Crónica de un día histórico: Inauguración de la Convención Constitucional (4 de julio de 2021).

Hoy fue uno de esos días densos en términos del tiempo histórico y cargados de historicidad. Denso, pues es imposible hablar de este, nuestro 4 de julio, sin pensar en el 18 de octubre de 2019, el día del reventón social, ese que supuestamente nadie vio venir y que hizo que $30 sonaran a treinta años. Es imposible dejar de pensar en el 25 de octubre de ese mismo año, en el que gentes de distintas edades, clases sociales, convicciones políticas y hasta clubes de fútbol coparon la Plaza Italia, en un número de un millón doscientas mil personas, a las que habría que sumar miles y miles en las calles de distintas ciudades del país. Tampoco se puede dejar de pensar en la madrugada del 15 de noviembre de 2019, día en que en la antigua sede del Congreso Nacional se firmó el “Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución”, en la que fuerzas de distinto signo concordaron en que la escritura de una nueva carta fundamental sería la salida institucional de la crisis política; y por supuesto en la que el 78% de quienes votaron aprobaron que se redacte una nueva carta fundamental y que dicha tarea recayera en una Convención Constitucional. 

Pero el hito de hoy no sólo tiene relación con hechos susceptibles de ser vistos en el tiempo corto. Es imposible no conectarlo con el golpe militar de 1973 y su institucionalización constitucional en 1980, perpetuada con pequeñas dosis democratizadoras en el fin de los enclaves autoritarios en el hito de 2005, que no finalizó la Transición (ojo expresidente Lagos). Y eso, tampoco puede ser desconectado de 1833 y 1925 en los que se promulgaron textos constitucionales, con los militares siendo parte del gobierno y con el Congreso Nacional cerrado, en una marca autoritaria de nuestra república. También tiene relación con las luchas de las mujeres por sus derechos civiles que hizo que pudieran votar y ser elegidas, conquistado para todos los procesos electorales en 1949. No se puede dejar de pensar en el movimiento estudiantil, sobre todo el de 2011, que articuló una noción de derechos sociales convertidos en mercancía bajo la lógica neoliberal. Y hoy, más que nunca, es imposible dejar de pensar en la mal llamada Pacificación de la Araucanía que comenzó en 1861, pero que produjo todo su arrasamiento a sangre y fuego especialmente entre 1881 y 1883. Es la larga jornada por una sociedad en la que todos/as tenemos los mismos derechos, somos reconocidos/as como personas humanas, parte de un mismo país y, a la vez, con mucha diversidad que debe ser reconocida en un marco pluralista. Toda esa mochila es la que está en los hombros de la Convención Constitucional. 

El día, nuestro 4 de julio, comenzó en diversos puntos de la capital y la marcha de distintos/as convencionales hacia la antigua sede del Congreso Nacional. Cuando ya lograron estar dentro de ese hermoso edificio, y se estaba a punto de comenzar la sesión, cuando convencionales comenzaron a gritar “¡No más represión, no más represión!”. Esto, porque comenzaron a recibir imágenes y vídeos de actos que podrían recibir dicha significación. En medio se comenzó a cantar el himno nacional. Muchos gritos, una discusión destemplada de Elsa Labraña con, una hasta entonces desconocida, Camen Gloria Valladares. El “¡para, para!”, al parecer no causó tanto efecto como el diálogo imperceptible por el audio televisivo de Patricia Politzer, y quien presidía la reunión tomó la iniciativa de suspender la sesión momentáneamente para informarse de lo que estaba pasando fuera del edificio. Todo este bochorno, puso sobre la mesa la falta de previsión política de quienes organizaron la sesión por no hacer el gesto de consensuar un protocolo para los ritos republicanos de esta sesión inaugural, sumado a un entendimiento de la autoridad por algunos/as constitucionales que harán bien en no perder de vista la alta labor que el pueblo les delegó. El poder originario delegado por el soberano a los convencionales es para la nueva carta fundamental y no para otra cosa, por lo que cada cosa que dicen y hacen tiene consecuencias políticas. Dicho eso, Fuerzas Especiales tiene un historial de excesos a la hora de ejercer el control social, lo que pudo detenerse con el actuar de una comitiva de convencionales que salió de la sede para dialogar con manifestante. Es que las formas represivas del orden público no deben formar del Chile por venir. Allí se constató un exceso del uso de la fuerza y también, huelga decirlo, el actuar de manifestantes que iban a romper con todo, porque quienes están dentro de la Convención serían “amarillos”, “vendidos” y otra serie de epítetos moralistas pseudorrevolucionarios. Y ahí, quienes somos partidarios/as de una nueva Constitución tenemos la responsabilidad de apoyar y, a la vez, cuidar el proceso. 

Quiero decir algo del evento “himno nacional”. A mi me gusta la letra escrita por Eusebio Lillo, quien fuera miembro de la Sociedad de la Igualdad y llegara a ser ministro de José Manuel Balmaceda, y que preserva el coro escrito por Bernardo Vera y Pintado. Ese himno dice cosas bien importantes que un país como el nuestro no debiera olvidar, inclusive en esa estrofa que tuvimos que aprender en los años grises, porque “lo sabrán nuestros hijos también” y las luchas de personas dignas pueden hacer “siempre al tirano temblar”. Pero no lo veo como un instrumento religioso al que se le falta el respeto. No hay un acto sacrílego, pues además su disrupción no tuvo dejos de iconoclasia sino el reclamo por una realidad que le excedía. No obstante, me dio pena por dos razones: a) que se utilice el himno para romper discusiones, pues no estaban las condiciones para comenzar la sesión; y b) por la orquesta de niños/as y jóvenes que lo entonó, pertenecientes a la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile, porque personas adultas no tuvieron en cuenta su condición de responsables ante personas que son menores de edad. Me encantaría que la Convención les desagraviara y les permitiera tocar el himno, el que a pesar de la disrupción se notó musicalmente bien ejecutado. 

Y así es como me acerco a las líneas finales de mi crónica, en la que no puedo dejar de destacar a dos mujeres que se robaron la película. Por un lado, la abogada Carmen Gloria Valladares quien se merece nuestro respeto y reconocimiento por su moderación. Si hoy se pudo iniciar y llegar a buen puerto la sesión, mucho tiene que ver con su papel. Escuchó, no se destempló, esperó el tiempo apropiado, condujo la ceremonia con parsimonia, en el ritmo de la democracia y con la cadencia solemne del republicanismo olvidado. Ella con sabiduría y firme ternura tomó la república sobre sus hombros y coadyuvó a que todos/as recordaran su papel histórico. Y la otra gran mujer es la presidenta de la Convención Constitucional: Elisa Loncon Antileo, Doctora en Humanidades de la Universidad de Leiden y Doctora en Literatura de la PUC, reconocida en los campos académico y social, que hizo un discurso sólido respecto del nuevo Chile que se vislumbra: uno democrático, plural, justo y armonioso, que rompa con la herencia dictatorial. Y no puedo dejar de decir que me corrió una lágrima, cuando al inicio, comenzó su alocución en mapudungun, lengua del mismo pueblo expoliado por las élites que albergaron esa sede parlamentaria en el pasado. Ese saludo, “Mari mari pu lamngen, mari mari kom pu che, mari mari Chile mapu […]”, tiene una carga simbólica y política que no puede ser sólo abordada desde una fría racionalidad política. Loncon dijo, en su saludo a los niños que estaban escuchando: “Se funda un nuevo Chile: plural, plurilingüe, con todas las culturas, con todos los pueblos, con las mujeres, con los territorios. Ese es nuestro sueño para escribir una nueva Constitución”. Más adelante, vino la elección de Jaime Bassa como vicepresidente, abogado constitucionalista, quien dijo en su discurso que “La paz social tiene un costo, y es justicia”. 

