Prat y la honorabilidad.

La primera vez que supe de Prat, según tengo memoria, lo hice por el libro que me acompañó por largas tardes de fines de los ochenta, la “Historia de Chile” de Walterio Millar. Entonces, cuando me tocó personificarlo en 2º Básico, costó más que me hicieran las charreteras y grados para mi vestón azul marino colegial convertido en uniforme, junto con la barba hecha con el tinte de un corcho quemado. La espada de He-Man funcionaba para los menesteres del combate naval. Llegado el día de la conmemoración del hito armado de Iquique, acaecido un día como hoy de 1879, antes de saltar al abordaje junto a mis compañeros como el Sargento Aldea del dibujo que corona este post, y así pasar a la gloria frente a todo el colegio sanbernardino de mi infancia, exclamé con la voz más fuerte, clara y segura que pude, y por supuesto de memoria, tal y como lo hago ahora al escribir, la arenga que toda la historiografía oficial nos ha enseñado:

– Muchachos, la contienda es desigual. Pero ánimo y valor, nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea esta la ocasión de hacerlo. ¡Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar! Y si yo muero, ¡mis oficiales sabrán cumplir con su deber!

Cerré, por supuesto, con un “¡viva Chile!”, salté con mi espada empuñada y morí teniendo en mi mente los sones del violín del Guardiamarina Ernesto Riquelme, como otro de mis libros, el de la colección de la “Revista Petete” nos señaló respecto de la noche anterior. Es que Prat es el héroe por antonomasia, el que genera un mayor efecto de adhesión infantil y de connotación de impecabilidad. 

Pero Prat era más que un marino que en alta mar “se acordaba de su patria querida”, alguien que gustaba del sonido del mar y del movimiento de una embarcación, y formado en una institución de índole militar a la inglesa, que se fue haciendo como el soldado que nuestros libros de historia y profesores nos recordaban hasta la saciedad. Prat era el profesor que enseñaba en colegios nocturnos a obreros y artesanos, el abogado que no escatimó poner en detrimento su estatus por defender causas justas frente a sujetos muy poderosos, el espía que en ejercicios de inteligencia internacional devolvió al erario nacional lo que le sobró de sus viáticos en una gran muestra de probidad.

Por lo mismo es relevante decir que Prat no estaba el 21 de mayo de 1879 en la rada de Iquique por ser patriota, según el invento discursivo de Benjamín Vicuña Mackenna. Prat fue puesto ahí como castigo, o más bien de “pasada de cuenta”, a modo de carne de cañón, contra los acorazados más poderosos de la flota naval peruana (a saber, el Huáscar y la Independencia), por defender legalmente a compañeros de armas acusados por sus autoridades. Entre los acusados estaba su amigo Luis Uribe, que se encontraba también sobre la vieja corbeta española con bandera chilena.

No sigamos, entonces, repitiendo el infundio patriotero que emergió desde el discurso de Vicuña Mackenna para encorajinar a las masas para enrolarse voluntaria y apasionadamente para luchar en la Guerra del Pacífico, hecho inédito en nuestro país hasta esa fecha.  Hasta ese hecho, la idea de nación no se había arraigado en gran parte del país, por lo que Prat fue, históricamente y post mortem, uno de los mayores instrumentos de uso elitario para construir dicha idea, cuando se le erigió como el “santo secular” al que sólo ensucian las palomas (en una mezcla de lo escrito por William Sater y lo dicho en clases por el profesor Leopoldo Benavides).

¿Era patriota Prat? Probablemente sí, pero habría que preguntarse qué significaba eso para él. Ahora bien, yo preferiría hablar de un hombre que amaba su país, pero que por sobre todo tenía un alto concepto de la honorabilidad, en la que el valor de la palabra empañada era superior. De hecho, el “mientras yo viva” de su arenga testamentaria, subsume a la bandera que no ha sido arriada. La bandera al tope del mástil da lo mismo si son corruptos sujetos y sistemas los que la sostienen en alto. 

Luis Pino Moyano.


A modo de comentario bibliográfico, no te voy a remitir a Baradit que focaliza su atención en las supuestas prácticas espiritistas de Prat como eje movilizador de su vida. Referiré otras fuentes: en el mismo sitio de la Armada hay información sobre el juicio a Luis Uribe. También, en el libro de Gonzalo Vial Correa “Arturo Prat”, (Editorial Andrés Bello, 1995), y en el texto de Pablo de la Cerda y Claudio Ferrada “Arturo Prat: Estudiante de derecho y abogado” (Editorial Andrés Bello, 1980), hay información sobre el proceso legal en el que Prat usó sus armas leguleyas. Y por supuesto, no puede dejar de recomendarse la obra de William Sater, “La imagen heroica en Chile: Arturo Prat, santo secular” (Centro de Estudios Bicentenario, 2009). 

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