El papel de los evangélicos en la historia política de Chile en un comentario al libro de Mansilla y Orellana.

* Miguel Ángel Mansilla y Luis Orellana. Evangélicos y política en Chile 1960–1990: política, apoliticismo y antipolítica.Santiago, Ril Editores y Universidad Arturo Prat, 2018, 201 páginas.

 

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos.

 

“La historia de Chile está por hacerse”, diría Julio César Jobet [1], y en registro similar, Gabriel Salazar ha señalado que “Chile es un país mal estudiado” [2]. Algo parecido podríamos decir de la historia del protestantismo chileno. Si bien es cierto, se han realizado importantes esfuerzos por reconstruir la historia de este movimiento diverso por antonomasia, pocos de ellos sobrepasan las primeras tres décadas del siglo XX, teniendo como punto de quiebre el año 1925 y la Constitución que termina con la lógica del estado confesional, quizá por un prurito positivista. Las excepciones a la regla en lo que podríamos denominar “historias generales” la realizan Karl Appl y Juan Sepúlveda. Desde el campo católico romano ese límite temporal fue sobrepasado tempranamente en los libros de Ignacio Vergara y Humberto Muñoz [4]. Sobre la relación del protestantismo con la política, están los estudios de Humberto Lagos y Evguenia Fediakova [5], junto con una serie de tesis de grado en universidades chilenas [6], y una serie de papers en revistas académicas, entre las cuales los autores del libro a comentar, Miguel Ángel Mansilla y Luis Orellana, han colaborado con sus comunicaciones.

Ocupando las categorías de Peter Winn, en el tratamiento de la historia reciente y del trabajo con la memoria, se manifiestan dos dimensiones, una reconstructiva y otra interpretativa [7]. En ese sentido, el trabajo de Mansilla y Orellana realiza un avance pasando a la fase interpretativa, aunque todavía desde las fuentes documentales más clásicas. Y es aquí donde surge la pregunta, ¿frente a qué tipo de trabajo estamos? ¿Se trata de una monografía, de un ensayo, o de plano una compilación de artículos ordenados de tal manera que den la impresión de una secuencia lógica? Si es una monografía, dónde está el problema de investigación que guía el desarrollo de la misma en la comprobación de una hipótesis. Si es lo segundo, qué es lo que se busca discutir y con qué autores. Llama la atención que los autores pretendan abrir un campo inédito sobre todo en el uso de “fuentes evangélicas y seculares” (p. 21), que es la forma más sencilla de validar un proceso investigativo, sin hacerse cargo del estado del arte, sobre todo el que he mencionado en la nota al pie de página número seis. Porque a estas alturas posicionarse desde la extensión de las tesis de Lalive [8] y de Fediakova es, a lo menos, insuficiente. Todo ello hace que como lector me incline por la tercera opción, lo que hace que un documento con aspiraciones académicas pierda fuerza en dicho formato.

Paso, ahora, a describir muy brevemente el contenido del libro. El capítulo 1 presenta un catastro de organizaciones evangélicas durante el período de la dictadura (pp. 23-42). El capítulo 2, quizá el más relevante desde un punto de vista teórico, elabora una conceptualización de los diversos tipos de apoliticismo manifiestos en el mundo evangélico, y particularmente en el contexto del pentecostalismo (pp. 43-70). El capítulo 3 realiza un análisis del contexto y de discurso en torno a la “Declaración de las Iglesias Evangélicas en apoyo al Gobierno Militar” de 1974, firmada por pastores de distintas iglesias evangélicas a nombre de sus congregaciones (pp. 71-114). El capítulo 4 presenta la tarea de la Confraternidad Cristiana de Iglesias, sus vínculos ecuménicos con otras organizaciones principalmente protestantes, y los ejes temáticos de su crítica al gobierno dictatorial (pp. 115-146). El capítulo 5 habla de la “Carta Abierta al General Augusto Pinochet, Presidente de la República de Chile” del 29 de agosto de 1986, en su contexto de producción, como hito y un análisis de los temas abordados en ella (pp. 147-178). El capítulo 6, titulado “Reflexiones finales” tiene dos maneras de presentar su exposición: la recapitulación y fortalecimiento de las materias abordadas en el libro, y miradas de la acción política evangélica del Chile posdictatorial, sobrepasando con creces el marco del año o la década de 1990 enunciada en el título (pp. 179-192).

Si bien es cierto, este libro carece de problema de investigación y de hipótesis, en su desarrollo y conclusiones, elabora una serie de tesis que son susceptibles de discusión, desde un prisma historiográfico, científico social e, inclusive, político.

En primer lugar, quisiera referirme a la categorización de lo apolítico en el mundo evangélico. Como señalé en la breve descripción de los capítulos, esta conceptualización es relevante y, por lo mismo, la que podría generar mayor debate. Estando de acuerdo con los autores respecto a los factores que podrían derivar en lo apolítico, como el miedo a la secularización o a ideas políticas contrarias, el papel de la teología norteamericana -y de su cultura, en una época denominada por el historiador marxista británico Eric Hobsbawm como “los años dorados del capitalismo”-, sobre todo, de aquella emanada del fundamentalismo que en su constructo doctrinal fundía dispensacionalismo con anticomunismo, y junto con ello, lo que autores como José Míguez Bonino y Juan Sepúlveda han denominado un pesimismo antropológico, quisiera poner un matiz considerando dos asuntos de raigambre histórica. Al adentrarse en la tradición política de los evangélicos en Chile, sobre todo más allá de la década de 1920, es susceptible pesquisar la participación de evangélicos en la esfera política, siguiendo a candidatos o participando en acciones colectivas en agrupaciones de diversa índole, tal y como era el marco de la política de aquella época en un contexto de polaridad y tres tercios: izquierda, centro y derecha, específicamente desde el triunfo del Frente Popular, en 1938.

De hecho, no deja de ser interesante que en la referencia a la Revista “Fuego de Pentecostés” de  ese mismo año, citen sólo la declaración en torno a la candidatura a la presidencia de Genaro Ríos y no el artículo del Superintendente, a la sazón Pr. Guillermo Castillo, en la misma página de dicha fuente, en la que señala: “Nosotros los cristianos no debemos comprometernos con ningún candidato político, a menos que sea de nuestra confianza, pero en todo caso individualmente y no exigiendo a otros que lo hagan” [9]. Esto no es contradictorio con la cita de la declaración firmada por Castillo como “El Superintendente” y que dice: nos vemos en la necesidad de DECLARAR que la obra que presido no se mezcla en política, y por lo tanto, no se mantiene ninguna vinculación con partidos políticos o combinaciones de esta naturaleza” [10]. Lo que se salvaguarda es lo que la iglesia en tanto institución realiza. No hay acá un veto o una coerción de la libertad de conciencia de los creyentes y su acción en el espacio público, sino la mantención de un claro distintivo protestante: la diferenciación entre iglesia orgánica e institucional. En ese sentido, la institución es apolítica, el miembro de ella no.

Por otro lado, los autores no se hacen cargo, en esta unidad de historia secular y eclesiástica, que la crisis de lo político es un fenómeno transversal en el país desde el período dictatorial y el proceso transicional. “Política” se transformó en una mala palabra, en un formateo intelectual de los personeros de la dictadura, especialmente de su líder el general Pinochet, que hablaban de la politiquería y de los señores políticos como los culpables de la crisis que derivó en el golpe, asociándola a vicios y corrupción, a diferencia de la tecnocracia neoliberal que produciría una ciencia en pos de “un país ganador” como cantaba la campaña del Sí en 1988. Esa política realizada por profesionales y técnicos fue seguida por los gobiernos de la Concertación, quienes entendieron que la mejor manera de comunicar era no comunicar según la tesis de Eugenio Tironi, lo que implicó el cierre de los medios de comunicación alternativos en el contexto dictatorial [11]. Dicha reacción, entonces, no es sólo evangélica. La declaración “El apolíticismo es una postura política conservadora y de derecha” (p. 45) es más que riesgosa desde un punto de vista histórico.

Además, y sin matizar en ningún grado la condena y el repudio al golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, debe llegar el momento en que discutamos la articulación de una memoria oficial que ha colocado en un tabú el tema de la violencia política y social [12], cuando en la época más politizada de nuestra historia todos los partidos políticos legitimaron el uso de la violencia, sea en torno a un proyecto revolucionario o facilitando o legitimando la salida golpista. La violencia política en la historia republicana de Chile no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha. ¿Por qué señalo esto? Porque el discurso legitimador del golpe, que nos parece aberrante en el presente, tenía condiciones de posibilidad de existencia histórica sobre todo en el momento inicial de la dictadura, la que estaba solidificada por conceptos transversales como el profesionalismo y apego constitucional de las FFAA y, lo que la historiadora María Angélica Illanes denominó “El mito de la diferencia” [13]. El discurso evangélico en la declaración de 1974 no sólo puede ser analogado al de los apologistas del régimen de facto, sino también a las palabras de Eduardo Frei y Patricio Aylwin, entre otros, que en primera instancia defendieron la asonada militar, y quienes hoy por hoy son considerados por un sector de la “centroizquierda” como adalides de la democracia. El repudio no puede rehuir la historización pues el ejercicio de comprender no es similar al de justificar.

Por su parte, un asunto problemático del libro, que dificulta su recepción académica, es el uso de adjetivos que pueden derivar en constructos ahistóricos o, en su defecto, en caricaturizaciones. Ideas como “mundo evangélico del socialismo”, “pastores ideólogos de la dictadura”, “oportunismo político”, o la referencia a los documentos como maldito y bendito, haciendo un juego con la Ley de Defensa Permanente de la Democracia que proscribió de la legalidad al Partido Comunista por diez años (1948), a mi juicio, todas ellas forman parte de un complejo de los estudiosos del pasado evangélico en el país, que tienden a exagerar la importancia de actores e hitos propiciados en nuestras filas, que no son referidos en otros estudios históricos de importancia sobre el proceso. Ni Francisco Anabalón puede ser comparado con Jaime Guzmán, ni la declaración laudatoria del régimen en 1974 que acusa al marxismo internacional puede ser analogada a la “ley maldita”.

