De peleas banales y la verdad.

Cuando la diputada Camila Vallejo junto con los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric ingresaron al parlamento, sacudieron el ambiente político no sólo por su juventud -“la bancada estudiantil”, le llamaban-, sino también con un autodenominado nuevo modo de hacer política. Y una evidencia de aquello fue el proyecto presentado para la rebaja de la dieta parlamentaria a un 50%. Eso fue acompañado de una serie de propuestas que iban asociadas a la reducción de gastos implementados, desde los viáticos hasta el uso de software. Esas propuestas, denotan desde el comienzo una práctica política que no desvincula los fines de los medios, con un alto influjo ético, en el que la legalidad no es la medida de todas las cosas, sino aquello que es legítimo de acuerdo a la realidad del país. Sé que nos metemos en una discusión demasiado puntillosa y profunda, que escapa a los fines de una columna de opinión, respecto a qué responder cuando preguntamos qué es legítimo y qué no lo es, pero sólo a modo de esbozo, a mi juicio tiene que ver los mínimos éticos que nos provee la Declaración Universal de los Derechos Humanos y un ejercicio democrático que vea al ciudadano no sólo como un elector, sino como un sujeto que tiene iniciativa, discurso y propuesta. 

Ahora bien, en algunas ocasiones, cuando se habla de vocación política, se señala que los parlamentarios no debiesen tener una dieta parlamentaria, sino que debiesen vivir como cada ciudadano, es decir, con el fruto de su trabajo, y que en Chile eso ocurría en el pasado. Particularmente, no creo en una de las razones que se da para sostener la necesidad de una dieta parlamentaria, esa de evitar la corrupción política por medio del pago y colusión con intereses particulares o privados, que podrían ser atractivas a los ojos de quien no recibe una remuneración por su trabajo político, toda vez, que la dieta parlamentaria podría ser el doble a lo que es hoy, y seguir siendo atractiva una propuesta dolosa, porque el que tiene algo siempre puede querer un poco más. Mi tema con la dieta parlamentaria pasa por una cuestión democratizadora, pues cuando en Chile no existía pago de una dieta parlamentaria aquello estaba hermanado al voto censitario, en el que ciudadanos hombres, que sabían leer y escribir, y que tenían un bien inmueble, podían ejercer su derecho a sufragio, lo que derivaba en un congreso conformado por una élite hacendal y mercantil. El pago de la dieta parlamentaria, abrió paso a una dedicación exclusiva a la actividad política y la apertura de esa posibilidad a actores de la clase media y de la clase obrera, lo que unido al fin del voto censitario, al reconocimiento de ese derecho a mujeres y analfabetos, junto a la cédula única de votación, fueron ejercicios que ampliaron y densificaron nuestra democracia. Por ende, creo que el pago de una dieta parlamentaria debe existir y debe permitir no sólo una vida digna, sino el libre ejercicio de la práctica parlamentaria. 

Esta discusión es tan relevante, que fue uno de los temas que emergió durante el llamado “estallido social” del “octubre chileno”, a fines de 2019, aprobándose por unanimidad la iniciativa de legislar sobre ese asunto, tanto en la Cámara como en el Senado, con lo que se pidió al Ejecutivo que indicar una reforma constitucional sobre este asunto. En los últimos días hemos visto el debate abierto, notándose el esfuerzo de algunos parlamentarios para que dicha rebaja fuese temporal y no permanente, e incluso que fuesen las mismas corporaciones las que decidieran el monto de dicha dieta. Eso quedó zanjado en el informe de la Comisión Mixta, aprobado el 7 de mayo en la Cámara de Diputados, en el que se hace permanente dicha rebaja y se da pie a que el Consejo de Alta Dirección Pública elabore los criterios técnicos para dicha rebaja. Eso debe ser aprobado ahora por el Senado, con lo que se convertiría en ley de la República. 

Esta discusión se ha visto empobrecida por la banalidad a la hora de producir argumentos, en los que ha salido a la palestra, inclusive, una discusión en la que el fallecido Eduardo Bonvallet emplaza a Giorgio Jackson respecto de esta temática. Para mi, Bonvallet era un tipo espectacular. Todavía escucho los vídeos de sus programas en YouTube, mientras realizo otras tareas. No fue un gran jugador de fútbol, pero tampoco era malo ni mediocre, pues rendía y luchaba. En lo que era genial es que sabía mucho de fútbol y leía los partidos como pocos. Pero eso no hace que todo lo que dijera fuese verdad última o idea por asumir. Porque lo que hizo “el Gurú” ese día con el joven diputado no fue otra cosa que un espectáculo, pero no necesariamente un acto comunicativo correcto y veraz. Inclusive, engrandece más la actitud de Jackson por no responder la pachotada del comentarista de fútbol de marras. Que “#Bonvallet” haya sido trending topic en Twitter durante estos días, muestra la incapacidad de escuchar o de comprender lo que se lee, toda vez que lo que los parlamentarios del Frente Amplio hicieron fue pujar por una rebaja permanente de la dieta y criterios que gozaran de autonomía para ello. 

Llama más la atención las declaraciones del diputado Garín, quien hoy no le debe cuentas a nadie, porque se trata de un independiente. Llaman la atención, porque es un sujeto que ha mostrado templanza y lucidez en ocasiones anteriores, y que estos últimos días habría hecho una “gran revelación” respecto a dónde iban los dineros que el diputado Jackson hacía de su dieta. Quien recibía ese aporte era su propio partido Revolución Democrática, lo que ha desatado ideas respecto a la aparente mentira del diputado Jackson y del alejamiento de los principios éticos que reflejaban la nueva forma de hacer política. Pero eso es una discusión pobre, falaz y banal (con tres adjetivos, como le gusta a Su Excelencia), toda vez que históricamente los partidos de izquierdas han recibido donaciones de sus parlamentarios para salvaguardar su independencia política. Eso lo hizo el PC antes del golpe y lo volvió  a realizar cuando pudieron volver al parlamento. El PS lo dejó de hacer cuando algunos de sus actores tuvieron compromisos con SQM e incluso, probablemente, algunos de sus actores hayan tenido nexos con los narcos. A la luz de los hechos, el Frente Amplio quiso seguir el modelo histórico. Cualquiera que participe de instancias colectivas sabe la diferencia en un ahorro para sí mismo y un aporte para una organización. Nadie se atrevería a decir que los aportes que mensualmente doy a la iglesia en la que soy miembro, o al bienestar de los trabajadores del colegio, son mis ahorros, porque lo son de una instancia colectiva. Claramente, en algún momento podrían beneficiarme de manera directa, pero eso por voluntad colectiva y no por mí y ante mí. El que un diputado done a su partido o una fundación del mismo no implica un ahorro personal. Aludir aquello, es o una pequeñez o una incomprensión lectora de la realidad. 

