Hablemos de migración.

Un vídeo en el que expreso un acercamiento al tema de la migración desde un punto de vista cosmovisional cristiano. Espero aporte a nuestras reflexiones.

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Lo que comenzó un 31 de octubre y no debiese terminar.

Está terminando el día, y pese al cansancio de la apretada labor, no quisiera dejar pasar la oportunidad de desperdigar algunas líneas respecto de la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante. Este año ha sido un tiempo interesante e inusual a la vez. Nunca había tenido la oportunidad de hablar tanto de historia en la iglesia. Y si bien es cierto, concuerdo con la teología reformacional que las explicaciones que sólo tienen en cuenta el prisma histórico, son limitadas, y pueden derivar en un historicismo que deja fuera la preeminencia de la lectura bíblica y de la producción teológica, también considero que es sumamente necesario realizar el ejercicio historiográfico en la iglesia. Citando de memoria al teólogo católico Samuel Fernández, la historia no tiene nunca la última palabra, pero regularmente tiene la primera. Y frente a eso, preguntarnos sobre el pasado-presente de la iglesia de Jesucristo en el tiempo nos permite ampliar nuestro sentido de comunidad, reconocer la providencia de Dios que guía la historia hasta su consumación, valorar el evangelio que transforma y usa a santos que son tan pecadores como nosotros, y nos libra tanto de la pulsión por “inventar la pólvora”, como de los mismos errores del ayer.

Debo decir, que cerca de una hora del término del día, tengo algo de miedo. Sería muy triste que todo lo que hemos recordado este tiempo a Lutero, Calvino, Zwinglio, Knox, entre otros, lo dejemos en el olvido pasando esta fecha. Que los 500 años hayan sido simplemente una anécdota o un estar a tono con la moda temática del mundillo evangélico. ¿Cómo librarnos de esa situación? A mi gusto, considerando que lo que comenzó un 31 de octubre de 1517 no debería terminar. Necesitamos la Reforma de la iglesia, siempre.

No se sabe si Lutero clavó o no las 95 tesis en la puerta de la capilla de la Universidad de Wittemberg. Es muy probable que haya utilizado pegamento, o simplemente usara otro mecanismo para comunicar sus ideas. Se sabe que nadie asistió a la “disputatio” (diálogo-discusión académico del medioevo) a la que estaba invitando para el 1 de noviembre, en el día de todos los santos. Lo relevante, es que estas 95 tesis que brotaron de la pluma privilegiada de Martín Lutero, se esparcieron, plantando la semilla del evangelio en muchos corazones. La semilla de la Reforma quedó establecida en estas tesis, una suerte de tweets del pasado, que capturaban fácilmente la atención e invitaban a la discusión. 

Lo dicho por Lutero sigue poseyendo una fuerza inmensa: “Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia…”, ha querido decir que toda la vida de los creyentes fuera penitencia. […] Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando. […] Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos lo bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartas de indulgencias. […] Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprase indulgencias. […] El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios” (Tesis 1, 27, 37, 43 y 62). Estas tesis, y sobre todo, la 62 portan los ejes profundos de la Reforma Protestante, algo así como un fundamento, o una roca. Esto, no por el mérito de la mente brillante de Lutero, sino simplemente porque lo que se hizo fue volver a comunicar el dulce evangelio de Jesucristo. 

Es el evangelio, su voz potente y su luz que hace claro hasta el más tenebroso de los lugares. 

Es el evangelio el que permite estar, con Lutero y tantos otros, con la mente cautiva en la Palabra de Dios. 

Es ése evangelio el que permite descubrir toda la riqueza de la Sola Gracia, de la Sola Fe, del Sólo Cristo, de la Sola Escritura y del Sólo a Dios la Gloria. 

Es el evangelio el que permite descubrir el sacerdocio universal de los creyentes, valorar y amar la lectura bíblica pública y privada en nuestra lengua vernácula y esperar con ansia la predicación porque es la Biblia lo central de nuestro culto. 

Es el evangelio el que nos permite descubrir a una iglesia reformada siempre reformándose a la luz de la Palabra de Dios y creyendo que esa reforma, en tanto renovación, sólo es posible por la obra poderosa y vivificante del Espíritu Santo en nuestras vidas como en la comunidad. 

Es el evangelio el que nos permite descubrir y vivir nuestra verdadera libertad, eje olvidado de la Reforma o subsumido por otros, cuando para Lutero fue un tema preponderante: Cristo nos libró para amar y servir (eso lo tomó de la carta a los Gálatas, a la que él llamaba “mi Catalina” – nombre de su esposa-). 

Este evangelio es el que nos hace reconocer que todo lo que somos y esperamos llegar a ser lo debemos al Dios providente y sabio. 

Si celebramos la Reforma no podemos pensar en hacer tabula rasa de esa rica herencia, del descubrimiento de nuestro verdadero tesoro. Seguimos reformándonos (¡y somos reformados, insisto, por el Espíritu) pero con el gozo de que nuestros hermanos del ayer sentaron bases sólidas y no por sus capacidades y potencialidades, sino porque pudieron vislumbrar el evangelio de la gloria y la gracia de Dios. Por ello la tarea cotidiana, y no sólo de un 31 de octubre, es empaparnos del evangelio, el que como cantara Lutero, “muy firme permanece”.

Por todo esto, por la circunstancia histórica emergida en 1517 y el mensaje proclamado un día como hoy, quinientos años después, es que podemos decir: ¡Feliz día de la Reforma! Pero aún más, que la luz de la Reforma siga brillando en reformas cotidianas a la luz de la Escritura. Celebración y compromiso no son indisociables. Hay mucho por hacer. Y he ahí otro fruto de la Reforma: todo trabajo puede ser desarrollado para la gloria de Dios. 

Luis Pino Moyano.

* Reflexión en el Facebook de Refugio de Gracia, 31 de octubre de 2017.

La Reforma Protestante desde hoy.

“Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios. Consideren cuál fue el resultado de su estilo de vida, e imiten su fe” (Hebreos 13:7).

