Venezuela y la eliminación de lo “políticamente correcto”.

Hace varios días los acontecimientos de la Venezuela actual se han tomado los noticieros y las discusiones políticas. Desde ese plano, es sumamente lamentable que las opiniones surjan con tanta premura y nos lleven a pensar en “blanco y negro”, olvidando los matices de una amplia gama de colores que son constatables en la realidad. Sobre todo, porque la situación venezolana más que certezas hace levantar preguntas. Las certezas gruesas y concretas de los hechos sociales sólo pueden venir desde una matriz ideológica que obstaculiza nuestro acercamiento a la realidad. Y no estoy diciendo nada contra las presuposiciones, sino que éstas deben ser evaluadas constantemente, sobre todo cuando se convierten en sentido común. El sentido común, puede llegar a ser paralizante y construye conocimientos que no son susceptibles a la crítica, porque cualquier prisma, fisura o ruptura teórica es funcional a la ideología del otro. Y, aún más, desde un perfil religioso, se trata de la sacralización de la idea, la cual debe ser obedecida y seguida radicalmente, so pena que se imponga la sospecha sobre él. En las palabras del apóstol Pablo es “conformarse a este siglo” o “dejarse moldear por el mundo actual” (Romanos 12:2). 

En ese sentido, me parece pertinente escribir este post desde una mirada que introduce la fisura que rehuye el sentido común y la corrección política, en las siguientes líneas.

Uno de los elementos que más contradicciones suscita en el análisis tiene que ver con la figura y continuidad del gobierno de Hugo Chávez en la persona y gobierno de Nicolás Maduro. Evidentemente, Maduro fue el “delfín político” de Chávez, colocado y apadrinado como su sucesor, cosa que le dotó de masiva legitimidad en su país. Súmese a ello, que la élite y las bases políticas son las mismas. Y si bien, esta historia avanza, puedo decir, con suma responsabilidad, a partir de hechos consumados que Maduro destruyó todo el tramado político que había construido Chávez, manifiestando ineptitud política e incapacidad de conducir su gobierno y el proceso bolivariano. No está de más decir acá, que en América Latina la mayor cantidad de gobiernos han sido populistas o pretorianos y Chávez no es una excepción a la regla, a lo menos en ese sentido. Ahora bien, cuando hablo de la perversión del constructo chavista refiero a cosas puntuales: capacidad de conducción (inteligencia política, en lógica maquiavélica si se quiere) y la dotación de herramientas de control de la democracia, como el referéndum revocatorio. Es del todo notorio que las elecciones actuales de Venezuela no tienen el mismo rigor que tuvieron en la época de Chávez, cuya transparencia nunca fue objetada por observadores internacionales. Otro mérito del régimen bolivariano radicaba en la posibilidad real de referéndumes revocatorios (los que Chávez ganó siempre), e inclusive el reconocimiento de la derrota de la reforma constitucional respecto de la reelección sin límites. Maduro dilapidó dicho sistema político y electoral, que tenía méritos y defectos, que no era socialista (por lo menos en su conceptualización más clásica), sino rentista y de una democracia semiparticipativa.

Maduro ha dilapidado la empresa, el mercado y la armonía social; ha mostrado torpeza, con declaraciones destempladas, carentes de sentido y lisa y llanamente ignorantes y vulgares. Todo eso es mellado por el culto a la personalidad de un líder como Maduro, que carece del talante de su antecesor, ya sea el sujeto real, de carne y hueso, como también el mito del Chávez “santo laico”, héroe impecable al que sólo ensucian las palomas, como a todos los héroes. Chávez ayudó al levantamiento del mito con su modo de ser mesiánico. 

Hoy por hoy, la situación venezolana actual es desastrosa: un mal gobierno, que no ha eximido la prisión política de disidentes, reviviendo con suma claridad aquello dicho por George Orwell en su “Rebelión en la granja” (o “La granja de los animales”), cuando relevó la proclama de los cerdos omnímodos: “Todos los animales son iguales, pero hay animales más iguales que otros”. O peor aún, revive lo dicho por Danton (o Robespierre, según algunas versiones): “La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”. Ambos destacados luchadores de la madre de todas las revoluciones modernas terminaron colocando su cuello en la guillotina. Por lo que no es extraño que hoy exista disidencia política a Maduro que originalmente habría apoyado las realizaciones de su antecesor. Según Heinz Dieterich, uno de los teóricos del socialismo del siglo XXI, exasesor de Chávez, el gran problema de Maduro radica en no ver la realidad, lo que se manifiesta en: “No cambiar el modelo de desarrollo y no reaccionar a la creciente inconformidad social. Tampoco cambió el discurso político y cuando todo esto convergió en la derrota parlamentaria de las elecciones de 2015, cuando la oposición ganó la mayoría, en lugar de buscar un nuevo comienzo empieza a utilizar las fuerzas policiales para controlar la situación. Ha sido una espiral que comenzó en 2011 y ahora vemos llegar a su fin” (Tomado de Radio Bío Bío).

A su vez, la comparación constante con otros procesos de transformación social carece de sentido histórico. Sobre todo, su comparación con el gobierno de Salvador Allende, que es ahistórica y llena de panfleto y caricatura. Allende, masón y socialista (en ese orden), puede ser criticado de múltiples cosas en su trayectoria política y en el gobierno de la Unidad Popular que él encabezaba, pero su talante democrático, su confianza en la institucionalidad y la legalidad chilena, lo que derivó en su mirada de la factibilidad de su “vía chilena al socialismo”, no puede ser puesto en duda. Cuestionado y criticado, sí. Pero no puesto en duda. Fue diputado y senador por años, presidente de la Cámara Alta cuando su coalición no era mayoría, amigo afectuoso de políticos de otras banderías. A su vez, no propició la idea de la vía armada como único camino a la revolución, y prueba magistral de ello es su conversación con Régis Debray. Que cuando la crisis dificultaba el desarrollo democrático de su proceso instaló en su gabinete a generales de las Fuerzas Armadas e intentó un diálogo infecundo con la Democracia Cristiana. Y cuando la crisis de su gobierno era irreversible, diseñó una salida plebiscitaria que fue interrumpida de golpe por la asonada militar del 11 de septiembre de 1973. Allende fue un respetuoso cultor de la democracia y del estado de derecho. La intervención norteamericana y el desabastecimiento provocado por las élites no es suficiente argumento de comparación, sobre todo cuando ya no vivimos en “Guerra Fría”. 

Y sí, claramente, la oposición política a Maduro y su gobierno no ha dado el ancho en las cualidades democráticas, no generando convergencia ni logrando masividad en relación a la población de un país, boicoteando instituciones públicas y privadas y llamando a una violencia irracional a militantes y adherentes, que ha llevado a la muerte a personas, entre ellas la chilena Giselle Rubilar en 2014. Sí, la oposición venezolana, a su vez, ha sido incapaz de dar cuenta de la situación política de Venezuela, definiéndola de cuajo como dictadura, cuando desde un perfil politológico no lo es. Y esto también lo digo con mucha responsabilidad: Venezuela hoy no es una dictadura, sino más bien, una democracia en crisis profunda, con visos de autoritarismo que cada vez más se van profundizando. Pero una dictadura no habría dudado en apresar y condenar por alta traición a la patria a un sujeto, que en una plaza pública, se autoproclama presidente interino del país, como fue el caso de Juan Guaidó. Sin duda estamos frente a un proyecto político ficcional propio de lógicas narrativas del realismo mágico, pero no de la política real. Como señala el analista internacional Raúl Sohr: “Lo lógico y lo obvio hubiese sido que lo detuvieran apenas se proclamó, pero nada. Ahí está, libre. Y está libre porque tiene un salvoconducto que se lo ha dado Estados Unidos, con advertencias. Que, si lo tocan, esto va a traer consecuencias serias. Eso te da una pauta del poder que tiene Estados Unidos dentro de Venezuela y cómo logra inhibir al Gobierno, incluso en momentos en que Caracas ha roto relaciones con Washington” (Tomado de Radio Universidad de Chile). Esto explica, a mi gusto, por qué Guaidó puede seguir su acción “gubernamental” sin limitaciones a su libertad. De verdad, no imagino a Aylwin, a Valdés o a Lagos haciendo lo mismo en la Plaza Italia, a plena luz del día en el Chile de Pinochet. Claramente, la libertad de expresión no ha sido conculcada a la manera que se nos hace pensar en los medios de comunicación de masas. 

