Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…

Luis Pino Moyano.

21 de diciembre de 1907, ciento once años antes de que me dispusiera a escribir estas letras, hombres, mujeres y niños que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo, fueron asesinados a sangre y fuego por el ejército chileno, en Iquique, mientras se encontraban refugiados en la Escuela Santa María. Sí, el mismo ejército “siempre vencedor y jamás vencido” como se nos repite en todas las “impecables” paradas militares, obviamente, obnubilando este acontecimiento y otros a lo largo de nuestros años de vida republicana, marcados por guerras civiles, golpes de estado y masacres obreras. 

“Es peligroso ser pobre, amigo”, rezaba la cantata escrita y musicalizada por Luis Advis, e interpretada por los Quilapayún. Ese verso sintetiza algo demasiado políticamente incorrecto para nuestros oídos barnizados de “país bacán”: la sociedad chilena tiene enquistado un clasismo, que no sólo nace del acceso al capital, o por la “noble cuna” en la que se nació, sino también, y por herencia colonial, por el color de la piel. Chile es fértil en su estratificación social y pigmentocrática. El pobre es bueno, cuando es “el roto chileno” vaciado de sentido, que lucha por el estado-nación. El mapuche es bueno, cuando se llama Caupolicán, Lautaro y Galvarino y lucha contra el imperio español, pero no cuando se llama Quilapán y lucha contra el estado chileno y su ocupación militar y genocida disfrazada eufemísticamente de “pacificación”. El extranjero es bueno, cuando representa los grandes valores de la sociedad occidental, y se engarza en el proyecto civilizador eurocéntrico del país, ayudándonos a ser “los ingleses de Latinoamérica”, mientras que la otredad india y negra es segregada, marginalizada e, inclusive, marcada por la construcción de lo delictual. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es una paráfrasis de lo cantado por los hoy viejos de ponchos negros, que tiene la finalidad de poner sobre la palestra la configuración patriotera de enemigos internos y externos, de lo cual lo mapuche y lo haitiano son claro símbolo. Chile ha tenido múltiples enemigos externos: Perú y Bolivia, con quienes nos enfrascamos en dos conflictos bélicos durante el s. XIX, y Argentina con quienes sólo nos alcanzamos a mostrar los dientes. Pero también, en ciertos momentos, Estados Unidos, el imperio, enemigo no sólo de marxistas y socialdemócratas, sino también por distintas corrientes terceristas. En los setenta y ochenta, el enemigo era el “comunismo internacional”, particularmente cubanos y soviéticos, quienes asociados conspiraban contra el régimen mesiánico-militar que había venido a refundar el país. La moneda de $5 y $10, con la imagen de la libertad personificada, con sus cadenas rotas, era un vívido símbolo de la derrota de ese enemigo, con el que nunca se enfrentaron más que en el discurso. Pero también del triunfo sobre el enemigo interno, configuración identitaria que también nos persigue en la “larga duración”: “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, rotos que eran “palomeados” (asesinados o heridos a sablazos), anarco-sindicalistas y comunistas (figurados como “cáncer” y como “humanoides venidos de Marte”, según miembros de la Junta Militar a la que hoy algunos parlamentarios sin ninguna gota de pudor homenajean), miristas (“ratones” que se matan entre sí, según la prensa mercurial), extremistas, violentistas, encapuchados y anarquistas (sobre todo los de la casa okupa “Baco y Zanetti”, según nos informó el exministro Hinzpeter). Y ante esos enemigos, con los que el estado mediante los institutos armados sí se ha enfrentado más allá de la retórica (y vencido en la mayoría de las ocasiones), no ha dejado de dilapidar recursos y esfuerzos. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Camilo Catrillanca, asesinado alevosamente por efectivos policiales, primero fue acusado de un robo, del que arrancó en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera bajo la pútrida lógica del empate, olvidando que la mayoría de quienes rechazamos estos hechos, también nos manifestamos en contra de la muerte de otros seres humanos (¡HUMANOS!) en nuestra democracia en la medida de lo posible: Alex Lemún, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza Collío, a los que podría agregarse a Daniel Menco, Claudia López (estudiante de danza de mi alma mater) y Manuel Gutiérrez,  todos jóvenes que murieron en democracia, con gobiernos de distinta bandería. Muertes que generaron protesta, reflexión, investigación periodística, expresiones artísticas, pero que la simplonería argumental olvida intencionalmente o por ignorancia supina. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Haitianos/as sacados en masa del país, en un acto dizque voluntario, bajo la lógica del “no te echo, pero te empujo”, toda vez que experimentaron la discriminación, el abuso en el trabajo y en el arriendo de habitaciones para el descanso cotidiano. Seres humanos (¡HUMANOS!) que ven la posibilidad de volver a su tierra, y así regresar a la dignidad, aunque sea con carencia de bienes, en un retorno que les hace firmar el cierre de la puerta de regreso por nueve años. ¡Nueve años! ¿Por qué? ¿Por qué son muchos? ¿Muchos en relación a qué o quién? Muchos en relación a su color de piel, que muchos haitianos migrantes en este país que “quiere al amigo cuando es forastero” descubrieron era el negro. 

