del millón no sólo hubo propuestas, sino peticiones de variada índole. Todo ese movimiento, junto a la crisis azuzada por el desgobierno de Sebastián Piñera, fue catalizada por el Parlamento quien vio en el camino constitucional la salida institucionalizada que derivara en el restablecimiento de la paz social y del encuentro ciudadano. Octubre ya había sido derrotado y lo que se preservó fue el camino político de noviembre. Eso no fue entendido por parte importante de las izquierdas, dentro y fuera de la Convención. Y cuando se opera desde presupuestos irreales lo único cierto es el fuerte choque con la realidad. 

¿Qué queda por delante? Luego de entender la derrota y el fracaso viene la pregunta por el triunfo: ¿quién ganó el 4 de septiembre? Pensar que los partidos políticos de derechas ganaron ese día, junto con decir que el Rechazo de salida sepultó la opción de una nueva Constitución, también puede ser un error. Y si no lo es, puede ser catalizado para que lo sea. La política es el universo de lo abierto, donde no hay fatalismos, en el cual “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es tener el coraje para continuar”, palabra de Churchill. No se debe olvidar nunca que el 78,28% de votantes, el 25 de octubre de 2020, dijo apruebo a la pregunta “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, y ese mismo día, el 79% votó a favor de una Convención Constitucional para llevar a cabo dicha propuesta. Ese triunfo no fue anulado el domingo pasado. Lo que se rechazó fue una propuesta de texto constitucional y no la posibilidad y/o el deseo de tener una nueva Constitución. Tiene que escribirse una nueva Constitución por medio de una Convención Constitucional, en un tiempo más acotado, con un texto mínimo que tenga el sentido histórico de recoger lo mejor de la tradición constitucional chilena, la “Constitución de Bachelet” realizada por medio de cabildos y la propuesta de realizada recientemente. Y aquí, el papel protagónico lo tendrá Gabriel Boric y su gobierno. Luego de hacer los cambios en el gabinete, y sin dejar de lado su tarea ejecutiva llevando a cumplimiento aquellos elementos de su programa que no dependían de la nueva Constitución, Boric tiene en sus manos la tarea de catalizar y conducir el momento constitucional que no terminaba el 4 de septiembre ganara quien ganara.

Huelga decirlo, Lagos tenía razón cuando señaló que el día clave para el proceso constituyente era simbólicamente el 5 de septiembre. También la tuvo cuando dijo “la vida continúa”. Por mi parte, tengo la convicción que el momento constituyente tiene que cerrarse con una nueva carta fundamental escrita en democracia, que ponga fin a la eterna transición construida a imagen y semejanza de Augusto Pinochet y tenga a la vista el país por venir. 

Luis Pino Moyano.

* Debo esta parte de la reflexión a mi colega profesora de historia Tamara Salinas. Aprovecho de agradecer también a colegas y estudiantes con quienes pude reflexionar sobre este acontecimiento, pues me ayudaron a ordenar y producir las ideas que dieron origen a este post. Sin dudas, les eximo de la responsabilidad de mis palabras y sus resultados.

Lo que señala la bandera.

Nota: El post que comparto a continuación lo escribí el día sábado 3 de septiembre de 2022, a modo de respuestas a una entrevista para Emol. Puede leer el registro que hizo ese medio de una parte de mis respuestas junto a la opinión de la historiadora Ximena Prado, haciendo clic aquí. El texto fue editado sólo en aspectos de forma para adquirir el tono de una columna de opinión.

La bandera, junto al escudo y el himno nacional es un tipo de símbolo que recibe el nombre de emblema y que, por ello, tiene como característica la representación. Pero, también recibía otro nombre, que ha caído en desuso con el tiempo: el de “enseña”, es decir, un tipo de símbolo que busca señalar hacia algo. ¿Qué representa y hacia qué señala? La respuesta es: a la nación. Y la nación como concepto tiene otro talante que el de patria, que apela a la tierra de nuestros padres y madres, en este caso, lo que busca es el sentido de una comunidad. Y aprovechando lo que alguna vez señaló Benedict Anderson, la comunidad no existe sin un sentido de homogeneidad, de unidad. El problema de grandes implicancias históricas es que la nación en Chile fue una construcción que superó el período de la Independencia y la conformación de la república: duró todo el siglo XIX, y para fomentarla se ocuparon distintos insumos, entre los que destaca la “historia patria” con su panteón de héroes, la bandera, el escudo y el himno nacional. Por lo tanto, viene a ser un símbolo de la comunidad imaginada por quienes construyeron el estado nacional, pero a su vez, es un símbolo de unidad de la patria por venir, y es allí, donde puede ser transversal a distintos sectores de la sociedad chilena. Y, a su vez, puede tener una significación distinta para quienes en ciertos momentos fueron arrasados por el estado nacional, como los pueblos que habitaron este territorio antes de la conformación de la república. No hay que olvidar que la mal llamada Pacificación de la Araucanía también fue un acto nacionalizador.

Por ello, es que dentro del momento constitucional que vivimos, en la discusión de los emblemas nacionales, me hubiese gustado mucho que se recuperara y se estableciera como oficial aquella bandera en la que se juró la Independencia el 12 de febrero de 1818, una con proporciones áureas y con una estrella solitaria que contiene dentro de ella la Wuñelfe. Ese símbolo es maravilloso, porque allí la perfección de la unidad representada en el emblema que es la bandera se da en la diversidad. Y ahí está uno de nuestros grandes desafíos del presente, cómo ser comunidad reconociendo, valorando, respetando y dando lugar en el espacio público al diálogo y debate desde las múltiples diversidades que se mueven en nuestro país.

Flag_of_Chile_(1818)

Por su parte, la bandera es un símbolo importante, pero no es el único. Quizá sea el más reconocido, porque está presente en colegios y en actos masivos, como en los partidos de la selección chilena. La bandera chilena siempre estuvo muy presente en distintos actos políticos a lo largo de nuestra historia, tanto por partidos de derechas, centro e izquierdas. Basta ver sus banderas y escudos, y el blanco, azul y rojo está muy presente en ellos. Durante las jornadas de protesta nacional abiertas en 1983 en oposición pública a la dictadura uno de los símbolos más prevalentes era el de la bandera. Dejó de serlo en el contexto de las movilizaciones masivas durante los gobiernos de la Concertación. La eterna transición a la democracia es bien responsable de la desafección que un sector de la población tiene hacia la bandera. Y aquí es relevante decir que ella volvió a aparecer masivamente en las calles en las movilizaciones del octubre de 2019 y que estuvo presente en el acto de cierre del Apruebo el jueves pasado, acto que se cerró con la interpretación pianística del Tío Valentín Trujillo. Por eso creo, que no vale la mención de lo positivo o negativo per se. Eso está dado por el uso. Cuando Los Prisioneros cantaron “No necesitamos banderas” en el Festival de Viña el 2003, Jorge González improvisó lo siguiente: “Una bandera es linda cuando juega la selección. / Cuando la dibujamos cuando chicos en el pizarrón. / Cuando Marcelo, Iván o Pizarro meten un gol, sí. / Pero no cuando hay que ir a matar, / allí no es linda, cuando hay que ir a odiar”La bandera se vuelve un emblema vaciado de sentido cuando es apropiada por grupos que hacen apología del odio, que vulneran la memoria de quienes sufrieron los rigores de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Pero con esas salvedades, la bandera no le pertenece a nadie y nos pertenece a todas las personas que somos chilenas y queremos el bienestar para quienes habitan en este país, connacionales y extranjeros.

Es aquello en particular lo que me hace creer que la performance de “Las Indetectables” en Valparaíso el sábado pasado fue horrible. Una conjunción entre vulgaridad y pobreza mental. El uso grotesco de la bandera siendo defecada e invocando el “aborto de Chile”, procede de un individualismo ególatra que ningunea al resto. Que no tiene en cuenta que la bandera es un emblema importante no sólo para quienes maltratan irrespetuosamente como “fachos pobres”. Por supuesto no está de más decir que la gran desaprobación que recibió esta performance, también respondió al hecho de la presencia de niñas, niños y adolescentes que fueron expuestas y expuestos a este acto.

Junto con ello, no creo que la respuesta a esto se dé en el marco de la fiscalización o el control, aunque hay legislación respecto del uso de la bandera y sobre las ofensas al pudor. Ni la ley ni la fiscalización tienen el poder de cambiar la conducta y las percepciones éticas de las personas. Ahí, lo que debiera ser preponderante es la reflexión. Cómo se conecta el arte con lo político, cómo aquello que se realiza en la esfera pública beneficia o daña la conciencia de las otras personas, cómo suma o resta a la causa en la que creo y trabajo. Esa ausencia de reflexión se hizo presente performáticamente. Antonio Gramsci decía que: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Por eso acá hubo puro morbo que gozó lo individual perdiendo de vista lo societal.

