Visiones e ilusiones políticas #3: Democracia y el “vox populi, vox Dei”, y el socialismo y la salvación por la propiedad común.

Nota introductoria: Este material formó parte de un «cuaderno de trabajo» para un curso que estuvo basado en el libro de David Koyzis «Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas». Todo lo que está en azul en este texto es señal de resumen o de traducción literal de dicho libro. Para mayor detalle ver el post número 1 de esta serie, haciendo clic aquí. Véase también el post número 2 dedicado al liberalismo, conservadurismo y nacionalismo, haciendo clic aquí.

Democracia.

Cada vez que se habla de democracia, luego de hacer alusión a su origen etimológico en el griego que se traduciría literalmente como el “poder del pueblo”, se recuerda de manera muy recurrente la definición de Abraham Lincoln: “Democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La democracia es principalmente un sistema de gobierno que tiene como principios fundamentales:

  • La dignidad de la persona humana.
  • La libertad de conciencia y el pluralismo. 
  • La igualdad de todas las personas, lo que se traduce en los mismos derechos.
  • El ejercicio y promoción de los derechos humanos.
  • El gobierno de la mayoría con el respeto a los derechos de las minorías. 

La democracia es aplicada en la sociedad en el marco del estado de derecho, que supone la sumisión al ordenamiento jurídico (la Constitución y las leyes), el principio de elecciones libres, competitivas, pacíficas y reguladas jurídicamente con las que son elegidas sus autoridades. Dicho derecho al sufragio no sólo es el mecanismo de elección, sino también, el mecanismo de control de las autoridades por parte de la ciudadanía [1].

Uno de los grandes dilemas del sistema democrático dice relación con la conflictividad y el ejercicio de la tolerancia. El cientista político Marcelo Mella señala que: “La tarea de la democratización implicaría politizar el conflicto en tanto fenómeno, transformando la política institucional en un campo vinculado al pluralismo y a los conflictos de las sociedades complejas” [2]. La democracia no es la ausencia de conflicto ni de discusión, sino más bien, el sistema que construye el cauce para su expresión con respeto a la pluralidad de voces que pueden manifestarse en el espacio público. Es ahí donde expresiones tales como “amistad cívica” reportan un deber-ser en la sociedad: la idea ajena no debiese implicar falta de respeto o imposibilidad de trabar lazos colaborativos y/o de amistad. 

Pero, ¿hasta qué punto la tolerancia? Karl Popper lo explica de la siguiente manera a la hora de hablar de la “paradoja de la tolerancia”. Señaló: “Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos, significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñen a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos” [3]. En un contexto como el actual, donde la individualidad se ha radicalizado al punto de considerar la verdad como algo propio (“mi verdad no es lo mismo que tu verdad”), ha hecho que también aparezcan discursos de odiosidad respecto de personas y grupos. 

Es aquí donde Koyzis acierta cuando diferencia la democracia como estructura de la democracia como credo. La democracia como credo, a diferencia del liberalismo (o en complemento de él), presupone la soberanía popular, en otras palabras, el pueblo es quien gobierna, es “el soberano” en el sistema democrático. La soberanía del pueblo como credo podría llevar a pensar que la mayoría nunca se equivoca. “Vox populi, vox Dei”. Esa declaración pone de manifiesto la deificación de la mayoría. Es ideal, que nuestras decisiones sean acordadas y no impuestas en la sociedad, pero en muchas ocasiones en la historia las mayorías no sólo han cometido errores, sino también horrores y abusos. En dichos momentos de la historia, se ha presupuesto la igualdad, pero ocupando la metáfora orwelliana, han habido algunos más iguales que otros. La democracia es debilitada y debilitada cuando se impone el sentido común de los más iguales, sus ideas políticamente correctas, sus voces altisonantes que se imponen en las asambleas más por miedo que por persuasión. En dicho contexto no hay espacio para deliberación, el consenso, el debate… para la Política con mayúsculas [4]. 

Haremos bien en considerar la conclusión de Koyzis respecto de este tema: “Tenemos buenos motivos para apreciar la democracia constitucional y las oportunidades que ella confiere a los ciudadanos de participar del proceso político. El sufragio universal e igualitario, las elecciones verdaderamente competitivas y la libertad de participar del debate público son éxitos dignos de celebración. Al final, como vimos, la democracia da forma concreta a la noción de ciudadanía, de participación en el cuerpo político, y esto la hace mejor que las formas menos democráticas de gobierno. Todavía, debemos evitar la suposición que democracia es sinónimo de gobierno justo. No debemos presuponer que la democracia represente el estadio final de una historia redentora y el punto culminante del desarrollo de toda constitución política. En ese sentido, es necesario huir de la tentación de deificar un sistema político que, no más, es bueno y virtuoso. La democracia puede ser un bien, pero no es un dios” [5].

Socialismo. 

El socialismo ha tenido en su historia dos grandes vertientes que se han transformado en corrientes basales ideológicas de distintas fuerzas políticas, a saber, el marxismo y la socialdemocracia. Las presentaremos de manera breve, por separado. 

Marxismo.