Durante el desarrollo de este hito inaugural estuve siguiendo lo que se decía en las redes sociales. Y noté que muchas personas, ya sea de sensibilidad de derechas o que se sienten alejadas de lo que se vive en el proceso constituyente, se quedaron con la impresión del ambiente disruptivo de la mañana. Y es ahí que creo que la imagen que puse al inicio de esta crónica, tiene una fuerza representativa que es un lente que permite entender el acto republicano de nuestro 4 de julio. Esto, toda vez que los acontecimientos y procesos históricos se evalúan por sus antecedentes, inicio, desarrollo, fin y con lo que deviene a partir de ellos. Si te quedas con la visión del inicio y no viste el cierre, tu lectura será corta en términos analíticos. Pero esta imagen muestra el cierre del hito inaugural: un minuto de silencio respetuoso y cada uno con sus muertos en la memoria. Esa imagen blinda una opción de “escepticismo esperanzado”. Visibiliza la política con mayúsculas, aquella que pone sobre la mesa sus ideas con respeto democrático. Y ahí vuelvo al inicio: este día está cargado de historicidad, que no es otra cosa que la capacidad que tienen los sujetos de hacer historia. Y sin lugar a dudas, cuando se va a construir una casa para todos y todas en democracia se está haciendo historia. ¿Cómo será aquello? No sé. Pero si el cauce democrático se mantiene, y más allá de las limitaciones de cualquier producto humano, será mejor de lo que hemos tenido en doscientos años de vida republicana. 

Luis Pino Moyano. 

Aprendiendo a separar las cosas y a ser gente.

Si hay algo que nos toca en la vida es aprender. Y dicho acto implica estudiar, recordar, pensar, memorizar, entrenar, desplegar habilidades. Todo el ser está implicado en dicha tarea: intelecto, emociones y voluntad. Y a eso es a lo que quiero invitarte a la hora de leer estas palabras. Aprender a separar las cosas y a ser gente. ¿De qué se trata esto? Trataré de explicarlo a continuación. 

¿A qué me refiero con “aprender a separar las cosas”? Ese fue el nombre que le dimos con uno de mis mejores amigos a un modo de ser y actuar, que se daba específicamente después de reuniones de delegados o del directorio del Departamento Juvenil de la iglesia en la que crecí. En muchas ocasiones tuvimos discusiones respecto de distintos asuntos: planificaciones de actividades, responsabilidades que recaían sobre nuestros hombros (cumplidas o no) y las más difíciles, cómo afrontar situaciones de crisis o que habían generado cierto conflicto de distinto alcance. Aprender a separar las cosas consistía en no perder de vista que una discusión, un zamarreo metafórico, una confrontación respecto de lo realizado mal o de forma mediocre, nunca, pero nunca, tenía el poder de minar nuestra amistad. Y la prueba concreta de aquello, es que al finalizar dichas reuniones, siempre terminábamos en un carrito de completos, para comer una de esas enjundiosas preparaciones, junto con una bebida – Sprite, en mi caso-, conversando de otras cosas, riéndonos de chistes y anécdotas. Eso es sumamente fácil cuando es a uno a quien le toca confrontar, pero no cuando el papel es el inverso, cuando uno es el reprendido, exhortado, por algo que se hizo mal o se dejó de hacer. Pero la amistad real no se basa en la lisonja o en el tabú que permite la convivencia, sino en la verdad del que nunca deja de amar. Es una tarea desafiante, en la que el completo y la bebida son un trabajo que disciplina a no perder de vista lo que realmente importa. El debate de altura entiende que una cosa es tener ideas distintas, y otra muy diferente, es pelear perdiéndote la amistad. Discutir no atenta contra la amistad ni la armonía social. Discutir es reflejo de la consistencia y parte sustancial del diálogo honesto. ¿Qué sentido tiene dialogar sólo con sujetos que piensan igual a ti? La amistad no consiste en espejos, sino en encuentros con diferentes.

¿Y “aprender a ser gente”? Muchas veces escuché a los más grandes de la familia decir que había que enseñarles a algunas personas a ser gente. El dicho se aplicaba respecto de personas que por alguna razón dejaban de saludar o, en el peor de los casos, no estaban cuando se necesitaba una mano de ellos. La idea, es que nunca se debía dejar de estirar la mano o saludar con cortesía, aunque parezca una pérdida de tiempo al sólo recibir desprecio. Y, por supuesto, si algo malo le acontecía a esa persona, uno debía ser el primero en estar allí. Porque lo cortés no quita lo valiente. ¿Cuándo aprenderemos que la transparencia no es espectáculo ni denigración, pues lo que se dice tiene contenido, forma, momentos, lugares y, en ocasiones, emisores calificados (por ejemplo, las redes sociales no son la iglesia o el lugar de trabajo)? Todo intento de separar la cizaña del trigo, siempre desde nuestro particular y no ausente de pecado punto de vista, en vez de vivificar, siempre terminará destruyendo. La confrontación del error, el contrapunto ante una idea disonante, el debate desde puntos de vista contrarios, nunca debe llegar al punto de dilapidar públicamente a una persona. Situación que llega al paroxismo cuando son meses y años de ataques, infundios o calumnias, lo que más que una idea discordante denota envidia, cobardía y crueldad. Ausencia de vida propia. Ociosidad que es madre de todos los vicios. 

Son tiempos difíciles estos que nos tocan vivir. Gira la máquina en forma indolente, al nivel que la indiferencia e irrespeto son la tónica. Da lo mismo el trabajo ajeno, el dolor vital, el cansancio, los contextos. Esa es la sociedad actual,  el Chile jaguarezco y ensimismado, marcado por el derecho individual a ser feliz, que no es otra cosa que un sentido de vida nauseabundo y agobiante. ¿Cuándo se nos perdió la comunidad? ¿Cuándo se nos perdió el respeto y la cortesía, tan habituales en nuestras calles de no tan ayer? ¿La sociedad amurallada y enrejada de los noventa – y hoy más- derivó en mentes y emociones amuralladas y enrejadas también? 

Hoy más que nunca se necesario aprender a separar las cosas y a ser gente. Y claro está, todo el ser se encuentra implicado en esta tarea: intelecto, emociones y voluntad. El apóstol Pablo habla fuerte y claro sobre esto (y vaya que el apóstol tuvo discusiones fuertes): “El amor debe ser sincero. Aborrezcan el mal; aférrense al bien. Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente. Nunca dejen de ser diligentes; antes bien, sirvan al Señor con el fervor que da el Espíritu. Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración. Ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad. Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben. No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré’, dice el Señor. Antes bien, ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:9-21).

Así sea.

Luis Pino Moyano. 

Cuarentenas, cortocircuitos y carencia de diálogo interdisciplinario.

