A propósito de Gaza, por Eric Hobsbawm.

Nota introductoria: Eric Hobsbawm (1917-2012), historiador británico, se desmpeñó como profesor de emérito de Historia Social y Económica en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Sin lugar a dudas, Hobsbawm fue uno de los mayores cultores de la disciplina historiográfica, siendo parte de la bullente escuela marxista británica junto a E. P. Thompson, Maurice Dobb, Cristopher Hill, George Rudé, entre otros. Sus obras principales – “La era de la revolución”, “La era del capital”, “La era del imperio” e “Historia del siglo XX”- pretendieron trazar una comprensión global de la modernidad, sumándose a ellas sus otros análisis de sujetos sociales, procesos históricos, debates teóricos e, inclusive, crítica de arte, particularmente de la música. Por todo esto, Hobsbawm es una voz autorizada para hablar de procesos históricos que arrastramos pesadamente desde el siglo pasado, entre ellos el conflicto entre Israel y Palestina. Pero eso no es todo. Acá es importante señalar que el historiador británico es de ascendencia judía, por ende, el tema le involucra. Acá se habla de algo que es propio y que evidencia que la crítica a la política israelí no es, necesariamente, ni judeofóbica ni antisemita. Por ahora, simplemente, les invito a leer. Luis Pino Moyano. 

Durante tres semanas la barbarie ha sido mostrada ante un público universal, que ha observado, juzgado y, con pocas excepciones, rechazado el uso del terror militar por parte Israel contra un millón y medio de habitantes bloqueados desde 2006 en la Franja de Gaza. Nunca antes las justificaciones oficiales de la invasión han quedado tan claramente refutadas como ahora, con la combinación de cámaras y aritmética; ni el lenguaje de las “objetivos militares” con las imágenes de niños ensangrentados y de escuelas incendiadas. Trece muertos de un lado, 1.360 de otro: no es difícil establecer dónde está la víctima. No hay mucho más que decir acerca de la terrible operación de Israel en Gaza.

Excepto para aquellos de nosotros que somos judíos. En una larga e insegura historia como pueblo en la diáspora, nuestra reacción natural ante eventos públicos ha incluido inevitablemente la pregunta: “¿Es bueno o malo para los judíos?” En este caso, la respuesta es inequívoca: “Malo para los judíos”.

Es claramente malo para los cinco millones y medio de judíos que viven en Israel y los territorios ocupados desde 1967, cuya seguridad se ve amenazada por las acciones militares que los gobiernos israelíes tomen en Gaza y en Líbano, acciones que demuestran su incapacidad para lograr sus objetivos declarados y que perpetúan e intensifican el aislamiento de Israel en un Oriente Medio hostil. Dado que ni el genocidio o la expulsión masiva de palestinos de lo que queda de su tierra natal así como la destrucción del estado de Israel están en la agenda práctica de ambas partes en conflicto, sólo una coexistencia negociada en igualdad de condiciones entre los dos grupos puede proporcionar un futuro estable. Cada nueva aventura militar, como las de Gaza y el Líbano, hará que esa solución sea más difícil y fortalecerá al ala derecha israelí y a los colonos de la Ribera Occidental, que encabezan el rechazo a la solución negociada.

Al igual que la guerra del Líbano en 2006, Gaza ha oscurecido las perspectivas de futuro para Israel. También ha oscurecido las perspectivas de los nueve millones de judíos que viven en la diáspora. Permítanme que no me ande con rodeos: la crítica de Israel no implica antisemitismo, pero las acciones del gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, sobre todo, estimulan el antisemitismo de nuestros días. Desde 1945, los judíos, dentro y fuera de Israel, se han beneficiado enormemente de la mala conciencia de un mundo occidental, que había rechazado la inmigración judía en la década de 1930, unos años antes de que permitiera o no se opusiera al genocidio. ¿Cuánta de esa mala conciencia, que prácticamente eliminó el antisemitismo en Occidente durante sesenta años y produjo una época dorada para su diáspora, queda en pie al día de hoy?

La acción de Israel en Gaza no es la de un pueblo que es una víctima de la historia, ni siquiera es el “pequeño valiente” Israel de la mitología de 1948-67, con un David derrotando a todos los Goliaths de su entorno. Israel está perdiendo la buena voluntad tan rápidamente como los EE.UU. de George W. Bush, y por razones similares: la ceguera nacionalista y la megalomanía del poder militar. Lo que es bueno para Israel y lo que es bueno para los judíos como pueblo son cosas que están evidentemente vinculadas, pero mientras no haya una respuesta justa a la cuestión de Palestina no son y no pueden ser idénticas. Y es esencial para los judíos que se diga.

Publicado en London Review of Books, Vol. 31, Nº 2, 29 de enero de 2009. El texto fue publicado en 2014 por el periódico chileno El Ciudadano. Esta es una versión de dicha publicación, corregida en su traducción por Atilio Borón. 

¿Por qué es importante ir a votar?

El día 18 de octubre de 2019, parafraseando al profesor Milton Godoy, al país se le cayó la máscara. Fueron años de acumulación de malestar ante la acción de una clase política civil, que en el discurso estaba preocupada de la “Señora Juanita” y de “los problemas reales que vive la gente”, pero que en lo concreto se limitaban a administrar con muy poca imaginación el tramado político-social instalado por mano militar y “perfeccionado” por mano concertacionista. De la política “en la medida de lo posible”, pasamos a la metáfora elitaria de los “mínimos comunes” como se habla en las esferas del poder y en sus brazos comunicacionales, o esa de las migajas de las “manos amigas” de las que hablaba hace poco una dirigente vecinal en una comuna de la Región Metropolitana, en un viralizado mensaje de WhatsApp. Cuando se habla de neoliberalismo como menos estado eso debiese causar, como mínimo, una sonrisa lectora, porque dicho sistema fue instalado y preservado por un estado bastante complaciente a los intereses de quienes tienen poder de mover las piezas claves en el mercado… y la política. Los casos Penta y Caval no logran tener el poder político, performático y metafórico que logra tener el caso SQM, empresa que financió a candidatos/as de todo el espectro político, recordándonos aquello que Alberto Edwards, historiador liberal (¡de derecha!), llamó “la fronda aristocrática” [1]. El relato del país jaguar, diferente en el concierto latinoamericano, con ausencia de corrupción, sin influencia de narcos en la política y un largo etcétera, se nos cayó en octubre de 2019 de manera real y masiva.

Se puede juzgar de distintas maneras lo vivido desde ese día hasta hoy, con sus manifestaciones y anhelos políticos hipervisibilizados, junto con las explosiones de violencia de diverso tipo, pero desde el plano político debiésemos entender que la forma de organización nacional no puede seguir siendo la misma. Y, si bien es cierto, una nueva Constitución, a diferencia de lo postulado por algunos analistas, no tiene la fuerza de refundar un país, a lo menos tiene la fuerza de hacer un giro y plantear una carta de navegación distinta, y que si se desarrolla de manera adecuada, cosa que esperamos, podría tener nociones de representatividad inéditos o comparables con los que tuvo la Constitución de 1925, a pesar de su origen espurio. Prueba de lo que estoy diciendo es el trabajo del profesor Jaime Arancibia, quien desarrolló una edición de la Constitución, generando “en colores” (literalmente) un ejercicio de trazabilidad histórica con nociones de continuidad y cambio, desde el primero de los “ensayos constitucionales” hasta el presente [2]. En los procesos de cambios sociales no hay ex nihilo que valga, pues dentro del cambio siempre hay ejercicio de continuidad. Chile va a seguir siendo Chile, pero esperamos que un poco más diferente, porque después de mucho tiempo nos sentaremos a discutir de “planificaciones globales” para “la casa común” [3]. Ya no un ejercicio político para la coyuntura sino para el largo plazo, para el país de 50 o más años. 

Por otro lado, yo quisiera insistir en un punto doble: 

1. El momento constituyente que estamos viviendo en Chile es la salida institucional a la crisis política que explotó en octubre de 2019. No nos podemos olvidar de eso, por dos razones: a) porque si bien es cierto, la demanda por una nueva Constitución es una bandera que ha cruzado a distintos actores -individuales y colectivos- de las izquierdas en Chile desde hace ya varios años [4], fueron bancadas políticas con representación parlamentaria en el Congreso Nacional (que es el poder del estado que, más allá de algunos/as de sus representantes, ha sostenido la república en una ausencia, torpeza y/o ineficacia del Ejecutivo), de distinta bandería, quienes llegaron a un acuerdo que abrió las puertas al proceso como tal; y b) como no podemos olvidarnos de los actores que “rechazaron para reformar”, y que a la hora de hacer reformas no las hacen, tampoco podemos olvidar que el Partido Comunista y algunos partidos del Frente Amplio no estuvieron en el momento inicial del acuerdo. Y podrán alegar la razón teórica en algunos de sus argumentos, pero la razón práctica no la tuvieron en una de las horas más difíciles desde el retorno de la democracia. 

2. Con todas las debilidades y alcances que pueda tener la futura Convención Constitucional, el que nuestra Carta Fundamental sea construida en democracia, sin estado de excepción, sin los militares en el bloque del poder (a lo menos de manera pública), es un proceso inédito en nuestra historia republicana. Hoy tenemos la posibilidad de participar electoralmente y de elegir a nuestros representantes (sean miembros de un partido político, de un movimiento social o independientes), devolviendo la noción democrática de poder originario constituyente al pueblo. Aunque el sufragio sea un acto democrático de baja intensidad en nuestro modelo político, no obstante, es mucho mejor cualitativamente tenerlo que no. Hoy no sólo estamos diciendo Apruebo, sino que estamos diciendo cómo quiero que se escriba el texto constitucional a partir de la elección de quienes discutirán y resolverán su construcción. Y después habrá un plebiscito de salida que dará su conclusión respecto a lo realizado. Diego Portales, Arturo Alessandri, Augusto Pinochet con Jaime Guzmán, y hasta Ricardo Lagos, quedarán al otro lado del camino después de aquello. El proceso no puede ser deshistorizado por una idea asalto del cielo carente de realismo político. 

