Boric vs. Kast y fe evangélica.

Creo firmemente que ningún candidato representa de manera total el proyecto histórico del Reino de Dios. Eso lo vengo diciendo por años. La Biblia no tiene un programa político, pero tiene principios. Ante la no existencia de un candidato que represente el cristianismo de manera integral, los creyentes tienen la tarea de de discernir qué principios priorizarán y estar conscientes de cuáles no. Frente a eso la tarea más pertinente es procurar reconocer tanto la gracia común como la antítesis de las propuestas.

Por todo ello, creo que es una posibilidad que un creyente responsable pueda votar por Boric, Kast o incluso anular si así lo estima, sin estar traicionando su fe en Cristo. Creo que ese sentido de humildad que reconoce el mundo caído en el que vivimos, y que pone su expectativa escatológica final y completa en el Reino consumado de Cristo, es mucho más coherente que la de quienes ven en un candidato la fe cristiana y en otro la suma de todos los males. 

Dicho eso, creo también que un creyente no deja de ser mi hermano porque vota e incluso promueve electoralmente A, B o C. Lo que me hace hermano en la común fe es el Cristo que dio su vida en la cruz por mi. Parafraseando a Hendriksen, cualquier intento por suplementar a Cristo deriva en una suplantación. En idolatría. Y como protestante adhiero a la declaración doctrinal y vital de la Reforma: sólo Cristo.

Luis Pino Moyano.

 


Después de esta brevísima reflexión, sugiero que escuches esta canción de Marcos Vidal:

La Reforma Protestante: compilación de posts, vídeos y materiales de clases.

Sin lugar a dudas, el 31 de octubre es uno de los días que más disfrutamos quienes, profesando la fe cristiana, nos dedicamos a cultivar la disciplina historiográfica. Tanto por el empuje dado por el boom de la teología reformada en tiempos recientes, pero, por sobre todo, con la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante el año 2017, me ha tocado la posibilidad de compartir en distintas instancias sobre dicho proceso, y junto a ello, he escrito algunas reflexiones que intentan recordar-pensando-en-el-presente. Es por eso, que el día que conmemoramos la invitación que Martín Lutero hiciera para discutir sobre las indulgencias con sus 95 Tesis, es que quiero poner a disposición de ustedes una serie de materiales que he ido reuniendo sobre la Reforma Protestante, partiendo por posts en este blog, añadiendo vídeos de clases y predicaciones, y sumando un set de diaporamas ocupados en mis exposiciones (en formato PDF). Espero que estos materiales nos ayuden a recordar a quienes, antes de nosotros, lucharon por la proclamación de la verdad de Dios, y con dicha «vuelta al corazón», podamos pensar la iglesia del presente. 

En Cristo, Luis Pino Moyano. 

 

Compilación de posts en el blog.

¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Espiritualidad presbiteriana. Conceptualización y aterrizaje práctico.

[Introducción + Estudio inductivo] ¿Qué son los 5 puntos del calvinismo?

Summer Theology: “Presbiterianismo: Identidad e Historia”.

Lo que comenzó un 31 de octubre y no debiese terminar.

La Reforma Protestante desde hoy.

Sólo a Dios la gloria.

Calvino y la Reforma necesaria.

Mirando el pentecostalismo chileno a 500 años de la Reforma Protestante.

Del “Síndrome Martín Lutero” y la “Inquisición Calvinista”.

 

Compilación de vídeos.

Lista de reproducción con vídeos de distintas instancias en las que he participado hablando sobre la Reforma Protestante. 

Ciclo de estudios sobre Juan Calvino.

En esta serie de cuatro vídeos hice una presentación de contextualización de la Reforma, un panorama biográfico de Calvino, un análisis de su propuesta teológica y una exposición sobre su pensamiento económico y social.

Predicaciones.

 

Compilación de materiales de clases.

Diaporamas de clases realizadas en el Seminario Teológico Presbiteriano, en el primer semestre de 2018, en la Asignatura de Historia Eclesiástica III. Corresponden a las clases 4 a la 8 de dicha cátedra. 

1. La necesidad de una Reforma. Martín Lutero.

2. Juan Calvino. El teólogo de la Reforma.

3. Otros movimientos de Reforma.

4. La Reforma Católica.

5. La confesionalidad protestante.

La cifra exacta.

Primero fueron las respuestas dubitativas ante el periodista Tomás Mosciatti. Luego el tema de las 1.000 UF y después los 400 mil millones de dólares. Cifras erróneas en medio de entrevistas y debates y que hacen sonar las alarmas de quienes claman por datos correctos, por la cifra exacta. No me cabe ninguna duda que el candidato Gabriel Boric y sus asesores económicos en la campaña presidencial tienen más que claro que éste es el punto débil, el que ya fue detectado por quienes de aquí en adelante sentirán la compulsión de pillarlo. Y, por lo tanto, será necesario estudiar más, sea leyendo o recibiendo clases de su equipo económico, de tal manera que ese factor no termine perjudicando su campaña. 

Pero salgamos por un momento de la superficialidad del vídeo recortado y del meme chistoso, para adentrarnos en dos asuntos que, a mi juicio, son relevantes de ser tenidos en cuenta, a saber, la relación de un presidente con los datos y la educación con la memorización. 

Literalmente, un presidente es uno que preside, y si bien es cierto en la nomenclatura tradicional republicana se ocupa como término intercambiable al de “Jefe de Estado”, quien preside es más bien un “primus inter pares”, uno que está primero en un rol, pero que no deja de ser parte de un equipo. Es quien guía los procesos, que demarca principios y prioridades, que construye equipos en quienes delega tareas adecuadas a las especialidades de quienes los conforman. En términos koselleckianos, el campo de experiencias de un gobierno es construido por las personas que trabajan en distintas áreas y, a partir de él, un presidente puede demarcar y guiar el camino hacia un horizonte de expectativas. Un presidente no tiene que saber, necesariamente, todos los datos. Es deseable que esté muy informado, pero su tarea no es la de memorizar datos y cifras, sino presidir a quienes tienen la tarea de descubrirlos, relevarlos y/o aplicarlos. 

Un presidente no tiene que saber todos los datos, porque nadie sabe todos los datos. Hubo un dictador en Chile que decía que ni una hoja se movía en el país sin que él lo supiera y, años después, no dudó en desentenderse de su responsabilidad y conocimiento para culpar a sus subalternos y librarse del castigo a sus graves delitos. Piñera es un presidente que sabe casi todos los datos, a modo de tabla de multiplicar. Una capacidad loable por cierto. Pero no necesariamente la capacidad que requería nuestro país a la hora de presidir de manera posterior a la crisis. Prueba de ello, es que la crisis de la institucionalidad en un régimen presidencialista fue salvada por el parlamento, en el que el candidato que no conoce todas las cifras jugó un rol fundamental, más allá de lo que dicha acción política podía costarle en su propio partido, en su coalición y en una masa que exigía ante todo radicalidad y no la mesura republicana. 

