El ciudadano Gabriel Boric.

“Ya van a ver, ya van a ver, cuando los estudiantes tengamos el poder”. Eso gritábamos hace algunos años atrás por distintas calles del país, sobre todo, en aquellos años en los que emergía con fuerza la demanda-y-la-propuesta de una educación gratuita, laica, de calidad y con participación democrática de la comunidad. Y si bien es cierto, sobre los asuntos del poder coincido más con la tesis foucaultiana, es decir, con que el poder no se toma sino que se ejerce, esa generación juvenil de las movilizaciones del 2011 ha llegado al poder ejecutivo, luego de una intensa jornada de dos períodos en el poder legislativo. Jóvenes como Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric, entre tantos y tantas, a quienes veíamos desde lejos en medio de la multitud de esos días, sobrepasaron el dique de los movimientos generacionales para trascender en la actividad política, siendo actores claves de la discusión pública durante una década.

Es la primera ocasión en la que me toca hablar de un presidente del país menor que yo (por cuatro años), aunque de una misma generación. La primera ocasión, y muy probablemente, no será la última. Cuando surgió la pre-candidatura de Gabriel firmé para patrocinarla porque quería verlo en la papeleta de las primarias y en los debates respectivos. Pensé, por un momento, que sería un “voto testimonial”, porque las encuestas daban por ganador a Jadue. Pero no, la candidatura en la primaria comenzó a cobrar fuerzas, se vio un mejor manejo comunicacional en los debates que su contendiente dentro del pacto político, lo que trasuntó en un triunfo gigantesco, puesto que configuraba una propuesta democrática plausible y a tono con el Chile del siglo XXI.

Ahora bien, había que pensar la alternativa política para la presidencial de verdad. Y para eso, comencé a hacer memoria, a leer diarios viejos en papel o en la internet, a ver vídeos en YouTube. Quise ver, por ejemplo, cuál había sido la primera vez que publiqué algo sobre Boric en mis redes sociales, y la ocasión fue al asumir éste como diputado. Se trataba de una foto en la que él aparecía solo, sentado en el hemiciclo, con camisa y sin corbata, lo que había causado el horror de algunos parlamentarios, sin reparar en su asistencia y puntualidad. Ese “chasconeo” de la político era necesario para superar los tiempos de la pacata alegría concertacionista. Pero lo que más me llamaba la atención de Gabriel era su lectura de la política, como el espacio en el que se proyecta un país para el presente y para “pasado mañana” -como diría Pepe Mujica-, en el que las ideas se defienden con pasión, pero donde también se tiene que dialogar con los distintos, sea para convencer o para aprehender. Recuerdo, por ejemplo, cuando se suscitaron en 2018 una serie de reacciones en torno a la nominación de “montaje” impuesta al Museo de la Memoria por Mauricio Rojas en su breve paso como ministro. Boric dijo en esa ocasión, en diálogo con Jaime Bellolio: “tal como condenamos la violación de los derechos humanos en Chile durante la dictadura, los golpes ‘blancos’ en Brasil, Honduras y Paraguay, la ocupación israelí sobre Palestina, o el intervencionismo de Estados Unidos, debemos desde la izquierda con la misma fuerza condenar la permanente restricción de libertades en Cuba, la represión del gobierno de Ortega en Nicaragua, la dictadura en China y el debilitamiento de las condiciones básicas de la democracia en Venezuela”. Esas palabras, en la forma, daban cuenta de la rehabilitación de la añosa idea de “amistad cívica” y, en el fondo, relevaban que los derechos humanos son el mínimo ético en la acción política que no se disocia de la ética, todo eso, sin el miedo de romper con los imaginarios más vetustos y trasnochados de cierta izquierda. A modo de ejemplo: la señal de invitar a Sergio Ramírez y a Gioconda Belli a la transmisión del mando es un mensaje claro contra la dictadura orteguista en Nicaragua. 

Y, para mi, el ciudadano Gabriel Boric se termina de graduar en la actividad política cuando luego del reventón social del 18 de octubre de 2019, nadando contra corriente, decide participar activamente en el “Acuerdo por la paz social y la nueva constitución”, en la jornada ardua que termina la madrugada del 15 de noviembre de ese mismo año. Boric, a corto plazo no tenía la razón práctica, pues su partido no le había delegado para dicha función, pero tenía la razón teórica, pues él entendió bien que ese riesgoso acto sumaba para la salida institucional a la crisis. Y, a la larga, tuvo también la razón práctica, pues su presencia fue clave para la participación de independientes, de paridad y de escaños reservados para los pueblos originarios. Eso fue lo que no entendieron los compañeros de su partido que renuncian a sus filas, como tampoco la masa octubrista que le funó por “traicionarles”. Y eso es lo que no siguen entendiendo aquellos que le motejan como de una “izquierda extrema”. El costo personal era grande. Pero lo asumió. Y aquí, huelga decir que, más allá de nuestros gustos y preferencias personales, el parlamento fue quien más estuvo a la altura de la crisis social, a diferencia de un gobierno que, si no estuvo ausente, llegó tarde.

Valía la pena, entonces, votar por un candidato que tiene como convicción primaria los derechos humanos y que, a la hora en que se necesita, se la juega más allá de lo que eso signifique para su propia reputación. Pues como dice la cita de su autor predilecto, Albert Camus, que ha repetido en varias ocasiones como su “frase de cabecera”: “En política, la duda debe seguir a la convicción como una sombra”. Por eso aquí no vale la caricaturización del otro ni la asimilación del panfleto de los propios. Se requiere comprender la realidad y no mirarlo todo desde una actitud egolátrica y ensimismada. Y, a propósito de lecturas, no puedo dejar de sumar a estas palabras el gusto por las letras y los libros -con el brillo en los ojos ante un libro nuevo o usado, que los bibliófilos sabemos reconocer- del actual presidente del país. Las referencias a Óscar Hahn, Pedro Lemebel, Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Jorge Teillier, Enrique Lihn, que son mucho más que esas frases tomadas de “libros de citas” (de los cuales los políticos profesionales son muy asiduos), pues éstas tienen la fuerza no sólo de dar brillo, sino también dar sentido a lo que se quiere plantear. 

Este viernes mi hijo me preguntaba: “¿qué se siente que el candidato por el que votaste sea presidente?”. Y la respuesta es compleja. Por cierto, alegría y emoción. Imposible no recordar su “Ante el pueblo y los pueblos de Chile, sí prometo”; la frugalidad que va más allá de la ausencia de una corbata; el trayecto en el Ford Galaxie 500 con la primera ministra del interior mujer, Izkia Siches, y con la primera chófer del vehículo presidencial, la suboficial de carabineros Lorena Cid; su camino por la Plaza de la Constitución, en el que al detenerse fuera del protocolo, la gente cantó al unísono el himno nacional con los sones de una banda del ejército; su discurso, en el que retrata emotivamente las caras de Chile, en el que se rescata la lucha patriótica, modernizadora y democratizadora de Balmaceda, Aguirre Cerda, Frei Montalva, Allende, Aylwin y Bachelet, junto con una apelación latinoamericana. El discurso de casi media hora, que versó sobre cuestiones ecológicas, las dificultades de la pandemia, los desafíos del feminismo a la sociedad, la necesidad de una ciudadanía activa, y que terminó con las míticas palabras de Allende en La Moneda el 11 de septiembre de 1973, ese de la apertura de las grandes alamedas, con la resemantización inclusiva al hombre y la mujer libre, fue escuchado por una gran cantidad de personas apostadas frente al palacio y, por quienes desde nuestras casas lo veíamos en la televisión. Creo que el último presidente que habló con ese nivel de profundidad fue Lagos, el último bastión de la clásica política letrada. Y, Boric toma esa posta. “El presidente que habla”, en una época en que lo que se comunica vale mucho. 