Es, entonces, más que importante ir a votar este domingo, porque quienes sean elegidos tomarán decisiones sobre cómo entender la República de Chile, su organización estatal (presidencial o parlamentaria, unitaria, federal y/o plurinacional; congreso bicameral o unicameral, con todos los etcéteras y matices dentro de esa discusión), el fortalecimiento de los derechos sociales, lineamientos sobre la actividad económica y el cuidado del Medioambiente, el respeto de la libertad de conciencia en el marco de un estado laico (ni confesional ni en base a un ateísmo práctico de aparente laicidad), la ampliación de la democracia con mayor participación en cabildos, plebiscitos, referéndum revocatorios; y tantas otras temáticas. Es el momento de pasar de una política minimalista a una con miradas amplias, de una política analfabeta a una letrada. Frente a todo esto, me declaro un escéptico esperanzado. No creo que la Constitución sea la panacea de nada, pero de que puede construirse algo mejor de lo que tenemos, no me caben dudas. ¿Puede construirse algo peor? Claro que sí. Pero ese error y/o fracaso será hecho democráticamente, por ende será nuestro. 

No da lo mismo, entonces, quien esté en la Convención Constituyente. Tú podrás elegir según los criterios que estimes como prioritarios, en base a programas, como a experiencias de vida, conocimientos profesionales y vitales, elementos culturales. Quienes aprobaron y rechazaron tendrán la oportunidad de elegir a sus representantes. Por eso, les animo a ir a votar este sábado 15 y domingo 16 de mayo. Y, por cierto, a continuar la tarea, informándose y participando de instancias colectivas en las que se pueda aportar a lo que se trabajará en la Convención, aunque sean espacios sin poder resolutivo. Lo importante es hacer notar el sentido de presencia política, de fiscalización y de capacidad de proposición, no olvidándonos que los cambios sociales se miden después del día de la fiesta y no antes ni en medio del jolgorio de ella. 

Luis Pino Moyano.

 


 

Notas bibliográficas. 

[1] Véase: Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

[2] Jaime Arancibia. Constitución de la República de Chile. Edición Histórica. Origen y trazabilidad de sus normas desde 1812 hasta hoy. Santiago, Universidad de los Andes y El Mercurio, 2020. 

[3] Ahí sumé los conceptos de Mario Góngora, referido al período 1964-1973, y de Patricio Zapata significando lo que debería ser una Constitución. 

[4] Sólo a modo de muestra y ordenados cronológicamente: Gabriel Salazar. En el nombre del poder popular constituyente (Chile, siglo XXI). Santiago, LOM Ediciones, 2011; Fernando Atria. La constitución tramposa. Santiago, LOM Ediciones, 2013; y, Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (Editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015. Este último, huelga decirlo, tiene el mérito de recoger artículos de autores de derechas, centro e izquierdas. 

Memoria, horror y perdón. Un análisis a “El lector”.

“Ser cristiano significa estar limpio en un mundo sucio. No sirve de nada tratar de escapar del contacto con el mal. No sólo está dentro de nosotros, sino también a nuestro alrededor. Por mucho que podamos mirar hacia un nuevo cielo y una nueva tierra, no podemos decidir no participar en el mundo aquí y ahora. No sólo hay que mantenerse limpio en medio de la suciedad, también debemos estar gozosos y ser compasivos en medio de sus sufrimientos. Debemos comprender el mundo para conocer lo que pertenece a Dios, saber lo que es bueno y lo que es malo. Pero no nos corresponde juzgarlo o cancelarlo, porque es Dios quien ha de juzgar”. 

H. R. Rookmaaker [1].

¿Existe algo tan difícil en la existencia humana como acercarse al horror, con sus memorias y traumas? Creo que sí. Y es el camino posterior, cuando dentro de las alternativas aparece la posibilidad del perdón. A continuación, me permitiré un análisis de la novela de Bernard Schlinck “El Lector” [2], como también de la película homónima del año 2008, basada en esta obra, y dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Kate Winslet (le valió el premio Oscar), Ralph Fiennes y David Kross. Aquí se hace pertinente tener en cuenta, puesto que la fuente de análisis es una novela histórica detenida en película, lo dicho por Dominick LaCapra: “No hay que confundir al teórico o comentador que (cuestionablemente, según creo) habla por la víctima, o transforma los traumas de otros en ocasión para dar un discurso de la sublimidad, con la víctima que experimenta el síntoma como recuerdo vinculante con sus allegados muertos, ni tampoco aquel individuo poseído por los muertos que habla ‘miméticamente’ con sus voces” [3]. En otras palabras, la invitación nunca es dejar de leer la producción relacionada con el horror vivido. Lo que sí hay que hacer, es tener en cuenta el efecto performativo que produce el relato, el que no sólo actúa en la razón sino también en los sentimientos, llevándonos a construir reflexiones y movilizándonos a nuevas experiencias. 

1. Rápido repaso de la obra.

Debo señalar que, salvo la discordancia de las fechas entre la novela y la película (ésta última presenta fechas posteriores a la Segunda Guerra Mundial), la película da cuenta de una representación muy fiel  al texto literario. De hecho, el interés por realizar esta reflexión surgió de la vista de la película una decena de veces, lo que no obstó a que al verla una vez más, luego de la lectura de la obra, notara en la representación fílmica una serie de detalles de representación actoral que antes había pasado por alto. El libro alumbró sobre todo el lenguaje no verbal. 

La historia muestra el romance de un quinceañero Michael Berg con una bella mujer mayor llamada Hanna Schmitz. El encuentro inicial estuvo mediado por la enfermedad de Michael, quien recibió ayuda de una desconocida. Tres meses después se produce el reencuentro, cuando el protagonista se mejora de la hepatitis (escarlatina, señala la película). Allí comienza una serie de encuentros, marcados por la triada ducha-sexo-lectura. Pasión, que despierta el romance, y que trae consigo, tanto la compañía y el deleite, como también la rabia y la incomprensión. Michael y Hanna viven el erotismo en toda su expresión. Cada vez que veo esos momentos de la película, no puedo dejar de recordar las palabras de Georges Bataille, cuando señaló que: “El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal precisamente en que moviliza la vida interior. El erotismo es que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser” [4].  De hecho, tal y como señalara Bataille, este romance furtivo da cuenta de que aparentemente se busca un objeto de deseo fuera de uno, pero lo que en realidad sucede es que esos objetos responden a nuestra interioridad, a la interioridad del ser. Ocurre que en medio de esa relación dialéctica de encuentros y desencuentros, de la noche a la mañana Hanna desaparece, lo que hace que Michael quede sumido en la soledad, en la indiferencia, lo que trasuntó en individualismo. “No fui franco con nadie”, diría Michael a su hija Julia, muchos años después. 

Michael, cumplidos sus años de escuela, pasa a estudiar derecho en la Universidad de Heidelberg. Allí toma un curso para alumnos aventajados con el formato de seminario, sobre filosofía del derecho, dirigido por el Profesor Rohl, quien había vuelto a ejercer la docencia luego de la derrota del nazismo. En ese contexto, es que junto a su profesor y compañeros de curso asisten a juicios de crímenes de lesa humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. Allí se vuelve a encontrar con Hanna, que era una de las acusadas. Cuando desapareció, dejando su trabajo, fue porque había ingresado a las SS, en 1943. Hanna señala que se trató de una oportunidad laboral que mejoraba su condición. Estuvo en campos de concentración en Auschwitz y luego en Cracovia y, participó del traslado de prisioneros en el invierno de 1944 en las “marchas de la muerte”. Ilana Mather una joven que en su niñez había estado prisionera en las mazmorras del nazismo da cuenta del proceso de selección de reclusas para la muerte, reconociendo a las oficiales a cargo de llevar a cabo dicha tarea, entre ellas a Hanna. Ella reconoce el hecho, diciendo: “Las viejas debían hacer espacio para las nuevas […] ¿Qué habría hecho usted?”. Según el testimonio de Ilana, Hanna aparenta más bondad en las decisiones, puesto que hacía que las mujeres y niñas le leyeran por las noches. Es en medio del juicio que Michael descubre un secreto que avergüenza a Hanna más que el haber pasado por las SS. Ella no sabía leer, por eso pedía a Michael que le leyera. Por eso pedía a las niñas y mujeres, prisioneras por ser judías, que le leyeran. Michael se da cuenta de esto cuando las compañeras de armas de Hanna de estar a cargo de la sección y que fue la redactora del informe que justifica la muerte de casi una centena de prisioneras en un incendio. Se le pide firmar un documento para comparar la letra. Hanna no lo hace, y además de eso se inculpa. Hanna es condenada por la muerte de trescientas personas, y le dan cadena perpetua. 

Años después del juicio, Michael le comienza a enviar grabaciones en casete de libros a Hanna, quien seguía reclusa. Los mismos libros de las tardes de romance, junto a nuevas lecturas. A partir de eso, Hanna empezó a leer y escribir de manera autodidacta. Cuando Hanna llevaba veinte años en prisión se genera un plan de reinserción social y liberación de Hanna, por lo que acuden a la única base de apoyo posible en la red de contactos: Michael. Ahí se produce el primer contacto directo entre ambos luego de la desaparición de Hanna. Michael le habla de su divorcio, y que le consiguió un pequeño departamento, cerca de la biblioteca pública y un trabajo. La forma no fue la más apropiada. De hecho se genera una tensión por una pregunta de Michael respecto a la memoria, a lo que Hanna le dice que daba lo mismo lo que había ocurrido, que los muertos estaban muertos, y que lo que valía es que ya sabía leer. La conversación terminó sin una retroalimentación esperada, más por ella que por él. Cuando se producía el día de la liberación, Hanna se suicidó. Dejó un testamento en el que le encargó a Michael dejar sus ahorros para Ilana Mather. Él viaja a Estados Unidos para entregar dicha donación, la que Ilana no recibe, ni acepta que se entregue a una organización de familiares víctimas de la Shoá porque consideraba una ofensa que absuelve dicho hecho, aunque consiente en que se entregue a una organización judía en pro de la alfabetización. 