El otro elemento relevante a ser tenido en cuenta y, que hasta ahora no he visto que se plantee a propósito de esta situación, tiene que ver con la relación entre proceso educativo y memorización. Gabriel Boric es el único candidato a la presidencia de Chile que siguió estudiando en el colegio de manera posterior a 1997 (seis años en total, los dos últimos de la Básica y la totalidad de la enseñanza media). ¿Y esto qué tiene que ver? Tiene que ver, toda vez que en 1997 se desarrolló una reforma educacional que, entre otras cosas, dejó de lado la mnemotecnia como recurso fundamental de la educación. Se decía que no había que aprender como loros, memorizando y repitiendo datos y cifras que no se habían aprehendido, asimilado, reflexionado y problematizado. De hecho, sólo como dato de la causa, en mis once años como profesor de Historia y Ciencias Sociales en Educación Secundaria nunca he preguntado en una prueba por una fecha, pues lo que interesa es que un estudiante pueda describir, explicar, reflexionar e interpretar por sobre todo procesos en los cuales son los actores sociales quienes tienen la preponderancia y no la fecha de un acontecimiento. Si recuerdan las fechas es una variable que se añade a lo que importa. 

A su vez, y de manera más reciente, cada vez más, existe conciencia de los diversos tipos de inteligencia que desarrollan las personas. Y es que somos diferentes: algunas personas desarrollan mayormente una inteligencia lingüístico-verbal, otras la interpersonal, otras la corporal-cinestésica, otras la lógico-matemática, otras la naturalista, otras la intrapersonal, otras la visual-espacial, otras la musical. El poseer una inteligencia distinta no te hace ser más o mejor persona, sino simplemente diferente. Igual en dignidad pero diferente en personalidad, y cada persona debe ser valorada por lo que es en ambas dimensiones. ¿Por qué medir entonces a los candidatos y la candidata desde un sólo tipo de inteligencia? 

La sola preocupación por el dato o la cifra memorizada y repetida puede llevarnos a seguir eligiendo, ocupando la cara metáfora de Luis Le-Bert, al tesorero del curso, cuyo conocimiento técnico puede ser reconocido y valorado, pero que no tiene, necesariamente, la única ni última palabra. 

Por ahora, me quedo con las palabras del Astrónomo al Principito: “Si les he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y les he confiado su número es por las personas mayores. Ellas aman las cifras. Cuando les hablas de un nuevo amigo, no te interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás te dicen: ¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefieren? ¿Colecciona mariposas? En cambio, te preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos son? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’. Sólo entonces creen conocerle. Si dices a las personas mayores: ‘He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo…’, no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: ‘He visto una casa de cien mil francos’. Entonces exclaman: ‘¡Qué hermosa es!’. / Si les dices: ‘La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía, y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que existe’, se encogerán de hombros y te tratarán como se trata a un niño. Pero si les dices: ‘El Planeta de donde venía es el asteroide B 612’, entonces quedarán convencidas y te dejarán tranquilo sin preguntarte más. Son así. Y no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con los mayores”*.

Luis Pino Moyano

* Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. Santiago, Pehuén Editores, 2001, p. 9. 

¿Puede haber una teología de la incertidumbre? Reflexiones que abre el libro de Juan Pablo Espinosa.

Publicado originalmente en Cristianisme i Justícia (Barcelona).

¿Qué hace un evangélico presentando un libro de un católico? Puede que quienes están viendo esta presentación y suscriban la fe católico-romana no crean necesaria esta pregunta, y que ni siquiera se les haya pasado por la mente realizarla. Y si bien es cierto, a primera vista, parecería una forma bastante polémica de “abrir los fuegos”, para seguir con el tono bélico, no es mi intención abrir una imprecación contra el libro de Juan Pablo Espinosa. Al contrario. Quiero invitar a los interesados en el arte de leer y que suscriben la fe evangélica a que sometan a prueba sus prejuicios, que eliminen las caricaturizaciones y el prurito anticatólico que caracteriza a parte importante de nuestra vertiente en América Latina y, más específicamente, en Chile. Y sé que algunos, cuya buena fe no niego, podrán sostener que la lejanía tiene sus justificaciones, pues antes de ser considerados “hermanos separados” fuimos los “despatriados del cielo i de la tierra” [sic], la carencia de diálogo, la cerrazón a la posibilidad de aprender y, digámoslo sin ambages, la ausencia de amor en la verdad y la verdad en amor es lo menos evangélico que puede existir en la faz de esta tierra. Además, un paso fundamental en la construcción del relato de la ipseidad, ese discurso sobre lo propio y/o sobre uno mismo, es incompleto si no se entiende la otredad, si no se estudia con seriedad y rigor intelectual aquello que nos diferencia. Y en dicho camino, es muy probable que nos sorprendamos al vislumbrar que aquello que nos une es menos que lo que nos separa[1]. Y aún más, se puede llegar a construir la amistad, aquella que entiende que el escribir es otra manera de conversar desde la experiencia, por supuesto, en una mesa en la que no faltan los tés con menta de Juan Pablo o mis cafés negros.

Otra razón para evidenciar mi lugar de habla está en que la producción teológica evangélica, sobre todo aquella que tiene más cabida en el mercado editorial, esa de tinte sistemático más que bíblico, gusta y goza de tener todo claramente especificado, enmarcado y hasta cerrado. Allí, entonces, sólo hay lugar para la certeza impertérrita que se aterriza a la práctica en un habla que lo llena todo, en la idea que la duda es una terrible enemiga de la fe, en una santidad estilo “modelo terminado” en el cual la flaqueza, el dolor, la depresión y el fracaso no tienen cabida, so pena de convertirse en un paria. Sí, muy a pesar de cantar himnos como “Sublime gracia”. Entonces, una “teología de la incertidumbre” como la que propone Espinosa viene a llenar un vacío para quienes somos evangélicos, generando no sólo un desafío, sino el pavimento para un camino necesario en tiempos aciagos como los que nos toca vivir. Llegará el momento en que el Covid-19 sea controlado, como otras pandemias lo fueron en la historia, pero los efectos emocionales del encierro y el distanciamiento físico y humano dejarán una huella que prevalecerá quizá hasta cuándo. Ahí la propuesta teológica del autor seguirá viva y bullente. Hagámonos la pregunta con Juan Pablo Espinosa: “Incluso podríamos preguntarnos: ¿siempre debe existir una respuesta certera o el ‘no-sé’ tiene una validez teológica y humana?”[2]. No siempre hay respuestas inmediatas. Hay también silencio y asombro frente a un Dios que revela y calla en el misterio (véase Deuteronomio 29:29). ¡¿Cómo podremos ser sorprendidos por un Dios que hace cosas que superan nuestra imaginación si Él cabe en nuestra cabeza?!

