Convertir la tragedia en oportunidad.

Escribo estas líneas sin un ápice de gozo. Fui pentecostal “a la chilena”, miembro en plena comunión por quince años de una iglesia fundada en 1966 en la comuna de Puente Alto (la Iglesia Pentecostal Naciente), que venía del tronco de una de las iglesias más tradicionales de ese mundo, la Iglesia Evangélica Pentecostal; y,  a pesar de mi alejamiento de dicha comunidad en el año 2009, mantengo mi aprecio y admiración por tantos hermanos y hermanas que han “peleado la buena batalla de la fe” y de quienes aprendí tanto desde la Palabra y la acción. Siendo hoy presbiteriano, he seguido teniendo la posibilidad de colaborar con algunas iglesias pentecostales en la predicación y la enseñanza, y he mantenido como uno de mis temas de estudio en la investigación y docencia en el área de la historia eclesiástica al pentecostalismo endógeno, cruzando tanto la mirada historiográfica y crítica con la deuda de amor a quienes sigo viendo como hermanos. Enuncio esto al comienzo de mi reflexión para que se sepa desde un comienzo que no estoy hablando desde una posición de superioridad teológica y/o moral. 

Es indudable que el hecho noticioso de Eduardo Durán, obispo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal, conocida en el mundo evangélico como “Jotabeche” ha copado los medios informativos, pasando desde el tono de “farándula” a la investigación acuciosa. El escandaloso mal uso de dineros que convierte al pastorado en “profesión lucrativa”, como las relaciones extramaritales sostenidas por él, han sido como un potente golpe en el estómago a la identidad evangélica del país. Los “canutos” chilenos a veces podíamos ser reconocidos como poco dados a la sociabilidad con no creyentes (el refugio de las masas, ¿se acuerdan?), y hasta con ciertos rasgos de intolerancia, pero muy pocas veces se dudaba de nuestra honestidad. Esa imagen del evangélico honrado, nuevamente, es minada por el testimonio pésimo de quienes no han entendido a Jesús diciendo que “la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15, RVC -como todas las citas en adelante). Estamos frente a una nueva muralla que nos aleja de las personas a la hora de compartir nuestra fe. Pedro lo señaló con toda claridad en su primera carta: “Que ninguno de ustedes sufra por ser homicida, ladrón o malhechor, ni por meterse en asuntos ajenos” (1ª Pedro 4:15). Cuando, en jerga futbolística, “dejamos la pelota dando botes frente al arco”, no podemos acusar persecución contra la fe cristiana. Hemos sido nosotros los que manchamos el evangelio de Cristo con nuestros actos. 

Por lo mismo, la mirada fraterna hacia el pentecostalismo, sea desde dentro de la iglesia en la que se enmarca el hecho convertido en noticia, como desde fuera de sus muros, no puede realizarse a modo de una lectura sentimental. Y aquí el principio paulino se transforma en clave de lectura: “Porque es preciso que haya disensiones entre ustedes, para que se vea claramente quiénes de ustedes son los que están aprobados” (1ª Corintios 11:19). La mirada que no disocia amor y verdad, no deja de dolerse ni de expresar cariño frente a una circunstancia tan adversa, pero a la vez tiene clara y rigurosa idea de lo que se vive: este hecho ocurrido al interior de Jotabeche nos enseña, una vez más, que la disensión en tanto contrariedad de propósito, es mala para la comunidad, pero misteriosa y realmente es prueba de la fe en Jesucristo, que señala el juicio de un Dios que no puede ser burlado, que da a cada uno lo que merece (Gálatas 6:7,8). Sin lugar a dudas, cuando caen los que tienen que caer, no podemos hacer otra cosa que mirar, con mucho temor y temblor, la mano providente de Dios en la historia. 

Frente a esto, más allá que hoy el obispo Durán esté sentado en el tribunal del “juicio social” frente a una “tan grande nube de testigos” (Hebreos 12:1), se hace pertinente que ese no sea nuestro punto focal principal. Porque nada, o muy poco, se soluciona con la salida del pastor de marras, si no se realizan tareas que lleven a que la iglesia supere históricamente el desafío de reformarse sin dividirse. Aquí, con toda claridad, el problema es tanto Durán como el sistema eclesiástico hecho a su imagen y semejanza a manera de un ídolo con pies de barro. Y como dice un himno clásico de avivamiento entonado tantas veces en la liturgia pentecostal, debemos orar y estar expectantes en la tarea que hace el Espíritu Santo cuando “Destruye el egoísmo, sí, / y quema todo mal / Ven vivificanos aquí / con fuego celestial”. Y como ocurre a lo largo de la Escritura, la oración que mira al Dios soberano es la que diseña nuestra agenda de trabajo, por lo que, hay mucho que hacer. Y este difícil momento exige acciones concretas para convertir esta tragedia en oportunidad. Propongo los siguientes elementos a tener en cuenta:

a. El caso del obispo Durán es el primero en salir a la palestra pública.

Cuando apareció en la escena pública el caso Karadima, hubo un intento inútil por pensar que esto era una excepción a la regla, inclusive, cuando había muchos “susurros” del terror y el ejercicio abusivo del poder con implicancias que caminan de lo sicológico a lo sexual. ¿Alguien imaginaba, con la salvedad de las víctimas, que Cristián Precht, reconocido por su defensa de los derechos humanos al alero de la Vicaría de la Solidaridad, y Renato Poblete, el sacerdote que tomó la posta de Alberto Hurtado en el Hogar de Cristo, estarían involucrados en este tipo de prácticas abusivas? Pero los periodistas siguieron investigando, y los tribunales civiles y la justicia eclesial hicieron su trabajo, y lo siguen realizando (no entraré, por ahora, en juicios de valor frente a lo ejecutado en algunas de estas instancias).

Nada peor que creerse curado de espanto con las acciones dolosas del obispo Durán, porque el ojo periodístico y el de los organismos fiscalizadores y de justicia ya penden sobre nosotros. Y acá no sacamos nada con realizar el ejercicio pedagógico de decir, “no somos de los mismos”, si eso no va acompañado de una ética preocupada por el testimonio. No vivimos para satisfacer el que dirán, porque Cristo es nuestro juez, pero al amar la gloria de Jesucristo sigamos sus palabras cuando nos pide a todos los creyentes “que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mateo 5:16). Si no nos hemos preocupado de salir de la oscuridad, procuremos arrepentirnos desde ya. Es lo primero que debemos hacer: acercarnos a Dios a sabiendas de nuestra vulnerabilidad y profunda necesidad de la gracia.

b. Se requiere una reforma en el entendimiento del liderazgo como en su ejercicio práctico. 

No deben existir más pastores que aparezcan diciendo al mundo y a viva voz “que quien me nombró acá como obispo a cargo de la congregación no fueron los hombres sino que fue Dios Todopoderoso”, cuando lo que merecen por sus acciones es la disciplina de la iglesia que confronta, sanciona y restaura. A su vez, cuando esos actos están reñidos con la legalidad, amerita que el organismo estatal competente aplique la sanción pertinente en justicia. Pero para que esas palabras vergonzosas y temerarias, porque culpan a Dios de algo que es propio de nuestros ejercicios responsables de la voluntad, no ocurran, debemos cambiar la percepción del liderazgo eclesiástico. 

Los ministros (¡palabra que significa SIERVOS!) del evangelio no son prohombres ni héroes ni “grandes hombres de Dios” ni menos parte de un clero (¡sacerdocio universal de los creyentes!), sino más bien miembros de la iglesia llamados a un oficio particular por Dios y su congregación, que son santos-pecadores que necesitan de la gracia de Dios y que su rol exige un alto compromiso y responsabilidad más que beneficios y suntuosidad. La congregación, por lo mismo, debe entender que los pastores no son “papitos” ni “generales de Dios” ni tampoco “modelos terminados” de los que se presupone su impecabilidad. Esa pastorlatría mata la iglesia y pervierte el pastorado y facilita prácticas autoritarias coercitivas o cooptativas, al modo del “palo y bizcocho” del sistema portaliano. Es esa pastorlatría junto con las heridas causadas a hermanos en la fe la que ha generado más migración de iglesias que la rebeldía a la autoridad, la lucha de poder, las convicciones teológicas o el ascenso del capital cultural de las bases de la pentecostalidad. 

Y en la práctica eso debe conllevar que los pastores deben ser entendidos como trabajadores de la iglesia, que deben desarrollar su labor de acompañamiento en visitas, conversaciones y consejerías; en la mentoría y capacitación de líderes y, por supuesto, en la elaboración de sermones, estudios bíblicos y materiales educativos para su comunidad, y que por ende debe rendir cuentas de dicho trabajo y ser evaluado por los mismos. Además, cuando sus actos ofenden y dañan al cuerpo de Cristo deben ser disciplinados según lo realizado: ¡no deben existir los intocables en la iglesia!

c. Se necesita entender que el problema no radica ni en el sistema de gobierno eclesial ni en los diezmos, sino en la manera en que se desarrolla la tarea financiera de la iglesia. 