La novela es de un realismo y de una crudeza potentes, lo que también se ve reflejado en la película que cuenta con una deslumbrante actuación de Kate Winslet (vale la pena recordar que recibió el Oscar por dicha actuación). La trama envuelve, provocadoramente atrapa de principio a fin, y de una u otra manera, hace que uno termine empatizando con Hanna, más allá de lo que ella realizó. No se trata de una película que hable de la Shoá desde una perspectiva victimizadora, aunque éste asunto aparece en el juicio, en la discusión de la universidad, en el viaje de Michael a Auschwitz. No es lo central de la narración. Lo central es la lucha por la redención y en que al fin y al cabo todos los actores en escena se encuentran frente a un tribunal. No sólo Hanna y sus compañeros de armas. Todos. La pregunta por el sentido y la ética relacionada con las acciones que emergen de la voluntad de los seres humanos Dicha respuesta trastoca a lectores-espectadores. 

2. Preguntas que emergen de la lectura doble. 

a. ¿Cómo analizar y comprender la memoria del horror manifestada en la película desde una perspectiva cosmovisional cristiana?

La razón por la que cuando encuentro esta película en la televisión no puedo dejar de verla es porque me constriñe en mi pulsión por las construcciones historiográficas, sobre todo, aquellas que tienen que ver con la memoria del pasado reciente. Veo a Hanna y mi empatía con ella, y me pregunto, si me pondría en el lugar del otro mostrando mayor misericordia por un violador de derechos humanos, confeso de sus delitos, si fuese un conocido mío con quien el afecto, a pesar del daño realizado, nos une de manera indefectible. Hanna no muestra ninguna seña de arrepentimiento. Es más, muestra una fe en el progreso humano de corte ilustrado tremendo, pensando en que la educación, sobre todo cuando reporta el esfuerzo autodidacta, termina redimiendo a la persona.  Aquí nos encontramos con el dolor del trauma de una manera distinta a las de otras producciones. No es La lista de Schindler, ni tampoco la trasandina La noche de los lápices. Aquí no se ve el desgarro de la tortura. Se ve el desgarro del trauma de la victimaria. Es trauma, porque éste sólo es susceptible de ser dejado de lado cuando se le ponen palabras al dolor. Pero aquí, el dolor está tapado por la individuación. La película es cruenta, porque hace descubrir la parcialidad que hay en nuestros corazones, y que cuestiones que parecen tan absolutas como la justicia histórica son relativizados, cuando por ejemplo, se trata de una mujer amada como Hanna Schmitz. 

Ahora bien, no sólo es el amor que identifica con el otro, en este caso Hanna, sino también algunas de las discusiones emergidas producto del juicio. En la película, aparece esta opinión del profesor Rohl a sus estudiantes: “Las sociedades piensan que se rigen por algo llamado moralidad, se rigen por algo llamado ley. Uno no es culpable de nada sólo por trabajar en Auschwitz. Ocho mil personas trabajaron en Auschwitz. Exactamente diecinueve han sido condenadas, y sólo seis de homicidio. Para probar el homicidio, debes probar la intención. Esa es la ley. La cuestión nunca es si estuvo mal, sino si fue legal. Y no según nuestras leyes, no. Según las leyes de ese tiempo. […] Sí. La ley es limitada. Por otro lado, sospecho que la gente que mata a otra gente tiende a ser consciente de que está mal”. Aquí tenemos a un abogado poniendo en cuestión la absolutización de la mirada legal, que terminó castigando a unos pocos, a modo de chivo expiatorio, basados en la preeminencia de la ley. Preeminencia de la ley que deja de lado la moral. Y no cualquier ley, las leyes del nazismo, cuya desobediencia implicaba traición con las consecuencias previsibles de ello. Pero dicho abandono de la moral, nunca es total, pues la conciencia sigue juzgando. El dilema es terrible, porque si traslapamos este hecho ficcional a nuestros hechos factuales, en el Chile dictatorial, muchos de quienes hoy se encuentran prisioneros eran subalternos. Subalternos de un poder que se automiraba con la facultad de hacer mover las hojas con su sola palabra. ¿Hasta qué punto los responsables de los crímenes de lesa humanidad del Chile contemporáneo son chivos expiatorios de los responsables civiles y militares? ¿Qué hace que muchos de los responsables y cómplices civiles y militares, lejos de su apresamiento siguen ejerciendo dosis de poder en la sociedad re-fundada a imagen y semejanza de Pinochet?

Antes de ser lapidado, decir, que son preguntas que se relevan y estremecen a partir de la producción fílmica, no declaraciones de certezas. Porque la certeza es cosmovisional. Bíblicamente, Hanna y sus compañeras serían como aquellas personas que “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7), por ende, sembró lo que cosechó, y frente a eso, Dios no puede ser burlado (cf. Gálatas 6:7,8). Los delincuentes deben ser juzgados, sobre todo aquellos que matan y dañan la dignidad de otros seres humanos. La vida está por sobre la propiedad privada, más allá de lo que la cultura imperante nos diga. El profeta Isaías anunciando la palabra del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actuó también en la historia usando como instrumento suyo a los que han hecho lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollaron sea su voluntad declarada en la Palabra. El asesinato, la tortura, la desaparición de personas, el ejercicio represivo debe ser señalado como tal, porque “la verdad nos hace libres” (Juan 8:32), no olvidando que nuestro Señor y Maestro se llamó escandalosamente a sí mismo “la verdad” (Juan 14:6). No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la tiranía. Pero, a la vez, Jesús señaló que en los tiempos que vendrían de manera posterior a su estadía en la tierra “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Pero los y las creyentes debemos recordar, animados por la fuerza del Espíritu, que la señal de identificación de quienes seguimos a Jesús de Nazaret es el amor a nuestro prójimo (Juan 13:35). Más allá del daño que nos causaran, más allá del daño y el dolor que nos sigan causando. Dios, que no se complace de la muerte del malvado (Ezequiel 18:23) ejecuta su justicia en la historia, derrocando de su trono a los poderosos y exaltando a los humildes (Lucas 1:52), porque a diferencia de nosotros, Dios cuando ama no deja de ser justo. Amor y justicia, en Él y por Él, van unidos hasta el fin. Y Dios nos ayuda a vivir pensando y viviendo así con la fuerza de su Espíritu vivificador. 

b. ¿Qué utillaje reporta analizar el libro y la película para el pensamiento y acción cristianos respecto a los traumas y dolores del pasado reciente?

Tanto el libro como la película proveen un instrumento pedagógico. Interesantemente acá la belleza de la narración literaria y fílmica está marcada por el desgarro, por la enunciación de la muerte y el dolor que no tranquiliza y por el impacto que no es la sublimación trascendental, sino más bien la reflexión que hace apretar las entrañas. ¿Cómo el horror nos conduce a una propuesta de acción cristiana basada en el amor que no se desliga nunca de la verdad?

Cuando se analiza el libro y la película desde una perspectiva cosmovisional, y eso lleva a pensar la propia realidad contingente, el dolor cede su lugar a la esperanza que confronta. Nos hace ver que hay vida más allá del “valle de sombra y de muerte”. Y es allí que aparece, la políticamente incorrecta reconciliación. Nadie sale indemne de un centro de tortura, de un campo de concentración, de una mazmorra del enemigo e, inclusive, de dichos espacios constituidos en lugares de memoria o sitios de conciencia. Pero el dolor-tortura-asesinato-y-desaparición no necesariamente elimina la posibilidad del encuentro y el perdón. Y si bien es cierto, el perdón no se obliga y sólo se hace efectivo si el que perdona lo hace con sinceridad y el perdonado reconoce el error y acepta el perdón que lo restaura, debiésemos contribuir y facilitar dicho ejercicio. ¿Cómo? Ligándolo a la justicia efectiva. Es terrible cuando se confunde la venganza con la justicia y viceversa. Es la justicia y no el silencio cómplice lo que facilita el encuentro, ayudando a la sanidad del corazón de quienes sufrieron los rigores del régimen de facto. Restaura y libera al ofensor, toda vez que le quita aquello que lo autodestruye, que es el ejercicio abusivo del poder. Es esa acción, que no divorcia el amor de la verdad, la que nos genera la tarea de hacer que la cicatriz sea marca del pasado y no desgarro inmovilizador en el presente y el futuro. Lamentablemente, en el caso de Hanna, de Michael, y por qué no decirlo, de Ilana, el desgarro era más que una cicatriz. Era un peso inmovilizador que no permitía vivir. Era el trauma. 

Todo este camino nos hace encontrarnos con los daños que nosotros producimos y que otros producen en contra de otros. Nos hace vernos que nunca dejamos de estar frente a un tribunal y que a veces el juez es inclemente y sanguinario: nosotros mismos. Nos hace encontrarnos con seres humanos caídos, depravados totalmente, que actúan en consecuencia, más allá de lo buenos y admirables que nos parezcan en una determinada área. El dolor que ensimisma produciendo autojusticia nos hace estar frente a un dios falso que nunca nos permite dar el ancho. Y sí, ante Yahvé de los Ejércitos, el Dios Todopoderoso, tampoco nunca daremos el ancho… por eso, nuestra relación con Él está marcada por la gracia. Por otro lado, nos hace recordar que como cristianos tenemos siempre tarea pendiente en relación con la justicia social, la verdad y con el amor que permite el encuentro. Cada uno de nosotros debe priorizar esfuerzos en aquello que adolece.