Ayer, 14 de junio, el Colegio Médico presentó el plan: “‘Vivos Nos Necesitamos’: Unidos para eliminar el virus”, que dentro de sus propuestas presenta las ideas de un cortocircuito epidemiológico, una burbuja sanitaria, junto a nuevos indicadores, fases y otros, en la intención de una “nueva gobernanza” de la pandemia. Es, sin lugar a dudas, una propuesta bastante sugerente y que pudo ser más efectiva que el Plan Paso a Paso elaborado por el Gobierno de Chile y que experimentamos desde el año pasado*. Esto, porque da prioridad al enfoque sanitario, teniendo como meta “evitar más muertes y acabar con el colapso sanitario sostenido”. Es la vida de las personas, y no los negocios, los que tienen la prioridad en esta etapa, por lo que ciertas actividades debiesen ser redefinidas en el sentido de su necesidad o condición de fundamental. Por otro lado, recompone una mesa en la que diferentes actores de la sociedad civil junto a “expertos” con tres comisiones, que integren miradas desde distintos campos de saber y de acción, cuestión sumamente necesaria, teniendo en cuenta el fracaso de las medidas gubernamentales, la condición derruida de la Mesa Social (sin siquiera tener actas de sus reuniones) y la depreciada legitimidad de la clase política civil en el bloque del poder. 

Pero al comienzo de esta reflexión señalo que “pudo ser más efectiva que el Plan Paso a Paso”. Conjugué intencionalmente el verbo en pasado, porque a pesar de todas las virtudes del plan en sí, a mi juicio pierde de vista la dimensión temporal de la propuesta. Estamos hablando de un plan presentado cuando ha pasado un año y tres meses, aproximadamente, desde la primera cuarentena. Y no señaló que dicha tardía sea en algún caso de responsabilidad del COLMED, sino más bien de un problema de enfoque y valoración del contexto de enunciación de la propuesta. El hecho de sólo pensar en tres semanas de un cortocircuito, cuando hay comunas que llevan la misma cantidad de tiempo en Fase 1, resulta una medida preocupante e insana. Preocupante, porque si bien es cierto el ser humano, su vida en particular, tiene prioridad, dicha vida es puesta en una condición de detrimento de su dignidad si no hay trabajo e ingresos, situación que viene de la mano con el aumento de las deudas, porque no toda la población alcanza los beneficios del estado. Y la cancha, a la hora de enfrentar la pandemia, sigue estando dispareja desde un punto de vista socioeconómico. No es lo mismo estar encerrados en una casa que carece de patio a una que sí lo tiene, y no es una situación rebuscada. 

Por otro lado, defino la medida como insana porque fortalece una noción parcial del concepto de salud, la que es definida por la OMS como “el estado de perfecto bienestar físico, psíquico y emocional del ser humano”. Es parcial, porque ensalza una variable de dicho concepto que es el bienestar físico, en detrimento del bienestar psíquico y emocional Llevamos un año y medio experimentando una forma de existir en el mundo que trastocó nuestra cotidianidad, que nos alejó del vital encuentro con personas a las que amamos, o con las que trabajamos y compartimos experiencias y aprendizajes, nos alejó del aire y del sol (y no estoy aludiendo a cuestiones místicas), agudizó conflictividades y desencuentros en las familias, generó una disolución del espacio laboral y del espacio hogareño, produjo trastornos de sueño, crisis de ansiedad, depresiones reactivas y un largo etcétera. Producir más encierros atenta contra el bienestar psíquico y emocional, cuyas implicaciones se seguirán viviendo mucho más allá del fin de la pandemia, en una dimensión temporal que no se logra visibilizar en el presente. 

Es cierto, que muchas personas no han cumplido las cuarentenas, tanto por opción como por obligación -desde el extremo de los fiesteros a quienes han seguido día tras día en sus jornadas laborales fuera de casa-, pero la construcción de planes construidos a modo de política pública debiesen pensarse teniendo en cuenta su potencial cumplimiento, con políticas de regulación social que encaucen a quienes no toman en cuenta las medidas. Y ahí surge otro problema, del cual el gobierno ni las policías se hacen cargo: la falta de fiscalización, que se visibiliza en los nulos controles (salvo en aduanas sanitarias o carreteras), como en el aumento de delitos (encerronas y portonazos, por ejemplo) y la preeminencia del narcotráfico en muchas poblaciones. ¿De qué sirven las cuarentenas y el estado de excepción que tenemos desde marzo del año pasado si no hay fiscalización? 

Dignidad otorga. Un plan como el presentado debe ser evaluado principalmente por lo que tiene y no por lo que carece. Y en dicho aspecto, el hecho que quienes lo elaboraran fuesen médicos facilita una tendencia a un enfoque sanitario. Pero si ya avizoraban “las implicancias multidimensionales de la pandemia y la necesaria respuesta intersectorial”, podrían haber solicitado desde un principio la colaboración de profesionales de otros campos y de actores de organizaciones de la sociedad civil, en pos de una mirada más integral de la salud con sus dimensiones individuales y sociales. 

Es por todo esto que creo necesario potenciar la noción de la libertad y de la responsabilidad en sus dimensiones individuales y sociales, lo que se traduce en:

a. La necesidad de vacunarse. Se debe dejar de lado todo tipo de discurso seudocientífico y conspiranoico. Basta conocer algo de historia para notar que las vacunas significaron un importantísimo avance humano en pro de la calidad de vida de las personas. Vacunarse hoy no sólo es cosa de salud, sino un imperativo ético. La vacuna no es sólo para mi, sino para los demás. Por eso, es que hay una política pública respecto de ella y no se trata sólo de la adquisición de un producto del mercado farmacéutico. 

b. Dejar de lado la estupidización y paternalismo. Sabemos hace tiempo que las vacunas no impiden el contagio, y que estas aminoran los efectos de la enfermedad. Se debe insistir en este momento, más que en cuarentenas o cortocircuitos en la responsabilidad individual y en la ampliación integral del concepto de salud, que estuvo a la base del permiso de movilidad. Salir lo justo y necesario, usar la mascarilla, persistir en el lavado de manos y uso de alcohol gel, acompañado de espacios adecuados de sociabilidad, práctica de deporte y experiencias de sociabilidad responsable. 

c. Entender que la diferenciación entre personas vacunadas y quienes no lo están, junto con toques de queda y cuarentenas con persistente y adecuada fiscalización, no son resultado de un neofascismo de “dictaduras sanitarias”. La libertad no está puesta en juego, sólo se ejerce con lineamientos diversos. Hoy nadie está preso en su casa por estar en Fase 1 y sin pase verde aún. La libertad está condicionada a un factor extraordinario dado por el estado de pandemia y la legalidad creada en torno a ella. Un permiso de movilidad no adolece de la torpeza del permiso de vacaciones. 

d. Que cualquier medida que se construya en torno a la pandemia debe ser realizada a escala humana, con realismo y consideración del tiempo que llevamos en una condición vital totalmente diferente a lo que vivimos hasta fines de febrero e inicios de marzo de 2020. No sea que la ciudadanía en pos de su libertad individual y ante la multiplicidad de necesidades, que van desde el alimento y sustento hasta las experiencias de sociabilidad, explote en un grito de “¡Basta!”. Las noticias de movilizaciones, en otros lugares del mundo, contra medidas restrictivas insufribles son un insumo que impide el que se diga: “no lo vimos venir”. 

“Todo tiene su tiempo”, decía Qóhelet. Fuera de tiempo, una propuesta valiosa, puede carecer de razón de ser. 

Luis Pino Moyano.


* Colegio Médico de Chile. “Estrategia sociosanitaria Covid cero. Plan ‘Vivos Nos Necesitamos’: Unidos para eliminar el virus”. En: https://www.colegiomedico.cl/wp-content/uploads/2021/06/Estrategia-sociosanitaria-cero.pdf (Consulta: junio de 2021).

Lo que se viene para el proceso constituyente a partir de los resultados electorales.