Luis Pino Moyano.

Las epístolas de Ricardo Lagos.

El ciudadano Ricardo Lagos, el mismo que apuntó en pantalla al dictador, que fuese presidente de la república entre 2000 y 2006, y que terminara siendo defenestrado por su propio partido en abril de 2017 en su último intento de candidatura presidencial, sigue siendo un actor político clave. Nos guste o no. Lo evaluemos desde su lucha antidictatorial, o desde la clave del socialismo renovado, o desde una presidencia que comenzó con la idea del primer presidente socialista luego del golpe militar que derrocara a Salvador Allende y que terminó con el aplauso cerrado del empresariado en ese acto litúrgico que es la ENADE, o desde los fiascos del CAE y el Transantiago. Pese a ello o junto con ello, Lagos sigue siendo uno de los últimos bastiones de la política letrada: un político que escribe, que explica latamente y que sigue pensando al país de cuarenta o cincuenta años hacia adelante. Desde dicho prisma, que cuando pienso en el expresidente es el factor preponderante de mi mirada sobre él, sus dos epístolas vienen a ser una contribución al debate político democrático. Sí, porque la política en la democracia no se construye en la negación del conflicto sino en su explicitación en un marco institucional y/o público. Por ello, creo importante analizar dichos documentos

La primera epístola de Ricardo Lagos. 

La primera epístola laguiana fue fechada el 16 de junio de 2022, y tiene como destinatarios Elisa Quinteros y Gaspar Domínguez, en cuya salutación y luego de la formalidad, les refiere como “estimada amiga, estimado amigo”. Un detalle no menor, es que la carta tiene el membrete de la Fundación Democracia y Desarrollo, presidida por Lagos y que es el espacio creado por él para seguir teniendo un nexo con el debate público. La carta es breve, y se dedica en un primer momento a enumerar las ocasiones en las que Lagos contribuyó a la discusión de la Convención Constitucional, ya sea por iniciativa personal o por invitación de algunas comisiones. Luego, y teniendo dicha actuación como precedente, solicita que no se le tenga en cuenta para participar del acto de presentación del texto final de la propuesta constitucional llevado a cabo el 4 de julio, teniendo como causa el aforo del lugar y la prioridad a otras personas que no tuvieron sus mismas oportunidades de participar con antelación. Como el documento que apareció en el espacio público fue escaneado, puede notarse su firma, además de una despedida escrita a mano que señala “con especial afecto!!!”. 

No se corre ningún riesgo interpretativo para señalar que este es un documento triste, pues viene a ser respuesta a la falta de consideración, decencia y cordialidad de la Comisión no sólo a un expresidente, sino a quien tuvo el interés de “colaborar, en la medida de mis posibilidades, con el trabajo de la Convención Constitucional”. Si bien es cierto, Ricardo Lagos es uno de los sujetos claves de los 30 años que son el germen del reventón social de octubre de 2019, como señalé en mi post anterior sobre el proceso constituyente, la discusión sobre la invitación a los expresidentes fue morbosa, pues mostró a los convencionales que se oponían a ella como erráticos, torpes y poco inclusivos a la diversidad. La carta de Lagos visibilizó la falta de cortesía que cuando se manifiesta no quita lo valiente. Es decir, esta carta no es triste por lo que refiere a Lagos, sino en relación a la calidad democrática de la instancia constituyente, que le hace un flaco favor al proceso. 

La segunda epístola de Ricardo Lagos. 

Esta es una carta general, urbi et orbi, y que fue fechada hace dos días atrás, el 5 de julio de 2022, y que fue difundida a través del blog personal de Ricardo Lagos [2]. Al final del texto del blog existe la posibilidad de descargar el documento en formato PDF, lo que ha generado una disputa en redes sociales, puesto que cuando se busca el origen del documento aparece que su autoría corresponde a “jorge correa” [sic]. A mi juicio es una disputa vacua, puesto que Jorge Correa Sutil que en una primera instancia habría señalado no tener nada que ver con el documento, reconoció su participación en los siguientes términos: “En efecto, he conversado algunos aspectos constitucionales con el Presidente Lagos, quien me mostró un borrador escrito, al que le incorporé cuestiones de técnica constitucional. Yo mismo reescribí el texto pero finalmente fue el propio Presidente quien visó algunos aportes y eliminó otros que le planteé. El Presidente Lagos no es pauteable” [2]. Es decir, Correa habría participado como un amanuense, que goza de la libertad editorial de corregir y añadir, pero que no puede visar o declararse como autor del documento, sea cual sea la extensión de lo que haya escrito. El documento está firmado por Ricardo Lagos y eso es lo que termina valiendo. 

Por muy duras que sean las palabras de Ricardo Lagos, hay muchos instantes de verdad en ellas, y es necesario que tengamos en cuenta sus alcances. Enumero:

· Es cierto que el momento constituyente no habrá terminado el 4 de septiembre de 2022, sea que gane el “Apruebo” o el “Rechazo”, y frente a esa coyuntura el gobierno tendrá que abrirse como conductor del proceso y el congreso suscitar en tiempo breve un proceso de reformas, ya sea a la Constitución vigente o a la nueva. 

· La palabra consenso tiene una mala barra producto de su uso hasta el hartazgo por ciertos actores de la fenecida Concertación, pero ella tiene un talante democrático que supone el diálogo honesto, el encuentro con los diferentes sean mayoría o minoría, y el acuerdo que posibilita la sociabilidad. Y si bien es cierto, ninguna Constitución en estricto rigor es “la casa de todos”, es esperable que un texto de dicha índole debiese permitirnos ”dejar de debatir acerca de ella para convivir dentro de ella” [3].

· Lagos señala: “Si gana el apruebo, se debe abrir el debate para incorporar mejoras en el texto. Si gana el rechazo, lo logrado por la Asamblea Constituyente no podrá dejarse de lado, pues hay elementos muy rescatables en su propuesta, que debieran ser incluidos en cualquier Constitución que se escriba en el futuro” [4]. No me referiré a las propuestas de cambio que en los párrafos siguientes menciona el expresidente, pero sí lo haré respecto de la cuestión de fondo. Acá Lagos no está señalando un apoyo a las opciones “Apruebo” o “Rechazo”, sino que está realizando un acto de constatación de realidad. Si gana una opción y no la otra, tal cosa es lo que debería ocurrir, es la lógica discursiva. Lagos sigue en la suya, haciendo política con mayúsculas, pensando en el devenir, en los escenarios posibles, y claro está, quienes están “arriba de la pelota” legítimamente en una de las dos opciones, no logran percibir aquello. Es clave para la acción política construir múltiples escenarios para dotarlos de viabilidad en el futuro. Por eso dice: “El desafío por venir consistirá en construir una buena Constitución que nos una, a partir del texto que resulte vencedor” [5]. Y cierra su carta señalando: “Como otras veces en nuestra historia, Chile podrá hablar con una sola voz interpretando a la inmensa mayoría de chilenas y chilenos, que esperan de este ejercicio un país unido en su carta constitucional para el Siglo XXI” [6]. Lagos no está pensando en la coyuntura constitucional, está pensando en el Chile de cuarenta o cincuenta años más. Y quienes han seguido su carrera política sabrán que esa mirada ha sido una constante en su lectura de la realidad social. 

¿Dónde está el problema?

A mi juicio hay un problema triple. Dos problemas son de quienes leemos los documentos. Y el último, fue suscitado por su autor. 