Este problema no tiene que ver con el episcopalismo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal, puesto que cualquier sistema de gobierno eclesiástico puede ser conservado y ejercido en pureza espiritual, o corrompido y pervertido por nuestra pecaminosidad. Por tanto, urge que las iglesias cuenten con tesorerías descentralizadas (¡los diezmos de la iglesia no pueden ser manejados por una sola persona a su arbitrio, sea pastor o laico!), con regulación interna, información transparente, revisiones de cuenta y ejercicios de auditoría cuando surgen dudas respecto de su manejo. Todo esto requiere de la introducción de nuevos líderes y personas con habilidades y herramientas para una iglesia re-configurada. 

Sin negar la importancia del testimonio, y que cuando lo oculto sale a la luz produce reacciones de rechazo y enojo, debemos decir que la corrupción de ciertos líderes no debe obstaculizar nuestra lectura bíblica de los diezmos y/o de las ofrendas, porque los hechos no pueden confundirse con los principios. Por eso urge la transparencia y el ejercicio de la frugalidad en el liderazgo evangélico. 

Y como planteé en otro lugar, los papeles pueden decir mucho, pero acá el problema no sólo tiene que ver con la legalidad, cosa que a los creyentes nos debe importar, pero unido siempre a nociones éticas e inclusive estéticas: es ofensivo y grosero que en Chile un ministro del evangelio tenga ingresos millonarios, sobre todo cuando parte importante de su congregación trabaja esforzadamente para ganar poco más del mínimo y sostener durante un mes los avatares del presupuesto familiar. El pastor debe contar con un sueldo justo, que compense el trabajo y esfuerzo realizado, y que tenga nociones de generosidad y amor cristianos, ajustándose a la realidad socioeconómica de su iglesia, evitando así la ofensa a los pobres y que él mismo sea cooptado por líderes que cuenten con más recursos económicos.

d. Se requiere desarrollar un trabajo político consistente, es decir, no uno por la mera búsqueda de cuotas de poder. 

No es necesario aplicar una “hermenéutica de la sospecha” para pensar que mucho del interés concitado por Eduardo Durán responde a los incidentes ocurridos en el Servicio de Acción de Gracias del 2017 (conocido popularmente como “Te Deum Evangélico”), que si bien es cierto no rompió con la tradición original vivida desde 1975, aquella que convierte el púlpito en una plataforma de la política chica, de la panfletería, la lisonja, y en algunos casos, de la ordinariez, de una u otra manera generó un efecto performático mayor. Tanto el discurso de candidatura del hoy diputado Eduardo Durán Salinas, como la “oración” del pastor Lino Hormachea, que no estaban estipuladas en la planificación original, como las salidas de libreto del operador político Patricio Moya al dirigir la liturgia, fueron planificados por la red del obispo Durán para incomodar, lo que fue azuzado por parte de la congregación presente con los aplausos a los candidatos opositores a la expresidenta Bachelet, y los gritos de “¡asesina!” por la aprobación de la ley de aborto en tres causales. Nunca antes un alto dignatario de la república había salido arrancando del lugar. Y se puede argüir que lo que se estaba diciendo allí era la verdad, pero tanto el contenido como la forma estuvieron lejos de ser una protesta profética, que también podría producir rechazo o incomodidad, pero que nadie podría aducir como práctica alejada de la ética cristiana ante la disociación verdad/amor. 

El sentido común hace pensar a la prensa como “opinión pública”, cuando en realidad siempre es opinión privada con incidencia en el espacio público, y en ese sentido, su práctica investigativa nunca rehuye su subjetividad política ni la línea editorial de un grupo que sigue lógicas de red, y que alcanza a personas que ejercen poder en el país. Hubo un momento muy álgido de investigaciones periodísticas, acompañadas por acciones judiciales o de auditoría en organismos estatales, entre diciembre de 2018 y febrero de 2019 hacia las realizaciones de Durán que podrían haber tenido su germen en una suerte de “vendetta” por lo ocurrido en el Te Deum, como muchos evangélicos, inclusive lejanos a la figura del obispo metodista pentecostal, pensaron. El gran problema de ese análisis, es que parafraseando a la Escritura, los periodistas que buscaron, hallaron; y lo que encontraron fue un patrimonio excesivo para la figura de un pastor que daba cuenta de un usufructo económico feroz, junto con la relación extramarital con dos mujeres en distinta temporalidad. Es más, es sumamente decidor, que sea el mismo discurso pro-familia esbozado por Durán el que termina por llevarlo al juicio social que hoy vive: no fue la cantidad de dinero ni su consumo conspicuo el que llevó a la demanda de renuncia al obispado y a su rol de pastor por parte importante de la membresía de Jotabeche (cosa que nos debería preocupar), sino su moralidad. Y a diferencia de lo que algunos analistas fuera del mundo evangélico aducen, más que la pulsión por una moral evangélica respecto de la sexualidad humana, lo que aquí pesa más es la inconsistencia entre lo que se dice y lo que se hace. Piensen ustedes lo terrible que debe ser para alguien que escucha que la familia es la base de la sociedad (no Cristo, la roca inconmovible), que el emisor de dicho mensaje hable pésimo de su esposa en público y que desde la autojusticia y victimización presente la cantidad de tiempo en que ha adulterado la relación matrimonial que la Biblia enseña. 

La política, como muchas cosas en la vida es sin llorar. Y aquí algunas élites evangélicas han tenido, por medio de la configuración de algunas redes con actores de la clase política civil, la ilusión de que acceden al poder político, “conquistando espacios de influencia”, sin ser parte de aquello que el historiador liberal Alberto Edwards denominó “la fronda aristocrática”, lo que se releva en que sus hijos no estudian en los mismos colegios, no participan en los mismos clubes, no vacacionan en los mismos balnearios, no tienen la misma estabilidad laboral, no influyen ni en la política con mayúscula ni en la economía ni en la academia ni en la cultura. Todo eso es parte de un globo que debe ser pinchado: el de la fiestita politiquera de un cosmos que aparece inasible. 

Por ello, es que los pastores debieran dejar de aspirar a ser representantes de “la” iglesia evangélica, una entelequia que no sólo algunos periodistas precisan derruir, sino que algunos líderes anhelan para tener un boato que no les pertenece, y dedicarse al trabajo al que Dios les llamó (si es que eso en verdad ocurrió) y cumplir su rol de capacitar a la comunidad para su tarea misional en la iglesia y el mundo. Además, el amplio mundo evangélico requiere entender que su mirada no debe totalizar una parcela de la vida, sea esta la de la moral sexual o la de la justicia social, sino que debe trabajar para que, desde una teología bíblica, se aprehenda y solidifique la cosmovisión cristiana que permite entender y dar sentido a la vida desde una perspectiva que vive bajo la soberanía de Dios.

Ocupé en el título el concepto de tragedia consciente de su origen que alude a una obra dramática cuyo nudo argumental trama una lógica marcada por el sufrimiento, el dolor y la muerte. Cuando en la antigua Grecia se observaba una tragedia, se sabía que casi con toda seguridad el personaje principal de la obra iba a morir. Por ende, la motivación a ver un espectáculo de esa índole radicaba en conocer el comportamiento que dicho sujeto tendría (debo esta idea a Alfredo Jocelyn-Holt en su libro “El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar). Hoy estamos ante una tragedia frente a la cual, si sólo se toman acciones remediales superficiales, podría constituirse en la “crónica de una muerte anunciada” (no de la Iglesia, pero sí de algunas iglesias). Por eso, quienes amamos al pentecostalismo chileno anhelamos que la hermandad de las iglesias aludidas y por aludir se comporte a la altura de esta circunstancia. Oramos para ello. Pues hoy, como ayer, seremos conocidos por nuestros frutos. 

Luis Pino Moyano.

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Del oficio pastoral a la profesión burguesa.

A todos los pastores que con la ayuda del Señor  y con mucho esfuerzo han ejercido dignamente su oficio,  no han corrompido su vocación,  y se han mantenido leales a la fe que la Escritura fundamenta. Dios siga siendo glorificado en su obra. 

Voy a comenzar mi reflexión asentando algunas premisas: a) si bien es cierto, son de público conocimiento los casos en los que pastores han hecho un uso fraudulento de su oficio eclesiástico, haciendo un aprovechamiento de la labor para convertir al pastorado en una actividad lucrativa, no es menos real que esos casos son una minoría en la realidad de las iglesias del país; b) creo firmemente que el pastorado a tiempo completo es la forma ideal para el desarrollo de dicha labor, con todo lo que ella implica: acompañamiento en visitas, conversaciones y consejerías; en la mentoría y capacitación de líderes y, por supuesto, en la elaboración de sermones, estudios bíblicos y materiales educativos para su comunidad; c) pertenezco a una iglesia, que dentro de su sistema de gobierno, nos previene también de la pecaminosidad de todos los miembros del cuerpo de Cristo, por lo cual, nuestros líderes siempre tienen a alguien a quién rendir cuentas, y por otro lado, como todos, también son susceptibles de disciplina eclesiástica: en la iglesia no hay intocables; y d) escribo estas líneas a sabiendas de mi condición de candidato al sagrado ministerio de la iglesia a la que pertenezco, por ende, lo hago con mucho respeto de quienes me anteceden en esa carrera y de los cuales puedo testimoniar con admiración sus esfuerzos y dedicación en el trabajo de cuidar de la “grey de Dios”. 