En menos de un año hemos visto el aterrizaje institucional del momento constituyente inaugurado la madrugada del 15 de noviembre de 2019. Ese día hubo un acuerdo amplio “por la paz social y la nueva Constitución”. Nunca debe olvidarse que este proceso se encuentra enmarcado en una alternativa política e institucional de salida a la crisis social que reventó en octubre de 2019. ¿Por qué hablo de menos de un año entonces? Principalmente, porque los procesos eleccionarios vividos el 25 de octubre de 2020, y los días 15 y 16 de mayo de 2021, han concretizado la propuesta en una institucionalidad clara. La ciudadanía que participó del plebiscito de entrada señaló en un 78,28% su deseo de una nueva Constitución y en un 79% que el órgano constitucional que la redactara fuese una Convención sin participación de parlamentarios/as. A partir de los datos de esta última elección se desprende que el órgano constitucional:

· Estará conformado por 37 convencionales de “Vamos por Chile”, 28 convencionales de “Apruebo Dignidad”, 25 convencionales “Del Apruebo”, 26 convencionales “Del Pueblo”, 11 convencionales “Independientes por una Nueva Constitución”, 17 convencionales de pueblos originarios y 11 convencionales independientes fuera de pacto. 

· Tiene diecisiete escaños para los pueblos originarios, quedando representados por siete mapuches, dos aymarás, y por un kawésqar, rapanui, yagán, quechua, atacameño, diaguita, colla y chango. 

· Tiene criterios de paridad, pues está conformada por 78 hombres y 77 mujeres, situación inédita en relación a otros procesos constituyentes. 

· Respecto de las actividades profesiones y/o labores de los/as convencionales se desprenden diversas áreas: derecho, pedagogía, ingeniería, periodismo, psicología, actuación, ciencias, medicina, sociología, diseño, trabajo social, politología y un largo etcétera. Me encanta saber que hay un mecánico automotriz y una machi (aunque no comparta la cosmovisión espiritual mapuche). 

· Tiene criterios paritarios incluso en relación a los colegios donde estudiaron. De 132 convencionales que proveyeron ese dato, 49 estudiaron en colegios públicos, 40 en colegios subvencionados, y 43 en particulares pagados. Este dato rompa con el tramado de la “fronda aristocrática” que caracteriza a la política nacional. 

¿Qué nos dicen todos esos datos?

a) En primer lugar, que la futura Constitución Política de la República de Chile no sólo será la primera hecha en un contexto democrático en más de doscientos años de vida republicana, con vigencia del Estado de Derecho, sino que además en un marco pluralista. Visiones de sujetos que no han participado tradicionalmente en la política chilena estarán allí, lo que rompe, en primer lugar con la hegemonía de los ingenieros comerciales en todas las áreas de creación de políticas públicas, por sesgo neoliberal y, además, porque rompe con el relato de ciertas personas que votaron “Rechazo” en octubre del año pasado y otras personas más escépticas, respecto de la calidad de la futura Constitución, pensando que personas escasamente capacitadas serían parte de la Convención. Esto último, denota el clasismo chileno dado por instituciones de origen y profesiones y, así también, ignorancia toda vez que existe una Comisión Técnica designada de manera paritaria por fuerzas oficialistas y de oposición con representación en el Congreso Nacional que asegurará la calidad del texto. En otras palabras, sólo la “mala leche” puede llevar a decir cosas como esa. 

b) Lo otro que nos dicen estos datos es que ninguna de las listas y pactos tiene mayoría en la Convención Constitucional, por lo que no sólo queda por determinar los cargos al interior de dicho órgano, sino también la conformación de alianzas. Con claridad, la derecha no tiene el tercio, pero eso no dice tanto, pues está por verse cómo se comportan las fuerzas provenientes de la Exnueva Mayoría y las del Frente Amplio, de lo cual ya tenemos una fotografía del momento con la inscripción de las primarias. Por otra parte, cómo actuarán los/as independientes es una interrogante de suma importancia. Independiente no significa que no tengan opinión política o que no participan de organizaciones sociales, sino que no forman parte de partidos políticos que es la institución clásica para la discusión en la polis, por lo que no reciben órdenes de dichos conglomerados. Está muy de moda la idea de los “mínimos comunes” en la contingencia política, pero quisiera ocuparla de una manera más adecuada. Esta constitución tiene que ser mínima. No todas las ideas pueden transformarse en materia constitucional, porque la Carta Fundamental no es la panacea a todos los problemas del país. Las fuerzas que optaron por aprobar debiesen dar una muestra de grandeza política al concretizar una carta de navegación y un fundamento para la vida pública que genere identificación a toda la ciudadanía del país. Una “casa común” en la metáfora de Patricio Zapata. Y para ello, los espectáculos estilo “Torre de Babel” vistos hace unos días atrás de parte de las fuerzas de oposición, lo único que harían es construir un reino propio, alto y famoso, pero con idiomas tan diferentes que la dispersión sería el único camino posible. El éxito del proceso no está hoy en manos del tercio que podía vetar los cambios, sino en aquellas fuerzas que se entienden como mayoría, pero que no necesariamente lo son. 

c) Algo que no nace de los datos ni tiene relación total con la Convención Constitucional, tiene que ver con las fuerzas políticas que se visibilizan en cargos públicos como gobernadores, alcaldes, concejales, y presidente, senadores y diputados elegidos y por elegir. Por ejemplo, la Democracia Cristiana tuvo un solo militante junto a un independiente en su lista elegidos como convencionales. Eso podría hacer pensar en la muerte de dicho partido. Si bien es cierto, la DC no tiene la fuerza que tuvo en los años sesenta e inicios de los setenta y, luego, durante los dos primeros gobiernos de la Concertación, pensar que es un partido que está muerto por la elección constituyente, sin considerar otros datos electorales, es un acto de, a lo menos, temeridad analítica. O el triunfo de independientes no necesariamente tendrá correlación con el futuro Parlamento, porque son discusiones distintas. O la derrota de la derecha, que tuvo como un lastre las acciones y omisiones de este gobierno, junto con el relato del “Rechazo para reformar” que les fue difícil de morigerar. Lo ocurrido en las elecciones de convencionales no es la regla de medida para toda la política chilena. Pensar así sería tan miope como las encuestas que vaticinaban la muerte del Frente Amplio. 

d) Por último, respecto de la participación decir que no es tan baja como parece. Comparar el porcentaje del padrón que votó en octubre de 2020 con el que lo hizo en las elecciones de este mes de mayo, es un acto de desconocimiento de los procesos electorales. El plebisicito del 25 de octubre de 2020 es el acto eleccionario que más participación tuvo desde que existe votación voluntaria en Chile. El 42,5% de la elección del 15 y 16 de mayo de 2021, fue medio punto más baja que la de Alcaldes y Concejales del 2012, medio punto más alta que la segunda vuelta presidencial del 2013, y 7 puntos más alta que la elección de alcaldes y concejales del 2016. Puede que exista la pulsión por compararla con el plebiscito, pero esta elección es más comparable con la última de alcaldes y concejales, a la que se sumó la de gobernadores regionales, lo que le quitó la mística al proceso. Eso sin contar el contexto de pandemia, una campaña mayoritariamente televisiva y/o virtual, la baja cantidad de movilización pública hacia los centros de votación, entre otras variables, que lidian con la falta de identificación con las opciones políticas en el escenario institucional o, derechamente, la apatía hacia “la política”. En síntesis, creo que la participación no fue baja en un escenario como el que estamos viviendo. 

e) Una breve palabra sobre el sistema electoral. El sistema D’Hondt no es un sistema electoral en sí mismo, sino un método para calcular proporciones, lo que se traduce en representación parlamentaria por lista. Es decir, la votación vuelve a colocar el centro en la propuesta política, en el pensamiento y proyecto, y no en la persona, lo que hizo que nuestro debate público tendiese a su farandulización, la performance y la presentación de eslóganes a la manera en la que se ofertan productos en el comercio. Más que reclamar el que en la proporción aparezcan candidatos con menos cantidad de votos que otros asumiendo un cargo en detrimento de quién habría obtenido más, la invitación es a pensar que la presuposición de nuestro actual sistema es que se vota por ideas más que por individuos. El debate de la legitimidad tiene que tener en cuenta esa variable. 

