40 horas para vivir bien.

Más allá de toda la discusión suscitada por el proyecto de reducción de 45 a 40 horas laborales, que en el congreso ha dado una muestra patente de la política analfabeta exacerbada por el elemento mediático (cuñas para los noticieros o verborragia twittera de 280 caracteres y poca densidad), debe destacarse la necesidad de afrontar una decisión política en torno a esta problemática que afrontamos en Chile. Ocupamos, dentro de los países de la OCDE (que es con los países con los que nos gusta compararnos), el quinto lugar dentro de las mayores jornadas laborales. Eso ya constituye un dato de la causa. Si a eso le sumamos los tiempos de desplazamiento, ¿cuánto pasamos los/as trabajadores/as del país en sus hogares? ¿Cuánto tiempo libre para la actividad que deseemos realizar, sea con la familia, amigos/as o en soledad, tenemos? La cerrazón e inflexibilidad de ciertos dogmas ideológicos no permite que miremos la política económica de un país a escala humana. Los seres humanos tenemos la capacidad de trabajar, no sólo somos “homo sapiens” sino también “homo laborans”… pensamos y hacemos. Pero a su vez, el trabajo no lo es todo, por lo tanto debemos pujar para que no se constituya en aquello que da sentido e identidad para la vida en una lógica de consumo que consume, si se me permite parafrasear a Moulian. 

Las cifras económicas son sumamente relevantes. Y resulta irrisorio que quienes cuestionaron toda la vida el economicismo de la ortodoxia marxista durante la guerra fría, tengan a la disciplina económica como la fuente que basa sus decisiones a modo del lugar del cual emana la verdad. Una disciplina económica que dejó de lado, en muchas de las facultades universitarias que la imparten, el carácter de ciencia social que ésta tuvo. Ese alejamiento de lo social conlleva a que sólo tengamos en cuenta el factor de la productividad sin pensar en el vivir bien, no entendiendo que trabajadores/as que viven bien pueden producir más. A su vez, cuando se señala que a pesar de la cantidad de horas que trabajamos no se condice con nuestra productividad, endosándonos a los/as trabajadores/as la responsabilidad en dicho factor, produce una cortina de humo frente a la realidad: los/as trabajadores/as no tenemos ninguna responsabilidad en la decisión de cuánto y cómo producimos, pues la decisión la tiene quien toma el sartén por el mango, es decir, quien funge como empleador. Los/as trabajadores/as producimos aquello que la empresa busca o puede producir. 

Como a la gente le gusta en esto la casuística, y sin referir a jugadores que no pueden terminar un torneo porque excederían su tiempo de trabajo, referiré a un ejemplo testimonial. Antes de ingresar a la universidad y mientras hacía mis primeros estudios de teología, trabajé en una empresa avícola como operario de máquinas en el proceso de faenación. Mi contrato de trabajo señalaba con toda claridad que mi empleador podía solicitarme y/o mandatarme la realización de horas extras para finalizar la producción de dicho día, cosa que ocurría todos los días de la semana, salvo los lunes y miércoles en el que convenimos mi salida “a la hora” para irme a mi jornada de clases. Jamás la línea de producción de pollos, gallinas y patos se detuvo a las 5:15 de la tarde, sino hasta que la última ave faenada llegaba a su destino, haya sido el local comercial o la refrigeración para su envío a distintos lugares de la región. Por otra parte, en los meses de enero y febrero la producción descendía tanto, que a veces la producción del día era finalizada dos horas antes, y teníamos que quedarnos en nuestro lugar de trabajo, sin hacer absolutamente nada, hasta que se cumpliera el horario de salida, pues si no se hacía de esa manera se aplicaría un descuento. 

Cité dicho ejemplo para relevar con toda la claridad y honestidad posible que los/as trabajadores chilenos/as no somos flojos/as ni tampoco decidimos respecto de la producción. Nuestro aporte está en la fuerza de trabajo, en el conocimiento y la técnica que podemos desplegar en la labor y en la mejora del desarrollo (aporte a la empresa) y condiciones (sindicalización y derechos laborales) de la misma; mientras que la decisión del empresariado está en la capacidad de emprender, invertir, competir y, todo eso genera el cómo y cuánto se produce. Y si hay un factor de larga duración en el empresariado chileno, salvo honrosas excepciones, es su mixtura de lógicas tradicionales y modernas, pues a pesar que la Reforma Agraria eliminó el latifundio, no se eliminó un modo de ser, ese del paternalismo del “palo y bizcocho” clientelista y de escasa innovación tecnológica. La élite chilena, sobre todo aquella que ha abrazado ideologías de derechas, ha sido incapaz de producir verdadero capitalismo en Chile, y la tendencia a la monopolización, a la colusión, y el rechazo de cualquier mejora en el plano de los derechos laborales a lo largo de nuestra historia es sumamente decidora. 

A su vez, en muchas ocasiones, a base de la caricaturización y del miedo infundado se ha impedido o ralentizado el avance de mejoras laborales. La descalificación de este proyecto porque emergió de parlamentarias comunistas, particularmente Camila Vallejo, quien ha mostrado en el peor momento de la oposición una capacidad de liderazgo y articulación de transversalidad que es, precisamente, aquello de lo que ha carecido lo que queda de la Nueva Mayoría, o la entrega de cifras que ya han sido cuestionadas desde estudios serios: esa idea que la aprobación de las 40 horas laborales produciría la eliminación de 300.000 empleos (Véase el estudio del Observatorio de Políticas Económicas, haciendo clic aquí). El “Más lento” del papelito que circuló ayer en algunas manos parlamentarias es una muestra clara que mayor cantidad de horas no implica mayor productividad, y es de dudosa reputación analítica que quienes defiendan a ultranza la flexibilidad laboral mantengan dicha presuposición. El pago de horas extra y la conservación de los contratos especiales (que por definición exceden las 40 horas), que se incluyó al proyecto original por la vía de la proposición y el debate, dan garantías que los sueldos tampoco se reducirían. Y de hecho, ojalá aumentaran pues los precios suben a un ritmo en que los salarios no. 

El vivir bien está asociado al trabajo y al descanso. Con nuestros trabajos producimos bienestar para quienes comparten la misma tierra. Con el descanso podemos recuperar fuerzas, producir alegría, y tener tiempo para la reflexión. Ocio no es lo que nos vende el mall o algún lugar de entretención, eso es momento de diversión o mero consumo de objetos que producen placer temporal. El ocio es tiempo para la contemplación. Y como protestante estoy claramente dispuesto a discutir el tema de la gran cantidad de días feriados que tenemos en el país, muchos de ellos provenientes del santoral católico, siempre y cuando el descanso dominical sea obligatorio (evidentemente, considerando la mantención de los servicios de salud, de seguridad y estratégicos del país). Pues es fácil aludir a la ética protestante del trabajo para hablar contra los días feriados sin defender el descanso dominical en su faceta social.

Enhorabuena, esta reducción de las horas de trabajo avancen. La salud, que incluye cuerpo, mente, emociones, voluntad y espiritualidad, lo requiere. Es de justicia pensar en el bolsillo y en el tiempo de quienes somos más. 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Véanse, también, otros post del blog sobre temáticas cercanas:

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Cristianismo y los funestos hijos del capital.

 

Anuncios

El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos.