Respecto de los problemas suscitados por la lectura de los documentos, uno proviene de la intención de encasillarlos en una opción, principalmente la del “Rechazo”. Esto ha generado que personas que a fines de los 80 y principios de los 90 veían a Lagos como un continuador de la Unidad Popular (para lo cual se realizó una de las más sucias campañas políticas en la historia republicana de Chile), hoy se declaren “laguistas”, medio en serio o medio en broma. Y junto a ellos, resucitados actores de la fenecida Concertación (léase, Tarud, Alvear y hasta Landarretche), aprovechándose del capital político de Lagos, salgan a realizar un manifiesto apoyo a la opción “Rechazo”. Por otro lado, figuras laguistas (el también resucitado Escalona), salen a corregir al expresidente en su discurso escrito. ¿Cuántos más se encontrarán con el complejo freudiano de matar al padre por estos días? Pero ese anhelo, surge de un error interpretativo muy recurrente en los tiempos de predominancia de las redes sociales: atribuirles a los textos cosas que no dicen. Lagos no se está posicionando por un “Apruebo” o un “Rechazo” en su segunda epístola, porque no es la finalidad de dicho documento. Por ello, creo que el criterio interpretativo de Gabriel Boric sobre las palabras del expresidente es acertado. Él señaló: “A mi me parece que lo que señala el expresidente, por cierto muy respetable dada su trayectoria, y que pone dos escenarios que son para mí bastante claros. En uno, de aprobarse la Constitución hay que hacerle mejoras, como lo señaló ayer la presidenta de la Convención Constitucional, como lo señaló Gaspar Domínguez también, como yo mismo, como presidente de la república estoy de acuerdo de que hay que tener esa disposición. Y en la otra opción, que es en la que gana el Rechazo, hay que depender del veto histórico que ha tenido la derecha para hacer reformas sustantivas a la Constitución. Es el pueblo el que tendrá que decidir. Yo siempre he dicho que ambas opciones son legítimas, nuestro rol como gobierno es que todos los chilenos y chilenas voten informados, para eso estaremos contribuyendo en la distribución del texto, y ojalá haya un debate con altura de miras” [7]. Esta declaración enfatiza en el carácter de constatación de la realidad que tiene el documento de Lagos. 

Por otro lado, el segundo error de análisis de lectura, proviene de no leer el texto en su contexto. No es la primera vez que Lagos habla sobre la Constitución de 1980, reformada bajo su presidencia en 2006. Y hay un texto capital para referir lo que piensa de la carta fundamental vigente: sus memorias. Las memorias son un tipo de documento que está pensando todo el tiempo en el porvenir, en cómo quiere ser evaluado el testimoniante en el futuro. Y Lagos escribió una muy extensa memoria publicada en dos tomos. En la introducción del segundo tomo, que habla desde el día siguiente al triunfo del NO el 5 de octubre de 1988 hasta el último día de su gobierno el 11 de marzo de marzo de 2006, el expresidente reporta un elemento temporal relevante. Ese tomo se terminó de escribir una semana antes del 18 de octubre de 2019. Entonces, antes del 18 de octubre, en medio del desarrollo de su testimonio, Lagos señaló sobre la Constitución vigente: “Nunca se pensó que la ‘nueva’ Constitución de 1980 – sin los enclaves autoritarios- significaba un orden político perfecto ni una democracia absoluta. Sí, en cambio, pensamos que la eliminación de estos enclaves ya permitía hablar de una democracia estándar; por eso usamos mucho el concepto ‘test democrático’ para graficar el punto. Ese fue el avance logrado con la reforma de 2005” [8].  Después del 18 de octubre, específicamente en mayo de 2020, Lagos señala en una introducción en la que se hace cargo auto-críticamente de la proclama contra los 30 años, lo que sigue: “Dicha Constitución, no obstante sus correcciones ha seguido siendo una camisa de fuerza a la cual hemos tenido que sujetarnos todos los gobernantes. […] Esta Constitución, tan difícil de reformar -sumada a cientos de normas, leyes y reglamentaciones dictadas por la dictadura saliente, y la tenaz oposición de la derecha de modificar en algo las reglas del juego- dio como resultado que los posteriores gobiernos democráticos han debido desenvolverse con este modelo y conseguir, dentro de sus acotados límites, mejorar la calidad de vida de los chilenos” [9]. Por tanto, Lagos reconoce allí las escasas posibilidades para el juego democrático que otorga la actual Constitución, y que las reformas que derivaron de la destrucción legal de los enclaves autoritarios, habría posibilitado con dificultades algunas reformas para el bien de la sociedad, y que ella misma, no es en ningún caso el texto de la democracia por excelencia. En otras palabras, si el Rechazo gana, es ese texto el que se mantiene vigente. Un texto originado en dictadura, al que se le realizaron las reformas que fueron posibles de ser efectuadas, con la fuerza transicional de la derecha mediante. Este juicio a la Constitución que lleva su firma es clave interpretativa para las alusiones recientes del expresidente. 

No obstante todo lo anterior, creo que Lagos ha asumido el problema suscitado específicamente por su segunda carta de manera insuficiente. Cuando se escribe, se tiene que asumir lo que se dice y pedir ser evaluado por aquello, pero también, en la medida que sea necesario, hacerse cargo de lo que se entendió, porque el acto comunicativo se da con otros. Lagos, luego de asentar que el juicio de su carta debe centrarse en la constatación de la realidad, señaló hoy 7 de julio lo siguiente: “habríamos esperado que hubiera un alto grado de consenso, porque en definitiva eso es un proceso constituyente. Y el encono que veo hoy entre el Rechazo y el Apruebo es tan grande, que entonces me rebelo a ser encasillado […] como quiera que yo responda, lo único que va a servir es para ahondar que unos u otros tienen razón. El país me conoce, no escabullo los bultos, los enfrento” [10]. Si bien es cierto, es posible empatizar con Lagos al reconocer el desequilibrio comunicacional respecto de si se opta por el Apruebo o el Rechazo, y que cada cual puede optar legítima y libremente por una de esas alternativas, y junto con ello, reconocer que sus palabras no pueden ser utilizadas como criterio de autoridad a diestra y a zurda sin un ejercicio comprensivo, no es posible llevar a cabo toda su solicitud. Él no puede rebelarse del todo a ser encasillado. Puede no querer estar encasillado en el Apruebo o el Rechazo, pero él ya está encasillado históricamente: socialista, fundador del PPD, expresidente de la república. Entonces, no puede desconocer su propio contexto de enunciación. No es cualquier militante de base de un partido que puede rebelarse contra la línea de su orgánica. Es un militante histórico cuyas palabras están cargadas de dicha densidad. Y si no quiere ser encasillado, habría que señalarle al expresidente que ya lo ha sido por algunos como parte de la opción “Rechazo”. Por ende, lo más coherente para la discusión democrática en su caso no es ser encasillado, sino voluntariamente encasillarse, sea en la opción que su partido ha asumido o en otra decidida por la libre. Su trayectoria política lo hace responsable de ello. 

Si hay algo que queda claro de toda esta discusión es que, a diferencia de lo que algunos han señalado, la política es con llorar y, como el mismo Lagos dijo el día en que fue defenestrado por su partido y al final del segundo tomo de sus memorias, “la vida continúa”. Veremos cómo continúa.

Luis Pino Moyano.


[1] Ricardo Lagos. Declaración sobre una nueva Constitución. En: https://www.ricardolagos.org/2022/07/05/declaracion-sobre-una-nueva-constitucion/#more-1099 (Consulta: julio de 2022).

[2] “Definitivo: Correa Sutil, declarado hombre del Rechazo, reconoce que coescribió la carta de Ricardo Lagos”. En: https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2022/07/07/definitivo-correa-sutil-declarado-hombre-del-rechazo-reconoce-que-coescribio-la-carta-de-ricardo-lagos/ (Consulta: julio de 2022).

[3] Lagos. Declaración… Op. Cit.

[4] Ibídem. 

[5] Ibídem.

[6] Ibídem. 

[7] En: https://twitter.com/T13/status/1544377183560499201 (Consulta: julio de 2022. Corresponde a un tweet de la cuenta del noticiero Teletrece, que tiene un vídeo de una entrevista en vivo a Gabriel Boric el mismo día 5 de julio de 2022, día en que fue publicada la segunda carta de Lagos). 

[8] Ricardo Lagos. Mi vida. Gobernar para la democracia. Memorias II. Santiago, Penguin Random House Grupo Editorial, 2020, p. 795.

[9] Ibídem, p. 18. 

[10] “‘Me rebelo a ser encasillado’: Ricardo Lagos se niega a hacer pública su opción para el Plebiscito y explica el ‘malentendido’ de su carta. En: https://www.theclinic.cl/2022/07/07/ricardo-lagos-opcion-plebiscito-carta/ (Consulta: julio de 2022. Toma un fragmento de la entrevista que será publicada en La Tercera el próximo domingo 10 de julio de 2022).


La primera epístola:

La segunda epístola:

Momento constituyente: El proceso, una evaluación.

“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados” [1]. Estas palabras del pensador sardo Antonio Gramsci, muy citadas en la actualidad en diversos análisis políticos, es un muy buen punto de partida para pensar en un proceso de evaluación del momento constituyente. Lo viejo, lo nuevo y el morbo, tan presentes en el Chile post 18 de octubre de 2019 y que se agencian cada día como un criterio de realidad en una etapa transicional que está por verse hacia dónde nos lleva. 

Lo viejo que muere.