Lo que me parece relevante sobre ese asunto, es que eso fue refrendado en una entrevista a CNN en el año 2014 por Giorgio Jackson (ver entrevista aquí, desde el minuto 9:28 para lo puntual, aunque vale la pena verla completa), y por Gabriel Boric en una entrevista de 2016 en la que dice: “Yo entrego el 60% de los recursos a mi organización, Izquierda Autónoma. Y me quedo con 2 millones 700 mil pesos mensuales, lo que sigue siendo mucha plata. Y muchas veces se nos critica de por qué no lo donan a caridad. Giorgio entiendo hace lo mismo. La Camila creo que también. Porque aquí no se trata de acciones individuales para salvar la consciencia propia. Sino más bien de acciones institucionales que den cuenta de convicciones comunes en torno al valor del trabajo” (leer acá). Desde hace años no había nada escondido. Y acá el problema no es la mala memoria, sino la mala intención de falsear la realidad, o la desidia manifestada en no ir a las fuentes. ¿Quién falta a la verdad entonces?

Lo lamentable es que toda la bulla politiquera y banal, propia de la política analfabeta, dice relación que hay actores políticos que no quieren bajarse la dieta, pues la rebaja de recursos la quieren hacer por la vía de reducir la cantidad de parlamentarios, y el mecanismo para llevarlo a cabo no estaría en un congreso unicameral, sino en el retorno al sistema binominal. Que hoy quieran mantener eso en el tabú es lo deshonesto. Porque ellos no rehúyen este tema relacionado con la cuestión de la legitimidad por espacio en una columna, sino simplemente por corrección política y popularidad en un contexto difícil para la clase política civil luego de un estallido social y una situación sanitaria adversa. Esa es la discusión de fondo, que las bravatas no nos dejan ver con claridad. 

Luis Pino Moyano. 

[Comentario de libros] Hugo Vezzetti. Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2009.

Hugo Vezzetti es un psicólogo argentino. Es profesor de la Universidad de Buenos Aires, además de haber desarrollado la docencia en diferentes universidades en Argentina, Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Fue interventor y decano normalizador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires en la transición a la democracia argentina[1]. Sus obras y artículos, desde la psicología, con la fuerte influencia de Freud, han sido parte del debate en torno a la memoria reciente de Argentina. De hecho, Sobre la violencia revolucionaria, tiene dos ejes temáticos: la memoria de la violencia y el sujeto revolucionario sesentista. Son esos dos ejes los que serán tenidos en cuenta en este análisis.

Para Vezzetti, la comunidad política debe tener la capacidad de juzgar los crímenes que fue incapaz de evitar y de reparar retrospectivamente a las víctimas que no pudo proteger. En ese sentido, el hecho de que la verdad y la justicia se hayan realizado a partir de la figura de la víctima no ha ayudado al proceso. Aquí Vezzetti toma a Enzo Traverso, para señalar que después de Auschwitz se instauró un nuevo régimen de memoria, el cual está centrado en crímenes (no en batallas y victorias), en testigos (no en combatientes) y en víctimas (no en héroes). Es así que los crímenes de la guerrilla se debían olvidar para mantener el consenso en la figura trágica del desaparecido, puesto que la justicia basada en los derechos humanos protege a los más débiles. Vezzetti dirá que eso desencadenó que la cultura revolucionaria fue desplazada por la militancia por los derechos humanos. Por qué no se sigue la petición de Hebe de Bonafini, quien señalaba que los fusiles debían ser exhibidos en el Museo de la Memoria, es una de las preguntas que hace el autor.

Eso se traduce en la necesidad de hacer un ejercicio de constatación histórica. Vezzetti dirá que la violencia no comienza con el ejercicio de los militares si no con la puesta en tensión del Estado de Derecho. Montoneros y ERP son responsables de dicha debacle. Es cierto que las Fuerzas Armadas toman el poder y ejercen mayores atrocidades porque tienen un mayor poder de fuego, pero eso es resultado del derrumbe moral que no permite vislumbrar los límites. La lógica de la renovación, ha relevado la fragilidad de la identidad, y luego, la manipulación del pasado e ideologización. La pulsión memoriosa de las víctimas, ha olvidado la guerra total, en tanto destrucción y aniquilación del enemigo; y al guerrillero, como combatiente total y consagrado a su causa. Es así que en el otro eje temático, Vezzetti, al dar cuenta de elementos constitutivos de la subjetividad del militante sesentista, mencionará la constitución de un hombre nuevo, que supone una edificación moral que prevalece por sobre la formación política. Dicha configuración reporta una transformación, un acto de renuncia. Una conversión radical, en el sentido religioso de la expresión. De hecho, eso lleva a constituir a la muerte como una dimensión sacra, puesto que sin ella no hay heroicidad revolucionaria. Vezzetti dirá que “sólo en el mito la muerte es una decisión elegida”. La certeza de la muerte no elimina la certeza inexorable del triunfo revolucionario. Lo alimenta. Le da una fuerza mística. El político pasa a ser profeta y su mensaje, de ser un programa, a un constructo escatológico.

Por ello, la opción de Vezzetti será el levantamiento de una memoria justa, que sirva como fudamento ético-político, que devele un horizonte de deberes y trabajos. Se debe actuar sobre el pasado llevando a cabo la edificación de una moral. Por eso, el lema es ni deber de olvido ni memoria impuesta, celebrada y sacralizada. Para el autor la reconciliación no puede estar asociada a la amnesia. Aquí el ejemplo de Chile es clave. Cita a Bachelet, siendo presidenta electa, quien planteó que “Nunca habrá conciliación, pero con ellos hay que convivir, forman parte de Chile”. La memoria del pasado reciente debe coadyuvar a la paz social.

La lectura de Vezzetti reportó para mi investigación sobre la relación cristianismo-marxismo en el Chile de la década de los sesenta y setenta una utilidad tremenda, porque me permitió relevar la fuerza de la dimensión de la muerte en la idea revolucionaria. Ese “tanatos revolucionario” antecede la configuración de un martirologio[2]. Además, Vezzetti, traza eso como un mito, asociándolo al discurso cristiano. Ahora bien, más allá de esa utilidad, mi lectura es bastante crítica, puesto que su concepción de mito, arrastra una serie de ripios del positivismo y del naturalismo. De ahí su asociación con la religiosidad. Pero varios de esos elementos que el autor llama míticos, pueden ser reconocidos dentro de los marcos de la politicidad. Por ejemplo, el combate amigo-enemigo, es parte de la configuración de la subjetividad, en tanto la ipseidad se forma en relación a la otredad. Y es que la memoria al ser un ejercicio hecho desde el presente no puede escapar al mito. No hay ex nihilo. Aunque, no está demás decir, que debemos tener cuidado con la categoría de la víctima. Se debe tener en cuenta que una persona recibió sobre sus cuerpos toda la furia del terrorismo de Estado, cuestión insoslayable a la hora de hacer análisis históricos del pasado reciente. Pero, siempre hay que rescatar la dimensión política, pues dichos sujetos que murieron fueron torturados o hechos desaparecer, no estaban vacíos de sentido, errantes por el mundo, sino que eran militantes políticos, con todo lo que eso implica. Buscaban la concreción de un proyecto. Eso, más que una “memoria justa” al estilo de Vezzetti, nos hace reconocer y relevar con mayor fuerza la dimensión política de la memoria.