Es lamentable, que países de la región amparen, en el discurso y la práctica estas acciones antidemocráticas, como la autoproclamación de un pseudogobernante, que pueden devolverse a sus propias realidades. ¿Ampararíamos en nuestros países gobiernos autoproclamados, sobre todo cuando no rompen con un régimen dictatorial? ¿Nos responsabilizaremos de un conflicto cívico-militar fratricida al que podría derivar acciones como esta? El apoyo de Estados Unidos no dice nada. Fue ese país, el que ha intervenido sistemáticamente en la política de la región, y que en el caso venezolano apoyó el golpe de 2002, y ha financiado huelgas y otras acciones políticas. No dice nada en el sentido que no es novedosa dicha intervención, pero dice mucho a la vez, porque evidentemente el petróleo venezolano es riqueza, sobre todo cuando se trata de su principal proveedor externo.  Nada de lo dicho en el párrafo anterior y el actual exime de responsabilidad a Maduro y su mal gobierno. Pero sí inserta el matiz y la fisura en el discurso que no reconoce la realidad más allá del sentido común. 

Cierro con dos preguntas y posibles respuestas. 

¿Dónde está la salida para esta situación crítica? A mi gusto, el expresidente uruguayo Pepe Mujica, quien no ha dudado en señalar que la situación más compleja es la probabilidad de un conflicto militar que desgarre a Venezuela, propiciado por  el cambio de estrategia geopolítica de Estados Unidos (con Obama el desgaste del proceso venezolano por sí mismo; Trump, la intervención directa) ha presentado la alternativa más seria de salida del proceso crítico. Señaló: “estoy convencido que con esa polarización es imposible hacer elecciones adentro de Venezuela si no hay una fuerte intervención de monitoreo del proceso que significa un evento electoral en esas condiciones, si Naciones Unidas se lava las manos. En lugar de hacer tanta declaración, tanto cerco y tanta amenaza, garantizar un proceso electoral donde todos puedan participar”. Luego plantea que dichas elecciones deben contar con la amplia participación del espectro político venezolano. “En eso que se llama oposición, existen varios niveles. Incluso hay un chavismo opositor. Todos se tienen que expresar. Y tendrán que salir coaliciones o qué se yo. Pero en un juego de democracia más o menos liberal que permita zafar del peligro de los tiros. Naturalmente, es posible que surja un gobierno muy opositor a lo que ha sido la política de Maduro y todo lo demás. No tengo dudas. Pero es mejor que eso tenga un respaldo electoral y haya un juego democrático, a que venga una plancha. Porque cuando el péndulo de golpe se va al otro extremo, lo que viene es aplastamiento” (Ambas citas son tomadas de BBC Mundo). En ese sentido, la mejor de las salidas posibles, es un proceso de transición, con elecciones democráticas amplias, con veedores internacionales que sean garantes del proceso, y que posibiliten el acceso político a un gobierno alternativo y sin represalias a quienes pasen a ser oposición, más allá de aquellas que deriven del derecho internacional. En lo posible, sería ideal que Maduro no participe en dichas elecciones como candidato. 

¿Cuál es nuestro papel como creyentes cristianos? Al entrar en la discusión política debemos evitar la lógica del empate y evaluar nuestra consistencia política. En algunos casos decimos “toda autoridad es puesta por Dios” y en otras “oremos hermanos”. El respeto a las autoridades, la oración por ellas, la denuncia profética, la verdad que no se disocia del amor, la protesta son todos elementos del quehacer político cristiano. Si denunciamos el pecado y los ídolos de nuestro tiempo, claramente, la parcialidad afecta nuestro discurso y práctica. Como señalé en 2014, a menos de un año del inicio del gobierno de Nicolás Maduro, en la página “Estudios Evangélicos” que nos invitó a tres creyentes a dialogar sobre la crisis que se abría en Venezuela con las manifestaciones de oposición a su gobierno, vuelvo a decir: Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es justicia, paz y gozo en el Espíritu. La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea redentiva y reconstructiva. Cristo tiene ese poder para transformar y restaurar aquello que nos parece injusto e inequitativo.

Luis Pino Moyano.

 


 

* En el último párrafo de este post he referido a un artículo mío en la página “Estudios Evangélicos”. Dicho texto se titula “Venezuela, compromiso y misión”, fue escrito en febrero de 2014, por lo que debe ser leído considerando dicho momento contextual. En ese sentido, más que el análisis político contextual de dicho artículo, que a la luz del post que publico hoy claramente ha cambiado, creo que se mantienen vigentes los puntos que aparecen como compromisos desde las letras “a” a la “c”, junto con el cierre concluyente. El artículo se puede abrir aquí. 

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Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…

Luis Pino Moyano.

21 de diciembre de 1907, ciento once años antes de que me dispusiera a escribir estas letras, hombres, mujeres y niños que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo, fueron asesinados a sangre y fuego por el ejército chileno, en Iquique, mientras se encontraban refugiados en la Escuela Santa María. Sí, el mismo ejército “siempre vencedor y jamás vencido” como se nos repite en todas las “impecables” paradas militares, obviamente, obnubilando este acontecimiento y otros a lo largo de nuestros años de vida republicana, marcados por guerras civiles, golpes de estado y masacres obreras. 

“Es peligroso ser pobre, amigo”, rezaba la cantata escrita y musicalizada por Luis Advis, e interpretada por los Quilapayún. Ese verso sintetiza algo demasiado políticamente incorrecto para nuestros oídos barnizados de “país bacán”: la sociedad chilena tiene enquistado un clasismo, que no sólo nace del acceso al capital, o por la “noble cuna” en la que se nació, sino también, y por herencia colonial, por el color de la piel. Chile es fértil en su estratificación social y pigmentocrática. El pobre es bueno, cuando es “el roto chileno” vaciado de sentido, que lucha por el estado-nación. El mapuche es bueno, cuando se llama Caupolicán, Lautaro y Galvarino y lucha contra el imperio español, pero no cuando se llama Quilapán y lucha contra el estado chileno y su ocupación militar y genocida disfrazada eufemísticamente de “pacificación”. El extranjero es bueno, cuando representa los grandes valores de la sociedad occidental, y se engarza en el proyecto civilizador eurocéntrico del país, ayudándonos a ser “los ingleses de Latinoamérica”, mientras que la otredad india y negra es segregada, marginalizada e, inclusive, marcada por la construcción de lo delictual. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es una paráfrasis de lo cantado por los hoy viejos de ponchos negros, que tiene la finalidad de poner sobre la palestra la configuración patriotera de enemigos internos y externos, de lo cual lo mapuche y lo haitiano son claro símbolo. Chile ha tenido múltiples enemigos externos: Perú y Bolivia, con quienes nos enfrascamos en dos conflictos bélicos durante el s. XIX, y Argentina con quienes sólo nos alcanzamos a mostrar los dientes. Pero también, en ciertos momentos, Estados Unidos, el imperio, enemigo no sólo de marxistas y socialdemócratas, sino también por distintas corrientes terceristas. En los setenta y ochenta, el enemigo era el “comunismo internacional”, particularmente cubanos y soviéticos, quienes asociados conspiraban contra el régimen mesiánico-militar que había venido a refundar el país. La moneda de $5 y $10, con la imagen de la libertad personificada, con sus cadenas rotas, era un vívido símbolo de la derrota de ese enemigo, con el que nunca se enfrentaron más que en el discurso. Pero también del triunfo sobre el enemigo interno, configuración identitaria que también nos persigue en la “larga duración”: “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, rotos que eran “palomeados” (asesinados o heridos a sablazos), anarco-sindicalistas y comunistas (figurados como “cáncer” y como “humanoides venidos de Marte”, según miembros de la Junta Militar a la que hoy algunos parlamentarios sin ninguna gota de pudor homenajean), miristas (“ratones” que se matan entre sí, según la prensa mercurial), extremistas, violentistas, encapuchados y anarquistas (sobre todo los de la casa okupa “Baco y Zanetti”, según nos informó el exministro Hinzpeter). Y ante esos enemigos, con los que el estado mediante los institutos armados sí se ha enfrentado más allá de la retórica (y vencido en la mayoría de las ocasiones), no ha dejado de dilapidar recursos y esfuerzos. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Camilo Catrillanca, asesinado alevosamente por efectivos policiales, primero fue acusado de un robo, del que arrancó en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera bajo la pútrida lógica del empate, olvidando que la mayoría de quienes rechazamos estos hechos, también nos manifestamos en contra de la muerte de otros seres humanos (¡HUMANOS!) en nuestra democracia en la medida de lo posible: Alex Lemún, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza Collío, a los que podría agregarse a Daniel Menco, Claudia López (estudiante de danza de mi alma mater) y Manuel Gutiérrez,  todos jóvenes que murieron en democracia, con gobiernos de distinta bandería. Muertes que generaron protesta, reflexión, investigación periodística, expresiones artísticas, pero que la simplonería argumental olvida intencionalmente o por ignorancia supina. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Haitianos/as sacados en masa del país, en un acto dizque voluntario, bajo la lógica del “no te echo, pero te empujo”, toda vez que experimentaron la discriminación, el abuso en el trabajo y en el arriendo de habitaciones para el descanso cotidiano. Seres humanos (¡HUMANOS!) que ven la posibilidad de volver a su tierra, y así regresar a la dignidad, aunque sea con carencia de bienes, en un retorno que les hace firmar el cierre de la puerta de regreso por nueve años. ¡Nueve años! ¿Por qué? ¿Por qué son muchos? ¿Muchos en relación a qué o quién? Muchos en relación a su color de piel, que muchos haitianos migrantes en este país que “quiere al amigo cuando es forastero” descubrieron era el negro. 