El autor desconocido de la carta a los Hebreos nos presenta en tres verbos la tarea de pensar la historia de la iglesia: acuérdense, consideren e imiten. Somos llamados a no olvidar a quienes nos enseñaron la Palabra, a evaluar desde el evangelio y con juicio crítico la práctica de nuestros antecesores, para que de ese análisis saquemos a cuenta qué elementos rescatar y conservar, y cuáles cambiar.

Octubre es un mes que nos lleva a recordar la Reforma Protestante. Si bien, Lutero, cuando escribió sus 95 tesis (algo así como los tweets de hoy, que buscan provocar ideas a discutir), no estaba pensando separarse de Roma, y que fue llevado a eso luego de su excomunión, si podemos encontrar en dicho texto el germen del cambio que se vendría.

Por ello, este mes nos proporciona un tiempo especial para el recuerdo. Las instancias deben aprovecharse. Y nunca está de más recordar a Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox entre otros. Ellos fueron parte de los dirigentes que en el pasado nos comunicaron la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron de la centralidad y suficiencia de Cristo, de la salvación por pura gracia, de la justificación por la fe, de que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Esa enseñanza conllevó una práctica: una vida que descansa en Cristo y sus méritos, que no es coaccionada por una jerarquía que dice cosas fuera de la Palabra y que vive para la gloria de Dios, proclamando la fe. Todos los reformadores, más allá de sus humanas limitaciones, fueron incansables predicadores de la verdad y no consideraron como valiosas sus vidas, pues lo realmente valioso era el evangelio y que el Reino de Dios fuese propagado.

¿Qué tenemos que imitar? Todas las enseñanzas relevantes de la Reforma del siglo XVI tuvieron un punto en común. No fueron innovaciones, no fueron descubrimientos ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante es su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal. Es un estilo de vida. Era el estilo de los reformadores. Dios nos ayude.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de octubre de 2016 de la Iglesia Refugio de Gracia.

A treinta años del triunfo del NO. Recuerdos dispersos.

No quería que pasara el día sin escribir algo sobre este acontecimiento histórico, junto a momentos aledaños a él, y que tiene tintes de celebración y conmemoración, dependiendo de lo que se recuerde. Este post no tiene la finalidad de plantear reflexiones histórico políticas (para eso puede leerse, haciendo clic aquí, la columna de opinión que escribí en 2013 para “El Quinto Poder”), sino más bien, presentar algunos recuerdos dispersos asociados al 5 de octubre de 1988. ¿Por qué un post memorial de alguien que a esa fecha era un cabro chico? Por varias razones: a) porque la dictadura cívico-militar presidida por Augusto Pinochet no sólo tiene que ver con septiembre de 1973, sino con un proceso que dura hasta marzo de 1990, y cuyas consecuencias se reflejan hasta hoy en aspectos muy relevantes de esta sociedad; b) porque tenía seis años, y desde muy chico cultivé un gusto por la historia, fomentado por mi familia, la que también me sensibilizó a temas de nuestra historia reciente; y, c) porque quiero dejar un registro de mis vivencias para la posteridad, para que mi hijo e hija lo puedan leer, recuperando uno de los aspectos originarios de los blogs, el de una bitácora que emerge en el viaje de la vida. 

Mediados de 1988, no recuerdo el día, pero con toda seguridad era un sábado. Fue una de las pocas veces que acompañé a mis viejos al supermercado, uno que quedaba en el paradero 18 de Gran Avenida. Habíamos hecho las compras. Para irme a la segura, le pedí a mi papá $100, me los dio sin “peros”, y me fui corriendo cerca, a un kiosco. Muy probablemente mi viejo pensó que me compraría un sobre de láminas de los dibujos animados del momento (creo que de los Silver Hawks). Pero no. Llegué corriendo con una banderita en mi mano, que tenía el logo del NO, de esas que se pegan en los parabrisas de los autos, haciéndola flamear y cantando “Chile, la alegría ya viene” [ver anexo 1]. La cara de susto que tuvieron mis viejos no la olvidaré nunca. Me pidieron que me quedara callado. El miedo a lo político era algo que ellos respiraban. Así y todo, un día mi viejo me llevó a una concentración del NO y me cargó en los hombros, todo hasta que un “zorrillo” apareció arrojando sus gases. 

De las cosas entretenidas de la vida, y con mi hermano mayor, Sergio. Afuera de mi casa había un poste de luz, y pusieron un póster de Pinochet. Él se subió al poste y lo sacó. Lo metimos a una pieza y con plumones le pintamos los dientes, le hicimos unos “tajos”, le hicimos lentes y le cambiamos el nombre a “Perrochet”. Luego, él volvió a colocarlo en el poste. No sé si él alguna vez pensó las consecuencias que podría haber tenido por ello. Aunque tal vez, por estar en una población como la Angelmó en San Bernardo, le haya generado cierta protección, pues la mayoría de nuestros vecinos era opositor al dictador. Otro recuerdo con él, es de cuando llegó con un cancionero de los “Sol y Lluvia”. “Para que nunca más en Chile”, fue la canción que me aprendí y, claro, la canté en varios viajes en micro a Santiago, sentado con mi Mamita Chela, mi abuela materna. 

Ya que mencioné a mi Mamita Chela, yo estaba con ella el día lunes 25 de abril de 1988. En esa casa, el trasnoche era cotidiano, las conversaciones eran largas y entretenidas, y por supuesto la tele estaba prendida. Ese día, en medio del programa “De cara al país”, conducido por Raquel Correa, una de las pocas cosas del 13 que se veían en dicho hogar, estaba invitado Ricardo Lagos, uno de los políticos que mi Tata siempre respetó. En varios momentos se habló que “el compañero” Lagos iba a hablar. Y habló, como todos lo recordamos, con su dedo, desafiando a Pinochet como pocos lo habían hecho tan visiblemente [ver anexo 2]. Mi abuela, que era histriónica, de esas que discutía en la tele, se enderezó en la cama y aplaudió al político. Es imposible no pensar en Lagos mediatizado por ese recuerdo. 

