[Lectura Devocional] ¡La justicia es acto de espiritualidad!

“¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda! ‘Vengan, pongamos las cosas en claro -dice el Señor-. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana! ¿Están ustedes dispuestos a obedecer? ¡Comerán lo mejor de la tierra! ¿Se niegan y se rebelan? ¡Serán devorados por la espada!’. El Señor mismo lo ha dicho” (Isaías 1:16-20).

El profeta Isaías hace el anuncio al pueblo de Judá con una intención clara: que escuchen la Palabra de Dios. Pero la situación es muy adversa, pues dicho pueblo tiene su mente corrompida por el pecado, por lo que la voz profética diagnóstica enfermedad y asolamiento. El juego simbólico es muy interesante. Del símil del versículo 3, en el que se les compara con bueyes y asnos, que con toda su torpeza entienden la voz de su amo, mientras ellos no obedecen la voz de su Señor; se pasa a la metáfora del versículo 10, en la que los gobernantes son comparados a los principados de Sodoma y el pueblo todo, a Gomorra. Eso explica por qué su culto ofende a Dios, pues a pesar que en apariencia seguían estricta obediencia a Dios, su corazón y formalismos eran paganismo puro y sencillo (versículos 11-15). Ese es el contexto del pasaje citado al comienzo. 

La sección que he colocado al inicio habla de una serie de prácticas injustas de las cuales el pueblo de Judá debe arrepentirse, para aprender a actuar con justicia en el mundo. Es muy interesante ese punto: la justicia se aprende. ¿Y qué es lo que hay que aprender? Enumeremos: a) hacer el bien; b) buscar justicia; c) reprender al opresor; d) defender al huérfano y la viuda. Y luego de dicha enumeración, notamos toda la fuerza de uno de los versículos más conocidos del libro en el que se nos invita a buscar al Señor para recibir el perdón de nuestros pecados, por muy oscuros y profundos que éstos sean. Es el recuerdo del pacto de Dios con su pueblo, del Dios que nos ama y redime. Por eso, el texto refuerza dicha idea con consecuencias: si buscamos a Dios tendremos Shalom, es decir, vida abundante y verdadera; mientras que si no buscamos al Señor, seremos víctimas de la autodestrucción. En otras palabras, la justicia es una necesidad espiritual. 

¿Qué nos enseña este texto? Que bíblicamente, toda práctica de injusticia social emerge de una espiritualidad atrofiada, que busca ensalzar cosas y sujetos que perecen y que, por lo tanto, la justicia que necesita nuestra sociedad, y en la que nosotros debemos ser agentes activos del Reino de Dios, es un acto que busca en primer lugar la adoración del Dios vivo y verdadero. Es nuestra tarea urgente, entonces, volvernos a la Palabra de Dios para encontrar sustento en nuestras prácticas, y entender la justicia en la sociedad como una disciplina espiritual, pues esta requiere aprendizaje y un ejercicio que busca paliar una necesidad real de quienes somos creyentes en Cristo Jesús. No podremos hacer el bien, buscar la justicia, reprender al opresor y defender al huérfano y la viuda si lo hacemos sustentados en los principios de la cultura imperante, o en las ideologías de los partidos y movimientos que nos agradan, pues eso nos lleva a la parcialidad que es signo de la espiritualidad atrofiada. 

Quienes profesamos la fe evangélica en nuestro Chile debemos comenzar por arrepentirnos. Arrepentirnos de nuestro acomodamiento, ya sea a la vida en comunidades que no tienen ningún nexo con el mundo, como también, el que ha resultado de la búsqueda de meras cuotas de poder para tener algo de influencia. Debemos arrepentirnos por todas las veces que hemos creído que la tarea proclamar el evangelio está disociada de la disciplina espiritual de la justicia en la sociedad. Debemos arrepentirnos cuando hemos mirado a nuestro prójimo con parcialidad, siendo sumamente duros con el pecado y debilidad del resto, y muy autocomplacientes con nosotros mismos. Gracias a Dios por el evangelio, porque sólo en Cristo, nuestros pecados pueden ser anulados, como del “carmesí a la blanca lana”. 

Oración: Amado Señor, te adoramos por ser justo y verdadero. Nos postramos ante ti, en nuestros corazones, para pedirte perdón por nuestra espiritualidad atrofiada que se ha manifestado en injusticia, indiferencia y parcialidad. Queremos pedirte que nos limpies por el poder del sacrificio que Cristo hizo en la cruz, para que llenos del poder de tu Espíritu Santo, podamos mantener nuestra mirada en ti y en nuestros prójimos. Vivimos en nuestro país tiempos difíciles en los que no podemos actuar con indiferencia y quietud. Haznos ser artesanos de la paz que trabajan en el mundo sólo para tu gloria y honra. Lo pedimos en Cristo Jesús, amén. 

Luis Pino Moyano.

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Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Siempre se hace relevante pensar en la relación entre la fe cristiana y el trabajo, esto, porque no hay nada más alejado del cristianismo bíblico que un monasticismo que separa a la iglesia del mundo, lo que deriva en la construcción de iglesias como ghettos en las que sólo nos relacionamos con “gente como nosotros” o, en el peor de los casos, a pensar que nuestra fe está limitada a servicios religiosos que pueden ser consumidos o practicados en días y horas claramente especificados y limitados. 

Sin lugar a dudas, el cristianismo tiene un alcance cósmico, porque Cristo es Señor sobre todo el universo. Pablo hablando a los hermanos de Colosas, acerca del señorío de Cristo, en el capítulo 1 de su carta, les dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (1:16). Más adelante dirá que “por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:20). Cristo es Señor sobre la creación, porque Él fue creador, ésta fue realizada para Él, y Él hizo todo lo necesario en la cruz para redimir “todas las cosas”. La obra de Cristo sobrepasa aquello que tradicionalmente hemos pensado como los límites de la religión y lo abraza todo con su poder transformador. ¿Por qué, entonces, habríamos de limitar nuestra fe a lo que sucede dentro de los muros de nuestros templos, si Cristo excede esos límites?