El marxismo es una teoría política, económica y social que percibe la realidad desde el punto de vista de los sujetos que viven condiciones de explotación. Se fundamenta en el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels. Sustenta su observación de la realidad en el materialismo dialéctico, es decir en el entendimiento que la realidad material es no sólo observable sino que, también, modificable. Como señalara Marx en sus “Tesis sobre Feuerbach” número 11: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” [6].

Son elementos distintivos de la teoría marxista: a) la concepción de la historia como una constante lucha de clases, que es susceptible de ser pesquisada a partir de los diversos modos de producción que se han dado en el tiempo; b) la conceptualización negativa de la ideología como la verdad producida por la clase dominante y colocada como sentido común que conforma la realidad; c) la centralidad estratégica de la clase obrera: los proletarios son los sujetos revolucionarios; d) el horizonte comunista tiene en cuenta la destrucción del estado y de las clases sociales, para producir “el encuentro del hombre con el hombre”; y e) que esa lucha tiene en cuenta la violencia como medio para la conquista del poder [7]. Como plantearía Marx contraviniendo la tesis socialdemócrata: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde también un periodo político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” [8]. La finalidad de dicho régimen, es la utilización del estado para conducir el proceso transformador de la colectivización de la propiedad privada a su abolición, y de la hegemonía de la clase obrera a su abolición. Por su parte, Engels, diría respecto del Manifiesto Comunista que: “La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx” [9].

Huelga decir que existen distintas corrientes marxistas, que surgen no sólo del acercamiento a la obra de Marx y Engels, sino también respecto de sus polifónicos herederos: Lenin, Stalin/Trotsky, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Ernesto Guevara, entre otros [10] . El concepto “marxiano”, por su parte, da cuenta de la lectura y especialización en la obra de Marx.

Socialdemocracia. 

Esta corriente se aboca a la administración del capitalismo, mediante políticas reformistas que configuren lo que en Europa se ha denominado “estados de bienestar”, con marcado acento asistencialista. Ese estatismo, orientó su trabajo con la clase obrera desde la perspectiva corporativa, fomentó la configuración de estados nacionales fuertes (legal, económica y subjetivamente), y que se abre a la lógica de la mundialización. Por su parte, el sector socialdemócrata de la clase obrera organizada no busca la supresión del sistema capitalista, pues ve que el mercado otorga posibilidades para la regulación de la esfera económica (contra la tesis liberal) y la organización de la producción.

Sus reformas se han centrado en los siguientes aspectos: a) expansión progresiva de los servicios públicos, sobre todo en educación, salud y vivienda; b) un sistema fiscal regulador y actor en la esfera de la producción; c) institucionalización de la disciplina del trabajo que facilite la ejecución de los derechos de los/as trabajadores/as y políticas que lleven a la meta del pleno empleo; d) redistribución de la riqueza para garantizar a toda la ciudadanía un rédito mínimo; y c) un sistema solidario de pensiones. Como señala una declaración reciente: “La Internacional Socialista se fundó hace cien años para coordinar la lucha mundial de los movimientos socialistas democráticos por la justicia social, la dignidad humana y la democracia. En ella se reunieron partidos y organizaciones de tradiciones diferentes, que compartían el objetivo común del socialismo democrático. A lo largo de su historia, los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas han defendido los mismos valores y principios. […] Los socialistas democráticos han llegado a proclamar estos valores por caminos muy distintos, a partir del movimiento obrero, de los movimientos populares de liberación, de las tradiciones culturales de asistencia mutua y de solidaridad comunitaria en muchas partes del mundo. También tienen raíces en las diversas tradiciones humanistas del mundo. Pero aunque existan diferencias ideológicas y culturales, todos los socialistas comparten la concepción de una sociedad mundial pacífica y democrática, con libertad, justicia y solidaridad” [11].

Teniendo en cuenta lo anterior, sus organizaciones socialdemócratas, socialistas, laboristas, radicales, entre otras, buscan vivir los principios del socialismo en los márgenes de la democracia liberal. Cabe acá la expresión de Kautsky: “la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución”. Esta corriente tuvo entre sus fundadores a Louis Blanc, August Bebel, Ferdinand Lasalle, entre otros. Tuvo un ala marxista a inicios del s. XX, que en Alemania dio a sus principales dirigentes: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

La idolatría detrás de estas corrientes.

Uno de los elementos fundamentales de la construcción idolátrica del pensamiento socialista es que niega totalmente la idea de un Dios creador. Marx abraza el darwinismo como “la ciencia”, por lo que supone la preponderancia de la naturaleza en la realidad. Aquí hay una deificación de la materia. Por otro lado, la prioridad la tiene acá el sujeto colectivo en detrimento del individuo (contradicción con el pensamiento liberal). Ese sujeto colectivo está tensionado por la realidad dialéctica, ya no sólo de la naturaleza, sino de la historia, raíz del entendimiento de la violencia como “partera de la historia”. No hay “encuentro del hombre con el hombre” en la teoría marxista sin la violencia clase contra clase. Esa idea, si bien es cierto, se encuentra diluida en algunas expresiones socialistas actuales, la configuración de proyectos por la clase explotada sin colaboración de otras clases sociales es otra manera de verificar dicho conflicto. El encuentro que se busca no se da en la realidad concreta. 