Pero el mismo Gabriel Boric, citando a Huidobro, señaló que “el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Todo eso reporta otro sentimiento que se traduce en una actitud  escéptica-y-esperanzada. La tarea será ardua y difícil y, no cabe dudas, que las transformaciones sociales se miden después del día de la fiesta. Será difícil concretizar parte importante del programa político. ¡Cuánto quisiera que mañana mismo me condonaran la deuda del CAE! Pero habrá que trabajar, porque no hay horizonte de expectativas sin campo de experiencias. La democracia exige participación, deliberación, propuesta, consenso y realismo. Por otro lado, habrán errores, no sabemos si muchos o pocos. Pero hay dos cosas que me tranquilizan de aquello: la primera, es la empatía de Boric, eso que los viejos llamaban “don de gentes”, que se ve reflejado en su saludo, sobre todo a niños y niñas que le piden una selfie o le regalan un dibujo con sus ideas para Chile, como también en su significativa visibilización de la salud mental. Y, por otro lado, su humildad a la hora de reconocer los errores y pedir perdón por los mismos. Comunicacionalmente, no tendremos bencina para apagar el fuego, sino a un sujeto cercano y honesto, lo que genera tranquilidad ante la adversidad. Tal vez esté augurando que la llamativa adhesión de las olvidadas lunas de miel presidenciales pasará, pero lo que prevalecerá será el entendimiento de estar frente a un ser humano de carne y hueso que cumple una tarea de liderazgo en un colectivo. Un primus inter pares. 

Y, en mi respuesta a la pregunta de mi hijo, no puede faltar la sensación de riesgo. De un tiempo a esta parte, para muchas personas evangélicas como yo, profesar dicha fe está en las antípodas de las ideas de izquierdas, no así, de los postulados de derechas, llegando en algunos casos a la ruptura de la amistad cívica y, lastimosamente, de la fraternidad cristiana. Tengo la convicción de que hay ideas de Boric que, desde una cosmovisión cristiana, reportan instantes de verdad y/o elementos de la “gracia común”, particularmente en aquellas nociones que apelan a la responsabilidad social y comunitaria, al enfoque de derechos, al cuidado del medioambiente y a la justicia social. Y también tengo la convicción, y soy muy consciente de ello, que desde el mismo enfoque cosmovisional, hay elementos de su programa, específicamente en aquellos asuntos que tienen que ver con la moral sexual, que son antitéticas en relación a la fe bíblica e, inclusive, rompen con una tradición que pone en la palestra lo social para asumir principios liberales e individualistas. No comparto el enfoque de las “políticas de identidad” muy presente en el Frente Amplio porque, a mi juicio, debilitan las posibilidades del encuentro. No obstante aquello, no creo que exista en Chile un actor político, individual o colectivo, que represente de manera integral el proyecto histórico del Reino de Dios, lo que me hace ser renuente a las figuras mesiánicas y a los cantos de paraísos en la tierra. Y en ese ejercicio de discernimiento y priorización voté por el ciudadano Gabriel Boric, como otros lo hicieron por José Antonio Kast. 

Y es aquí que me permito recordar que, en las vísperas de la navidad del 2021, Boric señaló: “Sepan que vamos a dar lo mejor de nosotros. Todos los que trabajamos en este equipo somos seres humanos que estamos expuestos a equivocarnos. Es bueno no idealizar a nadie y en eso por cierto me incluyo”. Espero que esas palabras las tenga él mismo presidente de la república en su mente hasta el último día de su gobierno. Espero que las tengamos quienes apoyamos su cometido, como quienes no lo están haciendo, tal y como el siervo romano que iba en el carro tras un general victorioso o un emperador diciendo: “Mira tras de ti y recuerda que eres un hombre y morirás”. Será el fruto del trabajo lo que quede. Y eso será lo que juzgaremos. 

Luis Pino Moyano.


 

Documentos anexos. 

Comparto dos vídeos publicados en YouTube. El primero presenta al “Boric de segunda vuelta”, pero en octubre de 2017 (para quienes hablaban de volteretas). El segundo lo muestra en su faceta de lector y, a partir de ella, son relevados otros elementos vitales. Cierro con una carta de Boric publicada en El Mercurio, el 18 de diciembre de 2021. Estos documentos sirven como complemento a lo que he planteado acá. 

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Liderazgos políticos e idolatría. Una lectura calvinista sobre el magistrado civil y la vida en el mundo que nos toca.

El domingo 19 de diciembre de 2021 dio como ganador de la segunda vuelta presidencial a Gabriel Boric, quien asumirá la primera magistratura el 11 de marzo de 2022. Hubo muchas reacciones, de diversas vertientes, contenido y forma, y quienes suscriben la fe cristiana no estuvieron exentos de ello. Como los evangélicos no somos un pueblo uniforme, dentro de nuestras filas se expresa la diversidad de prismas políticos que circulan en el país. Por ende, hubo creyentes que mostraron alegría y, otros, que reportaron mucha pena o amargura. Pero tengo la profunda convicción que ni la alegría ni la tristeza de ese día y los venideros pueden obnubilar nuestra mirada y comprensión de la esperanza cristiana. Nuestra esperanza está intacta más allá del régimen político porque ella proviene de Jesús de Nazaret. 

Un hito electoral o un proceso político no pueden derrumbar nuestro horizonte llevándonos a una falta de realismo. Esa falta de realismo se traduce en dos expresiones idolátricas. Por un lado, la de quienes ensalzan la figura del líder como si se tratara de un héroe venido de un panteón sagrado, que tiene la capacidad de explicar toda la realidad y dar solución a todos los problemas, haciendo de Chile realmente “la copia feliz del Edén”. Y, por otro lado, la de quienes sólo ven el estatus de no creyente del líder político, y consideran que se aproxima con su gobierno un juicio de Dios, lo que se traduce en el fracaso de un proyecto país, regularmente asociado al éxito macroeconómico. El acercamiento escritural realizado desde hace siglos por la teología reformada nos ayuda a librarnos de ese desequilibrio fatalista. 

Para Calvino el tema político es muy importante. Prueba de ello, es que su ópera magna, la Institución de la Religión Cristiana, que tuvo su primera edición en 1536 no se dio por terminada hasta 1559, en cuya edición se añadió un capítulo específico sobre la “Potestad Civil”. Y el tema es importante porque para el teólogo francés, el estado cumple un papel relevante. Tanto, que no lo diviniza ni lo despersonaliza. Hace recaer su papel en sus funcionarios. Dice: En su comentario a 1ª Timoteo: “Los magistrados fueron designados por Dios para salvaguardar la religión, así como para mantener la paz y la decencia de la sociedad” [1].