Tampoco el socialismo o el radicalismo pueden ser entendidos de manera gruesa como opciones de izquierdas o de “centroizquierda” en Chile en el siglo XX. El Partido Radical fue un partido de centro, y que en el fenómeno de polaridad del Chile de 1938 a 1973, atrajo hacia su proyecto centrista a fuerzas de izquierda (durante el gobierno de Aguirre Cerda y mínimamente en el de Ríos) o giró a la derecha con González Videla. Grupos salidos del radicalismo apoyaron a Ibáñez, bajo el nombre de Partido Radical Doctrinario y después, con la configuración del FRAP y luego de la UP apoyó a Allende no sin disidencias y divisiones. Por su parte el Partido Socialista de Chile, en el contexto de los gobiernos radicales, sobre todo en las décadas de 1940 y 1950, vivió divisiones que dieron vida a los Partidos Socialista Auténtico y Socialista Popular, con sectores aliados y opositores al comunismo. El Partido Socialista Popular no sólo apoyó a Ibáñez en las elecciones de 1952, sino que aportó en la primera parte de su gobierno con dos ministros: Felipe Herrera y Clodomiro Almeyda. Entonces, es más que probable que los sectores evangélicos cercanos al radicalismo y al socialismo lo hayan hecho más bien pensando en un proyecto nacional-desarrollista y de estado benefactor, que siguiendo principios propios de las culturas políticas de izquierdas.

Concuerdo con los autores del libro en varios de sus análisis de los documentos de 1974 y 1986, con sus críticas y apoyos al Consejo de Pastores y la Confraternidad Cristiana de Iglesias, respectivamente. Claramente, mientras unos torcieron el mensaje de la Escritura para defender a un régimen que no trepidó en usar el terrorismo de estado, otros analizaron con mayor seriedad el texto bíblico haciendo justicia a su llamado por la verdad, la justicia y la reconciliación nacional, muy de la mano del proyecto de la entonces Alianza Democrática (no por nada, dicha carta fue publicada en parte o íntegramente en las revistas Análisis y Mensaje). No obstante, hay una serie de juicios que sobrepasan las posibilidades de correlato empírico o que, muestran una dosis mayor de crítica o de empatía según el caso, situación que un estudio de carácter académico no puede concederse a modo de licencia, so pena de perder su seriedad. Por ejemplo:

 

 · “Los pastores y líderes pentecostales eran conocidos por su lucha por los pobres y su apoyo a políticos y partidos que apoyaban a los trabajadores” (p. 71). ¿Eso implica opciones de izquierda o “centroizquierda”? Esto es desconocer las lecturas que tuvo el Partido Conservador, del cual emergieron las distintas Acciones Católicas sectoriales, por no mencionar su papel de liderazgo en la formación de la Federación Obrera de Chile; o, el papel preponderante que la Democracia Cristiana le dio a la lucha sindical, no siendo menor el recordar que Rodolfo Seguel y Manuel Bustos, principales dirigentes de la Confederación de Trabajadores del Cobre y de la CUT, respectivamente, provenían de dicho partido.

 

· A diferencia del tedeum católico, en que no se manifiestan explícitamente tendencias políticas, en el evangélico esto sí se ha evidenciado, pese a señalar que se trata de una actividad religiosa de reconciliación y de agradecimiento” (p. 146). Cuando leí esto, no me podía explicar de dónde pudo tomarse la evidencia para sostener tamaña declaración. Sólo por decir algo, en justicia, ¿qué puede ser más político que la referencia al alma de Chile en la homilía del Cardenal Silva Henríquez el 18 de septiembre de 1973? El Te Deum originado en 1811 y con su resemantización ecuménica desde 1970, es no sólo un acto religioso sino también republicano, aunque eso les pese a los laicistas de este país.

 

· La tesis fragmentaria de izquierdas y derechas en el mundo evangélico llega al hartazgo a la hora de hacer declaraciones en las que no se indican ni referencias ni sujetos. Dado que varios pastores habían sido líderes socialistas e investigaciones sociológicas mostraban que los evangélicos, especialmente los pentecostales, eran afines con el socialismo” (p.183). “Debido a que los líderes del CP se vincularon a grupos y partidos de derecha que siempre se opusieron a leyes de importancia nacional, ya fuera en el plano de la educación pública, derechos reproductivos, derecho de los trabajadores, divorcio o previsión social (p. 184). Más adelante se señala que esos mismos líderes habrían alimentado “los estereotipos del evangélico analfabeto e intolerante” (p. 184). ¿Cuáles son esas investigaciones? ¿Quiénes son esos pastores y líderes? ¿Acaso, dentro de un contexto evangélico no es susceptible pensar en sujetos que estén de acuerdo con derechos consagrados en la Declaración Universal de 1948 y que no sean partidarios, por ejemplo, de los “derechos reproductivos”? ¿Acaso Mamerto Mancilla, Francisco Anabalón y Carlos San Martín fortalecían el estereotipo del analfabeto e intolerante? Les menciono a ellos porque hay registros audiovisuales de su participación en los servicios de acción de gracias en el templo de Jotabeche.

 

· No deja de llamarme la atención que a la hora de las reivindicaciones de actores no se mencione al pastor Julio Assad de la Iglesia Metodista Pentecostal en Puente Alto, quien aparece como firmante en el documento de fundación del Comité Pro Paz. Tampoco deja de llamarme la atención, que no se haga un tratamiento similar a otros líderes, de los pastores Juan Vásquez del Valle o Enrique Chávez, firmantes del documento de 1974, obispos de la Iglesia Metodista de Chile y de la Iglesia Pentecostal de Chile respectivamente, quienes en el acto memorial pueden ser expurgados de dicha impureza en sus hojas de vida. Tampoco deja de llamarme la atención que se alabe un documento como bendito, publicado en 1986, poco antes del atentado a Pinochet y a tres años del inicio de las jornadas nacionales de protesta, cuando ya se estaba fraguando la salida pactada, idealizando las condiciones de riesgo de los firmantes y callando sobre la demora y la marginalidad de dicha “voz en el desierto”, bajo el alero de una organización fundada en 1985 y que tenía el importante apoyo internacional del CMI. O, por qué no se discute que dicho documento de 1986 también sea firmado por cuadros pastorales e intelectuales, lo que podría llevar a preguntarse, a lo menos, por cuál es su representatividad en “las bases”. Por otra parte, y ya en las reflexiones finales, cuando se habla del papel del COE en la denominada “Ley de Culto” (pp. 188, 189), organización creada con la finalidad de ser la interlocutora evangélica en dicha discusión legislativa, no se refiera a que ella estaba conformada por lo más variopinto del mundo evangélico, uniendo en esa causa a actores que formaron parte del Consejo de Pastores y de la CCI, mostrando que la unidad por un objetivo común era posible en un contexto democrático.

 

En vista de todo lo anterior, creo que el libro carece de honestidad epistemológica a la hora de no evidenciar hasta el final su tesis más relevante. Cito las palabras finales de Mansilla y Orellana: “Desde el período de dictadura, por lo tanto, algunos sectores evangélicos buscaron la venia de la derecha política para adquirir un estatus de respetabilidad; sin embargo, no lo lograrán mientras la religión evangélica siga representando a los pobres, indígenas y trabajadores” (p. 192). La pretensión de los autores es dar pie al mito de la continuidad y homogeneidad atacada por una posición innovadora. El mundo evangélico para los autores está ligado a las demandas históricas de los movimientos de izquierdas, por ello, los intentos de derechas no triunfarán en nuestras filas. Esa lectura, que no hace caso de la amplia diversidad del mundo evangélico no se encuentra en las fuentes ni en la historia que podría construirse con su estudio, sino en un fórceps interpretativo emanado de un exceso de sociologismo o cientificismo-social, que fuerza los hechos, procesos y actores para que calcen en el marco teórico del cual se hace gala, y que sí es referido de manera constante y detallada. Aquí todo el tiempo vemos que, si la realidad no se condice con la teoría es la realidad la equivocada. Es conservadurismo teñido de ideas de avanzada, en el cual el vocabulario excluye la crítica antes de que la crítica pueda comenzar a actuar” [14]. Es historia inmanente, idealismo y mecanicismo de un sistema que sólo puede ver oposiciones binarias. Es la miseria de la teoría al decir de E. P. Thompson.

Esperamos que Mansilla y Orellana en sus futuras investigaciones se hagan cargo de las falencias teóricas, metodológicas e históricas que están presentes en este libro. No obstante, por ahora les agradecemos el que hayan propiciado una discusión sobre el accionar evangélico en la historia política del país.

 Luis Pino Moyano. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

 

 


 

Notas bibliográficas.

[1] Julio César Jobet. “Notas sobre la historiografía chilena”. Revista Atenea. Año XXVI, Nº 291/292, septiembre-octubre de 1949.

[2] Entre los varios lugares en los que el Premio Nacional de Historia 2006 ha realizado esta afirmación se encuentra el siguiente artículo: Gabriel Salazar. “Historiografía chilena siglo XXI: transformación, responsabilidad, proyección”. Luis De Mussy (Editor). Balance Historiográfico Chileno. El orden del discurso y el giro crítico actual. Santiago, Ediciones Universidad Finis Terrae, 2007.

[3] Karl Appl. Bosquejo de la historia de las iglesias en Chile. Santiago, Editorial Platero, s/f (la última fecha mencionada en una cronología es 1996); Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago, Fundación Konrad Adenauer y Comunidad Teológica Evangélica, 1999.

[4] Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965; Humberto Muñoz. Nuestros hermanos evangélicos. Santiago, Ediciones Nueva Universidad, 1974.

[5] Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Santiago, Vicaría de la Solidaridad, Arzobispado de Santiago y UNELAM, 1978. Tomo 1: Investigación Exploratoria. Tomo 2: Anexos; Humberto Lagos. Crisis de la esperanza. Religión y autoritarismo en Chile.Santiago, Presor y Lar, 1988; Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile. Dejando el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción-Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013.