Cuando ocurrió la Reforma Protestante del siglo XVI, sus líderes propugnaron la idea de no estar alejados del pueblo de Dios bajo lógicas jerárquicas, pues el oficio pastoral es un trabajo y no una dignidad especial, lo que llegó a expresarse inclusive en cuestiones estéticas, con el remplazo de las pomposas vestimentas del clero romano, por la sobria toga de los profesores: es decir, se quiso señalar con toda claridad que los pastores son ministros de la Palabra, personas cuya labor principal es enseñar de manera fiel, profunda y clara los contenidos de la Palabra de Dios. 

Y si bien es cierto, el poder no es malo en sí mismo, claramente su mal uso ha conllevado a que sujetos se corrompan, y perviertan el oficio pastoral con prácticas abusivas, con liderazgos autocráticos, y con enriquecimiento inmoral. Ese ejemplo de perversión puede entenderse en la elocuente comparación que hizo el pastor Oscar Pereira, cuando señalando a los líderes nacionales del pentecostalismo chileno en los albores del s. XX, y cómo éstos estilos de pastorado marcaron a sus dos principales denominaciones (a saber, la Iglesia Evangélica Pentecostal y la Iglesia Metodista Pentecostal), dijo: “a [Víctor] Pávez [, primer pastor pentecostal chileno] se le obedecía a Biblia abierta y mirándolo de frente, pero al Obispo [Manuel] Umaña se le llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo hacia arriba” [1]. Es decir, este grave problema tiene como raíz el acto de cerrar la Biblia lo que pavimenta el camino para una incomprensión del liderazgo cristiano. 

Mi intención es centrarme en el problema del aburguesamiento del ministerio pastoral: en otras palabras, en el desvío que olvida que éste es un oficio respetable y que, por ello, no requiere de profesionalización ni de recursos exuberantes ni mal habidos como para elevarlo de estatus. 

Si nosotros vamos a la Biblia, notaremos en ella que la tarea de pastorear la iglesia es presentada como un trabajo arduo, que se manifiesta en la guía por medio de la enseñanza y la amonestación (1ª Tesalonicenses 5:12,13), que entre sus labores está el dirigir bien los asuntos de la comunidad y la dedicación a la predicación y la enseñanza de la Palabra (1ª Timoteo 5:17), y que todo su rol les hace responsables ante Dios, a quien un día tendrán que rendir cuentas (Hebreos 13:17). Por ello, la iglesia debe sostenerlos económicamente y buscar un compañerismo espiritual con ellos, entendiendo el principio paulino que señala que “El que recibe instrucción en la palabra de Dios, comparta todo lo bueno con quien le enseña” (Gálatas 6:6, el destacado es mío). Por otro lado, la cita ya señalada de la carta a los hermanos de Tesalónica dice que debe haber consideración hacia ellos, se les debe amar y tener en alta estima. El autor desconocido de la carta a los Hebreos dirá en el texto ya citado que los líderes que se sujetan a la Palabra (autoridad derivada y relativa) deben ser obedecidos por la congregación. Y, para coronar la idea, el apóstol Pablo señala a su hijo espiritual Timoteo (también en el versículo citado con antelación), que los presbíteros que cumplen bien su labor pastoral, sobre todo aquellos que se dedican a la proclamación de la Palabra, deben ser dignificados con doble honor, lo que ha dado pie a que algunos estudiosos de la Biblia señalen dos ideas: a) si bien es cierto, no podemos afirmar a cabalidad un sistema homogéneo de gobierno en la iglesia primitiva, ya es posible ver una dedicación exclusiva a una labor por parte de algunos presbíteros; y b) que el concepto de “doble honor” podría apelar a un “honorario”, es decir, a una paga. Tanto es así que el mismo apóstol Pablo, quien desarrolló un ministerio que hoy llamaríamos bi-vocacional (Hechos 20:34,35; 1ª Corintios 9:12) y que inspiró a una corriente de misión llamada “los constructores de tiendas”, fue muy explícito en señalar que quienes trabajan exclusivamente en la obra deben ser sostenidos por la comunidad (1ª Corintios 9:1-14), puesto que el que trabaja es digno de su salario (1ª Timoteo 5:17,18). Los casos no constituyen la regla: ¡no debemos olvidarnos de cuáles son nuestros deberes!

Pero la misma Palabra de Dios es muy clara respecto a que los líderes no deben ser “amigos del dinero” (1ª Timoteo 3:3), no deben codiciar ganancias mal habidas y que su servicio al Príncipe de los Pastores no debe estar motivado “por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere” (1ª Pedro 5:2). Enredarse en los negocios de la vida es una traición al Señor que llamó a un ministro para ser siervo de Dios y de la iglesia, es la conservación de la vida cuando Dios pide morir (2ª Timoteo 2:4,11-13). Y aquí, nuevamente, es preciso decir que el problema no está ni en el dinero ni en el salario, sino en la codicia. Y la codicia no se mide cuantitativamente ni requiere de calculadora, porque tiene que ver con una posición del corazón que en vez de poner la vista en Dios la coloca en el dinero, convirtiendo algo que es una bendición en un objeto idolátrico. Y cuando eso se olvida, no se tiene en cuenta la mancha y el obstáculo que se pone al evangelio de Jesucristo. Por eso he ocupado la idea de profesión burguesa, puesto que la palabra “burgués” es definida por la RAE en sus quinta y sexta acepción como: “ciudadano de la clase media acomodada. / Persona de mentalidad conservadora que procura la estabilidad económica y social” [2]. Es cuando ese deseo gobierna el corazón que las palabras de Jesús deben resonar: “Manténganse atentos y cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15, RVC).

Llevemos este asunto a cuestiones muy prácticas:

· Es facilitador de la conversión del oficio pastoral en profesión burguesa: a) la espiritualización que conduce a mirar a los ministros del evangelio como prohombres, “grandes siervos de Dios”, y no como santos-pecadores que requieren de la gracia de Dios tanto como todos los miembros de la iglesia [3]; b) remuneraciones exhorbitantes en relación a la realidad económica del país; c) redes de poder eclesiástico donde iglesias son usadas para proyectos personalistas o de facciones partidarias, algunas tristemente con características de mafia, o como “trampolín” para iglesias “más grandes y lucrativas” (téngase en cuenta el uso de las comillas); d) el olvido que pone una pesada carga en los seminarios y en los candidatos al ministerio, imposible de ser sobrellevada: la graduación de estudios teológicos no implica necesariamente ordenación, pues la preparación para el ministerio pastoral se lleva a cabo prioritariamente en la iglesia local y son los presbiterios y/o denominaciones (dependiendo del caso) quienes ordenan pastores; y e) pensar que esto sólo es un mal de iglesias de gobierno episcopal o de aquellas que tienden a la Teología de la Prosperidad: todo sistema de gobierno eclesiástico puede ser conservado en pureza o corrompido y pervertido. 

· Es perentorio que las iglesias cuenten con tesorerías descentralizadas (¡los diezmos de la iglesia no pueden ser manejados por una sola persona a su arbitrio, sea pastor o laico!), con regulación interna, información transparente, revisiones de cuenta y ejercicios de auditoría cuando surgen dudas respecto de su manejo. Esto debe sumarse a una comprensión del gobierno eclesiástico que evite el autoritarismo pastoral y la cooptación de los miembros. En este punto es pertinente decir, que no todas las personas son víctimas de estos sistemas, pues algunos lo sostienen con apologías a ellos, con ocultamiento de la verdad y/o con anhelos de alguna cuota de poder eclesiástico a modo de “chorreo”. Víctimas son aquellos que a pesar de ser muy pobres juntaron peso a peso, se sacaron literalmente el pan de la boca, hicieron empanadas, pescado frito, sándwiches de múltiples sabores y cuantas delicias puedan imaginar para juntar fondos. Víctimas son los hermanos obreros de la construcción que trabajaban de día para ellos y sus familias, y de noche y en fin de semana levantaban templos a lo largo del país. Todos ellos son víctimas cuando lo oculto sale a la luz, y aquello que fue hecho para la obra de Dios aparece como patrimonio de un particular, que hace usufructo de lo que no le pertenece éticamente. 

· A propósito de lo último, los papeles pueden decir mucho. Pero acá el problema no sólo tiene que ver con la legalidad, cosa que a los creyentes nos debe importar, pero unido siempre a nociones éticas e inclusive estéticas: es ofensivo y grosero que en Chile un ministro del evangelio gane una millonada, sobre todo cuando parte importante de su congregación se saca la mugre para ganar poco más del mínimo y sostener durante un mes los avatares del presupuesto familiar. 