Luis Pino Moyano.

 

f710044bf79a4b1f5d8b085e5e5d9711_L3
Hugo Vezzetti.

 


 

[1] Datos tomados de http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaAutor.php?idAutor=1034  (Consulta: junio de 2012).

[2] Véase: Luis Pino. “De dogmas, hombres nuevos, muerte y martirologio. La relación subterránea marxismo-cristianismo en Chile, 1960-1970”. En: Revista iZQUIERDAS. Número 11, diciembre de 2011. http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2011/12/De-dogmas-hombres-nuevos-muerte-y-martirologio.3.pdf (Consulta: abril de 2020).

Sobre las vacaciones adelantadas, el retorno presencial y la tozudez.

Vivimos en un país en el que, lamentablemente, nuestras autoridades civiles no han dado el ancho en contextos de crisis. Hemos visto el retraso a la hora de actuar para paliar las necesidades en situaciones contingentes y en la generación de planes de acción para el futuro cercano. Una muestra gráfica de aquello está en el primer anuncio de suspensión de clases, el domingo 15 de marzo de 2020, que fue antecedido una hora antes por la declaración del comité de expertos convocado por el Ministerio de Salud en el que se señaló lo innecesario de suspender actividades presenciales, como por ejemplo, las clases de los colegios. Fue la presión de los alcaldes, del Colegio Médico y otros actores de la sociedad civil que conllevó esta medida. Eso no es otra cosa que improvisación. No necesariamente somos reos de nuestras propias palabras, porque tenemos derecho a cambiar de opinión. El gobierno también tiene ese derecho, sobre todo cuando está ante opiniones fundadas. Pero cuando sucede en menos de una hora, es simple señal de improvisación. No está de más decir, que esta medida se tomó un día antes del inicio de una nueva semana escolar. 

El miércoles 25 de marzo, el MINEDUC extendió la medida, para las dos primeras semanas del mes de abril, para que luego, las dos siguientes semanas, del 13 al 24 de abril, fueran de vacaciones. Vacaciones de invierno adelantadas. Claramente, esta medida tiene un aspecto loable: manifiesta coherencia con el discurso de la educación de calidad, toda vez que suspender lo presencial implica volver a planificar con una propuesta ad hoc de educación virtual. Es siempre bueno tener planes B, pero trabajar con ellos todo el tiempo no es lo óptimo. Tener claridad de los tiempos, facilita la planificación. Además, hay una segunda cuestión valorable: el ánimo de no perder el año escolar. Dicho lo anterior, creo que no se tuvo un criterio fundamentalmente pedagógico a la hora de tomar la decisión de adelantar las vacaciones de invierno, puesto que a esta altura, ya estaríamos con planes y prácticas adecuadas a la realidad de la educación a distancia, y dos semanas, implicarán la pérdida de ritmo, sobre todo si las condiciones a fines de abril y principios de mayo no implicarán necesariamente un retorno presencial. Pensar ese retorno de manera taxativa es innecesario, puesto que lo mejor en casos como estos es generar una revisión periódica de lo presupuestado. 

Ayer 9 de abril, Raúl Figueroa, ministro de Educación, declaró: “Las clases presenciales son muy difíciles de reemplazar; se han hecho importantes esfuerzos, nosotros los hemos promovido y los agradecemos respecto de toda la comunidad escolar, para seguir adelante procesos de educación a distancia, pero estamos también convencidos que, sobre todo en el mundo escolar, la clase presencial es muy importante, y por lo tanto debemos tomar todas aquellas medidas que nos permitan recuperar la mayor cantidad de horas posibles en el sistema escolar”. Si bien es cierto, la misma autoridad gubernamental ha relativizado la posibilidad del retorno presencial el 27 de abril, actúa de hecho apelando a la necesidad de volver según dicho mecanismo. 

Soy consciente, como profesor, que lo que se da en el aula de manera presencial es irremplazable. Y que, además, nosotros hemos sido formados para el desarrollo de una actividad presencial y no para el ejercicio profesional virtual, lo que ha conllevado el desafío de modificar nociones, el ingreso al uso de plataformas y dotar el sistema de una mayor flexibilidad. Pero es irresponsable y falto de criterio pedagógico pensar que la educación tiene que ver fundamentalmente con lo presencial o con horas de clases recuperadas o perdidas. Es irresponsable, porque, en primer lugar, no puede haber educación de calidad si las condiciones de salubridad, de transporte y de vida están limitadas por una situación nacional totalmente distinta. ¿Cómo se puede pedir ir al colegio si quienes son estudiantes y trabajan en la educación pueden contagiarse en la micro o en el metro? ¿Cómo puede pensarse en la educación presencial de calidad si en casa las condiciones de alimentación cambiaron debido al despido de padres, madres y apoderados de sus fuentes laborales en medio de esta situación? Y, nuevamente, vemos la ausencia de criterio pedagógico cuando la actividad educativa se entiende como la entrega de contenidos y de horas realizadas. La educación tiene que ver con eso, pero por sobre todo con la capacidad de pensar y reflexionar la realidad de lo que ocurre dentro y fuera del aula, con el desarrollo de habilidades, con lo afectivo y emocional, con el buen vivir. Todo eso queda fuera de una noción economicista y academicista que no dota de centralidad al estudiantado a la hora de educar-nos. Yo extraño a mis estudiantes, extraño el encuentro y la magia del aula. Pero prefiero no encontrarme presencialmente con ellos/as si eso implica riesgo para su bienestar. 