Hemos sido testigos en estos últimos años en América Latina de un despertar de la teología calvinista y de las convicciones respecto de ella. Dicho despertar ha sido influido por pastores y teólogos, principalmente estadounidenses, que han propiciado un retorno al evangelio de Jesucristo, lo que tiene un aterrizaje a la comprensión doctrinal, a la vida eclesial y al desarrollo de trabajo en el mundo [1]. De dicho aterrizaje práctico, nuestra región ha vivenciado mayormente el primero, sobre todo en aquello que se denomina “las doctrinas de la gracia”, que es otra forma de llamar a “los cinco puntos del calvinismo” emanados de los Cánones de Dort  que responden a la lectura arminiana [2]. Dicha lectura se ha masificado por medio de libros, artículos y predicaciones expositivas (YouTube ha cumplido un papel prioritario en ello). Tal vez, a modo de efecto no deseado (huelga decirlo), por dicho énfasis “tulipiano”, existe una tendencia en la región, tanto en nuevos adherentes como en quienes rechazan estas verdades, a pensar que el calvinismo se expresa fundamentalmente en cinco puntos. Algunos han nominado a esta corriente como “Nuevo Calvinismo”. 

Pero dicho “Nuevo Calvinismo” no es lo mismo que el “Neocalvinismo”, aunque sus nombres, si sólo se hace caso al factor etimológico, signifiquen lo mismo, y aunque algunos de los exponentes del primero sean tributarios del segundo. El concepto “neocalvinista” surgió de manera peyorativa para referir a los pensadores de una corriente reformacional, entre los que podríamos nombrar a Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, D.H.T. Vollenhoven, entre otros. La idea del concepto es plantear que estos autores no seguían fielmente a Calvino y a sus herederos inmediatos. Pero, los reformacionales, no vacilaron en apropiarse del concepto y resemantizarlo para que señalara una interpretación y, a la vez, ampliación de la teología de Juan Calvino [3]. Henry Van Til señala que: “El que las opiniones de Kuyper hayan sido llamadas Neo-Calvinismo, a pesar de su propia afirmación de fidelidad al maestro, se debe al hecho de que Kuyper no era un copista servil sino que trabajaba basándose en el espíritu de Calvino. […] Si Kuyper añadió algo a Calvino, fue con el entendimiento de que estaba haciendo patente lo que había estado latente, o exponiendo explícitamente lo que ya estaba implicado” [4]. Y en esa ampliación profundizadora el neocalvinismo nos mostró que la teología del reformador francés y sus herederos tenía el potencial, no sólo de carácter soteriológico o en el campo de la dogmática, sino como cosmovisión que dota de sentido a la vida. Este pensamiento, entonces, nos acerca a la realidad toda que se vive y trabaja en el escenario del “teatro de la gloria de Dios”. 

Si hay algo que propuso el neocalvinismo con suma claridad y fuerza fue su entendimiento del ser humano tanto como criatura y como persona, lo que implica una contracultural unidad entre dos elementos que nos parecen contradictorios, la dependencia y la libertad. Hoekema lo expresa de la siguiente manera: “Ser criatura significa que no puedo mover un dedo ni puedo pronunciar una palabra aparte de Dios; ser persona significa que cuando mis dedos se mueven, soy yo quien los mueve, y que cuando mis labios pronuncian palabras, soy yo quien las pronuncia. Ser criaturas significa que Dios es el alfarero y nosotros la arcilla (Ro. 9:21); ser personas significa que nosotros somos quienes damos forma a nuestras vidas con nuestras propias decisiones (Gá. 6:7-8)” [5]. Lo que no lo hace contradictorio es que la libertad sólo se vive de manera real y concreta en Dios, Aquél que nos creó y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. “Deo servire, vera libertas”, diría Agustín de Hipona. “El servir a Dios es verdadera libertad”. Asentarse sobre la soberanía de Dios nos hace conscientes y firmes frente a las tiranías en el mundo [6], ejercicios abusivos de poder de quienes anhelan seguir la tentación de nuestros primeros padres, a saber, hacerse iguales a Dios, toda vez que la autonomía de Dios nos conduce a la esclavitud del dios más sanguinario y terrible: uno mismo. Cristo nos libera hoy de la tiranía egocéntrica y autodestructiva, y ciertamente nos liberará de todo aquello cuando consume su Reino. 

Esta comprensión del ser humano tiene múltiples implicancias, pero me referiré sólo a aquella que tiene que ver con lo político y social. El neocalvinismo se erigió en respuesta tanto a los ideales de la Revolución Francesa como al pensamiento liberal en sus múltiples vertientes (política, filosófica, económica, teológica). En dicho sentido, el neocalvinismo no puede ser subsumido ni por planteamientos políticos de derechas ni de izquierdas, ni mucho menos, usado como excusa para tapar otras premisas ideológicas, a no ser que se tenga una vocación para el suicidio intelectual (“un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir”, dijo Jesús). Y no puede ni lo uno ni lo otro, no porque sea ilegítimo que un cristiano asuma tal o cual posición, sino porque el pensamiento reformacional, consciente de la justicia de Dios expresada en la Escritura, es de por sí un camino alternativo [7], “propio” como dirían los democristianos chilenos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo XX. 

Quien mejor expresa este carácter, a mi juicio, es Francis Schaeffer cuando señala que: “A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [8]. El que los creyentes cristianos hablemos de moral sexual no nos hace gente de derecha, “fachos”, reaccionarios, intolerantes frente a la diversidad ni mucho menos sujetos que invalidamos derechos humanos de las personas; como el hablar de la justicia social no nos hace promotores o personas cooptadas por el “marxismo cultural” [sic], propio de una agenda secularizada. Si la Biblia habla de ambas cosas diremos ambas, sin ambages, con amor y verdad de la mano. Lo que nos hace relevantes como iglesia de Jesucristo esparcida en el mundo no es nuestro abrazo a las ideologías contemporáneas, siendo colonizados por ellas (aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales), sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin eso, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [9]. Dios nos libre de hacerle ese daño al testimonio de Jesucristo por parecer personas que estamos al día en la sociedad. 

Es la lealtad al evangelio de Jesucristo la que nos hace ver al ser humano como “imagen de Dios”, sea cual sea su condición social, política y religiosa. Un ser humano que ha sido dotado por el Espíritu Santo, sea creyente o no, de dones por medio de la gracia común con la que Dios sostiene al mundo. En dicha tarea, los creyentes tenemos un rol importante puesto que el reconocimiento del Dios soberano nos conduce a creer que la justicia es obra suya. Por eso, cada vez que la Biblia habla de la misericordia la refiere como un acto de justicia. Porque es Es el Señor quien “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Y se complace de usar nuestras manos para ello, con la finalidad no sólo de producir bienestar humano, sino adoración espiritual, ayuno verdadero.

Por otra parte, el neocalvinismo no sólo nos advierte de los ejercicios abusivos de poder del estado, sino de aquellos que provienen también del mercado. El Estado debe ser mirado en su justa medida: como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal. Y el mercado debe actuar en justicia, permitiendo el desarrollo de la inventiva, facilitando el emprendimiento, basando en la ética el desarrollo de su tarea económica y la adquisición de la propiedad y eliminando el monopolio y el acaparamiento [10]. 

Para el pensamiento reformacional, en tanto tesis transformacionista, que cree que la realidad puede ser modificada, tiene en cuenta la necesidad de trabajar para un mundo que produzca bienestar, armonía, paz, justicia. Timothy Keller plantea que la acción política y social de creyentes puede llevarse a cabo de múltiples maneras. Dice: “Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [11]. 