Y aquí, podrán saltar algunos lectores y decir, como diría la clase política en el bloque del poder, que “hay que cuidar nuestras fronteras”, y “la soberanía”, y “la casa ordenada”, y “bla, bla, bla”, no entendiendo nada, o maquiavélicamente por un fin proyectado, según el caso. Esa idea del aeropuerto abierto al que cualquiera entra, se te cae sólo con un viaje comparando los ingresos a otros países y a Chile, lleno de protocolos, declaraciones juradas y revisiones habidas y por haber. ¿Por qué? Porque nuestra ley de extranjería está basada en la política de seguridad nacional instalada por la dictadura, precisamente para impedir el ingreso de “retornados”, cubanos, soviéticos y todos sus secuaces que buscarían demoler un régimen. ¿Cómo puede entenderse la idea de una casa desordenada cuando la ley que regula su ingreso emergió de un gobierno en el que los derechos estaban conculcados? Sólo a partir de la lógica del enemigo externo. Es por esa lógica, que puede decirse que el “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” atenta contra los intereses del país, mintiéndole a la población, porque basta sólo una lectura del documento para decir que: a) este pacto no habla de la migración como un derecho (aunque está basado en un enfoque de derechos); y b) que no niega la soberanía de un país para establecer su propia legalidad migratoria, según consta en el punto 15, letra c. Chile, el vecino con síndrome de “Doña Florinda y Quico”, que se cree más que la chusma, pero teniendo similares condiciones de existencia que los demás. Porque estamos claros: es necesaria una nueva legalidad que regule la migración, en un país democrático y teniendo como base el justo y necesario equilibrio entre el derecho internacional y el interés nacional, que no se contradicen necesariamente como plantean algunos discursos trasnochados (pero que están volviendo a amanecer).

Después de todo lo dicho, no puedo cerrar mi texto. No puedo, por tener el estómago apretado, con un nudo nauseabundo, por las mentiras de la alegría, de la gente que gana, del crecimiento con igualdad y de los tiempos mejores. Por eso, recurro a uno de mis recursos más habituales a la hora de escribir: colocar una cita. Pero esta vez, no será a modo de corolario o golpe final. El texto seguirá inconcluso, inmerso en la pregunta levantada por el médico cirujano y poeta haitiano Jean Jacques Pierre-Paul a propósito de su conciudadana Joane Florvil, acusada de abandonar a su hija en una OPD y que luego de ser apresada se dijo que habría atentado contra su vida golpeándose la cabeza contra una pared, lo que le habría llevado a la muerte. Nuestro hermano Jean Jacques (digo hermano, por ser él un cristiano evangélico), tenía muy clara la verdad antes que fuese sentenciada por un tribunal: Joane no había abandonado a su hija ni atentó contra su vida, sino que fue víctima de nuestro complejo de superioridad que nos hace tener un tipo de clasismo que no sólo se basa en lo social o en la plata, sino también el color de piel. Él dijo con toda la fuerza de su verba latente:

“¿Cómo es posible vivir en medio de tanta oscuridad?

Como es posible vivir en una ciudad sin poesía 

Sin espejos, sin abrazos, sin Joane Florvil?

Soy uno de los cobardes 

Que no querían entenderte defenderte 

Lo único que se me ocurre ahora es llorar 

y escribir este poema para decirte

Que siento mucha vergüenza 

De ser parte de la humanidad que te mató

En una ciudad llena de cobardes pretenciosos 

Teníamos la oportunidad de amarte

Teníamos la oportunidad de hacer 

Con tu mirada un bello nido de pájaros”. 

A treinta años del triunfo del NO. Recuerdos dispersos.

No quería que pasara el día sin escribir algo sobre este acontecimiento histórico, junto a momentos aledaños a él, y que tiene tintes de celebración y conmemoración, dependiendo de lo que se recuerde. Este post no tiene la finalidad de plantear reflexiones histórico políticas (para eso puede leerse, haciendo clic aquí, la columna de opinión que escribí en 2013 para “El Quinto Poder”), sino más bien, presentar algunos recuerdos dispersos asociados al 5 de octubre de 1988. ¿Por qué un post memorial de alguien que a esa fecha era un cabro chico? Por varias razones: a) porque la dictadura cívico-militar presidida por Augusto Pinochet no sólo tiene que ver con septiembre de 1973, sino con un proceso que dura hasta marzo de 1990, y cuyas consecuencias se reflejan hasta hoy en aspectos muy relevantes de esta sociedad; b) porque tenía seis años, y desde muy chico cultivé un gusto por la historia, fomentado por mi familia, la que también me sensibilizó a temas de nuestra historia reciente; y, c) porque quiero dejar un registro de mis vivencias para la posteridad, para que mi hijo e hija lo puedan leer, recuperando uno de los aspectos originarios de los blogs, el de una bitácora que emerge en el viaje de la vida. 

Mediados de 1988, no recuerdo el día, pero con toda seguridad era un sábado. Fue una de las pocas veces que acompañé a mis viejos al supermercado, uno que quedaba en el paradero 18 de Gran Avenida. Habíamos hecho las compras. Para irme a la segura, le pedí a mi papá $100, me los dio sin “peros”, y me fui corriendo cerca, a un kiosco. Muy probablemente mi viejo pensó que me compraría un sobre de láminas de los dibujos animados del momento (creo que de los Silver Hawks). Pero no. Llegué corriendo con una banderita en mi mano, que tenía el logo del NO, de esas que se pegan en los parabrisas de los autos, haciéndola flamear y cantando “Chile, la alegría ya viene” [ver anexo 1]. La cara de susto que tuvieron mis viejos no la olvidaré nunca. Me pidieron que me quedara callado. El miedo a lo político era algo que ellos respiraban. Así y todo, un día mi viejo me llevó a una concentración del NO y me cargó en los hombros, todo hasta que un “zorrillo” apareció arrojando sus gases. 

De las cosas entretenidas de la vida, y con mi hermano mayor, Sergio. Afuera de mi casa había un poste de luz, y pusieron un póster de Pinochet. Él se subió al poste y lo sacó. Lo metimos a una pieza y con plumones le pintamos los dientes, le hicimos unos “tajos”, le hicimos lentes y le cambiamos el nombre a “Perrochet”. Luego, él volvió a colocarlo en el poste. No sé si él alguna vez pensó las consecuencias que podría haber tenido por ello. Aunque tal vez, por estar en una población como la Angelmó en San Bernardo, le haya generado cierta protección, pues la mayoría de nuestros vecinos era opositor al dictador. Otro recuerdo con él, es de cuando llegó con un cancionero de los “Sol y Lluvia”. “Para que nunca más en Chile”, fue la canción que me aprendí y, claro, la canté en varios viajes en micro a Santiago, sentado con mi Mamita Chela, mi abuela materna. 