Además, el ministro señala que se “se han hecho importantes esfuerzos”. ¿Cuáles son? ¿Podríamos nombrarlos? ¿Habilitar una plataforma virtual del Mineduc con recursos pedagógicos? ¿Liberar los PDFs de los textos escolares? ¿Seguir pagando la subvención a los colegios -como corresponde, porque seguimos trabajando, ahora más con lo difuso que se vuelve el teletrabajo? ¿Qué más? Los otros esfuerzos han sido de establecimientos, profesionales de la educación, estudiantes, padres, madres y apoderados/as. Y no basta con su promoción y agradecimiento. Es la hora de generar políticas educacionales de verdad, con compromisos económicos mayores de parte del estado:

  • Uso de toda la mañana del canal público -Televisión Nacional de Chile-, para la transmisión de contenido educativo, con clases de todas las asignaturas y con cierta transversalidad en los niveles. Si hay algo que ha evidenciado esta crisis, es la segregación social del país. Sí, una vez más. Porque la modernidad no ha llegado a todos los lugares del país (lo que debiese inhabilitarnos por un rato en la discusión sobre la posmodernidad u otros tipos de modernidad líquida, radicalizada, etc. Así, se puede llegar con mayor facilidad a los sectores donde una conexión a internet es impensada, lo que puede ser acompañado con carpetas con guías impresas (disponibles en el colegio y entregadas guardando los protocolos de salud), llamadas telefónicas para hacer explicaciones breves, entre otras.
  • Realización de capacitaciones pedagógicas para el uso de plataformas educativas a distancia y subvención para el acceso de parte de las/os profesionales de educación a herramientas para llevar a cabo ese trabajo: computadores, acceso a internet de mayor potencia, cámaras, micrófonos, etc.
  • El estado debiese convocar la solidaridad de la empresa privada, buscando liberar accesos WiFi en distintas zonas del país, donando computadoras a estudiantes, a las editoriales regalando libros físicos o haciendo disponibles ediciones digitales, etc. 

Hoy, más que pensar las políticas gubernamentales en la lógica economicista y de campaña publicitaria, se hace necesario pensar la realidad de manera multifocal y atendiendo a las “necesidades reales de la gente”, como les gusta decir a los políticos profesionales de distinta bandería. Porque si hay algo que es deber del estado es cuidar y promover el bien común. Y el resguardo de las condiciones dignas para los/as estudiantes de Chile claramente está allí. 

Las vacaciones ahora son un hecho. Que el retorno presencial se dé cuando las condiciones lo permitan. Si eso es mayo, junio o julio, ¿qué importa? Lo importante, es que se dé cuando la población no tenga riesgo a enfermarse. Mientras, se deben hacer esfuerzos por fortalecer la dinámica virtual con medidas tendientes a ello, y no sólo con la espera de la iniciativa privada o particular de quienes somos profesionales de la educación. Fines y medios van de la mano. ¿O no?

Luis Pino Moyano. 

Mariano, descansa… tus obras siguen.

Ayer, a la edad de 88 años, murió Mariano Puga Concha, presbítero de la Iglesia Católica Romana en Chile, sacerdote diocesano, pero en una expresión más significativa, el cura obrero en la Villa Francia y la población La Legua, desarrollando labores como “maestro pintor”. ¿Pero qué hizo que un joven nacido en una familia aristocrática chilena, un “Puga Concha”, hiciera de la defensa, cuidado y reivindicación de los pobres de la tierra y de los represaliados por un régimen que no dudó en emplear con voracidad el terrorismo de estado, su propia causa? Él no dudaba en responder que una conversión. Fue el evangelio de Jesucristo el que lo “chaló”, forma coloquial para referir a la “bendita locura” de la que hablaba Pablo, el apóstol a los gentiles. Fueron las páginas del evangelio las que enmarcaron la ruta que tomó y su agenda como un obrero de la iglesia que le llamó. Páginas que revelan que el proyecto histórico de Dios consistía en un anuncio de las buenas nuevas que traen salud a todo el ser, y que, por lo tanto, dicho relato debe hacerse carne en el amor que trabaja en pos de los hambrientos, desnudos, enfermos y presos, mirando en ellos a Cristo mismo, en la esperanza de un Dios que hace y hará justicia, como cantaba María de Nazaret en el Magnificat. 

En los tiempos de una secularización radicalizada, que avanza con mayor fuerza, Mariano Puga, en su palabra y acción, es un mensaje a la conciencia de quienes somos cristianos y no. Eso hace que un evangélico de toda la vida se detenga a escribir en esta hora sobre un sacerdote católico. Porque estos tiempos, son también los de la visibilización de la corruptela moral y económica enraizada en el abuso de poder. Mientras sacerdotes engominados y con pulcras ropas clericales son acusados de pedofilia, y mientras muchos pastores hacen gala de un dinero que se entregó para “la obra” y no para su enriquecimiento, el testimonio ético de Mariano es una voz férrea, en el que podemos decir que sigue siendo posible un cristianismo de a de veras, más allá de las circunstancias adversas que nos tocan. Mariano Puga es un referente en un mundo en el que cada vez más carecemos de ellos. Como dijera el papa Celestino I: “Si debemos distinguirnos del pueblo o de los demás, sea por la doctrina y no por la vestimenta”. “Por sus frutos los conoceréis”, enseñó el Maestro de Galilea. 

¿En qué sentido Mariano Puga fue un referente para los cristianos? Me permito relevar los siguientes antecedentes: 

a. Sin lugar a dudas, lo primero que se debe relevar acá es su vida común con los pobres de la ciudad. Dicho acto, no fue el abajismo de la misericordia de fin de semana, sino la consistencia de la vida permanente. La salida de Mariano desde su lugar de origen fue un acto de empatía. Su vida posterior no lo fue. No necesita empatizar aquél que vive las mismas circunstancias, aquél que camina codo a codo en medio de los rigores de la vida, aquél que radicaliza su voto de pobreza ganándose el pan con el sudor de su frente. Mariano era parte de ese “pueblo que camina, / y juntos caminando podremos alcanzar / otra ciudad que no se acaba, / sin penas ni tristezas, / ciudad de eternidad”.

b. La primera vez que vi a Mariano Puga fue en una imagen televisiva, con su alba ensangrentada, luego de agarrarse a puñetes con unos sujetos que se infiltraron para provocar desórdenes en la liturgia del Parque O’Higgins con ocasión de la visita de Juan Pablo II. Mariano Puga no sólo caminó con los pobres de la ciudad, sino también con aquellos que sufrieron los rigores de “la larga noche de la dictadura”. Y allí tampoco tuvo que empatizar, pues él mismo fue torturado en la Villa Grimaldi. Entonces, sus actos de protesta contra el régimen, en los “vía crucis” en los que iba a la vanguardia con su alba y estola, no como disfraz litúrgico, sino como un escudo de quienes marchaban tras de él con pancartas con citas de la Biblia y de las conferencias episcopales de Medellín y Puebla; sumados a las acciones de no-violencia activa, como los ayunos (huelgas de hambre) y las manifestaciones en que los rezos del Padrenuestro eran la protección contra los lumazos o la bota militar, todo eso, era parte del entendimiento de su ministerio en una comunidad eclesial que asumía como propio el signo del martirio, no sólo entendido como la muerte por una causa, sino como el acto de portar un testimonio hasta el fin de la vida. Mariano nos enseñó con su testimonio que la iglesia no puede hacerse parte de la cultura de los poderosos de la tierra, no puede hacerse parte de aquellos que matan, torturan y desaparecen a quienes son enemigos históricos o circunstanciales. Nos enseñó que hay que alzar la voz todas las veces que sea necesario en defensa de la justicia que es base para la paz. 