Recordamos, entonces, haciéndonos cargo de la conflictividad de los sucesos del pasado, planteando nuevas interrogantes del ayer, del hoy y del mañana. Recordamos porque, como dijera Walter Benjamin, “sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por [la idea de que] tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer” [5]. Recordamos el horror, porque si seguimos poniendo la basura debajo de la alfombra y borroneando nuestra historia reciente, el dolor y el desamor seguirán tan vigentes como hasta ahora. Recordamos, porque el amor no se goza de la injusticia sino que se goza en la verdad (1ª Corintios 13:6).

Luis Pino Moyano.


Referencias bibliográficas. 

[1] H. R. Rookmaaker. Arte moderno y la muerte de una cultura. Barcelona, Editorial CLIE, 2002, p. 284. 

[2] Bernard Schlinck. El lector. Barcelona, Editorial Anagrama, 2000, 203 páginas.

[3] Dominick LaCapra. Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría critica. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 178.

[4] Georges Bataille. El erotismo. Barcelona, Tusquets Editores, 2000, p. 33.

[5] Walter Benjamin. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago, Universidad ARCIS y LOM Ediciones, 1998, p. 51. Corresponde a un texto titulado “Tesis de filosofía de la historia” o “Sobre el concepto de historia”.

¿Educación cívica sin política?

Por muchos años se viene escuchando un discurso que se ha instalado con la fuerza de un sentido común: “En los colegios ya no se enseña Educación Cívica”. Y efectivamente, ya no existe una asignatura con ese nombre, pero eso no quiere decir, en ningún caso, que los contenidos asociados a ella no se vean de ninguna manera. Sólo algunos datos de la causa: 

a. Hasta el año antepasado, los contenidos que se veían antaño en 3º Medio en Educación Cívica y en 4º Medio en Economía, eran vistos en Historia y Ciencias Sociales de 4º Medio, con la misma carga horaria, pues dicha asignatura tenía dos bloques de 90 minutos, mientras que las asignaturas de antaño sólo tenían uno. 

b. Mientras no se realizó Educación Cívica y hasta 2019 existió un electivo llamado Realidad Nacional donde dichas materias eran reforzadas. 

c. Por otro lado, desde 2020 existe una asignatura dentro del plan común llamada “Educación Ciudadana” con contenidos similares a los vistos en Educación Cívica y Economía, fomentando la participación democrática desde el colegio a la sociedad. 

d. Y si esto fuera poco, la formación ciudadana es transversal en el marco curricular del país, tanto es así, que todo colegio debe tener un plan para ello que concretice dicho acercamiento en todas las materias. 

Entonces sí, no existe una asignatura con el nombre de Educación Cívica (ni tampoco otra que se llame Economía), pero eso no es sinónimo que no se hablen de los derechos y deberes en la sociedad, de la democracia y el bien común, de la participación ciudadana, de las tecnologías y medios de comunicación, del desarrollo económico en un contexto globalizado, del mundo laboral y los derechos en esa esfera. Los planes y programas del MINEDUC están a libre disposición y pueden ser conocidos por toda la población. 

Sintetizando lo dicho hasta acá, señalo con toda claridad que el sentido común de la ausencia de Educación Cívica en los colegios chilenos carece de realidad en la práctica escolar. 

Y acá el otro tema propuesto a la hora de enunciar el título: ¿es posible dejar lo político fuera del aula? Acá quiero asentar dos premisas que me parecen fundamentales. La primera, es que es evidente que los procesos cognitivos que vive cada estudiante en una determinada edad deben ser respetados y, que por ende, los/as estudiantes de ningún ciclo deberían ser obligados/as a proferir proclamas alusivas a cuestiones políticas y/o que respondan a una militancia determinada. Por otro lado, la educación en las escuelas dista o debería estar alejada del modo de realización de una “formación de cuadros”, pues lo que se entrega al final del proceso es una Licencia de Educación Media y no una credencial de partido político. Y acá no sólo debería hacerse hincapié en los discursos de izquierdas, sino también los de derechas, o en los de ciertas organizaciones religiosas con colegios para élites o en sectores poblacionales (léase, Legionarios de Cristo y Opus Dei). 

Pero, y pensando en Historia y Ciencias Sociales y en Educación Ciudadana como asignaturas del ciclo media, ¿es posible hablar de la democracia griega y de la república romana sin decir algo sobre la influencia de dicho entendimiento de la vida en la polis hasta el presente? ¿Es posible hablar de la Edad Media sin decir que fue allí que se dio origen al concepto de “lucha de clases” y no en el siglo XIX? ¿Es posible hablar del protestantismo y del movimiento ilustrado sin considerar su diálogo-discusión respecto del concepto de libertad de conciencia? ¿Es posible hablar de los pipiolos y los conservadores en Chile sin hablar de la eliminación literal o simbólica de la disidencia política? ¿Es posible hablar de Balmaceda y la Guerra Civil de 1891 sin pensar respecto de la nacionalización de los recursos naturales en el pasado y el presente? ¿Es posible hablar de los gobiernos radicales iniciados en 1938 sin pensar en el papel del estado en la economía? ¿Es posible hablar de la década de los sesenta y los setenta sin poner atención a aquello que Mario Góngora denominó “planificaciones globales”? ¿Es posible hablar de la dictadura o régimen militar (para quienes no se han dado cuenta, son sinónimos) sin repudiar las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos? ¿Es posible hablar de los gobiernos de la Concertación, la Alianza por Chile, la Nueva Mayoría y Chile Vamos sin decir nada sobre la democracia “en la medida de lo posible” y la política analfabeta que caracteriza nuestra discusión actual donde casi todo es performance superficial y vacua? ¿Es posible hablar de derechos humanos sin mencionar la situación del pueblo mapuche y el caso Catrillanca? ¿Es posible hablar ciudadanía sin decir nada sobre el actual proceso constituyente? Las respuestas a todas esas preguntas, sin poner acento en este breve artículo en sus respectivas argumentaciones, es un rotundo NO. No es posible disociar los temas políticos del entendimiento del pasado y del presente de nuestras sociedades. 

Y ahí, vuelvo a señalar una premisa aceptada en el presente por las ciencias de la naturaleza y que cuesta tanto explicar en las ciencias sociales: “quien mide modifica lo medido”. No existe posibilidad de neutralidad cuando se examinan hechos, actores y procesos. Siempre que hablamos, dejamos de manifiesto nuestros prejuicios, presuposiciones, cosmovisiones o contextos de producción. En historia, tomando las palabras de Paul Ricœur existe un “pacto de verdad”, por lo que nadie que quiera seguir cultivando dicha disciplina puede modificar los hechos y los sujetos que participaron en ellos o les dieron vida. Pero la lectura de los mismos, incluso eso tan inocuo que parecen las periodizaciones o líneas de tiempo, están cargados de subjetividad. Es interpretación. 

Paulo Freire, de quien este año celebraremos su centésimo aniversario, señalaba en su libro “Educación en la ciudad” que “En nombre del respeto que debo a mis alumnos no tengo por qué callarme, por qué ocultar mi opción política, admitir una neutralidad que no existe. Esta, la supresión del profesor en nombre del respeto al alumno, tal vez sea la mejor manera de no respetarlo. Mi papel por el contrario, es el de quien declara el derecho de comparar, de escoger, de romper, de decidir, y estimular la asunción de ese derecho por parte de los educandos”. Esto ha formado parte de mi ética como profesor. Nunca he escondido a las/os estudiantes mi visión sobre hechos, procesos, sujetos o problemas de estudio. Nunca he dejado de señalar las posiciones adversas u alternativas a las que estoy proponiendo. Y nunca he castigado a un estudiante con una nota o censurado su habla porque piensa distinto de mi. Al contrario, potencio su participación y ayudo en lo que más puedo en sus reflexiones para que nunca sean “continentes sin contenido”. 

Creer que un estudiante por el simple hecho de ser estudiante está de plano en una situación de desventaja con un/a profesor/a respecto de la posibilidad de pensar es una falacia. Podrá estarlo en relación al poder, sobre todo de un lápiz, pero no respecto del pensamiento. Y claro está, quienes deben cuidarse del ejercicio abusivo del poder, que podría derivar en control de conciencias, somos los/as adultos/as responsables. Pero de la misma manera, quienes son observadores externos del proceso educativo, sobre todo en tiempos de pandemia con educación a distancia, no pueden interpretar cada lectura u opinión como una vulneración al derecho a pensar diferente. Al contrario, asuma hoy más que nunca la posibilidad de dialogar sobre los temas vistos en el colegio sin desautorizar a un/a profesional que estudió de los temas pero que no se posiciona por sobre el bien y el mal. 

¿Educación cívica sin política? No es posible, porque la sala de clases puede estar cerrada pero nunca está disociada de lo que pasa en el mundo. De hecho, la Educación Cívica y su sucesora de hoy, Educación Ciudadana, busca el pensar el mundo y la sociedad, con la posibilidad de dialogar y discutir desde el plano de la argumentación. Y la argumentación se ejercita con quienes piensan distinto. En el debate. Y quienes ejercemos la docencia deberíamos anhelar sembrar no la semilla de nuestro pensamiento, sino la de la reposición de la política letrada. 

Luis Pino Moyano.

* Las nociones de política analfabeta y letrada las debo a Tomás Moulian.  

Ser profe en los tiempos del Covid.