Y esto, no es innovación, sino parte de la propuesta original de la corriente reformacional. En las resoluciones finales del Congreso Social Cristiano, realizado por el Partido Antirrevolucionario holandés, que tuvo como fundador a Abraham Kuyper, se señalaba: “está totalmente de acuerdo con las Escrituras: no sólo preparar a la gente para su destino eterno, sino también hacer posible que cumplan su llamado terrenal; en la arena política defender la institución del Sabbath junto con la semana de trabajo, de modo de mantener la unidad y distinción de nuestro doble llamado; guiar todas las relaciones de nuestra vida en un nuevo sentido y devolverlas a su forma original por la misma cruz de Cristo que proclama nuestra reconciliación con Dios. Esto tiene especial relevancia para la arena social donde [deberíamos buscar] prevenir la pobreza y la miseria, especialmente la pauperización; oponerse a la acumulación de capital y propiedad de la tierra; asegurar, tanto como sea posible, un ‘salario vital’ para cada persona” [12]. 

A su vez, en el discurso inaugural del congreso referido, Kuyper propuso que: “Para que exista tema social para usted, sólo es necesario una cosa, que reconozca la inaceptabilidad no como algo que se debe a razones circunstanciales, sino como algo que se debe a un error en el fundamento mismo de nuestra sociedad. Para quien lo reconoce y piensa que el mal se conjura por promover un sentido más piadoso, por un trato más amable o una ofrenda de amor más generosa, puede existir un tema religioso y hasta un tema filantrópico, pero no habrá para él un tema social. Sólo existe cuando articulas una crítica arquitectónica sobre la sociedad humana misma, y consideras, por consiguiente, que una estructura distinta del edificio social resulta a la vez deseable y posible” [13]. ¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

Schaeffer, de manera muy sabia, planteó: “Hemos de librar las batallas de Dios con las armas de Dios, por medio de la fe: sentados en la silla de la fe. Sólo entonces desempeñaremos una parte importante en la batalla real. Si luchamos las guerras de Dios simplemente tratando de duplicar los métodos que el mundo emplea, entonces nos pareceremos a los niños pequeños que juegan a la esgrima con espadas de madera y soñando que están en la batalla con sus hermanos mayores. El Señor no concederá nunca su poder a quienes actúan con fe inconsecuente, dado que esta actuación no acarrea la gloria de Dios” [14]. ¿Contra qué estamos protestando y luchando hoy? ¿Es verdaderamente contra la cultura imperante o estamos dando “coces contra el aguijón”? ¿Qué gloria estamos buscando, la de Dios o la nuestra? Dios nos libre de la construcción de reinos humanos, sobre todo humanos, que perecerán como la flor de la hierba. 

No usurpemos aquello de lo cual Cristo ha dicho “¡Mío!” [15].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Para un acercamiento a esta lectura teológica articulada en The Gospel Coalition, véase: D. A. Carson y Timothy Keller (editores). La centralidad del Evangelio. Recuperando lo esencial de la fe. Miami, Editorial Patmos, 2014. 

[2] Esto se hace evidente en: Juan Sánchez et al. Gracia sobre gracia. La nueva reforma en el mundo hispano. Medellín, Poiema Publicaciones, 2015.

[3] Manfred Svensson explica bien esta idea de interpretación y ampliación de la teología calvinista por parte de Kuyper en: “Calvinismo clásico, neocalvinismo y los argumentos religiosos en la vida pública”. En: http://estudiosevangelicos.org/calvinismo-clasico-neocalvinismo-y-los-argumentos-religiosos-en-la-vida-publica/ (Consulta: agosto de 2019). 

[4] Henry Van Til. El concepto calvinista de la cultura. San José, Editorial CLIR, 2015, p. 174. 

[5] Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 20.

[6] Véase respecto de este asunto: Henry Meeter. Calvinismo, sociedad y el Reino de Dios. San José, Editorial CLIR, 2016, pp. 161-172. 

[7] Para un análisis sobre los usos políticos del neocalvinismo por sujetos de izquierdas y derechas véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 197, 198, 207-210. 

[8] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

[9] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

[10] Véase sobre este asunto: André Biéler. O pensamento econômico e social de Calvino. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Herman Dooyeweerd. Estado e soberania: ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Ediçoes Vida Nova, 2014. 

[11] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46. 

[12] Herman Bavinck. “Principios bíblicos generales y la relevancia de la concreta ley mosaica para la cuestión social hoy (1891)”. En: http://estudiosevangelicos.org/principios-biblicos-generales-y-la-relevancia-de-la-concreta-ley-mosaica-para-la-cuestion-social-hoy-1891/ (Consulta: agosto de 2019). 

[13] Abraham Kuyper, “La cuestión social y la religión cristiana”. Discurso inaugural de Congreso Social Cristiano, Amsterdam, noviembre de 1891. Citado en: Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012, pp. 210, 211. 

[14] Francis Schaeffer. Muerte en la ciudad. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 158. 

[15] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 de octubre de 1880)”. En: http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: agosto de 2019). 

Sí ministra Cubillos, el paro es político.

Me cuesta entender que la ministra de educación, Marcela Cubillos, no comprenda, o no quiera comprender, la naturaleza política de la educación. Sobre todo, cuando ella ha convertido ha convertido al MINEDUC en una cartera de destrucción masiva. Nunca antes, en mis diez años como profesor, había recibido tanto correo spam de un ministro. ¿Y cuáles son los temas de dichas misivas? “Aula segura” y “admisión justa”. Todos temas eminentemente políticos y no técnicos ni sectoriales. 

Claramente, quienes nos desempeñamos en la esfera de la educación queremos aulas seguras, pero ese tipo de sala o establecimiento educacional no lo mejora una nueva ley, porque ninguna ley tiene el poder para cambiar la conducta de las personas, sino otros esfuerzos que tienden a la mejora de la calidad de vida de las personas. Además de eso, si los colegios añaden indicaciones en sus protocolos de convivencia que pueden señalar causales de expulsión de estudiantes, sumado a que en el país ya existe una ley de control de armas, es innecesario aumentar el cuerpo legal. Y, por otro lado, la “admisión justa” en el país de Penta, SQM y Caval claramente es aquella que elimina la selección. Si hay algo que es consecuencia evidente del sistema neoliberal es que dificulta las posibilidades del ejercicio meritocrático, toda vez, que la educación no asegura en ningún término el ascenso social ni el desarrollo de labores a las que se estudió. La idea de nuestros familiares que nos motivaban a tener “un cartón” para construir un mejor futuro quedó olvidada en el baúl de los recuerdos del país de la colusión. 

El mejor ejemplo de lo último son los colegios emblemáticos. ¿Puede ser emblemático un colegio que sólo tiene agua fría en sus camarines, no tiene las resmas de papel suficientes para imprimir pruebas y cuya infraestructura tiene daños permanentes en el tiempo y sin arreglo? Los emblemáticos y las emblemáticas son los estudiantes, pues son ellos quienes desarrollan conocimientos y habilidades, y tienen el anhelo de estudiar. A cualquier docente se le facilita el trabajo con estudiantes que tienen una predisposición a estudiar. Las instituciones no son “faro de luz” por sí mismas si no cuentan con personas que sostengan esa posibilidad. Ergo, equiparar las condiciones de estudio produciendo inclusión y no mayor segregación, junto con entender que existen distintos tipos de conocimientos y formas de aprehender la realidad, posibilitarían el reconocimiento del mérito, que es imposible de medir con calculadoras, y sobre todo cuando las condiciones reales y concretas de estudiantes son tan disímiles. 