[6] María Francisca Calderón. En busca de la Tierra Prometida… Cultura Política de Líderes Evangélicos. Tesis para optar al grado de Magíster en Ciencia Política, Universidad de Chile, 2008; Andrés Hurtado. La participación de las iglesias evangélicas durante el Régimen Militar: la revolución material del pentecostalismo. Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago, 2012; Matías Maldonado. Evangélicos y política en Chile, 1974–1986. El Consejo de Pastores y la Confraternidad Cristiana de Iglesias. Informe final para optar al grado de Licenciado en Historia de la Universidad de Chile, Santiago, 2012 (la única de esta lista citada por los autores); Luz Araya y Linda Escaida. Evangélicos y los poderes del Estado chileno. Memoria para optar al título de Periodista de la Universidad de Chile, Santiago, 2017.

[7] Peter Winn. “El pasado está presente. Historia y memoria en el Chile contemporáneo, en Anne Pérotin-Dumon (dir.). Historizar el pasado vivo en América Latina. En: http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php (Consulta: julio de 2012, sitio discontinuado).

[8] Christian Lalive dEpinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009.

[9] Guillermo Castilo. “Carta abierta”. En: Fuego de Pentecostés. Nº 117, Santiago, julio de 1938, p. 8. Este documento se encuentra disponible en el sitio Pensamiento Pentecostal con una nota contextualizadora de quien suscribe este comentario de libro. En: https://pensamientopentecostal.com/index.php/2017/11/13/carta-abierta-a-los-pastores-obreros-y-miembros-de-nuestras-iglesias-por-guillermo-castillo/ (Consulta: febrero de 2021).

[10] “Declaración”. En: Ibídem.

[11] Quien mejor trabaja a mi juicio ese asunto es: Tomás Moulian. Chile actual: Anatomía de un mito. Santiago, LOM Ediciones, 1997, pp. 31 y ss. Hago referencia, fundamentalmente, al capítulo 2 titulado “Páramo del ciudadano”.

[12] Debo esta reflexión del tabú de la violencia a: Hernán Vidal. Frente Patriótico Manuel Rodríguez. El tabú del conflicto armado en Chile. Santiago,Mosquito Editores, 1995.

[13] María Angélica Illanes. La batalla de la memoria. Santiago, Editorial Planeta, 2002, pp. 163-175.

[14] Edward P. Thompson. Miseria de la teoría. Barcelona, Editorial Crítica, 1981, p. 130.

El mito fundacional de un presbiterianismo de izquierda en Chile.

La celebración de los 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 2018 marcó un momento de importantes instancias de rescate de la historia de nuestra Iglesia y de los distintivos del genio presbiteriano que caracterizan nuestra identidad, junto con los desafíos que reporta el presente y futuro de nuestro desarrollo eclesial. Una de las actividades relevantes en dicho rescate fue la serie de conferencias históricas desarrolladas por la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, la que derivó también en la publicación de un libro [1]. Dicho esfuerzo informativo y reflexivo debe ser sumamente valorado. 

Dicho lo anterior, eso no obsta para hacer algunas precisiones necesarias, sin ningún dejo de generar una “historia oficial”, particularmente en lo referido al origen de la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile. En primer lugar, hubo una presentación del Pr. Guido Benavides, la que ya no se encuentra disponible en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia de Santiago, que suscitó el derecho a réplica de la Iglesia Evangélica Presbiteriana, por medio de una conferencia dictada por el Pr. Jorge Cárdenas. En su exposición oral, de manera muy destemplada dicho ponencista aludió que una de las causas principales de la división que dio origen a su denominación fue la de raigambre sociopolítica, toda vez que mientras algunos pastores estaban siendo represaliados por la dictadura, la Iglesia Presbiteriana de Chile se habría manifestado cercana al régimen de facto, específicamente en la persona del Moderador del Sínodo a la fecha, Pr. Horacio González. La performance fue completa cuando muestra una foto del Pr. González estrechando la mano en saludo al general Pinochet, sumado a la alusión de Cárdenas diciendo “ustedes pueden ver que se quieren mucho” [2]. La misma situación sociopolítica es aludida en el artículo escrito por Cárdenas [3], aunque de manera más moderada que en la alocución referida.

Horacio González Contesse
Fotografía publicada en El Mercurio, domingo 26 de abril de 2015.

Más allá de la imposibilidad de dar cuenta, a partir de un documento iconográfico, de los sentimientos y motivaciones que puede albergar un saludo protocolar de un primer mandatario con un gran maestro de la masonería, me quiero detener en la construcción de un mito fundacional: la idea que la dictadura militar chilena y la figura de su líder, Augusto Pinochet, habrían sido una pieza clave en el origen de la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile. Esa idea puede parecer coherente discursivamente, sobre todo cuando se levanta un “muñeco de paja” por medio de un solo documento iconográfico, pero carece de historicidad. Aquí no estamos sólo frente a un ejercicio interpretativo del pasado, sino frente al falseamiento de los hechos, lo que lleva a contar una historia contrafactual de “aquello que pudo haber sido, pero no fue”. Nada se dice en la alocución y en el artículo de Cárdenas sobre el año 1968 con las maniobras de política eclesiástica que derivaron en la disciplina y expulsión de los pastores Joel Gajardo y Luis García, quienes fundaron la Iglesia Unión Cristiana de Santiago y la Iglesia Presbiteriana de Talca. Nada se dice del proceso disciplinario al Pbro. Gabriel Almazán por uso inadecuado y sin transparencia de recursos económicos (situación corroborada por una comisión revisora de cuentas sinodal) y la reacción de miembros de iglesias de la que es hoy la Región de Valparaíso y que se traduce en ese momento en la división que origina la Iglesia Presbiteriana Sínodo en Renovación en 1972 [4], y que obtendrá su personalidad jurídica en 1975 como Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile (estatus legal conferido por el Ministerio de Justicia del gobierno dictatorial). Nada se dice sobre la recepción de dineros externos provenientes de Estados Unidos con antelación a dicho año, y por lo tanto, anteriores al golpe militar y la “ayuda para resolver la situación de pastores afectados por el así llamado pronunciamiento militar” [5]. Es decir, dicha división se comenzó a propiciar antes de la llegada de Allende al gobierno, y se cuajó en dicho período, con antelación al golpe militar y al liderazgo de Augusto Pinochet en él, como consta en variadas investigaciones sobre el período [6]. Tampoco se dice nada respecto a que la Iglesia Presbiteriana de Chile no participó de la firma del documento suscrito por muchos pastores a nombre de sus iglesias legitimando al gobierno militar. 

La idea de una iglesia de izquierda versus una iglesia de derecha no es consistente por todo lo dicho con antelación, como también a un distintivo histórico del presbiterianismo chileno de respeto de la libertad de conciencia (mediatizado por la herencia ilustrada y del liberalismo filosófico-y-político), que se trastocó en tiempos más recientes con un tabú de lo político y con las ideas (falaces, también) de una supuesta “infiltración” de ideas políticas foráneas a nuestra fe reformada. Es innegable que el Pr. Horacio González manifestó cercanía al gobierno de Pinochet, pero su pensamiento y práctica no puede ser analogado con el de la Iglesia Presbiteriana de Chile, como tampoco su participación en la masonería puede definirse como lo propio de nuestro sentido de la vida y cosmovisión. Además, medir al Pr. González sólo a partir de esos datos, genera evaluaciones que no hacen justicia a su trayectoria eclesial que cruza de manera importante el siglo XX, a su talante caracterizado por una férrea ética calvinista y a su labor incansable por el desarrollo de una iglesia independiente de directrices foráneas, “pobre, pero libre”, sobre todo, sin la contradictoria ayuda económica emanada desde el “Norte Global”, sí presente en quienes se autodenominan como progresistas (¿imperialismo solapado?). 

Está bien escuchar todas las voces para el relevamiento de nuestra historia. Pero eso no implica no decir nada al respecto, sobre todo cuando no se hace justicia a personas y hechos, con la finalidad de levantar mitos fundacionales que purifican orígenes espurios, que ocultan los anhelos de poder, la carencia de mínimos éticos y el amor al dinero [7]. 

Luis Pino Moyano.

[1] Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018.

[2] “Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile: orígenes e identidad – Rev. Jorge Cárdenas”. En: http://www.youtube.com/watch?v=DZXHb26JOlI (revisada en febrero de 2019).

[3] Jorge Cárdenas. “Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile”. En: Bezerra (editor). Op. Cit., pp. 255-271.

[4] Jae-Kuen Yoo Lee. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Tesina para optar al grado de Bachiller en Teología. Santiago, Seminario Teológico Reformado, 2004, pp. 63-64.

[5] Cárdenas. Op. Cit., p. 262.

[6] Baste citar, para estos efectos, a Patricia Verdugo. Interferencia secreta. Santiago, Editorial Sudamericana, 1998, pp. 13-27. 

[7] Para profundizar, véase lo planteado en: Daniel Vásquez. “Iglesia Presbiteriana de Chile (1964-2017). En: Bezerra (editor). Op. Cit., pp. 244-246; y por Jonathan Muñoz en: “La Primera Crisis del Sínodo Presbiteriano y los Orígenes de la IEPCH”. En: http://www.youtube.com/watch?v=b7q6MStuFfo (revisada en febrero de 2019).

Primeras lecturas al libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”.

El 14 de septiembre del año pasado realizamos nuestra primera actividad como núcleo. Teníamos pensado continuar con calma y lanzarnos al espacio público con el nombre de nuestro núcleo, “Fe Pública” a la par de nuestro primer libro, que terminará siendo el segundo, y que buscará presentar a cinco autores reformacionales fundamentales: Kuyper, Dooyeweerd, Wolterstorff, Plantinga y Goudzwaard, en el pos de acercarlos y leerlos para Chile y América Latina del siglo XXI, y no en pos de copias ahistóricas. Pero llegó el 18 de octubre de 2019, un día que como diría Paul Ricoeur tiene la fuerza de un “hito monstruo” que nos modificó en la cotidianidad, en nuestra forma de mirar el tiempo histórico y la sociedad, junto con la vida en la ciudad y por supuesto la práctica de nuestra fe. En ese contexto, creímos que lo más pertinente era hablar de verdad, de escucharnos de verdad y hacer el esfuerzo, también, de pensar de verdad.

“Los artículos del libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”, fueron escritos sin exagerar, en medio de una de las crisis más grandes vividas en la historia política chilena, fueron realizados desde el anhelo de la paz de la ciudad en la que nos toca vivir (Jeremías 29:7), y con la clara conciencia que no podíamos embobarnos con un sentido de urgencia que nos hiciera perder de vista lo realmente importante, a saber que Cristo es Señor de todo, y que sólo Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación, en los que la dignidad y la justicia serán más que un anhelo y un eslogan. 