· Con esto, no estoy proponiendo que un pastor deba tener un mal pasar. Siempre he creído, que como trabajadores dignos de un salario, y cuando es posible, deben tener una buena situación económica que se traduce en una remuneración justa de la iglesia (paridad entre trabajo y paga), que cumple los deberes legales de imposiciones para salud y una futura pensión, junto con todo el cariño y afecto que pueden expresar los hermanos (a propósito de Gálatas 6:6). Los tiempos de ocio con la familia y los amigos deben ser respetados por la congregación. En este punto, y producto de nuestra segregación social y geográfica, no sostengo un igualitarismo en el salario, sino más bien que el sueldo del pastor debe ajustarse a la realidad socioeconómica de su congregación, evitando ofender a los pobres y dar mal testimonio a la sociedad secular, y a la vez, buscando poner coto a la cooptación de otros líderes que lo pueden transformar, perdonando lo coloquial, en “el junior administrativo de la iglesia”.

· Creo firmemente que, más allá de la realidad del tiempo efectivo de trabajo del pastor para la iglesia, sea completo o parcial, éste debe tener a lo menos un oficio, que le permita autosustentarse, pues su llamado a la misión no debe estar supeditado a variables económicas. Esto, por varias razones: a) la imposibilidad de regular a cabalidad los tiempos de trabajo de los pastores (muchos pueden testificar de jornadas de trabajo que terminan a altas horas de la noche, inclusive, en la madrugada), podría generar una tentación a la ociosidad que podría ser paliada con disciplina basados en una ética bíblica del trabajo, y en esa disciplina, la experiencia claramente ayuda; b) si bien es cierto, hemos dicho que el ideal del trabajo pastoral se da en su expresión a tiempo completo, tenemos que tener claro que esa no es la realidad de todas las congregaciones, por ende, limitar el llamado pastoral por la imposibilidad de asegurar en principio un sueldo tal, a lo menos podría adolecer de carencia de prudencia y realismo (he ahí el riesgo de la satanización del ministerio bi-vocacional); c) los pastores, al ser susceptibles de disciplina eclesiástica, o por ciertas realidades ajenas a él mismo y que implican fracasos temporales en el ministerio, en algunas ocasiones se encontrarán compelidos a una “reinvención laboral”, lo que se facilita con habilidades y herramientas de trabajo adquiridas y entrenadas con antelación al oficio pastoral. 

Cierro con esta cita de Richard Baxter en una de las obras clásicas sobre el ministerio pastoral: “¡Te atreves a hacerte llamar pastor, pero las almas son tan viles a tus ojos que prefieres que perezcan eternamente en lugar de que tú y tu familia vivan de manera humilde! Mejor que pidas limosna antes de arriesgar la salvación de los demás por una desventaja” [4].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016.

[2] Sitio web de la Real Academia Española. http://dle.rae.es/?id=6J2MtbE (consulta: abril de 2019).

[3] Para un tratamiento profundo de esa idea, véase: Paul Tripp. El llamamiento peligroso. Graham, Publicaciones Faro de Gracia, 2012. 

[4] Richard Baxter. El pastor renovado. Edimburgo, El Estandarte de la Verdad, 2009, p. 78. Hay una edición resumida en la web: http://www.iglesiareformada.com/Baxter_el_pastor_reformado.pdf (Consulta: abril de 2019). 

El Reino de Dios, nuestra agenda y la vida.

“Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa. Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? 

¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mateo 6:25-34).

Cuando se leen estas palabras de Jesús en su sermón del monte, pero sin tener en cuenta sus otras enseñanzas, junto a las de toda la Escritura, y sobre todo mediatizados por expresiones culturales como las que nos provee el cine que nos muestra a Jesús con una larga cabellera y barba, junto con su túnica de una costura, regularmente blanca, e inclusive un poco sucio y sudoroso como nos lo presenta la reciente “Hijo de Dios”, podríamos llegar a pensar que se trata meramente de las ideas filosóficas de un soñador cercano a la cultura hippie, como si fueran las palabras de alguien que sólo invita a vivir el día. Pero en realidad esto no es así. 

Lo que hace Jesús en este texto es poner el acento en lo que realmente importa, es decir, el Reino de Dios. Esto es tan central, que Mateo habla del “reino de Dios” y no del “reino de los cielos” como continuamente lo hace en su libro, como señal de reverencia que busca no tomar el nombre de Dios en vano. Pero acá lo hace, para agudizar la enseñanza del Maestro de Galilea. Jesús no está invitando acá a la desregulación ni a la irresponsabilidad. No está diciendo nada contra los estudios, el trabajo, los tiempos con la familia y los amigos. Agendar el día a día y proyectar acciones para el futuro no son, necesariamente, acciones contrarias al Reino de Dios. El Reino de Dios, tampoco tiene que ver sólo con aquello que nos parece “sagrado” versus lo que, habitualmente, se ve como profano. El Reino de Dios es total, porque el señorío de Jesucristo es universal. Y en el caso de este texto en particular, se aplica en la justicia del Rey que adoramos: justicia que se transforma en experiencia real en una vida que se entrega de manera total a Dios y en el no amoldarse a la cultura imperante (Romanos 12:1,2); en la alabanza al Señor vivo y verdadero y en el compartir con los demás lo necesario (Hebreos 13:15,16). Esa justicia hace patente la paz y la alegría que debe extenderse de la iglesia al mundo. Cuando Jesús plantea que la prioridad de la vida, de nuestras vidas, la debe tener el Reino de Dios nos está señalando principios que cotidianamente debemos aterrizar a nuestra existencia: 

a) Que la provisión y el cuidado de nuestra vida y de quienes nos rodean no vienen de nuestro esfuerzo sino del Dios de la vida, que produce en nosotros fuerza, entendimiento, capacidades, todo eso como dones de Él, para su gloria y el bienestar de nuestro prójimo; 

b) Que cuando centramos nuestros corazones en Dios, nos podemos deleitar en su cuidado que se traduce en verdadera paz, dejando de lado el afán que agobia y autodestruye. 

¿Por qué sustituir, entonces, el Reino de Dios por las cosas materiales, por los proyectos individuales, por los anhelos de ascenso social y profesional? ¿Por qué convertir tus estudios y trabajo, tus tiempos de familia y con amigos, en excusa para servir a Dios en la iglesia y en el mundo? ¿Por qué convertir las “añadiduras”, que son bendición de Dios, ya que sin Él no las tendríamos, en excusa para estar activos en la misión a la que Dios nos ha incorporado sólo por gracia? ¿Cuándo el Reino de Dios dejó de ser como el tesoro escondido y como una perla de gran precio por el cual existe deleite en trabajar hasta el cansancio gozoso (Mateo 13:44-46)? Cada vez que nosotros centramos nuestra vida en cosas materiales y proyectos individuales terminaremos chocando indefectiblemente contra el fracaso autodestructivo, porque sólo Cristo puede dar sentido a nuestra vida, alegría sin igual, esperanza que es certera. Las “añadiduras” por sí solas, disociadas de Dios, son vanidad, tal y como el predicador del Eclesiastés nos dirá acerca de la alta estima social, las riquezas, la juventud y la adolescencia, y respecto de todo lo que hay debajo del sol y sobre la tierra. Todo eso se destruye, perece o se acaba. ¿Te fijas en lo dañino que es sustituir al único Dios verdadero por cuestiones que sin Él no tienen sentido ni durabilidad?

¿Estás dispuesto a hacer tuyas estas palabras de Pablo, en su despedida a los presbíteros de Éfeso, antes de emprender su viaje final, aquél que le llevó al martirio: “considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24, NVI). 

Oración: Amado Señor, te doy muchas gracias por todas las añadiduras que me das, ya sean relacionadas con el estudio y el trabajo, o con fuerzas y capacidades, o con la necesaria provisión para el hogar. ¡Todo lo que tenemos es tuyo! Por lo mismo, te pido perdón por todas aquellas veces que esas añadiduras se han convertido en la única realidad de nuestra existencia, reemplazándote con ellas a ti, el único que nos da vida, paz y esperanza. Que tu Espíritu nos capacite para mirarte sólo a ti y entender que nuestra vida carece de valor al lado del Reino de Dios y su justicia. Haznos ser instrumentos de ese Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Por Jesús, nuestro redentor, amén.

Luis Pino Moyano.

Jesús, el misionero.

“Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, y enseñaba en las sinagogas de ellos, predicaba el evangelio del reino y sanaba toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Al ver las multitudes, Jesús tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: ‘Ciertamente, es mucha la mies, pero son pocos los segadores. Por tanto, pidan al Señor de la mies que envíe segadores a cosechar la mies’” (Mateo 9:35-38, RVC).

Jesús es el cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Testamento, es el actor clave en la historia de la Redención. Es quien no sólo cumple la misión de anunciar la gloria de Dios en el mundo, sino que hace, con el poder transformador de su evangelio, “nuevas todas las cosas”, restaurando el mundo caído y haciendo que muchos hombres y mujeres en todo el mundo, de todas las familias de la tierra, adoren al Dios Todopoderoso y trabajen para su Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. Desde este punto de vista, es necesario señalar que la misión de Jesús es encarnacional. Juan 1:14 declara con fuerza: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Es decir, en un determinado momento de la historia, y en un muy particular espacio geográfico, el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, vino a este mundo. El texto presenta la idea, en su idioma original, que Cristo “tabernaculizó” entre nosotros. En Cristo, tenemos a Dios presente en el mundo. Él es el Emanuel, Dios con nosotros. 