El 2020 comenzaron los tiempos del Covid en estas latitudes, y eso implicó múltiples cambios en la vida cotidiana, en las relaciones con otros seres humanos y, por cierto, en el trabajo. Soy profe guía de un octavo básico y de historia en el ciclo Media. El año pasado, cuando empezaba a conocer a mi curso en la tarea de lo que antes de llamaba “profesor jefe”, con menos de dos semanas de clase, tuvimos que irnos a nuestros hogares y todo cambió. Las dos primeras semanas, implementamos la realización de guías por parte del estudiantado, mientras que, paralelamente, íbamos asimilando tecnologías que existían pero no usábamos, siendo Classroom, Meet y Zoom las más utilizadas, incluyendo otras como pizarras virtuales, la grabación de cápsulas, las que por cierto, para que no tuviesen ruidos molestos en mi caso eran realizadas de noche. Así, en menos de dos semanas teníamos Classroom activados, Instagram por curso, y en mi caso por mis TOCs, un sitio de internet que tiene horarios, códigos de la plataforma de Google mencionada y links de videollamadas, junto con textos de estudio y otras informaciones. Junto con ello, vivimos la transformación de WhatsApp como la aplicación orientada al trabajo, tanto con colegas como con apoderados/as, cosa que por años me rehusé a realizar, por ser tan invasiva y con límites temporales líquidos (nada que el eliminar notificaciones por banderas, sonidos o vibraciones no pueda solucionar, por cierto). 

Pero ahí empezó la otra aventura. Trabajar todo el día sentado, sin poder moverse en una sala, ni sentarse de vez en cuando en la mesa, jugar con la pizarra aunque se tenga una presentación con diapositivas. Pero por sobre todo ese contacto humano, en el que hay miradas, risas, en el que se puede ver con claridad la concentración o el aburrimiento, lo que permite un mejor ejercicio de la clase como tal. Acá se ven pantallas negras, con nombres. Y alguien dirá: qué falta de respeto la de estudiantes que no encienden su cámara. Pero por muchos años hay estudios que señalan los efectos adversos que produce la sensación de estar siempre siendo grabados, sin posibilidad de controlar lo que se hace con nuestras imágenes, como si estuviésemos rodeados todo el día por espejos. Y, por supuesto, la invasión de la intimidad de un espacio en el que no tenemos jurisdicción. Me gustaría ver a mis estudiantes todos los días, pues creo que eso genera una sensación de mayor cercanía, pero es su derecho encender una cámara o no, y quienes somos adultos debemos lidiar con ese desafío. 

Por eso, nadie más feliz que un/a profe con volver a lo presencial. Cuando a inicios de marzo lo hicimos, por poco más de tres semanas, vimos la alegría del contacto humano y que, a pesar de mascarillas y distanciamiento social, y por cierto, el pensar actividades para estudiantes en el colegio y en casa, con bloques de una hora lo que hacía que en una mañana pudiésemos estar con seis cursos en un ritmo intenso, así y todo era más llevadero, más humano si se quiere. En mi caso, que trabajo en el Cajón del Maipo, el aire en la cara cuando manejo con la ventana del auto abierta, los árboles, el patio, el café conversado, todo eso era vitalizador. Esas tres semanas sentí recuperar el rostro humano. Pero volvimos a la otra realidad. 

Por cierto, con todo el anhelo de volver a lo presencial, siempre fue mi opinión el que debíamos partir en marzo de manera virtual y evaluar en abril un retorno, por toda la información proporcionada por el Ministerio de Salud y otras instituciones, como por ejemplo, el Colegio Médico. Además, los/as profes de mi rango de edad comenzamos a ser vacunados con la primera dosis en la primera semana de marzo. Y así fue que tuvimos colegios cerrados a los dos o tres días de abiertos, por contagio de estudiantes y colegas. Pero cuando hablamos de esto, el profesorado era flojo, pues según algunos miembros de la clase política y medios de comunicación privados con impactos público, estuvimos de vacaciones un año, o en el mejor de los casos, obstruccionistas que sólo queríamos oponernos a seguir las directrices del gobierno actual. En el caso del ministro de economía, Lucas Palacios, el patetismo llegó a niveles inimaginables: “En el caso de los profesores, llama la atención que busquen por todas formas no trabajar, es un caso único en el mundo y yo diría que de estudio”. A las horas, aclaró-oscureciendo que se refería al Colegio de Profesores, que por cierto no está conformado por ingenieros, y que nos guste o no es interlocutor válido con el gobierno. El año pasado, y lo que va de éste, es el tiempo en que más me he sacado la mugre trabajando, con horas y horas sentado frente a una pantalla, con disolución de los tiempos libres, con la conversión de mi casa en espacio laboral. Y vienen sujetos con una falta de respeto gigante a inocular el sentido común del profesor flojo, dando cátedra de lo que significa gobernar en un mundo paralelo. En otros tiempos, “gobernar ERA educar”. 

El exministro de hacienda, devenido en candidato presidencial, Ignacio Briones se ha esforzado en instalar otro sentido común, de manera más sutil por cierto, pero no por eso menos evidente. Hace unos días atrás, propuso: “hagamos un concurso, gastemos las lucas que se requieran, para traer los mejores profesores y mejorar la calidad de la educación. Eso se lo debemos a los niños de Chile”. Suena bonito, porque es integrador, abre las fronteras a extranjeros (no a migrantes, que suena parecido pero no es igual). Pero el sentido común a instalar es claro: los/as profes de Chile, diciéndolo en buen romance, somos pencas. ¿Por qué no esas mismas lucas se invierten en mejorar los sueldos del magisterio y sus posibilidades de capacitación? En Chile cada vez más nos hemos acostumbrado al ninguneo de profesionales a quienes no nos regalaron nuestros grados académicos o títulos profesionales, y que invertimos día a día en conocer un poco más, y en tecnologías para llevar a cabo nuestras labores con sentido ético, calidad y decencia. Siempre le he dicho a mis estudiantes que creo en el derecho a la educación, y ese derecho se defiende en la calle, en la actividad política y también en la sala de clases. Ese es el marco del respeto a la tarea educacional, que hoy sostenemos esforzadamente, a riesgo de nuestra propia cotidianidad, en educación a distancia, buscando que los/as estudiantes no sólo aprendan, sino que tengan un espacio donde ejercitar sus habilidades, sin agobio. Porque esto no es sólo educación a distancia, es educación a distancia en contexto de pandemia y con encierro obligado por la cuarentena. ¿Qué más quieren? ¿Quieren que hagamos adobe también?

Ni flojo ni penca. Soy profe, un ser humano que vive y que desarrolla su labor con profundo respeto y esfuerzo, con todos los riesgos y reveses que ha traído esta época. 

Un día contaré a mis futuros estudiantes y nietos/as, si es todavía estoy vivo, que fui profe en los tiempos del Covid. Y si no, esta bitácora lo dejará registrado. 

Luis Pino Moyano, Profesor de Historia, Ciencias Sociales y Educación Ciudadana.

¿Celebrar o conmemorar? Sobre acciones plausibles en un día 8 de marzo.

Si bien es cierto el hecho que se conmemora un día como hoy no ocurrió un 8 de marzo de 1908, sino el 25 de marzo de 1911, ocasión en la que 146 personas, mujeres-niños-y-migrantes, murieron como víctimas de un incendio en la Triangle Shirwaist Company, en la ciudad de Nueva York, ese hito está conectado con una serie de reclamaciones que se venían dando en torno a prácticas abusivas hacia la “mitad invisible” de la población. 123 mujeres perecieron ese día. 14 años tenía la menor de ellas. La fecha del 8 de marzo había surgido con antelación a dicho acontecimiento en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, a petición de Clara Zetkin, en alusión a dos huelgas de obreras, en 1857 y 1908. La fecha, entonces, busca recordar el ejercicio político que comienza con sacar las demandas privadas a lo público y, que concluyó, como tantas veces, en represión.

Hoy se conmemora y, claramente, se puede celebrar. Esas acciones no son, necesariamente, excluyentes. Se puede celebrar, porque claramente, hoy no es 1857, 1908 ni 1911, y las mujeres con esfuerzo y en una cancha totalmente dispareja, han conquistado muchas cosas en el espacio público. Hoy como diría Olympe de Gouges, la mujer puede ir al cadalso y también subir a la tribuna. Conmemoramos y celebramos, por tanto, la valentía de mujeres que quisieron dejar de ser las “proletarias del proletariado mismo” (Flora Tristán), luchando por el derecho al sufragio y la igualdad de derechos, por la “democracia en la casa y en el país” (Julieta Kirkwood), y contra la exclusión, las desigualdades de género, el maltrato en todas sus formas, la minusvaloración. Es la lucha de quienes buscan, como diría Gioconda Belli, “romper para siempre / el hielo, las tormentas / y derramar el verde de nuestros brazos y piernas / para abrazarlos / y destetar la historia / que ha querido mordernos”.

Pero la alegría no es completa. Lo será el día que no sea necesario separar un día para conmemorar y/o celebrar. Lo será el día en que las lógicas abusivas, cosificadoras y genitalizadoras se acaben con el maltrato, la ignorancia, la falta de justicia y paridad en el trato, y se permita y sostenga el encuentro con otros diferentes-e-iguales. Lo será el día en que los creyentes cristianos actuemos de acuerdo a nuestra cosmovisión: reconociendo a las mujeres en su dignidad como imagen de Dios, y entendiendo, y viviendo, conforme a un Señor que con su sangre botó todas las murallas que nos alejan, al nivel que Pablo dijo que no hay hombre ni mujer en Cristo. Todos estos reconocimientos y acciones son parte de la tarea de extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Entonces es un día para indignarse frente a los pecados sociales de nuestro mundo de ayer y hoy, comprometiéndonos en la tarea de ser artesanos de la paz, posibilitando una mejor historia desde lo micro a lo macro, desde lo íntimo a lo comunitario, desde lo privado a lo público.

No podemos olvidar que la Biblia, el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto. Pero Dios tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y nosotros la responsabilidad de amar a nuestro prójimo, hombre y mujer, como a nosotros mismos. 

Es tarea cotidiana pugnar por derrotar la cultura de la violencia, para encontrarnos y caminar hacia lo que que lírica y bellamente Redolés llamó “Bello Barrio”, el lugar “donde tú vas con tu sueño y la ternura viva en los labios / Porque acá nadie discrimina a los que van con su sueño y la ternura viva en los labios”.