Este primer libro del Núcleo Fe Pública, a un año de los hechos del octubre chileno, viene a ser un testimonio histórico de lo que un grupo de evangélicos pensábamos en esos días. Pues esto forma parte de nuestra misión: ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada” (De la presentación del mismo libro).

Pronto, les invitaremos a una nueva lectura, aquella del libro que sería el primero y terminó siendo el segundo. Una maravillosa analogía de la vida de quienes buscan hacerse de los primeros lugares y no terminan como quisieran. Pues como canta un bello himno protestante: “morirán los señores del mundo, mas su reino no acaba jamás”.

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1. Presentación del libro.

2. Reseñas del libro.

Reseña de Fabián Bravo en Lupa Protestante.

Reseña de Juan Pablo Espinosa en Estudios Evangélicos.

Reseña de Jean Paul Zamora en Pensamiento Pentecostal.

3. Podcast de Imagen Bautista.

Triunfo del Apruebo: emociones y trabajo por delante.

El domingo 25 de octubre de 2020 se vivió un plebiscito en Chile y en él triunfó la opción Apruebo con 78,27% de los votos, y 78,99% marcó su preferencia por la Convención Constitucional. Y si bien es cierto, votó la mitad del padrón electoral, es la mayor participación electoral desde la presidencial de 1993, y en este caso, con sufragio voluntario y en medio de una pandemia. Se trató en este caso, como se decía antaño, de una “fiesta de la democracia”. 

Y eso no sólo lo dicen los números. Se vio en las calles repletas, en las conversaciones de sobremesa en las que recordábamos a los viejos de nuestras familias, vestidos “de día domingo” yendo a votar, se veía en las entrevistas de la televisión y se oía en la radio, los comentarios de quienes asistieron a cumplir con uno de sus derechos y deberes cívicos. Y no era poca la emoción, la alegría de participar, los sueños que se expresan. Y esto, porque se avizora el cierre de la herencia dictatorial, abriendo una etapa en la que no olvidemos el pasado, pero en la que dicho pasado no nos siga pesando. Y, por si esto fuera poco, se abre el camino para la construcción de un Chile que excede con creces un período presidencial. Se notaba en las opiniones lo inédito de esto: ¡es la primera vez que podemos decidir por un texto constitucional en democracia, sin los militares en el gobierno y con el congreso nacional funcionando! Cualquier historia que se escriba de este proceso constituyente, que no tenga en cuenta la emotividad de esta elección, se quedará corta a la hora de contar lo que se jugaba en ella. De hecho, en mi biblioteca, en la sección de libros de historia de Chile, tengo el lápiz bic que me acompañó en este proceso eleccionario. 

Ese domingo habían muchas razones para celebrar. A las 11 de la noche, tres horas después del cierre de las primeras mesas se contaba con el 90,78% de las mesas escrutadas. Quien ha pasado por la experiencia de ser vocal de mesa no puede dejar de reconocer este trabajo a pulso que permite que conozcamos, pronta y oportunamente, los resultados de los procesos electorales. Y, claramente, los resultados son para celebrar. Nunca me había sentido tan ganador en el proceso eleccionario, tanto que el brindis como la junta con los amigos de siempre no podía faltar. Teníamos el derecho a hacerlo. Había que celebrar, pero no sólo porque ganó el Apruebo y la Convención Constitucional, y la paliza en términos electorales de dicho triunfo, sino por lo que denotan dichas cifras: 78% de los votos releva que una nueva Constitución no es idea del “marxismo cultural” [sic], porque ese número no es votación de izquierdas, tanto así que en mi comuna, Puente Alto, lugar en el que arrasan Ossandón y Codina, el Apruebo tuvo el 87% de los votos. Había que celebrar porque 78% hace caer la idea de la polarización, palabrita tan mencionada en los medios de comunicación de masas; y esa de élites que se habrían comido la demanda popular imponiendo la demanda de una nueva Constitución. Había que celebrar, además, porque la derrota más grande no es de la opción rechazo a secas, sino de aquella cuya única propuesta fue la retórica del miedo, que anuncia como profecía trasnochada la debacle de un país que se acerca a sus ensoñaciones estilo pesadilla. Parafraseando a Benedetti, vencimos la derrota. ¿Cómo no celebrar por eso?

Después se sumó otro motivo para celebrar, pues en un estudio realizado por CADEM, mostró que los evangélicos habríamos votado un 57% por la opción Apruebo y 70% por la Convención Constitucional. ¿Celebrar? Claro que sí, y no porque hermanos que optaron por el rechazo perdieron, sino porque se cayó y se explicitó que no existe el “voto evangélico”, y que esta idea es meramente una ensoñación de élites evangélicas que gustan de arrogarse la representatividad de un pueblo unívoco que no existe, y que lo hacen añorando cuotas de poder. Por sobre el miedo a no estar en el “lado de Dios” [sic], primó la libertad de conciencia. 

Y después de cinco días del triunfo, sin lugar a dudas comienza otro tiempo, pues los triunfos políticos se miden siempre después del día de la fiesta. Este es el tiempo de trabajar. La paridad de los resultados de 78% por el Apruebo y la Convención Constitucional abren posibilidades inimaginadas para las candidaturas independientes a la Convención Constitucional. Si bien es cierto, las dificultades burocráticas (las firmas y trámites notariales) y de competencia de individuos o colectivos pequeños contra maquinarias partidarias prevalecen, de todas maneras que un 78% dijera no a los parlamentarios como convencionales abre la posibilidad de soñar por representación de ideas más plurales a la hora de construir el texto constitucional. Y debiesen ser un acicate de voluntades políticas de participar en el poder constituyente.

Y a propósito de esto último, decir que me asiste la convicción que cualquier ciudadano/a tiene el derecho de participar del proceso electoral, y que no se necesita tener una profesión x para hacerlo, sino el cumplimiento de la normativa constitucional (Arts. 13 y 132). Esto, por dos razones: a) porque cualquier hombre o mujer que vive en este país tiene la capacidad de pensarlo y saber cómo sería la vida en esta tierra podría ser mejor; b) porque la redacción del texto constitucional desde el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 aseguró la existencia de una comisión técnica paritaria entre oficialismo y oposición (punto 10), que ya está trabajando y fue conformada por catorce abogados constitucionalistas, por lo que quienes tienen miedo de la calidad del texto, eso ya está asegurado. Por otro lado, los militantes políticos tienen todo el derecho a participar de la Convención Constitucional, pues los partidos políticos son un instrumento legítimo de organización y participación en la esfera pública. La caricatura de la “Señora Juanita” que es pasada a llevar una vez más, es más bien otro relato desde el miedo de los derrotados de esta ocasión. Luchar porque exista una mayor participación de independientes no obsta a que los militantes, sea cual sea su trayectoria política, puedan estar en una papeleta y en la Convención si son elegidos. Aquí lo que vale es el ejercicio democrático, ausente de las comisiones de expertos elegidos a dedo en las coyunturas constitucionales de 1833, 1925 y 1980. 

El tiempo del trabajo comenzó. No puede pasarnos lo mismo que en los inicios de los 90. La gente que ganó, no puede irse para la casa para guardar silencio y esperar que otros tomen las decisiones. Hay que participar. Una de las primeras tareas es generar consensos que deriven que en el reglamento de la Convención Constitucional sea obligatoria la participación de los convencionales en asambleas territoriales, desde tomen ideas fuerzas para sus opiniones. Ese contacto, que fusiona lo democrático, con lo pedagógico y con lo deliberativo es fundamental para fortalecer la legitimidad de la nueva carta fundamental. Y no hay que olvidar que hay un plebiscito de salida, con voto obligatorio. Lo peor que nos puede ocurrir es sentarnos en los laureles. Todavía no hemos ganado todo. Caminamos hacia allá…

Luis Pino Moyano.

Iglesias que arden y la relación entre poder y libertad.

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, es uno de los tantos emblemas de malestar y rabia contra la iglesia y contra Dios (o imágenes que le representen), expresados por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX y que han sido tomados por culturas políticas de cuño similar en tiempos más recientes. No es un dato menor precisar el origen del emblema, toda vez que el anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política. Sin embargo, ha tenido entre sus filas otras corrientes y a pensadores como León Tolstoi y Jacques Ellul que se han reconocido como cristianos y anarquistas. En cambio, el anarquismo español, fue muy influido por el cientificismo positivista, y dicha forma de entenderlo fue recibida con mayor facilidad en América Latina, tanto por razones idiomáticas como por redes organizativas o sociales. Y es dicha influencia la que puede constatarse en las escenas iconoclastas del estallido, revuelta o reventón social desde octubre del año pasado a la fecha.

Comencemos con la siguiente premisa: las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, es del todo repudiable y lamentable, y ello, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Por ende, no solo son dañados muros, techumbres y los adminículos que hay dentro de los templos, sino también, los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder.

Junto con eso, se debe señalar que el fenómeno de la iconoclasia amerita ser reflexionado, más allá de la constatación de los hechos como acontecimientos repudiables, problematizando las causales, los medios y los fines que se buscan con ellos.