Y aquí, podrán saltar algunos lectores y decir, como diría la clase política en el bloque del poder, que “hay que cuidar nuestras fronteras”, y “la soberanía”, y “la casa ordenada”, y “bla, bla, bla”, no entendiendo nada, o maquiavélicamente por un fin proyectado, según el caso. Esa idea del aeropuerto abierto al que cualquiera entra, se te cae sólo con un viaje comparando los ingresos a otros países y a Chile, lleno de protocolos, declaraciones juradas y revisiones habidas y por haber. ¿Por qué? Porque nuestra ley de extranjería está basada en la política de seguridad nacional instalada por la dictadura, precisamente para impedir el ingreso de “retornados”, cubanos, soviéticos y todos sus secuaces que buscarían demoler un régimen. ¿Cómo puede entenderse la idea de una casa desordenada cuando la ley que regula su ingreso emergió de un gobierno en el que los derechos estaban conculcados? Sólo a partir de la lógica del enemigo externo. Es por esa lógica, que puede decirse que el “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” atenta contra los intereses del país, mintiéndole a la población, porque basta sólo una lectura del documento para decir que: a) este pacto no habla de la migración como un derecho (aunque está basado en un enfoque de derechos); y b) que no niega la soberanía de un país para establecer su propia legalidad migratoria, según consta en el punto 15, letra c. Chile, el vecino con síndrome de “Doña Florinda y Quico”, que se cree más que la chusma, pero teniendo similares condiciones de existencia que los demás. Porque estamos claros: es necesaria una nueva legalidad que regule la migración, en un país democrático y teniendo como base el justo y necesario equilibrio entre el derecho internacional y el interés nacional, que no se contradicen necesariamente como plantean algunos discursos trasnochados (pero que están volviendo a amanecer).

Después de todo lo dicho, no puedo cerrar mi texto. No puedo, por tener el estómago apretado, con un nudo nauseabundo, por las mentiras de la alegría, de la gente que gana, del crecimiento con igualdad y de los tiempos mejores. Por eso, recurro a uno de mis recursos más habituales a la hora de escribir: colocar una cita. Pero esta vez, no será a modo de corolario o golpe final. El texto seguirá inconcluso, inmerso en la pregunta levantada por el médico cirujano y poeta haitiano Jean Jacques Pierre-Paul a propósito de su conciudadana Joane Florvil, acusada de abandonar a su hija en una OPD y que luego de ser apresada se dijo que habría atentado contra su vida golpeándose la cabeza contra una pared, lo que le habría llevado a la muerte. Nuestro hermano Jean Jacques (digo hermano, por ser él un cristiano evangélico), tenía muy clara la verdad antes que fuese sentenciada por un tribunal: Joane no había abandonado a su hija ni atentó contra su vida, sino que fue víctima de nuestro complejo de superioridad que nos hace tener un tipo de clasismo que no sólo se basa en lo social o en la plata, sino también el color de piel. Él dijo con toda la fuerza de su verba latente:

“¿Cómo es posible vivir en medio de tanta oscuridad?