Por otro lado, el socialismo es un tipo de historicismo, que absolutiza la historia y que plantea la necesidad de reescribirla y reconstruirla constantemente. Quienes profesamos la fe cristiana creemos que la historia ha sido trazada de principio a fin por Dios, y que quien la consumará será Jesucristo. Ningún acto de violencia puede derivar en paraísos en la tierra. La Internacional cantaba: “El día que el triunfo alcancemos / ni esclavos ni hambrientos habrá. / La tierra será el paraíso / de toda la humanidad”. Lamentablemente, a lo largo de la historia, también expresiones del marxismo y del socialismo han mostrado, con pruebas más que elocuentes, el problema de la existencia de unos más iguales que otros relevado por Orwell en su maravillosa novela. La única posibilidad de encontrar justicia y paz verdadera se encuentran en Jesucristo. No podemos deificar estas teorías al nivel de asumirlas como propias. 

Tomando prestadas las palabras del Winston Churchill, “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. La democracia tiene méritos, pero no es el fin de las cosas. Nosotros creemos en un sistema de gobierno mucho mejor, uno en el cual Cristo es quien gobierna y es el rey y soberano del mundo. 

Luis Pino Moyano.


[1] Síntesis de las ideas planteadas en: Humberto Nogueira (Coordinador). Manual de Educación Cívica. Santiago, Corporación Participa y Editorial Andrés Bello, 1992, pp. 137-150. 

[2] Marcelo Mella. Elementos de ciencia política. Vol. 1.  Conceptos, actores y procesos. Santiago, RIL editores, 2012.

[3] “La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper”. En: https://dialektika.org/2021/01/06/la-sociedad-abierta-y-sus-enemigos-karl-popper/ (Consulta: agosto de 2021). 

[4] George Orwell. Rebelión en la granja. Santiago, Editorial Planeta, 2013. 

[5] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018, p. 182. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material.

[6] Karl Marx. Tesis sobre Feuerbach. En: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm (Consulta: agosto de 2021). 

[7] La mayoría de estas ideas se encuentran esbozadas en: Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998. 

[8] Karl Marx. Crítica del Programa de Gotha. En: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/index.htm (Consulta: agosto de 2021). 

[9] Friedrich Engels. “Prólogo a la edición alemana de 1883 del Manifiesto Comunista”. En Marx y Engels. Op. Cit., p. 129. 

[10] Para quienes quieran conocer más sobre esta temática, recomiendo: Ernesto Ottone. Marx y sus amigos. Para curiosos y desprejuiciados. Santiago, Catalonia, 2019. 

[11] Declaración de principios de la Internacional Socialista, septiembre de 2013. En: https://www.internacionalsocialista.org/quienes-somos/declaracion-de-principios/ (Consulta: agosto de 2021). 

Visiones e ilusiones políticas #2: Liberalismo y soberanía del individuo, conservadurismo y la historia como fuente de las normas y nacionalismo como deificación de la idea de nación. 

Nota introductoria: Este material formó parte de un «cuaderno de trabajo» para un curso que estuvo basado en el libro de David Koyzis «Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas». Todo lo que está en azul en este texto es señal de resumen o de traducción literal de dicho libro. Para mayor detalle ver el post número 1 de esta serie, haciendo clic aquí

Ninguna ideología se mantiene intacta. No existe impermeabilidad cultural ni intelectual en ninguna cosmovisión o sistema de pensamiento. Los cambios se producen por el desarrollo de su pensamiento o por las tensiones que hay dentro de la misma corriente. Como dijera el filósofo esloveno Slavoj Žižek: “Una ideología en realidad triunfa cuando incluso los hechos que a primera vista la contradicen empiezan a funcionar como argumentaciones en su favor”. 

Otro elemento clave es que existe una tendencia mayor a que adeptos de una misma ideología tengan mayores discordancias y entren en más ocasiones en discusiones, porque buscan representar la visión más auténtica y pura de su sistema de pensamiento.

Liberalismo. 

El liberalismo es una de las corrientes basales en política más arraigadas en las sociedades occidentales, en tanto es uno de los hijos más predilectos de la Modernidad. Uno de los elementos que más ha sobrevivido a la ideología liberal es su fe fundamental en la soberanía del individuo. El individuo es libre para buscar el desarrollo humano. Es una tendencia progresista, que tiene en su horizonte una mayor emancipación, en un relato escatológico sin fin.

Es una corriente de pensamiento que no ha estado libre de tensiones. Por ejemplo, los liberales del s. XVIII y XIX veían al estado como la principal amenaza de la libertad, mientras que los liberales del s. XX han visto al estado como el principal promotor de la libertad.