En primer lugar, quienes somos cristianos debiésemos interrogarnos sobre la razón por la cual templos de nuestra religión son bandalizados, porque mucha gente no hace la diferencia entre católicos o evangélicos, y mucho menos la hace de romanos, ortodoxos, luteranos, presbiterianos, metodistas, bautistas, pentecostales y un largo etcétera. Si se estudia la historia de las revueltas populares, regularmente, los edificios que sufrían la destrucción por parte de sujetos ligados a dichas manifestaciones, es porque identifican a dicho lugar con el poder. Y no con cualquier poder, sino con uno de carácter opresivo. Y por más que expliquemos que en la Iglesia de la Gratitud Nacional se llevó a cabo el Te Deum Ecuménico de 1973, con la junta militar de gobierno allí pero sin alabanza a ella, y que el lugar fue propuesto por el Cardenal Raúl Silva Henríquez debido a que dicho templo es de los salesianos y él pertenecía a dicha orden religiosa; o que la Vicaría de la Solidaridad tuvo su emplazamiento en salas aledañas a la catedral de Santiago; o como protestante que el templo  presbiteriano apedreado el año pasado en la ciudad de Valparaíso fue fundado bajo el pastorado de David Trumbull, quien propició una lucha por las libertades públicas en el país y en el plano educativo formó escuelas populares; o que iglesias pentecostales quemadas en la zona de la Araucanía tienen una amplia participación de mapuches en ellas, quienes son tratados de manera digna y más aún, muchos de ellos, lideran dichas comunidades; a pesar de todo eso, algo genera una identificación con el poder, tanto así, que no son pocas las personas que cuestionan que se defienda un templo en vez de hombres y mujeres que sufren a diario los rigores de la vida. ¿Qué hace que un sector de la sociedad nos considere enemigos? ¿Tiene algo que ver la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual? ¿Tiene que ver en esto el enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda? ¿Está presente en esta asociación la indolencia de muchos creyentes frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”? ¿Acaso no fue esto último lo que llevó a Alberto Hurtado, en el pasado motejado como “cura rojo” y hoy considerado santo por la Iglesia Católica, a escribir “¿Es Chile un país católico?” en 1941? Nuestra falta de realismo debiese llevarnos a reflexionar en cómo creer, pensar y vivir en el Chile actual. Y esto no es un llamado a transar en los principios fundamentales de nuestra fe, sino por el contrario, es un llamado a vivirlos.

En segundo lugar, quienes pugnamos por cambios en nuestra sociedad, y que hoy dentro del horizonte de expectativas tenemos una nueva Constitución, hacemos bien en cuestionarnos también esta actuación. ¿A quién daña y a quién beneficia la quema o bandalización de templos? ¿Beneficia la causa de quienes buscan un Chile distinto, alejado de los bastiones que instaló la dictadura militar? A esta altura del partido, ¿sorprende aún que los medios de comunicación centren su mirada en este tipo de “liturgias” de manifestación iconoclasta en lugar de la gran cantidad de personas que se manifiestan pacíficamente? Tanto aquellos que salen “a dejar la patá” [sic], como quienes reivindicamos el derecho a la legítima manifestación y protesta, debiésemos entender de una vez por todas que los discursos y los actos tienen efectos performativos, y siempre la espectacularidad roba la atención de lo que no es inédito. La quema y bandalización de lugares de culto, que es una muestra de intolerancia propia de movimientos totalitarios o de movimientos religiosos integristas como ISIS, afecta a un grupo específico de la población: las personas fieles a la fe cristiana, entre las cuales hay un amplio sector de seres humanos que se esfuerzan cotidianamente desde las calles o sus puestos de trabajo, por un mañana mejor. Y sí, hay curas pedófilos y pastores que se enriquecen, abusando de la fe y el poder que las instituciones religiosas les han conferido, pero dichos sujetos no son las comunidades eclesiales ni mucho menos son el cristianismo. No son las personas que trabajan día a día por vivir su fe de manera coherente, y cuyos lugares de culto tienen profunda significación. ¿Acaso no entienden que este tipo de actos en vez de sumar, resta; y que, en lugar de cuidar el proceso constituyente, lo afecta?

Este ejercicio analítico, que llama a profundizar la discusión y a no quedarse en el hecho noticioso, en ningún caso comprende-para-legitimar. Es todo lo contrario. Profundiza la crítica y el repudio de la acción autoritaria y de la crítica sin sentido de quienes bien podrían ser definidos como “continentes sin contenido”. Pues, si la libertad de creer es dañada, ¿dónde quedan las otras libertades públicas?

Luis Pino Moyano.

¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Hace unos diecisiete años atrás llegó a mis manos uno de los libros más revolucionarios que he leído en mi vida: “El despertar de la gracia” de Charles Swindoll. Fue un libro liberador, que me hizo descansar en la gracia de aquel que me había salvado por el puro afecto de su amor. Swindoll habla allí de los “asesinos de la gracia”, un grupo de sujetos que en pos de luchar contra el antinomianismo (la idea que asegura que ya no debemos poner en práctica la ley de Dios), ha ocultado una de las verdades más bellas y poderosas de la Reforma Protestante, a saber, la libertad cristiana, convirtiéndola en un tabú [1]. La libertad cristiana fue una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante, y para hablar de ella, se leyó, predicó y enseñó, principalmente, la carta de Pablo a los Gálatas, a la que Lutero se declaraba simbólicamente unido en matrimonio, llamándola “mi Katharina v. Bora” [2]. Uno de los textos fundamentales para entender la carta a los Gálatas, está en el capítulo 2, versículo 16: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo, y también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, ya que por las obras de la ley nadie será justificado” [3]. Lo que nos lleva a señalar con claridad y firmeza que la libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”. 

Sin Cristo nuestra condición de esclavitud se mantiene vigente. Pablo dijo: “Manténganse, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5:1). El yugo al que hace referencia Pablo es una figura de sujeción y, en el caso de este versículo, denota opresión, figurando el peso del legalismo que intentaba complementar el mensaje del evangelio con los ritos religiosos del judaísmo. Esas enseñanzas eran esclavitud, pues como diría William Hendriksen: “un Cristo suplementado es un Cristo suplantado” [4]. Y no es que la ley sea mala, pero el cumplimiento de ella como medio para la salvación se hace imposible, puesto que la violación de un solo precepto nos hace deudores de toda ella. Más bien, la ley cumple un propósito fundamental en la salvación: es el profesor que nos toma de la mano [5] y que nos conduce a Cristo, a la libertad para vivir en Él. Y es Cristo quien nos capacita con amor de tal manera que vivamos para Él. La salvación siempre incluye la práctica de la justicia por parte del pueblo de Dios, siendo potenciados por el Espíritu Santo para una obediencia renovada a Dios según lo expresado en su Palabra. Por ende, tampoco hay libertad cristiana sin “Sola Scriptura”. 

Y es así que llegamos a la idea de “libertad de conciencia”. La idea, dentro del protestantismo, siempre trae a la memoria lo dicho por Lutero en la dieta de Worms (18 de abril de 1521): “A menos que me convenzan con argumentos extraídos de las Escrituras o por medio de razón evidente (no confío en el Papa ni en los conclilios, pues es sabido que se han equivocado a menudo y hasta se han contradicho), me debo a las Escrituras que cito y mi conciencia es presa de la palabra de Dios. No quiero retractarme de nada, pues no es seguro ni justo obrar contra la propia conciencia” [6]. ¿Hay aquí libertad de conciencia? Sí, Lutero no se someterá ciegamente a ninguna autoridad establecida si esta niega la verdad de Dios. La libertad le permite correr veloz y con certeza de llegar a la meta que es Cristo, según el marco de la Palabra, como un tren corre veloz y efectivamente por sus rieles. La conciencia es, literalmente, con-saber o con-certeza. Así lo explica la historiadora Lyndal Roper: “Cuando Lutero afirmaba que su conciencia era ‘presa de la palabra de Dios’, quería decir que no cabía moverla ni alterarla: ‘sabía’ -mente y emociones-, lo que era la Palabra de Dios y no podía negarla” [7]. 

Por herencia protestante, la “Confesión de fe de Westminster”, un documento que en palabras de Benjamin Warfield fue “el fruto más maduro de la redacción de credos en la Reforma” [8], usa el concepto de libertad de conciencia de manera positiva, es decir, validándolo como un principio a rescatar, defender y vivir, explicándolo de la siguiente manera en su capítulo 20, punto 2: “Sólo Dios es el Señor de la conciencia, (Rom. 14:4.) y la exime de las doctrinas y mandamientos de hombre que sean en algo contrarios a su palabra o pretenden sustituir a ésta en asuntos de fe o de culto. (Hech. 4:19 y 5:29. I Cor. 7:23. Mat. 23:8-10 y 15:9. II Cor. 1:24.) Así es que, creer que tales doctrinas y obedecer tales mandamientos con la conciencia, es destruir la verdadera libertad de ésta última; (Col. 2:20, 22,23. Gal. 1:10; 2:4 y 5:1.) y el requerir una fe implícita y una obediencia ciega y absoluta, es destruir la razón y la libertad de conciencia. (Isa. 8:20. Hech. 17:11. Juan 4:22. Ose. 5:11. Apoc. 13:12,16,17)” [9]. En definitiva, según esta declaración confesional, la libertad de conciencia está atada a la obra de redención conquistada por Cristo en la cruz y cimentada en lo que enseña la Escritura como norma de todas las normas. Huelga decir acá que fue esta comprensión teológica la que se irradió, primero en las colonias inglesas que se independizaron conformando Estados Unidos, por la influencia del movimiento puritano, y desde ahí a todos los movimientos republicanos-antimonárquicos modernos, como quedó expresado en distintos textos constitucionales [10].

El señorío universal de Cristo, que deriva en que nuestra fe es cósmica y pública, es fundamental para entender nuestra libertad, la obediencia renovada a la voluntad de Dios y la resistencia a cualquier tipo de tiranía que puje por enseñorearse de nuestros intelectos, emociones y voluntad. Es en relación a este entendimiento, que Abraham Kuyper en su discurso inaugural de la Universidad Libre de Amsterdam, planteó que: “Existe un dominio de la naturaleza en el que la Soberanía ejerce poder sobre la materia conforme a leyes fijas. Existe también un dominio de lo personal, del hogar, de la ciencia, de la vida social y la religiosa, cada uno de los cuales obedece a sus propias leyes de la vida, cada uno se somete a su propio regente. Un ámbito del pensamiento donde solo las leyes de la lógica pueden gobernar. Un ámbito de la conciencia donde nadie sino solo el Santo puede dar soberanos mandamientos. Finalmente, un ámbito de la fe, en que solo la persona es soberana, quien, mediante la fe, se consagra a sí misma en las profundidades de su ser” [11]. Para el teólogo, pastor y político holandés, el soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, sino el Señor Todopoderoso, y nada ni nadie está sobre Él. Aquí no hay lugar para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo. Perder de vista esto no sólo es una concesión intelectual, sino, por sobre todo, espiritual, lo que nos responsabiliza respecto de lo que pensamos y vivimos. “Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2a), es una tarea vital. 