Si bien es cierto, cada vez más creo que lo vivido en octubre-noviembre de 2019 no fue un proceso revolucionario ni de revuelta, sino de un reventón histórico, que como tal catalizó el malestar guardado por décadas en la sociedad chilena, que hizo que se nos cayera la máscara del mito de la diferencia en relación a nuestros vecinos latinoamericanos, y que explosionó con a lo menos tres rostros no necesariamente relacionados entre sí: el rostro de la protesta social, el rostro de la violencia reactiva y o de la agresividad performática (léase la primera línea y sus símiles), y un rostro lumpen manifestado en saqueos y otros actos violentos sin móviles políticos. A todo ese marco, habría que sumar la incapacidad de un gobierno de dar respuesta oportuna ante la situación crítica y las acciones represivas en las que ojos cegados por balines policiales son más que un símbolo del abuso de poder, son una atrocidad en sí mismos. 

Y algo hizo cambiar la tecla, sobre todo luego de la marcha del millón, en la que comenzó a aparecer en paralelo a los cabildos autoconvocados en distintos sectores del país, la demanda de un nuevo contrato social. Una nueva Constitución. Y eso marca un hito político, pues ya no era el Chile de Pinochet el que aparecía en el horizonte, sino el de Jaime Guzmán, sostenido por la Concertación, la Alianza por Chile, la Nueva Mayoría y Chile Vamos durante treinta años. Parafraseando al vate, por ellos, los de entonces, que seguían siendo los mismos atados a un documento firmado originalmente por los integrantes de la Junta Militar de Gobierno y los ministros de la dictadura cívico-militar en 1980, y luego firmada por Ricardo Lagos y sus ministros en la reforma que quitó los enclaves autoritarios de ella en 2005. Ese documento con autoría y co-autoría es una metáfora de lo que ha muerto: el orden democrático construido por la dictadura militar y seguido, en continuidad y cambio, por gobiernos de alianza por treinta años. Esa democracia que hizo devenir al pueblo en gente y a la ciudadanía en consumidores agotó su ciclo, en una época en lo que se reclama es una política que dé la cara y en la que exista una mayor participación de las personas. 

La crisis de Chile podría agudizarse después del 4 de septiembre de 2022. Pero no por lo que pase con el Apruebo o el Rechazo, sobre todo pensando en la hipotética posibilidad de triunfo de la última alternativa, sino por el desconocimiento que el ciclo inaugurado el 11 de septiembre de 1973 y consolidado el 11 de marzo de 1990, tuvo su fin el 15 de noviembre de 2019. El 15 de noviembre de 2019, no sólo se marcó el cierre del octubre chileno, sino que se le puso la lápida al orden guzmaniano de la política. El proceso constituyente fue la salida institucional a esa crisis y dicha propuesta bajo la pregunta de “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, fue aprobada por un 78,28% de la ciudadanía que votó en el plebiscito del 25 de octubre de 2020. ¿Qué quiero decir con esto? Que si la opción “Rechazo” llegara a ganar, la opción no está en reformar la Constitución de 1980-2005, sino en su modificación por otro mecanismo, porque su orden ya murió. Y su acta de defunción, paradójicamente, también fue firmada por quien era presidenta de la UDI en un acto freudiano en el que se mató al padre. 

Lo nuevo que (¿no?) puede nacer. 

Si bien es cierto, parte importante de lo nuevo que estaría por nacer se encuentra en el texto del borrador de la nueva Constitución, señalo inmediatamente que no me referiré a dicho documento por ahora, pues dedicaré dos posts a dicha temática, uno viendo pros y otro contras del texto. Pero si quisiera señalar algunas ideas a modo de provocación:

· El plebiscito de salida considerará una participación universal y obligatoria, cosa que no ocurre desde las elecciones presidenciales del 2009. Las elecciones municipales de 2012 fueron las primeras en realizarse con padrón universal, con inscripción automática, pero con voto voluntario. Desde hace diez años no sabemos cómo vota la mitad de la población que puede hacerlo. Por lo tanto, más allá de lo que señalan las encuestas que constantemente son promocionadas en los medios de comunicación, hay un margen de incertidumbre muy grande. Dicho de otro modo, existe posibilidades de que gane la opción Apruebo o la opción Rechazo. Reconocerlo y aceptar el juego democrático es un ejercicio clave para quienes creemos en la posibilidad de una sociedad. Pero así como señalé en el ítem anterior que un potencial triunfo de la opción Rechazo no puede impedir la muerte del viejo ciclo, el potencial triunfo de la opción Apruebo no puede asegurar el nacimiento de lo nuevo. Y no sólo por la idea del “Apruebo para Reformar” que sostienen algunos, sino porque existe la posibilidad que este texto no logre perdurar, y sea cambiado antes de lo que se imagina. O, por otro lado, porque dejando tanto margen para la ley, los anhelos de cambios de su espíritu no logren concretizarse en la realidad. 

· En segundo lugar, una pregunta: ¿cuánto de lo nuevo sigue portando lo viejo? Y aquí, ya no citaremos a Gramsci o algún medio de izquierdas, sino a Morgan Stanley y Barclays que desde Wall Street llaman a no tener miedo al cambio constitucional pues el nuevo orden inaugurado por el texto constitucional estaría “promoviendo la inversión y manteniendo un marco fiscal mayoritariamente ortodoxo”, ya que la Convención habría descartado “reformas radicales” [2]. Ergo, ¿muere el fruto político del chicago-gremialismo guzmaniano pero no su fruto económico? ¿Tendremos un neoliberalismo con un estado más fuerte en el plano tributario? Todo eso suena al capitalismo con rostro humano del que hablaban representantes de la vieja Concertación. 

· Y en tercer lugar, lo nuevo tiene mucho que ver con el gobierno de Gabriel Boric. El nexo con el triunfo del Apruebo parece estar más que claro, sobre todo en cuestiones de aplicación del programa. Pero, será mayor su responsabilidad política a la hora de un potencial triunfo del Rechazo. ¿Cómo catalizar la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo en ese escenario? Ese papel no será el de “Amarillos por Chile” ni el de quienes propiciaron más abiertamente la opción Rechazo, o quienes están por el “Apruebo para Reformar”, sino de quien tiene el papel de conducción política, a saber, el poder ejecutivo. Por eso, el gobierno, y principalmente el presidente, no pueden atarse al Apruebo, por más unión histórica, política y simbólica que se tenga con dicha opción. Esa prescindencia será acicate para la templanza necesaria y sentido republicano para afrontar lo nuevo si esto no llega a nacer por la vía plebiscitaria. 

Los fenómenos morbosos más variados del interregno.

Cuando comenzó el proceso constituyente estaba muy animado con el mismo. Esto porque se trataba de una posibilidad histórica inédita en doscientos años de vida republicana: una Constitución hecha en democracia. Por otro lado, claramente, este proceso ha hecho visibles disparidad de criterios en muchas temáticas, con largas discusiones. Esas discusiones no son el elemento morboso, y no tienen por qué serlo. Vivimos en una sociedad tan dañada por la dictadura y la democracia en la medida de lo posible, que generó la idea que la convivencia está sostenida en el tabú, que cualquier intercambio de ideas es leído como enojo, pelea y/o enemistad. Claramente, comisiones elegidas a dedo por gobiernos autoritarios o por un dictador no van a generar discusiones altisonantes por que lo que allí prima es la homogeneidad y uniformidad. 

El morbo está el el Pela’o Vade que falsea un cáncer, usufructuando de su performance doliente para conseguir poder, a la par de reírse en la cara de miles de personas que sufren dicha enfermedad. El morbo está en no cantar y abuchear el himno nacional musicalizado por la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile en un adultocentrismo y falta de realismo político de tintes patéticos. El morbo está en el griterío, ordinariez y espíritu de funa de Elsa Labraña o Teresa Marinovic, ambos símbolos de un autoritarismo que no es patrimonio de derechas o izquierdas.  El morbo está en la extinguida Lista del Pueblo llamando a fumar a quienes no son tan rojos como ellos según su desvencijado izquierdómetro. El morbo está en presidentes de comisiones que no sueltan el celular durante la sesión y olvidan a personas que tienen pedida la palabra. El morbo está en convencionales como Logan que no se apersona en el ex Congreso Nacional para cumplir su función. El morbo está en el convencional Nicolás Núñez que pretende votar estando en la ducha. El morbo está cuando en un egoísmo increíble se produce una larga votación para elegir a la nueva mesa de la Convención, teniendo las posibilidades de realizar un proceso limpio y sin las mezquindades de cara al país. El morbo está en convencionales que legítimamente estuvieron por la opción Rechazo en el plebiscito de octubre de 2020, pero que siendo elegidos/as como convencionales no hicieron nada para contribuir al debate con sus propuestas, sobre todo pensando que ahora son partidarios de reformar la Constitución que nunca quisieron modificar. El morbo está en la Comisión de Medioambiente a la que se le rechazó en general y en dos ocasiones su informe en el Pleno de la Convención, por esos fundamentalismos del punto y la coma de las particularidades posmodernas. El morbo está en toda la faramalla causada por la no-invitación a los expresidentes de la república, responsables de “los treinta años”, pero que en la escenificación les muestra erráticos, torpes, poco inclusivos a la diversidad. La sólida respuesta de Ricardo Lagos y las duras dos líneas de Eduardo Frei negándose a asistir a la entrega del borrador final son la coronación a la morbosidad. ¿Hay nivel de superación aún?