Entre los pensadores fundamentales del liberalismo podemos reconocer a John Locke, Adam Smith, Jean Jacques Rousseau e Immanuel Kant. Por otro lado, los pensadores actuales más influyentes de esta tendencia son: Friedrich von Hayek, Milton Friedmann, Robert Nozick y John Rawls. En Chile, intelectuales como José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Benjamín Vicuña Mackenna, Alberto Edwards, y más recientemente, Agustín Squella, Alfredo Jocelyn-Holt, entre otros. En temas de discusión actual, me parece relevante destacar a la feminista liberal Camille Paglia. 

Decir liberal en distintos países no significa lo mismo. En países como Inglaterra y Alemania se configuran desde el centro político, bajo el diálogo continuidad-cambio. En Estados Unidos desde la izquierda, defendiendo libertades civiles viejas e innovadoras. En Italia con una identidad de derecha conservadora, teniendo de liberal el sistema económico homónimo. En América Latina fomentaron el federalismo y el parlamentarismo, defendieron la libertad electoral, el estado docente y laico, adhirieron a la lógica republicana, democrático-representativa y constitucionalista, con énfasis en el progreso. Generaron, además, una política modernizadora en lo económico y educacional, pero conservadora en lo social y en lo político [2].

El liberalismo postula el librepensamiento (hijo de la ilustración y del humanismo secularizado), el individualismo, y la presuposición respecto a que la propiedad antecede lo social. Como plantean Miguel Artola y Manuel Pérez: “El pensamiento liberal, plenamente elaborado en la obra del filósofo inglés John Locke (1634-1702), y en especial en sus Dos tratados del gobierno civil (1690), estaba construido a partir del postulado de la existencia de unos derechos naturales, anteriores y por lo mismo superiores a cualquier obligación política. Para Locke, y para todo el liberalismo posterior, estos derechos eran la libertad y la propiedad; desde el momento en que se ponía a todos los individuos en las mismas condiciones para que disfrutaran de ambos, surgía la igualdad, completando así el enunciado de los derechos del hombre. La igualdad no consistía, por tanto, en alcanzar una nivelación de las condiciones de vida de los hombres, objetivo por completo ajeno a los planteamientos teóricos liberales” [3].

Recordando que la secularización consiste en el desplazamiento de los motivos religiosos tradicionales por motivos religiosos centrados en el ser humano, podría señalarse que la tesis de “todos los seres humanos nacen libres e iguales”, es una declaración religiosa y/o filosófica, a tal punto que construye una tensión interna en el liberalismo por la idea de igualdad. La idea de un contrato social aceptado voluntariamente por los individuos tiene escaso correlato empírico en la historia contemporánea, pensando en el período abierto con la Revolución Francesa en 1789 hasta la actualidad. Pero es cubierto por el relato redentor de una violencia originaria que rompe con las antiguas cadenas y la construcción de un santoral de héroes y padres fundadores. 

Muchos liberales procedían originalmente del cristianismo, y desde ahí tomaron ideas como la de la responsabilidad individual. Pero desde finales del siglo XIX, es una tendencia fuertemente anticlerical. El debate liberal de lo religioso en el espacio público, entendiendo que esa dimensión forma parte de la vida privada de los individuos, de su fuero interno. Y ahí hay liberales que tienden a reconocer que un estado laico es aquel que permite la circulación libre de las ideas, entre ellas las religiosas, en el marco de una sociedad plural, y otras tendencias liberales que lo entienden como aquella organización social que en el marco institucional no da cabida al relato religioso en el espacio público. 

El liberalismo tiende a absolutizar al ser humano como individuo, como un sujeto libre por sí y ante sí. Autonomía, capacidad de pensar por sí mismo, validación de su experiencia, se funden en dicho ejercicio.

Uno de los elementos más complejos de la ideología liberal es que la mayoría de los liberales no reconocen su posición como una cosmovisión omniabarcante. Pero evaluemos la mirada cristiana: los seres humanos somos responsables, y hay parte de nuestra vida que es individual. Pero no somos autónomos, tenemos a un Señor que es dueño de nuestra vida y de nuestra conciencia. Además, nuestra libertad siempre es para amar y servir, por lo cual hay una responsabilidad que es social de quienes somos creyentes. 

No puedo dejar de decir que veo con preocupación a creyentes evangélicos que asumen las ideas del liberalismo, en una suerte de moda teórica en América Latina, asumen de manera superficial y a veces banal discusiones tales como “estado débil vs. Estado fuerte”, no comprendiendo la sutil diferencia entre estado pequeño y estado débil. Para el liberalismo el estado tiene poder coercitivo para sostener el bienestar de la ciudadanía y poderes para crear, ejecutar y aplicar las reglas del juego. Piensen en el papel del estado para crear leyes en torno a reivindicaciones individuales y de identidad asociadas a la moral sexual. En el cuarto módulo tendremos un acercamiento desde el pensamiento reformado al papel del estado. 

Conservadurismo. 

El conservadurismo puede ser entendido como un modo de actuar en política marcado por la prudencia, o una tendencia dentro de otras ideologías (“liberales conservadores”, “socialistas conservadores”, pero es también una ideología. 