Como es posible vivir en una ciudad sin poesía 

Sin espejos, sin abrazos, sin Joane Florvil?

Soy uno de los cobardes 

Que no querían entenderte defenderte 

Lo único que se me ocurre ahora es llorar 

y escribir este poema para decirte

Que siento mucha vergüenza 

De ser parte de la humanidad que te mató

En una ciudad llena de cobardes pretenciosos 

Teníamos la oportunidad de amarte

Teníamos la oportunidad de hacer 

Con tu mirada un bello nido de pájaros”. 

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Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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“Ese mar que tranquilo te baña”. ¿Quién ganó y quién perdió en La Haya?

Los ganadores: El gobierno chileno y el equipo jurídico que contrató. Y, por supuesto, las familias que son dueñas de “nuestro mar”.

Los perdedores: El gobierno boliviano y el equipo jurídico que contrataron, y por supuesto, a modo de deconstrucción, Evo Morales y un eje clave de su proyecto político.

Los grandes perdedores: el pueblo de a pie de ambos países:

  • Los que en Bolivia soñaron con un día bañarse en una playa propia y tener acceso soberano a un territorio que en un momento de la historia les perteneció. 
  • Los que en Chile todavía no entienden que la sangre derramada en la Guerra del Pacífico (léase, “del Salitre”), no tuvo ningún sentido patriotero para Mr. North (que llegó sin “ni una chaucha” a nuestro país), como no lo tiene para quienes depredan nuestras riquezas. Chile no gana nada con esto. Si no lo cree, viaje al Norte en bus y vea los kilómetros de borde costero sin nada ni nadie. Nunca se debe confundir el bienestar de unos pocos con el bienestar de un país.

Puede que ahora estés celebrando como en el triunfo que nos faltó para ir al mundial. Pero sería bueno hacer una revisión de tu nacionalismo, para constatar si en realidad se trata de un real amor a la tierra de tus antepasados y a la gente con la que vives, junto con todo la creación cultural producida a lo largo de nuestra historia; o, si en su defecto, no es más bien un discurso ideológico que te hace creer en una homogeneidad también ideológica y que no se materializa en los rigores cotidianos de la vida. Y en eso, puede que nos parezcamos demasiado a los bolivianos de los cuales muchos se burlan un día como hoy con una feroz carencia de empatía.

Luis Pino Moyano.

Pensando en voz alta sobre el suicidio.

Si la noticia de una muerte es por sí misma impactante, con mayor razón lo es la noticia del suicidio. Lo violento y, a veces, imprevisto de un acontecimiento como éste nos sacude, sobre todo, cuando se trata de una persona cercana, con la que podríamos haber empatizado más, puesto que siempre pudo haberse hecho algo más. Debido a las deformaciones intelectuales de la época presente cuando pensamos en la depresión, pensamos en medicamentos o tratamientos con especialistas, en vez de compañía que abraza, escucha y acoge. Vivimos tan ensimismados que el dolor ajeno casi es impercetible, hasta que una foto de un rostro alegre, con una familia bella alrededor, queda trunca y rota por la decisión trágica de alguien que se encamina presuroso por el “valle de sombras y de muerte” en la más completa y triste soledad. 