Entonces, una ministra que ha recorrido el país y ha bombardeado con sus discursos y misivas eminentemente políticas, tenga el desparpajo de manifestar en la escena pública que ella no logra ver posibilidades de diálogo cuando los actores tienen reclamaciones políticas, es de suyo una incoherencia discursiva y práctica. Porque la educación es un acto político. Lo es desde que se entiende la necesidad de la educación obligatoria en la resemantización del modelo prusiano de la mano de Valentín Letelier. Lo es, también, cuando se comprendió que “gobernar es educar”, en el emblema de Pedro Aguirre Cerda y el conjunto del radicalismo chileno. Lo es, también, cuando en el gobierno de Eduardo Frei Montalva se desarrolla la única reforma educacional chilena que ha contado con el apoyo de la UNESCO, porque entiende que los procesos cognitivos van de la mano con variables biológicas y etarias, porque desarrolló la educación desde el entendimiento de la política de promoción popular, cuyo símbolo fue el uniforme escolar que producía la idea de igualdad (hoy, cada colegio con su uniforme propio, y en la competencia de estilos y telas, simplemente es símbolo de la siutiquería). Lo fue también durante el gobierno de Allende, cuando en su vilipendiado proyecto de Escuela Nacional Unificada (por algunas justas razones), buscaba fomentar la educación permanente con un vínculo altamente social desde la matriz de la pedagogía crítica. Si la educación no fuese un hecho político no habría MINEDUC, ni Superintendencia de la Educación, ni Ley General de la Educación (que sustituyó la LOCE dictada por Pinochet poco antes de dejar el gobierno) y tampoco los contenidos mínimos obligatorios serían ley.

Por todo ello, el paro docente es eminentemente político. Porque se reclama contra el desconocimiento de la deuda histórica, de la que colegas han muerto esperando su pago; porque se protesta contra un sistema de doble evaluación de sujetos que somos profesionales y que somos evaluados todos los días en establecimientos educacionales por autoridades ad hoc (léase dirección, jefes de UTP, coordinadores de área, pares y hasta estudiantes); porque estamos aburridos que los cambios curriculares se hagan en camarillas secretas bajo la lógica decimonónica de “ciudadanos connotados”, sin considerar a quienes estamos horas en el aula, y sabemos de los tiempos reales y efectivos en ella. 

Este es un paro eminentemente político, porque es una decisión política que avanza en la larga duración, con pequeñas fisuras en nuestra historia, el que a las y los docentes no se nos considere “expertos de la educación” y sí a unos mercanchifles que viajan por el mundo para copiar y pegar modelos de otros países, sin copiar y pegar el país donde se originó el modelo y las condiciones de vida del mismo, que lo único que buscan es redituar. El ninguneo al profesorado chileno es indignante, porque no somos culpables de un sistema que nos sobrepasa y agobia, y porque estamos hartos de ser punta de lanza y chivo expiatorio de la ignorancia supina de quienes se mueven bajo lógicas electoralistas en la política analfabeta de “la copia feliz del Edén”.

Sí ministra, el paro es político porque aspiramos a una educación que viva e impacte en la sociedad, y que no pierda nunca la posibilidad de soñar un país…

Luis Pino Moyano.

Jani Dueñas, el envejecimiento y la incapacidad de escuchar.

Siendo muy honesto, lo que más esperaba del Festival de Viña eran las presentaciones de Stand Up de Felipe Avello y de Jani Dueñas. Creo que son los mejores representantes de ese género, y lo sigo sosteniendo. A pesar de lo que ocurrió hace un rato atrás. Jani Dueñas no hizo una buena elección de su rutina, por el tipo de escenario y el tipo de público. La introducción donde se presentó fue muy larga, y cuando dijo que era una voz de 31 minutos, faltó un guiño más claro a Patana, cosa que podría haberle ayudado.

Pero hay otros hechos que no deben ser soslayados:

1) A mi juicio, lo más relevante del stand up es que es una representación, no una sesión de “cuenta chistes”, por lo que lo importante es la historia global que se cuenta y no los remates al final de pequeñas historias;

2) La historia que Jani Dueñas obedecía al relato del envejecimiento y lo difícil que es ser mujer en nuestra sociedad y más aún “vieja”;

3) Una clave del stand up es que debe ser escuchado y aquí no hubo escucha, sino pifias y gritos que faltan el respeto al trabajo de una de las dos artistas chilenas que se presentan en este escenario; evidentemente, los nervios la terminaron conteniendo y haciendo poco agradable su permanencia en el escenario, con la dosis de morbo que esto genera;

4) Las comparaciones no pueden ser hechas, por ejemplo, con la presentación de anoche de Dino Gordillo y sus “chistes repetidos que causan risa igual”, sino con otras presentaciones: en mi opinión, la última rutina festivalera de Coco Legrand es un buen ejemplo de lo señalado, pues no causó la misma hilaridad de ocasiones anteriores, pero presentó un espectáculo contundente. Aquí no hubo contundencia, porque no hubo desarrollo y no hubo desarrollo porque no hubo escucha.

5) Las opciones sociales y políticas de un/a artista no deben ser una pared que nos impida escuchar. La evaluación del arte mide la correspodencia entre cosmovisión del artista y su discurso, y no sólo la lectura desde mi propia cosmovisión.

6) El tema del envejecimiento, que por lo visto hoy en el escenario de Viña no prende, es sumamente relevante de ser tenido en cuenta. Los viejos en Chile no viven la alegría que la palabra “jubilación” enuncia. Como diría mi bisabuela Francisca Rivera, “la vejez es sola, fea y hedionda”. Debemos pujar para que esa no siga siendo la realidad. Lo seguirá siendo si imponemos un tabú.

No deseo finalizar sin decir algo sobre el envejecimiento en la lógica de Facebook. Antes de que comenzara la presentación de Jani Dueñas repliqué en dicha red social una expresión de buenos deseos que había publicado en Twitter. En medio de la rutina, varias personas no sólo comentaron la rutina, desde sus diversos prismas -cosa que me parece respetable-, sino también se burlaron de lo que yo planteé. Esa vejez del corazón es tan lamentable como la representación trunca de Jani Dueñas. Y también surge de la incapacidad de escuchar o leer lo que se dice. 

Luis Pino Moyano.

Venezuela y la eliminación de lo “políticamente correcto”.

Hace varios días los acontecimientos de la Venezuela actual se han tomado los noticieros y las discusiones políticas. Desde ese plano, es sumamente lamentable que las opiniones surjan con tanta premura y nos lleven a pensar en “blanco y negro”, olvidando los matices de una amplia gama de colores que son constatables en la realidad. Sobre todo, porque la situación venezolana más que certezas hace levantar preguntas. Las certezas gruesas y concretas de los hechos sociales sólo pueden venir desde una matriz ideológica que obstaculiza nuestro acercamiento a la realidad. Y no estoy diciendo nada contra las presuposiciones, sino que éstas deben ser evaluadas constantemente, sobre todo cuando se convierten en sentido común. El sentido común, puede llegar a ser paralizante y construye conocimientos que no son susceptibles a la crítica, porque cualquier prisma, fisura o ruptura teórica es funcional a la ideología del otro. Y, aún más, desde un perfil religioso, se trata de la sacralización de la idea, la cual debe ser obedecida y seguida radicalmente, so pena que se imponga la sospecha sobre él. En las palabras del apóstol Pablo es “conformarse a este siglo” o “dejarse moldear por el mundo actual” (Romanos 12:2). 