Una pregunta clave es: ¿A quién se obedece? ¿A Dios o a los hombres? Si bien es cierto, nosotros responderíamos que a Dios producto de lo dicho por Pedro a nombre de los apóstoles, según está registrado en Hechos 5:29. Pero la respuesta es menos sencilla de lo que parece. O, tal vez, menos agradable para nuestras lógicas. Se debe obedecer a Dios y se debe obedecer a las autoridades. Calvino, en el libro cuarto de la Institución de la Religión Cristiana dice: “El Señor es el Rey de reyes, el cual apenas abre sus labios, ha de ser escuchado por encima de todos. Después de Él hemos de someternos a los hombres que tienen preeminencia sobre nosotros; pero no de otra manera que en Él. Si ellos mandan alguna cosa contra lo que Él ha ordenado no debemos hacer ningún caso de ella, sea quien fuere que lo mande. Y en esto no se hace injuria a ningún superior por más alto que sea, cuando lo sometemos y ponemos bajo la potencia de Dios, que es sola y verdadera potencia en comparación con las otras” [2]. En otras palabras, Dios es Señor sobre todo. Él en su soberanía ha dado autoridad a distintos sujetos a lo largo del tiempo. Esta autoridad siempre es relativa y derivada. La obediencia al estado está supeditada al Dios del estado, que está por sobre todo dominio y autoridad. 

Pero, ¿y qué pasa si nuestras autoridades no son creyentes? Comentando 1ª Timoteo 2:2, Calvino señala que “Todos los magistrados que existían en aquel tiempo eran enemigos acérrimos de Cristo; y por lo tanto se les podría ocurrir este pensamiento: que no deberían orar por aquellos que dedicaban todo su poder y toda su riqueza para combatir contra el reino de Cristo, cuya extensión sobrepasa a todo lo que se puede desear. El apóstol encara esta dificultad, y expresamente ordena a los cristianos que oren por los que están en eminencia. Y, ciertamente, la depravación de los hombres no es una razón por la que la orden de Dios no deba ser acatada. Por consiguiente sabiendo que Dios designó magistrados y príncipes para la preservación de la humanidad, y pese a la deficiencia con que ellos ejecuten el cometido divino, no debemos por eso dejar de amar lo que pertenece a Dios, y desear que permanezca en vigor” [3]. La obediencia a las autoridades es primero obediencia a Dios y, como resultado, trae el bien de la sociedad. Como señala la Confesión de Fe de Westminster: “Es deber del pueblo orar por los magistrados ( 1 Timoteo 2:1, 2), honrar sus personas (1 Pedro 2:17), pagarles tributos y otros derechos (Romanos 13:6, 7), obedecer sus mandamientos legales y estar sujetos a su autoridad por causa de la conciencia (Romanos 13:5; Tito 3:1). La infidelidad o la diferencia de religión no invalida la autoridad legal y justa del magistrado, ni exime al pueblo de la debida obediencia a él (1 Pedro 2:13, 14, 16); de la cual las personas eclesiásticas no están exentas (Romanos 13:1; 1 Reyes 2:35; Hechos 25:9-11; 2 Pedro 2:1, 10, 11; Judas 8-11)” (CFW XXIII.4).

¿Y qué de los malos gobiernos? Comentando Romanos 13:3 dice: “Porque si un mal príncipe es plaga del Señor para castigar los pecados del pueblo, reconozcamos que es por nuestra propia culpa el que una bendición tan excelente de Dios se convierta en maldición” [4].  Si Dios es providente, y nada escapa de su mano, debemos decir que los malos gobiernos son juicios que debemos saber reconocer y percibir en la sociedad. En este punto se debe tener muy presente que se debe esperar la actuación del “príncipe” o “magistrado civil” para establecer un juicio de su obrar en el gobierno, para poder establecer fehacientemente, en un ejercicio de discernimiento (¡espiritual!), la existencia de un juicio divino o no y, por sobre todo, colaboremos para que lo que es una bendición (léase, la existencia de magistrados civiles) no se vuelva maldición. Aquí no se trata de mirar desde la galería o de tomar palco, sino de estar en la cancha con disposición a trabajar y colaborar para que al país le vaya bien. 

Pero ¿qué ocurre cuando esas autoridades mandan explícitamente y de manera coercitiva violar mandamientos del Señor? Ahí no queda otra acción que la desobediencia civil. O mejor dicho, mantener nuestra obediencia a quien la debemos: al Soberano Dios Todopoderoso. Por eso, hablamos de una autoridad en los magistrados que es relativa y derivada. Incluso, esto podría derivar en acciones sociales sociales mucho más radicales. Comentando el mismo texto de 1ª Timoteo 2:2, Calvino señala que “El verdadero camino para mantener la paz se logra, pues, cuando cada cual obtiene lo que le pertenece, y cuando la violencia de los más poderosos es frenada” [5]. No se debe dejar de recordar que la libertad para Calvino es espiritual (por eso se requirió la Reforma), política (voto y participación política), y de resistencia cuando el magistrado civil se convierte en opresor. La estructura social también ha sido dañada por la caída, por ende, también está necesitada de reforma. Por ello, es sumamente importante que miembros de nuestras iglesias puedan realizar actividad política desde un punto de vista cosmovisional. Calvino plantea que: “Por tanto, no se debe poner en duda que el poder civil es una vocación no solamente santa y legítima delante de Dios, sino también muy sacrosanta y honrosa entre todas las vocaciones” [6]. 

Mientras escribía, venía a mi mente el relato bíblico del libro de Daniel que da cuenta de su testimonio y el de sus amigos Ananías, Misael y Azarías en su presencia fiel en Babilonia (Daniel 1:1-21). Ellos sirvieron a Dios y al mundo en el lugar que les tocó vivir, la capital del imperio que ha simbolizado a todos los regímenes políticos, económicos, sociales y culturales paganos. Y, en esa historia, podemos ver reflejado el hecho que el cautiverio babilónico no sólo fue un juicio purificador de la idolatría, sino un instrumento para ocupar a estos cuatro muchachos para su servicio. Estoy muy consciente de lo que estoy escribiendo y ustedes leen: Dios puede incluso hacer que seamos despojados “de bienes, nombre, hogar”, llevarnos a una tierra ajena, para cumplir su plan. Lo que aparentemente daña, nos lleva a un bien mejor y mayor. Como diría Gary Smith: “Aunque Dios no remueva toda fuente de amenaza e incluso permita que algunos creyentes mueran por su fe, no se olvidará de ellos, sino que los levantará para la vida eterna” [7]. Esa es la lectura de la historia en clave de providencia que debemos hacer. Esa lectura en clave de providencia tiene cuatro implicancias para la vida: 

a) Reconocimiento de la voluntad de Dios.

Al aceptar lo que vivimos como la voluntad del Señor, aceptamos y amamos la historia que nos toca vivir, por difícil que sea, porque entendemos que la voluntad de Dios es “buena, agradable y perfecta”, por lo que entendemos que debemos seguir sirviendo a Dios con todo el corazón;

b) Cumplir el mandato cultural en Babilonia.