Entre las figuras que Espinosa ocupa, en su referencia constante a la Biblia, una de las más caras para referir el momento vital que nos toca, es la del desierto como símbolo del camino a la tierra prometida en el que no está ausente la crisis. Y la crisis no es el momento de la caída, sino aquella etapa en la que no sabemos si retrocederemos, o nos iremos de bruces, o viendo una pequeña luz avanzaremos y encontraremos el punto al que debíamos llegar. Ese discurso no tiene mucha cabida en el mundo evangélico, en el que el éxito y la prosperidad son el pan latigudo de cada día. Pero como bien dice Juan Pablo, “El pueblo debe aprender a comprender que la mística del desierto está expuesta al fracaso de los proyectos”[3]. La invitación preclara es a no acomodarnos al discurso exitista. La historia de la iglesia a veces es mucho más difícil de lo que podríamos anhelar.

Pero, así como la duda puede ser un aliciente de la fe, la incertidumbre, muy a contrapelo de lo que podríamos imaginar, puede hacer brotar la esperanza, como las suculentas de Juan Pablo o como el limonero de mi casa que este año dio sus primeros frutos. Porque el fracaso no implica, necesariamente, la derrota. Por ello, Espinosa, siguiendo a Byung-Chul Han, nos propone: “una teología primaveral: un abrazo amoroso a la sutileza, al cuidado, a la vida”[4]. En síntesis, una teología contextual y contemporánea, por y para el presente, una teología gozosa, que anhela al Amado, que no rehúye el eros, lo que interesantemente tiene su correlato evangélico con la propuesta de aquello que el pastor bautista John Piper ha denominado provocativamente el “hedonismo cristiano”[5]. O, sin ir más lejos, aquello que la definición catequética de Westminster, uno de los emblemas doctrinales del presbiterianismo, señala como nuestro fin principal, a saber, “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”.

Y en ese encuentro con el Dios de la vida es que también nos encontramos con el otro, con nuestro prójimo, y con ellos también podemos notar nuestra relación con la casa común. En medio de la adversidad, y con el signo de la esperanza, el ensimismamiento no es opción. La teología de la incertidumbre es una que invita a la hospitalidad, a la indignación y al amar hasta la muerte. Al dar que duele, en palabras de Alberto Hurtado. “La teología de la hospitalidad, del buen vivir comienza con el mismo Dios-Yahvé”[6], nos dice Juan Pablo Espinosa. Antes, él había planteado que: “La comunidad de Jesús debe aprender de este dolor visceral de Jesús, de su ‘santa rabia’, de su conmoverse ante el dolor del otro y aprender que el camino del seguimiento del Maestro pasa por el reconocimiento y la donación a los otros. Una Iglesia centrada en sí misma no es Iglesia de Jesús. Una Iglesia que se descentra es la seguidora del Jesús de la conmoción visceral”[7]. El encuentro con el Maestro de Galilea que recorre ciudades y aldeas, no sólo predicando y enseñando, sino también “sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Mateo 9:35-38), nos muestra con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista en el cielo y la tierra nuevos con la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por San Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto, la iglesia le debe servir y amar en todo.

Mientras tenía frente a mí el libro de Juan Pablo, en todo el ejercicio lector, resonaba en mi mente y corazón las palabras del Salmo 126, especialmente su segunda estrofa, aquella que pone atención en la experiencia vital de quienes están en el desierto. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (vv. 5, 6), dice el salmista. La imagen es fuerte. Es la de campesinos en tiempos de crisis que usan su grano precioso para la siembra y no para la comida. Las mismas semillas que pudieran alimentar a niños hambrientos se siembran con la esperanza de una cosecha meses después. Para él, es como si les quitara la comida de la boca. Tira la semilla en un terreno desértico esperando que los arroyos del Néguev lleguen después de la ansiada lluvia. Esto es un gran riesgo. Por eso es que siembra con lágrimas en sus ojos. Pero en la historia que muestra la ley de la siembra y la cosecha, que canta con esperanza acerca de la fidelidad de Dios, vale tomar el riesgo. Y ocupo intencionalmente la palabra riesgo, porque en su raíz etimológica árabe, literalmente significa: “lo que depara la providencia”. En la incertidumbre nos arriesgamos porque no olvidamos, como bien señala de manera poética el autor del libro: “Somos tejidos / Amados / Perdonados / Salvados / Paridos /En, por y para la pertenencia y la presencia”[8].

Enhorabuena recibimos el libro de Juan Pablo, con su propuesta teológica que no teme dialogar con la filosofía y las ciencias sociales, declamar y cantar lo poético, y que a católicos como él y evangélicos como yo nos ayudará en la caminata con el gozo y la esperanza que sólo proviene de aquél que murió en la cruz.

Luis Pino Moyano. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública.

[1] En el largo tránsito para llegar a esa noción, reconozco el tremendo aporte de la siguiente obra: Joaquín García-Huidobro y Manfred Svensson. Cartas entre un idólatra y un hereje. Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2017.

[2] Juan Pablo Espinosa. Pequeña teología de la incertidumbre. Ensayos, entrecruces y propuestas. París y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021, p. 19.

[3] Ibídem, p. 80.

[4] Ibídem, p. 75.

[5] Véase: John Piper. Sed de Dios. Meditaciones de un cristiano hedonista. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2011.

[6] Espinosa. Op. Cit., p. 70.

[7] Ibídem, p. 40.

[8] Ibídem, pp. 143, 144.

La debacle de Piñera y el auge de Kast es la encrucijada de la derecha chilena.

Cuando creíamos estar curados de espanto por la falta de escrúpulos en los negocios por parte de “su excelencia”, aparecen en la palestra pública los “Pandora Papers”, lo que no sólo nos recuerda el actuar de la élite chilena como una fronda, sino que además, nos hizo aparecer en portadas de la prensa mundial por un motivo que nos llena de vergüenza y rabia. El neoliberalismo chilensis es el reino del chanchullo, expresión coloquial reconocida por la RAE que significa “manejo ilícito para conseguir un fin, y especialmente para lucrarse”. En ese reino, “estado pequeño” no significa “estado débil”, por el contrario, el estado ha sido fuerte para pavimentar y solidificar el accionar del mundo privado, inclusive sus chanchullos, colusiones, evasiones y de más. 

Pero hoy existe una pequeña diferencia. La derecha chilena sabe que la única posibilidad de escapar de la debacle de un individuo es la destitución del mismo. Piñera, a diferencia de Bachelet, ha actuado indefectiblemente como el “Pater Familias” que no ha demorado la muerte de sus hijos (léase “ministros”) para salvar su caudal político. En su altar se han sacrificado muchos personajes con su potencial político, en pos de salvar a quien, de manera inescrupulosa, no ha dejado de buscar su rédito personal. Es la hora que Sebastián Piñera no arranque y asuma su responsabilidad, ya no por las violaciones a los derechos humanos ocurridas en el país, sino por sus actos ausentes de ética. Este fin de semana, a pesar de la cantidad de veces que el sucesor del ministro Cardemil, Bellolio, repitiera las palabras “mentira” y “falso” para descartar la novedad de estos hechos en relación a un caso por el que Piñera fue sobreseído, la directora de la unidad anticorrupción de la Fiscalía Marta Herrera señaló: “La opinión técnica es que los hechos relacionados con la compraventa de la minera no están expresamente incluidos en la decisión de sobreseimiento del cuarto juzgado de garantía del año 2017”. Esto, particularmente ,en las operaciones comerciales relacionadas con Minera Dominga. Por tanto, lo relevado por los Pandora Papers es una novedad en términos periodísticos.