Luis Pino Moyano.

El papel de los evangélicos en la historia política de Chile en un comentario al libro de Mansilla y Orellana.

* Miguel Ángel Mansilla y Luis Orellana. Evangélicos y política en Chile 1960–1990: política, apoliticismo y antipolítica.Santiago, Ril Editores y Universidad Arturo Prat, 2018, 201 páginas.

 

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos.

 

“La historia de Chile está por hacerse”, diría Julio César Jobet [1], y en registro similar, Gabriel Salazar ha señalado que “Chile es un país mal estudiado” [2]. Algo parecido podríamos decir de la historia del protestantismo chileno. Si bien es cierto, se han realizado importantes esfuerzos por reconstruir la historia de este movimiento diverso por antonomasia, pocos de ellos sobrepasan las primeras tres décadas del siglo XX, teniendo como punto de quiebre el año 1925 y la Constitución que termina con la lógica del estado confesional, quizá por un prurito positivista. Las excepciones a la regla en lo que podríamos denominar “historias generales” la realizan Karl Appl y Juan Sepúlveda. Desde el campo católico romano ese límite temporal fue sobrepasado tempranamente en los libros de Ignacio Vergara y Humberto Muñoz [4]. Sobre la relación del protestantismo con la política, están los estudios de Humberto Lagos y Evguenia Fediakova [5], junto con una serie de tesis de grado en universidades chilenas [6], y una serie de papers en revistas académicas, entre las cuales los autores del libro a comentar, Miguel Ángel Mansilla y Luis Orellana, han colaborado con sus comunicaciones.

Ocupando las categorías de Peter Winn, en el tratamiento de la historia reciente y del trabajo con la memoria, se manifiestan dos dimensiones, una reconstructiva y otra interpretativa [7]. En ese sentido, el trabajo de Mansilla y Orellana realiza un avance pasando a la fase interpretativa, aunque todavía desde las fuentes documentales más clásicas. Y es aquí donde surge la pregunta, ¿frente a qué tipo de trabajo estamos? ¿Se trata de una monografía, de un ensayo, o de plano una compilación de artículos ordenados de tal manera que den la impresión de una secuencia lógica? Si es una monografía, dónde está el problema de investigación que guía el desarrollo de la misma en la comprobación de una hipótesis. Si es lo segundo, qué es lo que se busca discutir y con qué autores. Llama la atención que los autores pretendan abrir un campo inédito sobre todo en el uso de “fuentes evangélicas y seculares” (p. 21), que es la forma más sencilla de validar un proceso investigativo, sin hacerse cargo del estado del arte, sobre todo el que he mencionado en la nota al pie de página número seis. Porque a estas alturas posicionarse desde la extensión de las tesis de Lalive [8] y de Fediakova es, a lo menos, insuficiente. Todo ello hace que como lector me incline por la tercera opción, lo que hace que un documento con aspiraciones académicas pierda fuerza en dicho formato.

Paso, ahora, a describir muy brevemente el contenido del libro. El capítulo 1 presenta un catastro de organizaciones evangélicas durante el período de la dictadura (pp. 23-42). El capítulo 2, quizá el más relevante desde un punto de vista teórico, elabora una conceptualización de los diversos tipos de apoliticismo manifiestos en el mundo evangélico, y particularmente en el contexto del pentecostalismo (pp. 43-70). El capítulo 3 realiza un análisis del contexto y de discurso en torno a la “Declaración de las Iglesias Evangélicas en apoyo al Gobierno Militar” de 1974, firmada por pastores de distintas iglesias evangélicas a nombre de sus congregaciones (pp. 71-114). El capítulo 4 presenta la tarea de la Confraternidad Cristiana de Iglesias, sus vínculos ecuménicos con otras organizaciones principalmente protestantes, y los ejes temáticos de su crítica al gobierno dictatorial (pp. 115-146). El capítulo 5 habla de la “Carta Abierta al General Augusto Pinochet, Presidente de la República de Chile” del 29 de agosto de 1986, en su contexto de producción, como hito y un análisis de los temas abordados en ella (pp. 147-178). El capítulo 6, titulado “Reflexiones finales” tiene dos maneras de presentar su exposición: la recapitulación y fortalecimiento de las materias abordadas en el libro, y miradas de la acción política evangélica del Chile posdictatorial, sobrepasando con creces el marco del año o la década de 1990 enunciada en el título (pp. 179-192).

Si bien es cierto, este libro carece de problema de investigación y de hipótesis, en su desarrollo y conclusiones, elabora una serie de tesis que son susceptibles de discusión, desde un prisma historiográfico, científico social e, inclusive, político.

En primer lugar, quisiera referirme a la categorización de lo apolítico en el mundo evangélico. Como señalé en la breve descripción de los capítulos, esta conceptualización es relevante y, por lo mismo, la que podría generar mayor debate. Estando de acuerdo con los autores respecto a los factores que podrían derivar en lo apolítico, como el miedo a la secularización o a ideas políticas contrarias, el papel de la teología norteamericana -y de su cultura, en una época denominada por el historiador marxista británico Eric Hobsbawm como “los años dorados del capitalismo”-, sobre todo, de aquella emanada del fundamentalismo que en su constructo doctrinal fundía dispensacionalismo con anticomunismo, y junto con ello, lo que autores como José Míguez Bonino y Juan Sepúlveda han denominado un pesimismo antropológico, quisiera poner un matiz considerando dos asuntos de raigambre histórica. Al adentrarse en la tradición política de los evangélicos en Chile, sobre todo más allá de la década de 1920, es susceptible pesquisar la participación de evangélicos en la esfera política, siguiendo a candidatos o participando en acciones colectivas en agrupaciones de diversa índole, tal y como era el marco de la política de aquella época en un contexto de polaridad y tres tercios: izquierda, centro y derecha, específicamente desde el triunfo del Frente Popular, en 1938.

De hecho, no deja de ser interesante que en la referencia a la Revista “Fuego de Pentecostés” de  ese mismo año, citen sólo la declaración en torno a la candidatura a la presidencia de Genaro Ríos y no el artículo del Superintendente, a la sazón Pr. Guillermo Castillo, en la misma página de dicha fuente, en la que señala: “Nosotros los cristianos no debemos comprometernos con ningún candidato político, a menos que sea de nuestra confianza, pero en todo caso individualmente y no exigiendo a otros que lo hagan” [9]. Esto no es contradictorio con la cita de la declaración firmada por Castillo como “El Superintendente” y que dice: nos vemos en la necesidad de DECLARAR que la obra que presido no se mezcla en política, y por lo tanto, no se mantiene ninguna vinculación con partidos políticos o combinaciones de esta naturaleza” [10]. Lo que se salvaguarda es lo que la iglesia en tanto institución realiza. No hay acá un veto o una coerción de la libertad de conciencia de los creyentes y su acción en el espacio público, sino la mantención de un claro distintivo protestante: la diferenciación entre iglesia orgánica e institucional. En ese sentido, la institución es apolítica, el miembro de ella no.

Por otro lado, los autores no se hacen cargo, en esta unidad de historia secular y eclesiástica, que la crisis de lo político es un fenómeno transversal en el país desde el período dictatorial y el proceso transicional. “Política” se transformó en una mala palabra, en un formateo intelectual de los personeros de la dictadura, especialmente de su líder el general Pinochet, que hablaban de la politiquería y de los señores políticos como los culpables de la crisis que derivó en el golpe, asociándola a vicios y corrupción, a diferencia de la tecnocracia neoliberal que produciría una ciencia en pos de “un país ganador” como cantaba la campaña del Sí en 1988. Esa política realizada por profesionales y técnicos fue seguida por los gobiernos de la Concertación, quienes entendieron que la mejor manera de comunicar era no comunicar según la tesis de Eugenio Tironi, lo que implicó el cierre de los medios de comunicación alternativos en el contexto dictatorial [11]. Dicha reacción, entonces, no es sólo evangélica. La declaración “El apolíticismo es una postura política conservadora y de derecha” (p. 45) es más que riesgosa desde un punto de vista histórico.

Además, y sin matizar en ningún grado la condena y el repudio al golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, debe llegar el momento en que discutamos la articulación de una memoria oficial que ha colocado en un tabú el tema de la violencia política y social [12], cuando en la época más politizada de nuestra historia todos los partidos políticos legitimaron el uso de la violencia, sea en torno a un proyecto revolucionario o facilitando o legitimando la salida golpista. La violencia política en la historia republicana de Chile no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha. ¿Por qué señalo esto? Porque el discurso legitimador del golpe, que nos parece aberrante en el presente, tenía condiciones de posibilidad de existencia histórica sobre todo en el momento inicial de la dictadura, la que estaba solidificada por conceptos transversales como el profesionalismo y apego constitucional de las FFAA y, lo que la historiadora María Angélica Illanes denominó “El mito de la diferencia” [13]. El discurso evangélico en la declaración de 1974 no sólo puede ser analogado al de los apologistas del régimen de facto, sino también a las palabras de Eduardo Frei y Patricio Aylwin, entre otros, que en primera instancia defendieron la asonada militar, y quienes hoy por hoy son considerados por un sector de la “centroizquierda” como adalides de la democracia. El repudio no puede rehuir la historización pues el ejercicio de comprender no es similar al de justificar.

Por su parte, un asunto problemático del libro, que dificulta su recepción académica, es el uso de adjetivos que pueden derivar en constructos ahistóricos o, en su defecto, en caricaturizaciones. Ideas como “mundo evangélico del socialismo”, “pastores ideólogos de la dictadura”, “oportunismo político”, o la referencia a los documentos como maldito y bendito, haciendo un juego con la Ley de Defensa Permanente de la Democracia que proscribió de la legalidad al Partido Comunista por diez años (1948), a mi juicio, todas ellas forman parte de un complejo de los estudiosos del pasado evangélico en el país, que tienden a exagerar la importancia de actores e hitos propiciados en nuestras filas, que no son referidos en otros estudios históricos de importancia sobre el proceso. Ni Francisco Anabalón puede ser comparado con Jaime Guzmán, ni la declaración laudatoria del régimen en 1974 que acusa al marxismo internacional puede ser analogada a la “ley maldita”.

