A treinta años del triunfo del NO. Recuerdos dispersos.

No quería que pasara el día sin escribir algo sobre este acontecimiento histórico, junto a momentos aledaños a él, y que tiene tintes de celebración y conmemoración, dependiendo de lo que se recuerde. Este post no tiene la finalidad de plantear reflexiones histórico políticas (para eso puede leerse, haciendo clic aquí, la columna de opinión que escribí en 2013 para “El Quinto Poder”), sino más bien, presentar algunos recuerdos dispersos asociados al 5 de octubre de 1988. ¿Por qué un post memorial de alguien que a esa fecha era un cabro chico? Por varias razones: a) porque la dictadura cívico-militar presidida por Augusto Pinochet no sólo tiene que ver con septiembre de 1973, sino con un proceso que dura hasta marzo de 1990, y cuyas consecuencias se reflejan hasta hoy en aspectos muy relevantes de esta sociedad; b) porque tenía seis años, y desde muy chico cultivé un gusto por la historia, fomentado por mi familia, la que también me sensibilizó a temas de nuestra historia reciente; y, c) porque quiero dejar un registro de mis vivencias para la posteridad, para que mi hijo e hija lo puedan leer, recuperando uno de los aspectos originarios de los blogs, el de una bitácora que emerge en el viaje de la vida. 

Mediados de 1988, no recuerdo el día, pero con toda seguridad era un sábado. Fue una de las pocas veces que acompañé a mis viejos al supermercado, uno que quedaba en el paradero 18 de Gran Avenida. Habíamos hecho las compras. Para irme a la segura, le pedí a mi papá $100, me los dio sin “peros”, y me fui corriendo cerca, a un kiosco. Muy probablemente mi viejo pensó que me compraría un sobre de láminas de los dibujos animados del momento (creo que de los Silver Hawks). Pero no. Llegué corriendo con una banderita en mi mano, que tenía el logo del NO, de esas que se pegan en los parabrisas de los autos, haciéndola flamear y cantando “Chile, la alegría ya viene” [ver anexo 1]. La cara de susto que tuvieron mis viejos no la olvidaré nunca. Me pidieron que me quedara callado. El miedo a lo político era algo que ellos respiraban. Así y todo, un día mi viejo me llevó a una concentración del NO y me cargó en los hombros, todo hasta que un “zorrillo” apareció arrojando sus gases. 

De las cosas entretenidas de la vida, y con mi hermano mayor, Sergio. Afuera de mi casa había un poste de luz, y pusieron un póster de Pinochet. Él se subió al poste y lo sacó. Lo metimos a una pieza y con plumones le pintamos los dientes, le hicimos unos “tajos”, le hicimos lentes y le cambiamos el nombre a “Perrochet”. Luego, él volvió a colocarlo en el poste. No sé si él alguna vez pensó las consecuencias que podría haber tenido por ello. Aunque tal vez, por estar en una población como la Angelmó en San Bernardo, le haya generado cierta protección, pues la mayoría de nuestros vecinos era opositor al dictador. Otro recuerdo con él, es de cuando llegó con un cancionero de los “Sol y Lluvia”. “Para que nunca más en Chile”, fue la canción que me aprendí y, claro, la canté en varios viajes en micro a Santiago, sentado con mi Mamita Chela, mi abuela materna. 

Ya que mencioné a mi Mamita Chela, yo estaba con ella el día lunes 25 de abril de 1988. En esa casa, el trasnoche era cotidiano, las conversaciones eran largas y entretenidas, y por supuesto la tele estaba prendida. Ese día, en medio del programa “De cara al país”, conducido por Raquel Correa, una de las pocas cosas del 13 que se veían en dicho hogar, estaba invitado Ricardo Lagos, uno de los políticos que mi Tata siempre respetó. En varios momentos se habló que “el compañero” Lagos iba a hablar. Y habló, como todos lo recordamos, con su dedo, desafiando a Pinochet como pocos lo habían hecho tan visiblemente [ver anexo 2]. Mi abuela, que era histriónica, de esas que discutía en la tele, se enderezó en la cama y aplaudió al político. Es imposible no pensar en Lagos mediatizado por ese recuerdo. 

Otra de Lagos. Pasado el plebiscito, junto a mi Tata y a mi Papá, fuimos a una concentración que se hizo en un peladero de Puente Alto, en la intersección de Diagonal Sur con Avenida Central. Hubo discursos de Jaime Estévez, Hortensia Bussi, canciones de Ramón Farías (sí, el actor devenido malamente en cantante, y luego en político). Pero el actor principal de la noche era Ricardo Lagos. Lo traían en un furgón. Me acuerdo porque se bajó justo por dónde estábamos nosotros. Mientras le abrían el paso, me planté frente a él, le estiré la mano y le dije “Hola pos compañero Lagos”. Él se sonrió, y me estiró la mano, y me dijo “hola pos compañero”. Debo decir, que si hubiese cumplido los 18 antes de las elecciones de diciembre de 1999, habría votado por él. Mi concepto político respecto de la Concertación cambió a base de experiencia universitaria y política, de lecturas de historia, y de seguimiento cotidiano de la actualidad nacional, transformándome en crítico de dicha coalición, al nivel de no votar sistemáticamente por ella. Pero debo decir, que mientras escuchaba al ciudadano Lagos esta semana, he pensado que él es uno de los últimos representantes vivos de la política letrada de antaño y, a la vez, es el único de los políticos de élite que está pensando el Chile del futuro de manera muy consistente. Eso, con todo lo que implica su nombre y su gobierno aplaudido más por los empresarios que por el pueblo de a pie. 

Sobre el 5 de octubre, recuerdo a mi mamá yendo a votar temprano en un colegio sanbernardino, y a mi papá yendo por la tarde a un colegio puentealtino. Mi viejo, estuvo en una fila muy larga, casi hasta última hora, esperando emitir su derecho a sufragar. Como ya señalé, mi interés por la política contingente partió de chico. Entonces quería ver los resultados. Resultados falseados por el ministro Cardemil. Resultados que se ocultaron hasta largas horas de la noche. En mi casa nos acostamos todos, se apagaron las luces más temprano que nunca. Y nos costó quedarnos dormidos. Al parecer el susto de que pasara algo no era infundado en ellos. Dormimos. Al otro día nos enteramos que Pinochet había perdido. Como diría “El Fortín Mapocho”, “corrió solo y llegó segundo”. La próxima elección, la de diciembre de 1989, la viví en la casa de mis abuelos. Ahí fue la primera vez que vi a mi Tata en su performance de votación: se levantaba temprano (como siempre), se vestía de terno y corbata, y partía al recinto de votación. Mi Tata era de los que anhelaba ser vocal de mesa (lo había sido en varias elecciones desde las presidenciales de 1958). Fue mi Tata el que me inculcó esa responsabilidad, la de valorar la democracia aunque sea de baja intensidad, participando de todas las instancias posibles para defender nuestros derechos. Fu él, el que me animó cuando fui vocal de mesa, me dijo que era divertido, y no se equivocó. En la noche, cuando se supo el triunfo de Aylwin, gritamos de alegría, aplaudimos, y hasta se destapó un champagne mientras cantábamos el himno nacional. 