Por tanto, Piñera debe ser juzgado civilmente en los tribunales correspondientes y políticamente en el Congreso Nacional por medio de una Acusación Constitucional. Por el bien del país. Y la derecha sabe que por su bien también. Y el empresariado del país hoy sabe que también es por su bien, toda vez que la mancha en el exterior les juega en contra. 

La debacle de Piñera tiene como uno de sus síntomas la muerte, metafóricamente hablando, de su delfín político Sebastián Sichel, quien sucumbió en un contexto en el que el discurso despolitizador no tiene cabida en un momento constituyente, que no supo agrupar a las fuerzas políticas que le apoyan, que amenazó a parlamentarios que no votarían como él pensaba respecto de los retiros de fondos provisionales, pero, por sobre todo, que en dicho discurso amenazante omitió que él había hecho sus retiros para ahorrarlos en otra cuenta, ergo, no por necesidad ni urgencia, como otros actores políticos arguyeron. A su vez, José Antonio Kast, candidato del Partido Republicano, ha ascendido al segundo lugar en las encuestas, afianzándose como la opción de la derecha en el país. Es probable, que Kast, a no ser que se modere en la discusión pública -no es lo mismo debatir no teniendo nada que perder ni ganar-, no logre conquistar “los votos de centro” y algunos de los votos del casi 20% de indecisos en términos electorales, pero él sabe que una conquista es potenciar su protagonismo para una tercera candidatura, como líder único de una coalición de derecha. Es decir, Boric puede convertirse en presidente de la república, pero éste podría enfrentarse a una oposición fortalecida políticamente. 

Ahora bien, ese fortalecimiento político pasa, primero, por una relectura de la historia. Quienes son militantes o adherentes a ideas de derechas en el país, harían bien en leer a Sofía Correa en su libro “Con las riendas del poder”, particularmente la situación abierta por la derrota electoral de 1964 que llevó a la disolución de los partidos Liberal y Conservador. A dicha lectura, sumar el texto de Verónica Valdivia “Nacionales y gremialistas: el ‘parto’ de la nueva derecha chilena, 1964-1973”, para visualizar cómo el proyecto nacional fue derrotado por el chicago-gremialismo bajo la égida de Jaime Guzmán. ¿Por qué razón? 

a. Porque para que Kast se convierta en el líder de la derecha chilena tiene que salir del clóset político y reconocerse como el chicago-gremialista que es, conservador sólo en el plano moral, pero muy liberal en cuestiones de régimen político y económico. Es decir, tendrá que dejar de lado mucho del discurso nacionalista que está en la superficie de su propuesta, y aminorar su énfasis conservador -discursivo también- porque las redes evangélicas pueden ser buenas aliadas, pero no le conducirán al poder. 

b. Porque la UDI tendrá que asumir que su tarea será abrir las puertas al hijo pródigo Kast, y no sólo recibirle, sino que vestirle con ropas regias y hacer fiesta, al nivel incluso de inmolarse dejando de existir para crear un nuevo partido político que unifique a la derecha chilena. Sobre todo, porque la UDI ya no tiene una razón de ser, toda vez que la “desjaimeguzmanización” del país con el proceso constituyente inaugurará una nueva etapa de la política. Ese nuevo partido político de derecha tendrá la tarea de construir un prisma democrático para una generación que fue hija de la Concertación y no de la dictadura. 

c. Los militantes de Renovación Nacional estarán en la encrucijada de militar en ese nuevo referente político o en crear una alternativa socialcristiana de derecha, cuyo núcleo estaría más cerca de Desbordes que de Chahuán, para referir a liderazgos sinérgicos internos. Evópoli hace rato perdió su novedad, como todo movimiento generacional terminará disgregándose. 

d. Claro está,  en la coyuntura de 1964, el costo fue votar por Frei Montalva, a sabiendas que no cambiaría un ápice de su programa por dichos sufragios. En el momento actual, el costo será destituir a Piñera, lo que les quitará un enorme lastre, y plegarse a la candidatura de José Antonio Kast. Pero si Kast no da pasos unificadores, el apoyo electoral que tendrá quedará sólo en una anécdota.

En un período de crisis como el que estamos viviendo, que tiene un estado de latencia producto de su institucionalización, se haría bien en reparar en los procesos autodestructivos del ayer. Esto, sólo si se espera construir un mañana y un país, y no sólo se piensa en mantener vanamente el poder que les queda. A pocos días de cumplirse dos años del 18 de octubre de 2019, la derecha chilena en un paso de madurez tiene que asumir su responsabilidad política, y entender de una vez por todas que gran parte de lo que vivimos ha sido por su incapacidad de gobernar. Los tiempos mejores que prometieron no llegaron, ni llegarán. Pero siempre, en política más que en ninguna otra esfera, será posible comenzar de nuevo. 

Luis Pino Moyano.

La Lista del Pueblo: su agonizante destrucción de lo político.

El espectáculo brindado de un tiempo a esta parte por la autoproclamada “Lista del Pueblo”, especialmente por sus élites, ha estado cargado de un tinte tragicómico, propio de una política analfabeta que se centra en lo performático y en el imaginario, al modo de una publicidad de productos que satisfacen la necesidad de consumir. La pregunta cae de cajón: ¿cuál es el producto que se intentó poner a disposición? Y la respuesta es sencilla: proveer de un nuevo referente de izquierdas, por supuesto, más de izquierda que los otros existentes, compuesto efectivamente por el “pueblo” y no por sujetos corrompidos por la política institucional y/o tradicional. 

Para lograr su objetivo (auto)promocional, no han dudado en asumir el tono de las asambleas universitarias, donde los que gritan son los que ganan y donde la propuesta más radical -por irreal que sea en contenido y forma de aplicación- es la verdad verdadera que se opone al amarillismo. Por ello, toda posibilidad de lograr consensos es pensada como una transacción, o en la lengua que les es propia, una cocina. Y, quizá, dentro de lo más antiético y antiestético, esté la legitimación de una serie de actos de matonaje, entre ellos el vivido por el candidato presidencial Gabriel Boric, quien carga con el letrero del rey de los amarillos por firmar el acuerdo de noviembre de 2019 y dar su apoyo a una ley conocida como “antibarricadas», claro está, sin que los sesudos críticos de las redes sociales ad hoc pudiesen diferenciar aquellos artículos que sancionaban delitos como los saqueos e incendios, o los daños provocados a bomberos e instituciones de salud. El uso mañoso de la información, en este caso, trae el rédito de la pureza. Como objeto de consumo, la “Lista del Pueblo” sería un producto de fina selección. 