Otra de Lagos. Pasado el plebiscito, junto a mi Tata y a mi Papá, fuimos a una concentración que se hizo en un peladero de Puente Alto, en la intersección de Diagonal Sur con Avenida Central. Hubo discursos de Jaime Estévez, Hortensia Bussi, canciones de Ramón Farías (sí, el actor devenido malamente en cantante, y luego en político). Pero el actor principal de la noche era Ricardo Lagos. Lo traían en un furgón. Me acuerdo porque se bajó justo por dónde estábamos nosotros. Mientras le abrían el paso, me planté frente a él, le estiré la mano y le dije “Hola pos compañero Lagos”. Él se sonrió, y me estiró la mano, y me dijo “hola pos compañero”. Debo decir, que si hubiese cumplido los 18 antes de las elecciones de diciembre de 1999, habría votado por él. Mi concepto político respecto de la Concertación cambió a base de experiencia universitaria y política, de lecturas de historia, y de seguimiento cotidiano de la actualidad nacional, transformándome en crítico de dicha coalición, al nivel de no votar sistemáticamente por ella. Pero debo decir, que mientras escuchaba al ciudadano Lagos esta semana, he pensado que él es uno de los últimos representantes vivos de la política letrada de antaño y, a la vez, es el único de los políticos de élite que está pensando el Chile del futuro de manera muy consistente. Eso, con todo lo que implica su nombre y su gobierno aplaudido más por los empresarios que por el pueblo de a pie. 

Sobre el 5 de octubre, recuerdo a mi mamá yendo a votar temprano en un colegio sanbernardino, y a mi papá yendo por la tarde a un colegio puentealtino. Mi viejo, estuvo en una fila muy larga, casi hasta última hora, esperando emitir su derecho a sufragar. Como ya señalé, mi interés por la política contingente partió de chico. Entonces quería ver los resultados. Resultados falseados por el ministro Cardemil. Resultados que se ocultaron hasta largas horas de la noche. En mi casa nos acostamos todos, se apagaron las luces más temprano que nunca. Y nos costó quedarnos dormidos. Al parecer el susto de que pasara algo no era infundado en ellos. Dormimos. Al otro día nos enteramos que Pinochet había perdido. Como diría “El Fortín Mapocho”, “corrió solo y llegó segundo”. La próxima elección, la de diciembre de 1989, la viví en la casa de mis abuelos. Ahí fue la primera vez que vi a mi Tata en su performance de votación: se levantaba temprano (como siempre), se vestía de terno y corbata, y partía al recinto de votación. Mi Tata era de los que anhelaba ser vocal de mesa (lo había sido en varias elecciones desde las presidenciales de 1958). Fue mi Tata el que me inculcó esa responsabilidad, la de valorar la democracia aunque sea de baja intensidad, participando de todas las instancias posibles para defender nuestros derechos. Fu él, el que me animó cuando fui vocal de mesa, me dijo que era divertido, y no se equivocó. En la noche, cuando se supo el triunfo de Aylwin, gritamos de alegría, aplaudimos, y hasta se destapó un champagne mientras cantábamos el himno nacional. 

Y con eso termino. Estaba en 3º Básico en marzo de 1990, cuando luego de la transmisión del mando (que implicó una de las tareas para la casa más lindas y significativas que recuerde), el ministro de educación, Ricardo Lagos, firmó un decreto que anulaba el canto de la tercera estrofa de nuestro himno, a saber, la de “los valientes soldados”. El primer día lunes después de aquello fue potente: ver profesores y compañeros felices por aquello es un recuerdo inolvidable. Debe ser de los aplausos más grandes que he escuchado y dado, cuando el himno se termina en el “o el asilo contra la opresión” sin cantar la estrofa resignificada durante la larga noche de la dictadura (Eusebio Lillo, militante de la Sociedad de la Igualdad no tenía en mente a una dictadura cuando la escribió).

Estos son mis recuerdos dispersos. Son recuerdos que me hacen encontrar con muchas personas amadas, junto a sujetos y acontecimientos de nuestra historia reciente. Son recuerdos que me invitan a valorar cada vez más la democracia, la historia con su dimensión social, la conversación profunda de política y las tareas en las que muchos coadyuvan para la construcción en la que haya “abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social”. Y eso, para que nadie se espante, lo dijo Cantinflas en la película “Su Excelencia”, a quien también conocimos en el Chile de antaño. 

¡Salud!

Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 5 de octubre de 2018.


 

[Anexo 1] El himno de campaña: “Chile, la alegría ya viene”.

 

[Anexo 2] Ricardo Lagos en “De cara al país” y el testimonio de los participantes.

 

[Bonus Track] La canción “No me gusta, no”, la mejor de la campaña según mi apreciación.

Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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“Ese mar que tranquilo te baña”. ¿Quién ganó y quién perdió en La Haya?

Los ganadores: El gobierno chileno y el equipo jurídico que contrató. Y, por supuesto, las familias que son dueñas de “nuestro mar”.

Los perdedores: El gobierno boliviano y el equipo jurídico que contrataron, y por supuesto, a modo de deconstrucción, Evo Morales y un eje clave de su proyecto político.

Los grandes perdedores: el pueblo de a pie de ambos países:

  • Los que en Bolivia soñaron con un día bañarse en una playa propia y tener acceso soberano a un territorio que en un momento de la historia les perteneció. 
  • Los que en Chile todavía no entienden que la sangre derramada en la Guerra del Pacífico (léase, “del Salitre”), no tuvo ningún sentido patriotero para Mr. North (que llegó sin “ni una chaucha” a nuestro país), como no lo tiene para quienes depredan nuestras riquezas. Chile no gana nada con esto. Si no lo cree, viaje al Norte en bus y vea los kilómetros de borde costero sin nada ni nadie. Nunca se debe confundir el bienestar de unos pocos con el bienestar de un país.

Puede que ahora estés celebrando como en el triunfo que nos faltó para ir al mundial. Pero sería bueno hacer una revisión de tu nacionalismo, para constatar si en realidad se trata de un real amor a la tierra de tus antepasados y a la gente con la que vives, junto con todo la creación cultural producida a lo largo de nuestra historia; o, si en su defecto, no es más bien un discurso ideológico que te hace creer en una homogeneidad también ideológica y que no se materializa en los rigores cotidianos de la vida. Y en eso, puede que nos parezcamos demasiado a los bolivianos de los cuales muchos se burlan un día como hoy con una feroz carencia de empatía.

Luis Pino Moyano.

Los evangélicos y los derechos humanos en el contexto dictatorial chileno. Reflexiones para el presente.

