El ídolo del dinero.

Uno de los testimonios que más me marcó en la infancia, fue la experiencia del hno. Hernán Sánchez, oficial de la Iglesia Evangélica Pentecostal de San Bernardo y su relación con las posesiones obtenidas con posteridad a su conversión. Él había llegado a la iglesia siendo muy pobre, literalmente con unas ojotas. Para quienes no saben qué son las ojotas, es un tipo de calzado cuya suela es hecha con un trozo de neumático al que se le agrega una tira elástica que afirma dicho adminículo al pie. La primera vez que vi al hno. Sánchez, fue en un culto en el local de Angelmó, una población en la periferia de San Bernardo en la que viví parte importante de mi infancia. Esa fue la primera vez que vi tan de cerca un Mercedes Benz. Sí, el auto era del predicador de esa noche, el hermano Sánchez, dueño a esa fecha de una flota de camiones y de una casa muy grande y bella en una de las calles principales de la comuna. Mi papá fue alumno de su clase en la Escuela Dominical, y nos contó que el hno. Sánchez tenía clavadas en una de las puertas de su casa las ojotas con las que él había llegado a la iglesia, para nunca olvidarse de dónde Dios lo había sacado. Recuerdo también al hno. Sánchez junto a su esposa, yendo en autos diferentes a la iglesia, ocupándolos para ir a dejar a sus hogares, sobre todo a los más ancianos. ¿Por qué cuento este testimonio? Porque muestra el carácter del dinero: el dinero es un don de Dios, que puede bendecirnos individual y familiarmente, además de potenciar nuestra ayuda a otros; como también, puede ser un peligro para un corazón que no busca “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. El dinero es una herramienta poderosa que puede constituirse en ídolo en el taller de nuestros corazones. 

Quisiera que ahora, viajáramos al evangelio de Lucas, para recurrir a una historia que, aparentemente, tiene a Zaqueo como su protagonista, y con dicha historia hablar del ídolo del dinero. Esta historia ilustra con claridad el camino de muerte en el que se constituye, y cómo sólo en Cristo puede encontrarse una salida. Lucas siempre cuenta este tipo de historias, en las que el amor de Cristo se manifiesta luminosamente sobre aquellos que son los despreciados de la sociedad. De hecho, debemos tener presente, que este caso ilustra lo ya señalado en ese evangelio en 18:23b-27: “-¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. / Los que lo oyeron preguntaron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse? / -Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios -aclaró Jesús”.

La propuesta de este post es que a través de la historia de Zaqueo podamos hablar del carácter de la riqueza, señalados en tres momentos de la experiencia de su encuentro con Jesús. 

La riqueza vacía.

Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico.

Lucas 19:1,2 NVI.

Dijimos hace un momento atrás, que aparentemente esta sería la historia de Zaqueo, pero equivocaríamos el rumbo si lo consideramos así. El evangelio nos muestra sólo a un gran protagonista: Jesús de Nazaret, quien se mueve por las ciudades restaurando corazones, como lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Es Jesús quien está en Jericó en el camino de la misión que Dios Padre le trazó, en sus últimos días antes de ir a la cruz.

El versículo 2 nos habla de un hombre llamado Zaqueo, jefe de los publicanos de Jericó. Su nombre podría significar “puro”, “justo” o “Dios se acordó”. Este título de “jefe de los recaudadores de impuestos” no se menciona en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. Al parecer, daba cuenta de un sujeto que estaba a cargo de una región y tenía a otros cobradores bajo su mando. Súmese a eso, a que los publicanos contaban con el apoyo militar romano para evitar cualquier rebelión a su autoridad. Jericó era una zona, en la época de Jesús, muy próspera, por lo que con seguridad Zaqueo se había enriquecido mucho. Este hombre estaba en la cima de su profesión. Pero tenía una profunda necesidad. 