Ese morbo lo único que ha hecho ha sido restar. Y eso, no niega que muchos convencionales han hecho el trabajo con seriedad, aportando al debate, trabajando hasta largas horas de la noche, para tener en los tiempos establecidos el trabajo realizado. Todo mi respeto a personas que han contribuido a aquello, de diverso signo: Dámaris Abarca, Ignacio Achurra, Rodrigo Alvarez, Benito Baranda, Marcos Barraza, Alondra Carrillo, Roberto Celedón, Bernardo de la Maza, Gaspar Domínguez, Elisa Loncon, Cristian Monckeberg, Agustín Squella, entre otros/as. Sí, de distinto signo. Porque han contribuido al debate, discutido en buena lid, ayudado a ampliar las miradas. Todo mi respeto. Quienes han caído en la morbosidad y en el exhibicionismo egolátrico no merecen una sola palabra. 

El 4 de julio de 2022 la Convención Constitucional dejará de existir. La palabra estará en manos de la ciudadanía el 4 de septiembre de 2022. Lo viejo ya murió. Veremos si lo nuevo nace con el Apruebo a la nueva carta magna. O, en su defecto, veremos si los monstruos creados por el morbo pavimentaron el camino para el triunfo del Rechazo. Y si eso sucede, no será responsabilidad ni logro de una derecha aniquilada por Sebastián Piñera, sino por estricta responsabilidad de quienes quisieron ganar su propio gallito de la particularidad y la identidad propia en detrimento del país. Ese es el problema que produce la falta de realismo que te hace creer que estás haciendo historia con todo lo que haces. En ese constructo, nada termina siendo histórico, salvo la derrota. 

Luis Pino Moyano.


[1] Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Tomo 2. México D. F., Ediciones Era, 1975, p. 37. Corresponde al Cuaderno 3 (1930 <34>).

[2] Iván Weissman. “El borrador de la nueva Constitución: Wall Street y Sanhattan hacen sus propios cálculos”. En: El Mostrador Semanal. 19 de mayo de 2022. https://www.elmostrador.cl/el-semanal/2022/05/19/1774626/ (Consulta: junio de 2022). 


Posts anteriores ligados a lo abordado acá:

El reventón social que nadie imaginó. (20 de octubre de 2019).

Nueva Constitución… muchas preguntas que requieren respuesta y definición. (19 de noviembre de 2019).

¿Hay una revolución en Chile? (12 de marzo de 2020).

¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica? (17 de septiembre de 2020).

Triunfo del Apruebo: emociones y trabajo por delante. (30 de octubre de 2020). 

¿Por qué es importante ir a votar? (14 de mayo de 2021).

Lo que se viene para el proceso constituyente a partir de los resultados electorales. (31 de mayo de 2021).

Crónica de un día histórico: Inauguración de la Convención Constitucional (4 de julio de 2021).

Religión y proceso constituyente. (13 de agosto de 2021).

La Lista del Pueblo: su agonizante destrucción de lo político. (28 de agosto de 2021).

El error de gobernar en la medida de Instagram y Twitter.

“La mejor política comunicacional es no tener política comunicacional”, habría sentenciado a principio de los noventa el sociólogo Eugenio Tironi. Esa idea derivó en que el primer gobierno de la Concertación, y los que vinieron de manera posterior, no establecieran relaciones estratégicas y de apoyo económico a medios de comunicación afines, que resistieron y sobrevivieron a la dictadura. Eso se tradujo en el cierre de medios escritos como “Fortín Mapocho”, “La Época”, “Análisis”, “Apsi”, “Cauce”, entre otros. Súmese a eso el cierre durante el gobierno de Piñera-1 de “La Nación” y la deriva privatizadora de TVN. La jugada consistía en evitar cualquier tipo de sobresalto en la relación con la derecha y con el mundo militar, dejando a la vanguardia de la información a medios que no eran afines, pero que gozaban de mostrarse como impolutamente neutros. 

En el momento actual del Chile que nos toca vivir, la añosa tesis de Tironi no tiene ningún sentido. Por el contrario, podríamos decir todo lo contrario: la mejor política comunicacional es tener una clara y perspicaz política comunicacional. Vamos todavía más lejos: en el Chile del 2022, gobernar es comunicar. El mundo actual exige información clara, que responda sus interrogantes y que rompa con la tendencia al cantinfleo o el hablar en jerga política. El gran problema radica en que durante los primeros meses y días del gobierno de Gabriel Boric, tanto él como sus ministras y ministros han tendido a pensar que el ser parte de una generación que se mueve en las aguas virtuales de las redes sociales no pasarían zozobras en este aspecto de ser-y-hacer gobierno, pero ha sido todo lo contrario. 

Si damos un paso entre las redes sociales del gobierno y los medios de comunicación de masas (televisión, radio, periódicos -en papel y/o virtuales-), se hace más que notoria una tensa relación entre Instagram, la prensa tradicional y Twitter. Por un lado, en Instagram, muy en la sintonía de esa red social, se expresa la cara bonita del gobierno: sonrisas ante los avances de los primeros días de gobierno, imágenes llenas de color y optimismo, que supera los grises y negros, y los días aciagos post-estallido social. En la prensa tradicional, por su parte, se ven y son notificados los errores forzados y no forzados del gobierno: aquellos en los que se ha hablado de más, en los que se han seguido lineamientos que van contra las expectativas de las personas, como también aquellos en los que, habiendo construido un logro, se ha dicho poco y nada. Y, finalmente, Twitter, que ha sido el espacio en que ministras y ministros han pedido disculpas por haber cometido un error en el plano comunicacional, a veces a largas horas de la madrugada. La pregunta surge de inmediato: ¿con qué tipo de información se quedan las personas? Parafraseando al humorista Pepe Tapia, los medios tradicionales de comunicación siguen penetrando, y ni las sonrisas y colores ni las disculpas llegan a las personas. ¡¿Cómo no hubo una cadena nacional a las 21:00 hrs. del 18 de mayo cuando se aprobó por unanimidad el alza del sueldo mínimo, que desde el 1 de agosto será de $400.000, la mayor alza en 25 años?! Esa información si está en Instagram y Twitter, pero no está en el sentido común. En el sentido común está la inflación, no las políticas que se llevan a cabo para paliarlas. Ahí había que comunicar, comunicar, comunicar. El silencio no era opción. El silencio era opción cuando no se tenía certeza de la veracidad de los datos o cuando se hablaba de “presos políticos”. 

Y si bien es cierto, existe una generación que está sobre los 50 años que no se informa por las redes sociales, no obstante ha recibido por una suerte de irradiación un mal del mundo de las redes sociales: el espíritu de barra brava, en el que no existen grises, donde las cosas son blancas o negras, con pataleo incluido. Y ese “no me gusta” o “me enoja” facebookiano se traduce en sus opiniones y se comparte en los grupos familiares o amicales de WhatsApp. Pensemos en las discusiones por el 5º Retiro de Fondos de las AFP. Ese retiro no estaba en el programa de Boric y desde los inicios del período gubernamental estaba sumamente claro que la opción del poder ejecutivo era la de no apoyar ese proyecto, puesto que aumentaría el sobrecalentamiento de la economía y con ello, derivaría en un alza de la inflación. Pero, ante el desbande de votos de la coalición, el gobierno casi a última hora saca una carta bajo la manga: el retiro acotado. Al final, no hubo retiro a secas ni acotado. La tesis inicial del gobierno cuajó. Pero al final lo que se vivió fue una derrota. Allí, lo medianamente sensato habría sido decir: “no estamos de acuerdo con los retiros de fondos de las AFP porque nos pueden llevar a una mayor inflación, pero en concordancia de lo que dijimos y recitamos a modo de paya hace sólo unos meses atrás, apoyaremos este quinto retiro, legislando a su vez, que sea el último, asegurado la protección de los fondos de pensiones de la ciudadanía”. Ahí se podría haber perdido en el congreso, pero haber ganado en la población por partida doble: se habría explicado el proceso inflacionario y se habría mostrado empatía. Un error similar se vivió hace unos días con ese constructo del “estado intermedio”. 

