¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica?

Quisiera comenzar mis palabras mostrando mis colores: soy cristiano protestante de tradición presbiteriana. Creo que la Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, autoritativa e inerrante. Mi definición doctrinal se encuentra contenida en la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, la que suscribo como oficial de mi iglesia. Eso me lleva a declarar cuatro premisas que me parecen relevantes a la hora de hablar de esta temática:

· La primera, es que mi esperanza está en Jesucristo. Mi esperanza que no defrauda está sustentada en lo que Él hizo por su pueblo en la cruz del calvario, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que Él nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. Dicho de otro modo, mi esperanza no está puesta en un cambio social, sea quien sea que lo construya, no importando su tinte político. Es el Reino de Cristo el que trae justicia, paz y alegría, y será el mismo Señor resucitado quien consumará la historia. Mi esperanza, malamente podría estar en la “alegría que viene”, en un “crecimiento con igualdad”, en los “tiempos mejores” o en una nueva Constitución Política de la República. Todo constructo humano es falible y se queda corto al lado de la esperanza escatológica. 

· En segundo lugar, que creo en los principios que la Biblia enseña para la acción política y social. Y en esto, me parece relevante ocupar el concepto de principios. La Biblia no presenta un programa político definido, sino principios para la vida, los que pueden ser aplicados de maneras distintas, y así ha sido a lo largo de la historia. Un buen ejemplo es la Confesión de Fe de Westminster. Hasta su reforma de los capítulos 20.4, 23.3 y 31.2, que limitan la acción del magistrado civil en la esfera eclesial, realizada por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en 1788, los márgenes de separación entre la iglesia y el estado parecían diluidos. Y eso, es de toda lógica en un régimen cuyo sistema de gobierno era monárquico, pero no lo era en un estado nación que se había emancipado de dicho régimen. Los principios políticos y sociales de los redactores originales de la Confesión de Fe de Westminster y de sus reformadores eran los mismos, mientras que su aplicación práctica en el plano político fue disímil. 

· Tercero, y como fruto de lo anterior, nosotros podemos seguir siendo cristianos evangélicos que creemos todo aquello que consagra el Credo Apostólico (que es la síntesis doctrinal más unificadora a nuestro alcance), teniendo ideas respecto de la acción política distintas, mientras ellas no abracen constructos ideológicos completos de quienes en la base de su teoría nieguen lo que dice la Escritura. Y esa situación no se encuentra presente sólo en el marxismo cultural o en el progresismo (concepto polisémico, por lo demás), sino también las posiciones de derecha que se sustentan en el catolicismo romano, en el nacionalismo o en el liberalismo que fue uno de los primeros frutos del humanismo secularizado y racionalista. Entonces, el ejercicio crítico de las ideologías, antes de atacar al resto, debiese ser el de la autoevaluación en actitud de oración, bajo una pregunta sencilla, pero profunda si se responde con sinceridad: ¿mi pensamiento y acción en la política se sustenta en lo que enseña la Escritura o no?

· Y cuarto, no tenemos en Chile una Iglesia Evangélica. Y, puede ser aburrido repetirlo vez tras vez, sobre todo luego de que estén a la mano los libros de Vergara, Lalive, Muñoz, Lagos, Pereira, entre otros, que se han esforzado en hacer análisis históricos o sociológicos de ese “pueblo polifónico”. Pero, así está la situación, y hay que repetirlo una vez más: los evangélicos no tenemos una comunidad homogénea, por ende, carecemos de representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país, por lo tanto, nadie se puede arrogar la representatividad del pueblo evangélico porque eso, en singular, no existe. Por tanto, ningún cristiano evangélico del país -sobre todo si es pastor, líder o maestro- debe promocionar una determinada opción política como representativa de los valores y principios del pueblo de Dios, porque no existe en Chile un partido o movimiento que aglutine aquello. Con mayor razón, no puede llamar a votar por una opción determinada, diciendo que es la única que se condice con lo evangélico, porque eso sería una violación de la libertad de conciencia, además de un ejercicio de cooptación clerical. Por ende, siempre que hablemos de acciones políticas en el espacio público, debemos hacerlo a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás.