Y con eso termino. Estaba en 3º Básico en marzo de 1990, cuando luego de la transmisión del mando (que implicó una de las tareas para la casa más lindas y significativas que recuerde), el ministro de educación, Ricardo Lagos, firmó un decreto que anulaba el canto de la tercera estrofa de nuestro himno, a saber, la de “los valientes soldados”. El primer día lunes después de aquello fue potente: ver profesores y compañeros felices por aquello es un recuerdo inolvidable. Debe ser de los aplausos más grandes que he escuchado y dado, cuando el himno se termina en el “o el asilo contra la opresión” sin cantar la estrofa resignificada durante la larga noche de la dictadura (Eusebio Lillo, militante de la Sociedad de la Igualdad no tenía en mente a una dictadura cuando la escribió).

Estos son mis recuerdos dispersos. Son recuerdos que me hacen encontrar con muchas personas amadas, junto a sujetos y acontecimientos de nuestra historia reciente. Son recuerdos que me invitan a valorar cada vez más la democracia, la historia con su dimensión social, la conversación profunda de política y las tareas en las que muchos coadyuvan para la construcción en la que haya “abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social”. Y eso, para que nadie se espante, lo dijo Cantinflas en la película “Su Excelencia”, a quien también conocimos en el Chile de antaño. 

¡Salud!

Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 5 de octubre de 2018.


 

[Anexo 1] El himno de campaña: “Chile, la alegría ya viene”.

 

[Anexo 2] Ricardo Lagos en “De cara al país” y el testimonio de los participantes.

 

[Bonus Track] La canción “No me gusta, no”, la mejor de la campaña según mi apreciación.

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Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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“Ese mar que tranquilo te baña”. ¿Quién ganó y quién perdió en La Haya?

Los ganadores: El gobierno chileno y el equipo jurídico que contrató. Y, por supuesto, las familias que son dueñas de “nuestro mar”.

Los perdedores: El gobierno boliviano y el equipo jurídico que contrataron, y por supuesto, a modo de deconstrucción, Evo Morales y un eje clave de su proyecto político.

Los grandes perdedores: el pueblo de a pie de ambos países:

  • Los que en Bolivia soñaron con un día bañarse en una playa propia y tener acceso soberano a un territorio que en un momento de la historia les perteneció. 
  • Los que en Chile todavía no entienden que la sangre derramada en la Guerra del Pacífico (léase, “del Salitre”), no tuvo ningún sentido patriotero para Mr. North (que llegó sin “ni una chaucha” a nuestro país), como no lo tiene para quienes depredan nuestras riquezas. Chile no gana nada con esto. Si no lo cree, viaje al Norte en bus y vea los kilómetros de borde costero sin nada ni nadie. Nunca se debe confundir el bienestar de unos pocos con el bienestar de un país.

Puede que ahora estés celebrando como en el triunfo que nos faltó para ir al mundial. Pero sería bueno hacer una revisión de tu nacionalismo, para constatar si en realidad se trata de un real amor a la tierra de tus antepasados y a la gente con la que vives, junto con todo la creación cultural producida a lo largo de nuestra historia; o, si en su defecto, no es más bien un discurso ideológico que te hace creer en una homogeneidad también ideológica y que no se materializa en los rigores cotidianos de la vida. Y en eso, puede que nos parezcamos demasiado a los bolivianos de los cuales muchos se burlan un día como hoy con una feroz carencia de empatía.

Luis Pino Moyano.

Los evangélicos y los derechos humanos en el contexto dictatorial chileno. Reflexiones para el presente.

* La fotografía corresponde al Te Deum Ecuménico del año 1971, y ella muestra, entre otros, al pastor luterano Helmut Frenz, figura clave en la defensa de los derechos humanos en Chile.

Luis Pino Moyano[1].

           En muchos contextos eclesiales sigue siendo considerado algo impropio, que tiene relación con un mundo alejado de Dios. Tanto es así, que el acercamiento a lo político se realiza, regularmente, de manera reactiva y en torno a ejes valóricos, carentes de discusión teórica y con pocos alcances proyectivos de mediano y largo plazo. Entonces, espacios como éste y que se vienen dando en los últimos años, en los que se puede hablar de política con honestidad y sin paranoia, se agradecen.

            Por otro lado, quisiera señalar algunos elementos relacionados con el contexto de enunciación de mi reflexión y su finalidad:

  • Si bien es cierto, se me ha invitado en mi condición de trabajador de la disciplina historiográfica, y más allá de ocupar las herramientas de análisis que provienen de ella y de otras ciencias sociales, mi reflexión no procede centralmente de allí. Lo que estoy haciendo en este momento no es el mero “ejercicio intelectual” al que ciertos sujetos quisieron referir respecto de esta instancia. Hoy día estoy hablando como evangélico, desde mi acervo presbiteriano, por lo que el perfil de esta reflexión es sobre todo eclesiológica.
  • Y es allí donde está la finalidad de mi comunicación: pensar el pasado reciente del amplio y polifónico mundo evangélico chileno en el contexto dictatorial, su relación con dicho régimen y su acercamiento al tema de los derechos humanos, como insumo para la acción del presente de nuestras iglesias y de las distintas organizaciones que emanan del trabajo de cristianos esparcidos por el mundo. Esto lo haremos a partir de ejes teóricos y de acción que esbozaré a continuación.

            La relación con el poder político[2].

            Las relaciones con el poder político se desarrollaron desde dos perspectivas: del apoyo al régimen dictatorial y desde su crítica contracultural. Estos acercamientos manifestaron algunos elementos comunes. Uno de ellos es el ejercicio periférico de un grupo minoritario de la sociedad, que aspiraba a una influencia más protagónica en el espacio público. Esto tiene un aspecto muy loable, pues como diría Juan Sepúlveda, “Lo que estas tendencias tuvieron en común es que ambas se sintieron comprometidas, de un modo u otro, con la realidad presente y futura del país. La imagen de un pueblo evangélico marginado y ajeno a la realidad del país había comenzado a quedar atrás”[3]. A su vez, otro elemento común dice relación con que dichas acciones fueron desarrolladas por cuadros pastorales, en otras palabras, por élites eclesiásticas. Esto requiere ser relevado cuando estamos hablando de relaciones con el poder político, toda vez que micropoderes eclesiales son los que se hacen cargo de la discusión y la acción política.

            En este ítem me referiré solo al grupo político-eclesiástico que se dio en el sector conservador, articulado en el “Consejo de Pastores”. Dicho sector apoyó abiertamente al régimen dictatorial encabezado por Augusto Pinochet. Esto lo hizo, pues ya desde la década de los cincuenta del siglo XX, por influencia norteamericana, sobre todo del sector fundamentalista ligado a la derecha religiosa estadounidense, que le hizo barajar un discurso anticomunista, aparentemente apolítico, que ponía la vista solo en “las cosas del cielo”. Dicho sector resemantizó de manera evangélica el discurso mesiánico de la dictadura. Fue tanta su cercanía que desde ahí data la confusión mediática de hablar de “la” iglesia evangélica, pues esta era aquella que podía participar de instancias públicas. La creación posterior del Centro Evangélico Nacional Coordinador de Actividades, CENCA, trajo reconocimiento oficial, instalación de oficinas, mediación exclusiva y excluyente con el gobierno, y hasta un Servicio de Acción de Gracias para alabar a Dios y lisonjear al “príncipe”. Por si es que lo olvidamos: estamos hablando de la época dictatorial, para que no nos confundamos (cualquier similitud con hechos recientes es más que una coincidencia). Todo esto fue acompañado de financiamiento estatal para el desarrollo de actividades “evangelizadoras” por los famosos ministros Yiye Ávila, Richard Wurmbrand y Jimmy Swaggart, quienes en sus prédicas favorecieron las tareas del régimen de facto.