En síntesis, urge que el gobierno tenga una línea comunicacional clara y transversal, y que se irradie no sólo por las redes sociales, sino que se tome los medios de comunicación de masas y, aún más, que asuma activamente dicha tarea construyendo un medio escrito, y potenciando a TVN. No estaría de más, tampoco, una asesoría de lenguaje, para no sólo hacer uso a diestra y siniestra del “lenguaje inclusivo”, sino también de los epicenos y así no dejar dando bote la pelota para el trolleo en las redes sociales. Y, si bien es cierto, me parece que no es errada la idea de blindar a Boric, es hora que el tome la vanguardia del proceso en términos comunicacionales. “El presidente que habla” no puede estar mutis por el foro. Cada día lunes debe aparecer en televisión o radio marcando la agenda gubernamental. Por cierto, sin olvidarse de los matinales, que han sido el espacio de mayor conversación política desde el estallido social. Y allí, a propósito de la analogía con el gobierno de Aylwin, no estaría de más que Boric se encargara de dejar muy claro que éste no será el gobierno de las grandes transformaciones sino uno de transición. El papel de la transformación, hoy por hoy, está en manos de la Convención Constitucional, nos guste su cometido o no. 

Ser gobierno no significa, necesariamente, tener voluntad de poder, pues el azar político pudo haberte llevado a ese lugar. Pero si se tiene voluntad de poder no se puede caer tan burdamente en errores comunicacionales. Es republicano pedir disculpas. Pero es también republicano actuar con conciencia de responsabilidad. En cargos de relevancia vale lo que se es, lo que se dice, lo que se hace y lo que se parece. Y todo eso se comunica.

Luis Pino Moyano.

Kuyper, una alternativa reformacional y el socialismo. Una precisión conceptual.

Publicada en Estudios Evangélicos.

Si hay algo que fortalece el desarrollo del pensamiento es el debate de ideas, pues como diría Rosaria Butterfield “donde todos piensan lo mismo nadie piensa mucho” [1]. Y si pensar y debatir son una aventura, escribir implica riesgos. Y el riesgo principal – sobre todo en la narrativa no ficcional- radica en el acto de desnudar la mente y exponer lo que se piensa ante un público diverso, con lectores que entienden la realidad de manera similar o discordante. Y entre los últimos, hay quienes piensan diferente, pero tienen el vivo ánimo de comprender, en detrimento de quienes no les interesa comprender, sino buscar lo que se puede tijeretear para atacar con el sustento de una apologética miope y sorda.

Sin lugar a duda, la reseña escrita por Ángelo Palomino sobre el libro “Ni un centímetro cuadrado. Una introducción al pensamiento reformacional” [2], procede de una lectura seria y rigurosa, que tiene el ánimo de comprender. Con la presuposición de dicha buena fe, la que se ve avalada por el tenor de su escritura, y con el respeto que me merece el sitio web “Estudios Evangélicos”, es que me permito escribir esta respuesta al modo de una precisión conceptual. Palomino en su reseña, en el párrafo dedicado a mi artículo sobre Abraham Kuyper [3], bosqueja de manera sucinta los puntos principales que se encuentran él y, al final, comenta lo siguiente: “Aquí cabe señalar que a Kuyper se le califica acertadamente como un demócrata cristiano, como referente de un proyecto alternativo al liberalismo individualista y el socialismo estatista. Aunque hay que preguntarse si son adecuadas las referencias que plantean la lectura de un Kuyper cercano a la izquierda, por ejemplo cuando el autor señala que con él se está frente a un régimen ‘socialista’. Kuyper es más bien un socialcristiano” [4]. ¿Por qué responder a un fragmento tan breve de una reseña? Por dos razones que creo de suyo relevantes: la primera, ya fue señalada, por el respeto al interlocutor y al medio en que se difunde la reseña; y, junto con ello, el ambiente crispado de la discusión política entre creyentes, tanto en Chile como en América Latina, lo que ha generado en el mundo evangélico ruptura de relaciones fraternas y, lamentablemente, la estigmatización de hermanos en la fe, comunidades eclesiásticas e instituciones paraeclesiales.

Creo que la mejor forma de realizar la precisión conceptual que pretendo es realizando una cita directa de un texto de Abraham Kuyper, luego citar lo que escribo sobre dicho asunto (pensando en quienes aún no han leído el libro), explicar el uso del concepto “socialista” presente en el texto del teólogo holandés y cómo éste ha sido abordado por otros autores que han estudiado su obra.

La cita de Abraham Kuyper fue tomada del libro “El problema de la pobreza”. Para la realización del artículo tuve a la vista una cuidadosa traducción al portugués. Digo cuidadosa, pues en dicho ejercicio, por ejemplo, cuando Kuyper habla de “lucha de clases” lo traducen como “conflicto de clases”, precisamente para no alarmar a un grupo de lectores que no conocen que dicho concepto se origina en el Medioevo y no de la pluma de Karl Marx. “El problema de la pobreza” es el discurso que Abraham Kuyper realiza en la inauguración del Congreso Socialcristiano, realizado en Holanda en noviembre de 1891, al alero del Partido Antirrevolucionario. Cito extensamente:

“En lo que concierne a la insustentabilidad de la situación social, nacida como tal del individualismo de la Revolución Francesa, no debe haber una opinión diferenciada entre los cristianos. Si aún estuviera sintiendo un corazón humano latiendo en su pecho y si el ideal de nuestro santo Evangelio aún le inspira, entonces su deseo debe ser de repudio en relación con la situación actual. Al final, percibimos que, si las cosas continuaran así, tendremos cada vez menos cielo y cada vez más un poco del infierno en este mundo. Nuestra sociedad está, poco a poco, desligándose de Cristo. Está inclinándose en el polvo frente al dios Mammon. Y por el estímulo inquieto del egoísmo brutal, vacilan, como el salmista lamentaría, los fundamentos de la tierra. Todas las vigas y anclajes de la estructura social se desajustan. La desorganización cultiva la desmoralización. Y, en el creciente libertinaje de unos en contrapartida con la siempre creciente necesidad de otros, es posible verificar la descomposición de un cadáver en vez de un rubor vivaz y de una fuerza muscular de un cuerpo saludable y lleno de vigor.

No, no es necesario que eso continúe así. Puede mejorar. Y la mejoría se encuentra -sin duda alguna, y no tengo miedo de usar la palabra- en el camino del socialismo. No obstante, no en el socialismo entendido como un programa proveniente de la socialdemocracia. Sin embargo, el uso de esta hermosa palabra debe ser entendida de tal forma que nuestra sociedad, nuestra patria amada, entre en sintonía con las palabras de Da Costa. Que ella ‘no sea como un pedazo de tierra lleno de muchas almas’, sino que sea una sociedad querida por Dios, un organismo humano vivo. No un mecanismo hecho de partes distintas, no un mosaico formado por adoquines incrustados al lado del pavimento de una calle, como Beets diría: no un montaje. Pero sí un cuerpo en sumisión a la ley de la vida, la cual afirma que somos miembros los unos de los otros. Un cuerpo en que, por tanto, el ojo no puede faltar al pie, ni el pie puede ser alguna cosa sin el ojo. Y esa verdad humana, científica y cristiana que fue profundamente incomprendida, vehementemente negada y gravemente derrumbada y ridiculizada por la Revolución Francesa. Y es contra esa negación, con su cuna en el individualismo de la Revolución Francesa, que todo el movimiento social de nuestros días se ha posicionado.

Por tanto, es un engaño pensar o incluso imaginar que el socialismo de nuestros días tenga como fuente la utopía confusa de los fanáticos o tenga su origen en las mentes de los hambrientos exaltados” [5].