Pero es aquí donde se hace manifiesto un problema de origen y estructural de este producto performático: el purismo choca con su tendencia al divisionismo -siempre hay más puristas dentro de los puristas- y, porque cuando la expectativa no se condice con la experiencia, el efecto del discurso moral se desinfla. Y en el tiempo presuroso de la política en un momento constituyente, dicho problema se ha manifestado con esos dos alcances. Por un lado, han buscado presentar un candidato a la presidencia de la República, comenzando por Sharp, pasando por Cuevas y terminando en el fiasco de la candidatura de Ancalao. El “divide y vencerás” tradicional, se vive como si el sistema binominal nunca se hubiese acabado en Chile, puesto que en dicho formato la competencia electoral más feroz es con el “amigo”. La “Lista del Pueblo” ha adolecido de dos de los estigmas más lacerantes de las izquierdas en Chile: por un lado, ese realismo mágico que lleva a confundir retórica con realidad y, por otro, esa tendencia de incapacidad de generar alianzas que no se peleen por el punto y la coma. La experiencia de fracasos y derrotas de este sector de lo político debiese servir de algo a estas alturas. Pero para coaliciones como la “Lista del Pueblo” el pasado y el futuro no son tema. El puro presente importa. No hay historia y no hay proyecto, ergo no hay real y concreta voluntad de poder. 

El moralismo también ya ha perdido su fuerza. Comenzando por ese procedimiento electoral estilo reality show con un proceso de selección en el que una comisión elegida a dedo dictamina si el sujeto es candidato o no, a pesar de la pontificación contra la “cocina”. Es fácil y populachero gritar “el pueblo unido avanza sin partidos”, para luego “pasar máquina” e instrumentalizar en torno a un mero sentido de popularidad. Con ese mismo moralismo, la convencional Elsa Labraña grababa, o transmitía en un live, a Fernando Atria, cuando éste explicaba por qué la Convención no tiene facultades para cambiar el quórum de 2/3 y, junto con ello, por qué se oponía a los plebiscitos dirimentes tal y como fueron propuestos como idea linda pero sin aterrizaje. Y para qué hablar del espectáculo tragicómico del casi-candidato Diego Ancalao, quien presentó 23.135 partrocinios de su candidatura con firma y timbre de un notario fallecido en febrero de este año y cuya notaría había cerrado en 2018. Y sí, adivinaron, no hubo autocrítica, sólo anuncios de querellas contra Ancalao y perdón por un acto del que no serían responsables, cuando lo que habría que hacer es cerrar la puerta por fuera. Precisamente, para eso sirven los partidos políticos: organizar en torno a proyectos y no por panfletos o consignas. Aquí, en la “Lista del Pueblo”, ¿quién renuncia o pone su cargo a disposición? ¿Quién se hace cargo del mecanismo elegido para designar al candidato? ¿Quién organiza el proceso autocrítico que conduzca al establecimiento de una nueva estrategia? La responsabilidad individual y colectiva brilla por su ausencia. 

El divisionismo y el moralismo serán las palas con las que se cave la tumba política de la “Lista del Pueblo”. Quisieron destruir lo político y la política, en su sentido deliberativo y de producción de pensamiento crítico, les está dejando a la vera del camino por la vía desmembramiento, del “fuego amigo” y de la incapacidad de entender lógicas procedimentales claramente establecidas. Aquí no hay derrota, sino fracaso. La “Lista del Pueblo” ha fracasado con todo éxito, a tal nivel, que como no hay revolución. Saturno no se devoró a sus propios hijos. No fue necesario. 

A quienes sobreviven de la “Lista del Pueblo” decirles que ya no es el tiempo de hacerse cargo de su banalización de la idea de “pueblo” y su negación de lo político, del componente estratégico que subyace al concepto, y que se hayan apoderado de un momento de nuestra historia reciente -el octubre chileno- vaciado de su épica, opacando su diversidad, imponiéndole la burka de la seriedad de la muerte que sólo se queda con la indignación. Ya no tiene sentido pensar en la durabilidad de dicha coalición, que emergió como un instrumento para la llegar a la Convención Constitucional y no para otra cosa. En lo que se debe pensar, particularmente sus convencionales, es en no perder de vista la alta labor que el pueblo les delegó: la tarea de construir una nueva Constitución que es la salida institucional de la crisis y la puerta abierta a un Chile democrático sin las sombras del autoritarismo. No sé si estarán dispuestos a cargar con la mochila del fracaso de dicha instancia a costas de su irresponsabilidad y falta de creatividad transformadora. 

Luis Pino Moyano.

Religión y proceso constituyente.

El 7 de agosto el pastor y convencional constituyente Luciano Silva compartió un vídeo en sus redes sociales en el que manifestó su preocupación ante la imposibilidad de colocar la “bandera cristiana” en la antigua sede del Congreso Nacional, lugar en el que sesiona la Convención Constituyente. En dicho lugar, han sido enarboladas las banderas del país, de los pueblos originarios representados en la Convención, del movimiento que aglutina a las diversidades sexuales y del feminismo. Estos emblemas estarían ahí, en palabras de la presidenta de la Convención Elisa Loncon, según el testimonio de Silva, por “criterio regional, de paridad y de diversidad”. Hasta ahí, la argumentación podría ser atendible. Pero, según las palabras de Silva, Loncon habría señalado que no le gusta el cristianismo “por ser una religión colonizadora”, razón por la cual la bandera cristiana no sería instalada en la sede de la institución que elabora la carta fundamental para el país [1].

Lo más interesante de la argumentación de Silva es cuando plantea que no ha existido igualdad de trato, toda vez que la colocación de 27 banderas se había realizado en el contexto de la celebración del primer mes de funcionamiento de la Convención la que se amalgamó con la ceremonia ancestral pawa en agradecimiento a la Pachamama. En dicha ceremonia religiosa hubo ofrendas, música y rondas en las que convencionales danzaron con sus manos tomadas [2]. A dicha celebración, se suma todas las ocasiones en las que la machi Francisca Linconao ha recibido un trato discursivo diferenciado en la que se le reconoce como “autoridad ancestral”. En dicho sentido, intramuros de la sede política de la Convención Constitucional han existido ritos religiosos de espiritualidades diversas, en las que la fe cristiana no ha tenido cabida. 

¿Pero esta situación da para pensar, ocupando las palabras de Silva, en un acto de “violencia” y/o “discriminación”? En relación a esta problemática, aparecieron en El Mercurio dos cartas del 8 y 9 de agosto, firmadas por el sacerdote Enrique Opaso y por Manfred Svensson, respectivamente. El sacerdote Opaso, mencionando el 70% cristiano -católicos y protestantes- de la población nacional y la alta mayoría de creyentes de dicha fe en el pueblo mapuche (dato también mencionado por Silva en su vídeo), señala que “Esto es una cancelación al cristianismo. Si yo estuviera ahí (no me dejaron), habría reclamado con fuerza porque esto es intolerable” [3]. Si bien es cierto, Svensson hace alusión a las palabras de Silva en su vídeo, como a la carta de Opaso, su reflexión tiene otro cariz, pues se detiene en el aspecto simbólico y su correlato empírico en la discusión política. Para el filósofo habría un acto de diferenciación entre una diversidad y otra, haciendo una digna de exhibición en tanto tiene una valoración de bondad. Dice: “Esto es preocupante, pues las controversias sobre los símbolos adelantan el tono para cuando se entre a  discusiones sustantivas”. Más adelante señala: “decir que los símbolos a exhibir se restringen a los laicos es particularmente dudoso, en un momento en que se suele reivindicar lo mapuche no solo como cultura, sino también como cosmovisión” [4]. 