Por cierto, la libertad cristiana no sólo es individual, sino eminentemente comunitaria. Pablo exhorta a los hermanos de Galacia de la siguiente manera: “Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad, sólo que no usen la libertad como pretexto para pecar; más bien, sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se cumple en esta sola palabra: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero si ustedes se muerden y se devoran los unos a los otros, tengan cuidado de no consumirse también los unos a los otros” (Gálatas 5:13-15). La libertad que Cristo conquistó en la cruz no se ejerce en la soledad, sino en la comunidad de otros liberados por su obra redentora. El versículo 15 es durísimo, porque compara a quienes usan su libertad a expensas de otros hermanos con bestias salvajes que se muerden y devoran entre ellos, destruyendo la comunidad. Quienes practican esto ensalzan su autojusticia y construyen una religión ególatra. La libertad cristiana se experimenta amando y sirviendo a Dios y al prójimo. Es más, la obediencia a la ley de Dios está en el amor (véase, Romanos 13:10). 

Finalmente, esta libertad cristiana conlleva que asumamos con certeza que somos la iglesia que está en misión en el mundo que nos toca vivir. Y en el mundo que nos toca, cada vez que veamos verdad, justicia, bondad, paz y belleza, lo que observamos es la mano de Dios en la historia, a pesar de nuestros fallos y miserias. Que sujetos del pasado o del presente digan cosas que se ajusten a lo que pensamos no debe llevarnos a asumir todo el modelo teórico e ideológico que ellos poseen, y que está manchado por el pecado. Sigue siendo tarea perentoria para los creyentes lo dicho por Pablo en su carta a los Romanos 12:2: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Dios habla hoy). La libertad de los cristianos es la libertad en el marco del mensaje de Cristo. No se trata del “dejar hacer, dejar pasar” de la ideología liberal, en el que cada uno se autodetermina pensando lo que se quiera, aunque eso se contraponga a la Escritura. Si en nuestro “fuero interno” no está entronizado Cristo somos seguidores de las idolatrías de la época que nos toca vivir y no discípulos fieles del Maestro de Galilea. Son de mucho valor acá las palabras de Juan Mackay: “Antes bien, debe ser fiel a su vocación y cumplir su misión. Y esto, debe hacerlo en un espíritu de absoluta obediencia a Cristo; para ello, deberá tomar conciencia de la realidad y de la situación en que vive, ganando de este modo, el derecho a ser oída y a ser tomada en serio. Jamás deberá la Iglesia conformarse a cierta cultura o civilización sino que de acuerdo con el espíritu de peregrinaje que le es propio, debe marchar siempre adelante y hacia su meta final” [12]. El respeto a las ideas ajenas, la tolerancia a las mismas y una sana idea de contextualización, no consisten en la renuncia al evangelio de Jesucristo. En Jesús y la buena noticia predicada por Él radica la verdadera relevancia del cristianismo. La libertad de conciencia es entonces una herramienta que sirve al cumplimiento de nuestra tarea fundamental: a extensión del Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y el desarrollo de nuestra labor, para la gloria de Dios, la edificación y alegría de la iglesia, y el bienestar de todo prójimo creado a imagen y semejanza de Dios.

Luis Pino Moyano.

[1] Charles Swindoll. El despertar de la gracia. Nashville, Editorial Caribe, 1995.

[2] Erwin Iserloh. “Martín Lutero y el comienzo de la Reforma (1517-1525)”. En: Hubert Jedin. Manual de Historia de la Iglesia Tomo V, Reforma, Reforma Católica y Contrarreforma. Barcelona, Editorial Herder, 1972 ,p. 79. Es una referencia a WA Tr 2, 69, n.° 146 (D. Martin Luthers Werke, Tischreden, 6 t, Weimar 1912-21). 

[3] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Reina Valera Contemporánea. 

[4] William Hendriksen. Comentario al Nuevo Testamento. Exposición de Gálatas. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 120.

[5] Esa es la idea del ayo de Gálatas 3:24. 

[6] Lyndal Roper. Martín Lutero. Renegado y profeta. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, p. 197. 

[7] Ibídem, p. 198. 

[8] Citado en: J. I. Packer. Teología concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, p. xi. 

[9] Confesión de Fe de Westminster, versión 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: octubre de 2020). 

[10] Ernst Troeltsch. El protestantismo y el mundo moderno. México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1967, p. 66, 67. El autor entiende esto como un “descubrimiento esclarecedor” de Georg Jellinek, aunque no lo comparte del todo, particularmente por la actitud que habrían tenido los puritanos con actores anabaptistas o cuáqueros. 

[11] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 octubre de 1880)”. En: Estudios Evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: septiembre de 2020).

[12] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969, p. 128.

 

Documentos Anexos:

Martín Lutero. La libertad cristiana (1520).

Comunicado del H. Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile acerca del plebiscito.

Acerca del uso y abuso de la Biblia en coyunturas políticas.

Luis Pino Moyano*.

Publicado originalmente en Estudios Evangélicos.

1. La contextualización del problema. 

Que los evangélicos acudamos a la Biblia para entender y explicar el mundo y la vida no es ninguna novedad. Anhelamos ser “el pueblo del libro” y postulamos que nuestra fe, no sólo tiene que ver con aquello que sucede al interior de nuestros templos y hogares, pues ella no es privada, sino que es una fe cósmica y pública. Como declarara el apóstol Pablo, al referirse a nuestro Señor Jesucristo: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente” (Colosenses 1:16,17) [1]. El entendimiento del señorío total y universal de Cristo es base fundamental de nuestra cosmovisión cristiana, y nos llama a un seguimiento fiel a la Escritura como su Palabra que es enseñanza pero, por sobre todo, mandamiento. Y es dicha lectura, la que se traduce en una presencia fiel de los creyentes dispersos por el mundo. 

El señorío de Cristo que conduce a la fidelidad, reclama una lectura coherente y consistente con dicho principio vital, y en el caso al que nos referimos acá, es pertinente tener en cuenta esto a la hora de pensar y actuar en política. Como dirá Juan Stam: “En aras de la fidelidad bíblica, reconocemos sin tapujos que este libro es muy político. De hecho, como dice un refrán que se ha hecho axiomático en nuestros tiempos, ‘todo es político, pero la política no es todo’. Si bien es un error ‘politizar’ un texto más de lo que es político, por otro lado es un error muy grave, y una falta de fidelidad a la Palabra de Dios, pretender ‘despolitizar’ un texto tan evidentemente político como es el libro de Apocalipsis” [2]. Esto que el autor, como especialista en Apocalipsis alude respecto a dicho libro, es posible de ser aplicado a toda la Escritura. Es por ello, que las teologías políticas, europeas o latinoamericanas, que sólo propenden al activismo social, limitan la Misión de Dios dejando de enfatizar en la proclamación del evangelio, tal y como el evangelicalismo norteamericano con un discurso aparentemente apolítico (como si tal cosa existiera), derivó en un ensimismamiento que se complace en la experiencia religiosa sin poner atención en el prójimo, y por ende, en la misión. El apóstol Santiago nos alerta respecto de la parcialidad con mucha fuerza: “Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: ‘Que le vaya bien; abríguese y coma hasta saciarse’, pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 2:14-17). A la luz de este texto es una falsa dicotomía disociar la proclamación del evangelio de la práctica de la justicia y la misericordia. 

2. La gravedad teológica de la lectura de la Biblia dentro de la lógica izquierda-derecha. 

En medio de múltiples debates políticos, actores evangélicos prorrumpen con voz elocuente en la escena pública, ya sea arrogándose la representatividad de “la Iglesia Evangélica”, concepto imaginario que no tiene correlato empírico en la realidad, o en el peor de los casos, formulando ensoñaciones como esa de estar “del lado de Dios”. Y más allá del tema de la libertad de conciencia, asunto fundamental a ser tenido en cuenta en la discusión política acometida por los creyentes, pretendo llamar la atención de los lectores a otro asunto, uno que reviste gravedad teológica. Pues si bien es cierto, cada creyente tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por una determinada causa política, pues dicha actividad no es mala en sí misma, otra cosa es valorar dicha causa como “el proyecto histórico de Dios”. Supeditar el triunfo de Dios, y del reino que consumará en la historia, a una victoria electoral que no tiene la fuerza de cambiar toda la realidad es, con todas sus letras, una aberración a lo que la Biblia enseña. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, mientras que el Reino de Dios permanecerá incólume. Por ende, nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color, pues ella a es escatológica y está centrada en la persona de Jesucristo, Señor nuestro. 

Ejemplificaré con dos textos bíblicos sobre cómo el uso parcial para fortalecer la convicción política propia nos hace perder de vista la riqueza de la Palabra de Dios:

a. Amós 2:6,7 nos plantea un tremendo dilema para nuestra comprensión actual: “Así dice el Señor: Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre”. A partir, de este texto vemos la parcialidad de la separación realizada por posiciones dualistas que enfatizan en la justicia social o en la moral sexual, cuando este texto une ambas consideraciones. No pasas a ser un marxista cuando propugnas y trabajas por un mayor ejercicio de la justicia en la sociedad, como tampoco pasas a ser un derechista por defender la moral respecto de la sexualidad. Es del todo consistente con el cristianismo defender a las víctimas indefensas asesinadas por el aborto, cuyos gritos no alcanzan a ser oídos por nosotros, como defender a los menores abusados en hogares del SENAME, pues ellos no son ni fetos ni simple “stock”, sino seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Es del todo consistente con el cristianismo defender el matrimonio heterosexual, monogámico, y la familia emergida de dicha relación y, acto seguido, levantar la voz por los derechos de quienes son vulnerados o postergados en la historia, en el trabajo, la salud, la educación, el acceso a la vivienda y el cuidado de una pensión digna.

b. No es posible dejar de lado el texto de Romanos 13:1-7 en una reflexión sobre este tema. En él vemos al Dios soberano poniendo autoridades en el mundo. Dicha autoridad siempre es derivada de Dios y relativa respecto de Él y su Palabra. Por ello, la acción soberana de Dios no excluye nuestra responsabilidad, en tanto que la la autoridad debe ejercer su labor en justicia, protegiendo al inocente y sancionando el delito, y los demás ciudadanos tenemos el deber de obedecer activamente, pues nuestra obediencia total es a Dios. Es en consecuencia a dicha comprensión que los creyentes tenemos la posibilidad de practicar la “desobediencia civil”, o de manera más reformada, obedecer radicalmente a Dios,  cuando se busca explícitamente mandatar aquello que la Biblia niega (léase Hechos 4:19,20). Es maravilloso como cierra Pablo dicha exhortación, invitando a tener en cuenta una deuda de honor y respeto, junto con el pago de los impuestos, todo ello unido y en relación a quien corresponda. Este texto de la Escritura nos libra de la “Estadolatría” y de la “Estadofobia”, toda vez que mira al estado en su justa medida y sin despersonalizaciones que omiten la responsabilidad de quienes ejercen autoridad, es decir, como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal.