En ese sentido, me parece pertinente escribir este post desde una mirada que introduce la fisura que rehuye el sentido común y la corrección política, en las siguientes líneas.

Uno de los elementos que más contradicciones suscita en el análisis tiene que ver con la figura y continuidad del gobierno de Hugo Chávez en la persona y gobierno de Nicolás Maduro. Evidentemente, Maduro fue el “delfín político” de Chávez, colocado y apadrinado como su sucesor, cosa que le dotó de masiva legitimidad en su país. Súmese a ello, que la élite y las bases políticas son las mismas. Y si bien, esta historia avanza, puedo decir, con suma responsabilidad, a partir de hechos consumados que Maduro destruyó todo el tramado político que había construido Chávez, manifiestando ineptitud política e incapacidad de conducir su gobierno y el proceso bolivariano. No está de más decir acá, que en América Latina la mayor cantidad de gobiernos han sido populistas o pretorianos y Chávez no es una excepción a la regla, a lo menos en ese sentido. Ahora bien, cuando hablo de la perversión del constructo chavista refiero a cosas puntuales: capacidad de conducción (inteligencia política, en lógica maquiavélica si se quiere) y la dotación de herramientas de control de la democracia, como el referéndum revocatorio. Es del todo notorio que las elecciones actuales de Venezuela no tienen el mismo rigor que tuvieron en la época de Chávez, cuya transparencia nunca fue objetada por observadores internacionales. Otro mérito del régimen bolivariano radicaba en la posibilidad real de referéndumes revocatorios (los que Chávez ganó siempre), e inclusive el reconocimiento de la derrota de la reforma constitucional respecto de la reelección sin límites. Maduro dilapidó dicho sistema político y electoral, que tenía méritos y defectos, que no era socialista (por lo menos en su conceptualización más clásica), sino rentista y de una democracia semiparticipativa.

Maduro ha dilapidado la empresa, el mercado y la armonía social; ha mostrado torpeza, con declaraciones destempladas, carentes de sentido y lisa y llanamente ignorantes y vulgares. Todo eso es mellado por el culto a la personalidad de un líder como Maduro, que carece del talante de su antecesor, ya sea el sujeto real, de carne y hueso, como también el mito del Chávez “santo laico”, héroe impecable al que sólo ensucian las palomas, como a todos los héroes. Chávez ayudó al levantamiento del mito con su modo de ser mesiánico. 

Hoy por hoy, la situación venezolana actual es desastrosa: un mal gobierno, que no ha eximido la prisión política de disidentes, reviviendo con suma claridad aquello dicho por George Orwell en su “Rebelión en la granja” (o “La granja de los animales”), cuando relevó la proclama de los cerdos omnímodos: “Todos los animales son iguales, pero hay animales más iguales que otros”. O peor aún, revive lo dicho por Danton (o Robespierre, según algunas versiones): “La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”. Ambos destacados luchadores de la madre de todas las revoluciones modernas terminaron colocando su cuello en la guillotina. Por lo que no es extraño que hoy exista disidencia política a Maduro que originalmente habría apoyado las realizaciones de su antecesor. Según Heinz Dieterich, uno de los teóricos del socialismo del siglo XXI, exasesor de Chávez, el gran problema de Maduro radica en no ver la realidad, lo que se manifiesta en: “No cambiar el modelo de desarrollo y no reaccionar a la creciente inconformidad social. Tampoco cambió el discurso político y cuando todo esto convergió en la derrota parlamentaria de las elecciones de 2015, cuando la oposición ganó la mayoría, en lugar de buscar un nuevo comienzo empieza a utilizar las fuerzas policiales para controlar la situación. Ha sido una espiral que comenzó en 2011 y ahora vemos llegar a su fin” (Tomado de Radio Bío Bío).

A su vez, la comparación constante con otros procesos de transformación social carece de sentido histórico. Sobre todo, su comparación con el gobierno de Salvador Allende, que es ahistórica y llena de panfleto y caricatura. Allende, masón y socialista (en ese orden), puede ser criticado de múltiples cosas en su trayectoria política y en el gobierno de la Unidad Popular que él encabezaba, pero su talante democrático, su confianza en la institucionalidad y la legalidad chilena, lo que derivó en su mirada de la factibilidad de su “vía chilena al socialismo”, no puede ser puesto en duda. Cuestionado y criticado, sí. Pero no puesto en duda. Fue diputado y senador por años, presidente de la Cámara Alta cuando su coalición no era mayoría, amigo afectuoso de políticos de otras banderías. A su vez, no propició la idea de la vía armada como único camino a la revolución, y prueba magistral de ello es su conversación con Régis Debray. Que cuando la crisis dificultaba el desarrollo democrático de su proceso instaló en su gabinete a generales de las Fuerzas Armadas e intentó un diálogo infecundo con la Democracia Cristiana. Y cuando la crisis de su gobierno era irreversible, diseñó una salida plebiscitaria que fue interrumpida de golpe por la asonada militar del 11 de septiembre de 1973. Allende fue un respetuoso cultor de la democracia y del estado de derecho. La intervención norteamericana y el desabastecimiento provocado por las élites no es suficiente argumento de comparación, sobre todo cuando ya no vivimos en “Guerra Fría”. 

Y sí, claramente, la oposición política a Maduro y su gobierno no ha dado el ancho en las cualidades democráticas, no generando convergencia ni logrando masividad en relación a la población de un país, boicoteando instituciones públicas y privadas y llamando a una violencia irracional a militantes y adherentes, que ha llevado a la muerte a personas, entre ellas la chilena Giselle Rubilar en 2014. Sí, la oposición venezolana, a su vez, ha sido incapaz de dar cuenta de la situación política de Venezuela, definiéndola de cuajo como dictadura, cuando desde un perfil politológico no lo es. Y esto también lo digo con mucha responsabilidad: Venezuela hoy no es una dictadura, sino más bien, una democracia en crisis profunda, con visos de autoritarismo que cada vez más se van profundizando. Pero una dictadura no habría dudado en apresar y condenar por alta traición a la patria a un sujeto, que en una plaza pública, se autoproclama presidente interino del país, como fue el caso de Juan Guaidó. Sin duda estamos frente a un proyecto político ficcional propio de lógicas narrativas del realismo mágico, pero no de la política real. Como señala el analista internacional Raúl Sohr: “Lo lógico y lo obvio hubiese sido que lo detuvieran apenas se proclamó, pero nada. Ahí está, libre. Y está libre porque tiene un salvoconducto que se lo ha dado Estados Unidos, con advertencias. Que, si lo tocan, esto va a traer consecuencias serias. Eso te da una pauta del poder que tiene Estados Unidos dentro de Venezuela y cómo logra inhibir al Gobierno, incluso en momentos en que Caracas ha roto relaciones con Washington” (Tomado de Radio Universidad de Chile). Esto explica, a mi gusto, por qué Guaidó puede seguir su acción “gubernamental” sin limitaciones a su libertad. De verdad, no imagino a Aylwin, a Valdés o a Lagos haciendo lo mismo en la Plaza Italia, a plena luz del día en el Chile de Pinochet. Claramente, la libertad de expresión no ha sido conculcada a la manera que se nos hace pensar en los medios de comunicación de masas. 