A la luz del relato bíblico, Cristo, teniendo toda la alabanza en el cielo, se humilló, se hizo pobre (no teniendo siquiera dónde recostar su cabeza), y además de eso pagó el precio de nuestra salvación. 2ª Corintios 5:21 nos dice una verdad radical respecto de Jesús: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Pero a Jesús, y eso estaba en el plan perfecto de Dios, ni la tumba lo pudo retener. Él resucitó venciendo la muerte. La misión encarnacional de Cristo se hace patente, entonces, en su vida, muerte y resurrección, y en cada una de esas etapas, Cristo es vencedor. Como diría John Stott: “el Hijo no se quedó en la segura humanidad de su cielo, remotamente lejano del pecado y la tragedia humanos. El ingresó efectivamente en nuestro mundo. Se vació a sí mismo de su gloria y se humilló para servir” (El cristiano contemporáneo). He aquí la base teológica y escritural de estas palabras.

El texto bíblico que hemos citado al comienzo de esta reflexión sirve como un breve y consistente resumen de las actividades de Jesús descritas en los capítulos 5 al 9 del evangelio de Mateo. Jesús había presentado el Reino de Dios con palabras y acciones, a tal nivel que su primer gran sermón fue corroborado por milagros que señalaban su poder (un ciclo de diez milagros). La fama de Jesús se ha ido extendiendo, por lo cual gente con muchas necesidades se acercó a él. Luego, en el capítulo 10, Jesús llamará a sus apóstoles, los cuales serán enviados como pastores de un rebaño y como agricultores que trabajan en el momento de la cosecha (obreros, no gerentes). En ese sentido, el texto de Mateo 9:35-38 funciona como un intermedio o puente de la narración histórica que está presentando Mateo y el sermón sobre la misión del capítulo 10.

La propuesta de la reflexión de este post es que Jesús, el misionero por excelencia, nos invita con su vida a considerar los siguientes elementos fundamentales de la misión.

Las tareas de la misión. 

Por mucho tiempo, un sector muy vasto del cristianismo ha tenido un concepto reducido de la misión, pensando que ésta sólo consiste en la predicación del evangelio, la que incluso, sólo afectaría un área de la vida: la espiritual. Es así, que la fe no es aterrizada respecto del cuerpo y de las necesidades concretas de las personas que nos rodean, como también de nosotros mismos. Jesús, nos enseña acá, con su vida y palabras, que la misión no sólo tiene que ver con “lo espiritual”, sino con toda la realidad del ser humano. Por otro lado, muchos cristianos piensan que misión, tiene que ver con ir a lugares donde hay personas que no han sido alcanzadas por la predicación del evangelio, y por lo tanto, como una tarea que sólo algunos “profesionales” realizan: pastores, plantadores de iglesias, misioneros. La misión es de Dios, e incluye a los creyentes, a cada creyente, por pura gracia convocándoles a la tarea de predicar el evangelio a todo el género humano, y a extender con sus vidas y trabajo el Reino de Dios en cada esfera de la vida.

El texto bíblico reporta la necesidad del movimiento, al señalar a Jesús recorriendo ciudades y aldeas. La palabra en su idioma original refiere a una actividad continua. La misión, entonces, no se desarrolla desde un escritorio, sino en el camino. Jesús es alguien que trabaja, y duramente, por el Reino de Dios. La tranquilidad produce incomodidad en él. Esto nos enseña un principio: la comodidad produce aletargamiento. La iglesia no debe estar entre cuatro paredes, sino recorriendo su ciudad, conociendo a las personas, relacionándose con ellas. La misión está donde tú estás… no es un evento, es la vida. El lugar en el que habitas cotidianamente es tu campo de misión, sea en Chile o en otro lugar del mundo. 

Es muy interesante lo que hace Mateo con su relato que nos lleva a decir que el Señorío de Cristo es total, y por ende, la misión involucra la totalidad de las cosas. Esto lo hace al diferenciar entre ejes de la misión que Jesús está llevando a cabo, y que dan cuenta de la integralidad de la vida de los seres humanos.

  • Enseñar. La palabra ocupada en el griego, es la que da origen a la palabra didáctica. Enseñar se refiere a impartir una información más detallada acerca del anuncio hecho. Jesús no sólo anuncia, sino que explica. La capacitación de los creyentes no es opcional, es algo fundamental para la vida. No desvalorices las actividades que tu iglesia provee para tu entrenamiento espiritual. 
  • Predicar el evangelio del Reino. Si bien es cierto, la predicación tiene una dimensión de enseñanza, su finalidad es otra: la proclamación y anuncio de la verdad. En este caso, lo que se predica es el evangelio del Reino. El evangelio son las Buenas noticias que nos presentan la verdad que nos dice que Dios nos ha regalado salvación por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es nuestro sagrado deber. Y para eso ya tienes lo prioritario, que no son métodos, sino tu vida salvada. Por su parte, los cuatro evangelios hablan del Reino de Dios, pero Mateo lo hace con un énfasis especial. Ocupa el concepto de “reino de los cielos” para mantener la reserva judía de pronunciar indebidamente el nombre del Señor. Esta expresión, en palabras de William Hendriksen, reporta cuatro ideas fundamentales: “las expresiones ‘el reino de los cielos’, ‘el reino de Dios’, o simplemente ‘el reino’ (cuando el contexto deja en claro que se quiere decir ‘el reino de los cielos o de Dios’) [1] indican el reinado de Dios, su gobierno o soberanía, reconocido en los corazones [2] y que opera en la vida de su pueblo, efectuando la completa salvación de ellos, [3] su constitución como una iglesia, y finalmente [4] como un universo redimido” (Comentario a San Mateo). Estos cuatro elementos están relacionados entre sí, y se manifiestan en la lógica del “ya, pero todavía no” que espera la consumación de todas las cosas por Cristo. Lo relevante, es que todo está subordinado a la gloria de Dios. Es demasiado relevante que la enseñanza y la predicación se hacía en la sinagoga, en el lugar de los otros, y no en el lugar propio. El evangelio nos saca de la comodidad de nuestros templos para ir al lugar de los demás.
  • Sanidad. Esta idea nos muestra que el Reino de Dios se había acercado en la persona de Jesucristo. Los milagros señalan el poder transformador de Cristo: quien tiene poder de modificar la naturaleza o lo material, puede transformar el ser y perdonar pecados. Otra cosa fundamental, es que Cristo sanó a todo tipo de personas: judíos y gentiles, ricos o pobres, mostrando preocupación por las necesidades integrales de las personas según la realidad que atravesaban. Y un detalle, la palabra griega, es la que da origen a la palabra “terapia”, que alude también a un concepto más amplio que curar una enfermedad. Por eso se habla también de dolor. Cristo tiene el poder para curar tus enfermedades y dolores. Él mismo lo señaló: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:5).

El corazón de la misión.

Jesús no sólo tuvo preocupación por sus discípulos, con quienes compartió la comunidad por casi tres años, sino por todas las personas. Las multitudes a las cuales nos acerca Jesús, dan cuenta que nuestra preocupación tiene que pensar en todos los seres humanos. Pero dicha preocupación no sirve de nada, si alguien no tiene amor. Pablo lo dice explícitamente: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1ª Corintios 13:3). Cristo, literalmente, “se conmovió desde las entrañas”. La universalidad del mensaje no es abstracta, a todo el mundo, como si miráramos un mapa o un programa formal de acción. Es concreta y muy real porque el Señor se acerca a personas de carne y hueso que están abatidas. 

Aquí está también la urgencia de la misión: Jesús tuvo compasión de quienes sufren el abuso, el abandono y el agotamiento, por quienes no tienen esperanza, y que carecen de guía y acompañamiento que les eduque y proteja según sea necesario. No hay misión sin misericordia. No hay cristianismo sin amor al prójimo. No hay fe sin obras. Como dijo Samuel Escobar: “La misión también incluye la compasión como resultado de la profunda preocupación por las multitudes y sus necesidades. No es ni un brote de emoción sentimental ni una opción académica por los pobres, sino la realización de acciones de servicio concretas e intencionales con el fin de alimentar a la multitud con pan para la vida, además de compartir el Pan de vida” (Cómo comprender la misión).

Jesús ve a las personas como “ovejas sin pastor”. La imagen de las ovejas que tienen pastor o que carecen de él, es recurrente en el Antiguo Testamento y es apropiada por los apóstoles para referir a Jesús. Los rabinos y los líderes religiosos de la época dañaban a las personas poniéndoles más carga que la que pueden llevar.  ¿Cómo miramos nosotros a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. 

Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar, de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

El llamado de la misión.

Una de las consideraciones que debiésemos tener es que el trabajo es mucho. La mies apela al tema de la evangelización, más que cualquiera otra de las tareas. Pero en todas ellas se requieren manos. Mi amigo y pastor Vladimir Pacheco me enseñó hace algunos años que “quien no trabaja, da trabajo”. Y es demasiado real. Si tú no trabajas, terminas haciendo que otros realicen la labor que a ti te tocaba, por lo que hay muchas personas que se terminan desgastando en las tareas del Reino porque no sólo hacen su labor, sino que hacen la de otros que no se comprometen por la iglesia de Cristo. Piensa en lo ofensivo de expresiones tales como: “-es que yo trabajo”, a modo de excusa para no participar de las labores de la comunidad. Hoy debes sentirte incómodo si no estás haciendo nada, o haciendo poco. ¡Hoy debemos arrepentirnos!