Por todo ello, el clivaje político izquierda-derecha, reciente en términos en históricos en comparación con los textos de Amós y de la carta de Pablo a los Romanos, le hace un flaco favor a nuestra lectura de la Biblia y nuestra comprensión de la realidad en torno a ella. ¿Por qué disociar aquello que la Biblia une? ¿Por qué disociar la justicia social de la moral sexual, y la responsabilidad individual de la social? 

3. La necesidad de una hermenéutica fiel al texto bíblico. 

Todo lo anterior genera un profundo llamado a la interpretación fiel de la Escritura. Los evangélicos debemos tener en cuenta que el reconocimiento de la Biblia como Palabra de Dios debe traducirse en fidelidad y respeto a ella. Mis lentes como lector no tienen la primacía en la tarea de comprender y anunciar el texto sagrado, por lo que vale la pena tener en cuenta, como primera cosa, la precisión realizada por Manfred Svensson al señalar que: “la caracterización de la aproximación protestante a la Biblia como una disposición de ‘libre examen’ resulta históricamente inútil: la fórmula de hecho ni siquiera se registra en el siglo XVI, y es más bien recurrente en la apologética católica del siglo XIX y en las contemporáneas reivindicaciones protestantes” [3]. El “libre examen” no fue bandera de lucha de la Reforma Protestante, sino traducciones de la Biblia en lenguaje vernáculo fieles a los manuscritos en hebreo, arameo y griego; la tarea exegética y la implementación del método gramático-histórico y, por sobre todo, una lectura y escucha de la Palabra de Dios al interior de una comunidad. Y es aquí, respecto de la lectura comunitaria de la Biblia, donde también se hace valiosa la prevención realizada por Gordon Fee y Douglas Stuart: “Los protestantes no tienen magisterio, y debemos estar con razón preocupados cuando oímos que alguien dice que conoce el significado divino más profundo de un texto, sobre todo si el texto nunca significó lo que quiere hacérsele decir. De esas cosas nacen las sectas e innumerables herejías menores” [4]. El discernimiento de la comunidad, a la manera de la evaluación realizada por los hermanos de la comunidad de Berea, quienes con “sentimientos más nobles” se daban la tarea diaria de examinar “las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11), junto con la comprensión escritural del señorío de Cristo por sobre todo, es un antídoto contra todo tipo de tiranía eclesiástica de quienes proclaman sus ensoñaciones alejadas de la fidelidad a la Palabra de Dios. 

Nadie tiene el derecho a torcer la Escritura para su conveniencia. Como dirá Louis Berkhof: “Aunque es cierto que el intérprete debe ser perfectamente libre en sus labores, no debe confundirse su libertad con la licencia. Es libre, ciertamente, de toda restricción y autoridad externa, pero no es libre de las leyes inherentes al objeto de su interpretación. En todas sus exposiciones está amarrado por lo que está escrito, y no tiene el derecho de atribuir sus pensamientos a los autores del texto sagrado [5]. Es un infundio alejado de la fidelidad a la Palabra de Dios plantear que un determinado proyecto político es de Dios y otro de Satanás, sólo porque se condice con nuestras aspiraciones personales. Es iluso pensar que el constructo ideológico desarrollado por sujetos con “conciencias encallecidas” (1ª Timoteo 4:2) está libre de la mancha del pecado. No es reconocimiento de la “gracia común” aquello que termina glorificando a hombres y mujeres del pasado y del presente, y no al Dios Todopoderoso que no comparte su gloria con nadie (Salmo 115:1; Isaías 42:8). La Biblia no presenta un programa político sólido y cerrado, sino principios con los que se puede construir discursos susceptibles de estar marcados por la diversidad en la voz de distintos creyentes cristianos, comprados con la misma sangre de Cristo. No hay nada menos evangélico que situar a Dios del lado de una ensoñación ideológica en eslóganes huérfanos de sentido. Un dios de izquierda o derecha es una profanación de lo sagrado. En lenguaje llano: idolatría.

Entonces, en obediencia al mandamiento que dice a la letra: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios, porque yo, el Señor, no consideraré inocente al que tome en vano mi nombre” (Éxodo 20:7, RVC), digamos junto a Martín Lutero: “tengo que usar el nombre de Dios con respeto, santa y dignamente, que no debo acudir a él para juramentos, imprecaciones ni engaños” [6]. El que se mencione a Dios en un discurso político, sea del color que sea, no es prueba de apego y fidelidad a la Biblia, y en ella, a la herencia legada por el cristianismo histórico. 

* Licenciado en Historia con Mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública. 

[1] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Nueva Versión Internacional.

[2] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 15. 

[3] Manfred Svensson. Reforma protestante y tradición intelectual cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 149.

[4] Gordon Fee y Douglas Stuart. Lectura eficaz de la Biblia. Miami, Editorial Vida, 2007, p. 31.

[5] Louis Berkhof. Principios de interpretación bíblica. Jenison, Editorial TELL, 1992, p. 53. La acentuación está en el original, aunque en cursiva.  

[6] Martín Lutero. El Magnificat, seguido de Método sencillo de oración. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 125. La cita corresponde al “Método sencillo de oración”. 

¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica?

Quisiera comenzar mis palabras mostrando mis colores: soy cristiano protestante de tradición presbiteriana. Creo que la Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, autoritativa e inerrante. Mi definición doctrinal se encuentra contenida en la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, la que suscribo como oficial de mi iglesia. Eso me lleva a declarar cuatro premisas que me parecen relevantes a la hora de hablar de esta temática:

· La primera, es que mi esperanza está en Jesucristo. Mi esperanza que no defrauda está sustentada en lo que Él hizo por su pueblo en la cruz del calvario, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que Él nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. Dicho de otro modo, mi esperanza no está puesta en un cambio social, sea quien sea que lo construya, no importando su tinte político. Es el Reino de Cristo el que trae justicia, paz y alegría, y será el mismo Señor resucitado quien consumará la historia. Mi esperanza, malamente podría estar en la “alegría que viene”, en un “crecimiento con igualdad”, en los “tiempos mejores” o en una nueva Constitución Política de la República. Todo constructo humano es falible y se queda corto al lado de la esperanza escatológica. 

· En segundo lugar, que creo en los principios que la Biblia enseña para la acción política y social. Y en esto, me parece relevante ocupar el concepto de principios. La Biblia no presenta un programa político definido, sino principios para la vida, los que pueden ser aplicados de maneras distintas, y así ha sido a lo largo de la historia. Un buen ejemplo es la Confesión de Fe de Westminster. Hasta su reforma de los capítulos 20.4, 23.3 y 31.2, que limitan la acción del magistrado civil en la esfera eclesial, realizada por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en 1788, los márgenes de separación entre la iglesia y el estado parecían diluidos. Y eso, es de toda lógica en un régimen cuyo sistema de gobierno era monárquico, pero no lo era en un estado nación que se había emancipado de dicho régimen. Los principios políticos y sociales de los redactores originales de la Confesión de Fe de Westminster y de sus reformadores eran los mismos, mientras que su aplicación práctica en el plano político fue disímil. 

· Tercero, y como fruto de lo anterior, nosotros podemos seguir siendo cristianos evangélicos que creemos todo aquello que consagra el Credo Apostólico (que es la síntesis doctrinal más unificadora a nuestro alcance), teniendo ideas respecto de la acción política distintas, mientras ellas no abracen constructos ideológicos completos de quienes en la base de su teoría nieguen lo que dice la Escritura. Y esa situación no se encuentra presente sólo en el marxismo cultural o en el progresismo (concepto polisémico, por lo demás), sino también las posiciones de derecha que se sustentan en el catolicismo romano, en el nacionalismo o en el liberalismo que fue uno de los primeros frutos del humanismo secularizado y racionalista. Entonces, el ejercicio crítico de las ideologías, antes de atacar al resto, debiese ser el de la autoevaluación en actitud de oración, bajo una pregunta sencilla, pero profunda si se responde con sinceridad: ¿mi pensamiento y acción en la política se sustenta en lo que enseña la Escritura o no?

· Y cuarto, no tenemos en Chile una Iglesia Evangélica. Y, puede ser aburrido repetirlo vez tras vez, sobre todo luego de que estén a la mano los libros de Vergara, Lalive, Muñoz, Lagos, Pereira, entre otros, que se han esforzado en hacer análisis históricos o sociológicos de ese “pueblo polifónico”. Pero, así está la situación, y hay que repetirlo una vez más: los evangélicos no tenemos una comunidad homogénea, por ende, carecemos de representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país, por lo tanto, nadie se puede arrogar la representatividad del pueblo evangélico porque eso, en singular, no existe. Por tanto, ningún cristiano evangélico del país -sobre todo si es pastor, líder o maestro- debe promocionar una determinada opción política como representativa de los valores y principios del pueblo de Dios, porque no existe en Chile un partido o movimiento que aglutine aquello. Con mayor razón, no puede llamar a votar por una opción determinada, diciendo que es la única que se condice con lo evangélico, porque eso sería una violación de la libertad de conciencia, además de un ejercicio de cooptación clerical. Por ende, siempre que hablemos de acciones políticas en el espacio público, debemos hacerlo a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás.

Por lo dicho con antelación, creo que es sumamente legítimo que haya cristianos evangélicos que hagan una opción por el rechazo a una nueva Constitución, y que existamos otros cristianos evangélicos que optemos por el apruebo a una nueva Constitución. Sería inconsistente con lo que he declarado con antelación negar dicha posibilidad, quitándole inteligibilidad al relato del otro o, en el peor de los casos, llegar a satanizar la opción contrapuesta. Huelga decir que se esperaría la misma actitud de amistad cívica de quienes desde las filas de la fe cristiana asumen una opción contrapuesta a la que presentaré. 