            Lo que no entendieron estos hermanos, embobados por una dosis de cercanía con el poder nunca antes vista desde el mundo evangélico, es que el realismo político implica altas dosis de asociatividad en redes de verdad, y no en aquellas en las que hay simplemente un tratamiento protocolar. La dictadura militar chilena se vio favorecida por un sector que la legitimó bíblicamente, que vio en su tarea de reconstrucción nacional una obra del mismo Dios, mientras el catolicismo romano institucionalmente refería una crítica sistemática y una lucha sobre todo en el plano judicial, en pos de la defensa de los derechos humanos universales. Este acercamiento a la dictadura, en palabras de Evguenia Fediakova, simbolizó para el mundo evangélico las expectativas de elevar su estatus dentro de la sociedad y obtener el mismo reconocimiento público, político y judicial que tenía la Iglesia Católica[4], de lo cual no se obtuvo resultados consistentes. Como señalaría Mariano Ávila: “La relación del Consejo de Pastores con la dictadura militar tuvo una evolución que fue desde una ‘luna de miel’ placentera y complaciente, hasta una ‘vida marital’ en la que la dictadura fue cada vez más dominante, y a la vez fue abandonando y menospreciando al liderazgo evangélico leal a su proyecto”[5]. La metáfora es decidora. La relación con estos pastores se dio desde el uso útil. Eso, en jerga coloquial política se llama tener “tontos útiles”. Y lamentablemente, muchos líderes evangélicos aún no han aprendido eso, pues siguen con el globo de la inocencia política muy inflado, siendo útiles para tal o cual sector de la política nacional. Ojalá algún día se les reviente. Oremos y trabajemos para ello.

            La finalidad de nuestros actos litúrgicos.

            Ya mencionamos el Servicio de Acción de Gracias, inaugurado en septiembre de 1975[6], que vino a tensionar la acción religiosa en el espacio público, toda vez que desde 1970 el Te Deum realizado en la Catedral de Santiago tenía el carácter de ecuménico. ¿Pero cuál es la finalidad de este servicio? ¿Alabar a Dios con todo nuestro ser y escuchar la predicación fiel de la Escritura; o, en su defecto, realizar una performance religiosa ante autoridades que vienen con sus trajes de gala a nuestra celebración cúltica? O para no ser acusado de maniqueo, ¿un poco de ambas? Aquí me parece pertinente responder con las preguntas planteadas por Juan Stam en uno de sus libros: “¿Qué pensar cuando se invita al general Pinochet, denunciado por muchos organismos internacionales por su comprobada tortura de presos políticos, a participar oficialmente en la dedicación solemne de un gigantesco templo protestante en Chile? ¿Qué pensar cuando líderes protestantes elogian desde el púlpito y por radio a dictadores (porque defienden los intereses religiosos), les presentan una Biblia y un homenaje, sin exhortarles en nombre del Señor por las injusticias que se cometen a diario?”[7]. Ojalá llegue el día en que en esos espacios se exhorte a la práctica de la justicia y el derecho, basados en la Escritura, a quienes son autoridad. Con respeto, obediencia y honor, pero recordando que todo eso es relativo y derivado de y por Dios. Pues si Dios es el Dios de la vida, en contextos de sombra o de muerte nuestras liturgias no pueden adecuarse al estado de cosas. La celebración esperanzada en Dios es de por sí contracultural y subversiva.

            La lectura y proclamación profética de la Palabra de Dios.

            Voy a colocar tres ejemplos, uno individual y dos colectivos. El primero es el caso del pastor Helmut Frenz, quien el 23 de septiembre de 1973, es decir, el segundo domingo del golpe militar se atrevió a señalar en su sermón, ante un auditorio feliz por la intervención militar, lo siguiente con gran fuerza profética: “Tomemos a Jesucristo como modelo y no al socialismo –tampoco al capitalismo- ni a algún sistema de ideologías, sino que sólo y únicamente a Jesús. Él es el Señor y nosotros le obedecemos. Estoy preparado, amigos, a poner en juego mi reputación, porque me vayan a señalar como colaborador de la izquierda porque nuevamente debo abogar por los perseguidos y oprimidos. Pero no se trata de eso. Jesucristo nos exhorta a ser colaboradores de la humanidad. No debemos esquivar esta invitación. Se solicita nuestro testimonio poniéndonos a disposición de aquellos a quienes nadie quiere ayudar. ‘Busquen primero el reino de Dios y su justicia, así recibirán también todo’. Amén”[8]. Frenz tenía muy claro cuál era el objetivo de la lucha que debía darse. Más allá de los errores que puedan reconocerse o achacarse al gobierno de Allende y a su coalición, la Unidad Popular, nada, absolutamente nada, puede justificar los horrores que el régimen dictatorial. Tampoco una lectura exitista y cuestionable en clave económica puede obnubilar nuestra mirada de ellos. Años después el pastor luterano diría: “La expresión ‘violación de los derechos humanos‘ es una formulación eufemística y apaciguante. En realidad se trata de crímenes gravísimos, cometidos en nombre del Estado y con su autorización: detenciones arbitrarias, deportaciones y desaparición de personas, tortura y asesinato por orden del Estado. Quien siendo conocedor de estos crímenes, calla, se hace cómplice[9]. Aquí no estamos, entonces, frente a un simple luchador por los derechos humanos, sino a uno que trabajó contra el terrorismo del estado y todo su aparataje criminal. En dicho contexto él no vio a quienes sufrían los rigores de la dictadura simplemente como “víctimas” sino como “represaliados” por querer concretizar un proyecto histórico.

            Otro ejemplo, es el de la “Carta Abierta” a Pinochet, del 29 de agosto de 1986, el que era considerado por muchos como el “año decisivo” en la lucha contra el régimen. Este documento se trabajó a instancias de la “Confraternidad Cristiana de Iglesias” y tiene un alto perfil bíblico y aterrizado a la realidad concreta de los sectores en los que el mundo evangélico desarrollaba su tarea con mayor fuerza: en las poblaciones de extracción popular. Se acusa esta situación escandalosa, en lenguaje bíblico, que atenta contra la voluntad de Dios, pues se pone en riesgo la vida de personas indefensas e impotentes frente a un régimen que no ha dudado en usar la violencia para sostenerse, con un poder de fuego desigual frente a civiles. Luego de poner en la palestra todo esto, el llamado al gobierno presidido por Pinochet fue el siguiente: “En consecuencia, hacemos un responsable, firme y urgente llamado al Gobierno que Ud. preside, a realizar un acto de desprendimiento y amor por el país, dando curso inmediato a un proceso de transición democrática que el propio pueblo de Chile determine a través de sus variadas organizaciones. / De no escuchar éste y muchos otros llamados, su Gobierno, y en esa medida, las instituciones armadas se están haciendo responsables ante el creciente clima de guerra que tendrá imprevisibles consecuencias para el país, y acreedores del juicio de Dios por la sangre derramada”[10]. Esto es hablar con claridad a un gobierno. Pueden cuestionarse múltiples cosas de quienes desarrollaron la iniciativa, pero, con suma claridad el documento aterriza lo que la Biblia enseña con suma claridad: que la paz siempre es antecedida por la justicia (Isaías 32:17).