* La fotografía corresponde al Te Deum Ecuménico del año 1971, y ella muestra, entre otros, al pastor luterano Helmut Frenz, figura clave en la defensa de los derechos humanos en Chile.

Luis Pino Moyano[1].

           En muchos contextos eclesiales sigue siendo considerado algo impropio, que tiene relación con un mundo alejado de Dios. Tanto es así, que el acercamiento a lo político se realiza, regularmente, de manera reactiva y en torno a ejes valóricos, carentes de discusión teórica y con pocos alcances proyectivos de mediano y largo plazo. Entonces, espacios como éste y que se vienen dando en los últimos años, en los que se puede hablar de política con honestidad y sin paranoia, se agradecen.

            Por otro lado, quisiera señalar algunos elementos relacionados con el contexto de enunciación de mi reflexión y su finalidad:

  • Si bien es cierto, se me ha invitado en mi condición de trabajador de la disciplina historiográfica, y más allá de ocupar las herramientas de análisis que provienen de ella y de otras ciencias sociales, mi reflexión no procede centralmente de allí. Lo que estoy haciendo en este momento no es el mero “ejercicio intelectual” al que ciertos sujetos quisieron referir respecto de esta instancia. Hoy día estoy hablando como evangélico, desde mi acervo presbiteriano, por lo que el perfil de esta reflexión es sobre todo eclesiológica.
  • Y es allí donde está la finalidad de mi comunicación: pensar el pasado reciente del amplio y polifónico mundo evangélico chileno en el contexto dictatorial, su relación con dicho régimen y su acercamiento al tema de los derechos humanos, como insumo para la acción del presente de nuestras iglesias y de las distintas organizaciones que emanan del trabajo de cristianos esparcidos por el mundo. Esto lo haremos a partir de ejes teóricos y de acción que esbozaré a continuación.

            La relación con el poder político[2].

            Las relaciones con el poder político se desarrollaron desde dos perspectivas: del apoyo al régimen dictatorial y desde su crítica contracultural. Estos acercamientos manifestaron algunos elementos comunes. Uno de ellos es el ejercicio periférico de un grupo minoritario de la sociedad, que aspiraba a una influencia más protagónica en el espacio público. Esto tiene un aspecto muy loable, pues como diría Juan Sepúlveda, “Lo que estas tendencias tuvieron en común es que ambas se sintieron comprometidas, de un modo u otro, con la realidad presente y futura del país. La imagen de un pueblo evangélico marginado y ajeno a la realidad del país había comenzado a quedar atrás”[3]. A su vez, otro elemento común dice relación con que dichas acciones fueron desarrolladas por cuadros pastorales, en otras palabras, por élites eclesiásticas. Esto requiere ser relevado cuando estamos hablando de relaciones con el poder político, toda vez que micropoderes eclesiales son los que se hacen cargo de la discusión y la acción política.

            En este ítem me referiré solo al grupo político-eclesiástico que se dio en el sector conservador, articulado en el “Consejo de Pastores”. Dicho sector apoyó abiertamente al régimen dictatorial encabezado por Augusto Pinochet. Esto lo hizo, pues ya desde la década de los cincuenta del siglo XX, por influencia norteamericana, sobre todo del sector fundamentalista ligado a la derecha religiosa estadounidense, que le hizo barajar un discurso anticomunista, aparentemente apolítico, que ponía la vista solo en “las cosas del cielo”. Dicho sector resemantizó de manera evangélica el discurso mesiánico de la dictadura. Fue tanta su cercanía que desde ahí data la confusión mediática de hablar de “la” iglesia evangélica, pues esta era aquella que podía participar de instancias públicas. La creación posterior del Centro Evangélico Nacional Coordinador de Actividades, CENCA, trajo reconocimiento oficial, instalación de oficinas, mediación exclusiva y excluyente con el gobierno, y hasta un Servicio de Acción de Gracias para alabar a Dios y lisonjear al “príncipe”. Por si es que lo olvidamos: estamos hablando de la época dictatorial, para que no nos confundamos (cualquier similitud con hechos recientes es más que una coincidencia). Todo esto fue acompañado de financiamiento estatal para el desarrollo de actividades “evangelizadoras” por los famosos ministros Yiye Ávila, Richard Wurmbrand y Jimmy Swaggart, quienes en sus prédicas favorecieron las tareas del régimen de facto.

            Lo que no entendieron estos hermanos, embobados por una dosis de cercanía con el poder nunca antes vista desde el mundo evangélico, es que el realismo político implica altas dosis de asociatividad en redes de verdad, y no en aquellas en las que hay simplemente un tratamiento protocolar. La dictadura militar chilena se vio favorecida por un sector que la legitimó bíblicamente, que vio en su tarea de reconstrucción nacional una obra del mismo Dios, mientras el catolicismo romano institucionalmente refería una crítica sistemática y una lucha sobre todo en el plano judicial, en pos de la defensa de los derechos humanos universales. Este acercamiento a la dictadura, en palabras de Evguenia Fediakova, simbolizó para el mundo evangélico las expectativas de elevar su estatus dentro de la sociedad y obtener el mismo reconocimiento público, político y judicial que tenía la Iglesia Católica[4], de lo cual no se obtuvo resultados consistentes. Como señalaría Mariano Ávila: “La relación del Consejo de Pastores con la dictadura militar tuvo una evolución que fue desde una ‘luna de miel’ placentera y complaciente, hasta una ‘vida marital’ en la que la dictadura fue cada vez más dominante, y a la vez fue abandonando y menospreciando al liderazgo evangélico leal a su proyecto”[5]. La metáfora es decidora. La relación con estos pastores se dio desde el uso útil. Eso, en jerga coloquial política se llama tener “tontos útiles”. Y lamentablemente, muchos líderes evangélicos aún no han aprendido eso, pues siguen con el globo de la inocencia política muy inflado, siendo útiles para tal o cual sector de la política nacional. Ojalá algún día se les reviente. Oremos y trabajemos para ello.

            La finalidad de nuestros actos litúrgicos.