Tampoco el socialismo o el radicalismo pueden ser entendidos de manera gruesa como opciones de izquierdas o de “centroizquierda” en Chile en el siglo XX. El Partido Radical fue un partido de centro, y que en el fenómeno de polaridad del Chile de 1938 a 1973, atrajo hacia su proyecto centrista a fuerzas de izquierda (durante el gobierno de Aguirre Cerda y mínimamente en el de Ríos) o giró a la derecha con González Videla. Grupos salidos del radicalismo apoyaron a Ibáñez, bajo el nombre de Partido Radical Doctrinario y después, con la configuración del FRAP y luego de la UP apoyó a Allende no sin disidencias y divisiones. Por su parte el Partido Socialista de Chile, en el contexto de los gobiernos radicales, sobre todo en las décadas de 1940 y 1950, vivió divisiones que dieron vida a los Partidos Socialista Auténtico y Socialista Popular, con sectores aliados y opositores al comunismo. El Partido Socialista Popular no sólo apoyó a Ibáñez en las elecciones de 1952, sino que aportó en la primera parte de su gobierno con dos ministros: Felipe Herrera y Clodomiro Almeyda. Entonces, es más que probable que los sectores evangélicos cercanos al radicalismo y al socialismo lo hayan hecho más bien pensando en un proyecto nacional-desarrollista y de estado benefactor, que siguiendo principios propios de las culturas políticas de izquierdas.

Concuerdo con los autores del libro en varios de sus análisis de los documentos de 1974 y 1986, con sus críticas y apoyos al Consejo de Pastores y la Confraternidad Cristiana de Iglesias, respectivamente. Claramente, mientras unos torcieron el mensaje de la Escritura para defender a un régimen que no trepidó en usar el terrorismo de estado, otros analizaron con mayor seriedad el texto bíblico haciendo justicia a su llamado por la verdad, la justicia y la reconciliación nacional, muy de la mano del proyecto de la entonces Alianza Democrática (no por nada, dicha carta fue publicada en parte o íntegramente en las revistas Análisis y Mensaje). No obstante, hay una serie de juicios que sobrepasan las posibilidades de correlato empírico o que, muestran una dosis mayor de crítica o de empatía según el caso, situación que un estudio de carácter académico no puede concederse a modo de licencia, so pena de perder su seriedad. Por ejemplo:

 

 · “Los pastores y líderes pentecostales eran conocidos por su lucha por los pobres y su apoyo a políticos y partidos que apoyaban a los trabajadores” (p. 71). ¿Eso implica opciones de izquierda o “centroizquierda”? Esto es desconocer las lecturas que tuvo el Partido Conservador, del cual emergieron las distintas Acciones Católicas sectoriales, por no mencionar su papel de liderazgo en la formación de la Federación Obrera de Chile; o, el papel preponderante que la Democracia Cristiana le dio a la lucha sindical, no siendo menor el recordar que Rodolfo Seguel y Manuel Bustos, principales dirigentes de la Confederación de Trabajadores del Cobre y de la CUT, respectivamente, provenían de dicho partido.

 

· A diferencia del tedeum católico, en que no se manifiestan explícitamente tendencias políticas, en el evangélico esto sí se ha evidenciado, pese a señalar que se trata de una actividad religiosa de reconciliación y de agradecimiento” (p. 146). Cuando leí esto, no me podía explicar de dónde pudo tomarse la evidencia para sostener tamaña declaración. Sólo por decir algo, en justicia, ¿qué puede ser más político que la referencia al alma de Chile en la homilía del Cardenal Silva Henríquez el 18 de septiembre de 1973? El Te Deum originado en 1811 y con su resemantización ecuménica desde 1970, es no sólo un acto religioso sino también republicano, aunque eso les pese a los laicistas de este país.

 

· La tesis fragmentaria de izquierdas y derechas en el mundo evangélico llega al hartazgo a la hora de hacer declaraciones en las que no se indican ni referencias ni sujetos. Dado que varios pastores habían sido líderes socialistas e investigaciones sociológicas mostraban que los evangélicos, especialmente los pentecostales, eran afines con el socialismo” (p.183). “Debido a que los líderes del CP se vincularon a grupos y partidos de derecha que siempre se opusieron a leyes de importancia nacional, ya fuera en el plano de la educación pública, derechos reproductivos, derecho de los trabajadores, divorcio o previsión social (p. 184). Más adelante se señala que esos mismos líderes habrían alimentado “los estereotipos del evangélico analfabeto e intolerante” (p. 184). ¿Cuáles son esas investigaciones? ¿Quiénes son esos pastores y líderes? ¿Acaso, dentro de un contexto evangélico no es susceptible pensar en sujetos que estén de acuerdo con derechos consagrados en la Declaración Universal de 1948 y que no sean partidarios, por ejemplo, de los “derechos reproductivos”? ¿Acaso Mamerto Mancilla, Francisco Anabalón y Carlos San Martín fortalecían el estereotipo del analfabeto e intolerante? Les menciono a ellos porque hay registros audiovisuales de su participación en los servicios de acción de gracias en el templo de Jotabeche.

 

· No deja de llamarme la atención que a la hora de las reivindicaciones de actores no se mencione al pastor Julio Assad de la Iglesia Metodista Pentecostal en Puente Alto, quien aparece como firmante en el documento de fundación del Comité Pro Paz. Tampoco deja de llamarme la atención, que no se haga un tratamiento similar a otros líderes, de los pastores Juan Vásquez del Valle o Enrique Chávez, firmantes del documento de 1974, obispos de la Iglesia Metodista de Chile y de la Iglesia Pentecostal de Chile respectivamente, quienes en el acto memorial pueden ser expurgados de dicha impureza en sus hojas de vida. Tampoco deja de llamarme la atención que se alabe un documento como bendito, publicado en 1986, poco antes del atentado a Pinochet y a tres años del inicio de las jornadas nacionales de protesta, cuando ya se estaba fraguando la salida pactada, idealizando las condiciones de riesgo de los firmantes y callando sobre la demora y la marginalidad de dicha “voz en el desierto”, bajo el alero de una organización fundada en 1985 y que tenía el importante apoyo internacional del CMI. O, por qué no se discute que dicho documento de 1986 también sea firmado por cuadros pastorales e intelectuales, lo que podría llevar a preguntarse, a lo menos, por cuál es su representatividad en “las bases”. Por otra parte, y ya en las reflexiones finales, cuando se habla del papel del COE en la denominada “Ley de Culto” (pp. 188, 189), organización creada con la finalidad de ser la interlocutora evangélica en dicha discusión legislativa, no se refiera a que ella estaba conformada por lo más variopinto del mundo evangélico, uniendo en esa causa a actores que formaron parte del Consejo de Pastores y de la CCI, mostrando que la unidad por un objetivo común era posible en un contexto democrático.

 

En vista de todo lo anterior, creo que el libro carece de honestidad epistemológica a la hora de no evidenciar hasta el final su tesis más relevante. Cito las palabras finales de Mansilla y Orellana: “Desde el período de dictadura, por lo tanto, algunos sectores evangélicos buscaron la venia de la derecha política para adquirir un estatus de respetabilidad; sin embargo, no lo lograrán mientras la religión evangélica siga representando a los pobres, indígenas y trabajadores” (p. 192). La pretensión de los autores es dar pie al mito de la continuidad y homogeneidad atacada por una posición innovadora. El mundo evangélico para los autores está ligado a las demandas históricas de los movimientos de izquierdas, por ello, los intentos de derechas no triunfarán en nuestras filas. Esa lectura, que no hace caso de la amplia diversidad del mundo evangélico no se encuentra en las fuentes ni en la historia que podría construirse con su estudio, sino en un fórceps interpretativo emanado de un exceso de sociologismo o cientificismo-social, que fuerza los hechos, procesos y actores para que calcen en el marco teórico del cual se hace gala, y que sí es referido de manera constante y detallada. Aquí todo el tiempo vemos que, si la realidad no se condice con la teoría es la realidad la equivocada. Es conservadurismo teñido de ideas de avanzada, en el cual el vocabulario excluye la crítica antes de que la crítica pueda comenzar a actuar” [14]. Es historia inmanente, idealismo y mecanicismo de un sistema que sólo puede ver oposiciones binarias. Es la miseria de la teoría al decir de E. P. Thompson.

Esperamos que Mansilla y Orellana en sus futuras investigaciones se hagan cargo de las falencias teóricas, metodológicas e históricas que están presentes en este libro. No obstante, por ahora les agradecemos el que hayan propiciado una discusión sobre el accionar evangélico en la historia política del país.

 Luis Pino Moyano. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

 

 


 

Notas bibliográficas.

[1] Julio César Jobet. “Notas sobre la historiografía chilena”. Revista Atenea. Año XXVI, Nº 291/292, septiembre-octubre de 1949.

[2] Entre los varios lugares en los que el Premio Nacional de Historia 2006 ha realizado esta afirmación se encuentra el siguiente artículo: Gabriel Salazar. “Historiografía chilena siglo XXI: transformación, responsabilidad, proyección”. Luis De Mussy (Editor). Balance Historiográfico Chileno. El orden del discurso y el giro crítico actual. Santiago, Ediciones Universidad Finis Terrae, 2007.

[3] Karl Appl. Bosquejo de la historia de las iglesias en Chile. Santiago, Editorial Platero, s/f (la última fecha mencionada en una cronología es 1996); Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago, Fundación Konrad Adenauer y Comunidad Teológica Evangélica, 1999.