Es lamentable, que países de la región amparen, en el discurso y la práctica estas acciones antidemocráticas, como la autoproclamación de un pseudogobernante, que pueden devolverse a sus propias realidades. ¿Ampararíamos en nuestros países gobiernos autoproclamados, sobre todo cuando no rompen con un régimen dictatorial? ¿Nos responsabilizaremos de un conflicto cívico-militar fratricida al que podría derivar acciones como esta? El apoyo de Estados Unidos no dice nada. Fue ese país, el que ha intervenido sistemáticamente en la política de la región, y que en el caso venezolano apoyó el golpe de 2002, y ha financiado huelgas y otras acciones políticas. No dice nada en el sentido que no es novedosa dicha intervención, pero dice mucho a la vez, porque evidentemente el petróleo venezolano es riqueza, sobre todo cuando se trata de su principal proveedor externo.  Nada de lo dicho en el párrafo anterior y el actual exime de responsabilidad a Maduro y su mal gobierno. Pero sí inserta el matiz y la fisura en el discurso que no reconoce la realidad más allá del sentido común. 

Cierro con dos preguntas y posibles respuestas. 

¿Dónde está la salida para esta situación crítica? A mi gusto, el expresidente uruguayo Pepe Mujica, quien no ha dudado en señalar que la situación más compleja es la probabilidad de un conflicto militar que desgarre a Venezuela, propiciado por  el cambio de estrategia geopolítica de Estados Unidos (con Obama el desgaste del proceso venezolano por sí mismo; Trump, la intervención directa) ha presentado la alternativa más seria de salida del proceso crítico. Señaló: “estoy convencido que con esa polarización es imposible hacer elecciones adentro de Venezuela si no hay una fuerte intervención de monitoreo del proceso que significa un evento electoral en esas condiciones, si Naciones Unidas se lava las manos. En lugar de hacer tanta declaración, tanto cerco y tanta amenaza, garantizar un proceso electoral donde todos puedan participar”. Luego plantea que dichas elecciones deben contar con la amplia participación del espectro político venezolano. “En eso que se llama oposición, existen varios niveles. Incluso hay un chavismo opositor. Todos se tienen que expresar. Y tendrán que salir coaliciones o qué se yo. Pero en un juego de democracia más o menos liberal que permita zafar del peligro de los tiros. Naturalmente, es posible que surja un gobierno muy opositor a lo que ha sido la política de Maduro y todo lo demás. No tengo dudas. Pero es mejor que eso tenga un respaldo electoral y haya un juego democrático, a que venga una plancha. Porque cuando el péndulo de golpe se va al otro extremo, lo que viene es aplastamiento” (Ambas citas son tomadas de BBC Mundo). En ese sentido, la mejor de las salidas posibles, es un proceso de transición, con elecciones democráticas amplias, con veedores internacionales que sean garantes del proceso, y que posibiliten el acceso político a un gobierno alternativo y sin represalias a quienes pasen a ser oposición, más allá de aquellas que deriven del derecho internacional. En lo posible, sería ideal que Maduro no participe en dichas elecciones como candidato. 

¿Cuál es nuestro papel como creyentes cristianos? Al entrar en la discusión política debemos evitar la lógica del empate y evaluar nuestra consistencia política. En algunos casos decimos “toda autoridad es puesta por Dios” y en otras “oremos hermanos”. El respeto a las autoridades, la oración por ellas, la denuncia profética, la verdad que no se disocia del amor, la protesta son todos elementos del quehacer político cristiano. Si denunciamos el pecado y los ídolos de nuestro tiempo, claramente, la parcialidad afecta nuestro discurso y práctica. Como señalé en 2014, a menos de un año del inicio del gobierno de Nicolás Maduro, en la página “Estudios Evangélicos” que nos invitó a tres creyentes a dialogar sobre la crisis que se abría en Venezuela con las manifestaciones de oposición a su gobierno, vuelvo a decir: Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es justicia, paz y gozo en el Espíritu. La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea redentiva y reconstructiva. Cristo tiene ese poder para transformar y restaurar aquello que nos parece injusto e inequitativo.

Luis Pino Moyano.

 


 

* En el último párrafo de este post he referido a un artículo mío en la página “Estudios Evangélicos”. Dicho texto se titula “Venezuela, compromiso y misión”, fue escrito en febrero de 2014, por lo que debe ser leído considerando dicho momento contextual. En ese sentido, más que el análisis político contextual de dicho artículo, que a la luz del post que publico hoy claramente ha cambiado, creo que se mantienen vigentes los puntos que aparecen como compromisos desde las letras “a” a la “c”, junto con el cierre concluyente. El artículo se puede abrir aquí. 

Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…

Luis Pino Moyano.

21 de diciembre de 1907, ciento once años antes de que me dispusiera a escribir estas letras, hombres, mujeres y niños que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo, fueron asesinados a sangre y fuego por el ejército chileno, en Iquique, mientras se encontraban refugiados en la Escuela Santa María. Sí, el mismo ejército “siempre vencedor y jamás vencido” como se nos repite en todas las “impecables” paradas militares, obviamente, obnubilando este acontecimiento y otros a lo largo de nuestros años de vida republicana, marcados por guerras civiles, golpes de estado y masacres obreras. 