A modo de cierre decir que me declaro un “escéptico esperanzado”. Creo que existen todas las condiciones para tener una mejor Carta Fundamental que la que hoy día tenemos. Creo que vivimos en un país con una larga tradición republicana (en el buen sentido del término) que nunca ha producido refundaciones ex nihilo luego de la promulgación de textos constitucionales, lo que se puede constatar en una línea de trazabilidad de dichos textos, incluso aquellos que se forjaron en los albores del Estado Nacional chileno. Me alegra como evangélico que el candidato que más tirria vomitó contra nuestro mundo, Jaime Parada Hoyl, obtuviera 0,74% de los votos lo que denota que el ataque a la libertad de conciencia no es la opción, y espero que no la siga siendo. Soy escéptico, porque creo que lo podríamos echar a perder en peleas sin sentido que derrumben la posibilidad de consenso (en el caro sentido de dicha palabra). Soy escéptico, porque no sabemos cómo será la participación de la ciudadanía en el proceso y cuál será el carácter de dicho nexo. Soy escéptico, porque no sé cuán manchado estará el proceso por la carrera presidencial paralela al inicio del trabajo de la Convención. Soy escéptico, porque hay un plebiscito de salida de carácter universal lo que abre un nuevo escenario, imposible de comparar con ningún proceso electoral desde la promulgación del voto voluntario, con el movimiento estudiantil de 2011 y con el reventón social del 2019 mediante. Chile ha cambiado bastante. Esa sí que es una certeza. 

Luis Pino Moyano.

El viento que juguetea en los cabellos y dos Manuel en la memoria.

“Mientras mi patria no sea libre, no soltaré ni la pluma ni la espada”. Esas son palabras de Manuel Xavier Rodríguez y Erdoíza, uno de los sujetos que luchó por la ruptura del pacto colonial a comienzos del siglo XIX. Su muerte está fechada por muchos historiadores en el 26 de mayo de 1818, o sea, un día como hoy, aunque es muy probable que haya ocurrido algunos días antes. El héroe convertido en villano por el régimen o’higginiano, era supuestamente trasladado a Quillota, cuando vio la muerte por un pistoletazo artero en el camino hacia Til Til. 

Más allá de las imágenes míticas sobre este sujeto que se funde con el personaje, junto con el uso político dado a su mito -por un lado, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez; y, por otro lado y desde otra clave, los juramentos del Frente Nacionalista Patria y Libertad bajo su Monumento frente a lo que es hoy el Edificio Telefónica-, es destacable en Rodríguez su lucha contra el régimen de restauración monárquica, encabezado por Casimiro Marcó del Pont, la inclusión de los sectores populares en la lucha independentista y por sobre todo su posición crítica con quienes quieren perpetuarse en el poder, sin el peso de la crítica. “Es tan arraigada esta idea en mí, que si fuera Director y no encontrase quien me hiciera la revolución, me la haría yo mismo”, fue la respuesta del Húsar de la Muerte al dictador que le ofrecía un viaje de estudios a Estados Unidos o Europa, financiado por la naciente república. Idea que construye una noción libertaria de la política en la que lo importante es el proceso histórico y el proyecto que se tiene, más que la persona que lo ejecuta. Y, junto con ello, la crítica que como arma no sólo impacta mi mirada del otro, sino también el propio comportamiento y acción de quien la genera. 

Por su parte, la memoria de Manuel Rodríguez, me hace recordar a otro Manuel, mi Tata. Mi abuelo era un admirador de Rodríguez. No olvido el día que en los años del Kínder en el colegio, que eran también los años grises, nos fomentaron la imagen de O’Higgins, por lo que en mi entusiasmo tomé una moneda de $1, esas grandes que habían, la perforé con un clavo y le puse una lana para colgarla en mi cuello cual medalla. Cuando llegó mi Tata de su trabajo me miró, y me dijo: “¿por qué tiene a ese traidor en el pecho? El verdadero padre de la patria es Manuel Rodríguez”. Acto seguido, me fui a la pieza a leer mi “Historia de Chile” de Walterio Millar, para conocer más de ese sujeto. Y la impresión es máxima. Los disfraces, las hazañas, su uniforme azul de Húsar de la Muerte, con unas calaveras y huesos cruzados al más puro estilo de los piratas, su relación con los hermanos Carrera. Es difícil que alguien no se fascine con eso. Por eso, no me causaba impresión que en las idas al Cementerio General, mientras me llevaba de la mano, pasaba a dejar unos claveles rojos a su tumba. Mi Tata fue de los viejos puentealtinos que emocionados vieron la reinauguración de la “Plaza de Armas Manuel Rodríguez”, ya no con un busto, sino con una estatua al héroe de los mil rostros. Viejos que se emocionaron hasta las lágrimas por ese acto de dignidad a uno de los nuestros. 

Es así, como la historia se funde con la memoria, y el pasado se hace presente en la mente que lucha por no olvidar, por lo que es imposible no terminar estas palabras cantando en la mente…

“Sólo sé que el viento va

jugueteando en sus cabellos

y que el sol brilla en sus ojos

cuando le conducen

camino a Til-Til”. 

(Patricio Manns, El cautivo de Til Til).

Luis Pino Moyano.

¿Qué le podríamos deber a Wesley quienes no somos metodistas?

Cada 24 de mayo quienes son metodistas celebran y recuerdan la “experiencia del corazón ardiente” vivida por Juan Wesley, en el año 1738, en el marco de un servicio de la Sociedad Morava de la calle Aldersgate, en Londres. Esta viene a ser la conversión de este pastor, teólogo y evangelista que fue fundador del metodismo. En dicha ocasión, mientras el pastor que presidía daba lectura al prefacio del comentario de Martín Lutero a la carta a los Romanos, Wesley era impactado poderosamente por algo inédito en su vida. Escribió en su diario personal: “Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí de la ‘ley del pecado y de la muerte’. Me puse entonces a orar con todas mis fuerzas por aquellos que más me habían perseguido y ultrajado. Después di testimonio público ante todos los asistentes de lo que sentía por primera vez en mi corazón”. El corazón que arde es el de un creyente que mira a Jesucristo y no aparta su vista de él. 

Ahora bien, Wesley no era un advenedizo en el conocimiento del cristianismo. Desde su nacimiento, el 17 de junio de 1703, hasta el día de su muerte, el 2 de marzo de 1791, su vida estuvo marcada por el signo eclesial. Sus abuelos paterno y materno,  que eran ministros de la Iglesia de Inglaterra, fueron construyendo un talante no-conformista en él y en su familia. Su padre, Samuel Wesley, también fue ministro anglicano, era además un literato, que proveyó una “Vida de Cristo en verso” y un comentario al libro de Job. Luego de hacer sus estudios universitarios en Oxford, y en paralelo a una incipiente carrera académica, Juan Wesley fue ordenado diácono de la Iglesia de Inglaterra, llegando a ser ascendido al orden de presbítero en 1728. 