Que ese servicio, implica que debemos trabajar en Babilonia, para el servicio a Dios y para quienes nos rodean. El profeta Jeremías escribió una carta para los exiliados en Babilonia para decirles como debían vivir la situación de cautiverio, a sabiendas que duraría 70 años. Les dijo: “Así dice el Señor Todopoderoso, el Dios de Israel, a todos los que he deportado de Jerusalén a Babilonia: ‘Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad’” (Jeremías 29:4-7). 

Dios, que está en misión, nos invita a no sólo ver y analizar la ciudad, sino a vivir en ella. No a formar ghettos de aislamiento eclesial y familiar, fortalezas de censura que no permiten contemplar los frutos de la gracia común en quienes sin creer glorifican a Dios, con su arte, ciencia, técnica. Trabajemos con ahínco para transformarnos en misioneros que contribuyen al bienestar de la ciudad, porque de eso depende nuestro propio bienestar. Shalom, que no sólo es paz como ausencia de conflicto, sino también justicia social, vida abundante, armonía, alegría.

c) La verdadera raíz de la esperanza. 

Que debemos perseverar en la esperanza, aún cuando las circunstancias sean adversas. La carta de Jeremías, continúa más adelante y en ella dice: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme, y yo los escucharé. Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón” (29:11-13). El pueblo de Dios por años se había olvidado del Señor, practicando la idolatría y la injusticia, tapándola con un culto aparente. Falsos profetas auguraban un falso futuro y esperanza, en una paz que no llegaría. Mientras, Jeremías, les decía de manera impopular que la justicia de Dios se manifestaría en que un pueblo pagano les asolaría y llevaría a varios de ellos, deportados a Babilonia. Cuando eso ocurrió, los falsos profetas dijeron que el cautiverio duraría no más de dos años. Jeremías dijo que serían setenta, y así fue. 

¿Se puede tener un futuro y una esperanza en Babilonia, símbolo de todos los imperios, reinos y gobiernos idolátricos, injustos y tiránicos? Sólo es posible si la mano del Dios de la vida actúa en favor de ellos. ¿Se puede tener un futuro y una esperanza en el Chile de hoy? Sí, se puede. Pero ese futuro y esperanza no está ni en el gobierno ni en lo que puedan hacer las élites políticas ni en el pueblo en la calle. Nuestro futuro y nuestra esperanza están en Cristo Jesús, en nada ni nadie más. Vivir pensando que podremos encontrar futuro y esperanza en personas y cosas, es meter las manos en la arcilla para levantar ídolos con apariencia de verdad o piedad. En el exilio de peregrinos y extranjeros que somos, anhelamos el hogar verdadero, el que Aquél que puede hacer nuevas todas las cosas construirá. Mientras, vivimos y trabajamos produciendo bienestar para nuestro prójimo y nosotros, pero con los ojos, y el corazón, donde deben estar… en Cristo.

d) Una mirada equilibrada. 

Debemos mantener un profundo equilibrio entre gracia común y “Antítesis”. Ambas verdades fueron enseñadas por la teología reformacional. Hablamos de gracia común, porque cada vez que vemos belleza, justicia, paz, cosas buenas para la vida, es la mano de Dios actuando en el mundo por medio de sus criaturas, por amor a su creación. Lo que no implica que quienes hacen cosas bellas, justas, en pro de la paz y el bien común, sean necesariamente en todas sus líneas de pensamiento aceptables. Lo que vemos en la gracia común es el glorioso amor de Dios y no la gloria de los seres humanos que se encuentran con sus mentes atrofiadas por el pecado. 

La “Antítesis” nos permite no perder de vista la raíz pecaminosa del pensamiento  y la vida de los seres humanos alejados de Dios. Nos permite entender cómo debemos vivir en el mundo asumiendo lo que se dice con la Palabra, modificando o reparando aquello que puede experimentar transformación, y rechazando aquello que es pecaminoso y que, por tanto, nos separa de Dios y produce daño para la vida propia y la de otros. En síntesis, nuestra tarea, no es meramente la abstención. 

Daniel, Ananías, Misael y Azarías no tenían otra opción, como a veces tampoco nosotros la tenemos, cuando la solución radical de cortar la mano que hace caer es necesaria. Pero, a veces, podemos no abstenernos, y no protestar o pelear contra todo y todos. Necesitamos aprender y leer. Aprendamos ciencias de la naturaleza y de la sociedad, literatura y lingüística, matemáticas (aunque sean el lado oscuro de la fuerza), artes en toda su variedad, y un largo etcétera. Nada más ajeno a la teología reformada que los índices de lecturas prohibidas propios de la Inquisición. Pero para leer de todo, debo antes empaparme de la Palabra de Dios, conocerla y manejarla con destreza como la espada que es, de tal manera que ella pueda darnos el marco para comprender todo lo que pasa a nuestro alrededor. Los cuatro muchachos judíos dejaron de comer, pero no dejaron de recibir la educación babilónica aunque estuviese manchada por el paganismo. Pero para sobrevivir al paganismo del cautiverio, hay que tener cautiva la conciencia a Cristo y su Palabra. 

Cierro con una cita del teólogo presbiteriano Rafael Cepeda en la que invita a la iglesia a recordar que: “la soberanía de Dios no reconoce límites, y que Él puede usar, y lo hace con frecuencia, a un gobierno o sistema injustos, y hasta enemigos de Dios y de su iglesia, como una herramienta que evidentemente se utiliza, y eventualmente se desprecia, en la edificación de su Reino. Pero ningún sistema político es tan bueno como para confundirse con el Reino de Dios, y ningún sistema es tan malo como para entorpecer el Reino de Dios” [8]. Esta es la actitud cristiana ante cualquier régimen político. Seamos prudentes respecto de nuestras declaraciones, eliminemos las lecturas fatalistas, discernamos no sólo las fuentes sino también nuestros corazones al acercarnos a ellas, no repartamos fake news, no idealicemos a seres humanos. Alabemos, gocémonos, critiquemos, protestemos y resistamos cuando sea necesario. Cualquier acción o actitud absolutizada frente a regímenes políticos puede ser el germen de la construcción de dioses con pies de barro. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Juan Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 61. Comentario de 1ª Timoteo 2:2.

[2] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. IV.XX.32. Buenos Aires – Grand Rapids, Editorial Nueva Creación, 1988 , p. 1194.

[3] Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Op. Cit., pp. 59, 60.

[4] Juan Calvino. Comentario a la Epístola a los Romanos. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 339.

[5] Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Op. Cit., p. 60.

[6] Calvino, Institución… IV.XX.4. Op. Cit., p. 1171.

[7] Gary Smith. Los profetas como predicadores. Introducción a los profetas hebreos. Nashville, B&H Publishing Group, 2012, p. 281. 

[8] Rafael Cepeda. “La conducta cristiana en una situación revolucionaria”. En: Francisco Marrero (Editor). El pensamiento reformado cubano. La Habana, Ediciones Su Voz y Departamento de Publicaciones Iglesia Presbiteriana-Reformada  en Cuba, 1988, p. 175. Corresponde a un tema de estudio presentado al MEC, La Habana, 10 de abril de 1965.