            Ya mencionamos el Servicio de Acción de Gracias, inaugurado en septiembre de 1975[6], que vino a tensionar la acción religiosa en el espacio público, toda vez que desde 1970 el Te Deum realizado en la Catedral de Santiago tenía el carácter de ecuménico. ¿Pero cuál es la finalidad de este servicio? ¿Alabar a Dios con todo nuestro ser y escuchar la predicación fiel de la Escritura; o, en su defecto, realizar una performance religiosa ante autoridades que vienen con sus trajes de gala a nuestra celebración cúltica? O para no ser acusado de maniqueo, ¿un poco de ambas? Aquí me parece pertinente responder con las preguntas planteadas por Juan Stam en uno de sus libros: “¿Qué pensar cuando se invita al general Pinochet, denunciado por muchos organismos internacionales por su comprobada tortura de presos políticos, a participar oficialmente en la dedicación solemne de un gigantesco templo protestante en Chile? ¿Qué pensar cuando líderes protestantes elogian desde el púlpito y por radio a dictadores (porque defienden los intereses religiosos), les presentan una Biblia y un homenaje, sin exhortarles en nombre del Señor por las injusticias que se cometen a diario?”[7]. Ojalá llegue el día en que en esos espacios se exhorte a la práctica de la justicia y el derecho, basados en la Escritura, a quienes son autoridad. Con respeto, obediencia y honor, pero recordando que todo eso es relativo y derivado de y por Dios. Pues si Dios es el Dios de la vida, en contextos de sombra o de muerte nuestras liturgias no pueden adecuarse al estado de cosas. La celebración esperanzada en Dios es de por sí contracultural y subversiva.

            La lectura y proclamación profética de la Palabra de Dios.

            Voy a colocar tres ejemplos, uno individual y dos colectivos. El primero es el caso del pastor Helmut Frenz, quien el 23 de septiembre de 1973, es decir, el segundo domingo del golpe militar se atrevió a señalar en su sermón, ante un auditorio feliz por la intervención militar, lo siguiente con gran fuerza profética: “Tomemos a Jesucristo como modelo y no al socialismo –tampoco al capitalismo- ni a algún sistema de ideologías, sino que sólo y únicamente a Jesús. Él es el Señor y nosotros le obedecemos. Estoy preparado, amigos, a poner en juego mi reputación, porque me vayan a señalar como colaborador de la izquierda porque nuevamente debo abogar por los perseguidos y oprimidos. Pero no se trata de eso. Jesucristo nos exhorta a ser colaboradores de la humanidad. No debemos esquivar esta invitación. Se solicita nuestro testimonio poniéndonos a disposición de aquellos a quienes nadie quiere ayudar. ‘Busquen primero el reino de Dios y su justicia, así recibirán también todo’. Amén”[8]. Frenz tenía muy claro cuál era el objetivo de la lucha que debía darse. Más allá de los errores que puedan reconocerse o achacarse al gobierno de Allende y a su coalición, la Unidad Popular, nada, absolutamente nada, puede justificar los horrores que el régimen dictatorial. Tampoco una lectura exitista y cuestionable en clave económica puede obnubilar nuestra mirada de ellos. Años después el pastor luterano diría: “La expresión ‘violación de los derechos humanos‘ es una formulación eufemística y apaciguante. En realidad se trata de crímenes gravísimos, cometidos en nombre del Estado y con su autorización: detenciones arbitrarias, deportaciones y desaparición de personas, tortura y asesinato por orden del Estado. Quien siendo conocedor de estos crímenes, calla, se hace cómplice[9]. Aquí no estamos, entonces, frente a un simple luchador por los derechos humanos, sino a uno que trabajó contra el terrorismo del estado y todo su aparataje criminal. En dicho contexto él no vio a quienes sufrían los rigores de la dictadura simplemente como “víctimas” sino como “represaliados” por querer concretizar un proyecto histórico.

            Otro ejemplo, es el de la “Carta Abierta” a Pinochet, del 29 de agosto de 1986, el que era considerado por muchos como el “año decisivo” en la lucha contra el régimen. Este documento se trabajó a instancias de la “Confraternidad Cristiana de Iglesias” y tiene un alto perfil bíblico y aterrizado a la realidad concreta de los sectores en los que el mundo evangélico desarrollaba su tarea con mayor fuerza: en las poblaciones de extracción popular. Se acusa esta situación escandalosa, en lenguaje bíblico, que atenta contra la voluntad de Dios, pues se pone en riesgo la vida de personas indefensas e impotentes frente a un régimen que no ha dudado en usar la violencia para sostenerse, con un poder de fuego desigual frente a civiles. Luego de poner en la palestra todo esto, el llamado al gobierno presidido por Pinochet fue el siguiente: “En consecuencia, hacemos un responsable, firme y urgente llamado al Gobierno que Ud. preside, a realizar un acto de desprendimiento y amor por el país, dando curso inmediato a un proceso de transición democrática que el propio pueblo de Chile determine a través de sus variadas organizaciones. / De no escuchar éste y muchos otros llamados, su Gobierno, y en esa medida, las instituciones armadas se están haciendo responsables ante el creciente clima de guerra que tendrá imprevisibles consecuencias para el país, y acreedores del juicio de Dios por la sangre derramada”[10]. Esto es hablar con claridad a un gobierno. Pueden cuestionarse múltiples cosas de quienes desarrollaron la iniciativa, pero, con suma claridad el documento aterriza lo que la Biblia enseña con suma claridad: que la paz siempre es antecedida por la justicia (Isaías 32:17).

            El otro es el antiejemplo: pastores que a nombre de sus congregaciones, y sin ninguna crisis de representatividad, firmaron declaraciones de apoyo a la dictadura, señalando que las violaciones a los Derechos Humanos eran invención del comunismo internacional. El “gobierno militar” y su “pronunciamiento”, para estos sujetos, era una respuesta a las oraciones a Dios[11].Dichos líderes evangélicos no sólo no anunciaron el evangelio, sino que pregonaron la legitimidad de la mano dura militar de manera herética, constantiniana y parcial, como habría señalado el pastor bautista Óscar Pereira. Cuando nos acercamos a esta realidad vergonzosa, esa de arrogarse la voz del pueblo evangélico, como si este pueblo fuese unívoco y homogéneo, además de la corrupción del mensaje profético, nos acercamos a un pasado que, entonces, no está tan pasado y que además pesa. ¡Basta de líderes evangélicos a los que se les debe mirar hacia arriba y con la Biblia cerrada! Como diría Humberto Lagos: “La historia reciente en estos ámbitos nacionales reclama procesos autorreflexivos y de contrición de aquellos que a veces, por ignorancia, desinformación u opciones ideológicas contradichas con los valores cristianos, fueron conniventes ideológicamente con el ‘mal’ -con la mentira- y colaboraron con gobiernos de facto cuyas conductas represivas lesionaron gravemente a miles de personas en su dignidad de creaturas originadas en el Dios de la vida”[12].