Koyzis dice que “Conservar significa mantener alguna cosa, preservarla, enfrentando a las fuerzas que tienden a eliminarla con el pasar del tiempo. El conservador está consciente que cualquier tipo de cambio provoca pérdidas inevitables – frecuentemente, la pérdida de una cosa buena que no puede ser sustituida. […] Es posible que esa melancolía de los conservadores provenga simplemente del hecho de haber perdido su poder y sus privilegios” [4]. Esa forma de pensar la historia puede ser parte de cualquier tipo de sistema. La pregunta “¿qué es lo que se desea conservar?”, puede ser respondida de diversas maneras, según su contexto. “Lo que hace de alguien un conservador es la forma de lidiar con la tradición y con el cambio en el contexto de una comunidad humana que está desenvolviéndose” [5]. El conservadurismo no es intrínsecamente cristiano. Puede ser musulmán, hindú o ateo. 

Lo que define a un conservador en política es su realismo, que niega utopías o definiciones abstractas. Lo bueno no necesariamente es perfecto, sino aquello que tiene un efecto inmediato y concreto en el mundo real. El discurso de “las necesidades reales de la gente” es de raigambre conservadora. Los conservadores no se niegan a los cambios, pero sostienen que los medios de prueba del beneficio en la reforma es de quienes las promueven, particularmente respecto de los efectos colaterales y su compensación. Por eso, promueven cambios a pequeña escala, graduales y basados en experiencias pasadas (alto valor a la historia).

El conservadurismo no es progresista, a diferencia del liberalismo y el socialismo. Reconoce los límites de la razón humana, y considera que siempre es mejor estar del lado de la tradición que contra ella. ¿Cuáles tradiciones son las mejores o correctas? La respuesta: “las nuestras”. Y eso nuestro, puede tener tintes nacionalistas, étnicos, regionales o locales. Y se debe tener cuidado con la diferencia entre tradición y tradicionalismo. Jeroslav Pelikan decía que “La tradición es la fe viva de los muertos” mientras que “el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos” [6]. Por eso se da el fenómeno de lo que Koyzis llama “multiplicidad temporal de tradiciones”,  en tanto las tradiciones también tienen movimiento, no son estáticas. Edmund Burke, uno de los principales teóricos conservadores, no buscaba paralizar el proceso histórico de la vanguardia liberal inglesa, pero enfatizó en la necesidad de proceder con cautela y respeto de las convenciones y costumbres, y ahí tenemos una república con molde monárquico en Inglaterra. Es el respeto y mantención del status quo, reticente de los cambios y opositor a la quiebra radical.

Otra tendencia del conservadurismo es volverse al romanticismo, que idealiza un pasado de carácter mitológico, que genera una mirada reaccionaria, de tendencia restauracionista, que entiende que el status quo no es todo lo que debería ser. El pasado es divinizado.

Existe una muy común asociación de conservadurismo con cristianismo, puesto que muchos cristianos vieron a la “tradición judeo-cristiana” como el basamento de la sociedad y la cultura occidental (en la que por cierto hay una herencia greco-latina, es decir pagana, que es innegable, sumándole el influjo ilustrado de la Modernidad). Un cristiano apegado a la Escritura y que con sus lentes discierne la realidad, entiende que continuidad y cambio van de la mano, coexisten. El mandato cultural que incluye cuidar el jardín y cultivarlo, tienen nociones de progreso y conservación, por eso pueden ser vividos en el Edén (según Génesis 1 y 2) y en Babilonia (según Jeremías 29). Absolutizar el progreso o la conservación es construir un ídolo, raíz de toda idolatría.

Además, dicha asociación cristianismo-conservadurismo, por cómo se dio en América Latina, donde el ideal se expresaba en la triada: Dios, familia, patria. Por ello, formaron partidos políticos confesionales, apegados a la Iglesia Católico-Romana. Su base social eran las élites, pero el discurso patriótico fomentaba el policlasismo. Huelga decir que los conservadores se opusieron a las tesis darwinistas sociales que fomentaban la segregación racial que veían a indígenas y negros como subhumanos, muy presentes en los sectores liberales. Por otro lado, y a modo de ejemplo, el Partido Conservador chileno, uno de los más antiguos fundados en Chile y que existió hasta 1965, en su intención policlasista, participaron de la fundación de las primeras asociaciones multigremiales – como la FOCH-. El talante sindical de la juventud conservadora de los 30, fue forjado al alero del sacerdote jesuita Fernando Vives. Ese grupo sería el que más adelante formaría a la Democracia Cristiana. 

El conservador que entiende que el orden es perfecto y la historia es perfecta, olvida que la  historia avanza a un futuro mejor, consumada por Cristo. Por ende, hoy podemos trabajar por mejorarlo, por producir reformas. Valorar las tradiciones, recomendar la mesura, pueden ser acciones sabias, y en las que podemos estar de acuerdo con los conservadores. Pero no debemos olvidar que ni siquiera la creación de Dios es estática, que vive constantemente cambios, mejorías de la mano de la providencia y la gracia común, o empeoramiento como resultado de la pecaminosidad individual o social. Toda tradición debe ser evaluada a la luz de la Biblia, pues al ser productos humanos son falibles y no podemos construir una mirada consistente de la política en fundamentos destructibles. 