Ya que mencioné a mi Mamita Chela, yo estaba con ella el día lunes 25 de abril de 1988. En esa casa, el trasnoche era cotidiano, las conversaciones eran largas y entretenidas, y por supuesto la tele estaba prendida. Ese día, en medio del programa “De cara al país”, conducido por Raquel Correa, una de las pocas cosas del 13 que se veían en dicho hogar, estaba invitado Ricardo Lagos, uno de los políticos que mi Tata siempre respetó. En varios momentos se habló que “el compañero” Lagos iba a hablar. Y habló, como todos lo recordamos, con su dedo, desafiando a Pinochet como pocos lo habían hecho tan visiblemente [ver anexo 2]. Mi abuela, que era histriónica, de esas que discutía en la tele, se enderezó en la cama y aplaudió al político. Es imposible no pensar en Lagos mediatizado por ese recuerdo. 

Otra de Lagos. Pasado el plebiscito, junto a mi Tata y a mi Papá, fuimos a una concentración que se hizo en un peladero de Puente Alto, en la intersección de Diagonal Sur con Avenida Central. Hubo discursos de Jaime Estévez, Hortensia Bussi, canciones de Ramón Farías (sí, el actor devenido malamente en cantante, y luego en político). Pero el actor principal de la noche era Ricardo Lagos. Lo traían en un furgón. Me acuerdo porque se bajó justo por dónde estábamos nosotros. Mientras le abrían el paso, me planté frente a él, le estiré la mano y le dije “Hola pos compañero Lagos”. Él se sonrió, y me estiró la mano, y me dijo “hola pos compañero”. Debo decir, que si hubiese cumplido los 18 antes de las elecciones de diciembre de 1999, habría votado por él. Mi concepto político respecto de la Concertación cambió a base de experiencia universitaria y política, de lecturas de historia, y de seguimiento cotidiano de la actualidad nacional, transformándome en crítico de dicha coalición, al nivel de no votar sistemáticamente por ella. Pero debo decir, que mientras escuchaba al ciudadano Lagos esta semana, he pensado que él es uno de los últimos representantes vivos de la política letrada de antaño y, a la vez, es el único de los políticos de élite que está pensando el Chile del futuro de manera muy consistente. Eso, con todo lo que implica su nombre y su gobierno aplaudido más por los empresarios que por el pueblo de a pie. 

Sobre el 5 de octubre, recuerdo a mi mamá yendo a votar temprano en un colegio sanbernardino, y a mi papá yendo por la tarde a un colegio puentealtino. Mi viejo, estuvo en una fila muy larga, casi hasta última hora, esperando emitir su derecho a sufragar. Como ya señalé, mi interés por la política contingente partió de chico. Entonces quería ver los resultados. Resultados falseados por el ministro Cardemil. Resultados que se ocultaron hasta largas horas de la noche. En mi casa nos acostamos todos, se apagaron las luces más temprano que nunca. Y nos costó quedarnos dormidos. Al parecer el susto de que pasara algo no era infundado en ellos. Dormimos. Al otro día nos enteramos que Pinochet había perdido. Como diría “El Fortín Mapocho”, “corrió solo y llegó segundo”. La próxima elección, la de diciembre de 1989, la viví en la casa de mis abuelos. Ahí fue la primera vez que vi a mi Tata en su performance de votación: se levantaba temprano (como siempre), se vestía de terno y corbata, y partía al recinto de votación. Mi Tata era de los que anhelaba ser vocal de mesa (lo había sido en varias elecciones desde las presidenciales de 1958). Fue mi Tata el que me inculcó esa responsabilidad, la de valorar la democracia aunque sea de baja intensidad, participando de todas las instancias posibles para defender nuestros derechos. Fu él, el que me animó cuando fui vocal de mesa, me dijo que era divertido, y no se equivocó. En la noche, cuando se supo el triunfo de Aylwin, gritamos de alegría, aplaudimos, y hasta se destapó un champagne mientras cantábamos el himno nacional. 

Y con eso termino. Estaba en 3º Básico en marzo de 1990, cuando luego de la transmisión del mando (que implicó una de las tareas para la casa más lindas y significativas que recuerde), el ministro de educación, Ricardo Lagos, firmó un decreto que anulaba el canto de la tercera estrofa de nuestro himno, a saber, la de “los valientes soldados”. El primer día lunes después de aquello fue potente: ver profesores y compañeros felices por aquello es un recuerdo inolvidable. Debe ser de los aplausos más grandes que he escuchado y dado, cuando el himno se termina en el “o el asilo contra la opresión” sin cantar la estrofa resignificada durante la larga noche de la dictadura (Eusebio Lillo, militante de la Sociedad de la Igualdad no tenía en mente a una dictadura cuando la escribió).

Estos son mis recuerdos dispersos. Son recuerdos que me hacen encontrar con muchas personas amadas, junto a sujetos y acontecimientos de nuestra historia reciente. Son recuerdos que me invitan a valorar cada vez más la democracia, la historia con su dimensión social, la conversación profunda de política y las tareas en las que muchos coadyuvan para la construcción en la que haya “abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social”. Y eso, para que nadie se espante, lo dijo Cantinflas en la película “Su Excelencia”, a quien también conocimos en el Chile de antaño. 

¡Salud!

Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 5 de octubre de 2018.


 

[Anexo 1] El himno de campaña: “Chile, la alegría ya viene”.

 

[Anexo 2] Ricardo Lagos en “De cara al país” y el testimonio de los participantes.

 

[Bonus Track] La canción “No me gusta, no”, la mejor de la campaña según mi apreciación.

Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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“Ese mar que tranquilo te baña”. ¿Quién ganó y quién perdió en La Haya?

Los ganadores: El gobierno chileno y el equipo jurídico que contrató. Y, por supuesto, las familias que son dueñas de “nuestro mar”.

Los perdedores: El gobierno boliviano y el equipo jurídico que contrataron, y por supuesto, a modo de deconstrucción, Evo Morales y un eje clave de su proyecto político.

Los grandes perdedores: el pueblo de a pie de ambos países:

  • Los que en Bolivia soñaron con un día bañarse en una playa propia y tener acceso soberano a un territorio que en un momento de la historia les perteneció. 
  • Los que en Chile todavía no entienden que la sangre derramada en la Guerra del Pacífico (léase, “del Salitre”), no tuvo ningún sentido patriotero para Mr. North (que llegó sin “ni una chaucha” a nuestro país), como no lo tiene para quienes depredan nuestras riquezas. Chile no gana nada con esto. Si no lo cree, viaje al Norte en bus y vea los kilómetros de borde costero sin nada ni nadie. Nunca se debe confundir el bienestar de unos pocos con el bienestar de un país.

Puede que ahora estés celebrando como en el triunfo que nos faltó para ir al mundial. Pero sería bueno hacer una revisión de tu nacionalismo, para constatar si en realidad se trata de un real amor a la tierra de tus antepasados y a la gente con la que vives, junto con todo la creación cultural producida a lo largo de nuestra historia; o, si en su defecto, no es más bien un discurso ideológico que te hace creer en una homogeneidad también ideológica y que no se materializa en los rigores cotidianos de la vida. Y en eso, puede que nos parezcamos demasiado a los bolivianos de los cuales muchos se burlan un día como hoy con una feroz carencia de empatía.

Luis Pino Moyano.

Los evangélicos y los derechos humanos en el contexto dictatorial chileno. Reflexiones para el presente.

* La fotografía corresponde al Te Deum Ecuménico del año 1971, y ella muestra, entre otros, al pastor luterano Helmut Frenz, figura clave en la defensa de los derechos humanos en Chile.

Luis Pino Moyano[1].

           En muchos contextos eclesiales sigue siendo considerado algo impropio, que tiene relación con un mundo alejado de Dios. Tanto es así, que el acercamiento a lo político se realiza, regularmente, de manera reactiva y en torno a ejes valóricos, carentes de discusión teórica y con pocos alcances proyectivos de mediano y largo plazo. Entonces, espacios como éste y que se vienen dando en los últimos años, en los que se puede hablar de política con honestidad y sin paranoia, se agradecen.