Al cerrar el texto, notamos que la oración es la que pone la agenda. Y como en todo orden de cosas, la oración nos obliga. Ante Dios en oración nos presentamos como súbditos ante el soberano del universo. Y allí decimos cosas que a veces nos cuesta aterrizar en la vida. Por lo mismo, debemos considerar que ella funciona no sólo como comunicación con Dios, sino como lineamiento para la acción. Oración y trabajo siempre van de la mano. 

Debemos orar por los trabajadores del Reino de Dios, porque nadie desarrollará nada sin que Dios lo llame y lo prepare para llevar a cabo su labor. Es el Señor quien regala sus dones y levanta ministros para trabajar en su Reino y edificar la iglesia. Y como suele ocurrir en la historia bíblica, el Señor envía a los mismos que oraron, como se señala en el siguiente capítulo respecto del llamado a los doce apóstoles. 

Para la reflexión final:

  • Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús poco le importa eso. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo
  • Este texto nos ha mostrado con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista el cielo y la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto la iglesia le debe servir y amar en todo.
  • ¿Entiendes tú que faltan obreros en la viña del Señor, y que tú puedes ser uno de ellos? ¿Sientes compasión por las personas que necesitan del buen pastor para ser amadas y cuidadas de verdad? ¿Reconoces que el ministerio de Jesús buscaba predicar y enseñar, junto con sanar “toda enfermedad y dolencia del pueblo”? ¿Te preocupa predicar y vivir un evangelio que se preocupe por las personas integralmente? Aterrizando aún más esto, ¿qué estás dispuesto hacer frente a esta buena nueva desde hoy? ¿Qué te comprometes a practicar para predicar y servir a otros? ¡Dios nos libre de sentarnos en la comodidad y la indiferencia! ¡Dios nos ayude para gastarnos para él, pensando en que lo más importante es el Reino de Dios y no nuestras agendas limitadas!

Luis Pino Moyano.

* El texto convierte en artículo el bosquejo de una predicación homónima realizada en el Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Anuncia su gloria”, expuesta el domingo 20 de enero de 2019, en La Granja Presbiteriana de El Tabo. 

Jani Dueñas, el envejecimiento y la incapacidad de escuchar.

Siendo muy honesto, lo que más esperaba del Festival de Viña eran las presentaciones de Stand Up de Felipe Avello y de Jani Dueñas. Creo que son los mejores representantes de ese género, y lo sigo sosteniendo. A pesar de lo que ocurrió hace un rato atrás. Jani Dueñas no hizo una buena elección de su rutina, por el tipo de escenario y el tipo de público. La introducción donde se presentó fue muy larga, y cuando dijo que era una voz de 31 minutos, faltó un guiño más claro a Patana, cosa que podría haberle ayudado.

Pero hay otros hechos que no deben ser soslayados:

1) A mi juicio, lo más relevante del stand up es que es una representación, no una sesión de “cuenta chistes”, por lo que lo importante es la historia global que se cuenta y no los remates al final de pequeñas historias;

2) La historia que Jani Dueñas obedecía al relato del envejecimiento y lo difícil que es ser mujer en nuestra sociedad y más aún “vieja”;

3) Una clave del stand up es que debe ser escuchado y aquí no hubo escucha, sino pifias y gritos que faltan el respeto al trabajo de una de las dos artistas chilenas que se presentan en este escenario; evidentemente, los nervios la terminaron conteniendo y haciendo poco agradable su permanencia en el escenario, con la dosis de morbo que esto genera;

4) Las comparaciones no pueden ser hechas, por ejemplo, con la presentación de anoche de Dino Gordillo y sus “chistes repetidos que causan risa igual”, sino con otras presentaciones: en mi opinión, la última rutina festivalera de Coco Legrand es un buen ejemplo de lo señalado, pues no causó la misma hilaridad de ocasiones anteriores, pero presentó un espectáculo contundente. Aquí no hubo contundencia, porque no hubo desarrollo y no hubo desarrollo porque no hubo escucha.

5) Las opciones sociales y políticas de un/a artista no deben ser una pared que nos impida escuchar. La evaluación del arte mide la correspodencia entre cosmovisión del artista y su discurso, y no sólo la lectura desde mi propia cosmovisión.

6) El tema del envejecimiento, que por lo visto hoy en el escenario de Viña no prende, es sumamente relevante de ser tenido en cuenta. Los viejos en Chile no viven la alegría que la palabra “jubilación” enuncia. Como diría mi bisabuela Francisca Rivera, “la vejez es sola, fea y hedionda”. Debemos pujar para que esa no siga siendo la realidad. Lo seguirá siendo si imponemos un tabú.

No deseo finalizar sin decir algo sobre el envejecimiento en la lógica de Facebook. Antes de que comenzara la presentación de Jani Dueñas repliqué en dicha red social una expresión de buenos deseos que había publicado en Twitter. En medio de la rutina, varias personas no sólo comentaron la rutina, desde sus diversos prismas -cosa que me parece respetable-, sino también se burlaron de lo que yo planteé. Esa vejez del corazón es tan lamentable como la representación trunca de Jani Dueñas. Y también surge de la incapacidad de escuchar o leer lo que se dice. 

Luis Pino Moyano.

Venezuela y la eliminación de lo “políticamente correcto”.

Hace varios días los acontecimientos de la Venezuela actual se han tomado los noticieros y las discusiones políticas. Desde ese plano, es sumamente lamentable que las opiniones surjan con tanta premura y nos lleven a pensar en “blanco y negro”, olvidando los matices de una amplia gama de colores que son constatables en la realidad. Sobre todo, porque la situación venezolana más que certezas hace levantar preguntas. Las certezas gruesas y concretas de los hechos sociales sólo pueden venir desde una matriz ideológica que obstaculiza nuestro acercamiento a la realidad. Y no estoy diciendo nada contra las presuposiciones, sino que éstas deben ser evaluadas constantemente, sobre todo cuando se convierten en sentido común. El sentido común, puede llegar a ser paralizante y construye conocimientos que no son susceptibles a la crítica, porque cualquier prisma, fisura o ruptura teórica es funcional a la ideología del otro. Y, aún más, desde un perfil religioso, se trata de la sacralización de la idea, la cual debe ser obedecida y seguida radicalmente, so pena que se imponga la sospecha sobre él. En las palabras del apóstol Pablo es “conformarse a este siglo” o “dejarse moldear por el mundo actual” (Romanos 12:2). 

En ese sentido, me parece pertinente escribir este post desde una mirada que introduce la fisura que rehuye el sentido común y la corrección política, en las siguientes líneas.

Uno de los elementos que más contradicciones suscita en el análisis tiene que ver con la figura y continuidad del gobierno de Hugo Chávez en la persona y gobierno de Nicolás Maduro. Evidentemente, Maduro fue el “delfín político” de Chávez, colocado y apadrinado como su sucesor, cosa que le dotó de masiva legitimidad en su país. Súmese a ello, que la élite y las bases políticas son las mismas. Y si bien, esta historia avanza, puedo decir, con suma responsabilidad, a partir de hechos consumados que Maduro destruyó todo el tramado político que había construido Chávez, manifiestando ineptitud política e incapacidad de conducir su gobierno y el proceso bolivariano. No está de más decir acá, que en América Latina la mayor cantidad de gobiernos han sido populistas o pretorianos y Chávez no es una excepción a la regla, a lo menos en ese sentido. Ahora bien, cuando hablo de la perversión del constructo chavista refiero a cosas puntuales: capacidad de conducción (inteligencia política, en lógica maquiavélica si se quiere) y la dotación de herramientas de control de la democracia, como el referéndum revocatorio. Es del todo notorio que las elecciones actuales de Venezuela no tienen el mismo rigor que tuvieron en la época de Chávez, cuya transparencia nunca fue objetada por observadores internacionales. Otro mérito del régimen bolivariano radicaba en la posibilidad real de referéndumes revocatorios (los que Chávez ganó siempre), e inclusive el reconocimiento de la derrota de la reforma constitucional respecto de la reelección sin límites. Maduro dilapidó dicho sistema político y electoral, que tenía méritos y defectos, que no era socialista (por lo menos en su conceptualización más clásica), sino rentista y de una democracia semiparticipativa.

Maduro ha dilapidado la empresa, el mercado y la armonía social; ha mostrado torpeza, con declaraciones destempladas, carentes de sentido y lisa y llanamente ignorantes y vulgares. Todo eso es mellado por el culto a la personalidad de un líder como Maduro, que carece del talante de su antecesor, ya sea el sujeto real, de carne y hueso, como también el mito del Chávez “santo laico”, héroe impecable al que sólo ensucian las palomas, como a todos los héroes. Chávez ayudó al levantamiento del mito con su modo de ser mesiánico. 