Y es ahí donde debiésemos pensar lo que significa el trabajo para nosotros. Nuestra cultura nos hace pensar en el trabajo como un mal necesario, como una práctica sacrificial que desgasta nuestro ser. Esto, probablemente, porque nuestra palabra “trabajar” proviene del latín que significa literalmente “torturar con un tripallium”, el que era un instrumento de madera, compuesto por tres palos, usado para golpear a los animales de carga y tiro que no deseaban moverse. Súmese a esto que muchos de entre nosotros, en una lectura descontextualizada de la Biblia, consideran que el trabajo es una maldición  que es fruto de la caída. Entonces, se hace necesario que la pregunta del significado que damos al trabajo sea cambiada por un: ¿qué dice la Biblia respecto de nuestra relación con el trabajo? Ayudados por la Escritura, señalaremos a continuación algunas ideas respecto del trabajo que posibilitan un significado renovado, uno profundamente cosmovisional. 

1. El trabajo fue creado por Dios. 

En varias de las mitologías antiguas orientales, los dioses habrían creado al ser humano para que les proporcionaran alimento y trabajos serviles que ellos requerían para su bienestar. No es lo que vemos en Génesis, cuando anuncia que: “También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:29,30). Aquí vemos a Dios trabajar y proporcionar lo necesario para el bienestar de sus criaturas. Eso, evidentemente, debiese cambiar nuestra noción del trabajo. Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, agua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado autoridad sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.  Además de lo dicho hasta acá, vemos también el potencial creativo de Dios, que hace cosas desde la nada, y transforma las cosas que van siendo creadas.

El Dios trabajador, ha diseñado una manera de relacionarnos como seres humanos con la naturaleza. Esto queda claro, cuando Dios en el consejo intratrinitario declara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26). Lo primero que debemos hacer es tener un claro concepto de quiénes somos nosotros y qué es la naturaleza. El ser humano fue creado a imagen de Dios y para dominar la tierra como representante o mayordomo de la casa de Dios. Dios colocó al hombre a la mitad del camino entre el Creador y el resto de la creación, animada e inanimada. En ciertos aspectos somos uno con el resto de la creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura. En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio. 

Que la vida humana, desde un punto de vista creacional, tenga mayor valor, no implica que la vida animal o vegetal no tenga ninguno. Todo lo que Dios hizo es de nuestra incumbencia, inclusive, desde los mandatos creacionales, somos responsables, pues ser cabeza siempre implica responsabilidad. Dominamos la tierra dependiendo de Dios. Nunca estamos frente a materia neutral que podamos manipular y comercializar, usar y abusar para nuestro provecho. Darrow Miller dirá que: “la cosmovisión bíblica brinda un equilibrio maravilloso entre el trabajo y el cuidado. Nosotros somos guardianes de la creación de Dios, mayordomos a cargo de su obra maravillosa. ¡Tenemos el mandato de cuidar la naturaleza!”. Esto hace surgir con fuerza la idea del mayordomo de la creación, que veremos más adelante. La labor que Dios le entrega al hombre es la de cultivar y guardar el jardín. El agricultor y el pastor, vocaciones de Dios. Responsabilidad asignada por Dios, no fruto de la maldición.

2. El trabajo tiene un mandato. 

Génesis 1:28 señala: “y los bendijo [Dios] con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. Esto es lo que la teología reformada, desde su distintivo, ha denominado “mandato cultural”. Y la característica de este mandato es que le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). 

Ahora, uno podría decir, que este mandato tiene realidad en un lugar tan perfecto y armonioso como el jardín del Edén, y que sólo podría ser cumplido a cabalidad allí. Pero bíblicamente no es así. Este mandato cultural es repetido por Jeremías, en una carta que les escribe a los exiliados en Babilonia, en la que les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jeremías 29:5-7). Nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Cristo, que tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas, nos hace colaborar en la extensión de su Reino, también, cuando desarrollamos trabajo. 

Me permito citar, extensamente, acá el comentario de Calvino al texto de Génesis 1.28: “Moisés añade que toda la tierra fue concedida al hombre, con esta condición, que se ocupara en cultivarla. De donde se concluye que los hombres fueron creados para dedicarse a algún trabajo, y no a yacer inactivos y ociosos… Por lo cual, nada es más contrario al orden natural que consumir la vida comiendo, bebiendo y durmiendo, sin proponerse hacer nada.  Moisés añade que la custodia del jardín fue encargada a Adán, para mostrar que poseemos las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos, con la condición de que mostrando contentamiento con un uso frugal y moderado de ellas, cuidemos lo que quede. Que aquel que posee un campo, participe de tal manera de sus frutos que la tierra no tenga que sufrir perjuicio por su negligencia; sino que se esfuerce por entregarla a su posteridad como la recibió, o incluso mejor cultivada. Que se alimente de sus frutos, de manera que no la disipe lujosamente, ni permita que sea asolada o arruinada por culpa de su desidia”. El teólogo de la Reforma en su comentario al texto bíblico enseña:

  • Que el ser humano fue creado con el potencial para trabajar.
  • Que la ociosidad es dañina para la persona y la sociedad.
  • Que Dios constituyó al ser humano como mayordomo de la creación, y esa mayordomía implica trabajo.
  • Que debemos contentarnos con el fruto del trabajo porque es la provisión de Dios.
  • Que la tierra debe ser cuidada, para que produzca buenos frutos (ni derrochar su producción ni arruinarla).
  • Calvino introduce, en pleno siglo XVI, el concepto de posteridad. Se debe pensar en las futuras generaciones.

3. ¿Qué debe caracterizar nuestro trabajo como cristianos esparcidos en el mundo? 

Algunos textos de la Escritura nos permiten desprender principios para el desarrollo de nuestra vocación en el mundo. 

El apóstol Pablo les dice a los hermanos de la iglesia de Éfeso: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos” (Efesios 6:5,9). Esto es muy similar a lo dicho por el apóstol Pedro en su primera carta, cuando dice que: “Criados, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables. Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1ª Pedro 2:18-20). 