[4] Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965; Humberto Muñoz. Nuestros hermanos evangélicos. Santiago, Ediciones Nueva Universidad, 1974.

[5] Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Santiago, Vicaría de la Solidaridad, Arzobispado de Santiago y UNELAM, 1978. Tomo 1: Investigación Exploratoria. Tomo 2: Anexos; Humberto Lagos. Crisis de la esperanza. Religión y autoritarismo en Chile.Santiago, Presor y Lar, 1988; Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile. Dejando el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción-Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013.

[6] María Francisca Calderón. En busca de la Tierra Prometida… Cultura Política de Líderes Evangélicos. Tesis para optar al grado de Magíster en Ciencia Política, Universidad de Chile, 2008; Andrés Hurtado. La participación de las iglesias evangélicas durante el Régimen Militar: la revolución material del pentecostalismo. Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago, 2012; Matías Maldonado. Evangélicos y política en Chile, 1974–1986. El Consejo de Pastores y la Confraternidad Cristiana de Iglesias. Informe final para optar al grado de Licenciado en Historia de la Universidad de Chile, Santiago, 2012 (la única de esta lista citada por los autores); Luz Araya y Linda Escaida. Evangélicos y los poderes del Estado chileno. Memoria para optar al título de Periodista de la Universidad de Chile, Santiago, 2017.

[7] Peter Winn. “El pasado está presente. Historia y memoria en el Chile contemporáneo, en Anne Pérotin-Dumon (dir.). Historizar el pasado vivo en América Latina. En: http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php (Consulta: julio de 2012, sitio discontinuado).

[8] Christian Lalive dEpinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009.

[9] Guillermo Castilo. “Carta abierta”. En: Fuego de Pentecostés. Nº 117, Santiago, julio de 1938, p. 8. Este documento se encuentra disponible en el sitio Pensamiento Pentecostal con una nota contextualizadora de quien suscribe este comentario de libro. En: https://pensamientopentecostal.com/index.php/2017/11/13/carta-abierta-a-los-pastores-obreros-y-miembros-de-nuestras-iglesias-por-guillermo-castillo/ (Consulta: febrero de 2021).

[10] “Declaración”. En: Ibídem.

[11] Quien mejor trabaja a mi juicio ese asunto es: Tomás Moulian. Chile actual: Anatomía de un mito. Santiago, LOM Ediciones, 1997, pp. 31 y ss. Hago referencia, fundamentalmente, al capítulo 2 titulado “Páramo del ciudadano”.

[12] Debo esta reflexión del tabú de la violencia a: Hernán Vidal. Frente Patriótico Manuel Rodríguez. El tabú del conflicto armado en Chile. Santiago,Mosquito Editores, 1995.

[13] María Angélica Illanes. La batalla de la memoria. Santiago, Editorial Planeta, 2002, pp. 163-175.

[14] Edward P. Thompson. Miseria de la teoría. Barcelona, Editorial Crítica, 1981, p. 130.

El mito fundacional de un presbiterianismo de izquierda en Chile.

La celebración de los 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 2018 marcó un momento de importantes instancias de rescate de la historia de nuestra Iglesia y de los distintivos del genio presbiteriano que caracterizan nuestra identidad, junto con los desafíos que reporta el presente y futuro de nuestro desarrollo eclesial. Una de las actividades relevantes en dicho rescate fue la serie de conferencias históricas desarrolladas por la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, la que derivó también en la publicación de un libro [1]. Dicho esfuerzo informativo y reflexivo debe ser sumamente valorado. 

Dicho lo anterior, eso no obsta para hacer algunas precisiones necesarias, sin ningún dejo de generar una “historia oficial”, particularmente en lo referido al origen de la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile. En primer lugar, hubo una presentación del Pr. Guido Benavides, la que ya no se encuentra disponible en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia de Santiago, que suscitó el derecho a réplica de la Iglesia Evangélica Presbiteriana, por medio de una conferencia dictada por el Pr. Jorge Cárdenas. En su exposición oral, de manera muy destemplada dicho ponencista aludió que una de las causas principales de la división que dio origen a su denominación fue la de raigambre sociopolítica, toda vez que mientras algunos pastores estaban siendo represaliados por la dictadura, la Iglesia Presbiteriana de Chile se habría manifestado cercana al régimen de facto, específicamente en la persona del Moderador del Sínodo a la fecha, Pr. Horacio González. La performance fue completa cuando muestra una foto del Pr. González estrechando la mano en saludo al general Pinochet, sumado a la alusión de Cárdenas diciendo “ustedes pueden ver que se quieren mucho” [2]. La misma situación sociopolítica es aludida en el artículo escrito por Cárdenas [3], aunque de manera más moderada que en la alocución referida.

Horacio González Contesse
Fotografía publicada en El Mercurio, domingo 26 de abril de 2015.

Más allá de la imposibilidad de dar cuenta, a partir de un documento iconográfico, de los sentimientos y motivaciones que puede albergar un saludo protocolar de un primer mandatario con un gran maestro de la masonería, me quiero detener en la construcción de un mito fundacional: la idea que la dictadura militar chilena y la figura de su líder, Augusto Pinochet, habrían sido una pieza clave en el origen de la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile. Esa idea puede parecer coherente discursivamente, sobre todo cuando se levanta un “muñeco de paja” por medio de un solo documento iconográfico, pero carece de historicidad. Aquí no estamos sólo frente a un ejercicio interpretativo del pasado, sino frente al falseamiento de los hechos, lo que lleva a contar una historia contrafactual de “aquello que pudo haber sido, pero no fue”. Nada se dice en la alocución y en el artículo de Cárdenas sobre el año 1968 con las maniobras de política eclesiástica que derivaron en la disciplina y expulsión de los pastores Joel Gajardo y Luis García, quienes fundaron la Iglesia Unión Cristiana de Santiago y la Iglesia Presbiteriana de Talca. Nada se dice del proceso disciplinario al Pbro. Gabriel Almazán por uso inadecuado y sin transparencia de recursos económicos (situación corroborada por una comisión revisora de cuentas sinodal) y la reacción de miembros de iglesias de la que es hoy la Región de Valparaíso y que se traduce en ese momento en la división que origina la Iglesia Presbiteriana Sínodo en Renovación en 1972 [4], y que obtendrá su personalidad jurídica en 1975 como Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile (estatus legal conferido por el Ministerio de Justicia del gobierno dictatorial). Nada se dice sobre la recepción de dineros externos provenientes de Estados Unidos con antelación a dicho año, y por lo tanto, anteriores al golpe militar y la “ayuda para resolver la situación de pastores afectados por el así llamado pronunciamiento militar” [5]. Es decir, dicha división se comenzó a propiciar antes de la llegada de Allende al gobierno, y se cuajó en dicho período, con antelación al golpe militar y al liderazgo de Augusto Pinochet en él, como consta en variadas investigaciones sobre el período [6]. Tampoco se dice nada respecto a que la Iglesia Presbiteriana de Chile no participó de la firma del documento suscrito por muchos pastores a nombre de sus iglesias legitimando al gobierno militar. 

La idea de una iglesia de izquierda versus una iglesia de derecha no es consistente por todo lo dicho con antelación, como también a un distintivo histórico del presbiterianismo chileno de respeto de la libertad de conciencia (mediatizado por la herencia ilustrada y del liberalismo filosófico-y-político), que se trastocó en tiempos más recientes con un tabú de lo político y con las ideas (falaces, también) de una supuesta “infiltración” de ideas políticas foráneas a nuestra fe reformada. Es innegable que el Pr. Horacio González manifestó cercanía al gobierno de Pinochet, pero su pensamiento y práctica no puede ser analogado con el de la Iglesia Presbiteriana de Chile, como tampoco su participación en la masonería puede definirse como lo propio de nuestro sentido de la vida y cosmovisión. Además, medir al Pr. González sólo a partir de esos datos, genera evaluaciones que no hacen justicia a su trayectoria eclesial que cruza de manera importante el siglo XX, a su talante caracterizado por una férrea ética calvinista y a su labor incansable por el desarrollo de una iglesia independiente de directrices foráneas, “pobre, pero libre”, sobre todo, sin la contradictoria ayuda económica emanada desde el “Norte Global”, sí presente en quienes se autodenominan como progresistas (¿imperialismo solapado?). 

Está bien escuchar todas las voces para el relevamiento de nuestra historia. Pero eso no implica no decir nada al respecto, sobre todo cuando no se hace justicia a personas y hechos, con la finalidad de levantar mitos fundacionales que purifican orígenes espurios, que ocultan los anhelos de poder, la carencia de mínimos éticos y el amor al dinero [7]. 

Luis Pino Moyano.

[1] Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018.

[2] “Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile: orígenes e identidad – Rev. Jorge Cárdenas”. En: http://www.youtube.com/watch?v=DZXHb26JOlI (revisada en febrero de 2019).

[3] Jorge Cárdenas. “Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile”. En: Bezerra (editor). Op. Cit., pp. 255-271.

[4] Jae-Kuen Yoo Lee. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Tesina para optar al grado de Bachiller en Teología. Santiago, Seminario Teológico Reformado, 2004, pp. 63-64.

[5] Cárdenas. Op. Cit., p. 262.

[6] Baste citar, para estos efectos, a Patricia Verdugo. Interferencia secreta. Santiago, Editorial Sudamericana, 1998, pp. 13-27. 

[7] Para profundizar, véase lo planteado en: Daniel Vásquez. “Iglesia Presbiteriana de Chile (1964-2017). En: Bezerra (editor). Op. Cit., pp. 244-246; y por Jonathan Muñoz en: “La Primera Crisis del Sínodo Presbiteriano y los Orígenes de la IEPCH”. En: http://www.youtube.com/watch?v=b7q6MStuFfo (revisada en febrero de 2019).