Una de las razones que más ha complejizado el abordaje del suicidio desde la fe cristiana, tiene que ver con la connotación que se le ha dado, como si se tratara de un pecado imperdonable que te conduce directamente al infierno: “los que se suicidan se van al infierno”, es el mensaje repetido hasta la saciedad. Yo crecí en una comunidad eclesial en la que, con contadas y honrosas excepciones, el suicidio se abordaba desde ese prisma. Esa visión conlleva una serie de tabúes:

El primero de ellos, dice relación con una de las investigaciones que abrió el camino del estudio sociológico en la modernidad. Se trata de la investigación realizada por Emil Durkheim en 1897. Evidentemente, la evidencia actual muy probablemente haya dejado obsoleta dicha investigación, pero algunas cosas tanto de metodología como de información son sumamente importantes de relevar. Por ejemplo, la constatación de este padre de la sociología respecto que en el caso de los países europeos mayoritariamente católicos, las tasas de suicidio eran más bajas que en los países mayoritariamente protestantes, lo que se daba a la inversa en el caso de homicidios. Durkheim plantea que: “Son los cantones protestantes los que cuentan más divorcios; ellos son también los que cuentan más suicidios. Vienen después los cantones mixtos, en los dos puntos de vista, y, solamente luego, los cantones católicos. […] Entre los cantones protestantes alemanes no hay ninguno que tenga tantos divorcios como Schaffouse; Schaffouse está también a la cabeza en los suicidios” [1]. Uno de los factores que Durkheim visibiliza tiene que ver con el individualismo protestante, mediatizado por lo que se dio en llamar con el tiempo “libre examen”, con el cual en palabras del sociólogo, el sujeto va construyendo su camino en la religión. ¿Cuánto influye nuestro concepto del pecado y su gravedad en esto? ¿Cuánto influye una incomprensión de la gracia sobre todo en quienes la predicamos? ¿Cuánto influye el deslumbramiento en la reputación personal perdida al lado de la gloria de Cristo? ¿Cuánto influye las altas expectativas que nosotros, creyentes cristianos, ponemos sobre los hombros de otros sujetos tan santos y pecadores como nosotros? Todas preguntas que ameritan reflexión teológica interdisciplinaria. 

El segundo tabú dice relación con la persecución de cristianos. El cristianismo cada día va construyendo un martirologio más amplio, con cristianos que viven y mueren por su fe en el mundo, a los que elevamos a un pedestal de admiración marcado por relatos hagiográficos que nada dicen de errores, elementos críticos e, inclusive, pecado. ¿Por qué no decimos nada respecto de los creyentes que estando en misión han acometido suicidio para rehuir el peso del terror de quienes le persiguen? ¿Por qué seguimos deshumanizando a creyentes porque lo que importa es el testimonio, por más artificial que éste sea? ¿Hacemos bien en preservar el tabú con el riesgo de que futuros misioneros se encuentren de manera abrupta con este dilema?

Y el tercer tabú es muy sencillo de declarar, más allá de la perplejidad que podamos asumir: creyentes se suicidan. Sí, leyó bien, creyentes, genuinos cristianos, se suicidan. Y, a veces, no porque estén lidiando con el adulterio, con otros tipos de inmoralidad, con desfalcos u otro tipo de corrupción económica, sino simplemente por no saber cómo lidiar con el dolor o la incertidumbre. Conocí, por ejemplo, muy de cerca el caso de una madre anciana, una cristiana de toda la vida, que tomó esta trágica decisión luego de no tener certeza sobre quién se haría cargo de sus hijas que adolecían de discapacidades intelectuales. Él saber qué su muerte estaba cercana y que nadie cuidaría de las hijas que ella con tanto esfuerzo y postergación humana cuidó, la aterrorizó tanto, que un día las tomó de la mano y se recostó con ellas sobre una línea de tren. Una de las hijas se libró de la muerte. Y no saben lo terrible que fue, ante el tabú del suicidio, ver personas que mandaban a esta querida hermana al infierno en medio de susurros de pasillo, sin misericordia, sin conocimiento de la gracia de Dios, de sus propósitos eternos, y por supuesto, sin haber hecho absolutamente nada, deslumbrados ante una noticia y no ante una historia. Sí, tristemente, creyentes se suicidan. 