A la luz de estos textos podemos decir que el trabajo, en primer lugar, debe ser desarrollado con responsabilidad. Aquí debemos tener presente que toda autoridad ha sido puesta por Dios, cosa de la que Pedro habla en la sección anterior al pasaje citado (2:13-17), y esa autoridad siempre es derivada pues quien la da es Dios, y es relativa en relación al mensaje revelado en su Palabra. Si bien es cierto, el texto se escribe en un momento en que la esclavitud era parte de la cotidianidad (la palabra “criado” literalmente significa “esclavo de la casa”), el principio tiene vigencia aún en los marcos donde se establecen acuerdos contractuales y ellos establecen un principio de subordinación a un empleador. Además, la esclavitud era distinta a la que tenemos en nuestra mente, por el conocimiento histórico, literario o cinematográfico de la esclavitud de la población afrodescendiente. La esclavitud de la Antigüedad no era perpetua y podía proveer buena condición de vida a quienes la experimentaban. De hecho, había esclavos que ganaban más que otros trabajadores libres (por ejemplo, los profesores). Es por eso que lo discípulos no se opusieron a la esclavitud, pero los principios bíblicos fueron fundamentales para su eliminación posterior. El ejercicio de la responsabilidad cristiana para Pablo y Pedro incluía, entonces, el respeto a los patrones (a los buenos y comprensivos, como a los insoportables), además de de sufrir injustamente si es que esa es la voluntad de Dios.

Respecto de lo anterior diremos tres cosas:

  • El contexto de la carta implica una situación desfavorable para la vida de la iglesia, en la que algunos de nuestros primeros hermanos eran esclavos. Dicho régimen legal es distinto al que tenemos en la actualidad en una sociedad que garantiza derechos a los trabajadores. 
  • Este texto, en ningún caso, prohibe la sindicalización y la lucha de cristianos por mejoras en el plano de lo laboral. Martyn Lloyd-Jones, por ejemplo, en una de sus conferencias sobre los puritanos, señaló que: “A menudo se ha sugerido –y a mi modo de ver es posible demostrarlo- que el movimiento sindical en […] Inglaterra fue una consecuencia indirecta del avivamiento. Se debió a la transformación y el nuevo nacimiento de aquellos hombres que, habiendo sido unos ignorantes y llevado una vida de continuas borracheras, empezaron a comprender su dignidad como seres humanos y a demandar, entre otras cosas, mejores condiciones de trabajo y educación; ese es el origen de los sindicatos. Conocemos, también, la conexión que hubo entre el movimiento para la abolición de la esclavitud, dirigido por William Willberforce y el citado avivamiento. Dicho movimiento fue uno de los frutos del avivamiento en cuestión y, de hecho, el argumento de algunos, según el cual jamás se hubiera podido aprobar el Acta de reforma de 1832 sin aquel gran despertar evangélico, es perfectamente defendible”. La injusticia siempre tiene que ser denunciada como tal, según la legalidad vigente, y sin ningún ánimo de venganza.
  • ¿Cómo aplicar entonces estos textos que son Palabra de Dios? De la siguiente manera: 1) Siendo respetuosos con nuestros empleadores y obedeciendo sus órdenes; 2) manteniendo un principio de responsabilidad, considerando que nuestro trabajo es don y llamado de Dios para bendición nuestra y de los demás; 3) capacitando a los creyentes a entender la relación entre su fe y su trabajo; y 4) si nos toca vivir persecución, discerniendo si se trata de represalia por nuestras malas prácticas o efectivamente por causa de nuestra fe. Si es por lo último, poner nuestra esperanza en Dios.

Lo segundo, es que el trabajo debe ser desarrollado con distintivo cristiano. En las palabras de Pablo y Pedro hay una invitación a vivir siendo reflejo de Cristo para los demás, recordando que la gracia nunca es excusa para pecar, y que la Biblia constantemente nos habla de dar buen testimonio, de ser ejemplo para los demás, de no servir simplemente cuando nos están viendo. ¡Somos llamados a ser luz del mundo! Frente a eso, debemos reconocer aquellas áreas de nuestro trabajo que son fruto de la gracia común, diferenciándolas de aquellas que podemos modificar o restaurar centrándolas en Cristo y no en las idolatrías vigentes, y de las que debemos rechazar por antiéticas. Sobre todo en tiempos de persecución injusta cuando con mayor fuerza hay que dar testimonio supremo de la fe y del discipulado de aquél que fue crucificado. Además, la Biblia nos llama a no “servir al ojo”, sino a trabajar “de buena gana, como para el Señor”. 

Pero también, hoy, cuando no se nos persigue podemos dar testimonio de lealtad radical al Señor y su Palabra. ¿Qué haremos cuándo se nos pida mentir en nuestro trabajo? ¿Qué haremos cuándo se nos pida adulterar boletas o facturas para que nuestra empresa obtenga mayor rédito? ¿Qué haremos cuando un puesto de trabajo que queremos obtener pareciera ser alcanzable sólo si inflamos nuestro currículum? ¿Qué haremos cuando se nos aparece la posibilidad de cobrar de más? ¿Qué haremos con nuestros empleados y su necesidad de un sueldo justo y un trabajo desarrollado en condiciones dignas y en el marco del respeto? ¿Qué haremos en algunas posiciones en las que se nos obligue matar a una persona, sea un bebé por medio de un aborto o un adulto por sus ideas diferentes al gobierno imperante? ¡Hoy también podemos y debemos comportarnos conforme al santo llamamiento que hemos recibido! Nuestro corazón de piedra fue transformado en uno de carne y tenemos al Espíritu que nos guía y sostiene con su poder para ello. 

El trabajo es tan valioso y honra a Dios tanto como el ministerio de la Palabra o cualquier otra labor eclesiástica. A Dios le importa todo nuestro trabajo. Calvino decía que: “Si seguimos fielmente a nuestro llamado divino, recibiremos el consuelo de saber que no hay trabajo insignificante o sucio que no sea verdaderamente respetado e importante ante los ojos de Dios” (La verdadera vida cristiana).