En otra sintonía, pero también en clave de reacción frente a un acto discriminatorio, es la carta elaborada por un comité de redacción conformado por pastores y obispos que cuenta con la firma de mil cuadros pastorales de diversas denominaciones evangélicas. En ella señalan que es un trato contradictorio y discriminatorio referir al cristianismo como una religión colonizadora, argumentando que: “las religiones no colonizan sino mas bien los estados y los pueblos. Las religiones y espiritualidades transmiten sus cosmovisiones de vida para que estas sean aceptadas o rechazadas libremente. Segundo, consideramos extremadamente ideológica tal respuesta, porque además menoscaba el libre juicio y voluntad del 96% del pueblo mapuche que actualmente profesa el cristianismo ya sea católico o evangélico y que, dicho sea de paso, tampoco estarían representados en su credo en esta convención constitucional. El pueblo mapuche que cree lo mismo que la presidenta, son el 3,6%” [5]. Luego, desde un perfil histórico, argumentan que el protestantismo no estuvo ligado a la empresa conquistadora y colonizadora de España, que además fue perseguido por la religión mayoritaria y que ha hecho un tremendo aporte a la sociedad desde distintos frentes. Por todo ello, plantean que “El no aceptar que en la diversidad de esta Convención esté representada nuestra fe en el símbolo de la bandera cristiana, sería una señal negativa de cara a las discusiones que se darán en torno a libertades tan importantes como lo son la libertad de culto, expresión y conciencia. Recordamos que la nueva Constitución debe ser la casa de todos y cada símbolo en la convención es de suma importancia” [6]. La carta es firmada por una organización llamada “Plataforma Evangélica Nacional” (PLENA), cuya directiva está conformada por los obispos José Rivas, Héctor Cancino, Roberto López, y por los pastores Julio Menéndez y José Luis Uriel. Además es firmada por Alfred Cooper, representante protocolar de las Iglesias Protestantes y Evangélicas, y por Daniel Anabalón, capellán en el Palacio de La Moneda. A eso se suman otras firmas. 

Ante todas estas lecturas, me permito elaborar unas reflexiones sobre la representatividad del símbolo, el clericalismo, lo laico y su relación con la religión, y el debate “discriminación”/“preocupante”. 

Sobre la representatividad del símbolo, no puedo dejar de decir que soy evangélico desde los siete años y en todo ese tiempo (¡32 años!) he visto en sólo tres lugares colocada esa bandera: el colegio de mi infancia, el Instituto Bíblico Nacional y en una iglesia presbiteriana. En mi niñez asistí a la Iglesia Evangélica Pentecostal, de cuyos himnarios la palabra “cruz” fue mayoritariamente expoliada (probablemente, para marcar su diferencia con el catolicismo romano y/o con la Iglesia Metodista Pentecostal), por lo que raramente un símbolo de una bandera que la posea puede ser representativa de ella. En la Iglesia Pentecostal Naciente, de la que fui miembro en plena comunión por quince años, nunca se usó, y había una bandera antiquísima de colores blanco y celeste, con un sol y una espada, sumado a los estandartes de cada iglesia local. En la Iglesia Presbiteriana de Chile, de la que soy miembro desde 2010, su símbolo es una cruz celta con otros símbolos en sus cuatro costados. He asistido en todos estos años a actividades de carácter interdenominacional, eclesiásticas o paraeclesiales, y no he visto flamear la bandera como un símbolo preponderante. Por lo tanto, reconociendo su existencia que data de 1897 de la mano de Charles Overton, y habiéndola visto en los lugares mencionados, junto con reconocer la legitimidad y validez que pueda tener para otros creyentes, entenderla como un símbolo distintivo del cristianismo me parece excesivo. Es probable que para los católicos la bandera albiamarilla del Vaticano sea más representativa y no la que ha enarbolado Silva y otros hermanos después de su vídeo de denuncia. A su vez, como muy bien señala Svensson en su carta, esta reclamación pareciera ser más un síntoma de añadirse al “clima de políticas de reconocimiento” [7], en el que no somos más que una identidad en medio de otras, perdiendo nuestra cualidad de una fe, cosmovisión y sentido de la vida omniabarcante. 

Además, no deja de llamarme la atención, el marcado clericalismo de la declaración de Silva, cuya reacción más directa es la carta firmada por obispos y pastores. De hecho, su vídeo comienza con la alusión “Queridos pastores”, a los que se les invita a firmar una solicitud de parte del mundo evangélico. Sí, “mundo evangélico”, en singular. No deja de ser relevante que evangélicos quieran participar en el espacio público y en la esfera política, pero tan preocupante como la ausencia del símbolo “bandera cristiana”, debiese ser el excesivo protagonismo de “pastores evangélicos”, como depositarios de una representatividad que sus iglesias no les han dado para sus fines, y por ende, tampoco un mundo evangélico unívoco inexistente. Silva que no está ahí por su labor de pastor -la que no ha sido puesta en receso para no producir confusión de esferas-, sino por un mandato dado por la ciudadanía de su distrito que le votó como candidato de Renovación Nacional. Tampoco deja de llamar la atención el comunicado de pastores y obispos evangélicos la misma semana de la conformación de un “Frente Social Cristiano” y su alianza con el candidato José Antonio Kast, en un bullente tiempo político. Sobre todo en nombres que se repiten en la búsqueda de cuotas de poder desde el mundo evangélico, no hay nada al azar, no hay puntada sin hilo. Y así y todo, en su denuncia se les pasa por alto que las banderas fueron puestas en un acto religioso en el que la fe cristiana no sólo no tuvo cabida, sino de la cual muchos creyentes cristianos, voluntariamente, no habría querido tenerlo. ¿O un evangélico o evangélica, cuyo símbolo más relevante es una Biblia leída, memorizada y amada, habría participado de una ceremonia religiosa que no forma parte de su fe, la que mínimamente podría haber sido denominada de idolátrica? Yo no habría participado.