c. Otra cosa que hay que referenciar del testimonio de Mariano fue su entendimiento de la comunidad. El protagonismo del laicado en la comunidad, para el integrismo católico romano, es sinónimo de escándalo. Dicho protagonismo estaba dado por el entendimiento de lo que un pastor cristiano debía ser: alguien con quien se conversa la fe mirándole a los ojos, donde hay liderazgo servicial. Eso se refleja en quienes hablan más en la liturgia, toman y beben los elementos de la eucaristía. Pero, por sobre todo quiero destacar tres cosas. Las dos primeras las tomo del documental “En nombre de Dios”, de Patricio Guzmán y la segunda, de una nota de prensa. a) Para Mariano la liturgia no sólo tenía que ser de cara al pueblo y en lenguaje vernáculo, sino que tenía que ser una liturgia histórica y no alienante, y que por lo tanto debe producir miedo, miedo de salir de la comodidad del status quo de la cultura imperante, miedo de celebrar la vida en un contexto donde la muerte es la tónica, todo eso hace énfasis del carácter contracultural del mensaje cristiano; b) la celebración del matrimonio desacramentalizado, donde la voz de los/as laicos/as, sobre todo quienes son casados se alzan para aconsejar y alentar a quienes han decidido dar ese paso, donde la celebración festiva se trae a la liturgia y donde el sacerdote lo que hace es impetrar la bendición sobre los cónyuges; y c) la importancia dada a la Biblia, más allá del lugar común que tenemos los evangélicos de los católicos, pues Mariano era alguien que insistía en que los miembros de la comunidad llevaran su Biblia a la misa. Para Mariano el leer la Biblia era fundamental. En el contexto de los 500 años de la Reforma, luego de reconocer el mérito de Lutero por llevar la Biblia al pueblo, señaló: “Cuando los pobres lean la Biblia a los curas se les acabará el autoritarismo, porque toda la autoridad que los curas usamos depende de la ideología que hay en el catolicismo: el curita está cerca de Dios y dice lo que Dios quiere”. Todo los símbolos mencionados acá tienen su fundamento en un entendimiento del poder y cómo éste debe ser ejercido en la comunidad, sin abusos, sin silenciamientos, sustentados en la Escritura. 

d. Lo último que quiero destacar del testimonio de Mariano fue su entendimiento del perdón. Causó mucho escándalo en un sector político y social del país, el que nada más y nada menos Mariano Puga haya ido a visitar para rezar con los presos de Punta Peuco, quienes están allí pagando sus condenas por delitos de lesa humanidad. Lo que hizo Mariano allí no tuvo que ver con transar respecto de la justicia, sino unirla cristianamente a la práctica del amor. El amor cristiano quita el poder a quienes abusan de él, exhorta al hacer un llamado al arrepentimiento, abraza y restaura a la hora de perdonar. Los violadores a los derechos humanos requieren justicia, no venganza, sobre todo de quienes siguen los pasos de Jesús que nos llamó a amar a nuestros enemigos, a bendecirles y a no maldecir. 

No puedo dejar de cerrar estas palabras a la memoria de Mariano, sin relevar una última cosa y sin despedirme. 

Mariano Puga, a días del estallido social escribió una conmovedora y potente carta, en la que en una de sus partes dijo: “¿Qué está pasando con los líderes nuestros?¿dónde están? ¿dónde está el arte? (…) ¿Quién se hace voz de las esperanzas de la calle, qué cresta pasa con los artistas de lo nuevo? Cántennos, grítennos, enséñennos a soñar, sin ustedes no somos capaces, sin los otros y otras de este mundo, no somos capaces.  ¡El despertar no tiene que morir nunca más! hasta que volvamos a ser seres humanos ‘yo te voy a sacar de sus sepulcros, pueblo mío, y te voy a llevar a la tierra’ (…) recordemos la memoria subversiva de Jesús de Nazaret y no olvidemos que lo que le llevo a ser rechazado fueron sus gestos de amor y ternura, de opción radical entre y para los pobres de la tierra, el anuncio de la buena nueva, del Evangelio, pagado con su propia vida”. Las preguntas y la esperanza siguen en pie, más allá de nuestros yerros. 

Y sí. Llegó la hora de despedirse. De decirte chao Mariano. Espero que cuando nos veamos, nos tomemos un mate, conversemos de aquello que nos ha chalado en la vida, y cantemos mientras tocas tu acordeón. Como dirá la gente que masivamente irá a despedirte: “Mariano, amigo, el pueblo está contigo”. Gracias, por haber estado con nosotros. 

Luis Pino Moyano,

Puente Alto, 14 de marzo de 2020. 

¿Hay una revolución en Chile?

No deja de ser interesante que voces a favor y en contra de las demandas levantadas o visibilizadas en las las calles, en el contexto del estallido social, hablen de una revolución en marcha en Chile. Unos, para ensalzar su utopía de un Chile nuevo que nacerá después de las llamas; otros, relevando sus miedos a que existan cambios en el país, un país que ha sido exitoso en tal o cual indicador internacional, cosa que no tendría que ser dilapidada. Pero, ¿estamos en un contexto revolucionario en Chile? A mi juicio, pienso que hay, a lo menos, tres razones para decir que no:

a. Lo que tenemos es el ensalzamiento de la ritualidad festiva. Y como diría uno de mis profesores en la Universidad, “las revoluciones se miden después del día de la jarana”. Ha sido increíble la masividad de varias de las movilizaciones, algunas con más de un millón de personas sólo en Santiago, en la hoy denominada “Plaza de la Dignidad”. Allí se han encontrado personas de distintos acervos e ideas políticas, sectores sociales, niveles educativos e, inclusive, equipos de fútbol. Colores, música, gritos de consignas, performances, disrupción y violencia como repertorio de lucha. ¿Qué es eso sino expresión erótica politizada, donde la pulsión individual se expresa en diversas experiencias de éxtasis? Es el paso de “la alegría” al goce. Pero, si se me permite parafrasear a Tomás Moulian cuando refiere a la experiencia de la Unidad Popular, la fiesta no tiene la fuerza de limitar el drama. Las fiestas se acaban cuando hay fracaso o derrota, o la conjunción de ambas. ¿Los distintos movimientos que expresan sus ideas y sentimientos en las calles tendrán idea respecto a qué hacer en caso de una derrota plausible? O, aún más, ¿tendrán idea de lo que vendría después del triunfo posible?