Hoy por hoy, la situación venezolana actual es desastrosa: un mal gobierno, que no ha eximido la prisión política de disidentes, reviviendo con suma claridad aquello dicho por George Orwell en su “Rebelión en la granja” (o “La granja de los animales”), cuando relevó la proclama de los cerdos omnímodos: “Todos los animales son iguales, pero hay animales más iguales que otros”. O peor aún, revive lo dicho por Danton (o Robespierre, según algunas versiones): “La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”. Ambos destacados luchadores de la madre de todas las revoluciones modernas terminaron colocando su cuello en la guillotina. Por lo que no es extraño que hoy exista disidencia política a Maduro que originalmente habría apoyado las realizaciones de su antecesor. Según Heinz Dieterich, uno de los teóricos del socialismo del siglo XXI, exasesor de Chávez, el gran problema de Maduro radica en no ver la realidad, lo que se manifiesta en: “No cambiar el modelo de desarrollo y no reaccionar a la creciente inconformidad social. Tampoco cambió el discurso político y cuando todo esto convergió en la derrota parlamentaria de las elecciones de 2015, cuando la oposición ganó la mayoría, en lugar de buscar un nuevo comienzo empieza a utilizar las fuerzas policiales para controlar la situación. Ha sido una espiral que comenzó en 2011 y ahora vemos llegar a su fin” (Tomado de Radio Bío Bío).

A su vez, la comparación constante con otros procesos de transformación social carece de sentido histórico. Sobre todo, su comparación con el gobierno de Salvador Allende, que es ahistórica y llena de panfleto y caricatura. Allende, masón y socialista (en ese orden), puede ser criticado de múltiples cosas en su trayectoria política y en el gobierno de la Unidad Popular que él encabezaba, pero su talante democrático, su confianza en la institucionalidad y la legalidad chilena, lo que derivó en su mirada de la factibilidad de su “vía chilena al socialismo”, no puede ser puesto en duda. Cuestionado y criticado, sí. Pero no puesto en duda. Fue diputado y senador por años, presidente de la Cámara Alta cuando su coalición no era mayoría, amigo afectuoso de políticos de otras banderías. A su vez, no propició la idea de la vía armada como único camino a la revolución, y prueba magistral de ello es su conversación con Régis Debray. Que cuando la crisis dificultaba el desarrollo democrático de su proceso instaló en su gabinete a generales de las Fuerzas Armadas e intentó un diálogo infecundo con la Democracia Cristiana. Y cuando la crisis de su gobierno era irreversible, diseñó una salida plebiscitaria que fue interrumpida de golpe por la asonada militar del 11 de septiembre de 1973. Allende fue un respetuoso cultor de la democracia y del estado de derecho. La intervención norteamericana y el desabastecimiento provocado por las élites no es suficiente argumento de comparación, sobre todo cuando ya no vivimos en “Guerra Fría”. 

Y sí, claramente, la oposición política a Maduro y su gobierno no ha dado el ancho en las cualidades democráticas, no generando convergencia ni logrando masividad en relación a la población de un país, boicoteando instituciones públicas y privadas y llamando a una violencia irracional a militantes y adherentes, que ha llevado a la muerte a personas, entre ellas la chilena Giselle Rubilar en 2014. Sí, la oposición venezolana, a su vez, ha sido incapaz de dar cuenta de la situación política de Venezuela, definiéndola de cuajo como dictadura, cuando desde un perfil politológico no lo es. Y esto también lo digo con mucha responsabilidad: Venezuela hoy no es una dictadura, sino más bien, una democracia en crisis profunda, con visos de autoritarismo que cada vez más se van profundizando. Pero una dictadura no habría dudado en apresar y condenar por alta traición a la patria a un sujeto, que en una plaza pública, se autoproclama presidente interino del país, como fue el caso de Juan Guaidó. Sin duda estamos frente a un proyecto político ficcional propio de lógicas narrativas del realismo mágico, pero no de la política real. Como señala el analista internacional Raúl Sohr: “Lo lógico y lo obvio hubiese sido que lo detuvieran apenas se proclamó, pero nada. Ahí está, libre. Y está libre porque tiene un salvoconducto que se lo ha dado Estados Unidos, con advertencias. Que, si lo tocan, esto va a traer consecuencias serias. Eso te da una pauta del poder que tiene Estados Unidos dentro de Venezuela y cómo logra inhibir al Gobierno, incluso en momentos en que Caracas ha roto relaciones con Washington” (Tomado de Radio Universidad de Chile). Esto explica, a mi gusto, por qué Guaidó puede seguir su acción “gubernamental” sin limitaciones a su libertad. De verdad, no imagino a Aylwin, a Valdés o a Lagos haciendo lo mismo en la Plaza Italia, a plena luz del día en el Chile de Pinochet. Claramente, la libertad de expresión no ha sido conculcada a la manera que se nos hace pensar en los medios de comunicación de masas. 

Es lamentable, que países de la región amparen, en el discurso y la práctica estas acciones antidemocráticas, como la autoproclamación de un pseudogobernante, que pueden devolverse a sus propias realidades. ¿Ampararíamos en nuestros países gobiernos autoproclamados, sobre todo cuando no rompen con un régimen dictatorial? ¿Nos responsabilizaremos de un conflicto cívico-militar fratricida al que podría derivar acciones como esta? El apoyo de Estados Unidos no dice nada. Fue ese país, el que ha intervenido sistemáticamente en la política de la región, y que en el caso venezolano apoyó el golpe de 2002, y ha financiado huelgas y otras acciones políticas. No dice nada en el sentido que no es novedosa dicha intervención, pero dice mucho a la vez, porque evidentemente el petróleo venezolano es riqueza, sobre todo cuando se trata de su principal proveedor externo.  Nada de lo dicho en el párrafo anterior y el actual exime de responsabilidad a Maduro y su mal gobierno. Pero sí inserta el matiz y la fisura en el discurso que no reconoce la realidad más allá del sentido común. 

Cierro con dos preguntas y posibles respuestas. 

¿Dónde está la salida para esta situación crítica? A mi gusto, el expresidente uruguayo Pepe Mujica, quien no ha dudado en señalar que la situación más compleja es la probabilidad de un conflicto militar que desgarre a Venezuela, propiciado por  el cambio de estrategia geopolítica de Estados Unidos (con Obama el desgaste del proceso venezolano por sí mismo; Trump, la intervención directa) ha presentado la alternativa más seria de salida del proceso crítico. Señaló: “estoy convencido que con esa polarización es imposible hacer elecciones adentro de Venezuela si no hay una fuerte intervención de monitoreo del proceso que significa un evento electoral en esas condiciones, si Naciones Unidas se lava las manos. En lugar de hacer tanta declaración, tanto cerco y tanta amenaza, garantizar un proceso electoral donde todos puedan participar”. Luego plantea que dichas elecciones deben contar con la amplia participación del espectro político venezolano. “En eso que se llama oposición, existen varios niveles. Incluso hay un chavismo opositor. Todos se tienen que expresar. Y tendrán que salir coaliciones o qué se yo. Pero en un juego de democracia más o menos liberal que permita zafar del peligro de los tiros. Naturalmente, es posible que surja un gobierno muy opositor a lo que ha sido la política de Maduro y todo lo demás. No tengo dudas. Pero es mejor que eso tenga un respaldo electoral y haya un juego democrático, a que venga una plancha. Porque cuando el péndulo de golpe se va al otro extremo, lo que viene es aplastamiento” (Ambas citas son tomadas de BBC Mundo). En ese sentido, la mejor de las salidas posibles, es un proceso de transición, con elecciones democráticas amplias, con veedores internacionales que sean garantes del proceso, y que posibiliten el acceso político a un gobierno alternativo y sin represalias a quienes pasen a ser oposición, más allá de aquellas que deriven del derecho internacional. En lo posible, sería ideal que Maduro no participe en dichas elecciones como candidato. 

¿Cuál es nuestro papel como creyentes cristianos? Al entrar en la discusión política debemos evitar la lógica del empate y evaluar nuestra consistencia política. En algunos casos decimos “toda autoridad es puesta por Dios” y en otras “oremos hermanos”. El respeto a las autoridades, la oración por ellas, la denuncia profética, la verdad que no se disocia del amor, la protesta son todos elementos del quehacer político cristiano. Si denunciamos el pecado y los ídolos de nuestro tiempo, claramente, la parcialidad afecta nuestro discurso y práctica. Como señalé en 2014, a menos de un año del inicio del gobierno de Nicolás Maduro, en la página “Estudios Evangélicos” que nos invitó a tres creyentes a dialogar sobre la crisis que se abría en Venezuela con las manifestaciones de oposición a su gobierno, vuelvo a decir: Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es justicia, paz y gozo en el Espíritu. La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea redentiva y reconstructiva. Cristo tiene ese poder para transformar y restaurar aquello que nos parece injusto e inequitativo.

Luis Pino Moyano.

 


 

* En el último párrafo de este post he referido a un artículo mío en la página “Estudios Evangélicos”. Dicho texto se titula “Venezuela, compromiso y misión”, fue escrito en febrero de 2014, por lo que debe ser leído considerando dicho momento contextual. En ese sentido, más que el análisis político contextual de dicho artículo, que a la luz del post que publico hoy claramente ha cambiado, creo que se mantienen vigentes los puntos que aparecen como compromisos desde las letras “a” a la “c”, junto con el cierre concluyente. El artículo se puede abrir aquí. 