            El otro es el antiejemplo: pastores que a nombre de sus congregaciones, y sin ninguna crisis de representatividad, firmaron declaraciones de apoyo a la dictadura, señalando que las violaciones a los Derechos Humanos eran invención del comunismo internacional. El “gobierno militar” y su “pronunciamiento”, para estos sujetos, era una respuesta a las oraciones a Dios[11].Dichos líderes evangélicos no sólo no anunciaron el evangelio, sino que pregonaron la legitimidad de la mano dura militar de manera herética, constantiniana y parcial, como habría señalado el pastor bautista Óscar Pereira. Cuando nos acercamos a esta realidad vergonzosa, esa de arrogarse la voz del pueblo evangélico, como si este pueblo fuese unívoco y homogéneo, además de la corrupción del mensaje profético, nos acercamos a un pasado que, entonces, no está tan pasado y que además pesa. ¡Basta de líderes evangélicos a los que se les debe mirar hacia arriba y con la Biblia cerrada! Como diría Humberto Lagos: “La historia reciente en estos ámbitos nacionales reclama procesos autorreflexivos y de contrición de aquellos que a veces, por ignorancia, desinformación u opciones ideológicas contradichas con los valores cristianos, fueron conniventes ideológicamente con el ‘mal’ -con la mentira- y colaboraron con gobiernos de facto cuyas conductas represivas lesionaron gravemente a miles de personas en su dignidad de creaturas originadas en el Dios de la vida”[12].

            El entendimiento de las relaciones ecuménicas.

            Sin lugar a dudas, una de las oportunidades que abrió el régimen dictatorial fue la de juntarse. Instancias, además de las mencionadas con antelación, tales como la “Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas”, FASIC, y el “Servicio Evangélico para el Desarrollo”, SEPADE, realizaron tareas de suma importancia en pro de la defensa de los derechos humanos, el rescate de la memoria y el pensamiento cristiano. Pero sin lugar a dudas, el Comité de Cooperación para la Paz de Chile (o Comité Pro Paz), sea quizá el más relevante, por lo que significó. Mucho antes de que la Iglesia Católica a nivel institucional desarrollara una crítica al régimen, y a menos de un mes del mismo, el 6 de octubre de 1973, se formó esta instancia que desarrolló la defensa de los acusados en los “Consejos de Guerra”. Vale decir, más que la defensa de los derechos humanos de estos sujetos, se trataba de la defensa de militantes, sin vaciar de sentido a los sujetos, cosa que marcó el énfasis en la persecución ideológica llevada a cabo por la dictadura. Mención honrosa a los pastores Luis Pozo (bautista), Tomás Stevens (Iglesia Metodista), Julio Assad (Iglesia Metodista Pentecostal) y Augusto Fernández (Iglesia Luterana y UNELAM), quienes junto a Helmut Frenz y otros representantes de credos religiosos dieron inicio a esta tarea de sujetos que no “pasaron de largo”, tal y como el samaritano de la parábola (Lucas 10:25-37).

            La iglesia y la Missio Dei.

            El teólogo Samuel Escobar hizo en una ocasión el siguiente planteamiento: “Un sector evangélico, tanto en Chile como en Brasil, ha apoyado abiertamente el autoritarismo conservador. Le ha faltado una comprensión del proceso ideológico del mismo, y en ese sentido no ha sido fiel a la tradición protestante del siglo pasado y comienzos del presente. Es decir, cortejado por el poder no ha tenido valor o recursos para una tarea crítica[13]. ¿Con qué experiencia protestante está comparando Escobar a los evangélicos que apoyaron los regímenes dictatoriales? Queda claro con la oleada misionera de la mitad del siglo XIX, que en pos de una misión combativa predicó y extendió el Reino de Dios, enseñando la Biblia y amando al prójimo de manera concreta: con colegios, orfanatorios, ligas de intemperancia, centros médicos, maternidades. “Un protestantismo que protesta”, como habría dicho el entrañable pastor Juan Wherli. Y si bien es cierto, mi punto no tiene que ver con el restauracionismo del siglo XIX, soy parte de un grupo de evangélicos que anhela que nuestro discurso y acción caminen de la mano de la fe en aquél que dice que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, y no de una fe neoliberal, marcada por el consumo de experiencias y personas, y que incentiva a la preocupación en el peor y más sanguinario de todos los dioses, a saber, uno mismo. No olvidemos nunca que Jesucristo y su mensaje es lo que dota de relevancia a la iglesia. Como diría el Dr. Martin Luther King: “Si la iglesia de Jesucristo ha de recobrar su poder, su mensaje y su sonido de autenticidad, tendrá que conformarse a las demandas del evangelio exclusivamente”[14].

Santiago, 14 de septiembre de 2018.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Tesista del programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com

[2] Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Santiago, Vicaría de la Solidaridad y UNELAM, 1978. Tomo I “Investigación exploratoria” y tomo II “Anexos”.

[3] Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago, Fundación Konrad Adenauer y Comunidad Teológica Evangélica, 2000, pp. 146, 147.

[4] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013, p. 48.

[5] Mariano Ávila. Entre Dios y el César: Líderes evangélicos y política en México (1992-2002). Grand Rapids, Libros Desafío, 2008, p. 118.

[6] Véase el artículo de Alejandro Zapata. “La tentación de los reinados: la institucionalidad evangélica durante la Dictadura Militar”. En: Pensamiento Pentecostal. 4 de septiembre de 2017. http://pensamientopentecostal.wordpress.com/2017/09/04/la-tentacion-de-los-reinados-la-institucionalidad-evangelica-durante-la-dictadura-militar-por-alejandro-zapata/ (Consulta: septiembre de 2018).

[7] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 129.

[8] Helmut Frenz. Mi vida chilena. Solidaridad con los oprimidos. Santiago, LOM Ediciones, 2006, p. 144.

[9] HelmutFrenz. “Porque este era el único camino”. Eugenio Ahumada et al. Chile: la memoria prohibida. Las violaciones a los derechos humanos 1973-1983. Santiago, Pehuén Editores, 1990, pp. XVI, XVII.

[10] La carta abierta fue firmada por Obispo Enrique Chávez, Iglesia Pentecostal de Chile; Dr. Jorge Cárdenas, Moderador Iglesia Evangélica Presbiteriana; Obispo José Flores, Iglesia Comunión de los Hermanos; Pastor Edgardo Toro, Director nacional Iglesia Wesleyana Nacional; Obispo Sinforiano Gutiérrez, Misiones Pentecostales Libres; Pastor Narciso Sepúlveda B., Presidente Misión “Iglesia Pentecostal”; Pastora Juana Albornoz, Misión Apostólica Universal; Obispo Isaías Gutiérrez. Por la Junta Directiva de la Confraternidad Cristiana de Iglesias firmaron: P. Juan Sepúlveda, Presidente; Vicario Pedro Zavala, Secretario; Hno. Óscar Avello, Prosecretario; P.Leonardo Gajardo,Tesorero; P. Dagoberto Ramírez, Vocal.  