Evangélicos por…

A comienzos de los noventa, en uno de los canales de televisión, uno de los días del fin de semana – si mal no recuerdo, el sábado por la noche-, comenzaron a transmitir las películas de Cantinflas. Desde las más antiguas a las más nuevas. Era muy niño, pero con el gusto de siempre por la historia, quedé alucinado con “Su Excelencia”. La representación de la guerra fría y la pugna de verdes y colorados, y la valentía de los países no-alineados, es realmente magistral. Cantinflas, personifica a Lopitos, un funcionario muy menor en una embajada que por azares y golpes de estado múltiples en un día, llega azarosamente a ser embajador de la Isla de los Cocos. Antes de terminar el film y en una álgida asamblea de naciones en la que se definirá el futuro del mundo y el país que lo liderará, Lopitos hace un discurso bello y consistente. En una de sus partes, cita a Benito Juarez – de quién ya sabía algo por el Chavo del 8-: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Esas palabras pueden ser un mínimo común a la hora de relacionarnos con otras personas. 

El respeto al derecho ajeno que es la paz, no implica que no se diga lo que se piensa, sino que cuando se haga se mantenga el respeto al que piensa y actúa distinto frente a una determinada circunstancia. Es no estupidizar, sino entender al otro como alguien inteligente con el que se puede dialogar. 

Dicho eso, quiero manifestar mi profundo respeto a quienes han constituido orgánicas tales como “Evangélicos por Kast” o “Evangélicos por Boric”, pero creo que dichas instancias no contribuyen al quehacer evangélico. Me suena a la pugna de la iglesia de Corinto cuando algunos se definían por ser de Pablo, Apolos o de Cefas, e incluso algunos, en un signo de superioridad espiritual se manifestaban siendo de Cristo (1ª Corintios 1:12). 

Eso último, la pose de superioridad, se encuentra muy presente en los discursos que validan el proyecto político de candidatos, analogándolos al proyecto del Reino de Dios. Que este defiende los valores de la moral sexual, este otro defiende la justicia social, que este es el candidato del pueblo de Dios, que este otro se aprovecha de los otros. O la pregunta que es a la vez afirmación: “¿Cómo puedes ser evangélico y votar por el candidato X?”. ¿Perdón? ¿De qué estamos hablando? Cuánta falta de respeto a los otros y cuán poco sentido de la humildad. Falta de respeto, porque en esos discursos lo que se hace es estupidizar al otro y desconocer su condición de hijo o hija de Dios. ¡Sola Gratia! Y falta de sentido de humildad, porque se olvida que el voto de quien suscribe la fe evangélica es un acto de discernimiento que tiene en cuenta que ningún candidato o proyecto político representa integralmente los principios del Reino de Dios, y por ende, si opto soy consciente de los instantes de verdad como de los elementos propios de la humanidad caída. ¡Sola Scriptura!

Anhelo que llegue el día en que no sea problemático entre evangélicos hablar de política. Que eso no implique cacerías de brujas, cancelaciones o funas. Que no pongamos en duda la amistad y hermandad, o la honestidad del otro, porque no piensa como yo quiero que piense. Cualquier barrera que pongamos a la relación entre creyentes es un obstáculo idolátrico, porque separa lo que Cristo unió con el poder de su cruz. El apóstol Pablo señaló: “Porque en él [Cristo] habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:9,10). Nuestra identidad está en Cristo y es completa en él. Nuestra vida plena está en el proyecto histórico consumado en la cruz y que implica la reconciliación de todas las cosas (Colosenses 1:20). 

¿Con eso estoy diciendo que quien vota por Boric o por Kast traiciona la fe? No, no es lo que digo. De hecho, creo que es un derecho de hermanos/as en su condición de ciudadanos/as optar por un candidato o proyecto político, con el desafío de ser conscientes de sus principios cosmovisionales y cómo éstos se ven fortalecidos o contrarrestados en dicho acto. Pero es un ejercicio posible, y por años hermanos nuestros lo han hecho, participando en partidos políticos de diversas banderías, aportando con sus prismas al debate público. 

Este domingo 19 anda a votar, es un derecho ganado, y es un deber fortalecer la democracia. Celebra si tu candidato gana, siendo respetuoso de quien se siente derrotado/a, recordando con prudencia que los triunfos políticos se miden después del día de la fiesta. Y, por cierto, antes y después, evita las caricaturizaciones, el ninguneo y, por sobre todo, el falso testimonio. Que otros lo hagan no implica que tú sigas el mismo juego. Vota libremente y con conciencia de tu fe que alumbra el tiempo que nos toca. 

Quiero terminar con una nota personal, muy personal. A inicios de 2013 testimonié que había  entrado en un proceso reformacional, en el que había dejado de lado el marxismo como lugar de producción. Eso, con el anhelo y esfuerzo cotidiano, personal y comunitario, por solidificar mi acercamiento cosmovisional cristiano. En muchas ocasiones, he visto que hermanos quieren que eso se parezca a las conversiones de Ampuero o Mauricio Rojas, quienes no sólo dejaron el marxismo sino que hoy profesan ideas de derecha. Están en su derecho, pero no es mi caso. Hoy mis convicciones políticas podrían ser definidas como un socialcristianismo transformacionista y si se requiere la geolocalización, a un comunitarismo de izquierda. 

Quienes me conocen, saben que no está en mis opciones votar por Kast. Sino al contrario, votaré por Boric. Es la segunda vez que hago público, más allá de mi círculo de mis amigos, por quién votaré. Pero esa explicitación no es un acto de campaña. No te llamo a votar por mi opción electoral. Ese es tu derecho. Y si eres mi hermano y te consideras mi amigo, y este 19 de diciembre votas por Kast, no dudes que eso de mi parte no está en cuestión. Eres mi hermano. Espero que para ti también lo sea. Porque lo que hace posible nuestra hermandad es lo que Cristo conquistó con su sangre. 

Luis Pino Moyano.

¿Por qué escribir sobre Kuyper en el Chile del siglo XXI?

Cuando soñamos con crear el Núcleo de Estudios Fe Pública, nos propusimos como uno de nuestros objetivos el difundir el pensamiento reformacional y, junto con ello, pensar en dicha clave el momento presente. Esas dos ideas estuvieron muy presentes en mi mente cuando escribí el artículo “Pensar, vivir y trabajar en la sociedad con los ojos puestos en el Soberano. Una lectura a Abraham Kuyper”, para el libro “Ni un centímetro cuadrado. Una introducción al pensamiento reformacional”.

En ese afán es que me propuse, pensando primariamente en lectores del amplio mundo evangélico, realizar, en primer lugar un esbozo biográfico de Kuyper, retratándolo en múltiples facetas, para luego explicar algunos ejes temáticos de su producción, tales como: la posibilidad del calvinismo como cosmovisión (una visión del mundo y un sentido de la vida), el aporte del concepto de soberanía de las esferas, las nociones de democracia-derechos-y-justicia, y la expresión de una política en tanto acto concreto de espiritualidad que no pierde de vista al Soberano: Jesucristo. Esa es para mi la idea fuerza más profunda de Kuyper: El soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, el soberano en sí, por sí y para sí dentro de esta visión del mundo y de la vida es el Señor Todopoderoso. Nada ni nadie está sobre él. Si esto se pierde de vista, se termina generando una concesión a visiones secularizadas que reclaman la autonomía, sea de individuos o de colectivos sociales. Y esa concesión no sólo es teórica, sino, por sobre todo, espiritual (cita directa de mi artículo). 