b. Lo que tenemos es el protagonismo del panfleto que se convierte en sentido común. Esto demuestra, en forma periférica, que mucho del discurso crítico respecto del marxismo cultural emanado de cierta derecha liberal, no es más que un muñeco de paja, porque si sólo ocupáramos una lógica gramsciana, debiésemos señalar que el sentido común produce conformismo, entonces, no puede llamarse pensamiento crítico a una idea o conjunto de ellas que no puede pasar por el cedazo de la sospecha cuestionadora. Resulta interesante que mucho de lo que se autodenomina pensamiento crítico hoy no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, de “derecha” o funcional a las clases dominantes. Eso hace que mucho del discurso “progresista” sea simplemente un nuevo conservadurismo, en el que hay mucho miedo. Decir algo contra lo políticamente correcto, desde un cuestionamiento epistemológico hasta el acto de reírnos de nosotros mismos, en un momento en que el espíritu de funa pende en el aire, limita la acción y fortalece el autoritarismo de la voz más fuerte y más radical, que no necesariamente es aquella que se condice con la realidad actual y con la que se anhela construir. Un movimiento social que apela a la configuración de cambios estructurales no puede perder de vista la transversalidad incluyente, so pena de seguir produciendo un constructo propio de una modernidad radicalizada, donde el sujeto autónomo es cada vez más individuo. Si hay más “yo” que “nosotros”, la lógica de consumo mercantil se mantiene incólume, incluso, en las relaciones humanas. 

c. Lo que tenemos es la sacralización de la violencia. Dos cosas por decir: a) existe una diferencia entre agresividad y violencia (una más instintiva y otra que desarrolla una racionalidad), y entre violencia reactiva y violencia estructural; y b) existe un uso legítimo de la violencia, específicamente en dos asuntos: en aquella que ha sido delegada a los institutos armados, para que monopolizándola, la usen discrecionalmente en la defensa y la conservación del estado de derecho (lo que claramente se dilapida cuando se ocupa en forma abusiva, violando los derechos de la población, ya sea a personas inocentes o a quienes se les pueda imputar un delito); como también en la autodefensa del pueblo frente a un tirano y sus esbirros, es decir, en un contexto en el que no existe estado de derecho. A la luz de aquello, y considerando las acciones en el espacio público desde el 18 de octubre, podemos ver que existe más agresividad que violencia, una profusión mayor de la violencia reactiva, junto con altas dosis de espontaneidad. Quemar y destruir todo no es sinónimo de revolución, porque la revolución no es sólo violencia, sino, por sobre todo, transformación. Y para que exista transformación debe haber proyecto. Y yo pregunto, ¿dónde está el proyecto de cambio? La sacralización de la violencia, que pasa del uso como repertorio de acción colectiva a la configuración litúrgica de la misma, no mide las consecuencias. Y no hablo acá de la acción policial, hablo de si dicha violencia suma o resta a la causa que se dice defender. Además, el uso de la violencia como método de acción en unos, hace que también aparezca en otros, desde el sujeto que dispara en una manifestación en Reñaca, hasta aquellas organizaciones neofascistas que marchan por las calles -hasta ahora sólo del Barrio Alto-, premunidos de bastones retráctiles y gritando cuestiones aberrantes para nuestra conciencia histórica, como eso de ir a buscar “los huesitos al estadio nacional”.

Aquí en Chile no hay revolución… lo que hay es incertidumbre. ¿Cómo terminará todo esto? No sé. Pero lo que no quiero, es que termine en un conflicto fratricida, con uso de la violencia armada, donde nuevamente los/as perdedores sean los mismos de siempre, la mayoría de la población. Y eso, no conduce a la parálisis de quienes pensamos en la necesidad de un Chile distinto, de quienes anhelamos cambios para nuestra sociedad en el entendimiento que la paz tiene como base la justicia. Por el contrario, debemos esforzarnos por caminar como protagonistas en el cambio constitucional que siente las bases para el ejercicio renovado de la política, y aquello, por primera vez en democracia en nuestros más de 200 años de vida republicana. ¿Estamos conscientes de la fuerza del cambio que tenemos en un horizonte muy cercano?

Luis Pino Moyano.

PSU, ideas encontradas y un intento de construir certezas.

Hubo un tiempo en que se era políticamente incorrecto en relación al establishment. En el tiempo actual se puede ser políticamente incorrecto en relación a múltiples sujetos, colectivos sociales, instituciones y más. Y en el actual contexto de crisis social que vive el país, sobre todo en la comodidad y velocidad que brindan las redes sociales, todas las voces te hacen ver la incorrección. El espíritu de funa, el discurso panfletario, el infantilismo revolucionario, el servilismo lacayuno, el conservadurismo recalcitrante, grita, vocifera, llena el espacio de palabrería, pero no piensa ni problematiza ni reflexiona ni, mucho menos, proyecta. Todo eso, me ha hecho dejar pasar los días para expresar mi opinión respecto de lo sucedido con la PSU. 

Hasta el momento, había guardado silencio por tener pensamientos encontrados sobre lo acontecido. Y, ahora, que me lanzo a escribir, sigo teniendo esas ideas encontradas, enmarañadas y contradictorias, tratando de converger en una voz. Sí, tengo ideas encontradas y no pretendo con este post cerrar una discusión, sino que mi única intención es dialogar con otros, pensando la realidad, abriendo reflexiones para el presente y el mañana. 

Ordenaré mis ideas como si fuesen un hilo de tweets (aunque no prometo 280 caracteres por punto), que es lo más parecido a las tesis que abrían discusiones en las disputatios de las universidades medievales. 