            Por otro lado, quisiera señalar algunos elementos relacionados con el contexto de enunciación de mi reflexión y su finalidad:

  • Si bien es cierto, se me ha invitado en mi condición de trabajador de la disciplina historiográfica, y más allá de ocupar las herramientas de análisis que provienen de ella y de otras ciencias sociales, mi reflexión no procede centralmente de allí. Lo que estoy haciendo en este momento no es el mero “ejercicio intelectual” al que ciertos sujetos quisieron referir respecto de esta instancia. Hoy día estoy hablando como evangélico, desde mi acervo presbiteriano, por lo que el perfil de esta reflexión es sobre todo eclesiológica.
  • Y es allí donde está la finalidad de mi comunicación: pensar el pasado reciente del amplio y polifónico mundo evangélico chileno en el contexto dictatorial, su relación con dicho régimen y su acercamiento al tema de los derechos humanos, como insumo para la acción del presente de nuestras iglesias y de las distintas organizaciones que emanan del trabajo de cristianos esparcidos por el mundo. Esto lo haremos a partir de ejes teóricos y de acción que esbozaré a continuación.

            La relación con el poder político[2].

            Las relaciones con el poder político se desarrollaron desde dos perspectivas: del apoyo al régimen dictatorial y desde su crítica contracultural. Estos acercamientos manifestaron algunos elementos comunes. Uno de ellos es el ejercicio periférico de un grupo minoritario de la sociedad, que aspiraba a una influencia más protagónica en el espacio público. Esto tiene un aspecto muy loable, pues como diría Juan Sepúlveda, “Lo que estas tendencias tuvieron en común es que ambas se sintieron comprometidas, de un modo u otro, con la realidad presente y futura del país. La imagen de un pueblo evangélico marginado y ajeno a la realidad del país había comenzado a quedar atrás”[3]. A su vez, otro elemento común dice relación con que dichas acciones fueron desarrolladas por cuadros pastorales, en otras palabras, por élites eclesiásticas. Esto requiere ser relevado cuando estamos hablando de relaciones con el poder político, toda vez que micropoderes eclesiales son los que se hacen cargo de la discusión y la acción política.

            En este ítem me referiré solo al grupo político-eclesiástico que se dio en el sector conservador, articulado en el “Consejo de Pastores”. Dicho sector apoyó abiertamente al régimen dictatorial encabezado por Augusto Pinochet. Esto lo hizo, pues ya desde la década de los cincuenta del siglo XX, por influencia norteamericana, sobre todo del sector fundamentalista ligado a la derecha religiosa estadounidense, que le hizo barajar un discurso anticomunista, aparentemente apolítico, que ponía la vista solo en “las cosas del cielo”. Dicho sector resemantizó de manera evangélica el discurso mesiánico de la dictadura. Fue tanta su cercanía que desde ahí data la confusión mediática de hablar de “la” iglesia evangélica, pues esta era aquella que podía participar de instancias públicas. La creación posterior del Centro Evangélico Nacional Coordinador de Actividades, CENCA, trajo reconocimiento oficial, instalación de oficinas, mediación exclusiva y excluyente con el gobierno, y hasta un Servicio de Acción de Gracias para alabar a Dios y lisonjear al “príncipe”. Por si es que lo olvidamos: estamos hablando de la época dictatorial, para que no nos confundamos (cualquier similitud con hechos recientes es más que una coincidencia). Todo esto fue acompañado de financiamiento estatal para el desarrollo de actividades “evangelizadoras” por los famosos ministros Yiye Ávila, Richard Wurmbrand y Jimmy Swaggart, quienes en sus prédicas favorecieron las tareas del régimen de facto.

            Lo que no entendieron estos hermanos, embobados por una dosis de cercanía con el poder nunca antes vista desde el mundo evangélico, es que el realismo político implica altas dosis de asociatividad en redes de verdad, y no en aquellas en las que hay simplemente un tratamiento protocolar. La dictadura militar chilena se vio favorecida por un sector que la legitimó bíblicamente, que vio en su tarea de reconstrucción nacional una obra del mismo Dios, mientras el catolicismo romano institucionalmente refería una crítica sistemática y una lucha sobre todo en el plano judicial, en pos de la defensa de los derechos humanos universales. Este acercamiento a la dictadura, en palabras de Evguenia Fediakova, simbolizó para el mundo evangélico las expectativas de elevar su estatus dentro de la sociedad y obtener el mismo reconocimiento público, político y judicial que tenía la Iglesia Católica[4], de lo cual no se obtuvo resultados consistentes. Como señalaría Mariano Ávila: “La relación del Consejo de Pastores con la dictadura militar tuvo una evolución que fue desde una ‘luna de miel’ placentera y complaciente, hasta una ‘vida marital’ en la que la dictadura fue cada vez más dominante, y a la vez fue abandonando y menospreciando al liderazgo evangélico leal a su proyecto”[5]. La metáfora es decidora. La relación con estos pastores se dio desde el uso útil. Eso, en jerga coloquial política se llama tener “tontos útiles”. Y lamentablemente, muchos líderes evangélicos aún no han aprendido eso, pues siguen con el globo de la inocencia política muy inflado, siendo útiles para tal o cual sector de la política nacional. Ojalá algún día se les reviente. Oremos y trabajemos para ello.

            La finalidad de nuestros actos litúrgicos.

            Ya mencionamos el Servicio de Acción de Gracias, inaugurado en septiembre de 1975[6], que vino a tensionar la acción religiosa en el espacio público, toda vez que desde 1970 el Te Deum realizado en la Catedral de Santiago tenía el carácter de ecuménico. ¿Pero cuál es la finalidad de este servicio? ¿Alabar a Dios con todo nuestro ser y escuchar la predicación fiel de la Escritura; o, en su defecto, realizar una performance religiosa ante autoridades que vienen con sus trajes de gala a nuestra celebración cúltica? O para no ser acusado de maniqueo, ¿un poco de ambas? Aquí me parece pertinente responder con las preguntas planteadas por Juan Stam en uno de sus libros: “¿Qué pensar cuando se invita al general Pinochet, denunciado por muchos organismos internacionales por su comprobada tortura de presos políticos, a participar oficialmente en la dedicación solemne de un gigantesco templo protestante en Chile? ¿Qué pensar cuando líderes protestantes elogian desde el púlpito y por radio a dictadores (porque defienden los intereses religiosos), les presentan una Biblia y un homenaje, sin exhortarles en nombre del Señor por las injusticias que se cometen a diario?”[7]. Ojalá llegue el día en que en esos espacios se exhorte a la práctica de la justicia y el derecho, basados en la Escritura, a quienes son autoridad. Con respeto, obediencia y honor, pero recordando que todo eso es relativo y derivado de y por Dios. Pues si Dios es el Dios de la vida, en contextos de sombra o de muerte nuestras liturgias no pueden adecuarse al estado de cosas. La celebración esperanzada en Dios es de por sí contracultural y subversiva.

            La lectura y proclamación profética de la Palabra de Dios.

            Voy a colocar tres ejemplos, uno individual y dos colectivos. El primero es el caso del pastor Helmut Frenz, quien el 23 de septiembre de 1973, es decir, el segundo domingo del golpe militar se atrevió a señalar en su sermón, ante un auditorio feliz por la intervención militar, lo siguiente con gran fuerza profética: “Tomemos a Jesucristo como modelo y no al socialismo –tampoco al capitalismo- ni a algún sistema de ideologías, sino que sólo y únicamente a Jesús. Él es el Señor y nosotros le obedecemos. Estoy preparado, amigos, a poner en juego mi reputación, porque me vayan a señalar como colaborador de la izquierda porque nuevamente debo abogar por los perseguidos y oprimidos. Pero no se trata de eso. Jesucristo nos exhorta a ser colaboradores de la humanidad. No debemos esquivar esta invitación. Se solicita nuestro testimonio poniéndonos a disposición de aquellos a quienes nadie quiere ayudar. ‘Busquen primero el reino de Dios y su justicia, así recibirán también todo’. Amén”[8]. Frenz tenía muy claro cuál era el objetivo de la lucha que debía darse. Más allá de los errores que puedan reconocerse o achacarse al gobierno de Allende y a su coalición, la Unidad Popular, nada, absolutamente nada, puede justificar los horrores que el régimen dictatorial. Tampoco una lectura exitista y cuestionable en clave económica puede obnubilar nuestra mirada de ellos. Años después el pastor luterano diría: “La expresión ‘violación de los derechos humanos‘ es una formulación eufemística y apaciguante. En realidad se trata de crímenes gravísimos, cometidos en nombre del Estado y con su autorización: detenciones arbitrarias, deportaciones y desaparición de personas, tortura y asesinato por orden del Estado. Quien siendo conocedor de estos crímenes, calla, se hace cómplice[9]. Aquí no estamos, entonces, frente a un simple luchador por los derechos humanos, sino a uno que trabajó contra el terrorismo del estado y todo su aparataje criminal. En dicho contexto él no vio a quienes sufrían los rigores de la dictadura simplemente como “víctimas” sino como “represaliados” por querer concretizar un proyecto histórico.