Y es aquí donde me parece relevante, en medio de una coyuntura electoral, recordar que el neocalvinismo se erigió en respuesta tanto a los ideales de la Revolución Francesa como al pensamiento liberal en sus múltiples vertientes (política, filosófica, económica, teológica) y al incipiente movimiento socialista. Y allí las preguntas caen de cajón: ¿Ante cuales revoluciones del presente el neocalvinismo lanzará su crítica? ¿Cuál será su propuesta para el presente? En todo ello, la tarea será más que ardua. Lo que sí puedo señalar, a modo de spoiler de mi propuesta interpretativa de la obra kuyperiana, es que en el pensamiento y acción políticos reformacionales no hay cabida para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo.

A su vez, estamos en el mundo cristiano en medio de las celebraciones de Adviento, que no sólo nos hacen prepararnos para la navidad, sino que nos recuerdan nuestra condición de peregrinaje y extranjería en la tierra, mirando hacia el futuro trazado por Cristo. Kuyper, en noviembre de 1891, en la inauguración del Congreso Socialcristiano señaló: “Surgió una luz en Belén y se percibió en el Gólgota un grito de alguien muriendo y despertando una nueva esperanza para el pueblo. No una esperanza como es vista en los moldes de hoy, en la cual quieren hacer del Cristo de Dios un reformador social. Salvador del mundo es su título de honra. Un cargo mucho más sublime, superior y rico”*. En medio de contingencias como las que vivimos en Chile hoy, y que venimos viviendo desde hace dos años, treinta años y hasta cincuenta años, quienes somos creyentes cristianos, más allá de nuestras opciones políticas y electorales, válidas y legítimas si son hechas libremente y en conciencia de virtudes y limitaciones proyectuales, hacemos bien en no olvidar que la esperanza que no defrauda se encuentra en aquél que nació en Belén. Eso es lo que nos hermana y no otra cosa. Y esa rehabilitación de la “amistad cívica” en la pluralidad de voces en diálogo, será, sin dudas, una importante contribución al debate público que nuestros lectores y lectoras no creyentes agradecerán. 

Luis Pino Moyano.

* Abraham Kuyper. O problema da pobreza: a questão social e a religião cristã. Rio de Janeiro, Thomas Nelson Brasil, 2020, p. 105 (traducción propia).

 


Dato para conseguir el libro:

Boric vs. Kast y fe evangélica.

Creo firmemente que ningún candidato representa de manera total el proyecto histórico del Reino de Dios. Eso lo vengo diciendo por años. La Biblia no tiene un programa político, pero tiene principios. Ante la no existencia de un candidato que represente el cristianismo de manera integral, los creyentes tienen la tarea de de discernir qué principios priorizarán y estar conscientes de cuáles no. Frente a eso la tarea más pertinente es procurar reconocer tanto la gracia común como la antítesis de las propuestas.

Por todo ello, creo que es una posibilidad que un creyente responsable pueda votar por Boric, Kast o incluso anular si así lo estima, sin estar traicionando su fe en Cristo. Creo que ese sentido de humildad que reconoce el mundo caído en el que vivimos, y que pone su expectativa escatológica final y completa en el Reino consumado de Cristo, es mucho más coherente que la de quienes ven en un candidato la fe cristiana y en otro la suma de todos los males. 

Dicho eso, creo también que un creyente no deja de ser mi hermano porque vota e incluso promueve electoralmente A, B o C. Lo que me hace hermano en la común fe es el Cristo que dio su vida en la cruz por mi. Parafraseando a Hendriksen, cualquier intento por suplementar a Cristo deriva en una suplantación. En idolatría. Y como protestante adhiero a la declaración doctrinal y vital de la Reforma: sólo Cristo.

Luis Pino Moyano.

 


Después de esta brevísima reflexión, sugiero que escuches esta canción de Marcos Vidal:

La Reforma Protestante: compilación de posts, vídeos y materiales de clases.

Sin lugar a dudas, el 31 de octubre es uno de los días que más disfrutamos quienes, profesando la fe cristiana, nos dedicamos a cultivar la disciplina historiográfica. Tanto por el empuje dado por el boom de la teología reformada en tiempos recientes, pero, por sobre todo, con la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante el año 2017, me ha tocado la posibilidad de compartir en distintas instancias sobre dicho proceso, y junto a ello, he escrito algunas reflexiones que intentan recordar-pensando-en-el-presente. Es por eso, que el día que conmemoramos la invitación que Martín Lutero hiciera para discutir sobre las indulgencias con sus 95 Tesis, es que quiero poner a disposición de ustedes una serie de materiales que he ido reuniendo sobre la Reforma Protestante, partiendo por posts en este blog, añadiendo vídeos de clases y predicaciones, y sumando un set de diaporamas ocupados en mis exposiciones (en formato PDF). Espero que estos materiales nos ayuden a recordar a quienes, antes de nosotros, lucharon por la proclamación de la verdad de Dios, y con dicha «vuelta al corazón», podamos pensar la iglesia del presente. 

En Cristo, Luis Pino Moyano. 

 

Compilación de posts en el blog.

¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Espiritualidad presbiteriana. Conceptualización y aterrizaje práctico.

[Introducción + Estudio inductivo] ¿Qué son los 5 puntos del calvinismo?

Summer Theology: “Presbiterianismo: Identidad e Historia”.

Lo que comenzó un 31 de octubre y no debiese terminar.

La Reforma Protestante desde hoy.

Sólo a Dios la gloria.

Calvino y la Reforma necesaria.

Mirando el pentecostalismo chileno a 500 años de la Reforma Protestante.

Del “Síndrome Martín Lutero” y la “Inquisición Calvinista”.

 

Compilación de vídeos.

Lista de reproducción con vídeos de distintas instancias en las que he participado hablando sobre la Reforma Protestante. 

Ciclo de estudios sobre Juan Calvino.

En esta serie de cuatro vídeos hice una presentación de contextualización de la Reforma, un panorama biográfico de Calvino, un análisis de su propuesta teológica y una exposición sobre su pensamiento económico y social.

Predicaciones.

 

Compilación de materiales de clases.

Diaporamas de clases realizadas en el Seminario Teológico Presbiteriano, en el primer semestre de 2018, en la Asignatura de Historia Eclesiástica III. Corresponden a las clases 4 a la 8 de dicha cátedra. 

1. La necesidad de una Reforma. Martín Lutero.

2. Juan Calvino. El teólogo de la Reforma.

3. Otros movimientos de Reforma.

4. La Reforma Católica.

5. La confesionalidad protestante.

La cifra exacta.

Primero fueron las respuestas dubitativas ante el periodista Tomás Mosciatti. Luego el tema de las 1.000 UF y después los 400 mil millones de dólares. Cifras erróneas en medio de entrevistas y debates y que hacen sonar las alarmas de quienes claman por datos correctos, por la cifra exacta. No me cabe ninguna duda que el candidato Gabriel Boric y sus asesores económicos en la campaña presidencial tienen más que claro que éste es el punto débil, el que ya fue detectado por quienes de aquí en adelante sentirán la compulsión de pillarlo. Y, por lo tanto, será necesario estudiar más, sea leyendo o recibiendo clases de su equipo económico, de tal manera que ese factor no termine perjudicando su campaña. 