  • No soy partidario de la Prueba de Selección Universitaria ni de pruebas estandarizadas que midan los aprendizajes, conocimientos o las habilidades de los estudiantes. Cada estudiante, como individuo, tiene formas de estudiar, aprender y razonar, junto con mejores formas de expresar ideas. Para qué hablar de intereses académicos propios, para quienes una asignatura implica la lumbrera máxima para la vida (en mi caso, la historia) y la otra, el lado oscuro de la fuerza (en mi caso, las matemáticas). 
  • Una prueba con alternativas no implica, necesaria o solamente, aprendizaje o capacidad reflexiva, sino memorización o un entrenamiento que permite cumplimentar un instrumento de evaluación (que es lo que entrena el mercado de preuniversitarios). Como profesor, pese a que se facilita la revisión cuando se hacen pruebas con alternativas, prefiero las pruebas de desarrollo, que dan un espacio a la reflexión o, a lo menos, la posibilidad de tener más que 0 puntos, si no se logra saber a cabalidad la respuesta correcta. Además, desarrollo mi labor desde la pedagogía crítica, por lo que siempre prefiero evaluar un proceso más que un evento, en el que a veces el nerviosismo o una mala situación momentánea, pueden jugar malas pasadas. 
  • La Prueba de Selección Universitaria no es la vida ni los preuniversitarios un deber. Esa lógica del exitismo estudiantil ha conllevado un peso innecesario para miles de estudiantes del país. Dos días son sobrepasados con creces por el encuentro con el conocimiento, con “la belleza del pensar”, con el leer profusamente, con el aprender más allá de “los doce juegos”, antes y después de los lunes y martes en los que se rinde la prueba que hoy permite acceder a la universidad. 
  • Existen distintos mecanismos para el ingreso a la universidad, algunos que son susceptibles de combinación: las pruebas de conocimientos específicos y vocacionales por carrera, las entrevistas con directores de carrera, los propedéuticos y los bachilleratos que se desarrollan en algunas universidades. Eso, sumado a los antecedentes de trayectoria estudiantil, sobre todo en la enseñanza media. Para qué hablar del anhelo de la existencia de escuelas vocacionales en el país, que potencien las habilidades específicas de estudiantes y les preparen para un área de desarrollo disciplinar y laboral, con base y fomento de la educación permanente. Todo eso es mucho más integral que sólo desarrollar una prueba. 
  • La Prueba de Selección Universitaria, al igual que el SIMCE, son elocuentes radiografías de la desigualdad y la segregación que existe en el país. Es la constatación de la cancha dispareja en la que “la contienda es desigual”. ¿De qué meritocracia puede hablarse cuando en una misma evaluación compiten por el acceso a la universidad, por un lado, un joven que con suerte desayuna té y un pan tostado con margarina, cuyos padre y madre terminaron a duras penas la enseñanza media y se sacan la mugre de sol a sol por llevar un sueldo que no alcanza para cubrir todos los gastos y que empuja al endeudamiento, con otro joven que desayuna todos los días leche, cereales y fruta, cuyos padre y madre tienen estudios universitarios, manejan más de un idioma, viajan al extranjero, acceden a consumos culturales, y tienen un trabajo en un horario plausible para la vida familiar y con un sueldo que les permite vivir sin sobresaltos hasta, a lo menos, fin de mes? Y para que no queden dudas, esto no es resentimiento, es constatación de la realidad. Los puntajes de la PSU en 2018 permiten relevar que el 77% de los puntajes nacionales fueron hombres, que de los 50 colegios con mejores resultados, 48 son particulares pagados y dos municipales y que las cinco comunas con el promedio de mejores puntajes se ubican en la zona oriente de la Región Metropolitana. Aquí no hay meritocracia que valga (claramente hay excepciones a la regla, pero el tema es sobrevivir a la universidad, y luego al mundo laboral con redes que recién se comienzan a construir), sino posibilidades que te tocan o no. Hace años, que la educación dejó de ser un factor de ascenso social. El ascenso social hoy está asegurado por el poder de consumo. He ahí la perversión de un sistema que en apariencia incluye, pero que en la práctica conserva la segregación. 
  • Desde el año 2006, el de la revolución pingüina, que los estudiantes secundarios tenían en la mira a la PSU. En dicha ocasión, lo que buscaban era la gratuidad del proceso de evaluación, consiguiéndose sólo becas para algunos casos. Para las movilizaciones iniciadas en 2011, tanto la ACES como la CONES, coincidían en la eliminación de la PSU como sistema de evaluación que permite, o no, el acceso a la universidad. Este dato es clave, pues, a lo menos, hace ocho años que los estudiantes secundarios en sus principales orgánicas han manifestado su posición de rechazo a la PSU. Ocho años en que la Clase Política Civil ha tenido una respuesta insuficiente ante dicha demanda. Digo insuficiente, porque aunque se habla que existirá una nueva evaluación para acceder a la universidad, que considerará competencias y habilidades más que conocimientos específicos, no hay claridad de su implementación para 2021 ni sobre cómo será a cabalidad. 
  • La interrupción de la PSU a comienzos de enero de 2020, no puede dejar de ser entendida como una acción ligada al reventón social emergido en octubre del año pasado. La rabia expresada en la toma de colegios, el bloqueo de accesos, las barricadas en torno a establecimientos educacionales, la destrucción o la apropiación de los facsímiles, son expresión del malestar ante el ninguneo de los oídos sordos a la demanda de años, y de la incertidumbre frente a lo que se viene para adelante, no sólo en el plano académico, sino también en el existencial. ¿Es violencia? Sí, toda vez, que no hay respuesta agresiva instintiva, sino organización racional, fines que se persiguen y hasta un discurso performativo. ¿Es violencia reactiva o proyectiva? Si bien es cierto, se persiguen fines, estos son coyunturales, a corto plazo, sin la fuerza de realización de un cambio profundo. Y, en tanto, expresión de malestar, es más bien una respuesta a una violencia de carácter estructural, a la de una sociedad clasista, segregadora, racista-pigmentocrática, con una democracia de baja intensidad. El Chile de la alegría, el crecimiento con igualdad y los tiempos mejores que no llegaron. 
  • No obstante lo dicho con antelación, cualquier acción política, incluya la violencia o no, debe hacerse cargo de la conflictividad que se da sobre todo en la esfera del discurso. Es decir, que un fin debe estar unido éticamente a unos medios, y que los medios deben evaluarse en su alcance, consecuencias y lecturas, y no sólo en su aplicación. Es decir, quienes interrumpieron el desarrollo de la PSU deben hacerse cargo, no sólo de lo que piensan proyectar en su acción, sino de las consecuencias no tenidas en cuenta y de los daños colaterales, los fallos que no se previeron e, inclusive, de las lecturas que puedan darse a una acción. Todo eso es propio de una racionalidad política que pone coto al voluntarismo revolucionario que no sopesa los criterios de realidad. Y no es adultocentrismo lo que estoy haciendo acá, sino la legítima crítica de una acción voluntarista, que no sólo atentó contra un sistema de evaluación, sino contra sus propios pares que fueron a dar la prueba. El que una evaluación no sea considerada como consustancial a la vida, no significa que voy a perjudicar a quien estima importante darla. La interrupción violenta de la PSU, no sólo conllevó su suspensión en algunos casos, sino la intranquilidad de quienes la dieron. Y la tranquilidad es un factor importante para el logro anhelado. Sin sumar las consecuencias que esto podría traer más adelante a las universidades. Yo pregunto, con toda honestidad y desde mi desconocimiento, ¿hasta qué punto la decisión de la interrupción de la PSU fue el resultado de una resolución emanada de una asamblea participativa, amplia, es decir, con legitimidad originaria, o fue, por el contrario, la decisión de una vanguardia que entiende la radicalidad como lo políticamente correcto? ¿Quién se hace responsable de esta acción? ¿Un “todos” que es sinónimo de “nadie”?
  • Dicho lo anterior, debo decir que nuevamente, el gobierno parece vivir antes del 18 de octubre de 2019, como si nada hubiese pasado, sin ningún aprendizaje. No tiene un plan preventivo que asegure la ejecución tranquila y segura de la PSU, sino que omite su responsabilidad de cuidar dichos aspectos, pensando que el reventón social pasó, en el engaño similar al de una taza de leche que parece fría, pero que al ser bebida, quema. El gobierno no entiende que el movimiento social tiene un repliegue que coincide con el fin de año y sus fiestas de alto sentido familiar, junto con el período de vacaciones, pero que a todas luces reaparecerá en marzo, y que la interrupción de la PSU es una señal de su latencia. El gobierno actúa careciendo de sentido de realidad y de proporcionalidad, al querellarse contra dirigentes estudiantiles por la Ley de Seguridad Interior del estado y suspendiéndoles del proceso de selección universitaria, violando con ello el derecho de propiedad, pues pagaron por participar de la evaluación (en términos comerciales, pagaron por un servicio), y violando el derecho a la educación, pues el estado tiene tanto la obligación de sancionar como la de generar condiciones para la reparación por parte de los educandos (ni “Aula segura” se anima a tanto). Esto es apagar el fuego con bencina, no sólo por cómo pueden responder los afectados, sino por sus  consecuencias posibles, tales como demandas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, lo que podría implicar sanciones para nuestro estado nacional. Se quiere parecer duro e inflexible ante los medios, sin medir que la victoria puede ser epidérmica, momentánea y aparente. Las respuestas represivas son impotentes a la hora de construir paz social. 
  • Mención aparte merece la suspensión de la PSU de Historia y Ciencias Sociales, que a todas luces es una nueva señal del escaso interés que la Clase Política Civil da a estas disciplinas del saber humano. ¿Por qué esa parcialidad que suspende un tipo de conocimiento y fortalece otros? ¿Qué hace más importante a las ciencias de la naturaleza por sobre las ciencias sociales? Y, si bien es cierto, se consideró como un modo de colaboración la aplicación del mejor puntaje, sea este de otras pruebas o del NEM, en el vacío que deja la prueba suspendida, ¿se habrá considerado, también, que para varios estudiantes el mejor puntaje iba a ser el de la prueba de historia y ciencias sociales? Habrá, entonces, beneficiarios y perjudicados por secretaría. Si hubiese sido la prueba de matemáticas la que se suspendiera, ¿se habría aplicado el mismo mecanismo reparatorio de la homologación de puntajes? Las ciencias sociales, las artes y la educación física son tratadas como disciplinas de segunda categoría al lado de aprendizajes que pueden ser funcionales a un sistema, yendo en detrimento de profesionales de la educación de dichas áreas, de estudiantes cuyos intereses académicos propenden a esas asignaturas; pero además, no entendiendo que desde el lenguaje vernáculo y extranjero, desde las matemáticas y las ciencias de la naturaleza, también se pueden construir críticas profundas al estado de cosas. 