En tercer lugar, nuestro trabajo debe ser ejecutado con excelencia. Hemos recibido un llamado para nuestro trabajo. Vale decir, Dios nos ha encomendado una misión que realizar con nuestras manos. Extendemos el Reino de Dios cuando con el fruto de nuestras manos llevamos justicia, paz y alegría que solo pueden ser resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestro ser. La invitación a desarrollar bien nuestro trabajo nada tiene que ver con nuestra gloria o fama. Es todo lo contrario. Dios debe ser glorificado con todo lo que nosotros hacemos. Para ello debemos ser diligentes, proactivos e innovadores. Debemos pensar que la excelencia en el trabajo es un medio importante para obtener credibilidad para nuestra fe. Pero por sobre todo, debemos permitir que el evangelio cambie el cómo hacemos nuestro trabajo, lo que significa que no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, lo que conlleva que Dios sea glorificado. Tu trabajo y mi trabajo es para Dios. Y cuando usamos nuestros talentos en el trabajo estamos respondiendo al llamado de Dios para servir a la comunidad humana. Calvino señalaba que “el amor nos lleva a hacer mucho más. Nadie puede vivir exclusivamente para sí mismo y ser negligente para el prójimo. Todos tenemos que ser devotos a la acción de suplir las necesidades del prójimo” (Comentario a los Efesios). Es decir, con nuestro trabajo beneficiamos la cultura en que vivimos. 

Respecto de todo esto, Timothy Keller, de quien he tomado también los tres ejes de ejecución de nuestro trabajo (responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia), señaló en su libro “Iglesia centrada” lo siguiente: “Una teología robusta de la creación, y del amor y cuidado de Dios hacia ella, nos ayuda a ver que incluso las tareas más sencillas tales como hacer un zapato, empastar un diente o excavar una zanja son maneras de servir a Dios y edificar la comunidad humana. Nuestra producción cultural rearregla el mundo material de manera que honra a Dios y promueve el florecimiento humano. Una buena teología del trabajo resiste la tendencia del mundo moderno a valorar solo la pericia en esfuerzos que recaban más dinero y poder”.

4. El trabajo no lo es todo. 

Volviendo a Génesis 1:29,30, ya citado con antelación, debemos decir que Dios es quien nos provee todas las cosas con su trabajo realizado con placer y alegría, tanto en la creación como en el desarrollo providencial de la historia.  De hecho, el trabajo es el medio que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones. 

Dorothy Sayers decía que: “El trabajo no es, primordialmente, algo que hacemos para vivir, sino algo que vivimos para hacer”. Y si bien es cierto, el trabajo no es una maldición, tampoco es la única actividad importante que desarrollamos. No despreciemos lo que Dios ha creado, a saber, los dones del trabajo; pero tampoco convirtamos en un ídolo nuestra profesión u oficio. El trabajo es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! Ni el sentido de nuestra vida ni nuestra identidad están en el éxito o el dinero, lo que debe producir descanso para nuestras almas y no mediocridad en lo que hacemos. ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

5. Hay un día para descansar. 

Génesis 2:2-3 no son el inicio de una nueva sección de la historia que relata el primer libro de la Biblia. El séptimo día forma también parte del trabajo de Dios. El texto dice: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Dios luego de trabajar en crear todo lo que hay, cerró su creación con gozo con un día de descanso total. El descanso no tiene que ver acá, con la recuperación de fuerzas, pues Dios no pierde nunca las pierde, sino con el deleite. El descanso es parte del orden creado, no el resultado de la fatiga. Es Dios descansando y deleitándose en su gloria. Y es allí, principalmente, donde está nuestro fin como seres humanos: glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Evidentemente, el descanso nos sirve para reponer fuerzas, pero este día de reposo nos hace recordar que nuestra provisión depende de Dios que nos provee del alimento que proviene de la tierra. Lo que no es otra cosa que una muestra de sometimiento y descanso en Dios. Este es el mandamiento (Éxodo 20:8-11) más relativizado, pero que tiene alcances tremendos en la adoración, con la liturgia comunitaria; y en lo social, con la práctica de la misericordia y el descanso dominical de los trabajadores.

La dimensión social del día del Señor es un eje muy poco explorado en nuestras comunidades de fe, pero que a lo largo de la historia ha tenido vital importancia en la relación de los cristianos con el mundo. No es menor decir que los primeros países en los que el domingo se transformó en día de descanso obligatorio fue en países cristianos. 

No basta que sólo tú y yo descansemos: es necesario que otros lo hagan. Es necesario que otros puedan recuperar fuerzas y vivir la comunión en la armonía del hogar, en el disfrute con amigos y hermanos, más allá de los rigores de la vida. El descanso es fundamental para la salud como estado de perfecto bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual. El Dios que es justo es quien reclama esto. No hay que olvidarse que los diez mandamientos comienzan con la declaración: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (Éxodo 20:2). El texto de Deuteronomio 5:14, en medio de la referencia al cuarto mandamiento, agrega un matiz al decir: “De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú”. Aquí está la raíz de la regla de oro: el mismo bienestar que deseo para mi es el que debo desear para otro, y colaborar para construirlo. Si tengo trabajadores a mi cargo, y si yo descanso, ¿por qué negarle ese derecho a otros? Fue por esto también, que el moderno movimiento sindical tuvo en sus bases a trabajadores cristianos. La misericordia es una virtud que los creyentes no debemos olvidar. El cuarto mandamiento cierra la tabla del amor a Dios, pero la engarza con esta mirada, a la tabla del amor al prójimo. Ningún espíritu farisaico nos debe hacer olvidar lo que Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27, RV 1960).

Algunas reflexiones finales:

Adoramos a Dios en todo lo que hacemos, pues no hay dicotomía entre sagrado y secular. Hay vidas consagradas o no consagradas. Esta comprensión es sumamente importante para la teología reformada, porque no se trata de dejar la evangelización a un lado, pues ésta es la tarea prioritaria de la iglesia. Sólo que los creyentes, en tanto iglesia esparcida en el mundo, en todas las esferas de la vida, extienden el Reino de Dios en cada espacio que les toca, el que es tornado en campo de misión. Kuyper lo expresa de la siguiente manera: “La vida cristiana como un peregrinaje no fue cambiada, pero el calvinista llegó a ser un peregrino que, de camino a nuestro hogar eterno, tenía que realizar en la tierra una tarea importante”.

Cristo no nos llama al masoquismo. Cristo nos llama a ser coherentes con el evangelio. Y es ese ejercicio de vivir lo que se profesa, siendo responsables, viviendo con distintivo cristiano y trabajando con excelencia, lo que en ocasiones traerá sufrimiento, sobre todo en una sociedad que rechaza cada vez más al Dios de la vida, caminando en pos de su degradación y muerte. Pero eso no nos hace pesimistas, porque nuestra victoria personal y comunitaria no está en lo que podemos hacer sino en Cristo que venció en la cruz trabajando con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. 