¿Por qué opto por el “apruebo” a una nueva Constitución? Responderé desde dos puntos focales: uno histórico y otro desde una lectura teológico-política. 

1. La consideración histórica.

Creo que para un evangélico no puede ser baladí que nuestra carta fundamental actual haya sido producida en una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de estado para sostener y consolidar su proyecto histórico. En 1980 se llevó a cabo un plebiscito sin registros electorales, con estado de emergencia, con acceso casi nulo a la oposición al régimen de facto para acceder a espacios de comunicación de sus ideas, sumado al hecho, que la opción “Sí” constituía un límite claro al régimen de Pinochet, pues el Art. 25 consagraba que la primera magistratura de la nación tendría una duración de ocho años, en cambio la opción “No” aceraba aquello que para el historiador Mario Góngora era el máximo error de Pinochet, a saber, “su voluntad desmesurada de durar” [1]. En otras palabras, las reglas del juego para la actividad en la polis fueron construidas a imagen y semejanza de una dictadura militar, que más allá de su derrota político-electoral en 1988 y 1989 y la eliminación de los “enclaves autoritarios” de las páginas de la carta fundamental en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos (en uno de los tantos actos performáticos que han sido denominados como el fin de la Transición), se mantienen vigentes sobre todo con su poder contramayoritario. Ese poder fue explicado por Jaime Guzmán de la siguiente manera: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [2]. La negación del cambio no es otra cosa que la negación de la polis, que imposibilita la mejora o el cambio de aquello que tiene origen histórico y político como si se tratara de algo dado por la naturaleza. 

Pero hay otra variable que debe ser tenida en cuenta en este punto focal histórico. Hoy estamos en un “momento constituyente” que resultó ser la salida institucional a un momento de crisis con un “reventón social” que muy pocos dentro de la clase política civil avizoraron. Con todo lo que se pueda cuestionar de los hechos acaecidos desde octubre en adelante, resulta innegable que esta era la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que se volvió sentido común en el quehacer político del país, junto con todos los abusos y corruptela moral tapada por la vana jactancia en una supuesta diferencia respecto de nuestros vecinos del barrio latinoamericano. La violencia de los saqueos que barrió no sólo con la honestidad de la población, sino con la supuesta moderación y orden de la identidad chilena, el enfrentamiento violento entre las fuerzas policiales y la “primera línea” con las tristes consecuencias consabidas por todos, sumado a una expresión pública de las marchas, asambleas y cabildos, en los que se expresó la multiplicidad de voces y proyectos, hace que valga la pena preguntarnos ¿qué nos une como país? El pasado, ese de poco más de doscientos años de vida republicana y el reciente herido por un “golpe” cuyas secuelas se siguen viviendo a 47 años no nos une. Y, al parecer, el presente tampoco. Y, para qué hablar del futuro, cuando la política analfabeta no está pensando un proyecto país a cincuenta años plazo, sino que es atacada por la coyuntura, el cortoplacismo y las reacciones de aprobación en encuestas y redes sociales. 

Por todo ello, esta es una oportunidad. Se trata de la primera vez que una Constitución en el país sería escrita y promulgada en un contexto democrático, sin una minoría amparada por el poder de fuego de los militares como en 1833, 1925 y 1980. Y por lo mismo, es que este texto constitucional debe dar cabida a todas las voces sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. Debemos desempolvar y exorcizar esa palabra llamada “consenso” si queremos tener como mira la construcción de un país. Patricio Zapata, abogado constitucionalista, usando la misma metáfora futbolera de Jaime Guzmán pero en otra sintonía dirá que “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [3]. Ni la imposición de agendas ni el miedo a lo nuevo contribuyen a la unidad en la diversidad que un país requiere para sostener la  libre actividad política en democracia. Esto es más que consistente con una alternativa cristiana por la paz activa [4]. 

2. La consideración teológico-política. 

En este punto quisiera huir, de inmediato, de una lectura caricaturesca que hace pensar que quienes sostenemos el “Apruebo” pensaríamos que el cambio constitucional sería la panacea para todos los problemas de la gente. Nada más alejado de la realidad. Una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, construyendo una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso, pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos. Y por sobre todo, puede ayudarnos en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Para quienes somos creyentes cristianos existe una clara posibilidad para reconocer que en nuestras sociedades hay maldad, injusticia, inequidad y abuso, porque tenemos nociones respecto de la bondad, justicia, equidad y bienestar. Esos conceptos son trascendentales e inmateriales y sólo adquieren historicidad cuando son llevados a la práctica. ¿De dónde tomamos esas nociones? De la declaración bíblica que nos revela a un Dios santo y justo y que norma y da sustento a nuestras vidas con su Palabra. Es por la obra de Cristo que hemos sido redimidos, lo que nos ha posicionado en una relación reconciliada con Dios, nos ha devuelto nuestra dignidad perdida y nos ha dado la capacidad de ser testigos con la palabra y los actos de amor que contribuyen al bienestar de quienes nos rodean. 

Si bien es cierto, hoy el lenguaje de derechos se ha banalizado y sirve para todo, es justo decir, que cuando distintos países del mundo se unen propugnando que los delitos de lesa humanidad ocurridos durante la segunda guerra mundial no se vuelvan a repetir, y establecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay mucha sintonía con la enseñanza bíblica que recorrió por tierra, cielo y mar desde los albores de la iglesia primitiva [5]. Los derechos humanos no son un “gol de media cancha” como dijera Marcela Aranda hace unos años atrás, porque la declaración de la dignidad humana y su protección son consistentes con el cristianismo que entiende al hombre y la mujer como seres creados a imagen y semejanza de Dios, que en tanto criaturas gozan del señorío del Todopoderoso Creador, y que en tanto personas gozan de la libertad y la capacidad de crear, pensar y vivir. A su vez, los derechos tampoco niegan los deberes. Aquí es de mucho valor la precisión conceptual propuesta por René Padilla, cuando señaló que: “a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros” [6]. El reconocimiento de la dignidad humana nos hace pensar no sólo en mi condición digna, sino en la del amplio “nosotros” de un pueblo-nación. Existe posibilidad de pensar y actuar en concordancia de un humanismo genuinamente cristiano [7]. 

Es desde esta consideración, que la nueva Constitución emergida desde un contexto democrático, debiese comenzar con una declaración de principios orientadores ad hoc que propugnen el bienestar común y la justicia social, reconociendo los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyendo a estos como el principio fundamental de dicho documento normativo. Dentro de las nuevas cosas que el texto constitucional debiese considerar, a mi juicio, están la cuestión de la plurinacionalidad y una real descentralización, la existencia de un congreso unicameral y la posibilidad de referéndums revocatorios y plebiscitos potenciando una democracia semiparticipativa. A su vez, debiese limitarse la acción de las FFAA y de orden como garantes del proceso democrático, porque de facto les coloca en una posición deliberante. Como protestante, espero que la nueva Constitución señale explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si la libertad de creer y actuar en concordancia a dicha fe en el espacio público es negada o dificultada. 

Para ello, los evangélicos no sólo debiésemos participar de los plebiscitos de entrada y de salida de la coyuntura constitucional, sino también estar en la Convención Constitucional, sea como militantes de partidos políticos o como independientes. Pero espero que dichos hermanos y hermanas (por cierto, algunos de ellos habrán optado por el “rechazo” en la primera etapa) entiendan y practiquen la idea de cobeligerancia y no de alianza, no busquen pequeñas cuotas de poder para aparecer en televisión un par de días más que para el Te Deum y el 31 de octubre, ni mucho menos acomoden sus discursos y agendas a los de otros, dejándose amoldar por el mundo actual (véase Romanos 12:2). Es de esperar que dichos hermanos y hermanas no tengan una visión acotada de la participación en política sólo para decir cosas que tienen que ver con los llamados “valores” o de alcance en el espacio privado, saliendo de la terrible ensoñación de la falta de realismo y de la política en minúscula. Es de esperar que esos hermanos y hermanas no tengan miedo a la confrontación de ideas, que opinen desde una cosmovisión bíblica y cristiana en la base, pudiendo con ello, hablar de todos los temas que se presentarán en el debate. Que desarrollarán su trabajo como convencionales con responsabilidad, excelencia y distintivo cristiano, lo que se traducirá en que más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. Y por supuesto, espero de dichos hermanos y hermanas que defiendan, amen y pujen junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Y, por cierto, que todo eso lo hagan con clara conciencia de su condición de minoría, pero de minoría valiente y no victimizada, inteligente y no atrapada por los discursos que se postulan como sentido común en izquierdas y derechas. Una minoría que tenga en cuenta lo dicho por Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa” [8]. 

Claramente, para ello, no sólo habrá que esperar, sino participar activamente, dentro y fuera de la Convención Constitucional. No bastará entonces sólo aprobar, sino estar dispuestos a ser testigos… aquellos que portamos un testimonio con la vida. 

Luis Pino Moyano.

[1] Raquel Correa. “Las lecciones de la Historia”. En: El Mercurio. Santiago, 9 de diciembre de 1984. Citado en: Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Editorial Universitaria, 2006, p. 340. 

[2] Citado en: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, p. 325. 

[3] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[4] He hablado de esto con mayor profundidad en mi artículo “Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa”. En: Estudios Evangélicos. 29 de octubre de 2019. http://estudiosevangelicos.org/ni-zelotes-ni-herodianos-por-una-alternativa-cristiana-de-paz-activa/ (Consulta: septiembre de 2020). 

[5] Un buen libro para entender esto es: Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental. Nashville, Grupo Nelson, 2011. 

[6]. René Padilla. “La Biblia y los derechos humanos”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 18. 

[7] Véase: “Manifiesto Humanista Cristiano”. En: Estudios Evangélicos. 21 de julio de 2019. http://estudiosevangelicos.org/manifiesto-humanista-cristiano/ (Consulta: septiembre de 2020). Este documento fue publicado originalmente en “Eternity Magazine”, en enero de 1982, y fue firmado por Donald Bloesch, George Brushaber, Richard Bube, Arthur Holmes, Bruce Lockerbie, J. I. Packer, Bernard Ramm y James Sire.

[8] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.