Pero salgamos por un momento de la superficialidad del vídeo recortado y del meme chistoso, para adentrarnos en dos asuntos que, a mi juicio, son relevantes de ser tenidos en cuenta, a saber, la relación de un presidente con los datos y la educación con la memorización. 

Literalmente, un presidente es uno que preside, y si bien es cierto en la nomenclatura tradicional republicana se ocupa como término intercambiable al de “Jefe de Estado”, quien preside es más bien un “primus inter pares”, uno que está primero en un rol, pero que no deja de ser parte de un equipo. Es quien guía los procesos, que demarca principios y prioridades, que construye equipos en quienes delega tareas adecuadas a las especialidades de quienes los conforman. En términos koselleckianos, el campo de experiencias de un gobierno es construido por las personas que trabajan en distintas áreas y, a partir de él, un presidente puede demarcar y guiar el camino hacia un horizonte de expectativas. Un presidente no tiene que saber, necesariamente, todos los datos. Es deseable que esté muy informado, pero su tarea no es la de memorizar datos y cifras, sino presidir a quienes tienen la tarea de descubrirlos, relevarlos y/o aplicarlos. 

Un presidente no tiene que saber todos los datos, porque nadie sabe todos los datos. Hubo un dictador en Chile que decía que ni una hoja se movía en el país sin que él lo supiera y, años después, no dudó en desentenderse de su responsabilidad y conocimiento para culpar a sus subalternos y librarse del castigo a sus graves delitos. Piñera es un presidente que sabe casi todos los datos, a modo de tabla de multiplicar. Una capacidad loable por cierto. Pero no necesariamente la capacidad que requería nuestro país a la hora de presidir de manera posterior a la crisis. Prueba de ello, es que la crisis de la institucionalidad en un régimen presidencialista fue salvada por el parlamento, en el que el candidato que no conoce todas las cifras jugó un rol fundamental, más allá de lo que dicha acción política podía costarle en su propio partido, en su coalición y en una masa que exigía ante todo radicalidad y no la mesura republicana. 

El otro elemento relevante a ser tenido en cuenta y, que hasta ahora no he visto que se plantee a propósito de esta situación, tiene que ver con la relación entre proceso educativo y memorización. Gabriel Boric es el único candidato a la presidencia de Chile que siguió estudiando en el colegio de manera posterior a 1997 (seis años en total, los dos últimos de la Básica y la totalidad de la enseñanza media). ¿Y esto qué tiene que ver? Tiene que ver, toda vez que en 1997 se desarrolló una reforma educacional que, entre otras cosas, dejó de lado la mnemotecnia como recurso fundamental de la educación. Se decía que no había que aprender como loros, memorizando y repitiendo datos y cifras que no se habían aprehendido, asimilado, reflexionado y problematizado. De hecho, sólo como dato de la causa, en mis once años como profesor de Historia y Ciencias Sociales en Educación Secundaria nunca he preguntado en una prueba por una fecha, pues lo que interesa es que un estudiante pueda describir, explicar, reflexionar e interpretar por sobre todo procesos en los cuales son los actores sociales quienes tienen la preponderancia y no la fecha de un acontecimiento. Si recuerdan las fechas es una variable que se añade a lo que importa. 

A su vez, y de manera más reciente, cada vez más, existe conciencia de los diversos tipos de inteligencia que desarrollan las personas. Y es que somos diferentes: algunas personas desarrollan mayormente una inteligencia lingüístico-verbal, otras la interpersonal, otras la corporal-cinestésica, otras la lógico-matemática, otras la naturalista, otras la intrapersonal, otras la visual-espacial, otras la musical. El poseer una inteligencia distinta no te hace ser más o mejor persona, sino simplemente diferente. Igual en dignidad pero diferente en personalidad, y cada persona debe ser valorada por lo que es en ambas dimensiones. ¿Por qué medir entonces a los candidatos y la candidata desde un sólo tipo de inteligencia? 

La sola preocupación por el dato o la cifra memorizada y repetida puede llevarnos a seguir eligiendo, ocupando la cara metáfora de Luis Le-Bert, al tesorero del curso, cuyo conocimiento técnico puede ser reconocido y valorado, pero que no tiene, necesariamente, la única ni última palabra. 

Por ahora, me quedo con las palabras del Astrónomo al Principito: “Si les he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y les he confiado su número es por las personas mayores. Ellas aman las cifras. Cuando les hablas de un nuevo amigo, no te interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás te dicen: ¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefieren? ¿Colecciona mariposas? En cambio, te preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos son? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’. Sólo entonces creen conocerle. Si dices a las personas mayores: ‘He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo…’, no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: ‘He visto una casa de cien mil francos’. Entonces exclaman: ‘¡Qué hermosa es!’. / Si les dices: ‘La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía, y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que existe’, se encogerán de hombros y te tratarán como se trata a un niño. Pero si les dices: ‘El Planeta de donde venía es el asteroide B 612’, entonces quedarán convencidas y te dejarán tranquilo sin preguntarte más. Son así. Y no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con los mayores”*.

Luis Pino Moyano

* Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. Santiago, Pehuén Editores, 2001, p. 9. 

¿Puede haber una teología de la incertidumbre? Reflexiones que abre el libro de Juan Pablo Espinosa.

Publicado originalmente en Cristianisme i Justícia (Barcelona).

¿Qué hace un evangélico presentando un libro de un católico? Puede que quienes están viendo esta presentación y suscriban la fe católico-romana no crean necesaria esta pregunta, y que ni siquiera se les haya pasado por la mente realizarla. Y si bien es cierto, a primera vista, parecería una forma bastante polémica de “abrir los fuegos”, para seguir con el tono bélico, no es mi intención abrir una imprecación contra el libro de Juan Pablo Espinosa. Al contrario. Quiero invitar a los interesados en el arte de leer y que suscriben la fe evangélica a que sometan a prueba sus prejuicios, que eliminen las caricaturizaciones y el prurito anticatólico que caracteriza a parte importante de nuestra vertiente en América Latina y, más específicamente, en Chile. Y sé que algunos, cuya buena fe no niego, podrán sostener que la lejanía tiene sus justificaciones, pues antes de ser considerados “hermanos separados” fuimos los “despatriados del cielo i de la tierra” [sic], la carencia de diálogo, la cerrazón a la posibilidad de aprender y, digámoslo sin ambages, la ausencia de amor en la verdad y la verdad en amor es lo menos evangélico que puede existir en la faz de esta tierra. Además, un paso fundamental en la construcción del relato de la ipseidad, ese discurso sobre lo propio y/o sobre uno mismo, es incompleto si no se entiende la otredad, si no se estudia con seriedad y rigor intelectual aquello que nos diferencia. Y en dicho camino, es muy probable que nos sorprendamos al vislumbrar que aquello que nos une es menos que lo que nos separa[1]. Y aún más, se puede llegar a construir la amistad, aquella que entiende que el escribir es otra manera de conversar desde la experiencia, por supuesto, en una mesa en la que no faltan los tés con menta de Juan Pablo o mis cafés negros.