Zaqueo es estigmatizado por su labor como un paria de la sociedad, un traidor y ladrón, al que ningún padre de familia decente daría a su hija por esposa. “Publicanos y pecadores” es una asociación común, ya que vivían a la periferia de las ciudades, y su relación más habitual con el sexo opuesto se daba con prostitutas. Además de eso, probablemente recibía burlas por ser “el chico” del barrio. Como se puede ver, Zaqueo era víctima del desprecio y la burla, pero era victimario a la hora de cobrar impuestos subiendo el monto para enriquecerse. Para la gente de Jericó era un “digno candidato al infierno” como muchos de los que tenemos en nuestra mente pecaminosa. 

El problema de Zaqueo no era la riqueza por sí misma, sino el sentido que le había dado en su corazón. Un sentido tan elevado que estuvo dispuesto a sacrificar su propia reputación y valía social por el acto de tener. Y es que la idolatría del dinero nos hace sentirnos seguros e identificados con él, inclusive, cuando fantaseamos con aquello que no tenemos. Pero es en ese momento que el dinero deja de ser una posesión y pasa a poseernos. Le “vendemos nuestra alma” al dinero. Timothy Keller señala que: “Jesús advierte a las personas con mucha mayor frecuencia acerca de la codicia, que acerca del sexo y sin embargo, nadie piensa que es culpable de ella” (Dioses falsos). Todos somos susceptibles de la codicia como pecado: ricos, clase media, pobres, siúticos arribistas y siúticos abajistas. “Si usted vive para el dinero, usted es un esclavo. En cambio, si es Dios quien se convierte en el centro de su vida, esto es lo que destrona y degrada al dinero. Si su identidad y su seguridad están en Dios, el dinero no lo puede controlar por medio de la preocupación y el deseo. Se trata de una cosa o la otra. O bien sirve a Dios, o bien cae en la esclavitud de las riquezas”, dice el pastor Keller en “Dioses falsos”. Este problema no hace distinciones de clases sociales, pues no es un problema meramente económico o matemático, sino un problema espiritual cuyo centro está en el corazón. Así lo señalan los siguientes textos de la Escritura:

Salmo 63:3: “Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán”.

Lucas 14:33: “De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Mateo 6:19-21: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Lucas 12:33, 34: “Vendan sus bienes y den a los pobres. Provéanse de bolsas que no se desgasten; acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no hay ladrón que aceche ni polilla que destruya. Pues donde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón”.

1ª Timoteo 6:6-10: “Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores”.

El verdadero problema está en nuestro corazón. Es la avaricia. Mammón siempre ha sido un obstáculo clave para la vida espiritual, pues lo contrario a la avaricia es el contentamiento. Dios es todo y no hay nada que pueda reemplazarlo. Eso es lo que motiva el dar. El seguimiento de Jesús implica la entrega de la vida, lo que incluye las posesiones, y todo esto es para la gloria de Dios, la edificación y alegría de su pueblo, y en pos de la extensión del Reino de Dios. 

John Piper, en su libro “Piense”, dice lo siguiente: “Desear ser rico es suicida y recomendar ese deseo como parte de la vida cristiana es por lo tanto peor que homicida porque no sólo está en juego esta vida, sino la siguiente. Los seguidores de Jesús deberían sentir una atracción magnética en sus vidas hacia la simplicidad del tiempo de guerra, para que puedan ser generosos al dar y al aliviar todo el sufrimiento que sea posible, especialmente el sufrimiento eterno”. A su vez, el dinero te puede hacer peligroso. Piper señala que las riquezas pueden llegar a hacer un tremendo daño al alma humana. Dice: “No sólo pueden arruinar nuestra felicidad, sino que también pueden hacernos crueles e indiferentes hacia los demás -el rico que ignora al pobre; el padre adicto al trabajo que descuida a sus hijos; el soldado mercenario que no se preocupa por sus compañeros; los lobos vestidos de ovejas que se hacen pasar por pastores del rebaño; los proxenetas que exigen su dinero mientras convierten a niñas en prostitutas” (Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder). Si usted se fija, el dinero que es una bendición puede transformarse en un ídolo cuando se pervierte el sentido que este tiene por el ensimismamiento que busca la autosatisfacción y no la realización de la ley del amor que pone la vista en Dios y el prójimo.