¿Qué decir respecto del suicidio y de las personas que lo acometen?

a) Puede que algunas personas hayan tenido una opinión engañosa respecto de mi idea sobre el suicidio al leer este post. Pero a esta altura quiero señalar con firmeza y claridad que se trata de pecado, de verdadero pecado. El único dueño de la vida es el Dios que nos creó y que tiene dominio del tiempo y de nuestras historias. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que “Los pecados prohibidos en el sexto mandamiento son, todo acto de quitar la vida a nosotros” (pregunta 136). En ese sentido, la práctica de matar prohibida en la Biblia incluye el suicidio. Ergo, el suicidio es pecado, y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23a). El suicidio, como todo pecado, nos separa de Dios. Además, al igual que otros pecados, tiene o puede tener consecuencias sociales, sobre todo en lo que dice relación con su familia, específicamente, padres y madres, cónyuge e hijos. El dolor se reparte de manera indefectible en dichos casos. 

b) Al igual que con ningún muerto podemos afirmar a cabalidad algo respecto del destino final de las personas. Si el hermano o hermana se pierde, y se va al infierno, no se va a ese lugar sólo por suicidarse, sino por todos sus pecados y por su naturaleza pecaminosa heredada de Adán. Por otro lado, si este hermano o hermana se salva y se va al cielo, no vivirá ahí porque el suicidio no sea pecado, sino porque Cristo murió por Él, así como por todos los elegidos, siendo su sacrificio completamente eficaz para el perdón de los pecados pasados, presentes y futuros, incluido este acto con él cual acabó con su vida. Sintetizando, nadie se salva por no suicidarse, sino por la obra de Cristo en la cruz. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que: “Ningún hombre es capaz, ni por sí mismo, ni por alguna gracia recibida en esta vida, de guardar perfectamente los mandamientos de Dios; sino que diariamente los quebranta en pensamiento, palabra y obra” (pregunta 149). Recalco una idea: este punto no debe entenderse como una apología del suicidio en tanto acción plausible. El suicidio es pecado y debe ser mortificado por nosotros con la ayuda del Espíritu Santo. Explicar nunca significa per se legitimar. 

c) En un perfil más pastoral si se quiere (¡aunque el punto anterior también lo fue!), creo que somos muy rápidos para juzgar el suicidio, así como todos los pecados visibles de las personas, sin empatizar y mirar desde el evangelio cada caso. Insisto, es un pecado. ¿Pero estoy yo en la mente y en el corazón desesperado de una persona? ¿Estoy consciente del terrible suplicio interno que alguien vive al nivel de pensar en el suicidio? La desesperación terrible que lleva alguien al suicidio no es de un momento, sino de días y meses, donde se lucha por dar ese paso. ¿Acaso eso no es también responsabilidad de la comunidad que hizo pensar a la persona que estaba totalmente solo, sin que pudiera catalizar su sufrimiento? La salud mental es algo tan problemático que meterse a juzgar las motivaciones de alguien que sufre una enfermedad de ese tipo es más que complejo, es inoportuno. Bíblicamente, el ser humano es una unidad psicosomática [2], por lo que debe ser entendido desde esa integralidad y no sólo por la preocupación del componente espiritual. En ese sentido, comparto lo señalado por el pastor y teólogo R. C. Sproul, cuando señaló que: “El punto es que las personas se suicidan por razones muy diversas. Solo Dios conoce a cabalidad la complejidad del proceso de pensamiento de una persona [en] el momento de suicidarse. Por lo tanto, solo Dios puede hacer un juicio justo y preciso a cualquier persona. A fin de cuentas, la salvación de un individuo depende de si ha sido unido a Cristo por la sola fe. Sigue siendo cierto que los cristianos genuinos pueden sucumbir a una marejada de depresión. / Si bien debemos intentar disuadir a las personas de suicidarse, dejamos a quienes lo han hecho a la misericordia de Dios” [3]. Hago mías estas palabras. 