A mi juicio, el tema más relevante, e insisto, el mejor expuesto por Silva, es el tema del estado laico y su relación con la religión. El estado laico, por definición, busca que todas las ideas, incluidas las religiosas, circulen y se expresen libremente en la sociedad, siempre y cuando se hagan con respeto de la diversidad y sin poner en riesgo la integridad de la persona humana. El estado laico se diferencia del estado confesional, y el laicismo secularizador o ateo, es confesional, pues niega el papel de lo religioso en el espacio público, relegándolo al fuero interno o prohibiéndolo como en los regímenes totalitarios. Quienes son convencionales constituyentes y suscriben la fe cristiana en sus diversas expresiones no pueden ni deben dejar su visión del mundo y de la vida cuando discuten políticamente, porque su fe tiene un ethos de quienes caminan en el mundo y buscan su transformación por la predicación del evangelio, pero también, por medio del testimonio en la práctica y en el trabajo. Y aunque les guste o no a algunos sujetos políticos, y sin negar los ejercicios opresivos y colonizadores de cristianos en el pasado o en el presente, eso no obsta para decir que el cristianismo fue el que construyó el camino para que las sociedades occidentales reconocieran la dignidad humana, la libertad de conciencia en el marco comunitario, la profunda relación entre derechos y deberes (presente, por ejemplo, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos), la noción de una justicia universal, etcétera. Y sí, mientras conquistadores arrasaban a sangre y fuego a nuestros pueblos, también se alzaba la voz de Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos, junto con la acción de órdenes religiosas en sus misiones en las que las comunidades indianas eran respetadas y protegidas. Definir el cristianismo como colonizador es negar la base del único derecho social que el “Otro Indio” tuvo en la región. Ese papel político de larga data del cristianismo no desaparecerá de la noche a la mañana y tiene que ser respetado, sobre todo, en una instancia que busca construir el marco que constituirá la vida en la polis. 

Por ello, no creo que lo vivido sea un acto de violencia o discriminatorio, pero sí preocupante. Las palabras duras no rompen huesos. Elisa Loncon habría actuado, según el testimonio de Silva, con una parcialidad que su cargo no le provee, no por la ausencia de la bandera, sino por su alusión al cristianismo. Es preocupante, que dicha visión se traslape a otras discusiones, de las cuales la fe cristiana, en tanto cosmovisión y sentido de la vida, tiene mucho por decir y hacer. Es preocupante también, que por finalidades políticas se intente señalar que en actos como el referido y denunciado, se estaría intentando conculcar la libertad de culto. Eso oculta o ignora -ambas situaciones revisten gravedad social- que el Art. 135 de la Constitución, que forma parte de la reforma que regula el proceso constituyente, señala: “El texto de la Nueva Constitución que se someta a plebiscito deberá respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutorias y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes” [8]. Dentro de los tratados internacionales, está el derecho internacional, en el que destaca la Declaración Universal de los Derechos Humanos que señala en su Art. 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” [9]. Por ende, la nueva carta fundamental no puede poner en detrimento dicho derecho, a lo más, podría construir una redacción que enfatice más en la libertad individual dentro del marco privado. Eso es preocupante. Pero no nos debe llevar a la victimización, propia de minorías y de quienes anhelan el protagonismo escénico, imaginando universos conspirativos que son fruto de la ociosidad. Chile tiene una tradición constitucional que debilita cualquier imagen escatológica refundacional.

Para quienes suscribimos la fe cristiana el proceso constituyente debería llevarnos a observar críticamente, a trabajar desde los lugares que nos toca colaborando en la redacción de una “casa para todos y todas” en el país, afirmando nuestros principios bíblicos y, por sobre todo, manteniendo la cordura y la templanza, la mansedumbre y la inteligencia. Todo eso, acompañado de la oración, inclusive por quienes piensan distinto de nosotros. 

Queda mucho por hacer. 

Luis Pino Moyano.

 


[1] Canal de Youtube de Luciano Silva. “Banderas en la constitución”.

[2] “Convención realizó ceremonia ancestral pawa para conmemorar su primer mes de funcionamiento”. En: CNN Chile. 4 de agosto de 2021. 

[3] P. Enrique Opaso Valdivieso. “Una ‘cancelación’”. En: El Mercurio. 8 de agosto de 2021. 

[4] Manfred Svensson. “Símbolos compartidos”. En: El Mercurio. 9 de agosto de 2021. 

[5] “Más de mil obispos y pastores evangélicos envían dura carta a Loncón por excluir bandera cristiana: ‘Es discriminatorio y violento’”. Sitio web Ex-Ante. 

[6] Ibídem. 

[7] Svensson. Op. Cit. 

[8] Constitución Política de la República de Chile. Edición Histórica (editada por Jorge Arancibia Mattar). Santiago, El Mercurio y Universidad de Los Andes, 2020, p. 77.

[9] “La Declaración Universal de los Derechos Humanos”. En: Sitio Web de la ONU. 

 


Edición posterior.

Con fecha 30 de agosto de 2021, la Mesa de la Convención Constitucional respondió a la misiva de los pastores, de la cual presenté mi análisis, manifestando un acto reparatorio, en un gesto al diverso mundo cristiano y en particular al sector protestante. Este gesto augura la posibilidad de una casa para todos y todas en Chile, que es lo que esperamos del proceso constituyente. 

 

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Crónica de un día histórico: Inauguración de la Convención Constitucional (4 de julio de 2021).

Hoy fue uno de esos días densos en términos del tiempo histórico y cargados de historicidad. Denso, pues es imposible hablar de este, nuestro 4 de julio, sin pensar en el 18 de octubre de 2019, el día del reventón social, ese que supuestamente nadie vio venir y que hizo que $30 sonaran a treinta años. Es imposible dejar de pensar en el 25 de octubre de ese mismo año, en el que gentes de distintas edades, clases sociales, convicciones políticas y hasta clubes de fútbol coparon la Plaza Italia, en un número de un millón doscientas mil personas, a las que habría que sumar miles y miles en las calles de distintas ciudades del país. Tampoco se puede dejar de pensar en la madrugada del 15 de noviembre de 2019, día en que en la antigua sede del Congreso Nacional se firmó el “Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución”, en la que fuerzas de distinto signo concordaron en que la escritura de una nueva carta fundamental sería la salida institucional de la crisis política; y por supuesto en la que el 78% de quienes votaron aprobaron que se redacte una nueva carta fundamental y que dicha tarea recayera en una Convención Constitucional. 

Pero el hito de hoy no sólo tiene relación con hechos susceptibles de ser vistos en el tiempo corto. Es imposible no conectarlo con el golpe militar de 1973 y su institucionalización constitucional en 1980, perpetuada con pequeñas dosis democratizadoras en el fin de los enclaves autoritarios en el hito de 2005, que no finalizó la Transición (ojo expresidente Lagos). Y eso, tampoco puede ser desconectado de 1833 y 1925 en los que se promulgaron textos constitucionales, con los militares siendo parte del gobierno y con el Congreso Nacional cerrado, en una marca autoritaria de nuestra república. También tiene relación con las luchas de las mujeres por sus derechos civiles que hizo que pudieran votar y ser elegidas, conquistado para todos los procesos electorales en 1949. No se puede dejar de pensar en el movimiento estudiantil, sobre todo el de 2011, que articuló una noción de derechos sociales convertidos en mercancía bajo la lógica neoliberal. Y hoy, más que nunca, es imposible dejar de pensar en la mal llamada Pacificación de la Araucanía que comenzó en 1861, pero que produjo todo su arrasamiento a sangre y fuego especialmente entre 1881 y 1883. Es la larga jornada por una sociedad en la que todos/as tenemos los mismos derechos, somos reconocidos/as como personas humanas, parte de un mismo país y, a la vez, con mucha diversidad que debe ser reconocida en un marco pluralista. Toda esa mochila es la que está en los hombros de la Convención Constitucional. 