            El entendimiento de las relaciones ecuménicas.

            Sin lugar a dudas, una de las oportunidades que abrió el régimen dictatorial fue la de juntarse. Instancias, además de las mencionadas con antelación, tales como la “Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas”, FASIC, y el “Servicio Evangélico para el Desarrollo”, SEPADE, realizaron tareas de suma importancia en pro de la defensa de los derechos humanos, el rescate de la memoria y el pensamiento cristiano. Pero sin lugar a dudas, el Comité de Cooperación para la Paz de Chile (o Comité Pro Paz), sea quizá el más relevante, por lo que significó. Mucho antes de que la Iglesia Católica a nivel institucional desarrollara una crítica al régimen, y a menos de un mes del mismo, el 6 de octubre de 1973, se formó esta instancia que desarrolló la defensa de los acusados en los “Consejos de Guerra”. Vale decir, más que la defensa de los derechos humanos de estos sujetos, se trataba de la defensa de militantes, sin vaciar de sentido a los sujetos, cosa que marcó el énfasis en la persecución ideológica llevada a cabo por la dictadura. Mención honrosa a los pastores Luis Pozo (bautista), Tomás Stevens (Iglesia Metodista), Julio Assad (Iglesia Metodista Pentecostal) y Augusto Fernández (Iglesia Luterana y UNELAM), quienes junto a Helmut Frenz y otros representantes de credos religiosos dieron inicio a esta tarea de sujetos que no “pasaron de largo”, tal y como el samaritano de la parábola (Lucas 10:25-37).

            La iglesia y la Missio Dei.

            El teólogo Samuel Escobar hizo en una ocasión el siguiente planteamiento: “Un sector evangélico, tanto en Chile como en Brasil, ha apoyado abiertamente el autoritarismo conservador. Le ha faltado una comprensión del proceso ideológico del mismo, y en ese sentido no ha sido fiel a la tradición protestante del siglo pasado y comienzos del presente. Es decir, cortejado por el poder no ha tenido valor o recursos para una tarea crítica[13]. ¿Con qué experiencia protestante está comparando Escobar a los evangélicos que apoyaron los regímenes dictatoriales? Queda claro con la oleada misionera de la mitad del siglo XIX, que en pos de una misión combativa predicó y extendió el Reino de Dios, enseñando la Biblia y amando al prójimo de manera concreta: con colegios, orfanatorios, ligas de intemperancia, centros médicos, maternidades. “Un protestantismo que protesta”, como habría dicho el entrañable pastor Juan Wherli. Y si bien es cierto, mi punto no tiene que ver con el restauracionismo del siglo XIX, soy parte de un grupo de evangélicos que anhela que nuestro discurso y acción caminen de la mano de la fe en aquél que dice que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, y no de una fe neoliberal, marcada por el consumo de experiencias y personas, y que incentiva a la preocupación en el peor y más sanguinario de todos los dioses, a saber, uno mismo. No olvidemos nunca que Jesucristo y su mensaje es lo que dota de relevancia a la iglesia. Como diría el Dr. Martin Luther King: “Si la iglesia de Jesucristo ha de recobrar su poder, su mensaje y su sonido de autenticidad, tendrá que conformarse a las demandas del evangelio exclusivamente”[14].

Santiago, 14 de septiembre de 2018.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Tesista del programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com

[2] Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Santiago, Vicaría de la Solidaridad y UNELAM, 1978. Tomo I “Investigación exploratoria” y tomo II “Anexos”.

[3] Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago, Fundación Konrad Adenauer y Comunidad Teológica Evangélica, 2000, pp. 146, 147.

[4] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013, p. 48.

[5] Mariano Ávila. Entre Dios y el César: Líderes evangélicos y política en México (1992-2002). Grand Rapids, Libros Desafío, 2008, p. 118.

[6] Véase el artículo de Alejandro Zapata. “La tentación de los reinados: la institucionalidad evangélica durante la Dictadura Militar”. En: Pensamiento Pentecostal. 4 de septiembre de 2017. http://pensamientopentecostal.wordpress.com/2017/09/04/la-tentacion-de-los-reinados-la-institucionalidad-evangelica-durante-la-dictadura-militar-por-alejandro-zapata/ (Consulta: septiembre de 2018).

[7] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 129.

[8] Helmut Frenz. Mi vida chilena. Solidaridad con los oprimidos. Santiago, LOM Ediciones, 2006, p. 144.

[9] HelmutFrenz. “Porque este era el único camino”. Eugenio Ahumada et al. Chile: la memoria prohibida. Las violaciones a los derechos humanos 1973-1983. Santiago, Pehuén Editores, 1990, pp. XVI, XVII.

[10] La carta abierta fue firmada por Obispo Enrique Chávez, Iglesia Pentecostal de Chile; Dr. Jorge Cárdenas, Moderador Iglesia Evangélica Presbiteriana; Obispo José Flores, Iglesia Comunión de los Hermanos; Pastor Edgardo Toro, Director nacional Iglesia Wesleyana Nacional; Obispo Sinforiano Gutiérrez, Misiones Pentecostales Libres; Pastor Narciso Sepúlveda B., Presidente Misión “Iglesia Pentecostal”; Pastora Juana Albornoz, Misión Apostólica Universal; Obispo Isaías Gutiérrez. Por la Junta Directiva de la Confraternidad Cristiana de Iglesias firmaron: P. Juan Sepúlveda, Presidente; Vicario Pedro Zavala, Secretario; Hno. Óscar Avello, Prosecretario; P.Leonardo Gajardo,Tesorero; P. Dagoberto Ramírez, Vocal.  