[11] Pedro Puentes (editor). Posición Evangélica: un documento que define posiciones. Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. Disponible en el Sitio Web de la Biblioteca del Museo de la Memoria: http://www.bibliotecamuseodelamemoria.cl/gsdl/collect/textosym/index/assoc/HASH01c6/47f77b83.dir/00000680000001000002.pdf (consulta: septiembre de 2018).

[12] Humberto Lagos. “Derechos humanos, fe cristiana y revelación bíblica”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el Reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 97.

[13] Samuel Escobar. “El poder y las ideologías en América Latina”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Grand Rapids y Buenos Aires, Nueva Creación y Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1986, p. 176.

[14] Martin Luther King. Strenght to Love. Londres, Collins, 1974, p. 22 (traducción de René Padilla en “Misión integral”).


 

Documentos Anexos:

Declaración de la Iglesia Evangélica (1974). En Pedro Puentes, Posición Evangélica.

Carta abierta a Augusto Pinochet (1986)

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo I.

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo II.

Pensando en voz alta sobre el suicidio.

Si la noticia de una muerte es por sí misma impactante, con mayor razón lo es la noticia del suicidio. Lo violento y, a veces, imprevisto de un acontecimiento como éste nos sacude, sobre todo, cuando se trata de una persona cercana, con la que podríamos haber empatizado más, puesto que siempre pudo haberse hecho algo más. Debido a las deformaciones intelectuales de la época presente cuando pensamos en la depresión, pensamos en medicamentos o tratamientos con especialistas, en vez de compañía que abraza, escucha y acoge. Vivimos tan ensimismados que el dolor ajeno casi es impercetible, hasta que una foto de un rostro alegre, con una familia bella alrededor, queda trunca y rota por la decisión trágica de alguien que se encamina presuroso por el “valle de sombras y de muerte” en la más completa y triste soledad. 

Una de las razones que más ha complejizado el abordaje del suicidio desde la fe cristiana, tiene que ver con la connotación que se le ha dado, como si se tratara de un pecado imperdonable que te conduce directamente al infierno: “los que se suicidan se van al infierno”, es el mensaje repetido hasta la saciedad. Yo crecí en una comunidad eclesial en la que, con contadas y honrosas excepciones, el suicidio se abordaba desde ese prisma. Esa visión conlleva una serie de tabúes:

El primero de ellos, dice relación con una de las investigaciones que abrió el camino del estudio sociológico en la modernidad. Se trata de la investigación realizada por Emil Durkheim en 1897. Evidentemente, la evidencia actual muy probablemente haya dejado obsoleta dicha investigación, pero algunas cosas tanto de metodología como de información son sumamente importantes de relevar. Por ejemplo, la constatación de este padre de la sociología respecto que en el caso de los países europeos mayoritariamente católicos, las tasas de suicidio eran más bajas que en los países mayoritariamente protestantes, lo que se daba a la inversa en el caso de homicidios. Durkheim plantea que: “Son los cantones protestantes los que cuentan más divorcios; ellos son también los que cuentan más suicidios. Vienen después los cantones mixtos, en los dos puntos de vista, y, solamente luego, los cantones católicos. […] Entre los cantones protestantes alemanes no hay ninguno que tenga tantos divorcios como Schaffouse; Schaffouse está también a la cabeza en los suicidios” [1]. Uno de los factores que Durkheim visibiliza tiene que ver con el individualismo protestante, mediatizado por lo que se dio en llamar con el tiempo “libre examen”, con el cual en palabras del sociólogo, el sujeto va construyendo su camino en la religión. ¿Cuánto influye nuestro concepto del pecado y su gravedad en esto? ¿Cuánto influye una incomprensión de la gracia sobre todo en quienes la predicamos? ¿Cuánto influye el deslumbramiento en la reputación personal perdida al lado de la gloria de Cristo? ¿Cuánto influye las altas expectativas que nosotros, creyentes cristianos, ponemos sobre los hombros de otros sujetos tan santos y pecadores como nosotros? Todas preguntas que ameritan reflexión teológica interdisciplinaria. 

El segundo tabú dice relación con la persecución de cristianos. El cristianismo cada día va construyendo un martirologio más amplio, con cristianos que viven y mueren por su fe en el mundo, a los que elevamos a un pedestal de admiración marcado por relatos hagiográficos que nada dicen de errores, elementos críticos e, inclusive, pecado. ¿Por qué no decimos nada respecto de los creyentes que estando en misión han acometido suicidio para rehuir el peso del terror de quienes le persiguen? ¿Por qué seguimos deshumanizando a creyentes porque lo que importa es el testimonio, por más artificial que éste sea? ¿Hacemos bien en preservar el tabú con el riesgo de que futuros misioneros se encuentren de manera abrupta con este dilema?

Y el tercer tabú es muy sencillo de declarar, más allá de la perplejidad que podamos asumir: creyentes se suicidan. Sí, leyó bien, creyentes, genuinos cristianos, se suicidan. Y, a veces, no porque estén lidiando con el adulterio, con otros tipos de inmoralidad, con desfalcos u otro tipo de corrupción económica, sino simplemente por no saber cómo lidiar con el dolor o la incertidumbre. Conocí, por ejemplo, muy de cerca el caso de una madre anciana, una cristiana de toda la vida, que tomó esta trágica decisión luego de no tener certeza sobre quién se haría cargo de sus hijas que adolecían de discapacidades intelectuales. Él saber qué su muerte estaba cercana y que nadie cuidaría de las hijas que ella con tanto esfuerzo y postergación humana cuidó, la aterrorizó tanto, que un día las tomó de la mano y se recostó con ellas sobre una línea de tren. Una de las hijas se libró de la muerte. Y no saben lo terrible que fue, ante el tabú del suicidio, ver personas que mandaban a esta querida hermana al infierno en medio de susurros de pasillo, sin misericordia, sin conocimiento de la gracia de Dios, de sus propósitos eternos, y por supuesto, sin haber hecho absolutamente nada, deslumbrados ante una noticia y no ante una historia. Sí, tristemente, creyentes se suicidan. 

¿Qué decir respecto del suicidio y de las personas que lo acometen?

a) Puede que algunas personas hayan tenido una opinión engañosa respecto de mi idea sobre el suicidio al leer este post. Pero a esta altura quiero señalar con firmeza y claridad que se trata de pecado, de verdadero pecado. El único dueño de la vida es el Dios que nos creó y que tiene dominio del tiempo y de nuestras historias. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que “Los pecados prohibidos en el sexto mandamiento son, todo acto de quitar la vida a nosotros” (pregunta 136). En ese sentido, la práctica de matar prohibida en la Biblia incluye el suicidio. Ergo, el suicidio es pecado, y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23a). El suicidio, como todo pecado, nos separa de Dios. Además, al igual que otros pecados, tiene o puede tener consecuencias sociales, sobre todo en lo que dice relación con su familia, específicamente, padres y madres, cónyuge e hijos. El dolor se reparte de manera indefectible en dichos casos. 