            Otro ejemplo, es el de la “Carta Abierta” a Pinochet, del 29 de agosto de 1986, el que era considerado por muchos como el “año decisivo” en la lucha contra el régimen. Este documento se trabajó a instancias de la “Confraternidad Cristiana de Iglesias” y tiene un alto perfil bíblico y aterrizado a la realidad concreta de los sectores en los que el mundo evangélico desarrollaba su tarea con mayor fuerza: en las poblaciones de extracción popular. Se acusa esta situación escandalosa, en lenguaje bíblico, que atenta contra la voluntad de Dios, pues se pone en riesgo la vida de personas indefensas e impotentes frente a un régimen que no ha dudado en usar la violencia para sostenerse, con un poder de fuego desigual frente a civiles. Luego de poner en la palestra todo esto, el llamado al gobierno presidido por Pinochet fue el siguiente: “En consecuencia, hacemos un responsable, firme y urgente llamado al Gobierno que Ud. preside, a realizar un acto de desprendimiento y amor por el país, dando curso inmediato a un proceso de transición democrática que el propio pueblo de Chile determine a través de sus variadas organizaciones. / De no escuchar éste y muchos otros llamados, su Gobierno, y en esa medida, las instituciones armadas se están haciendo responsables ante el creciente clima de guerra que tendrá imprevisibles consecuencias para el país, y acreedores del juicio de Dios por la sangre derramada”[10]. Esto es hablar con claridad a un gobierno. Pueden cuestionarse múltiples cosas de quienes desarrollaron la iniciativa, pero, con suma claridad el documento aterriza lo que la Biblia enseña con suma claridad: que la paz siempre es antecedida por la justicia (Isaías 32:17).

            El otro es el antiejemplo: pastores que a nombre de sus congregaciones, y sin ninguna crisis de representatividad, firmaron declaraciones de apoyo a la dictadura, señalando que las violaciones a los Derechos Humanos eran invención del comunismo internacional. El “gobierno militar” y su “pronunciamiento”, para estos sujetos, era una respuesta a las oraciones a Dios[11].Dichos líderes evangélicos no sólo no anunciaron el evangelio, sino que pregonaron la legitimidad de la mano dura militar de manera herética, constantiniana y parcial, como habría señalado el pastor bautista Óscar Pereira. Cuando nos acercamos a esta realidad vergonzosa, esa de arrogarse la voz del pueblo evangélico, como si este pueblo fuese unívoco y homogéneo, además de la corrupción del mensaje profético, nos acercamos a un pasado que, entonces, no está tan pasado y que además pesa. ¡Basta de líderes evangélicos a los que se les debe mirar hacia arriba y con la Biblia cerrada! Como diría Humberto Lagos: “La historia reciente en estos ámbitos nacionales reclama procesos autorreflexivos y de contrición de aquellos que a veces, por ignorancia, desinformación u opciones ideológicas contradichas con los valores cristianos, fueron conniventes ideológicamente con el ‘mal’ -con la mentira- y colaboraron con gobiernos de facto cuyas conductas represivas lesionaron gravemente a miles de personas en su dignidad de creaturas originadas en el Dios de la vida”[12].

            El entendimiento de las relaciones ecuménicas.

            Sin lugar a dudas, una de las oportunidades que abrió el régimen dictatorial fue la de juntarse. Instancias, además de las mencionadas con antelación, tales como la “Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas”, FASIC, y el “Servicio Evangélico para el Desarrollo”, SEPADE, realizaron tareas de suma importancia en pro de la defensa de los derechos humanos, el rescate de la memoria y el pensamiento cristiano. Pero sin lugar a dudas, el Comité de Cooperación para la Paz de Chile (o Comité Pro Paz), sea quizá el más relevante, por lo que significó. Mucho antes de que la Iglesia Católica a nivel institucional desarrollara una crítica al régimen, y a menos de un mes del mismo, el 6 de octubre de 1973, se formó esta instancia que desarrolló la defensa de los acusados en los “Consejos de Guerra”. Vale decir, más que la defensa de los derechos humanos de estos sujetos, se trataba de la defensa de militantes, sin vaciar de sentido a los sujetos, cosa que marcó el énfasis en la persecución ideológica llevada a cabo por la dictadura. Mención honrosa a los pastores Luis Pozo (bautista), Tomás Stevens (Iglesia Metodista), Julio Assad (Iglesia Metodista Pentecostal) y Augusto Fernández (Iglesia Luterana y UNELAM), quienes junto a Helmut Frenz y otros representantes de credos religiosos dieron inicio a esta tarea de sujetos que no “pasaron de largo”, tal y como el samaritano de la parábola (Lucas 10:25-37).

            La iglesia y la Missio Dei.

            El teólogo Samuel Escobar hizo en una ocasión el siguiente planteamiento: “Un sector evangélico, tanto en Chile como en Brasil, ha apoyado abiertamente el autoritarismo conservador. Le ha faltado una comprensión del proceso ideológico del mismo, y en ese sentido no ha sido fiel a la tradición protestante del siglo pasado y comienzos del presente. Es decir, cortejado por el poder no ha tenido valor o recursos para una tarea crítica[13]. ¿Con qué experiencia protestante está comparando Escobar a los evangélicos que apoyaron los regímenes dictatoriales? Queda claro con la oleada misionera de la mitad del siglo XIX, que en pos de una misión combativa predicó y extendió el Reino de Dios, enseñando la Biblia y amando al prójimo de manera concreta: con colegios, orfanatorios, ligas de intemperancia, centros médicos, maternidades. “Un protestantismo que protesta”, como habría dicho el entrañable pastor Juan Wherli. Y si bien es cierto, mi punto no tiene que ver con el restauracionismo del siglo XIX, soy parte de un grupo de evangélicos que anhela que nuestro discurso y acción caminen de la mano de la fe en aquél que dice que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, y no de una fe neoliberal, marcada por el consumo de experiencias y personas, y que incentiva a la preocupación en el peor y más sanguinario de todos los dioses, a saber, uno mismo. No olvidemos nunca que Jesucristo y su mensaje es lo que dota de relevancia a la iglesia. Como diría el Dr. Martin Luther King: “Si la iglesia de Jesucristo ha de recobrar su poder, su mensaje y su sonido de autenticidad, tendrá que conformarse a las demandas del evangelio exclusivamente”[14].

Santiago, 14 de septiembre de 2018.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Tesista del programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com

[2] Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Santiago, Vicaría de la Solidaridad y UNELAM, 1978. Tomo I “Investigación exploratoria” y tomo II “Anexos”.

[3] Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago, Fundación Konrad Adenauer y Comunidad Teológica Evangélica, 2000, pp. 146, 147.

[4] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013, p. 48.

[5] Mariano Ávila. Entre Dios y el César: Líderes evangélicos y política en México (1992-2002). Grand Rapids, Libros Desafío, 2008, p. 118.

[6] Véase el artículo de Alejandro Zapata. “La tentación de los reinados: la institucionalidad evangélica durante la Dictadura Militar”. En: Pensamiento Pentecostal. 4 de septiembre de 2017. http://pensamientopentecostal.wordpress.com/2017/09/04/la-tentacion-de-los-reinados-la-institucionalidad-evangelica-durante-la-dictadura-militar-por-alejandro-zapata/ (Consulta: septiembre de 2018).