Todo esto implica, por parte de la iglesia orgánica (tú, yo, nosotros) e institucional, una preocupación más amplia por entender los dilemas existenciales a la que nos llevan los traumas y otras experiencias dolorosas [4]. Pero esto, no sólo implica una preocupación intelectual, necesaria pero insuficiente en sí misma, sino una que vaya acompañada del acto emocional y hasta físico de hacernos parte, de involucrarnos en la vida de los otros, de pasar del discurso de la comunidad a la vida en comunidad. ¡Qué no hayan personas solas en nuestra iglesia! Ni solos que piensan en el suicidio, ni personas solas que están viviendo el duelo de alguien que precipitadamente decidió acabar con sus días. Y, por supuesto, lo que hay que hacer, definitivamente, es descansar en Cristo, en su gracia anhelando que nuestro hermano ha sido salvo, con la seguridad de que un día Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos. 

Evidentemente, no pretendo con este post tener una palabra final sobre este tema. Ni por extensión ni profundidad es ese el objetivo. Por cierto, sin dudas, esto puede abrir diálogos y debates. Pero tampoco es mi objetivo. Mi punto es doble: me interesa asentar una posición que creo es bíblica y teológicamente consistente con la fe cristiana; y, por otro lado, alzar la mano para decirte que estoy disponible, dentro de mis posibilidades, para escucharte y acompañarte en una circunstancia tan compleja. Sobre todo, cuando la empatía de alguien que sintió este impulso trágico y pecaminoso en momentos de la vida no cuesta tanto. Y sobre todo, porque conozco todo lo que sirve no dejar revolotear “los pájaros en la cabeza” en soledad ensimismada. 

Se puede caminar y sobrevivir, sólo por el amor y la gracia de Cristo que se hace patente en múltiples gestos simples y cotidianos. Y, gloria a Dios por eso. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

Notas bibliográficas. 

[1] Emil Durkheim. El suicidio. Estudio de sociología. Libro primero “Los factores extrasociales”. En: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/2012/LYM/los_FESociales.pdf (revisada en agosto de 2018). 

[2] Véase el tratamiento del ser humano como un ser integral, una “unidad psicosomática” en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 263-291.

[3] R. C. Sproul. Sorprendido por el sufrimiento. El papel del dolor y la muerte en la vida cristiana. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2017, p. 149. 

[4] Sobre el problema del dolor, véase: C. S. Lewis. El problema del dolor. Miami, Editorial Caribe, 1977. Otro breve acercamiento en: Josep Araguàs et al. Jesús ante los problemas emocionales. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2009.

Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.

Agosto y la vejez.

“Hay que pasar agosto”, es una típica expresión chilena. Hasta hace poco, este mes era uno de los más helados y lluviosos del país, lo que traía consigo resfríos y otras enfermedades. Pero, a pesar del cambio climático, la expresión se sigue repitiendo, sobre todo en relación a aquellos que tienen más edad. Quisiera aprovechar esta circunstancia para pensar en voz alta sobre la vejez a la luz de la Biblia.

La Biblia dice cosas como estas con respecto a la vejez: “Ponte de pie en presencia de los mayores. Respeta a los ancianos. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor” (Levítico 19:32); “Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo, yo los sostendré. Yo los hice, y cuidaré de ustedes; los sostendré y los libraré” (Isaías 46:4). Estos textos nos muestran una realidad profunda Dios ama y cuida de manera providente a quienes han llegado a la ancianidad. Y presupone, en la lógica comunitaria, que los creyentes debemos amar a quienes Él ama, y cuidar a quienes Él cuida. En la iglesia, las brechas son disueltas, por lo que el principio de hermandad pesa mucho más que el de la edad. Escucha, comprensión, apoyo deben ser cotidianos. Lo que debe extenderse hacia nuestras relaciones familiares.