Un hito clave corresponde a la fundación en 1729 en Oxford de un grupo que tenía la finalidad de adelantar estudios y para la comunión cotidiana, que generó una práctica sistemática de ayuno y visita a los presidiarios. Dicho grupo fue fundado por Charles Wesley, Robert Kirkham y William Morgan, siendo Juan Wesley su primer director. Los compañeros de universidad les llamaban en forma peyorativa “Club Santo” o “Polillas de la Biblia”, aunque ellos se denominaban “metodistas”, por su método devocional. Junto a su hermano Charles, Wesley desarrolló una fuerte tarea de predicación, primero en sociedades y luego al aire libre, teniendo entre sus compañeros a George Whitefield, con quien tuvo un serio debate soteriológico, pero una profunda y respetuosa amistad. Fue Whitefield quien le invitó en abril de 1739 a predicar en las calles de Bristol. Al principio, Wesley era reticente de esta práctica, pero con posterioridad, la hizo suya por 50 años, es decir, hasta que las fuerzas le acompañaron en ello. Las predicaciones eran principalmente temáticas, evangelísticas, con alcance masivo y gran efusividad. Si bien es cierto, no era tan histriónico como Whitefield en el púlpito, era muy claro y práctico, y sobre todo sincero. En mayo de 1739 funda la primera sociedad metodista, y a fines de ese año levanta, junto a otros, la primera capilla en Bristol. 

Pero, ¿qué le podríamos deber a Wesley quienes no somos metodistas? A continuación, me permito destacar las siguientes:

1. Un enorme apego doctrinal que se traducía en un modo de vida. 

Wesley no rompió con la Iglesia de Inglaterra hasta 1784, y fue un heredero de la teología emanada de los 39 Artículos de Fe de dicha denominación, de la teología protestante que había influido en dicha declaración, e incluso, de la Patrística. Wesley enfatizaba en lo siguiente: “Prediquen nuestra doctrina, inculquen experiencia, demanden práctica, den fuerza a la disciplina. Si predican sólo doctrina, la gente será antinomiana; si predican sólo experiencia van a ser entusiastas; si predican todo esto y no dan énfasis a la disciplina, el metodismo será como un huerto cultivado sin cerca, expuesto a los chanchos del bosque”. La enseñanza transformadora de la Palabra de Dios estaba, entonces, caracterizada por una fidelidad y apego a la Palabra de Dios, la que debía ser anunciada con claridad, lengua vernácula y ningún sesgo de clase a toda persona, creyentes en Cristo o no. Las personas que creían al mensaje evangélico debían ser guiadas en un proceso de discipulado que no es otra cosa que un traspaso de experiencia, junto con inculcar la práctica del metodismo, cuyo sello era una disciplina intra y extra muros de la iglesia, y en un constante acercamiento devocional, personal y comunitario. Aunque Wesley fue influido por el movimiento moravo, y en sus predicaciones se daban lo que en lenguaje más contemporáneo llamaríamos “manifestaciones espirituales”, no era un místico, sino un creyente con una fe muy realista, con los pies en la tierra. Una fe que no estaba marcada por ceños fruncidos y caras largas, porque para él “La piedad agria es la religión del diablo”. Estar en Cristo es la felicidad. 

Huelga decir acá que eso fue lo que proveyó de una fuerza dinámica a las primeras generaciones del pentecostalismo chileno, en los que la doctrina y la vida caminaban de la mano y la “experiencia” no se había monumentalizado en un pesado modo tradicionalista de vivir. El pastor Willis Hoover en su libro “El avivamiento pentecostal en Chile”, señaló que dicho movimiento “Tuvo su origen en la Iglesia Metodista Episcopal cuando se predicaba con más energía y se practicaba más que nunca la Palabra de Dios conforme a las enseñanzas de Juan Wesley, el fundador del metodismo. No fue la separación por ningún desacuerdo que tuviera con los principios o doctrinas del metodismo”. 

2. La importancia dada a la tarea de los laicos.

Ya desde 1742 en el seno del metodismo se había creado la figura del “guía de clase”, un hermano laico a cargo de un pequeño lugar de reunión, que colaboraba en el desarrollo de los creyentes, discerniendo su estado de avance, generando un pastoreo horizontal y cercano. Por su parte, en 1744, en el contexto de la Primera Conferencia Anual, se crea el movimiento de predicadores laicos, organizados por circuitos que irradiaban de iglesias centrales. Esos predicadores tenían dentro de sus tareas la proclamación del evangelio a quienes no conocían la fe de Jesús y la formación de los hermanos, por medio de la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Predicadores que debían haber experimentado una transformación de la vida, con un constante anhelo por la santidad y un alto sentido del deber. Wesley decía: “¿Qué es lo que estorba la obra? Yo considero que la primera y principal causa somos nosotros. Si fuéramos más santos de corazón y de vida, totalmente consagrados a Dios, ¿no arderíamos todos los predicadores y propagaríamos este fuego con nosotros por todo el país?”. Esa pregunta debiese seguir resonando en nuestro presente. 

3. Una gran preocupación social. 

Wesley se manifestó muy tempranamente preocupado por las necesidades humanas. Y no podía ser de otra manera, si su predicación estaba en la calle, en medio de la incipiente revolución industrial, con todos los cambios que se manifestaron en las sociedades urbanas y las condiciones paupérrimas de vida de los sectores populares, luego de extenuantes jornadas en las minas y nacientes industrias. Regularmente cuando pensamos en el “perfeccionismo” wesleyano, o en el Avivamiento, lo pensamos aplicado al proceso de santificación y la vida de la iglesia, pero para Wesley, esto también tenía que ver con el amor al prójimo. Wesley planteaba que: “El evangelio de Cristo no conoce ninguna religión sino la social; ninguna santidad sino la social”. El cristianismo es eminentemente comunitario y preocupado por las necesidades concretas de los otros. Hermanos metodistas colaboraron en la creación de centros de salud, orfanatorios, ligas contra la intemperancia, sindicatos, etcétera. Charles Wesley escribió un himno un 23 de mayo de 1783 que decía: “Excluidos de este mundo, hoy a ustedes los convoco: / Prostitutas explotadas, cobradores y ladrones. / Él a todos con sus brazos, en amor unir pretende, / Sólo a pobres y extraviados su perdón y gracia extiende: / Ya que ‘justos’ le rechazan y su amor no necesitan / Él a todos los pedidos, con pasión busca y visita”.

Me parece pertinente citar acá a Pablo Deiros, en su “Historia global del cristianismo”, cuando señala que: “Wesley fue el maestro que le enseñó a la nueva clase obrera inglesa cómo vivir y para qué vivir. Su propósito inmediato fue traer de vuelta a la fe cristiana a la clase obrera alienada del ministerio de la Iglesia de Inglaterra pero los resultados fueron mucho más amplios. Wesley comenzó un verdadero movimiento social que incluyó a un grupo de creyentes que llegó a ser conocido como ‘evangélicos’ y que pertenecían a la Baja Iglesia dentro de la Iglesia Anglicana. Estos cristianos se involucraron en el trabajo por la reforma de las cárceles, leyes laborales justas, un Parlamento más representativo y popular, el fin del comercio esclavista en todo el mundo y leyes más humanas. Esta ‘misión doméstica’ que alentó el wesleyanismo tuvo tanto éxito que, de todos los partidos socialistas, laboristas u obreros de Europa, el inglés fue el único que no asumió una postura anticristiana o antirreligiosa”. 