¿Por qué cantar y orar en navidad?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:18-23).

¿Se debe celebrar la navidad? ¿Es posible cantar y orar en Navidad? Algunos creen que no debemos celebrar la Navidad, por su aparente origen pagano, el del nacimiento del sol, lo que daría cuenta de un sincretismo religioso innecesario. Otros, apelando al “real sentido de la navidad”, alzan sus banderas anticonsumo, y cuestionan el ejercicio de comprar y regalar. Otros piensan que la navidad es para los niños, y que es por ellos que hay que celebrarla. Todas esas visiones conllevan maneras distintas de ver y realizar la celebración.

¿Pero qué decir frente a estas miradas tan dispares? Que a pesar de las notorias diferencias, todas se unen en un punto: el del olvido…

  • El olvido de que ésta es una tremenda oportunidad que nos brinda el calendario para hablar del amor de Jesús el Redentor, que nació en Belén, sobre todo a nuestros familiares y amigos no creyentes.
  • El olvido de que los regalos y el compartir no necesariamente muestran una actitud consumista, sino más bien, relevan la posición de nuestro corazón, el sentido que damos a dicha entrega, recordando que para el cristianismo vale más “dar que recibir”.

La Navidad es una fiesta que nos invita a no olvidar. La Navidad es un acto de memoria en el que celebramos la encarnación de Jesús, cuyo nacimiento, vida, enseñanza, muerte y resurrección nos da la certeza de la Redención, la que alcanza a todos los que fueron amados por Dios desde la eternidad, antes de que el mundo fuese.

Aún no hemos respondido a cabalidad la pregunta: ¿Por qué cantar y orar en navidad? Leímos el texto de Mateo, que nos presenta el evangelio a través de tres nombres dados al Salvador. Esos tres nombres nos presentan la identidad de Jesús y, además, el poder de su obra.

Jesús es la forma griega del nombre hebreo “Josué”. Era un nombre muy común en la época. Lo que importa es su significado y la radicalidad que alcanza en la persona del niño que nació en Belén. El nombre significa “Yahvé salva”. Sin lugar a dudas, la encarnación tiene un sentido misional cuyo clímax se encuentra en la cruz de Cristo. La navidad está muy ligada a la pascua. No son lo mismo, pero no pueden entenderse por separado. Cristo descendió a la tierra para morir. Así lo señala Pablo cuando dice: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Corintios 5:17-21). Fue por nuestra salvación que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde establo, y recostado en un pesebre. Fue por amor a nosotros que Cristo sufrió la cruz. Es Dios quien está en misión, y en esa misión de reconciliación, Cristo es el Salvador. La justicia y la gracia se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas. ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”.

Cristo, es el otro nombre. También es un concepto griego, que reemplaza a uno hebreo, en este caso el de Mesías. Significa “ungido” (ungir es untar con aceite), alguien que fue llamado y consagrado para cumplir una labor, en este caso la del Libertador prometido en todo el Antiguo Testamento. Cristo fue ungido para llevar a cabo su función de Rey, Profeta y Sacerdote. Esto es una buena noticia, pues el Reino de Dios se ha acercado a nosotros en la persona de Cristo, Reino que será consumado en el día final. Es una buena noticia, porque recibimos al profeta por excelencia, a aquél que nos trajo la Palabra viva del cielo, hablándonos con autoridad, no como los maestros de la ley y los fariseos. Él es el autor y el consumador de nuestra fe. Es una buena noticia porque hemos recibido al sacerdote perfecto. Sacerdote que no sólo ofició el sacrificio, sino que además fue la ofrenda perfecta, la única posible para conseguir eterna redención. Hasta el día de hoy él intercede por nosotros delante de nuestro Padre.

Emanuel, es el tercer nombre. Es el cumplimiento pleno de la profecía dicha por Isaías. Es el cumplimiento literal de la profecía y no una mera señal de la presencia de Dios con nosotros. ¡Cristo es Dios! Juan 1:1: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”; Colosenses 2:9: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”; Romanos 9:5: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén”; Tito 2:13: “mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”; Hebreos 1:8, Dios hablando, dice: “Pero con respecto al Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia’”; y 1ª Juan 5:20: “También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna”. No existe religión en el mundo que tenga un dios tan cercano, como el Dios verdadero, del cual el Emanuel es la imagen visible.

Un viejo himno decía: “Oh ven bendito Emanuel / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansioso su liberación”. El bendito Emanuel está con nosotros, nos salvó y vive con nosotros. Él prometió estar presente con sus discípulos hasta que venga otra vez. ¡Jesucristo está con nosotros! Su presencia nos da vida.

Dietrich Bonhoeffer señaló en Resistencia y sumisión que: “La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ‘ser para los demás’”. Lo que los cristianos celebramos en navidad no es la fiesta del consumo, cuyo gozo absoluto es “recibir” y “tener”, sino más bien una fiesta que se goza en “dar”, en “ser para los demás”, lo que se manifestó de manera totalmente concreta y real en un humilde pesebre, en las enseñanzas del Hijo del Hombre y en una pesada cruz.

¿Por qué cantar con fervor y orar con agradecimiento en Navidad? Porque Jesús de Nazaret, es el Cristo y es el Emanuel. ¿Qué más motivos podríamos querer?

Vivamos como salvos. Trabajemos como colaboradores del Reino de Dios. Alegrémonos porque Dios está con nosotros. Todo eso debiera llevarnos a caer de rodillas y orar con alegría y sencillez de corazón.

Navidad, sin dudas, es un tiempo para cantar y orar.

Luis Pino Moyano.

* Reflexión bíblica compartida en el culto de Nochebuena de 2016, en la Iglesia Refugio de Gracia.

Celebremos la navidad con alegría.

Está más que claro que Jesús no nació un 25 de diciembre del año 0. De hecho, es muy probable que naciera el 3 o 4 antes de él mismo. Y de hecho, es indudable que antes de nuestra celebración de la navidad existió una fiesta de origen pagano dedicada al sol invicto. ¿Por qué entonces celebrar la navidad? 

Celebramos la navidad porque esta fiesta nos invita a recordar y celebrar a Jesucristo, quien teniendo toda la alabanza en el cielo, dejó su gloria y se humanó por amor a nosotros, encarnándose en una realidad totalmente distinta a la propia. Jesús se hace carne en un pueblo que estaba sometido bajo el yugo del imperio romano, llegando a una familia de Nazaret, un lugar del que nadie esperaba nada bueno, y cuyo padre de familia era un artesano. Su pobreza es radicalizada cuando no encuentran un lugar dónde quedarse en Belén, sino solamente en una cueva donde encontraban cobijo los animales de familia, en el que la cuna fue un pesebre, es decir, el cajón donde se colocaba la comida de las especies del campo.

No es cosa menor que los primeros en recibir la noticia del nacimiento de Jesús fueron pastores trashumantes, que cargaban con el fuerte prejuicio de ser amigos de lo ajeno. Pablo señaló que: “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). El hijo de Dios se ha humillado. Es por eso que la navidad trae consigo un mensaje que quita el miedo y produce alegría: “Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10,11). Y aquí, hay otro motivo por el que podemos celebrar: y es que el evangelio es una fuente que produce alegría, alegría que radica en la salvación que trajo el niño que nació en Belén. 

Los ángeles que se aparecieron a los pastores, cantaron dicha noche: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad” (Lucas 2:14). He aquí, en esas breves palabras la profundidad de la buena noticia: Dios es glorificado, y sólo Él debe recibir dicha adoración, porque sólo en Cristo está la paz con Dios y con nuestro prójimo. Ese paz que tiene que ver con encuentro y comunión es el regalo por excelencia que sólo Cristo sabe dar. Y esa paz que se da no es gratis, costó un precio, la cruz del Redentor. En navidad no sólo celebramos el nacimiento, sino la misión de Dios en Cristo que tiene como punto cúspide la cruz en que el precio de nuestra redención fue pagado. 

Es por esto que la navidad nos invita a celebrar en el anuncio de todas las bondades de Dios, como también en la expresión de gozosa adoración. Es eso lo que los pastores de Belén hicieron: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer’. Así que fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño que estaba acostado en el pesebre. Cuando vieron al niño, contaron lo que les habían dicho acerca de él, y cuantos lo oyeron se asombraron de lo que los pastores decían”  (Lucas 2:15-18). Esto que vemos en los pastores no es sólo curiosidad, es la certeza de que el mensaje recibido es verdad. Por eso se comunica. Por eso se adora. 

Veamos la navidad como una oportunidad y no como un problema. Como una oportunidad de seguir anunciando que en Belén nació el Salvador. Como una oportunidad de compartir felizmente con nuestras familias y para congregarnos y compartir con nuestros hermanos la comunión y la devoción. Si fuese posible, también, como una oportunidad de entregarnos regalos, entendiendo que lo más importante no es el objeto material, sino el sentido que le damos a dicha entrega, la posición de un corazón que se goza en dar y en la misericordia. 

Celebremos con alegría… Hay motivos para hacerlo. 

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de la Iglesia Refugio de Gracia, diciembre de 2017.