“Es peligroso ser pobre, amigo”, rezaba la cantata escrita y musicalizada por Luis Advis, e interpretada por los Quilapayún. Ese verso sintetiza algo demasiado políticamente incorrecto para nuestros oídos barnizados de “país bacán”: la sociedad chilena tiene enquistado un clasismo, que no sólo nace del acceso al capital, o por la “noble cuna” en la que se nació, sino también, y por herencia colonial, por el color de la piel. Chile es fértil en su estratificación social y pigmentocrática. El pobre es bueno, cuando es “el roto chileno” vaciado de sentido, que lucha por el estado-nación. El mapuche es bueno, cuando se llama Caupolicán, Lautaro y Galvarino y lucha contra el imperio español, pero no cuando se llama Quilapán y lucha contra el estado chileno y su ocupación militar y genocida disfrazada eufemísticamente de “pacificación”. El extranjero es bueno, cuando representa los grandes valores de la sociedad occidental, y se engarza en el proyecto civilizador eurocéntrico del país, ayudándonos a ser “los ingleses de Latinoamérica”, mientras que la otredad india y negra es segregada, marginalizada e, inclusive, marcada por la construcción de lo delictual. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es una paráfrasis de lo cantado por los hoy viejos de ponchos negros, que tiene la finalidad de poner sobre la palestra la configuración patriotera de enemigos internos y externos, de lo cual lo mapuche y lo haitiano son claro símbolo. Chile ha tenido múltiples enemigos externos: Perú y Bolivia, con quienes nos enfrascamos en dos conflictos bélicos durante el s. XIX, y Argentina con quienes sólo nos alcanzamos a mostrar los dientes. Pero también, en ciertos momentos, Estados Unidos, el imperio, enemigo no sólo de marxistas y socialdemócratas, sino también por distintas corrientes terceristas. En los setenta y ochenta, el enemigo era el “comunismo internacional”, particularmente cubanos y soviéticos, quienes asociados conspiraban contra el régimen mesiánico-militar que había venido a refundar el país. La moneda de $5 y $10, con la imagen de la libertad personificada, con sus cadenas rotas, era un vívido símbolo de la derrota de ese enemigo, con el que nunca se enfrentaron más que en el discurso. Pero también del triunfo sobre el enemigo interno, configuración identitaria que también nos persigue en la “larga duración”: “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, rotos que eran “palomeados” (asesinados o heridos a sablazos), anarco-sindicalistas y comunistas (figurados como “cáncer” y como “humanoides venidos de Marte”, según miembros de la Junta Militar a la que hoy algunos parlamentarios sin ninguna gota de pudor homenajean), miristas (“ratones” que se matan entre sí, según la prensa mercurial), extremistas, violentistas, encapuchados y anarquistas (sobre todo los de la casa okupa “Baco y Zanetti”, según nos informó el exministro Hinzpeter). Y ante esos enemigos, con los que el estado mediante los institutos armados sí se ha enfrentado más allá de la retórica (y vencido en la mayoría de las ocasiones), no ha dejado de dilapidar recursos y esfuerzos. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Camilo Catrillanca, asesinado alevosamente por efectivos policiales, primero fue acusado de un robo, del que arrancó en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera bajo la pútrida lógica del empate, olvidando que la mayoría de quienes rechazamos estos hechos, también nos manifestamos en contra de la muerte de otros seres humanos (¡HUMANOS!) en nuestra democracia en la medida de lo posible: Alex Lemún, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza Collío, a los que podría agregarse a Daniel Menco, Claudia López (estudiante de danza de mi alma mater) y Manuel Gutiérrez,  todos jóvenes que murieron en democracia, con gobiernos de distinta bandería. Muertes que generaron protesta, reflexión, investigación periodística, expresiones artísticas, pero que la simplonería argumental olvida intencionalmente o por ignorancia supina. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Haitianos/as sacados en masa del país, en un acto dizque voluntario, bajo la lógica del “no te echo, pero te empujo”, toda vez que experimentaron la discriminación, el abuso en el trabajo y en el arriendo de habitaciones para el descanso cotidiano. Seres humanos (¡HUMANOS!) que ven la posibilidad de volver a su tierra, y así regresar a la dignidad, aunque sea con carencia de bienes, en un retorno que les hace firmar el cierre de la puerta de regreso por nueve años. ¡Nueve años! ¿Por qué? ¿Por qué son muchos? ¿Muchos en relación a qué o quién? Muchos en relación a su color de piel, que muchos haitianos migrantes en este país que “quiere al amigo cuando es forastero” descubrieron era el negro. 

Y aquí, podrán saltar algunos lectores y decir, como diría la clase política en el bloque del poder, que “hay que cuidar nuestras fronteras”, y “la soberanía”, y “la casa ordenada”, y “bla, bla, bla”, no entendiendo nada, o maquiavélicamente por un fin proyectado, según el caso. Esa idea del aeropuerto abierto al que cualquiera entra, se te cae sólo con un viaje comparando los ingresos a otros países y a Chile, lleno de protocolos, declaraciones juradas y revisiones habidas y por haber. ¿Por qué? Porque nuestra ley de extranjería está basada en la política de seguridad nacional instalada por la dictadura, precisamente para impedir el ingreso de “retornados”, cubanos, soviéticos y todos sus secuaces que buscarían demoler un régimen. ¿Cómo puede entenderse la idea de una casa desordenada cuando la ley que regula su ingreso emergió de un gobierno en el que los derechos estaban conculcados? Sólo a partir de la lógica del enemigo externo. Es por esa lógica, que puede decirse que el “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” atenta contra los intereses del país, mintiéndole a la población, porque basta sólo una lectura del documento para decir que: a) este pacto no habla de la migración como un derecho (aunque está basado en un enfoque de derechos); y b) que no niega la soberanía de un país para establecer su propia legalidad migratoria, según consta en el punto 15, letra c. Chile, el vecino con síndrome de “Doña Florinda y Quico”, que se cree más que la chusma, pero teniendo similares condiciones de existencia que los demás. Porque estamos claros: es necesaria una nueva legalidad que regule la migración, en un país democrático y teniendo como base el justo y necesario equilibrio entre el derecho internacional y el interés nacional, que no se contradicen necesariamente como plantean algunos discursos trasnochados (pero que están volviendo a amanecer).

Después de todo lo dicho, no puedo cerrar mi texto. No puedo, por tener el estómago apretado, con un nudo nauseabundo, por las mentiras de la alegría, de la gente que gana, del crecimiento con igualdad y de los tiempos mejores. Por eso, recurro a uno de mis recursos más habituales a la hora de escribir: colocar una cita. Pero esta vez, no será a modo de corolario o golpe final. El texto seguirá inconcluso, inmerso en la pregunta levantada por el médico cirujano y poeta haitiano Jean Jacques Pierre-Paul a propósito de su conciudadana Joane Florvil, acusada de abandonar a su hija en una OPD y que luego de ser apresada se dijo que habría atentado contra su vida golpeándose la cabeza contra una pared, lo que le habría llevado a la muerte. Nuestro hermano Jean Jacques (digo hermano, por ser él un cristiano evangélico), tenía muy clara la verdad antes que fuese sentenciada por un tribunal: Joane no había abandonado a su hija ni atentó contra su vida, sino que fue víctima de nuestro complejo de superioridad que nos hace tener un tipo de clasismo que no sólo se basa en lo social o en la plata, sino también el color de piel. Él dijo con toda la fuerza de su verba latente:

“¿Cómo es posible vivir en medio de tanta oscuridad?

Como es posible vivir en una ciudad sin poesía 

Sin espejos, sin abrazos, sin Joane Florvil?

Soy uno de los cobardes 

Que no querían entenderte defenderte 

Lo único que se me ocurre ahora es llorar 

y escribir este poema para decirte

Que siento mucha vergüenza 

De ser parte de la humanidad que te mató

En una ciudad llena de cobardes pretenciosos 

Teníamos la oportunidad de amarte

Teníamos la oportunidad de hacer 

Con tu mirada un bello nido de pájaros”. 

A treinta años del triunfo del NO. Recuerdos dispersos.

No quería que pasara el día sin escribir algo sobre este acontecimiento histórico, junto a momentos aledaños a él, y que tiene tintes de celebración y conmemoración, dependiendo de lo que se recuerde. Este post no tiene la finalidad de plantear reflexiones histórico políticas (para eso puede leerse, haciendo clic aquí, la columna de opinión que escribí en 2013 para “El Quinto Poder”), sino más bien, presentar algunos recuerdos dispersos asociados al 5 de octubre de 1988. ¿Por qué un post memorial de alguien que a esa fecha era un cabro chico? Por varias razones: a) porque la dictadura cívico-militar presidida por Augusto Pinochet no sólo tiene que ver con septiembre de 1973, sino con un proceso que dura hasta marzo de 1990, y cuyas consecuencias se reflejan hasta hoy en aspectos muy relevantes de esta sociedad; b) porque tenía seis años, y desde muy chico cultivé un gusto por la historia, fomentado por mi familia, la que también me sensibilizó a temas de nuestra historia reciente; y, c) porque quiero dejar un registro de mis vivencias para la posteridad, para que mi hijo e hija lo puedan leer, recuperando uno de los aspectos originarios de los blogs, el de una bitácora que emerge en el viaje de la vida. 