Todo esto tiene mucho que ver con aquello que Wesley quería transmitir con la idea de “el mundo es mi parroquia”, lo que debe ser leído en un sentido amplio de misión. Hoy, mientras se busca que la iglesia esté relegada al consumo de prácticas espirituales y la fe como una expresión personal y privada, necesitamos recordar que la fe en Cristo está muy lejos de ser eso, y no puede ser constreñida para aquello. La fe en Cristo abraza toda la realidad, nos permite entenderla, y además, busca que otros seres humanos puedan acceder a dicha experiencia y conocimiento. Cristo salva personas, y el método por el cual las llama es la predicación del evangelio y la acogida en una comunidad que ama, enseña-aprende y sirve. Como dice la regla de Juan Wesley: “Haz todo el bien que puedas. Por todos los medios que puedas. De todas las maneras que puedas. En todos los lugares que puedas. En todas las ocasiones que puedas. A todas las personas que puedas. Hasta la última hora que puedas”. 

Juan Wesley fue un ministro del evangelio que nos enseñó a mirar a Jesús, y mirándolo a él, nos enseñó a mirar a nuestro prójimo. En momentos aciagos como los que nos toca vivir en un contexto de pandemia, hacemos bien en cantar junto a su hermano Charles Wesley este hermoso himno: “Cristo, encuentro todo en ti, y no necesito más; / Caído, me pusiste en pie: Débil, ánimo me das; / Al enfermo das salud; guías tierno al que no ve; / Con amor y gratitud tu bondad ensalzaré”. Esta es la última estrofa de “Cariñoso Salvador”, compuesto en 1740, luego de una tormenta en pleno Océano Atlántico que no auguraba un buen final. El apellido Wesley es sinónimo de predicación y música. En ambas se nos recuerda que nuestro fin está en Cristo. Un fin que no acabará jamás. 

Luis Pino Moyano. 

A propósito de Gaza, por Eric Hobsbawm.

Nota introductoria: Eric Hobsbawm (1917-2012), historiador británico, se desmpeñó como profesor de emérito de Historia Social y Económica en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Sin lugar a dudas, Hobsbawm fue uno de los mayores cultores de la disciplina historiográfica, siendo parte de la bullente escuela marxista británica junto a E. P. Thompson, Maurice Dobb, Cristopher Hill, George Rudé, entre otros. Sus obras principales – “La era de la revolución”, “La era del capital”, “La era del imperio” e “Historia del siglo XX”- pretendieron trazar una comprensión global de la modernidad, sumándose a ellas sus otros análisis de sujetos sociales, procesos históricos, debates teóricos e, inclusive, crítica de arte, particularmente de la música. Por todo esto, Hobsbawm es una voz autorizada para hablar de procesos históricos que arrastramos pesadamente desde el siglo pasado, entre ellos el conflicto entre Israel y Palestina. Pero eso no es todo. Acá es importante señalar que el historiador británico es de ascendencia judía, por ende, el tema le involucra. Acá se habla de algo que es propio y que evidencia que la crítica a la política israelí no es, necesariamente, ni judeofóbica ni antisemita. Por ahora, simplemente, les invito a leer. Luis Pino Moyano. 

Durante tres semanas la barbarie ha sido mostrada ante un público universal, que ha observado, juzgado y, con pocas excepciones, rechazado el uso del terror militar por parte Israel contra un millón y medio de habitantes bloqueados desde 2006 en la Franja de Gaza. Nunca antes las justificaciones oficiales de la invasión han quedado tan claramente refutadas como ahora, con la combinación de cámaras y aritmética; ni el lenguaje de las “objetivos militares” con las imágenes de niños ensangrentados y de escuelas incendiadas. Trece muertos de un lado, 1.360 de otro: no es difícil establecer dónde está la víctima. No hay mucho más que decir acerca de la terrible operación de Israel en Gaza.

Excepto para aquellos de nosotros que somos judíos. En una larga e insegura historia como pueblo en la diáspora, nuestra reacción natural ante eventos públicos ha incluido inevitablemente la pregunta: “¿Es bueno o malo para los judíos?” En este caso, la respuesta es inequívoca: “Malo para los judíos”.

Es claramente malo para los cinco millones y medio de judíos que viven en Israel y los territorios ocupados desde 1967, cuya seguridad se ve amenazada por las acciones militares que los gobiernos israelíes tomen en Gaza y en Líbano, acciones que demuestran su incapacidad para lograr sus objetivos declarados y que perpetúan e intensifican el aislamiento de Israel en un Oriente Medio hostil. Dado que ni el genocidio o la expulsión masiva de palestinos de lo que queda de su tierra natal así como la destrucción del estado de Israel están en la agenda práctica de ambas partes en conflicto, sólo una coexistencia negociada en igualdad de condiciones entre los dos grupos puede proporcionar un futuro estable. Cada nueva aventura militar, como las de Gaza y el Líbano, hará que esa solución sea más difícil y fortalecerá al ala derecha israelí y a los colonos de la Ribera Occidental, que encabezan el rechazo a la solución negociada.

Al igual que la guerra del Líbano en 2006, Gaza ha oscurecido las perspectivas de futuro para Israel. También ha oscurecido las perspectivas de los nueve millones de judíos que viven en la diáspora. Permítanme que no me ande con rodeos: la crítica de Israel no implica antisemitismo, pero las acciones del gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, sobre todo, estimulan el antisemitismo de nuestros días. Desde 1945, los judíos, dentro y fuera de Israel, se han beneficiado enormemente de la mala conciencia de un mundo occidental, que había rechazado la inmigración judía en la década de 1930, unos años antes de que permitiera o no se opusiera al genocidio. ¿Cuánta de esa mala conciencia, que prácticamente eliminó el antisemitismo en Occidente durante sesenta años y produjo una época dorada para su diáspora, queda en pie al día de hoy?

La acción de Israel en Gaza no es la de un pueblo que es una víctima de la historia, ni siquiera es el “pequeño valiente” Israel de la mitología de 1948-67, con un David derrotando a todos los Goliaths de su entorno. Israel está perdiendo la buena voluntad tan rápidamente como los EE.UU. de George W. Bush, y por razones similares: la ceguera nacionalista y la megalomanía del poder militar. Lo que es bueno para Israel y lo que es bueno para los judíos como pueblo son cosas que están evidentemente vinculadas, pero mientras no haya una respuesta justa a la cuestión de Palestina no son y no pueden ser idénticas. Y es esencial para los judíos que se diga.

Publicado en London Review of Books, Vol. 31, Nº 2, 29 de enero de 2009. El texto fue publicado en 2014 por el periódico chileno El Ciudadano. Esta es una versión de dicha publicación, corregida en su traducción por Atilio Borón. 

¿Por qué es importante ir a votar?