El día, nuestro 4 de julio, comenzó en diversos puntos de la capital y la marcha de distintos/as convencionales hacia la antigua sede del Congreso Nacional. Cuando ya lograron estar dentro de ese hermoso edificio, y se estaba a punto de comenzar la sesión, cuando convencionales comenzaron a gritar “¡No más represión, no más represión!”. Esto, porque comenzaron a recibir imágenes y vídeos de actos que podrían recibir dicha significación. En medio se comenzó a cantar el himno nacional. Muchos gritos, una discusión destemplada de Elsa Labraña con, una hasta entonces desconocida, Camen Gloria Valladares. El “¡para, para!”, al parecer no causó tanto efecto como el diálogo imperceptible por el audio televisivo de Patricia Politzer, y quien presidía la reunión tomó la iniciativa de suspender la sesión momentáneamente para informarse de lo que estaba pasando fuera del edificio. Todo este bochorno, puso sobre la mesa la falta de previsión política de quienes organizaron la sesión por no hacer el gesto de consensuar un protocolo para los ritos republicanos de esta sesión inaugural, sumado a un entendimiento de la autoridad por algunos/as constitucionales que harán bien en no perder de vista la alta labor que el pueblo les delegó. El poder originario delegado por el soberano a los convencionales es para la nueva carta fundamental y no para otra cosa, por lo que cada cosa que dicen y hacen tiene consecuencias políticas. Dicho eso, Fuerzas Especiales tiene un historial de excesos a la hora de ejercer el control social, lo que pudo detenerse con el actuar de una comitiva de convencionales que salió de la sede para dialogar con manifestante. Es que las formas represivas del orden público no deben formar del Chile por venir. Allí se constató un exceso del uso de la fuerza y también, huelga decirlo, el actuar de manifestantes que iban a romper con todo, porque quienes están dentro de la Convención serían “amarillos”, “vendidos” y otra serie de epítetos moralistas pseudorrevolucionarios. Y ahí, quienes somos partidarios/as de una nueva Constitución tenemos la responsabilidad de apoyar y, a la vez, cuidar el proceso. 

Quiero decir algo del evento “himno nacional”. A mi me gusta la letra escrita por Eusebio Lillo, quien fuera miembro de la Sociedad de la Igualdad y llegara a ser ministro de José Manuel Balmaceda, y que preserva el coro escrito por Bernardo Vera y Pintado. Ese himno dice cosas bien importantes que un país como el nuestro no debiera olvidar, inclusive en esa estrofa que tuvimos que aprender en los años grises, porque “lo sabrán nuestros hijos también” y las luchas de personas dignas pueden hacer “siempre al tirano temblar”. Pero no lo veo como un instrumento religioso al que se le falta el respeto. No hay un acto sacrílego, pues además su disrupción no tuvo dejos de iconoclasia sino el reclamo por una realidad que le excedía. No obstante, me dio pena por dos razones: a) que se utilice el himno para romper discusiones, pues no estaban las condiciones para comenzar la sesión; y b) por la orquesta de niños/as y jóvenes que lo entonó, pertenecientes a la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile, porque personas adultas no tuvieron en cuenta su condición de responsables ante personas que son menores de edad. Me encantaría que la Convención les desagraviara y les permitiera tocar el himno, el que a pesar de la disrupción se notó musicalmente bien ejecutado. 

Y así es como me acerco a las líneas finales de mi crónica, en la que no puedo dejar de destacar a dos mujeres que se robaron la película. Por un lado, la abogada Carmen Gloria Valladares quien se merece nuestro respeto y reconocimiento por su moderación. Si hoy se pudo iniciar y llegar a buen puerto la sesión, mucho tiene que ver con su papel. Escuchó, no se destempló, esperó el tiempo apropiado, condujo la ceremonia con parsimonia, en el ritmo de la democracia y con la cadencia solemne del republicanismo olvidado. Ella con sabiduría y firme ternura tomó la república sobre sus hombros y coadyuvó a que todos/as recordaran su papel histórico. Y la otra gran mujer es la presidenta de la Convención Constitucional: Elisa Loncon Antileo, Doctora en Humanidades de la Universidad de Leiden y Doctora en Literatura de la PUC, reconocida en los campos académico y social, que hizo un discurso sólido respecto del nuevo Chile que se vislumbra: uno democrático, plural, justo y armonioso, que rompa con la herencia dictatorial. Y no puedo dejar de decir que me corrió una lágrima, cuando al inicio, comenzó su alocución en mapudungun, lengua del mismo pueblo expoliado por las élites que albergaron esa sede parlamentaria en el pasado. Ese saludo, “Mari mari pu lamngen, mari mari kom pu che, mari mari Chile mapu […]”, tiene una carga simbólica y política que no puede ser sólo abordada desde una fría racionalidad política. Loncon dijo, en su saludo a los niños que estaban escuchando: “Se funda un nuevo Chile: plural, plurilingüe, con todas las culturas, con todos los pueblos, con las mujeres, con los territorios. Ese es nuestro sueño para escribir una nueva Constitución”. Más adelante, vino la elección de Jaime Bassa como vicepresidente, abogado constitucionalista, quien dijo en su discurso que “La paz social tiene un costo, y es justicia”. 

Durante el desarrollo de este hito inaugural estuve siguiendo lo que se decía en las redes sociales. Y noté que muchas personas, ya sea de sensibilidad de derechas o que se sienten alejadas de lo que se vive en el proceso constituyente, se quedaron con la impresión del ambiente disruptivo de la mañana. Y es ahí que creo que la imagen que puse al inicio de esta crónica, tiene una fuerza representativa que es un lente que permite entender el acto republicano de nuestro 4 de julio. Esto, toda vez que los acontecimientos y procesos históricos se evalúan por sus antecedentes, inicio, desarrollo, fin y con lo que deviene a partir de ellos. Si te quedas con la visión del inicio y no viste el cierre, tu lectura será corta en términos analíticos. Pero esta imagen muestra el cierre del hito inaugural: un minuto de silencio respetuoso y cada uno con sus muertos en la memoria. Esa imagen blinda una opción de “escepticismo esperanzado”. Visibiliza la política con mayúsculas, aquella que pone sobre la mesa sus ideas con respeto democrático. Y ahí vuelvo al inicio: este día está cargado de historicidad, que no es otra cosa que la capacidad que tienen los sujetos de hacer historia. Y sin lugar a dudas, cuando se va a construir una casa para todos y todas en democracia se está haciendo historia. ¿Cómo será aquello? No sé. Pero si el cauce democrático se mantiene, y más allá de las limitaciones de cualquier producto humano, será mejor de lo que hemos tenido en doscientos años de vida republicana. 

Luis Pino Moyano.