[7] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 129.

[8] Helmut Frenz. Mi vida chilena. Solidaridad con los oprimidos. Santiago, LOM Ediciones, 2006, p. 144.

[9] HelmutFrenz. “Porque este era el único camino”. Eugenio Ahumada et al. Chile: la memoria prohibida. Las violaciones a los derechos humanos 1973-1983. Santiago, Pehuén Editores, 1990, pp. XVI, XVII.

[10] La carta abierta fue firmada por Obispo Enrique Chávez, Iglesia Pentecostal de Chile; Dr. Jorge Cárdenas, Moderador Iglesia Evangélica Presbiteriana; Obispo José Flores, Iglesia Comunión de los Hermanos; Pastor Edgardo Toro, Director nacional Iglesia Wesleyana Nacional; Obispo Sinforiano Gutiérrez, Misiones Pentecostales Libres; Pastor Narciso Sepúlveda B., Presidente Misión “Iglesia Pentecostal”; Pastora Juana Albornoz, Misión Apostólica Universal; Obispo Isaías Gutiérrez. Por la Junta Directiva de la Confraternidad Cristiana de Iglesias firmaron: P. Juan Sepúlveda, Presidente; Vicario Pedro Zavala, Secretario; Hno. Óscar Avello, Prosecretario; P.Leonardo Gajardo,Tesorero; P. Dagoberto Ramírez, Vocal.  

[11] Pedro Puentes (editor). Posición Evangélica: un documento que define posiciones. Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. Disponible en el Sitio Web de la Biblioteca del Museo de la Memoria: http://www.bibliotecamuseodelamemoria.cl/gsdl/collect/textosym/index/assoc/HASH01c6/47f77b83.dir/00000680000001000002.pdf (consulta: septiembre de 2018).

[12] Humberto Lagos. “Derechos humanos, fe cristiana y revelación bíblica”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el Reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 97.

[13] Samuel Escobar. “El poder y las ideologías en América Latina”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Grand Rapids y Buenos Aires, Nueva Creación y Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1986, p. 176.

[14] Martin Luther King. Strenght to Love. Londres, Collins, 1974, p. 22 (traducción de René Padilla en “Misión integral”).


 

Documentos Anexos:

Declaración de la Iglesia Evangélica (1974). En Pedro Puentes, Posición Evangélica.

Carta abierta a Augusto Pinochet (1986)

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo I.

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo II.

De museos, montajes y reacciones políticas.

Venimos varios días reflexionando y discutiendo sobre la pertinencia e, inclusive, la calidad del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Esto, por las declaraciones del volátil exministro de las culturas y las artes Mauricio Rojas en su “Diálogo de conversos” con el actual ministro de relaciones exteriores Roberto Ampuero. Rojas señaló que el museo es “un montaje cuyo propósito, que sin duda logra, es impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar”, relevando también un “uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional que a tantos nos tocó tan dura y directamente” (declaraciones del año 2015). Partamos discutiendo este asunto del museo como artefacto cultural. Puede que hoy, ante la manifestación de miles de conciudadanos decir que el Museo de la Memoria es un montaje sea, por lo bajo, una declaración políticamente incorrecta o impropia. Pero en realidad, si despejamos un poco la referencia sólo a aquél museo, y nos referimos a todos los museos, debemos decir sin ningún dejo de dudas que todos son un montaje. Son un montaje porque hay un relato que dota de coherencia al objeto material a observar, porque hay un ejercicio de curatoria, porque el objeto está siendo exhibido en un lugar que, o ha sido restaurado (es decir, intervenido), o derechamente, en otro lugar, con claros criterios de exhibición: qué se expone en el museo, qué no se expone, qué se resguarda en otros archivos para el acceso sólo de investigadores. 

De hecho, una de las actuales salidas a la discusión propuesta por el gobierno, aquella de crear un “Museo de la Democracia” será, sin lugar a dudas un montaje. Y para tirar la piedra un poco más allá, hace mucho tiempo existe una crítica de izquierdas al museo toda vez que deja poco espacio al relato de la militancia, fortaleciendo el testimonio de la víctima. En ese sentido, el quiebre de la democracia habría derivado sobre todo en la violación sistemática de los derechos fundamentales, dejando en un segundo plano, la memoria de los militantes que proyectaban un país distinto, cuyo horizonte era el socialismo como alternativa de construcción de la realidad social. Es tan fuerte eso, que el recorrido permanente del museo comienza con el golpe y termina con Patricio Aylwin haciendo su discurso en el Estadio Nacional llamando a la reconstrucción de un Chile de todos, democrático y reconciliado. Dicho de otro modo, es el relato de la memoria de la Concertación, y que es coherente con dicho proyecto que hoy, a todas luces, ha derivado en una democracia de baja intensidad. El dolor, la tortura y el exterminio, estéticamente está en intersticios laberínticos que son subsumidos por la ruta global. El dolor va por dentro de la democracia en la medida de lo posible, sería la lógica museística. 

Entonces, el gran problema de la declaración del exministro Rojas tiene que ver con la memoria, su uso y las “batallas” que puede generar a la hora de nominar el pasado-presente. Esto por varias razones. La primera de ellas, tiene que ver con el concepto de memoria pensado como sinónimo de historia, cuando son dos cosas distintas. De hecho, la memoria podría llegar a ser una de las tantas fuentes de la historia, pero esta tiene su teoría y metodología para el acercamiento investigador, revisando y comparando múltiples fuentes a partir de preguntas de investigación, y si bien es cierto, en el relato historiográfico no existe neutralidad, la subjetividad está mediada por dicho abordaje científico y por un “pacto de verdad” (al decir de Paul Ricoeur) que quienes trabajamos en la disciplina historiográfica hemos asumido. Una cosa muy distinta es decir que existen múltiples interpretaciones de un hecho, y otra muy diferente tiene que ver con la negación de la factualidad, del hecho y de los actores que participaron. En cambio, la memoria, tiene que ver con el acto de recordación de la experiencia, recuerdo que siempre es hecho en función del presente. En ese sentido, a diferencia de lo dicho por el canciller Ampuero, la memoria no puede ser adjetivada como buena o mala, puesto que ésta dice, enfatiza y calla (lo que algunas veces se llama olvido). La memoria dice siempre más del presente de un sujeto que del pasado, y nadie requiere que un sujeto pruebe sus dichos con imaginarias notas al pie de página, puesto que el “yo lo viví” es argumento de autoridad (si no me creen, vayan a los seminarios de historias del tiempo presente, y vean como algunos testigos discuten con historiadores por la articulación del relato).

Al respecto dicen Oberti y Pittaluga: “La memoria establece lazos con el pasado, con diversos pasados, pero también con el futuro. Las experiencias pasadas –lo que de ellas se recuerda, tanto como lo que se olvida, lo que se expresa y comunica y también lo que se silencia- están inescindiblemente unidas con los horizontes de expectativas posibles” (Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga, Memorias en montaje. Escrituras de militancia y pensamientos sobre la historia). Los autores al seguir a Koselleck nos permiten comprender la densidad del tiempo histórico, la relevancia de la experiencia que se trama en la relación social. Los actos humanos son llenados de sentido por medio de conceptos (¿montaje?), los que son históricos, teniendo un campo de experiencia al receptar y representar la realidad y un horizonte de expectativa, mostrando la dimensión constructivista de la política. Por todo esto, la memoria siempre es un campo en disputa que desde el ejercicio historiográfico reporta desafíos tremendos en pos de un análisis crítico.