El día 18 de octubre de 2019, parafraseando al profesor Milton Godoy, al país se le cayó la máscara. Fueron años de acumulación de malestar ante la acción de una clase política civil, que en el discurso estaba preocupada de la “Señora Juanita” y de “los problemas reales que vive la gente”, pero que en lo concreto se limitaban a administrar con muy poca imaginación el tramado político-social instalado por mano militar y “perfeccionado” por mano concertacionista. De la política “en la medida de lo posible”, pasamos a la metáfora elitaria de los “mínimos comunes” como se habla en las esferas del poder y en sus brazos comunicacionales, o esa de las migajas de las “manos amigas” de las que hablaba hace poco una dirigente vecinal en una comuna de la Región Metropolitana, en un viralizado mensaje de WhatsApp. Cuando se habla de neoliberalismo como menos estado eso debiese causar, como mínimo, una sonrisa lectora, porque dicho sistema fue instalado y preservado por un estado bastante complaciente a los intereses de quienes tienen poder de mover las piezas claves en el mercado… y la política. Los casos Penta y Caval no logran tener el poder político, performático y metafórico que logra tener el caso SQM, empresa que financió a candidatos/as de todo el espectro político, recordándonos aquello que Alberto Edwards, historiador liberal (¡de derecha!), llamó “la fronda aristocrática” [1]. El relato del país jaguar, diferente en el concierto latinoamericano, con ausencia de corrupción, sin influencia de narcos en la política y un largo etcétera, se nos cayó en octubre de 2019 de manera real y masiva.

Se puede juzgar de distintas maneras lo vivido desde ese día hasta hoy, con sus manifestaciones y anhelos políticos hipervisibilizados, junto con las explosiones de violencia de diverso tipo, pero desde el plano político debiésemos entender que la forma de organización nacional no puede seguir siendo la misma. Y, si bien es cierto, una nueva Constitución, a diferencia de lo postulado por algunos analistas, no tiene la fuerza de refundar un país, a lo menos tiene la fuerza de hacer un giro y plantear una carta de navegación distinta, y que si se desarrolla de manera adecuada, cosa que esperamos, podría tener nociones de representatividad inéditos o comparables con los que tuvo la Constitución de 1925, a pesar de su origen espurio. Prueba de lo que estoy diciendo es el trabajo del profesor Jaime Arancibia, quien desarrolló una edición de la Constitución, generando “en colores” (literalmente) un ejercicio de trazabilidad histórica con nociones de continuidad y cambio, desde el primero de los “ensayos constitucionales” hasta el presente [2]. En los procesos de cambios sociales no hay ex nihilo que valga, pues dentro del cambio siempre hay ejercicio de continuidad. Chile va a seguir siendo Chile, pero esperamos que un poco más diferente, porque después de mucho tiempo nos sentaremos a discutir de “planificaciones globales” para “la casa común” [3]. Ya no un ejercicio político para la coyuntura sino para el largo plazo, para el país de 50 o más años. 

Por otro lado, yo quisiera insistir en un punto doble: 

1. El momento constituyente que estamos viviendo en Chile es la salida institucional a la crisis política que explotó en octubre de 2019. No nos podemos olvidar de eso, por dos razones: a) porque si bien es cierto, la demanda por una nueva Constitución es una bandera que ha cruzado a distintos actores -individuales y colectivos- de las izquierdas en Chile desde hace ya varios años [4], fueron bancadas políticas con representación parlamentaria en el Congreso Nacional (que es el poder del estado que, más allá de algunos/as de sus representantes, ha sostenido la república en una ausencia, torpeza y/o ineficacia del Ejecutivo), de distinta bandería, quienes llegaron a un acuerdo que abrió las puertas al proceso como tal; y b) como no podemos olvidarnos de los actores que “rechazaron para reformar”, y que a la hora de hacer reformas no las hacen, tampoco podemos olvidar que el Partido Comunista y algunos partidos del Frente Amplio no estuvieron en el momento inicial del acuerdo. Y podrán alegar la razón teórica en algunos de sus argumentos, pero la razón práctica no la tuvieron en una de las horas más difíciles desde el retorno de la democracia. 

2. Con todas las debilidades y alcances que pueda tener la futura Convención Constitucional, el que nuestra Carta Fundamental sea construida en democracia, sin estado de excepción, sin los militares en el bloque del poder (a lo menos de manera pública), es un proceso inédito en nuestra historia republicana. Hoy tenemos la posibilidad de participar electoralmente y de elegir a nuestros representantes (sean miembros de un partido político, de un movimiento social o independientes), devolviendo la noción democrática de poder originario constituyente al pueblo. Aunque el sufragio sea un acto democrático de baja intensidad en nuestro modelo político, no obstante, es mucho mejor cualitativamente tenerlo que no. Hoy no sólo estamos diciendo Apruebo, sino que estamos diciendo cómo quiero que se escriba el texto constitucional a partir de la elección de quienes discutirán y resolverán su construcción. Y después habrá un plebiscito de salida que dará su conclusión respecto a lo realizado. Diego Portales, Arturo Alessandri, Augusto Pinochet con Jaime Guzmán, y hasta Ricardo Lagos, quedarán al otro lado del camino después de aquello. El proceso no puede ser deshistorizado por una idea asalto del cielo carente de realismo político. 

Es, entonces, más que importante ir a votar este sábado y domingo, porque quienes sean elegidos tomarán decisiones sobre cómo entender la República de Chile, su organización estatal (presidencial o parlamentaria, unitaria, federal y/o plurinacional; congreso bicameral o unicameral, con todos los etcéteras y matices dentro de esa discusión), el fortalecimiento de los derechos sociales, lineamientos sobre la actividad económica y el cuidado del Medioambiente, el respeto de la libertad de conciencia en el marco de un estado laico (ni confesional ni en base a un ateísmo práctico de aparente laicidad), la ampliación de la democracia con mayor participación en cabildos, plebiscitos, referéndum revocatorios; y tantas otras temáticas. Es el momento de pasar de una política minimalista a una con miradas amplias, de una política analfabeta a una letrada. Frente a todo esto, me declaro un escéptico esperanzado. No creo que la Constitución sea la panacea de nada, pero de que puede construirse algo mejor de lo que tenemos, no me caben dudas. ¿Puede construirse algo peor? Claro que sí. Pero ese error y/o fracaso será hecho democráticamente, por ende será nuestro. 

No da lo mismo, entonces, quien esté en la Convención Constituyente. Tú podrás elegir según los criterios que estimes como prioritarios, en base a programas, como a experiencias de vida, conocimientos profesionales y vitales, elementos culturales. Quienes aprobaron y rechazaron tendrán la oportunidad de elegir a sus representantes. Por eso, les animo a ir a votar este sábado 15 y domingo 16 de mayo. Y, por cierto, a continuar la tarea, informándose y participando de instancias colectivas en las que se pueda aportar a lo que se trabajará en la Convención, aunque sean espacios sin poder resolutivo. Lo importante es hacer notar el sentido de presencia política, de fiscalización y de capacidad de proposición, no olvidándonos que los cambios sociales se miden después del día de la fiesta y no antes ni en medio del jolgorio de ella. 

Luis Pino Moyano.

 


Notas bibliográficas. 

[1] Véase: Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

[2] Jaime Arancibia. Constitución de la República de Chile. Edición Histórica. Origen y trazabilidad de sus normas desde 1812 hasta hoy. Santiago, Universidad de los Andes y El Mercurio, 2020. 

[3] Ahí sumé los conceptos de Mario Góngora, referido al período 1964-1973, y de Patricio Zapata significando lo que debería ser una Constitución. 

[4] Sólo a modo de muestra y ordenados cronológicamente: Gabriel Salazar. En el nombre del poder popular constituyente (Chile, siglo XXI). Santiago, LOM Ediciones, 2011; Fernando Atria. La constitución tramposa. Santiago, LOM Ediciones, 2013; y, Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (Editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015. Este último, huelga decirlo, tiene el mérito de recoger artículos de autores de derechas, centro e izquierdas.