Pablo, en su primera carta a Timoteo, en el capítulo 5, invita al cuidado de las viudas, en el caso del desamparo a la iglesia, en los otros casos a la familia (vv. 3 y 4). En el versículo 8 plantea un principio que se extiende a hombres y mujeres: “El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”. Tenemos un deber insoslayable. Y una cosa muy importante para decir: somos instrumentos de Dios para la cosecha de los viejos que con esfuerzo nos criaron y ayudaron. Pero si ese no fue el caso, nuestra labor es devolver bien y no mal. Dios es el encargado de dar la cosecha, no nosotros.

Nuestro país se encuentra altamente sensibilizado por estos días con respecto a esta temática, debido a las deficiencias del actual sistema de pensiones (AFP), que hace que el 87,4% de los hombres y el 94,2% de las mujeres reciba mensualmente una pensión menor o igual a $156.312 (datos de la Fundación Sol, junio de 2016). Se requiere, por tanto, una mejor repartición de los recursos, que permita una vejez digna. Como creyentes tenemos varias tareas: a) decir la verdad en amor, denunciando la injusticia; b) orar por nuestros ancianos para que sus pensiones sean generosamente justas y por las autoridades para que tomen buenas decisiones; y c) actuar en ayuda de quienes lo necesiten. Recordemos que nuestro prójimo no sólo es el más cercano, sino todo ser humano. Eso nos enseñó Jesús en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37).

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de Refugio de Gracia, agosto de 2016.

De abuso en comunidades eclesiales, machismo que mata, bullying que agobia…

El tema sacude nuestro noticieros y redes sociales y, desde luego, amerita más que nuestras reflexiones. Estos días, en mi tarea de profesor, he procurado conversar el tema en la sala de clases, intentando trabar un nexo entre las denuncias de abuso sexual, espiritual y de conciencia al interior de la Iglesia Católica chilena que, huelga decirlo, ha tenido una notable respuesta, hasta el momento, de parte de Francisco; y la violencia machista denunciada por mujeres y hombres en las universidades, violencia que abarca múltiples expresiones lamentables, desde femicidio, pasando por el abuso y el acoso sexual, hasta la falta de paridad en las remuneraciones y acceso al trabajo asalariado. Todo esto, cuando el día de ayer nos encontramos con la triste noticia del suicidio de Katherine Winter, estudiante secundaria, que llevaba soportando por largo tiempo el horror del bullying.

 Terribles y horrorosas experiencias se cuentan por miles, cada una con la particularidad de lo vivido por cada persona, narradas desde la subjetividad, y con los distintivos de la esfera en la que se produjo. Pero estoy convencido, que aquí el gran elemento común tiene que ver con el poder. No el poder per se, sino que el ejercicio abusivo del mismo. Esa horrorosa idea que hace entender a personas, según la cara metáfora de George Orwell en “Rebelión en la Granja”, que son “animales más iguales que otros”. Lo que podemos ver, de manera transversal, en cada uno de estos casos es la condición de asimetría, la desigualdad más férrea, que se expresa en perjuicio del que aparece inferior, minusvalorado o más débil. No es sólo la sotana o un uniforme, basta una cotona de color distinto, o una credencial con un cargo diferente, o simplemente una ensoñación, para que un sujeto se sienta de más valor, olvidándose que está frente a un ser humano igual en dignidad, del que se debe presuponer la respetabilidad. He ahí la banalidad del mal de la cual hablaba Hannah Arendt, en el sentido de sujetos que actúan disociando su razón de la voluntad, no reflexionando, constreñidos y/o legitimados por un sistema que les fortalece en la acción que mata la vida de los otros, literal y simbólicamente hablando, sin ningún mínimo ético que permita pensar en los fines que se conseguirán con determinados medios.