b) Al igual que con ningún muerto podemos afirmar a cabalidad algo respecto del destino final de las personas. Si el hermano o hermana se pierde, y se va al infierno, no se va a ese lugar sólo por suicidarse, sino por todos sus pecados y por su naturaleza pecaminosa heredada de Adán. Por otro lado, si este hermano o hermana se salva y se va al cielo, no vivirá ahí porque el suicidio no sea pecado, sino porque Cristo murió por Él, así como por todos los elegidos, siendo su sacrificio completamente eficaz para el perdón de los pecados pasados, presentes y futuros, incluido este acto con él cual acabó con su vida. Sintetizando, nadie se salva por no suicidarse, sino por la obra de Cristo en la cruz. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que: “Ningún hombre es capaz, ni por sí mismo, ni por alguna gracia recibida en esta vida, de guardar perfectamente los mandamientos de Dios; sino que diariamente los quebranta en pensamiento, palabra y obra” (pregunta 149). Recalco una idea: este punto no debe entenderse como una apología del suicidio en tanto acción plausible. El suicidio es pecado y debe ser mortificado por nosotros con la ayuda del Espíritu Santo. Explicar nunca significa per se legitimar. 

c) En un perfil más pastoral si se quiere (¡aunque el punto anterior también lo fue!), creo que somos muy rápidos para juzgar el suicidio, así como todos los pecados visibles de las personas, sin empatizar y mirar desde el evangelio cada caso. Insisto, es un pecado. ¿Pero estoy yo en la mente y en el corazón desesperado de una persona? ¿Estoy consciente del terrible suplicio interno que alguien vive al nivel de pensar en el suicidio? La desesperación terrible que lleva alguien al suicidio no es de un momento, sino de días y meses, donde se lucha por dar ese paso. ¿Acaso eso no es también responsabilidad de la comunidad que hizo pensar a la persona que estaba totalmente solo, sin que pudiera catalizar su sufrimiento? La salud mental es algo tan problemático que meterse a juzgar las motivaciones de alguien que sufre una enfermedad de ese tipo es más que complejo, es inoportuno. Bíblicamente, el ser humano es una unidad psicosomática [2], por lo que debe ser entendido desde esa integralidad y no sólo por la preocupación del componente espiritual. En ese sentido, comparto lo señalado por el pastor y teólogo R. C. Sproul, cuando señaló que: “El punto es que las personas se suicidan por razones muy diversas. Solo Dios conoce a cabalidad la complejidad del proceso de pensamiento de una persona [en] el momento de suicidarse. Por lo tanto, solo Dios puede hacer un juicio justo y preciso a cualquier persona. A fin de cuentas, la salvación de un individuo depende de si ha sido unido a Cristo por la sola fe. Sigue siendo cierto que los cristianos genuinos pueden sucumbir a una marejada de depresión. / Si bien debemos intentar disuadir a las personas de suicidarse, dejamos a quienes lo han hecho a la misericordia de Dios” [3]. Hago mías estas palabras. 

Todo esto implica, por parte de la iglesia orgánica (tú, yo, nosotros) e institucional, una preocupación más amplia por entender los dilemas existenciales a la que nos llevan los traumas y otras experiencias dolorosas [4]. Pero esto, no sólo implica una preocupación intelectual, necesaria pero insuficiente en sí misma, sino una que vaya acompañada del acto emocional y hasta físico de hacernos parte, de involucrarnos en la vida de los otros, de pasar del discurso de la comunidad a la vida en comunidad. ¡Qué no hayan personas solas en nuestra iglesia! Ni solos que piensan en el suicidio, ni personas solas que están viviendo el duelo de alguien que precipitadamente decidió acabar con sus días. Y, por supuesto, lo que hay que hacer, definitivamente, es descansar en Cristo, en su gracia anhelando que nuestro hermano ha sido salvo, con la seguridad de que un día Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos. 

Evidentemente, no pretendo con este post tener una palabra final sobre este tema. Ni por extensión ni profundidad es ese el objetivo. Por cierto, sin dudas, esto puede abrir diálogos y debates. Pero tampoco es mi objetivo. Mi punto es doble: me interesa asentar una posición que creo es bíblica y teológicamente consistente con la fe cristiana; y, por otro lado, alzar la mano para decirte que estoy disponible, dentro de mis posibilidades, para escucharte y acompañarte en una circunstancia tan compleja. Sobre todo, cuando la empatía de alguien que sintió este impulso trágico y pecaminoso en momentos de la vida no cuesta tanto. Y sobre todo, porque conozco todo lo que sirve no dejar revolotear “los pájaros en la cabeza” en soledad ensimismada. 

Se puede caminar y sobrevivir, sólo por el amor y la gracia de Cristo que se hace patente en múltiples gestos simples y cotidianos. Y, gloria a Dios por eso. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

Notas bibliográficas. 

[1] Emil Durkheim. El suicidio. Estudio de sociología. Libro primero “Los factores extrasociales”. En: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/2012/LYM/los_FESociales.pdf (revisada en agosto de 2018). 

[2] Véase el tratamiento del ser humano como un ser integral, una “unidad psicosomática” en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 263-291.

[3] R. C. Sproul. Sorprendido por el sufrimiento. El papel del dolor y la muerte en la vida cristiana. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2017, p. 149. 

[4] Sobre el problema del dolor, véase: C. S. Lewis. El problema del dolor. Miami, Editorial Caribe, 1977. Otro breve acercamiento en: Josep Araguàs et al. Jesús ante los problemas emocionales. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2009.

Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.

De museos, montajes y reacciones políticas.

Venimos varios días reflexionando y discutiendo sobre la pertinencia e, inclusive, la calidad del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Esto, por las declaraciones del volátil exministro de las culturas y las artes Mauricio Rojas en su “Diálogo de conversos” con el actual ministro de relaciones exteriores Roberto Ampuero. Rojas señaló que el museo es “un montaje cuyo propósito, que sin duda logra, es impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar”, relevando también un “uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional que a tantos nos tocó tan dura y directamente” (declaraciones del año 2015). Partamos discutiendo este asunto del museo como artefacto cultural. Puede que hoy, ante la manifestación de miles de conciudadanos decir que el Museo de la Memoria es un montaje sea, por lo bajo, una declaración políticamente incorrecta o impropia. Pero en realidad, si despejamos un poco la referencia sólo a aquél museo, y nos referimos a todos los museos, debemos decir sin ningún dejo de dudas que todos son un montaje. Son un montaje porque hay un relato que dota de coherencia al objeto material a observar, porque hay un ejercicio de curatoria, porque el objeto está siendo exhibido en un lugar que, o ha sido restaurado (es decir, intervenido), o derechamente, en otro lugar, con claros criterios de exhibición: qué se expone en el museo, qué no se expone, qué se resguarda en otros archivos para el acceso sólo de investigadores. 

De hecho, una de las actuales salidas a la discusión propuesta por el gobierno, aquella de crear un “Museo de la Democracia” será, sin lugar a dudas un montaje. Y para tirar la piedra un poco más allá, hace mucho tiempo existe una crítica de izquierdas al museo toda vez que deja poco espacio al relato de la militancia, fortaleciendo el testimonio de la víctima. En ese sentido, el quiebre de la democracia habría derivado sobre todo en la violación sistemática de los derechos fundamentales, dejando en un segundo plano, la memoria de los militantes que proyectaban un país distinto, cuyo horizonte era el socialismo como alternativa de construcción de la realidad social. Es tan fuerte eso, que el recorrido permanente del museo comienza con el golpe y termina con Patricio Aylwin haciendo su discurso en el Estadio Nacional llamando a la reconstrucción de un Chile de todos, democrático y reconciliado. Dicho de otro modo, es el relato de la memoria de la Concertación, y que es coherente con dicho proyecto que hoy, a todas luces, ha derivado en una democracia de baja intensidad. El dolor, la tortura y el exterminio, estéticamente está en intersticios laberínticos que son subsumidos por la ruta global. El dolor va por dentro de la democracia en la medida de lo posible, sería la lógica museística. 