El centro de nuestro trabajo basado en una cosmovisión bíblica es, entonces, identificarnos con la ayuda del Espíritu Santo a nuestro Señor y Maestro Jesucristo, encontrando pleno sentido, gozo y descanso en Él, viviendo y desarrollando los dones que el Padre nos ha dado. No estamos solos. El Trino Dios está también allí, cuando trabajamos con nuestras manos. 

Kevin DeYoung plantea en su libro “Súper ocupados” lo siguiente: “La única obra que se debe hacer absolutamente en el mundo es la obra de Cristo. Y la obra de Cristo se lleva a cabo a través del cuerpo de Cristo. La iglesia, reunida para adorar los domingos y esparcida a través de sus miembros durante la semana, es capaz de hacer muchísimo más que cualquiera de nosotros solos. Yo puedo responder al llamado de Cristo en una o dos formas, pero soy parte de un organismo y una organización que puede responder y servir de un millón de formas”. ¿Trabajamos por la extensión del Reino de Dios en todos los espacios de la vida? Todos los cristianos estamos en misión. El lugar en el que estamos debe ser nuestro campo de misión.

Luis Pino Moyano.

 


 

Nota explicativa de la redacción y el uso de fuentes bibliográficas.

Este texto fue construido teniendo como base tres sermones: uno basado en Génesis 1:26—2:3 predicado en 2016 en la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; otro basado en 1ª Pedro 2:18-25, predicado en 2018 en la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; y en lo relacionado al día del Señor, se tuvo en cuenta un sermón temático predicado en la Iglesia Metodista Pentecostal, también en 2018. 

Por lo mismo, las referencias no siguieron un sistema de citación con notas al pie de página, facilitando así la lectura para la exposición oral. Pero, por cuestiones éticas, me veo en la obligación de referir a los textos que influyeron en mi lectura de este asunto: 

  • DeYoung, Kevin. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015. 
  • Keller, Timothy y Leary Alsdorf Katherine. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014. A la fecha, hay edición en castellano: Keller, Timothy. Toda buena obra: conectando tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2018.
  • Keller, Timothy. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012. En este caso, particularmente el capítulo 26: “Cómo conectar a las personas con la cultura”, pp. 350-357.
  • Kuyper, Abraham. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010.
  • Lloyd-Jones, Martyn. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013. En este caso particular, la conferencia del año 1964: “Juan Calvino y George Whitefield”, pp. 159-196.
  • Miller, Darrow y Newton, Marit. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011
  • Pereira da Costa, Hermisten. Raízes da Teologia Contemporânea. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2018. Particularmente, el capítulo 2, parte 6: “Reforma e o trabalho”, pp. 149 y ss.
  • Wolters, Albert y Goheen Michael. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013.

Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…

Luis Pino Moyano.

21 de diciembre de 1907, ciento once años antes de que me dispusiera a escribir estas letras, hombres, mujeres y niños que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo, fueron asesinados a sangre y fuego por el ejército chileno, en Iquique, mientras se encontraban refugiados en la Escuela Santa María. Sí, el mismo ejército “siempre vencedor y jamás vencido” como se nos repite en todas las “impecables” paradas militares, obviamente, obnubilando este acontecimiento y otros a lo largo de nuestros años de vida republicana, marcados por guerras civiles, golpes de estado y masacres obreras. 

“Es peligroso ser pobre, amigo”, rezaba la cantata escrita y musicalizada por Luis Advis, e interpretada por los Quilapayún. Ese verso sintetiza algo demasiado políticamente incorrecto para nuestros oídos barnizados de “país bacán”: la sociedad chilena tiene enquistado un clasismo, que no sólo nace del acceso al capital, o por la “noble cuna” en la que se nació, sino también, y por herencia colonial, por el color de la piel. Chile es fértil en su estratificación social y pigmentocrática. El pobre es bueno, cuando es “el roto chileno” vaciado de sentido, que lucha por el estado-nación. El mapuche es bueno, cuando se llama Caupolicán, Lautaro y Galvarino y lucha contra el imperio español, pero no cuando se llama Quilapán y lucha contra el estado chileno y su ocupación militar y genocida disfrazada eufemísticamente de “pacificación”. El extranjero es bueno, cuando representa los grandes valores de la sociedad occidental, y se engarza en el proyecto civilizador eurocéntrico del país, ayudándonos a ser “los ingleses de Latinoamérica”, mientras que la otredad india y negra es segregada, marginalizada e, inclusive, marcada por la construcción de lo delictual. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es una paráfrasis de lo cantado por los hoy viejos de ponchos negros, que tiene la finalidad de poner sobre la palestra la configuración patriotera de enemigos internos y externos, de lo cual lo mapuche y lo haitiano son claro símbolo. Chile ha tenido múltiples enemigos externos: Perú y Bolivia, con quienes nos enfrascamos en dos conflictos bélicos durante el s. XIX, y Argentina con quienes sólo nos alcanzamos a mostrar los dientes. Pero también, en ciertos momentos, Estados Unidos, el imperio, enemigo no sólo de marxistas y socialdemócratas, sino también por distintas corrientes terceristas. En los setenta y ochenta, el enemigo era el “comunismo internacional”, particularmente cubanos y soviéticos, quienes asociados conspiraban contra el régimen mesiánico-militar que había venido a refundar el país. La moneda de $5 y $10, con la imagen de la libertad personificada, con sus cadenas rotas, era un vívido símbolo de la derrota de ese enemigo, con el que nunca se enfrentaron más que en el discurso. Pero también del triunfo sobre el enemigo interno, configuración identitaria que también nos persigue en la “larga duración”: “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, rotos que eran “palomeados” (asesinados o heridos a sablazos), anarco-sindicalistas y comunistas (figurados como “cáncer” y como “humanoides venidos de Marte”, según miembros de la Junta Militar a la que hoy algunos parlamentarios sin ninguna gota de pudor homenajean), miristas (“ratones” que se matan entre sí, según la prensa mercurial), extremistas, violentistas, encapuchados y anarquistas (sobre todo los de la casa okupa “Baco y Zanetti”, según nos informó el exministro Hinzpeter). Y ante esos enemigos, con los que el estado mediante los institutos armados sí se ha enfrentado más allá de la retórica (y vencido en la mayoría de las ocasiones), no ha dejado de dilapidar recursos y esfuerzos. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Camilo Catrillanca, asesinado alevosamente por efectivos policiales, primero fue acusado de un robo, del que arrancó en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera bajo la pútrida lógica del empate, olvidando que la mayoría de quienes rechazamos estos hechos, también nos manifestamos en contra de la muerte de otros seres humanos (¡HUMANOS!) en nuestra democracia en la medida de lo posible: Alex Lemún, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza Collío, a los que podría agregarse a Daniel Menco, Claudia López (estudiante de danza de mi alma mater) y Manuel Gutiérrez,  todos jóvenes que murieron en democracia, con gobiernos de distinta bandería. Muertes que generaron protesta, reflexión, investigación periodística, expresiones artísticas, pero que la simplonería argumental olvida intencionalmente o por ignorancia supina. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Haitianos/as sacados en masa del país, en un acto dizque voluntario, bajo la lógica del “no te echo, pero te empujo”, toda vez que experimentaron la discriminación, el abuso en el trabajo y en el arriendo de habitaciones para el descanso cotidiano. Seres humanos (¡HUMANOS!) que ven la posibilidad de volver a su tierra, y así regresar a la dignidad, aunque sea con carencia de bienes, en un retorno que les hace firmar el cierre de la puerta de regreso por nueve años. ¡Nueve años! ¿Por qué? ¿Por qué son muchos? ¿Muchos en relación a qué o quién? Muchos en relación a su color de piel, que muchos haitianos migrantes en este país que “quiere al amigo cuando es forastero” descubrieron era el negro. 