[11] Pedro Puentes (editor). Posición Evangélica: un documento que define posiciones. Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. Disponible en el Sitio Web de la Biblioteca del Museo de la Memoria: http://www.bibliotecamuseodelamemoria.cl/gsdl/collect/textosym/index/assoc/HASH01c6/47f77b83.dir/00000680000001000002.pdf (consulta: septiembre de 2018).

[12] Humberto Lagos. “Derechos humanos, fe cristiana y revelación bíblica”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el Reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 97.

[13] Samuel Escobar. “El poder y las ideologías en América Latina”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Grand Rapids y Buenos Aires, Nueva Creación y Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1986, p. 176.

[14] Martin Luther King. Strenght to Love. Londres, Collins, 1974, p. 22 (traducción de René Padilla en “Misión integral”).


 

Documentos Anexos:

Declaración de la Iglesia Evangélica (1974). En Pedro Puentes, Posición Evangélica.

Carta abierta a Augusto Pinochet (1986)

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo I.

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo II.

Pensando en voz alta sobre el suicidio.

Si la noticia de una muerte es por sí misma impactante, con mayor razón lo es la noticia del suicidio. Lo violento y, a veces, imprevisto de un acontecimiento como éste nos sacude, sobre todo, cuando se trata de una persona cercana, con la que podríamos haber empatizado más, puesto que siempre pudo haberse hecho algo más. Debido a las deformaciones intelectuales de la época presente cuando pensamos en la depresión, pensamos en medicamentos o tratamientos con especialistas, en vez de compañía que abraza, escucha y acoge. Vivimos tan ensimismados que el dolor ajeno casi es impercetible, hasta que una foto de un rostro alegre, con una familia bella alrededor, queda trunca y rota por la decisión trágica de alguien que se encamina presuroso por el “valle de sombras y de muerte” en la más completa y triste soledad. 

Una de las razones que más ha complejizado el abordaje del suicidio desde la fe cristiana, tiene que ver con la connotación que se le ha dado, como si se tratara de un pecado imperdonable que te conduce directamente al infierno: “los que se suicidan se van al infierno”, es el mensaje repetido hasta la saciedad. Yo crecí en una comunidad eclesial en la que, con contadas y honrosas excepciones, el suicidio se abordaba desde ese prisma. Esa visión conlleva una serie de tabúes:

El primero de ellos, dice relación con una de las investigaciones que abrió el camino del estudio sociológico en la modernidad. Se trata de la investigación realizada por Emil Durkheim en 1897. Evidentemente, la evidencia actual muy probablemente haya dejado obsoleta dicha investigación, pero algunas cosas tanto de metodología como de información son sumamente importantes de relevar. Por ejemplo, la constatación de este padre de la sociología respecto que en el caso de los países europeos mayoritariamente católicos, las tasas de suicidio eran más bajas que en los países mayoritariamente protestantes, lo que se daba a la inversa en el caso de homicidios. Durkheim plantea que: “Son los cantones protestantes los que cuentan más divorcios; ellos son también los que cuentan más suicidios. Vienen después los cantones mixtos, en los dos puntos de vista, y, solamente luego, los cantones católicos. […] Entre los cantones protestantes alemanes no hay ninguno que tenga tantos divorcios como Schaffouse; Schaffouse está también a la cabeza en los suicidios” [1]. Uno de los factores que Durkheim visibiliza tiene que ver con el individualismo protestante, mediatizado por lo que se dio en llamar con el tiempo “libre examen”, con el cual en palabras del sociólogo, el sujeto va construyendo su camino en la religión. ¿Cuánto influye nuestro concepto del pecado y su gravedad en esto? ¿Cuánto influye una incomprensión de la gracia sobre todo en quienes la predicamos? ¿Cuánto influye el deslumbramiento en la reputación personal perdida al lado de la gloria de Cristo? ¿Cuánto influye las altas expectativas que nosotros, creyentes cristianos, ponemos sobre los hombros de otros sujetos tan santos y pecadores como nosotros? Todas preguntas que ameritan reflexión teológica interdisciplinaria. 

El segundo tabú dice relación con la persecución de cristianos. El cristianismo cada día va construyendo un martirologio más amplio, con cristianos que viven y mueren por su fe en el mundo, a los que elevamos a un pedestal de admiración marcado por relatos hagiográficos que nada dicen de errores, elementos críticos e, inclusive, pecado. ¿Por qué no decimos nada respecto de los creyentes que estando en misión han acometido suicidio para rehuir el peso del terror de quienes le persiguen? ¿Por qué seguimos deshumanizando a creyentes porque lo que importa es el testimonio, por más artificial que éste sea? ¿Hacemos bien en preservar el tabú con el riesgo de que futuros misioneros se encuentren de manera abrupta con este dilema?

Y el tercer tabú es muy sencillo de declarar, más allá de la perplejidad que podamos asumir: creyentes se suicidan. Sí, leyó bien, creyentes, genuinos cristianos, se suicidan. Y, a veces, no porque estén lidiando con el adulterio, con otros tipos de inmoralidad, con desfalcos u otro tipo de corrupción económica, sino simplemente por no saber cómo lidiar con el dolor o la incertidumbre. Conocí, por ejemplo, muy de cerca el caso de una madre anciana, una cristiana de toda la vida, que tomó esta trágica decisión luego de no tener certeza sobre quién se haría cargo de sus hijas que adolecían de discapacidades intelectuales. Él saber qué su muerte estaba cercana y que nadie cuidaría de las hijas que ella con tanto esfuerzo y postergación humana cuidó, la aterrorizó tanto, que un día las tomó de la mano y se recostó con ellas sobre una línea de tren. Una de las hijas se libró de la muerte. Y no saben lo terrible que fue, ante el tabú del suicidio, ver personas que mandaban a esta querida hermana al infierno en medio de susurros de pasillo, sin misericordia, sin conocimiento de la gracia de Dios, de sus propósitos eternos, y por supuesto, sin haber hecho absolutamente nada, deslumbrados ante una noticia y no ante una historia. Sí, tristemente, creyentes se suicidan. 