Mediados de 1988, no recuerdo el día, pero con toda seguridad era un sábado. Fue una de las pocas veces que acompañé a mis viejos al supermercado, uno que quedaba en el paradero 18 de Gran Avenida. Habíamos hecho las compras. Para irme a la segura, le pedí a mi papá $100, me los dio sin “peros”, y me fui corriendo cerca, a un kiosco. Muy probablemente mi viejo pensó que me compraría un sobre de láminas de los dibujos animados del momento (creo que de los Silver Hawks). Pero no. Llegué corriendo con una banderita en mi mano, que tenía el logo del NO, de esas que se pegan en los parabrisas de los autos, haciéndola flamear y cantando “Chile, la alegría ya viene” [ver anexo 1]. La cara de susto que tuvieron mis viejos no la olvidaré nunca. Me pidieron que me quedara callado. El miedo a lo político era algo que ellos respiraban. Así y todo, un día mi viejo me llevó a una concentración del NO y me cargó en los hombros, todo hasta que un “zorrillo” apareció arrojando sus gases. 

De las cosas entretenidas de la vida, y con mi hermano mayor, Sergio. Afuera de mi casa había un poste de luz, y pusieron un póster de Pinochet. Él se subió al poste y lo sacó. Lo metimos a una pieza y con plumones le pintamos los dientes, le hicimos unos “tajos”, le hicimos lentes y le cambiamos el nombre a “Perrochet”. Luego, él volvió a colocarlo en el poste. No sé si él alguna vez pensó las consecuencias que podría haber tenido por ello. Aunque tal vez, por estar en una población como la Angelmó en San Bernardo, le haya generado cierta protección, pues la mayoría de nuestros vecinos era opositor al dictador. Otro recuerdo con él, es de cuando llegó con un cancionero de los “Sol y Lluvia”. “Para que nunca más en Chile”, fue la canción que me aprendí y, claro, la canté en varios viajes en micro a Santiago, sentado con mi Mamita Chela, mi abuela materna. 

Ya que mencioné a mi Mamita Chela, yo estaba con ella el día lunes 25 de abril de 1988. En esa casa, el trasnoche era cotidiano, las conversaciones eran largas y entretenidas, y por supuesto la tele estaba prendida. Ese día, en medio del programa “De cara al país”, conducido por Raquel Correa, una de las pocas cosas del 13 que se veían en dicho hogar, estaba invitado Ricardo Lagos, uno de los políticos que mi Tata siempre respetó. En varios momentos se habló que “el compañero” Lagos iba a hablar. Y habló, como todos lo recordamos, con su dedo, desafiando a Pinochet como pocos lo habían hecho tan visiblemente [ver anexo 2]. Mi abuela, que era histriónica, de esas que discutía en la tele, se enderezó en la cama y aplaudió al político. Es imposible no pensar en Lagos mediatizado por ese recuerdo. 

Otra de Lagos. Pasado el plebiscito, junto a mi Tata y a mi Papá, fuimos a una concentración que se hizo en un peladero de Puente Alto, en la intersección de Diagonal Sur con Avenida Central. Hubo discursos de Jaime Estévez, Hortensia Bussi, canciones de Ramón Farías (sí, el actor devenido malamente en cantante, y luego en político). Pero el actor principal de la noche era Ricardo Lagos. Lo traían en un furgón. Me acuerdo porque se bajó justo por dónde estábamos nosotros. Mientras le abrían el paso, me planté frente a él, le estiré la mano y le dije “Hola pos compañero Lagos”. Él se sonrió, y me estiró la mano, y me dijo “hola pos compañero”. Debo decir, que si hubiese cumplido los 18 antes de las elecciones de diciembre de 1999, habría votado por él. Mi concepto político respecto de la Concertación cambió a base de experiencia universitaria y política, de lecturas de historia, y de seguimiento cotidiano de la actualidad nacional, transformándome en crítico de dicha coalición, al nivel de no votar sistemáticamente por ella. Pero debo decir, que mientras escuchaba al ciudadano Lagos esta semana, he pensado que él es uno de los últimos representantes vivos de la política letrada de antaño y, a la vez, es el único de los políticos de élite que está pensando el Chile del futuro de manera muy consistente. Eso, con todo lo que implica su nombre y su gobierno aplaudido más por los empresarios que por el pueblo de a pie. 

Sobre el 5 de octubre, recuerdo a mi mamá yendo a votar temprano en un colegio sanbernardino, y a mi papá yendo por la tarde a un colegio puentealtino. Mi viejo, estuvo en una fila muy larga, casi hasta última hora, esperando emitir su derecho a sufragar. Como ya señalé, mi interés por la política contingente partió de chico. Entonces quería ver los resultados. Resultados falseados por el ministro Cardemil. Resultados que se ocultaron hasta largas horas de la noche. En mi casa nos acostamos todos, se apagaron las luces más temprano que nunca. Y nos costó quedarnos dormidos. Al parecer el susto de que pasara algo no era infundado en ellos. Dormimos. Al otro día nos enteramos que Pinochet había perdido. Como diría “El Fortín Mapocho”, “corrió solo y llegó segundo”. La próxima elección, la de diciembre de 1989, la viví en la casa de mis abuelos. Ahí fue la primera vez que vi a mi Tata en su performance de votación: se levantaba temprano (como siempre), se vestía de terno y corbata, y partía al recinto de votación. Mi Tata era de los que anhelaba ser vocal de mesa (lo había sido en varias elecciones desde las presidenciales de 1958). Fue mi Tata el que me inculcó esa responsabilidad, la de valorar la democracia aunque sea de baja intensidad, participando de todas las instancias posibles para defender nuestros derechos. Fu él, el que me animó cuando fui vocal de mesa, me dijo que era divertido, y no se equivocó. En la noche, cuando se supo el triunfo de Aylwin, gritamos de alegría, aplaudimos, y hasta se destapó un champagne mientras cantábamos el himno nacional. 

Y con eso termino. Estaba en 3º Básico en marzo de 1990, cuando luego de la transmisión del mando (que implicó una de las tareas para la casa más lindas y significativas que recuerde), el ministro de educación, Ricardo Lagos, firmó un decreto que anulaba el canto de la tercera estrofa de nuestro himno, a saber, la de “los valientes soldados”. El primer día lunes después de aquello fue potente: ver profesores y compañeros felices por aquello es un recuerdo inolvidable. Debe ser de los aplausos más grandes que he escuchado y dado, cuando el himno se termina en el “o el asilo contra la opresión” sin cantar la estrofa resignificada durante la larga noche de la dictadura (Eusebio Lillo, militante de la Sociedad de la Igualdad no tenía en mente a una dictadura cuando la escribió).

Estos son mis recuerdos dispersos. Son recuerdos que me hacen encontrar con muchas personas amadas, junto a sujetos y acontecimientos de nuestra historia reciente. Son recuerdos que me invitan a valorar cada vez más la democracia, la historia con su dimensión social, la conversación profunda de política y las tareas en las que muchos coadyuvan para la construcción en la que haya “abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social”. Y eso, para que nadie se espante, lo dijo Cantinflas en la película “Su Excelencia”, a quien también conocimos en el Chile de antaño. 

¡Salud!

Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 5 de octubre de 2018.


 

[Anexo 1] El himno de campaña: “Chile, la alegría ya viene”.

 

[Anexo 2] Ricardo Lagos en “De cara al país” y el testimonio de los participantes.

 

[Bonus Track] La canción “No me gusta, no”, la mejor de la campaña según mi apreciación.