Y aquí, podrán saltar algunos lectores y decir, como diría la clase política en el bloque del poder, que “hay que cuidar nuestras fronteras”, y “la soberanía”, y “la casa ordenada”, y “bla, bla, bla”, no entendiendo nada, o maquiavélicamente por un fin proyectado, según el caso. Esa idea del aeropuerto abierto al que cualquiera entra, se te cae sólo con un viaje comparando los ingresos a otros países y a Chile, lleno de protocolos, declaraciones juradas y revisiones habidas y por haber. ¿Por qué? Porque nuestra ley de extranjería está basada en la política de seguridad nacional instalada por la dictadura, precisamente para impedir el ingreso de “retornados”, cubanos, soviéticos y todos sus secuaces que buscarían demoler un régimen. ¿Cómo puede entenderse la idea de una casa desordenada cuando la ley que regula su ingreso emergió de un gobierno en el que los derechos estaban conculcados? Sólo a partir de la lógica del enemigo externo. Es por esa lógica, que puede decirse que el “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” atenta contra los intereses del país, mintiéndole a la población, porque basta sólo una lectura del documento para decir que: a) este pacto no habla de la migración como un derecho (aunque está basado en un enfoque de derechos); y b) que no niega la soberanía de un país para establecer su propia legalidad migratoria, según consta en el punto 15, letra c. Chile, el vecino con síndrome de “Doña Florinda y Quico”, que se cree más que la chusma, pero teniendo similares condiciones de existencia que los demás. Porque estamos claros: es necesaria una nueva legalidad que regule la migración, en un país democrático y teniendo como base el justo y necesario equilibrio entre el derecho internacional y el interés nacional, que no se contradicen necesariamente como plantean algunos discursos trasnochados (pero que están volviendo a amanecer).

Después de todo lo dicho, no puedo cerrar mi texto. No puedo, por tener el estómago apretado, con un nudo nauseabundo, por las mentiras de la alegría, de la gente que gana, del crecimiento con igualdad y de los tiempos mejores. Por eso, recurro a uno de mis recursos más habituales a la hora de escribir: colocar una cita. Pero esta vez, no será a modo de corolario o golpe final. El texto seguirá inconcluso, inmerso en la pregunta levantada por el médico cirujano y poeta haitiano Jean Jacques Pierre-Paul a propósito de su conciudadana Joane Florvil, acusada de abandonar a su hija en una OPD y que luego de ser apresada se dijo que habría atentado contra su vida golpeándose la cabeza contra una pared, lo que le habría llevado a la muerte. Nuestro hermano Jean Jacques (digo hermano, por ser él un cristiano evangélico), tenía muy clara la verdad antes que fuese sentenciada por un tribunal: Joane no había abandonado a su hija ni atentó contra su vida, sino que fue víctima de nuestro complejo de superioridad que nos hace tener un tipo de clasismo que no sólo se basa en lo social o en la plata, sino también el color de piel. Él dijo con toda la fuerza de su verba latente:

“¿Cómo es posible vivir en medio de tanta oscuridad?

Como es posible vivir en una ciudad sin poesía 

Sin espejos, sin abrazos, sin Joane Florvil?

Soy uno de los cobardes 

Que no querían entenderte defenderte 

Lo único que se me ocurre ahora es llorar 

y escribir este poema para decirte

Que siento mucha vergüenza 

De ser parte de la humanidad que te mató

En una ciudad llena de cobardes pretenciosos 

Teníamos la oportunidad de amarte

Teníamos la oportunidad de hacer 

Con tu mirada un bello nido de pájaros”. 

Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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“Ese mar que tranquilo te baña”. ¿Quién ganó y quién perdió en La Haya?

Los ganadores: El gobierno chileno y el equipo jurídico que contrató. Y, por supuesto, las familias que son dueñas de “nuestro mar”.

Los perdedores: El gobierno boliviano y el equipo jurídico que contrataron, y por supuesto, a modo de deconstrucción, Evo Morales y un eje clave de su proyecto político.

Los grandes perdedores: el pueblo de a pie de ambos países:

  • Los que en Bolivia soñaron con un día bañarse en una playa propia y tener acceso soberano a un territorio que en un momento de la historia les perteneció. 
  • Los que en Chile todavía no entienden que la sangre derramada en la Guerra del Pacífico (léase, “del Salitre”), no tuvo ningún sentido patriotero para Mr. North (que llegó sin “ni una chaucha” a nuestro país), como no lo tiene para quienes depredan nuestras riquezas. Chile no gana nada con esto. Si no lo cree, viaje al Norte en bus y vea los kilómetros de borde costero sin nada ni nadie. Nunca se debe confundir el bienestar de unos pocos con el bienestar de un país.