Entonces, el gran problema de la declaración del exministro Rojas tiene que ver con la memoria, su uso y las “batallas” que puede generar a la hora de nominar el pasado-presente. Esto por varias razones. La primera de ellas, tiene que ver con el concepto de memoria pensado como sinónimo de historia, cuando son dos cosas distintas. De hecho, la memoria podría llegar a ser una de las tantas fuentes de la historia, pero esta tiene su teoría y metodología para el acercamiento investigador, revisando y comparando múltiples fuentes a partir de preguntas de investigación, y si bien es cierto, en el relato historiográfico no existe neutralidad, la subjetividad está mediada por dicho abordaje científico y por un “pacto de verdad” (al decir de Paul Ricoeur) que quienes trabajamos en la disciplina historiográfica hemos asumido. Una cosa muy distinta es decir que existen múltiples interpretaciones de un hecho, y otra muy diferente tiene que ver con la negación de la factualidad, del hecho y de los actores que participaron. En cambio, la memoria, tiene que ver con el acto de recordación de la experiencia, recuerdo que siempre es hecho en función del presente. En ese sentido, a diferencia de lo dicho por el canciller Ampuero, la memoria no puede ser adjetivada como buena o mala, puesto que ésta dice, enfatiza y calla (lo que algunas veces se llama olvido). La memoria dice siempre más del presente de un sujeto que del pasado, y nadie requiere que un sujeto pruebe sus dichos con imaginarias notas al pie de página, puesto que el “yo lo viví” es argumento de autoridad (si no me creen, vayan a los seminarios de historias del tiempo presente, y vean como algunos testigos discuten con historiadores por la articulación del relato).

Al respecto dicen Oberti y Pittaluga: “La memoria establece lazos con el pasado, con diversos pasados, pero también con el futuro. Las experiencias pasadas –lo que de ellas se recuerda, tanto como lo que se olvida, lo que se expresa y comunica y también lo que se silencia- están inescindiblemente unidas con los horizontes de expectativas posibles” (Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga, Memorias en montaje. Escrituras de militancia y pensamientos sobre la historia). Los autores al seguir a Koselleck nos permiten comprender la densidad del tiempo histórico, la relevancia de la experiencia que se trama en la relación social. Los actos humanos son llenados de sentido por medio de conceptos (¿montaje?), los que son históricos, teniendo un campo de experiencia al receptar y representar la realidad y un horizonte de expectativa, mostrando la dimensión constructivista de la política. Por todo esto, la memoria siempre es un campo en disputa que desde el ejercicio historiográfico reporta desafíos tremendos en pos de un análisis crítico.

Por otro lado, aparece el tema del contexto en el ejercicio de la memoria. Y sí, siempre es importante contextualizar. Y desde todos los planos al Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos se le puede criticar eso: ¡estamos frente a un ejercicio político y no frente a un lugar sagrado! Pero, en ningún caso reconocer que Salvador Allende y su conglomerado político, a saber la Unidad Popular, cometieron errores, fracasaron en su proyecto y fueron derrotados en la conjunción de lo político y lo militar, a utilizar ese contexto como causa del golpe militar y de la acción represiva de la dictadura y sus agentes. ¡¿Acaso puede existir una justificación contextual para que militares de un país persigan, exterminen, torturen y desaparezcan a conciudadanos sólo por un proyecto refundacional y en beneficio de una minoría del país?!  ¡¿Acaso puede existir algo que justifique el arrojamiento al mar de militantes de izquierdas, y que a eso, aún más, se le llamara “retiro de televisores”?! ¡¿Acaso puede existir contexto que justifique la existencia de un centro de tortura que fue llamado por los esbirros de la dictadura como “la venda sexy”, en el que agentes y perros (cuyos nombres eran los de dirigentes de partidos de izquierda) violaran a mujeres, y que en él y otros centros de tortura se les introdujese ratones en sus vaginas, o que se les llevara a abortar o a la desaparición de sus hijos?! ¡Uf! Y no sigo más porque se me aprieta el estómago de indignación y pena al pensar en actos tan aberrantes, y en cómo personas, sin una gota de empatía o misericordia no logren adherir al dolor de un otro tan humano como uno mismo. El uso del contexto es un montaje, pero un  montaje horriblemente doloso, toda vez que deriva en el ocultamiento de los propósitos de la dictadura y de los criminales que participaron en ella. Y ahí, claramente, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos cumple su propósito como lugar que ayuda a la conciencia del terror, el abuso sistemático del poder, y por supuesto, la dignidad de los seres humanos como presupuesto para convivir en sociedad. 

No puedo dejar de señalar que un montaje no tiene que ver, necesariamente, con un uso “desvergonzado y mentiroso”. Eso puede y debe juzgarse con conocimiento y rigurosidad antes de ser declarado. La pregunta es: ¿qué cosa del Museo de la Memoria es desvergonzada y mentirosa? Yo he ido, como observador y como profesor a dicho espacio, y más allá de los aspectos críticos antes señalados no he visto nada de esa índole. Por lo demás, ese mote descalificativo del exministro Rojas va acompañado del tratamiento peyorativo de los observadores de la muestra del museo: ¿por qué Rojas nos cree tan estúpidos y susceptibles? Sí yo estuve al borde de las lágrimas al ver el dolor de niños reclamando justicia en cartas no contestadas por las autoridades del régimen dictatorial, por sus dibujos y por sus declaraciones en Teleanálisis, como también no he dejado de emocionarme al ir a leer, en todas las ocasiones que he ido a dicho museo, la carta de Rafael Vergara Toledo, uno de los “jóvenes combatientes”, en la que cierra diciendo: “El Señor está vivo en el hombre y nunca lo podrán matar. La vida es nuestra. Qué sentido tiene la vida de un hombre si no es morir para vivir y dar vida, dar realmente vida. El Señor está con nosotros”. Sí, estuve a punto de llorar de emoción, pero ante documentos puestos en la palestra. Y no señor exministro, nunca perdí mi capacidad de pensar.