Otra razón para evidenciar mi lugar de habla está en que la producción teológica evangélica, sobre todo aquella que tiene más cabida en el mercado editorial, esa de tinte sistemático más que bíblico, gusta y goza de tener todo claramente especificado, enmarcado y hasta cerrado. Allí, entonces, sólo hay lugar para la certeza impertérrita que se aterriza a la práctica en un habla que lo llena todo, en la idea que la duda es una terrible enemiga de la fe, en una santidad estilo “modelo terminado” en el cual la flaqueza, el dolor, la depresión y el fracaso no tienen cabida, so pena de convertirse en un paria. Sí, muy a pesar de cantar himnos como “Sublime gracia”. Entonces, una “teología de la incertidumbre” como la que propone Espinosa viene a llenar un vacío para quienes somos evangélicos, generando no sólo un desafío, sino el pavimento para un camino necesario en tiempos aciagos como los que nos toca vivir. Llegará el momento en que el Covid-19 sea controlado, como otras pandemias lo fueron en la historia, pero los efectos emocionales del encierro y el distanciamiento físico y humano dejarán una huella que prevalecerá quizá hasta cuándo. Ahí la propuesta teológica del autor seguirá viva y bullente. Hagámonos la pregunta con Juan Pablo Espinosa: “Incluso podríamos preguntarnos: ¿siempre debe existir una respuesta certera o el ‘no-sé’ tiene una validez teológica y humana?”[2]. No siempre hay respuestas inmediatas. Hay también silencio y asombro frente a un Dios que revela y calla en el misterio (véase Deuteronomio 29:29). ¡¿Cómo podremos ser sorprendidos por un Dios que hace cosas que superan nuestra imaginación si Él cabe en nuestra cabeza?!

Entre las figuras que Espinosa ocupa, en su referencia constante a la Biblia, una de las más caras para referir el momento vital que nos toca, es la del desierto como símbolo del camino a la tierra prometida en el que no está ausente la crisis. Y la crisis no es el momento de la caída, sino aquella etapa en la que no sabemos si retrocederemos, o nos iremos de bruces, o viendo una pequeña luz avanzaremos y encontraremos el punto al que debíamos llegar. Ese discurso no tiene mucha cabida en el mundo evangélico, en el que el éxito y la prosperidad son el pan latigudo de cada día. Pero como bien dice Juan Pablo, “El pueblo debe aprender a comprender que la mística del desierto está expuesta al fracaso de los proyectos”[3]. La invitación preclara es a no acomodarnos al discurso exitista. La historia de la iglesia a veces es mucho más difícil de lo que podríamos anhelar.

Pero, así como la duda puede ser un aliciente de la fe, la incertidumbre, muy a contrapelo de lo que podríamos imaginar, puede hacer brotar la esperanza, como las suculentas de Juan Pablo o como el limonero de mi casa que este año dio sus primeros frutos. Porque el fracaso no implica, necesariamente, la derrota. Por ello, Espinosa, siguiendo a Byung-Chul Han, nos propone: “una teología primaveral: un abrazo amoroso a la sutileza, al cuidado, a la vida”[4]. En síntesis, una teología contextual y contemporánea, por y para el presente, una teología gozosa, que anhela al Amado, que no rehúye el eros, lo que interesantemente tiene su correlato evangélico con la propuesta de aquello que el pastor bautista John Piper ha denominado provocativamente el “hedonismo cristiano”[5]. O, sin ir más lejos, aquello que la definición catequética de Westminster, uno de los emblemas doctrinales del presbiterianismo, señala como nuestro fin principal, a saber, “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”.

Y en ese encuentro con el Dios de la vida es que también nos encontramos con el otro, con nuestro prójimo, y con ellos también podemos notar nuestra relación con la casa común. En medio de la adversidad, y con el signo de la esperanza, el ensimismamiento no es opción. La teología de la incertidumbre es una que invita a la hospitalidad, a la indignación y al amar hasta la muerte. Al dar que duele, en palabras de Alberto Hurtado. “La teología de la hospitalidad, del buen vivir comienza con el mismo Dios-Yahvé”[6], nos dice Juan Pablo Espinosa. Antes, él había planteado que: “La comunidad de Jesús debe aprender de este dolor visceral de Jesús, de su ‘santa rabia’, de su conmoverse ante el dolor del otro y aprender que el camino del seguimiento del Maestro pasa por el reconocimiento y la donación a los otros. Una Iglesia centrada en sí misma no es Iglesia de Jesús. Una Iglesia que se descentra es la seguidora del Jesús de la conmoción visceral”[7]. El encuentro con el Maestro de Galilea que recorre ciudades y aldeas, no sólo predicando y enseñando, sino también “sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Mateo 9:35-38), nos muestra con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista en el cielo y la tierra nuevos con la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por San Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto, la iglesia le debe servir y amar en todo.

Mientras tenía frente a mí el libro de Juan Pablo, en todo el ejercicio lector, resonaba en mi mente y corazón las palabras del Salmo 126, especialmente su segunda estrofa, aquella que pone atención en la experiencia vital de quienes están en el desierto. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (vv. 5, 6), dice el salmista. La imagen es fuerte. Es la de campesinos en tiempos de crisis que usan su grano precioso para la siembra y no para la comida. Las mismas semillas que pudieran alimentar a niños hambrientos se siembran con la esperanza de una cosecha meses después. Para él, es como si les quitara la comida de la boca. Tira la semilla en un terreno desértico esperando que los arroyos del Néguev lleguen después de la ansiada lluvia. Esto es un gran riesgo. Por eso es que siembra con lágrimas en sus ojos. Pero en la historia que muestra la ley de la siembra y la cosecha, que canta con esperanza acerca de la fidelidad de Dios, vale tomar el riesgo. Y ocupo intencionalmente la palabra riesgo, porque en su raíz etimológica árabe, literalmente significa: “lo que depara la providencia”. En la incertidumbre nos arriesgamos porque no olvidamos, como bien señala de manera poética el autor del libro: “Somos tejidos / Amados / Perdonados / Salvados / Paridos /En, por y para la pertenencia y la presencia”[8].

Enhorabuena recibimos el libro de Juan Pablo, con su propuesta teológica que no teme dialogar con la filosofía y las ciencias sociales, declamar y cantar lo poético, y que a católicos como él y evangélicos como yo nos ayudará en la caminata con el gozo y la esperanza que sólo proviene de aquél que murió en la cruz.

Luis Pino Moyano. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública.

[1] En el largo tránsito para llegar a esa noción, reconozco el tremendo aporte de la siguiente obra: Joaquín García-Huidobro y Manfred Svensson. Cartas entre un idólatra y un hereje. Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2017.

[2] Juan Pablo Espinosa. Pequeña teología de la incertidumbre. Ensayos, entrecruces y propuestas. París y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021, p. 19.

[3] Ibídem, p. 80.

[4] Ibídem, p. 75.

[5] Véase: John Piper. Sed de Dios. Meditaciones de un cristiano hedonista. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2011.

[6] Espinosa. Op. Cit., p. 70.

[7] Ibídem, p. 40.

[8] Ibídem, pp. 143, 144.