 Enfermar o deshumanizar a los victimarios reduce cualquier posibilidad de acción. Evidentemente, hay personas que requieren tratamiento y terapia, pero hay otros, la mayoría de los otros, que simplemente aprovechándose de la asimetría de su posición abusan voluntariamente. Arendt, y más adelante Stanley Milgram con su discutido experimento, pusieron delante de nosotros en bandeja que nadie (ni él, tú ni yo) estamos exentos de abusar. Timothy Keller, señala: “llamar a los nazis ‘menos que humanos’ o ‘diferentes a nosotros’ es, en realidad, el mismo razonamiento que llevó a los nazis a cometer aquellas atrocidades inimaginables. Ellos también pensaban que ciertas clases de personas eran menos que humanos y que estaban por debajo que ellos. ¿Realmente queremos negar nuestra humanidad en común? ¿Queremos llegar a las mismas conclusiones que llegaron ellos? Gran parte de los nazis y de los millones de personas que fueron guiados por ellos no eran monstruos con colmillos. Hannah Arendt, viendo a Eichmann durante el juicio, reportó para el New Yorker que por ningún motivo era un psicópata, que no mostró odio ni enojo. Al contrario, dijo que era un hombre ordinario que quería vivir su vida. Ella llamó a esto como ‘la tribialidad de la maldad’. La maldad acecha en el corazón de todos los seres humanos ordinarios”[1].

 Quizá lo más grave sea que enfermar o deshumanizar nos impide reeducar. Nos impide entender que todos los seres humanos debemos ser educados con la conciencia de derechos que por su sola formulación son deberes. Nos impide entender a los hombres que no somos más viriles por pisotear la dignidad de las mujeres, inferiorizándolas o, derechamente, maltratándolas. Nos impide entender que las personas que están bajo nuestra responsabilidad o autoridad, según sea el caso, son tan personas como uno, no máquinas ni ganado… ¡personas! Sujetos de derecho, libres e iguales, más allá de lo que piensan, creen, o de sus lugares de origen, su clase social o su género. Nos impide entender, a quienes somos creyentes, que el otro es tan “imagen de Dios” como yo, y que por lo tanto, se trata de un hermano o hermana del que tengo el deber de edificar con mi palabra y acción[2]. ¡Necesitamos con urgencia ser reeducados! Reeducados para no violentar a los otros. Reeducados para eliminar de nuestro vocabulario conceptos en femenino para ofender o tratar peyorativamente a los demás. Reeducados para ocupar nuestras redes sociales con inteligencia, y ponderando el daño que podemos causar con facilidad y publicidad a los demás. Reeducados para no genitalizar todas nuestras relaciones humanas con el sexo opuesto o el propio. Reeducados para que el poder sea entendido desde la responsabilidad y no desde la asimetría. Reeducados para empatizar con las víctimas de abuso y no cuestionar su testimonio de buenas a primeras, olvidando que la víctima encerrada en el círculo de la violencia puede llegar a ver al victimario más bello, poderoso, inteligente que él o ella.

 Hay una escena potente en la película Spotlight cuando los periodistas logran percibir, en medio de la vorágine de su investigación que no era uno ni eran trece sacerdotes los abusadores, sino más de noventa. Uno de ellos cuestiona esta información ante la ausencia de denuncia. A lo que uno de ellos responde: “como buenos alemanes”. Esto, que podría ser ofensivo, no tiene la idea de tratar discriminatoriamente a los alemanes, sino recordar, que muchos de ellos fueron obsecuentes ante el discurso y la acción del nazismo. Tanto como los argentinos que  celebraban el triunfo en el Mundial de 1978 a pasos de la ESMA, o los chilenos que cantaban “Libre” con Bigote Arrocet, cuando lo que menos había en el país era libertad, y como tantos otros casos en los que el silencio y la falta de empatía ha marcado la tónica. No se tiene que haber sido violentado para solidarizar. Basta ver al otro como un ser humano. No hay educación para la paz, sin educación para la justicia. Eso que fue relevado por Paulo Freire, tiene su asidero bíblico en las palabras del profeta Isaías cuando dice que: “La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (32:17).

 Que el horror nos movilice a procurar cambios. Que el Dios de la vida nos ayude para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Timothy Keller. Encuentros con Jesús. Colombia, Poiema Publicaciones, 2016, pp. 68, 69.

[2] Esto lo trabajé con mayor detención en el post ¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver El bosque de Karadima”?