Todo esto ha suscitado múltiples reacciones:

a) La renuncia del exministro Rojas, por la mala mezcla entre incontinencia verbal y corrección política, toda vez que el sujeto habría vivido un proceso de conversión. En ningún caso estoy negando dicha posibilidad, pues todos podemos comenzar de nuevo. El problema está en que sólo acusó un cambio de opinión, pero no explicitó que elementos modificó. Y, a su vez, esto va acompañado del artificioso montaje memorial de su paso por el MIR, cuestión inversosímil e incomprobable, pero instalada para dar fuerza a un relato de paso del error juvenil a la claridad liberal. 

b) Las explicaciones del presidente Piñera quien dijo no estar de acuerdo respecto de lo dicho del Museo de la Memoria por su exministro de aproximadamente cuatro días, pero que a la vez instaló en un ejercicio revisionista de la historia de nuestro pasado reciente, la reedición de la teoría de los “dos demonios”, puesto que el gobierno de Allende habría deteriorado la democracia y el estado de derecho en el país. Si eso es así, ¿por qué aceptó la renuncia de Rojas? ¿Es la constatación del maquiavelismo del presidente que vive como eterno candidato, buscando la aprobación y aceptación de la ciudadanía? Súmese su análisis respecto de Salvador Allende y su supuesto escaso compromiso con la democracia (un sujeto que fue elegido dos veces como presidente del Senado cuando su coalición no era mayoría, que participó de cuatro procesos eleccionarios a la presidencia, y que fue el primer marxista en llegar al gobierno por la vía democrática) y la propuesta del “Museo de la Democracia”. ¿Qué se montará en él? ¿El contexto que justifica la acción de militares y civiles entre 1973-1990? ¿La falaz idea de la violencia política siendo introducida en Chile en la década de los sesenta por las izquierdas, obnubilando la mirada respecto de guerras civiles, golpes de estado, masacres obreras y milicias de civiles a comienzos de la década del veinte, de distinta raigambre política? ¿O, más globalmente, aquello que la historiadora María Angélica Illanes llamó “el mito de la diferencia” respecto de Chile, lo que nos hace creer en nuestra excepcionalidad democrática en el concierto latinoamericano?

c) Quizás, las más interesantes reacciones hayan provenido de dos jóvenes diputados, que representan tanto a la derecha como a la izquierda, lo que para algunos ha sido pensado como algo inesperado o como fomento del argumento del enemigo. Jaime Bellolio, diputado UDI, expresó a Fernando Paulsen en el programa “Última Mirada” lo siguiente: “lo que está narrado es a preservar la memoria de a quienes se les violaron sus derechos humanos y que eso no es nunca justificable moralmente. Y entiendo la disputa de algunos que se dedican a los museos. Pero si tú pones un contexto y luego las violaciones a los DDHH, estás tratando de decir que podría haber una justificación moral, que en el caso de las violaciones a los derechos humanos son simplemente inaceptables”. Por su parte, Gabriel Boric, diputado del Movimiento Autonomista, declaró: “tal como condenamos la violación de los derechos humanos en Chile durante la dictadura, los golpes ‘blancos’ en Brasil, Honduras y Paraguay, la ocupación israelí sobre Palestina, o el intervencionismo de Estados Unidos, debemos desde la izquierda con la misma fuerza condenar la permanente restricción de libertades en Cuba, la represión del gobierno de Ortega en Nicaragua, la dictadura en China y el debilitamiento de las condiciones básicas de la democracia en Venezuela”. Sin lugar a dudas, ambas declaraciones son un leve destello de lo que antaño se llamaba “amistad cívica” que era fruto, de lo que Moulian denominó “la política letrada”. El mínimo ético de los derechos humanos no puede ser soslayado por nadie ni sólo aplicado como vara de legitimación para algunos casos y no para otros, según convenga, en un análisis a la medida de un determinado acervo ideológico. Bellolio y Boric engrandecen con su lectura a la política al encaminarse por la vereda de la empatía y de un ejercicio político que no se disocia de la ética. 

Todo esto reclama con fuerza un más exhaustivo ejercicio de historización de nuestros procesos sociales en el pasado, el levantamiento reconstructivo de memorias y su problematización crítica, y por supuesto, el desarrollo de una política de memoria del país que impida las loas y actos de legitimación pública ya sea de la dictadura, de las violaciones a los derechos humanos y de los criminales que las llevaron a cabo. Porque esto no tiene que ver con la venganza, sino con la justicia y la verdad que son el sustento de la paz. 

Bueno, por lo menos, por fin estamos discutiendo de política…

Luis Pino Moyano. 

Fuentes utilizadas, bibliográfica y de prensa (en ese orden). 

Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga. Memorias en montaje. Escrituras de militancia y pensamientos sobre la historia. Buenos Aires, Ediciones El Cielo por Asalto, 2006, p. 17. Para constatar un debate crítico respecto de la memoria, en este caso de la dictadura cívico-militar argentina, recomiendo la lectura de: María Inés Mudrovcic (editora). Pasados en conflicto. Representación, mito y memoria. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2009.

La cita de Rojas, fue tomada del sitio web de Teletrece; la de Bellolio fue tomada del sitio web de El Dínamo; y la de Boric fue tomada, también, del sitio de Teletrece. Todas esas direcciones web fueron revisadas en agosto de 2018.


 

Le invito a leer los otros siguientes artículos escritos sobre el tema de la memoria en este blog:

40 años. Buscando respuestas en el evangelio.

Terminar con las (políticas de) memorias en la medida de lo posible. A propósito de las entrevistas a Carmen Gloria Quintana.

La muerte de Manuel Contreras y una lectura bíblica en voz alta.

Agosto y la vejez.

“Hay que pasar agosto”, es una típica expresión chilena. Hasta hace poco, este mes era uno de los más helados y lluviosos del país, lo que traía consigo resfríos y otras enfermedades. Pero, a pesar del cambio climático, la expresión se sigue repitiendo, sobre todo en relación a aquellos que tienen más edad. Quisiera aprovechar esta circunstancia para pensar en voz alta sobre la vejez a la luz de la Biblia.

La Biblia dice cosas como estas con respecto a la vejez: “Ponte de pie en presencia de los mayores. Respeta a los ancianos. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor” (Levítico 19:32); “Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo, yo los sostendré. Yo los hice, y cuidaré de ustedes; los sostendré y los libraré” (Isaías 46:4). Estos textos nos muestran una realidad profunda Dios ama y cuida de manera providente a quienes han llegado a la ancianidad. Y presupone, en la lógica comunitaria, que los creyentes debemos amar a quienes Él ama, y cuidar a quienes Él cuida. En la iglesia, las brechas son disueltas, por lo que el principio de hermandad pesa mucho más que el de la edad. Escucha, comprensión, apoyo deben ser cotidianos. Lo que debe extenderse hacia nuestras relaciones familiares.

Pablo, en su primera carta a Timoteo, en el capítulo 5, invita al cuidado de las viudas, en el caso del desamparo a la iglesia, en los otros casos a la familia (vv. 3 y 4). En el versículo 8 plantea un principio que se extiende a hombres y mujeres: “El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”. Tenemos un deber insoslayable. Y una cosa muy importante para decir: somos instrumentos de Dios para la cosecha de los viejos que con esfuerzo nos criaron y ayudaron. Pero si ese no fue el caso, nuestra labor es devolver bien y no mal. Dios es el encargado de dar la cosecha, no nosotros.

Nuestro país se encuentra altamente sensibilizado por estos días con respecto a esta temática, debido a las deficiencias del actual sistema de pensiones (AFP), que hace que el 87,4% de los hombres y el 94,2% de las mujeres reciba mensualmente una pensión menor o igual a $156.312 (datos de la Fundación Sol, junio de 2016). Se requiere, por tanto, una mejor repartición de los recursos, que permita una vejez digna. Como creyentes tenemos varias tareas: a) decir la verdad en amor, denunciando la injusticia; b) orar por nuestros ancianos para que sus pensiones sean generosamente justas y por las autoridades para que tomen buenas decisiones; y c) actuar en ayuda de quienes lo necesiten. Recordemos que nuestro prójimo no sólo es el más cercano, sino todo ser humano. Eso nos enseñó Jesús en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37).

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de Refugio de Gracia, agosto de 2016.