Nacionalismo.

Las naciones y el nacionalismo son un invento moderno. Tienen un origen histórico relativamente nuevo, ya que, datan del siglo XVIII y XIX, de la mano de los procesos de revoluciones burguesas como de los procesos emancipadores en América (léase como continente y no como Estados Unidos). La tesis mayormente consensuada en la historiografía es que en Europa la nación existía antes de la creación del Estado, y en América Latina el estado precedió a la nación. De hecho, se construyó a partir de él, y se usó la ley, la escuela, los museos, la historia, los símbolos patrios y hasta guerras para fomentar la identidad nacional. La idea de Benedict Anderson de una “comunidad imaginada” es clave, pues lo que produce unidad es la homogeneidad, y esa homogeneidad no es natural. 

El nacionalismo puede ser conservador o progresista. Pero siempre porta una historia redentora. Recibió su misión en tiempos pasados, y que consiguiendo la libertad de un reino opresor, avanza a su “futuro esplendor”. Si el nacionalismo nos ayudara a encontrarnos con otros hijos e hijas de esta tierra, con la lengua materna, con la solidaridad, con la comunidad de sentimientos, con el amor a la tierra de nuestros padres, bienvenido sea. Pero, lamentablemente, el nacionalismo ha derivado en el olvido de las diferencias y la violencia que la genera (no creo estar exagerando cuando digo que todos los Estados Nacionales tienen su inicio en un hito violento), en la naturalización del relato fundador de las élites que la han construido (dicho de otro modo, quienes imaginaron la comunidad) y, peor aún, en el rechazo de nuestros hermanos de otras nacionalidades. La nación es divinizada, llegando a ser como Ernest Renan la definía: “un alma viva, un principio espiritual”. “La copia feliz del Edén”, dice nuestro himno nacional. Ahí está la diferencia entre patria y nación, siendo la primera “la tierra de los padres”. 

El Apóstol Pedro en su primera carta (2:11), nos trata como peregrinos y extranjeros. Dicha referencia es clave para entender el nacionalismo desde una perspectiva cristiana. Lamentablemente, en América Latina, quienes provenimos de contextos evangélicos nos adentramos en la lectura de la Biblia con traducciones que nos hablaban de “naciones”. Quizá el texto más reconocido en nuestra mente sea el de la gran comisión que nos invita a hacer discípulos de todas las naciones. Digo “lamentablemente”, porque hace que olvidemos que el Nuevo Testamento, en todas aquellas palabras que se traducen como nación, originalmente ocupa el vocablo “éthnos”, cuya mejor traducción podría ser “pueblo” o “multitud”, lo que no necesariamente tiene que ver con lo que reporta el concepto nación, que da más cuenta de un factor más subjetivo, como el de la identidad. Es esa noción la que hace que no olvidemos la catolicidad de la iglesia, que hace alusión tanto a la universalidad como a la totalidad del mensaje. El cristianismo no es ni siquiera internacional, no cabe en esa categoría. El cristianismo es supranacional por definición. Haríamos bien en recordar las palabras del Apóstol Pablo, cuando señaló: “Ya no tiene importancia el ser griego o judío, el estar circuncidado o no estarlo, el ser extranjero, inculto, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y está en todos” (Colosenses 3:11, Dios habla hoy). Dice Koyzis: “Al paso que el cristianismo intenta unir a las personas en amor y en humildad, el nacionalismo las separa con base en la soberbia y en el egoísmo tribal” [7].

Cito a Berdiaev: «El nacionalismo idólatra convierte a la nacionalidad en un valor supremo y absoluto, al cual está subordinada toda la vida. El pueblo substituye a Dios. Es inevitable el choque del nacionalismo con el cristianismo, con la universalidad cristiana, con la revelación cristiana de que no existe la Hélade y Judea y de que todo hombre tiene un valor indiscutible. El nacionalismo transforma todo en instrumento propio, en instrumento del poder nacional, de la originalidad y del florecimiento nacionales. […] El nacionalismo lleva por consiguiente al politeísmo, al particularísimo pagano. Hemos visto cómo durante la guerra el Dios alemán, el Dios ruso, el Dios francés y el Dios inglés combatían entre sí. / El nacionalismo no acepta la verdad religiosa universal” [8].

Está bien, somos “extranjeros” radicados en esta tierra, con la que nos identificamos, a la que amamos; pero también somos “peregrinos”, que estamos de paso, que caminamos de la mano del Señor hacia la ciudad prometida, al hogar del cual salieron nuestros primeros padres, al lugar en el que el Reino de Dios será plenamente consumado. La nación siempre tiene que ver con la identidad. Y nuestra identidad hoy tiene que estar en Cristo. Todo lo demás, es secundario y, a veces, hasta innecesario. Si el nacionalismo te hace apartar tu mirada de Dios y de tu prójimo, haciendo que ocupe un lugar preponderante en tu corazón, se convierte en un acto pecaminoso e idolátrico. Un ídolo, por cierto, con pies de barro.