La riqueza verdadera.

Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: – Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.

Lucas 19:3-5, NVI.

Zaqueo tiene el deseo profundo de conocer a Jesús, de “ver quién era”. Deseaba un encuentro real y concreto con el Señor. Por eso no se cuida de su dignidad ni teme al ridículo. En esa situación es que se sube a un árbol de tronco corto y ramas extendidas para lograr su objetivo. Ningún judío respetable habría considerado como alternativa trepar un árbol. ¿Qué vemos acá? Sin lugar a dudas, aquello que los calvinistas llamamos regeneración. Es el Espíritu Santo el que moviliza a Zaqueo para hacerlo susceptible a la luz del evangelio y de la obra de Dios que un muerto en delitos y pecados no puede desear por sí mismo. 

¡Esta es la historia de Jesús, él es el protagonista! Jesús es quien busca, se acerca y habla a Zaqueo. Actúa como Rey, invitándose a la casa de un súbdito. Jesús no es solicitado y el actúa. ¡La gracia es irresistible! Jesús ama a los pecadores tal como son, pero los transforma porque no los quiere así. Nadie que experimenta el amor de Jesús puede seguir viviendo “tal como es”, puesto que el poder de Cristo es transformador.

Pero esta historia, tan marcada por la gracia, nos comienza a confrontar, pues, ¿a cuántas personas conoces que tienen este problema de la codicia albergado en sus corazones? ¿Cuál es tu actitud hacia ellos? ¿Les miras con gracia o con desdén? ¿Acaso no crees que Jesús salva a pecadores? Por otro lado, ¿es tu problema la idolatría del dinero? ¿Crees que no puedes salir de ella? ¡Sólo Cristo puede llevar a que rompas el altar al dinero que has levantado! Sólo Cristo te puede cambiar. Hoy, al igual que a Zaqueo, te está invitando a un encuentro cercano y transformador con él. 

La riqueza que sirve.

Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa. Al ver esto, todos empezaron a murmurar: ‘Ha ido a hospedarse con un pecador’. Pero Zaqueo dijo resueltamente: – Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. – Hoy ha llegado la salvación a esta casa – le dijo Jesús-, ya que este también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Lucas 19:6-10, NVI.

Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Todos los testigos del escándalo de Jesús entrando a la casa del jefe de los recaudadores de impuestos tenían una idea y una sentencia clara: era incomprensible que Jesús se hospedara con un pecador. Sólo otros publicanos y prostitutas entraban a la casa de un sujeto de esa calaña. Fíjate cómo eso se contrapone, interesantemente, con el silencio de Jesús, que no dice nada respecto a la baja moralidad del anfitrión de la cena. 

Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental, que busca denunciar el moralismo sin sentido que a veces se alberga en nuestro corazón: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes, tengan o no tengan lo que tú tienes, a ti por amor a Cristo y su misión?

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos. La nueva misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Pero volvamos al protagonista verdadero de esta historia. Jesús escandaliza con sus obras. En capítulos anteriores del evangelio de Lucas, ya Jesús había mostrado en las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y del hijo perdido que el propósito de la misión que Dios le había encargado era: ¡salvar a lo que se había perdido! Por eso estaba en Jericó. Iba a Jerusalén, camino a la cruz. Cristo se compadece de los pecadores y tiene poder de cambiar los corazones. Jesús reposiciona en la familia del pacto a Zaqueo declarándole “hijo de Abraham”. 

La palabra “defraudado”, usada en el texto, en el griego, es la misma que se traduce como “calumniar” o “hacer una declaración falsa”. En este caso particular, se trataría de dinero cobrado injustamente. Según los historiadores, en la forma más tradicional, el cobrador de impuestos entraba a una casa con un inspector y acusaba falsamente a un cliente de defraudación en el pago de los derechos aduaneros. Entonces, dar algo para un publicano era algo nuevo. Ellos sólo estaban interesados en recibir. “Siempre querían más”, parafraseando a Elemento. 