Puede que ahora estés celebrando como en el triunfo que nos faltó para ir al mundial. Pero sería bueno hacer una revisión de tu nacionalismo, para constatar si en realidad se trata de un real amor a la tierra de tus antepasados y a la gente con la que vives, junto con todo la creación cultural producida a lo largo de nuestra historia; o, si en su defecto, no es más bien un discurso ideológico que te hace creer en una homogeneidad también ideológica y que no se materializa en los rigores cotidianos de la vida. Y en eso, puede que nos parezcamos demasiado a los bolivianos de los cuales muchos se burlan un día como hoy con una feroz carencia de empatía.

Luis Pino Moyano.

Pensando en voz alta sobre el suicidio.

Si la noticia de una muerte es por sí misma impactante, con mayor razón lo es la noticia del suicidio. Lo violento y, a veces, imprevisto de un acontecimiento como éste nos sacude, sobre todo, cuando se trata de una persona cercana, con la que podríamos haber empatizado más, puesto que siempre pudo haberse hecho algo más. Debido a las deformaciones intelectuales de la época presente cuando pensamos en la depresión, pensamos en medicamentos o tratamientos con especialistas, en vez de compañía que abraza, escucha y acoge. Vivimos tan ensimismados que el dolor ajeno casi es impercetible, hasta que una foto de un rostro alegre, con una familia bella alrededor, queda trunca y rota por la decisión trágica de alguien que se encamina presuroso por el “valle de sombras y de muerte” en la más completa y triste soledad. 

Una de las razones que más ha complejizado el abordaje del suicidio desde la fe cristiana, tiene que ver con la connotación que se le ha dado, como si se tratara de un pecado imperdonable que te conduce directamente al infierno: “los que se suicidan se van al infierno”, es el mensaje repetido hasta la saciedad. Yo crecí en una comunidad eclesial en la que, con contadas y honrosas excepciones, el suicidio se abordaba desde ese prisma. Esa visión conlleva una serie de tabúes:

El primero de ellos, dice relación con una de las investigaciones que abrió el camino del estudio sociológico en la modernidad. Se trata de la investigación realizada por Emil Durkheim en 1897. Evidentemente, la evidencia actual muy probablemente haya dejado obsoleta dicha investigación, pero algunas cosas tanto de metodología como de información son sumamente importantes de relevar. Por ejemplo, la constatación de este padre de la sociología respecto que en el caso de los países europeos mayoritariamente católicos, las tasas de suicidio eran más bajas que en los países mayoritariamente protestantes, lo que se daba a la inversa en el caso de homicidios. Durkheim plantea que: “Son los cantones protestantes los que cuentan más divorcios; ellos son también los que cuentan más suicidios. Vienen después los cantones mixtos, en los dos puntos de vista, y, solamente luego, los cantones católicos. […] Entre los cantones protestantes alemanes no hay ninguno que tenga tantos divorcios como Schaffouse; Schaffouse está también a la cabeza en los suicidios” [1]. Uno de los factores que Durkheim visibiliza tiene que ver con el individualismo protestante, mediatizado por lo que se dio en llamar con el tiempo “libre examen”, con el cual en palabras del sociólogo, el sujeto va construyendo su camino en la religión. ¿Cuánto influye nuestro concepto del pecado y su gravedad en esto? ¿Cuánto influye una incomprensión de la gracia sobre todo en quienes la predicamos? ¿Cuánto influye el deslumbramiento en la reputación personal perdida al lado de la gloria de Cristo? ¿Cuánto influye las altas expectativas que nosotros, creyentes cristianos, ponemos sobre los hombros de otros sujetos tan santos y pecadores como nosotros? Todas preguntas que ameritan reflexión teológica interdisciplinaria. 

El segundo tabú dice relación con la persecución de cristianos. El cristianismo cada día va construyendo un martirologio más amplio, con cristianos que viven y mueren por su fe en el mundo, a los que elevamos a un pedestal de admiración marcado por relatos hagiográficos que nada dicen de errores, elementos críticos e, inclusive, pecado. ¿Por qué no decimos nada respecto de los creyentes que estando en misión han acometido suicidio para rehuir el peso del terror de quienes le persiguen? ¿Por qué seguimos deshumanizando a creyentes porque lo que importa es el testimonio, por más artificial que éste sea? ¿Hacemos bien en preservar el tabú con el riesgo de que futuros misioneros se encuentren de manera abrupta con este dilema?

Y el tercer tabú es muy sencillo de declarar, más allá de la perplejidad que podamos asumir: creyentes se suicidan. Sí, leyó bien, creyentes, genuinos cristianos, se suicidan. Y, a veces, no porque estén lidiando con el adulterio, con otros tipos de inmoralidad, con desfalcos u otro tipo de corrupción económica, sino simplemente por no saber cómo lidiar con el dolor o la incertidumbre. Conocí, por ejemplo, muy de cerca el caso de una madre anciana, una cristiana de toda la vida, que tomó esta trágica decisión luego de no tener certeza sobre quién se haría cargo de sus hijas que adolecían de discapacidades intelectuales. Él saber qué su muerte estaba cercana y que nadie cuidaría de las hijas que ella con tanto esfuerzo y postergación humana cuidó, la aterrorizó tanto, que un día las tomó de la mano y se recostó con ellas sobre una línea de tren. Una de las hijas se libró de la muerte. Y no saben lo terrible que fue, ante el tabú del suicidio, ver personas que mandaban a esta querida hermana al infierno en medio de susurros de pasillo, sin misericordia, sin conocimiento de la gracia de Dios, de sus propósitos eternos, y por supuesto, sin haber hecho absolutamente nada, deslumbrados ante una noticia y no ante una historia. Sí, tristemente, creyentes se suicidan. 