Por otro lado, aparece el tema del contexto en el ejercicio de la memoria. Y sí, siempre es importante contextualizar. Y desde todos los planos al Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos se le puede criticar eso: ¡estamos frente a un ejercicio político y no frente a un lugar sagrado! Pero, en ningún caso reconocer que Salvador Allende y su conglomerado político, a saber la Unidad Popular, cometieron errores, fracasaron en su proyecto y fueron derrotados en la conjunción de lo político y lo militar, a utilizar ese contexto como causa del golpe militar y de la acción represiva de la dictadura y sus agentes. ¡¿Acaso puede existir una justificación contextual para que militares de un país persigan, exterminen, torturen y desaparezcan a conciudadanos sólo por un proyecto refundacional y en beneficio de una minoría del país?!  ¡¿Acaso puede existir algo que justifique el arrojamiento al mar de militantes de izquierdas, y que a eso, aún más, se le llamara “retiro de televisores”?! ¡¿Acaso puede existir contexto que justifique la existencia de un centro de tortura que fue llamado por los esbirros de la dictadura como “la venda sexy”, en el que agentes y perros (cuyos nombres eran los de dirigentes de partidos de izquierda) violaran a mujeres, y que en él y otros centros de tortura se les introdujese ratones en sus vaginas, o que se les llevara a abortar o a la desaparición de sus hijos?! ¡Uf! Y no sigo más porque se me aprieta el estómago de indignación y pena al pensar en actos tan aberrantes, y en cómo personas, sin una gota de empatía o misericordia no logren adherir al dolor de un otro tan humano como uno mismo. El uso del contexto es un montaje, pero un  montaje horriblemente doloso, toda vez que deriva en el ocultamiento de los propósitos de la dictadura y de los criminales que participaron en ella. Y ahí, claramente, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos cumple su propósito como lugar que ayuda a la conciencia del terror, el abuso sistemático del poder, y por supuesto, la dignidad de los seres humanos como presupuesto para convivir en sociedad. 

No puedo dejar de señalar que un montaje no tiene que ver, necesariamente, con un uso “desvergonzado y mentiroso”. Eso puede y debe juzgarse con conocimiento y rigurosidad antes de ser declarado. La pregunta es: ¿qué cosa del Museo de la Memoria es desvergonzada y mentirosa? Yo he ido, como observador y como profesor a dicho espacio, y más allá de los aspectos críticos antes señalados no he visto nada de esa índole. Por lo demás, ese mote descalificativo del exministro Rojas va acompañado del tratamiento peyorativo de los observadores de la muestra del museo: ¿por qué Rojas nos cree tan estúpidos y susceptibles? Sí yo estuve al borde de las lágrimas al ver el dolor de niños reclamando justicia en cartas no contestadas por las autoridades del régimen dictatorial, por sus dibujos y por sus declaraciones en Teleanálisis, como también no he dejado de emocionarme al ir a leer, en todas las ocasiones que he ido a dicho museo, la carta de Rafael Vergara Toledo, uno de los “jóvenes combatientes”, en la que cierra diciendo: “El Señor está vivo en el hombre y nunca lo podrán matar. La vida es nuestra. Qué sentido tiene la vida de un hombre si no es morir para vivir y dar vida, dar realmente vida. El Señor está con nosotros”. Sí, estuve a punto de llorar de emoción, pero ante documentos puestos en la palestra. Y no señor exministro, nunca perdí mi capacidad de pensar.

Todo esto ha suscitado múltiples reacciones:

a) La renuncia del exministro Rojas, por la mala mezcla entre incontinencia verbal y corrección política, toda vez que el sujeto habría vivido un proceso de conversión. En ningún caso estoy negando dicha posibilidad, pues todos podemos comenzar de nuevo. El problema está en que sólo acusó un cambio de opinión, pero no explicitó que elementos modificó. Y, a su vez, esto va acompañado del artificioso montaje memorial de su paso por el MIR, cuestión inversosímil e incomprobable, pero instalada para dar fuerza a un relato de paso del error juvenil a la claridad liberal. 

b) Las explicaciones del presidente Piñera quien dijo no estar de acuerdo respecto de lo dicho del Museo de la Memoria por su exministro de aproximadamente cuatro días, pero que a la vez instaló en un ejercicio revisionista de la historia de nuestro pasado reciente, la reedición de la teoría de los “dos demonios”, puesto que el gobierno de Allende habría deteriorado la democracia y el estado de derecho en el país. Si eso es así, ¿por qué aceptó la renuncia de Rojas? ¿Es la constatación del maquiavelismo del presidente que vive como eterno candidato, buscando la aprobación y aceptación de la ciudadanía? Súmese su análisis respecto de Salvador Allende y su supuesto escaso compromiso con la democracia (un sujeto que fue elegido dos veces como presidente del Senado cuando su coalición no era mayoría, que participó de cuatro procesos eleccionarios a la presidencia, y que fue el primer marxista en llegar al gobierno por la vía democrática) y la propuesta del “Museo de la Democracia”. ¿Qué se montará en él? ¿El contexto que justifica la acción de militares y civiles entre 1973-1990? ¿La falaz idea de la violencia política siendo introducida en Chile en la década de los sesenta por las izquierdas, obnubilando la mirada respecto de guerras civiles, golpes de estado, masacres obreras y milicias de civiles a comienzos de la década del veinte, de distinta raigambre política? ¿O, más globalmente, aquello que la historiadora María Angélica Illanes llamó “el mito de la diferencia” respecto de Chile, lo que nos hace creer en nuestra excepcionalidad democrática en el concierto latinoamericano?

c) Quizás, las más interesantes reacciones hayan provenido de dos jóvenes diputados, que representan tanto a la derecha como a la izquierda, lo que para algunos ha sido pensado como algo inesperado o como fomento del argumento del enemigo. Jaime Bellolio, diputado UDI, expresó a Fernando Paulsen en el programa “Última Mirada” lo siguiente: “lo que está narrado es a preservar la memoria de a quienes se les violaron sus derechos humanos y que eso no es nunca justificable moralmente. Y entiendo la disputa de algunos que se dedican a los museos. Pero si tú pones un contexto y luego las violaciones a los DDHH, estás tratando de decir que podría haber una justificación moral, que en el caso de las violaciones a los derechos humanos son simplemente inaceptables”. Por su parte, Gabriel Boric, diputado del Movimiento Autonomista, declaró: “tal como condenamos la violación de los derechos humanos en Chile durante la dictadura, los golpes ‘blancos’ en Brasil, Honduras y Paraguay, la ocupación israelí sobre Palestina, o el intervencionismo de Estados Unidos, debemos desde la izquierda con la misma fuerza condenar la permanente restricción de libertades en Cuba, la represión del gobierno de Ortega en Nicaragua, la dictadura en China y el debilitamiento de las condiciones básicas de la democracia en Venezuela”. Sin lugar a dudas, ambas declaraciones son un leve destello de lo que antaño se llamaba “amistad cívica” que era fruto, de lo que Moulian denominó “la política letrada”. El mínimo ético de los derechos humanos no puede ser soslayado por nadie ni sólo aplicado como vara de legitimación para algunos casos y no para otros, según convenga, en un análisis a la medida de un determinado acervo ideológico. Bellolio y Boric engrandecen con su lectura a la política al encaminarse por la vereda de la empatía y de un ejercicio político que no se disocia de la ética. 

Todo esto reclama con fuerza un más exhaustivo ejercicio de historización de nuestros procesos sociales en el pasado, el levantamiento reconstructivo de memorias y su problematización crítica, y por supuesto, el desarrollo de una política de memoria del país que impida las loas y actos de legitimación pública ya sea de la dictadura, de las violaciones a los derechos humanos y de los criminales que las llevaron a cabo. Porque esto no tiene que ver con la venganza, sino con la justicia y la verdad que son el sustento de la paz. 

Bueno, por lo menos, por fin estamos discutiendo de política…

Luis Pino Moyano. 

Fuentes utilizadas, bibliográfica y de prensa (en ese orden). 

Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga. Memorias en montaje. Escrituras de militancia y pensamientos sobre la historia. Buenos Aires, Ediciones El Cielo por Asalto, 2006, p. 17. Para constatar un debate crítico respecto de la memoria, en este caso de la dictadura cívico-militar argentina, recomiendo la lectura de: María Inés Mudrovcic (editora). Pasados en conflicto. Representación, mito y memoria. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2009.

La cita de Rojas, fue tomada del sitio web de Teletrece; la de Bellolio fue tomada del sitio web de El Dínamo; y la de Boric fue tomada, también, del sitio de Teletrece. Todas esas direcciones web fueron revisadas en agosto de 2018.


 

Le invito a leer los otros siguientes artículos escritos sobre el tema de la memoria en este blog:

40 años. Buscando respuestas en el evangelio.

Terminar con las (políticas de) memorias en la medida de lo posible. A propósito de las entrevistas a Carmen Gloria Quintana.

La muerte de Manuel Contreras y una lectura bíblica en voz alta.