“Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles”. A la memoria del hermano Pablo Hoff.

* El recorte de prensa es del archivo del Pr. Manuel Díaz, profesor del IBN. 

Durante la mañana de ayer, 23 de junio de 2019, nos hemos enterado de la noticia de la muerte de Paul Hoff Bieker, más conocido en el mundo evangélico chileno, y especialmente a quienes nos formamos en el Instituto Bíblico Nacional, como el “hermano Pablo”. Él había nacido el 23 de febrero de 1924, y se formó académicamente como Bachiller en Artes Liberales con mención en Historia de la Universidad Taylor y Magíster en Teología del Seminario Bautista del Norte, y que desarrolló su tarea como misionero de las Asambleas de Dios en Bolivia, Argentina y Chile, fundamentalmente en la tarea de la docencia teológica y la pastoral. Chile, país al que llegó en 1978 fue donde desarrolló su ministerio de más larga data, y que tuvo como su fruto principal y más maduro el Instituto Bíblico Pentecostal, fundado en 1979, y que desde 1999 recibe el nombre de Instituto Bíblico Nacional fortaleciendo su carácter interdenominacional, lo que va acompañado de sedes en más de veinte ciudades a lo largo del país. 

Ligado a su tarea docente surgieron sus libros, la mayoría de ellos publicados por Editorial Vida, relacionados con las diversas áreas del saber teológico, escritos a mano y luego escritos a máquina por su esposa, la hermana Betty, y más tarde a computador y estilizados al idioma castellano por personas ligadas al Instituto que él formó. Libros que demuestran un conocimiento profundo de la Escritura, y que facilitan su acceso a la misma, por el fuerte talante pedagógico que poseen y que, por sobre todo, invitan a mirar a Cristo Jesús cuando avanzan en el aspecto devocional. Estos libros son: 

  • “El Pentateuco” (1978), 
  • “Los libros históricos” (1980),
  • “El pastor como consejero” (1981),
  • “Se hizo hombre” (1990, sobre los evangelios sinópticos),
  • “Otros evangelios” (1993, sobre religiones comparadas),
  • “Libros Poéticos” (1998),
  • “Defensa de la fe” (en coautoría con el teólogo chileno David Miranda, publicado por Editorial Mundo Hispano, 1997),
  • y “Teología Evangélica” (Tomo 1, 1999; Tomo 2, 2000; obra reunida en un solo ejemplar, 2005).

Él diría en una introducción a uno de sus libros: “Tal vez el lector apresurado se sienta tentado a estudiar las lecciones del libro sin leer previamente las partes correspondientes de la Biblia. Si así procede, se estará defraudando a sí mismo y no aprovechará al máximo este estudio, porque la Biblia es siempre más importante que lo que dicen los hombres acerca de ella” (El Pentateuco, p. 11). A ello se suman muchos artículos desperdigados en folletos, revistas y periódicos evangélicos. Como escribió Juan, el apóstol: “Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. Sí – dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apocalipsis 14:13 DHH). En 2011, Editorial Vida publicó el libro biográfico escrito por Stuart Allsop, titulado “Mi Dios les proveerá. La apasionante historia de Pablo Hoff”, el que lamentablemente no ha sido difundido en las librerías de nuestro país. Es de justicia que lo hagan con prontitud. 

Conocí al hermano Pablo en el año 2000 cuando ingresé al Instituto Bíblico Nacional. Era un joven pentecostal, tenía 18 años y cargaba una cantidad de sueños y anhelos de servicio al Señor, sobre todo porque al comienzo de ese año sentí fuertemente un llamado al ministerio pastoral, y para eso había que prepararse. Si bien es cierto, estudiar teología tenía mala prensa, porque “la letra mata”, en mi comunidad de esos tiempos había un buen recuerdo del hermano Pablo, siendo la Iglesia Pentecostal Naciente una de las primeras denominaciones en recibir bien a este misionero. Recibí dos libros de él para iniciar el ciclo, los que leí con avidez, y que profundizamos en clases con los profesores, compañeros de curso, y principalmente con mi amigo y compañero de andanzas, Cristian Estrada. Fue fácil admirar a este ministro del evangelio, porque no sólo leímos sus libros, sino que además compartimos con él. Nunca he podido olvidar que a las dos semanas de entrar a estudiar, estaba trabajando en el Parque Bustamante como encuestador, cuando él pasa por la vereda de en frente (vivía cerca de allí), me vio, cruzó la calle, se me acercó con su característica sonrisa, me dio un fuerte apretón de manos y me preguntó por mi parecer respecto del IBN, luego se despidió con un “Dios le bendiga en todas sus labores”. 