Que la bandera que llevas en tu pecho no sea obstáculo para amar y aprender de tu hermano o hermana que, providentemente -presuposición teológica que hacemos mal en olvidar-, nació en otro lugar de la tierra [9].

Todas estas ideologías, de una u otra manera, terminan fortaleciendo la imagen del ser humano, poniéndolo en el centro, entronizándolo, en lugar de reconocer al Creador como soberano de sus criaturas, de la historia y de todos los pueblos de la tierra.

Luis Pino Moyano.


[1] Slavoj Žižek. El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2001, p. 80.

[2] Ejemplo de ello es lo estudiado en: Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

[3] Miguel Artola y Manuel Pérez. Contemporánea. La historia desde 1776. Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 40.

[4] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018, p. 88. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material.

[5] Ibídem, p. 92.

[6] Jaroslav Pelikan. The vindication of tradition. New Haven, Yale University Press, 1984, p. 65.

[7] Koyzis. Op. Cit., p. 127.

[8] Nicolai Berdiaef. El destino del hombre contemporáneo. Santiago, Editorial Pomaire, 1959, pp. 98, 99 (la cita al pie refiere el nombre y apellido del autor tal y como lo traduce la obra en castellano).

[9] La sección sobre el nacionalismo es una adaptación de mi artículo “Unas breves palabras sobre el nacionalismo desde el cristianismo”. En: Luis Pino. En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana. Saint-Germain-en-Laye y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021,, pp. 206-208.

Visiones e ilusiones políticas #1: Ideología, religión e idolatría. Trascendiendo a las ideologías.

Nota introductoria: 

Este es un material eminentemente pedagógico. Su base original estuvo en mis apuntes de clases para un módulo de un Diplomado en Teología Pública y Política, organizado por el Centro de Extensión de la Facultad Teológica Reformada. Luego de la grabación de las clases, organicé y edité dichos apuntes en el formato de un “cuaderno de trabajo”, con la intención de facilitar el seguimiento de las materias abordadas y proveyendo referencias que ayudaran a la profundización. 

El material buscaba acercar, también, la lectura de un libro que hasta el momento de la elaboración del material (agosto de 2021) sólo estaba disponible en inglés y en portugués por el filósofo y cientista político canadiense David Koyzis titulado “Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas” [1]. Dicho libro cuenta hoy con una traducción al castellano que invito a adquirir. El libro tiene nueve capítulos y un epílogo, los que fueron base para la parcelación de la materia en cuatro partes, a saber:

    • Introducción: ideología, religión e idolatría. Trascendiendo a las ideologías. 
    • Liberalismo y soberanía del individuo, conservadurismo y la historia como fuente de las normas y nacionalismo como deificación de la idea de nación.
    • Democracia y el “vox populi, vox Dei”, y el socialismo y la salvación por la propiedad común.
    • Una alternativa no ideológica: dos abordajes cristianos y la relación entre estado y justicia.

Koyzis

Para analizar estos cuatro grandes ejes temáticos, nos hemos propuesto tener como finalidad del curso el estudiar las ideologías, su lugar en la política y la vida humana y, específicamente, “la evaluación de su impacto sobre el estado o comunidad política, que es la comunidad que reúne y vincula a los ciudadanos y su gobierno para el propósito de ejecutar y mantener la justicia” [2]. 

Como ya se ha venido haciendo en estas páginas, todo texto que esté en color azul, es señal de un resumen o traducción literal de las ideas de Koyzis. Aquello que aparezca en negro, forma parte de un texto original mío. Esta licencia pedagógica que me permito para este formato de texto (un “cuaderno de trabajo”), busca dejar bien establecido cuando es Koyzis quien habla, más allá de las citas directas que serán referidas a pie de página. Hoy comparto este material en mi blog con el fin de colaborar en la formación de un bagaje de herramientas que permitan desarrollar las tareas de una teología pública, en la comunicación del testimonio de la fe en Cristo, como proclamación del evangelio y como presentación y aplicación de una cosmovisión, en la ciudad que te toca vivir, con un público que no necesariamente es cristiano. Y, junto con ello, ayudarte a discernir bíblicamente aquello que se puede aceptar o modificar y lo que se debe rechazar de las ideas que circundan en el mundo, teniendo como base la Palabra de Dios. 


Los conceptos de “visión” e “ilusión” tienen un límite bastante difuso, puesto que las cosmovisiones no pueden ser reducidas a un laboratorio y a la demostración empírica. Es más bien:

  • una visión pre-teórica;
  • arraigada en un compromiso religioso básico (reconocido o no); y 
  • en interacción con la experiencia cotidiana de la vida. 

Para Koyzis la ilusión es una interpretación distorsionada de la realidad, lo que no limita su poder de persuasión y su pretensión de veracidad. Por ello, es que necesitamos reconocer la compleja relación entre visiones e ilusiones opuestas, pues a pesar de los debates y tensiones que hay entre ellas, muchas de ellas, sea cual sea su matriz política tienen como origen una fe religiosa que ve el cosmos como un sistema esencialmente cerrado, sin referencia a un creador o redentor. Más allá del conflicto hay una matriz idolátrica que les dota de existencia. Las ideologías políticas son los ídolos de nuestra era, al decir de Bob Goudzwaard, economista holandés de tendencia reformacional (Koyzis sigue esa línea de pensamiento en su análisis). 