¿Qué irá a pasar el lunes 27 y el martes 28 de enero, fechas estipuladas para la repetición de pruebas? ¿Habrá una nueva interrupción o se tomarán los recaudos necesarios para la realización de la PSU? ¿La tónica la marcará la participación o el ausentismo? La verdad, es que no sé. No sabemos. Lo que sí sabemos es que la discusión sobre la realidad, como el anhelo de construir un mejor lugar para vivir en sociedad, tienen las puertas abiertas de par en par. Y que la discusión respecto a la forma de acceder a la universidad es un tema relevante a ser tenido en cuenta. 

Luis Pino Moyano. 

Renovación Nacional y el retorno a la ideología.

Este martes 7 de enero, ocho de nueve senadores de Renovación Nacional, hicieron explícita su posición de rechazo a una nueva Constitución. Los firmantes de la declaración son: Andrés Allamand,  Carmen Gloria Aravena, Juan Castro, Francisco Chahuán C, Rodrigo Galilea,. José García, Rafael Prohens y Kenneth Pugh. No firmó el senador Manuel José Ossandón. 

En mi opinión, este acto de explicitación ideológica tiene tres puntos focales que no pueden dejarse de lado a la hora de leer este acto político:

a. El primero es que la participación de dicho partido en el acuerdo por la nueva Constitución, y la aprobación en el congreso que abre el camino a un plebiscito de entrada, fue hecho desde el pragmatismo más puro: si esto logra calmar a la población en sus expresiones de malestar, participan, pareciendo abiertos a escuchar lo que la calle demanda. Es construir desde la incertidumbre y el temor respecto del futuro. Pero, como la normalización no llega, y las aguas aparecen más aquietadas (salvo el episodio contra la PSU), la opinión ideológica real se vuelve a poner en la palestra, lo que olvida que el momento constituyente fue abierto por el mismísimo presidente de la república el día domingo 10 de noviembre de 2019, y que el cauce para ello ha sido la institucionalidad vigente, en el marco de la Constitución actual. 

b. Claramente es la explicitación de rechazo a la posición enarbolada por el timonel de RN, Mario Desbordes, que a mi juicio, ha sido el político profesional que mejor ha leído la crisis del Chile actual, mostrando sintonía, trabajando por la articulación de consensos, comunicando sus ideas con claridad e incluso emotividad por diversos medios, lo que ha llevado a que, incluso, aparezca como opción presidencial, por sobre los eternos candidatos Allamand y Chahuán. A su vez, Desbordes no sólo desde octubre de 2019, sino desde antes, venía planteado una crítica significativa al quehacer del gobierno y la coalición que lo ejerce. Es el acuso de recibo del sector más tradicionalista del partido de la estrella tricolor. 

c. De manera muy inteligente articulan una crítica que dificulta el movimiento del gobierno. Esto cuando señalan que: “el clima de violencia, inseguridad y poco respeto por las personas e instituciones del país, se ha mantenido en muchos lugares”, toda vez que el principal responsable de asegurar la paz social, seguridad y respeto de la institucionalidad es el mismo gobierno. Y si el gobierno no las garantiza, la incapacidad no es del gobierno anterior, sino del actual. Es una jugada maestra, porque les acerca a la UDI e, inclusive, a Kast, y por lo tanto al electorado de derecha, junto con poner presión a la acción del gobierno respecto del proceso de una nueva Constitución. 

Es así que el sector tradicional de RN deja de lado el realismo político, para volver al fundamento ideológico. Como diría Ossandón: “No es que yo esté a favor o en contra de la Constitución, estoy hablando de una cosa que se llama realismo político ¿cómo vamos a enfrentar este cambio? O me van a decir que en el fondo nosotros somos capaces de decir que el 18 de octubre, cuando la gente reclamó por sus frustraciones, por la falta de justicia, por las pensiones miserables, por la falta de servicios básicos, por los remedios, ¿estaban reclamando por un tema político? O ¿esa es una posición de izquierda? No, eso no es una posición de izquierda ni de derecha”. La eterna pugna entre teoría y realidad, hace nuevamente su aparición, ahora en esta disputa en la cancha de la coalición de gobierno. 

Sin saber todos los coletazos que esto traerá de manera particular a sujetos, partidos y conglomerados, e incluso al devenir político del país, podemos tener claro que el retorno a la ideología y la ausencia de realismo político aporta con una nueva palada a la recolección de escombros de un Chile que cada vez más parece un edificio desalojado por las élites políticas. Y aquí sí que cabe la metáfora del desalojo, hoy aplicada de manera implícita, pero no menos real, al gobierno propio. 

Luis Pino Moyano.

¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.