La “conversión de la billetera” es el fruto del arrepentimiento en esta historia. La restitución del daño, según lo establecido en la ley de Moisés, el cuádruplo, para casos de robo deliberado y violento con el propósito de destruir y, aún más, promete dar la mitad de sus bienes a los pobres. El Señor cambió el corazón del jefe de los publicanos. Una nota de la Biblia “El Libro del Pueblo de Dios” dice: “La presencia de Jesús, al mismo tiempo que trae a su casa la salvación, le hace descubrir a los pobres necesitados de su ayuda”. Zaqueo es justificado por gracia. Y un justificado actúa con justicia.

Nuestro dinero también tiene que convertirse en algo distinto. La crítica no es a la riqueza, sino a la acumulación y al egoísmo. “La avaricia es idolatría”dice Pablo en Colosenses 3:5. Calvino, por su parte, decía en su Comentario a los Salmos: “Todo aquel que se permite desear más de lo que es necesario, frecuentemente se pone en directa oposición a Dios, ya que todas las lujurias carnales se oponen directamente”. 

Dios, que trabajó por puro placer y alegría en la creación, y que sigue trabajando, nos provee de todo lo necesario. El trabajo es el método que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones.  El dinero es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

John Stott señala que “Jesús prohíbe la vida extravagante y opulenta; la dureza de corazón que no siente la necesidad colosal de los desheredados del mundo; la fantasía insensata de que la vida de una persona consiste en la abundancia de los bienes que posee y el materialismo que ata nuestros corazones a la tierra” (El sermón del monte. Contracultura cristiana). Stott no está diciendo acá que no tengas nada,  porque no está hablando de plata o posesiones. Está hablando de una disposición del corazón. O se sirve a Dios o a Mammón, el dios de la riqueza. Ese es el dilema. Y eso no es meramente intelectual, es espiritual, tiene que ver con la adoración, por ende con nuestra vida diaria. Y ojo, lo que Jesús demanda no son ideales, porque él no es sólo un “buen maestro”, como dijo el joven rico, sino mandatos, pues él es Señor.

Para reflexionar y practicar.

El verdadero problema está en nuestro corazón. Por ello, el evangelio impide encontrar significación e identidad en el dinero, lo que trae descanso para el alma.  

Nada nos pertenece de manera exclusiva, pues todo le pertenece a Dios. Somos administradores de lo que Dios nos da, por lo que debemos usar con sabiduría lo provisto por Dios, esforzándonos para que en el cuerpo de Cristo no existan necesidades. 

La unidad de corazón y de mente debe extenderse a nuestras posesiones. Si nuestras posesiones le pertenecen al Señor, debemos actuar en consecuencia, haciendo que el Señor sea dueño de todo, lo que tiene implicancias para la vida de la iglesia cuando damos para la extensión del Reino de Dios. El estilo de vida sencillo permite que no seamos piedra de tropiezo para los más pobres, como también cooperar dentro de la comunidad. 

Timothy Keller, dice en “Justicia generosa”: “En este mundo existe una distribución no equitativa tanto de los bienes como de las oportunidades. Por lo tanto, si Dios te ha asignado los bienes de este mundo y no los compartes con los demás, no es solo tacañería: es injusticia”. Oremos para que Dios nos ayude a ser generosos y solidarios.

El apóstol Pablo dijo que “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). La verdadera riqueza está en Cristo. Somos ricos al haber sido salvados por él. Estamos completos en él: nuestra identidad, seguridad y felicidad está en Cristo. Cualquier otra cosa es estiércol, ¡excremento!, al lado de Jesucristo y su gloriosa gracia. Arrepintámonos y adoremos.

Luis Pino Moyano.

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