¿Qué decir respecto del suicidio y de las personas que lo acometen?

a) Puede que algunas personas hayan tenido una opinión engañosa respecto de mi idea sobre el suicidio al leer este post. Pero a esta altura quiero señalar con firmeza y claridad que se trata de pecado, de verdadero pecado. El único dueño de la vida es el Dios que nos creó y que tiene dominio del tiempo y de nuestras historias. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que “Los pecados prohibidos en el sexto mandamiento son, todo acto de quitar la vida a nosotros” (pregunta 136). En ese sentido, la práctica de matar prohibida en la Biblia incluye el suicidio. Ergo, el suicidio es pecado, y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23a). El suicidio, como todo pecado, nos separa de Dios. Además, al igual que otros pecados, tiene o puede tener consecuencias sociales, sobre todo en lo que dice relación con su familia, específicamente, padres y madres, cónyuge e hijos. El dolor se reparte de manera indefectible en dichos casos. 

b) Al igual que con ningún muerto podemos afirmar a cabalidad algo respecto del destino final de las personas. Si el hermano o hermana se pierde, y se va al infierno, no se va a ese lugar sólo por suicidarse, sino por todos sus pecados y por su naturaleza pecaminosa heredada de Adán. Por otro lado, si este hermano o hermana se salva y se va al cielo, no vivirá ahí porque el suicidio no sea pecado, sino porque Cristo murió por Él, así como por todos los elegidos, siendo su sacrificio completamente eficaz para el perdón de los pecados pasados, presentes y futuros, incluido este acto con él cual acabó con su vida. Sintetizando, nadie se salva por no suicidarse, sino por la obra de Cristo en la cruz. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que: “Ningún hombre es capaz, ni por sí mismo, ni por alguna gracia recibida en esta vida, de guardar perfectamente los mandamientos de Dios; sino que diariamente los quebranta en pensamiento, palabra y obra” (pregunta 149). Recalco una idea: este punto no debe entenderse como una apología del suicidio en tanto acción plausible. El suicidio es pecado y debe ser mortificado por nosotros con la ayuda del Espíritu Santo. Explicar nunca significa per se legitimar. 

c) En un perfil más pastoral si se quiere (¡aunque el punto anterior también lo fue!), creo que somos muy rápidos para juzgar el suicidio, así como todos los pecados visibles de las personas, sin empatizar y mirar desde el evangelio cada caso. Insisto, es un pecado. ¿Pero estoy yo en la mente y en el corazón desesperado de una persona? ¿Estoy consciente del terrible suplicio interno que alguien vive al nivel de pensar en el suicidio? La desesperación terrible que lleva alguien al suicidio no es de un momento, sino de días y meses, donde se lucha por dar ese paso. ¿Acaso eso no es también responsabilidad de la comunidad que hizo pensar a la persona que estaba totalmente solo, sin que pudiera catalizar su sufrimiento? La salud mental es algo tan problemático que meterse a juzgar las motivaciones de alguien que sufre una enfermedad de ese tipo es más que complejo, es inoportuno. Bíblicamente, el ser humano es una unidad psicosomática [2], por lo que debe ser entendido desde esa integralidad y no sólo por la preocupación del componente espiritual. En ese sentido, comparto lo señalado por el pastor y teólogo R. C. Sproul, cuando señaló que: “El punto es que las personas se suicidan por razones muy diversas. Solo Dios conoce a cabalidad la complejidad del proceso de pensamiento de una persona [en] el momento de suicidarse. Por lo tanto, solo Dios puede hacer un juicio justo y preciso a cualquier persona. A fin de cuentas, la salvación de un individuo depende de si ha sido unido a Cristo por la sola fe. Sigue siendo cierto que los cristianos genuinos pueden sucumbir a una marejada de depresión. / Si bien debemos intentar disuadir a las personas de suicidarse, dejamos a quienes lo han hecho a la misericordia de Dios” [3]. Hago mías estas palabras. 

Todo esto implica, por parte de la iglesia orgánica (tú, yo, nosotros) e institucional, una preocupación más amplia por entender los dilemas existenciales a la que nos llevan los traumas y otras experiencias dolorosas [4]. Pero esto, no sólo implica una preocupación intelectual, necesaria pero insuficiente en sí misma, sino una que vaya acompañada del acto emocional y hasta físico de hacernos parte, de involucrarnos en la vida de los otros, de pasar del discurso de la comunidad a la vida en comunidad. ¡Qué no hayan personas solas en nuestra iglesia! Ni solos que piensan en el suicidio, ni personas solas que están viviendo el duelo de alguien que precipitadamente decidió acabar con sus días. Y, por supuesto, lo que hay que hacer, definitivamente, es descansar en Cristo, en su gracia anhelando que nuestro hermano ha sido salvo, con la seguridad de que un día Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos. 

Evidentemente, no pretendo con este post tener una palabra final sobre este tema. Ni por extensión ni profundidad es ese el objetivo. Por cierto, sin dudas, esto puede abrir diálogos y debates. Pero tampoco es mi objetivo. Mi punto es doble: me interesa asentar una posición que creo es bíblica y teológicamente consistente con la fe cristiana; y, por otro lado, alzar la mano para decirte que estoy disponible, dentro de mis posibilidades, para escucharte y acompañarte en una circunstancia tan compleja. Sobre todo, cuando la empatía de alguien que sintió este impulso trágico y pecaminoso en momentos de la vida no cuesta tanto. Y sobre todo, porque conozco todo lo que sirve no dejar revolotear “los pájaros en la cabeza” en soledad ensimismada. 

Se puede caminar y sobrevivir, sólo por el amor y la gracia de Cristo que se hace patente en múltiples gestos simples y cotidianos. Y, gloria a Dios por eso. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

Notas bibliográficas. 

[1] Emil Durkheim. El suicidio. Estudio de sociología. Libro primero “Los factores extrasociales”. En: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/2012/LYM/los_FESociales.pdf (revisada en agosto de 2018). 

[2] Véase el tratamiento del ser humano como un ser integral, una “unidad psicosomática” en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 263-291.

[3] R. C. Sproul. Sorprendido por el sufrimiento. El papel del dolor y la muerte en la vida cristiana. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2017, p. 149. 

[4] Sobre el problema del dolor, véase: C. S. Lewis. El problema del dolor. Miami, Editorial Caribe, 1977. Otro breve acercamiento en: Josep Araguàs et al. Jesús ante los problemas emocionales. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2009.