¿Qué decir respecto del suicidio y de las personas que lo acometen?

a) Puede que algunas personas hayan tenido una opinión engañosa respecto de mi idea sobre el suicidio al leer este post. Pero a esta altura quiero señalar con firmeza y claridad que se trata de pecado, de verdadero pecado. El único dueño de la vida es el Dios que nos creó y que tiene dominio del tiempo y de nuestras historias. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que “Los pecados prohibidos en el sexto mandamiento son, todo acto de quitar la vida a nosotros” (pregunta 136). En ese sentido, la práctica de matar prohibida en la Biblia incluye el suicidio. Ergo, el suicidio es pecado, y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23a). El suicidio, como todo pecado, nos separa de Dios. Además, al igual que otros pecados, tiene o puede tener consecuencias sociales, sobre todo en lo que dice relación con su familia, específicamente, padres y madres, cónyuge e hijos. El dolor se reparte de manera indefectible en dichos casos. 

b) Al igual que con ningún muerto podemos afirmar a cabalidad algo respecto del destino final de las personas. Si el hermano o hermana se pierde, y se va al infierno, no se va a ese lugar sólo por suicidarse, sino por todos sus pecados y por su naturaleza pecaminosa heredada de Adán. Por otro lado, si este hermano o hermana se salva y se va al cielo, no vivirá ahí porque el suicidio no sea pecado, sino porque Cristo murió por Él, así como por todos los elegidos, siendo su sacrificio completamente eficaz para el perdón de los pecados pasados, presentes y futuros, incluido este acto con él cual acabó con su vida. Sintetizando, nadie se salva por no suicidarse, sino por la obra de Cristo en la cruz. Creo y afirmo, junto con el Catecismo Mayor de Westminster que: “Ningún hombre es capaz, ni por sí mismo, ni por alguna gracia recibida en esta vida, de guardar perfectamente los mandamientos de Dios; sino que diariamente los quebranta en pensamiento, palabra y obra” (pregunta 149). Recalco una idea: este punto no debe entenderse como una apología del suicidio en tanto acción plausible. El suicidio es pecado y debe ser mortificado por nosotros con la ayuda del Espíritu Santo. Explicar nunca significa per se legitimar. 

c) En un perfil más pastoral si se quiere (¡aunque el punto anterior también lo fue!), creo que somos muy rápidos para juzgar el suicidio, así como todos los pecados visibles de las personas, sin empatizar y mirar desde el evangelio cada caso. Insisto, es un pecado. ¿Pero estoy yo en la mente y en el corazón desesperado de una persona? ¿Estoy consciente del terrible suplicio interno que alguien vive al nivel de pensar en el suicidio? La desesperación terrible que lleva alguien al suicidio no es de un momento, sino de días y meses, donde se lucha por dar ese paso. ¿Acaso eso no es también responsabilidad de la comunidad que hizo pensar a la persona que estaba totalmente solo, sin que pudiera catalizar su sufrimiento? La salud mental es algo tan problemático que meterse a juzgar las motivaciones de alguien que sufre una enfermedad de ese tipo es más que complejo, es inoportuno. Bíblicamente, el ser humano es una unidad psicosomática [2], por lo que debe ser entendido desde esa integralidad y no sólo por la preocupación del componente espiritual. En ese sentido, comparto lo señalado por el pastor y teólogo R. C. Sproul, cuando señaló que: “El punto es que las personas se suicidan por razones muy diversas. Solo Dios conoce a cabalidad la complejidad del proceso de pensamiento de una persona [en] el momento de suicidarse. Por lo tanto, solo Dios puede hacer un juicio justo y preciso a cualquier persona. A fin de cuentas, la salvación de un individuo depende de si ha sido unido a Cristo por la sola fe. Sigue siendo cierto que los cristianos genuinos pueden sucumbir a una marejada de depresión. / Si bien debemos intentar disuadir a las personas de suicidarse, dejamos a quienes lo han hecho a la misericordia de Dios” [3]. Hago mías estas palabras. 

Todo esto implica, por parte de la iglesia orgánica (tú, yo, nosotros) e institucional, una preocupación más amplia por entender los dilemas existenciales a la que nos llevan los traumas y otras experiencias dolorosas [4]. Pero esto, no sólo implica una preocupación intelectual, necesaria pero insuficiente en sí misma, sino una que vaya acompañada del acto emocional y hasta físico de hacernos parte, de involucrarnos en la vida de los otros, de pasar del discurso de la comunidad a la vida en comunidad. ¡Qué no hayan personas solas en nuestra iglesia! Ni solos que piensan en el suicidio, ni personas solas que están viviendo el duelo de alguien que precipitadamente decidió acabar con sus días. Y, por supuesto, lo que hay que hacer, definitivamente, es descansar en Cristo, en su gracia anhelando que nuestro hermano ha sido salvo, con la seguridad de que un día Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos. 

Evidentemente, no pretendo con este post tener una palabra final sobre este tema. Ni por extensión ni profundidad es ese el objetivo. Por cierto, sin dudas, esto puede abrir diálogos y debates. Pero tampoco es mi objetivo. Mi punto es doble: me interesa asentar una posición que creo es bíblica y teológicamente consistente con la fe cristiana; y, por otro lado, alzar la mano para decirte que estoy disponible, dentro de mis posibilidades, para escucharte y acompañarte en una circunstancia tan compleja. Sobre todo, cuando la empatía de alguien que sintió este impulso trágico y pecaminoso en momentos de la vida no cuesta tanto. Y sobre todo, porque conozco todo lo que sirve no dejar revolotear “los pájaros en la cabeza” en soledad ensimismada. 

Se puede caminar y sobrevivir, sólo por el amor y la gracia de Cristo que se hace patente en múltiples gestos simples y cotidianos. Y, gloria a Dios por eso. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

Notas bibliográficas. 

[1] Emil Durkheim. El suicidio. Estudio de sociología. Libro primero “Los factores extrasociales”. En: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/2012/LYM/los_FESociales.pdf (revisada en agosto de 2018). 

[2] Véase el tratamiento del ser humano como un ser integral, una “unidad psicosomática” en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 263-291.

[3] R. C. Sproul. Sorprendido por el sufrimiento. El papel del dolor y la muerte en la vida cristiana. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2017, p. 149. 

[4] Sobre el problema del dolor, véase: C. S. Lewis. El problema del dolor. Miami, Editorial Caribe, 1977. Otro breve acercamiento en: Josep Araguàs et al. Jesús ante los problemas emocionales. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2009.

Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.