Todo lo anterior tiene su expresión en el concepto de ideología. Según Koyzis, las ideologías son “formas modernas del fenómeno perenne de la idolatría, trayendo en su bolso sus propias teorías sobre el pecado y la redención. Desde el inicio de su narrativa, la Escritura denuncia el culto a los ídolos, falsos dioses que los seres humanos crean. Como las idolatrías bíblicas, cada ideología se fundamenta en el acto de aislar un elemento de la totalidad creada, elevándolo por encima del resto de la creación, haciendo que ella gire en torno a la órbita de ese elemento y lo sirva. La ideología también se fundamenta en el presupuesto que ese ídolo tiene la capacidad de salvarnos de un mal real o imaginario que hay en el mundo” [3].

Y las ideologías tienen, desde una perspectiva cristiana, tienen una raíz profundamente idolátrica, pues se traducen en la absolutización de una parte de la realidad, en falta de realismo (todo es mirado con el prisma ideológico, y allí la teoría “nunca se equivoca”), en la secularización de los motivos religiosos y la deificación de una cosa creada.

Aquí es preciso decir algunas cosas relevantes:

  • No toda teoría política puede ser entendida como ideología. Para Koyzis la ideología no sólo es una mirada distorsionada de la realidad, sino la popularización de una teoría política o filosófica normativa. 
  • La ideología en tanto idolatría, es base de otros pecados. La ideología es una falsa narrativa de redención en la historia, en el aquí y el ahora. 
  • Las categorías de izquierda y derecha, surgidas en el contexto de la Revolución Francesa, se quedan cortas para entender los constructos políticos del presente por las siguientes tres razones: a) están atadas a circunstancias históricas y locales; b) no distingue adecuadamente la relación entre igualdad y desigualdad, autoridad y libertad, y anquilosa la relación entre progresismo y consevadurismo, que no son sinónimos de izquierda y derecha respectivamente; c ) no permite reconocer la raíz idolátrica de quienes ponen en el centro al ser humano (individuo/comunidad).

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  • La preocupación cristiana por la verdad nos debe llevar a una actitud de discernimiento permanente. Cristo es “la” verdad y la verdad conocida nos hace libres. 

¿Cómo trascender a las visiones ideológicas que son antagónicas en relación a nuestra fe, específicamente en el contexto que nos toca vivir? Vivimos en una sociedad que pareciera avanzar en la radicalización del proceso de secularización inaugurado en los albores de la Modernidad. La secularización consiste en el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social. Los progresistas del presente quieren hacernos pensar, con una lectura bastante fatalista de la historia,  que este proceso no tendría vuelta y debiese derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. 

Pero acá, hay que decir que la Modernidad no produjo de inmediato la “muerte de Dios” o la crítica a la religión “opio” (ambas metáforas, una de Nietzsche y otra de Marx, respectivamente). En Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. El obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Esa es la base teórica del ateísmo.  Eso hace que el secularismo no sea ausencia de fe, sino una nueva forma de creer, con otros presupuestos y premisas que tampoco pueden ser comprobados científicamente o reducidos a un laboratorio. Dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”.  El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira. Lo que define el momento actual, llamado por unos posmodernidad, por otros modernidad radicalizada o modernidad líquida, la mantención de la sospecha de las verdades absolutas, el relativismo, la radicalización del individualismo y la caída de los metarrelatos [4].

Si hacemos una lectura conjunta de Romanos 12:2 y Colosenses 2:8, deberíamos tener muy presente que necesitamos cuidarnos de las ideas del sistema imperante, luchando contra lo “políticamente correcto” y los “sentidos comunes” de la época que son instalados por múltiples medios, dando forma a la realidad y los lentes para observarla. Por ello, es que nuestras mentes deben vivir una profunda transformación espiritual, no olvidando que la actividad intelectual también puede (¡y debe!) ser parte de nuestro culto al Señor. Jesús señaló a sus discípulos horas antes de ir a la cruz que él era el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6), y en dicha declaración no dejó más opción que mirarlo, conocerlo y amarlo sólo a él. Cuando conocemos a Cristo no hay lugar para el relativismo. 

Esquema: ¿Cómo analizar ideas foráneas al cristianismo desde un prisma cosmovisional?

análisis cosmovisional.

Luis Pino Moyano.


[1] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material. Puede conocer más sobre el pensamiento de Koyzis y sobre su libro en la entrevista que realizamos junto a Jonathan Muñoz disponible en: http://youtu.be/DG3jU6BzwgI (Consulta: enero de 2023).

[2] Ibídem, p. 18.

[3] Ibídem.

[4] Sobre esta temática, véase: Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012; Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Lucas Magnin. Cristianismo & Posmodernidad. La rebelión de los santos. Barcelona, Editorial CLIE, 2018; y, Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969. Trabajo con mayor profundidad estas ideas en: Luis Pino. En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana. Saint-Germain-en-Laye y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021, pp. 2-35.