Luego, fueron las conversaciones con él mientras tomábamos un café o sus ilustraciones testimoniales en medio de sus sermones en las que le conocimos más: su conversión a muy temprana edad, su paso como soldado en la 2ª Guerra Mundial, sus estudios teológicos en los que recibió la influencia de autores del ala conservadora y de la neoevangélica, siendo tributario de Carl Henry y Millard Erickson. Luego su trabajo misional en Bolivia y Argentina y su venida a Chile, llena de hechos providenciales: su solicitud de abrir un Instituto Bíblico para los pentecostales chilenos fue antecedida, sin mediar conversación entre ellos, por la solicitud del Pr. Francisco Anabalón de apoyo de las Asambleas de Dios para abrir un centro de estudios en el país. El trabajo misional en Chile estuvo marcado por desafíos y dificultades, pero en el que Dios abrió caminos: de las clases en el templo de la Corporación Vitacura, en Calle Rosas (frente al que hoy es el Teatro Teletón) al edificio de seis pisos en calle Ejército. Cómo él mismo no cesaba de señalar, citando la Escritura: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, RV 1960). 

De acento “agringado”, pese a los años que llevaba en Chile, era un deleite escuchar sus predicaciones, las que eran bíblicas, llenas de fuego, y con una característica muy particular a la hora de aplicar: bajaba la voz y con voz suave golpeaba nuestros corazones y conciencias. Aunque también le vimos apasionado y molesto. Dos momentos que recuerdo vívidamente. A principios de los 2000 algunos profesores comenzaron a señalar, sin ambages, su mirada escatológica amilenarista, yendo contra la mirada dispensacionalista, hegemónica en el mundo pentecostal. En una reunión de profesores se dio la discusión, muy acalorada, de la que algunos fuimos testigos indirectos mientras realizábamos nuestras tareas en la biblioteca. La discusión terminó con un golpe de mesa y con la voz firme del hermano Pablo diciendo: “no importa cuándo el Señor viene o cómo viene; lo que nos importa es que Él viene”. El momento terminó con oración y ánimo reconciliado. 

El otro momento, fue una de las últimas capillas (momento devocional) que se hizo al final de las clases, dando cuenta que muchos se retiraban y no participaban de la misma, nos exhortó a la luz de la Palabra la importancia de una espiritualidad profunda. Ahora, con justo enojo, golpeó el púlpito y dijo “si alguno cree que estudiar Teología es para agrandar cabezas y no corazones no es digno de este Instituto”. Y esto me permite cerrar mi relato testimonial. Pablo Hoff más que un teólogo fue un valiente siervo del evangelio, un respetable creyente, que nos enseñó con la palabra y la vida que los peores enemigos de los estudios teológicos no eran quienes decían que la “letra mata”, sino aquellos que estudian y tienen “un más alto concepto de sí que el que deben tener” (Romanos 13:3). Pablo Hoff, fue un valiente misionero que entendió que el servicio a Cristo y su Reino no tiene fronteras ni barreras que el Señor de la misión no pueda derruir, y que por lo mismo, asume con una alta cuota de voluntarismo el llamado que le constriñe a ser un obrero del evangelio. Todo esto, era una invitación que no dejaba de lado la erudición, pero que fortalecía la práctica servicial y buscaba forjar carácter cristiano. Se trataba de buscar un “conocimiento ungido”. Y dicho conocimiento fortaleció al bullente pentecostalismo chileno y excede sus veredas, edificando también a creyentes de otras banderías eclesiales. 

Como alguien que se siente honrado de haber hecho sus primeras armas del conocimiento teológico en el instituto que él formó, de manera agradecida digo frente a nuestro querido hermano Pablo: muchas gracias, seguiremos “preparándonos mejor, para servir mejor” con la ayuda de Aquél que vive y permanece para siempre. 

¡Hasta pronto!

Luis Pino Moyano.

 


 * Recomiendo, para quienes quieren tener un acercamiento mayor al testimonio de vida del hermano Pablo Hoff, ver la entrevista realizada por la hermana Sara Ossa, en el Canal de YouTube de Corporación Sendas, y el texto biográfico escrito por el hermano Pablo Villouta. 

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