Por su parte, esto es lo que señalo en mi artículo:

“Kuyper es consciente que se hace visible un conflicto o lucha de clases, dando cuenta de un fenómeno histórico y no de una opción política. Para Kuyper la opción política se da dentro de la institucionalidad, por lo cual, un gobierno tiene como finalidad proteger a los más débiles frente a los abusos de los poderosos de la tierra, en un régimen de tipo ‘socialista’. Un lector apresurado de Kuyper, desde nuestros tiempos, podría sentir confusión a lo menos con una declaración como esa. Pero la definición de esta alternativa refiere a ‘una sociedad querida por Dios’, en la que el rasgo comunitario se hace manifiesto en la figura de un cuerpo en el que cada sujeto es un miembro de él y, por ende, que reporta bienestar a los demás. Una sociedad en la que la misericordia no tiene que ver con sólo dar dinero, sino con el amor cristiano que consiste en ‘una donación completa’, es decir, ‘una donación de sí mismo, de su tiempo, de sus fuerzas y de su empatía’. Una sociedad en el que principio de propiedad es respetado desde un prisma teológico y con un alto sentido ético y de apego a la legalidad, puesto que: ‘La propiedad absoluta es solamente encontrada en Dios. El hombre que vive de acuerdo con la Palabra de Dios debe recordar que todas nuestras propiedades son solamente usadas como préstamo. Toda nuestra gestión es vista como mayordomía’. Un principio de propiedad que no olvida que el fruto de la tierra y la semilla que produce pan deben beneficiar a todo el pueblo. Estamos frente a un ‘socialismo comunitario’, ‘comunitarismo social’ o ‘socialcristianismo’ en el pleno sentido de la expresión, que hace un guiño a las redes simbióticas de Johannes Althusius, que tal y como explica Guilherme de Carvalho, ‘Kuyper está pensando aquí en una sociedad civil fuerte, con esferas de soberanía saludables que nada tengan sino sólo a Dios encima de ellas, y en las cuales las personas cooperan en paz para alcanzar sus fines comunes’. Por ello, la opción política del neocalvinismo no puede ser subsumida ni por planteamientos de derechas ni de izquierdas, ni mucho menos, usada como excusa para tapar otras premisas ideológicas, a no ser que se tenga una vocación para el suicidio intelectual (‘un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir’, dijo Jesús). Y no puede ni lo uno ni lo otro, no porque sea ilegítimo que un cristiano asuma tal o cual posición, sino porque el pensamiento reformacional, consciente de la justicia de Dios expresada en la Escritura, es de por sí un camino alternativo, ‘propio’ como decían los democristianos chilenos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo XX” [6].

¿En qué momento de mis palabras sitúo a Kuyper como un sujeto cercano a la izquierda? La verdad, es que no lo veo. El concepto socialismo lo ocupa el propio Kuyper, no es algo impuesto ni una analogía con otra palabra suya. Luego, explico el uso que el autor da a dicho concepto, señalando el énfasis comunitario que tiene para él y que emerge, huelga decirlo acá, desde una rehabilitación tomista en el protestantismo. Esto es de suyo relevante, debido al contexto histórico, en tanto el Congreso Socialcristiano se realiza el mismo año en que es publicada la Encíclica Rerum Novarum, que origina lo que se conoce como “doctrina social” en la Iglesia Católica Romana, que es lo que permite a algunos neocalvinistas construir una relación del concepto “soberanía de las esferas” con el de “subsidiariedad”, no obstante, Kuyper ocupa el primero y no el segundo, lo que por cierto no deslegitima dicha analogía. A su vez, al final del texto citado queda suficientemente claro que no hay ninguna intención de acercar a Kuyper a posiciones de izquierdas. De hecho, es la única vez en el artículo que hago alusión a ese sector del espectro político con categorías geolocalizadoras. Poco antes del texto aludido por Palomino señalo que la actitud de Kuyper respecto del derecho a sufragio del “pueblo menudo” y a la sindicalización, siguiendo la tónica de los partidos demócrata cristianos en el mundo, es consistente con su concepción política sustentada en su mirada cosmovisional porque: “se era antirrevolucionario con relación a la revolución francesa y el liberalismo, a la socialdemocracia y al socialismo estatista, lo que sentó las bases para la crítica posterior a los totalitarismos fascista y bolchevique. Kuyper era conservador y antirrevolucionario, lo que no implica negar la posibilidad de la transformación social, pues no estamos frente a un reaccionario con relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo” [7].

La edición en portugués del discurso de Kuyper cuenta con exposiciones de otros autores brasileños dedicados a la producción teólogico-pública. De Carvalho, antes del texto citado en mi artículo para el libro señala que, ante la disyuntiva presentada por la Cuestión Social, la solución de Kuyper está en el “socialismo”. Dice: “La perplejidad aquí resulta innecesaria: el ‘socialismo’ de Kuyper no es aquel concebido desde el influjo del principio revolucionario, que él denuncia con todas sus fuerzas, sino el socialismo entendido como la existencia de una sociedad viva y orgánicamente cohesionada, un ‘cuerpo’ con muchos miembros, con funciones diversas e interdependencia. El ojo educado sabrá que Kuyper tiene en mente la sociedad de redes simbióticas de Johannes Althusius (1557-1563), algo que estaría más próximo, hoy, de un comunitario social” [8]. Por su parte, Lucas Freire dirá que Kuyper “busca redefinir el sentido de ‘socialismo’ para significar un énfasis en la sociedad como un ‘organismo humano vivo’ en reconocimiento de la majestad de Dios” [9]. Con todo esto, estoy relevando que Kuyper resemantiza el concepto de socialismo en su uso, cristianizándolo, y ocupándolo con un fin alejado no sólo del “socialismo secular” en sus versiones marxistas o socialdemócratas, sino que también de miradas funcionalistas y mecanicistas en boga en el siglo XIX. Su mirada comunitaria tiene siempre en cuenta a la persona humana. Si este aspecto resemantizador no queda lo suficientemente claro en mi artículo del libro, inclusive con la advertencia a los lectores apresurados, aquí espero que lo esté (más todavía). Con esto, desde mi intención comunicativa me hago cargo principalmente de lo que escribí y, secundariamente, de lo que se entiende, no obstante, crea que es importante, en este caso particular, dar una explicación con el mismo talante serio con el que mi interlocutor reseñó el libro.

En todo análisis lector, no sólo en aquellos que tienen que ver con lo político, es sumamente relevante decir que los conceptos no tienen identidad, son neutros hasta que son utilizados por un autor, lo que abre posibilidades múltiples de significados. Es el uso de los conceptos por determinados actores, dando cuenta de una experiencia histórica, que los conceptos revelan la identidad, lo que hace notar la conmensurabilidad semántica de los mismos, puesto que se modifican con-y-en la práctica histórica. Los conceptos en política tienen una “dimensión ilocucionaria”, en otras palabras, permiten aterrizar el proyecto a la acción y adentrarse en la disputa que se genera por una mediación discursiva [10]. En la literatura evangélica esto es notorio en conceptos tales como “religión” o “humanismo”, con usos positivos y negativos, en ocasiones inclusive en un mismo autor. Este es el caso del discurso de Kuyper, en el que usa el concepto “socialismo” positiva y negativamente, dependiendo de lo que pretenda plantear o criticar. Por eso, cuando doy cuenta de su alternativa digo “de tipo ‘socialista’” y no “socialista” a secas, todo eso antes de la explicación de lo que refiere para él. Lo importante cuando leemos a Kuyper no es lo que nosotros pensamos que significa el socialismo, sino lo que él pensaba en la afirmación y en la crítica. Es ahí donde se encuentra, a mi juicio, la raíz del error en la lectura de Palomino a mi artículo. Es por ello, que escribí esta réplica.

De todas maneras, mi agradecimiento por la lectura de Ángelo Palomino, que motiva a seguir reflexionando sobre estos asuntos que siguen siendo relevantes, política y espiritualmente, a la hora de pensar y vivir en el Chile actual.

Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

 


[1] Rosaria Butterfield. Pensamentos secretos de uma convertida improvável. Brasília, Editora Monergismo, 2013, p. 25.

[2] Jonathan Muñoz (coordinador). Ni un centímetro cuadrado. Una introducción al pensamiento reformacional. Santiago, Libros de Teología Ediciones y Fe Pública, 2021.

[3] Luis Pino. “Pensar, vivir y trabajar con los ojos puestos en el Soberano. Una lectura a Abraham Kuyper”. En: Ibídem, pp. 18-41.

[4] Ángelo Palomino. “Una propuesta de soberanías para nuestra realidad y vida pública. Reseña del libro ‘Ni un centímetro cuadrado. Una introducción al pensamiento reformacional’”. En: Estudios Evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/una-propuesta-de-soberanias-nuestra-realidad-y-vida-publica-resena-del-libro-ni-un-centimetro-cuadrado-una-introduccion-al-pensamiento-reformacional/(Consulta: 29 de abril de 2022).

[5] Abraham Kuyper. O problema da pobreza: a questão social e a religião cristã. Rio de Janeiro, Thomas Nelson Brasil, 2020, pp. 119-121 (Traducción propia, al igual que todas las demás tomadas de dicho libro). Véase también la traducción al inglés: Abraham Kuyper. Christianity and the class struggle. Grand Rapids, Piet Hein Publishers, pp. 39-41.

[6] Pino. Op. Cit., pp. 36-37. Las citas de Kuyper son tomadas del libro referido en la nota anterior en las pp. 120, 128, 133, 134. La cita del otro autor corresponde a: Guilherme de Carvalho. “Préfacio”. En: Kuyper. Op. Cit, p. 16.

[7] Pino. Op. Cit., p. 34.

[8] De Carvalho. Op. Cit.

[9] Lucas G. Freire. “Epílogo”. En: Kuyper. Op. Cit, p. 156.

[10] Véase: Cristina Moyano. “La historia política en el bicentenario: Entre la historia del presente y la historia conceptual. Reflexiones sobre la Nueva Historia Política”. Revista de Historia Social y de las Mentalidades. “Historia conceptual y lenguaje político. Debates teóricos y estudios de caso”. Departamento de Historia Universidad de Santiago de Chile, Volumen 15, Nº 1, 2011.

Un último brindis por la generación dorada.

Es imposible hablar de esta generación dorada sin referir a Marcelo Bielsa, el “Loco”, ese sujeto que desde la banca, al igual como Fernando Riera para la Roja del 62, nos aportó no sólo en juego, sino también en dignidad, haciéndonos levantar la cabeza, jugar de igual a igual, se ganara o se perdiera. En esta hora triste y que nos deja en la boca el amargo sabor de la derrota, haríamos bien en recordar sus palabras: “El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peor, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos; el fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. Si bien competimos para ganar, y trabajo de lo que trabajo porque quiero ganar cuando compito, si no distinguiera qué es lo realmente formativo y qué es secundario, me estaría equivocando”. 

Y sí, el éxito deforma. Contribuye al olvido. No ayuda a ponderar adecuadamente la realidad. Chile ha asistido a nueve mundiales: 1930 por invitación, 1950 sin clasificatorias por retirada de selecciones, 1962 como anfitrión (se obtuvo el tercer lugar, única vez que se ha avanzado más allá de la segunda ronda), 1966, 1974, 1982, 1998, 2010 y 2014. Matemática simple: con el de Qatar, sumaremos trece mundiales en los que no hemos participado. Esas solas cifras hacen valorar lo conseguido. Dos mundiales seguidos a los que se llegó luego de las eliminatorias más difíciles, donde todos juegan contra todos, y donde Brasil, Argentina y Uruguay siempre están clasificados, cuando hay cuatro cupos directos y uno que tiene que jugar un repechaje.

Para quienes crecimos escuchando eso de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, esta generación nos imprimió otro modo de mirar el fútbol. Un equipo vertical, que jugaba hacia adelante, que intentaba ganar o morir con las botas puestas. Donde Bravo, Medel, Isla, Aránguiz, Díaz, Fernández, Valdivia, Sánchez, Suazo, Vargas, Beausejour y tantos otros, nos dieron tantas alegrías. Esta generación me hizo llorar por un partido perdido, frente a Brasil en el Mundial de 2014, y me brindó la alegría de dos copas América consecutivas. Esta generación me regaló el gol que más grité, frente a Uruguay en la Copa América del 2015, ese de Isla con un tiro imparable. Esta generación me permitió ver al mejor defensa, el mejor volante mixto y el mejor “10” de mis tiempos, fuera de los libros y archivos de vídeo: Medel y su chispeza, Vidal y su amor por la camiseta, Valdivia y la magia de verdad.

El éxito deforma, porque nos hace exigir a jugadores que, estando activos y en buen nivel, ya tuvieron su mejor versión, bregar como si fueran los mismos del 2010, 2014, 2015 y 2016. Ya habíamos quedado eliminados para el mundial anterior. Y, a pesar de todo, seguimos creyendo – o anhelando en nuestro fuero interior- que podíamos ir al repechaje, esperando las derrotas o empates de Perú y Colombia. Seguimos creyendo, porque el éxito anterior se presenta como una cortina de humo frente a la realidad. Por eso, es que quiero hacer un último brindis por esta generación dorada. No porque algunos de quienes la conforman no vayan a estar en un proceso clasificatorio al mundial subsiguiente, sino porque ese período ya pasó. Es hora de que ellos, estando en la selección, sean los compañeros-mayores de Cortés, Suazo, Paulo Díaz, Kuscevic, Montecinos, Brereton y otros que vendrán. Aunque estén, ya serán otra generación. No serán la voz cantante, sino la voz de la experiencia, esa que empuja y enseña, la que genera la calma madura cuando los otros corren aportando intensidad.

El fracaso nos enseña, porque nos permite ver la realidad con toda su dureza y complejidad, y si bien la entendemos, nos permitirá configurar las acciones que nos permitan caminar. El fracaso no fue de Lasarte, que vino cuando nadie quiso, que unió a un equipo fragmentado al final del proceso de Pizzi y que encontró a algunos jugadores para el recambio, esos que Rueda no vio o no quiso ver. El fracaso es de Salah, que trajo a un técnico como Rueda que instaló un fútbol pacato, sin ganas, especulativo, y que además cometió la falta antiética de negociar con otra selección sin dejar de ser entrenador de la Roja. El fracaso es de la ANFP que se farreó el mejor momento de la selección chilena para tomar medidas a largo plazo. El fracaso es de los clubes que no han potenciado sus divisiones inferiores. El fracaso es de las sociedades anónimas que se han adueñado del fútbol, haciendo que representantes -uno en particular- tome las decisiones por sobre los técnicos. El fracaso sólo es formativo cuando hace tomar acciones. Mientras sigan ocurriendo los mismos males, el fracaso deformará tanto como el éxito.

Y esto que estamos viendo, lo vemos por una generación que, futbolísticamente, corrió los límites de lo posible. Por eso, ante esta generación dorada, no queda más que agradecer. Siempre estarán en la memoria de quienes amamos el juego con la pelota que no se mancha. 

Gracias. Salud.

Luis Pino Moyano.

Ser profesor un 29 de marzo en la Villa Francia.

Nota previa: En marzo de 2018 me encontraba trabajando en un colegio de la Villa Francia, cuyo nombre prefiero no pronunciar -mi contrato a plazo no fue renovado por participar de una huelga que buscaba mejoras en las condiciones laborales-. Ese día era «viernes santo» y coincidía con la conmemoración del «Día del joven combatiente» que recuerda el alevoso asesinato de Rafael y Eduardo Vergara Toledo un 29 de marzo de 1985, acometido por agentes de la dictadura militar. Ese día, como profesor de religión el tema ad hoc era el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Pero en todas las salas de clases el recuerdo de las y los estudiantes partió por los hermanos Vergara Toledo, lo que suscitó esta breve reflexión que escribí en mi Facebook ese mismo día, y que hoy transcribo para mi blog.

Hoy en clases de religión hicimos un paréntesis y quisimos explicar el sentido de la semana santa. Es un colegio en la Villa Francia, y no hubo sala de clases de 7º a 2º Medio, dónde la pregunta “¿qué se recuerda esta semana?”, no tuviese como respuesta el “día del joven combatiente” o la muerte de los hermanos Vergara Toledo. Ellos viven en la misma villa, y decían “mi abuelo los conoció”, o “yo vivo cerca de dónde ellos vivían”, o “conozco a su mamá, la señora Luisa”. Obvio que tuve que hacer una mención de ellos (alrededor de quince minutos), y cómo se plegaron en un momento álgido de nuestra historia a la lucha contra una dictadura, cuyos funcionarios les dieron muerte de manera alevosa un día como hoy de 1985, el mismo día en que tres profesionales fueron degollados.

Eso jamás debe curarnos de espanto. Ojalá la violencia del estado nunca más en este país coarte vidas, sueños y proyectos.

Mientras espero en un trámite recordé una carta de Rafael Vergara Toledo que se conserva en el Museo de la Memoria. La segunda vez que fui la encontré en un intersticio, y de ahí siempre que he ido en mi tarea como profesor paso por ahí y la leo. Su final es conmovedor:

“El Señor está vivo en el hombre y nunca lo podrán matar.

La vida es nuestra.

Qué sentido tiene la vida de un hombre si no es morir para vivir y dar vida, dar realmente vida.

El Señor está con nosotros”.

Al parecer, hay ciertos tabúes que deben romperse en algún momento en nuestro país, para hablar sin miedo, como mis estudiantes, de un hecho real que todavía les llega, y que necesita ser leído en todas sus variables, entre ellas, el cristianismo católico que ellos profesaban. Ese sólo dato debiese hacernos ser más ponderados a la hora de opinar, porque el lumpen que saldrá a destrozar y quemar cosas hoy no se iguala al dolor de un padre y una madre que perdieron a tres hijos (dos un día como hoy) y que aún no tienen justicia por ellos. Esa actitud respetuosa sólo puede estar basada en la clara comprensión del profeta Isaías cuando señaló que la paz tiene como base la justicia y no al revés.

La convicción de tener la razón, y querer expresar siempre nuestros argumentos y divergencias, no nos debe llevar a la indolencia ni, mucho menos, a la indiferencia frente a la injusticia.

Luis Pino Moyano.

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