Por lo dicho con antelación, creo que es sumamente legítimo que haya cristianos evangélicos que hagan una opción por el rechazo a una nueva Constitución, y que existamos otros cristianos evangélicos que optemos por el apruebo a una nueva Constitución. Sería inconsistente con lo que he declarado con antelación negar dicha posibilidad, quitándole inteligibilidad al relato del otro o, en el peor de los casos, llegar a satanizar la opción contrapuesta. Huelga decir que se esperaría la misma actitud de amistad cívica de quienes desde las filas de la fe cristiana asumen una opción contrapuesta a la que presentaré. 

¿Por qué opto por el “apruebo” a una nueva Constitución? Responderé desde dos puntos focales: uno histórico y otro desde una lectura teológico-política. 

1. La consideración histórica.

Creo que para un evangélico no puede ser baladí que nuestra carta fundamental actual haya sido producida en una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de estado para sostener y consolidar su proyecto histórico. En 1980 se llevó a cabo un plebiscito sin registros electorales, con estado de emergencia, con acceso casi nulo a la oposición al régimen de facto para acceder a espacios de comunicación de sus ideas, sumado al hecho, que la opción “Sí” constituía un límite claro al régimen de Pinochet, pues el Art. 25 consagraba que la primera magistratura de la nación tendría una duración de ocho años, en cambio la opción “No” aceraba aquello que para el historiador Mario Góngora era el máximo error de Pinochet, a saber, “su voluntad desmesurada de durar” [1]. En otras palabras, las reglas del juego para la actividad en la polis fueron construidas a imagen y semejanza de una dictadura militar, que más allá de su derrota político-electoral en 1988 y 1989 y la eliminación de los “enclaves autoritarios” de las páginas de la carta fundamental en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos (en uno de los tantos actos performáticos que han sido denominados como el fin de la Transición), se mantienen vigentes sobre todo con su poder contramayoritario. Ese poder fue explicado por Jaime Guzmán de la siguiente manera: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [2]. La negación del cambio no es otra cosa que la negación de la polis, que imposibilita la mejora o el cambio de aquello que tiene origen histórico y político como si se tratara de algo dado por la naturaleza. 

Pero hay otra variable que debe ser tenida en cuenta en este punto focal histórico. Hoy estamos en un “momento constituyente” que resultó ser la salida institucional a un momento de crisis con un “reventón social” que muy pocos dentro de la clase política civil avizoraron. Con todo lo que se pueda cuestionar de los hechos acaecidos desde octubre en adelante, resulta innegable que esta era la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que se volvió sentido común en el quehacer político del país, junto con todos los abusos y corruptela moral tapada por la vana jactancia en una supuesta diferencia respecto de nuestros vecinos del barrio latinoamericano. La violencia de los saqueos que barrió no sólo con la honestidad de la población, sino con la supuesta moderación y orden de la identidad chilena, el enfrentamiento violento entre las fuerzas policiales y la “primera línea” con las tristes consecuencias consabidas por todos, sumado a una expresión pública de las marchas, asambleas y cabildos, en los que se expresó la multiplicidad de voces y proyectos, hace que valga la pena preguntarnos ¿qué nos une como país? El pasado, ese de poco más de doscientos años de vida republicana y el reciente herido por un “golpe” cuyas secuelas se siguen viviendo a 47 años no nos une. Y, al parecer, el presente tampoco. Y, para qué hablar del futuro, cuando la política analfabeta no está pensando un proyecto país a cincuenta años plazo, sino que es atacada por la coyuntura, el cortoplacismo y las reacciones de aprobación en encuestas y redes sociales. 

Por todo ello, esta es una oportunidad. Se trata de la primera vez que una Constitución en el país sería escrita y promulgada en un contexto democrático, sin una minoría amparada por el poder de fuego de los militares como en 1833, 1925 y 1973. Y por lo mismo, es que este texto constitucional debe dar cabida a todas las voces sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. Debemos desempolvar y exorcizar esa palabra llamada “consenso” si queremos tener como mira la construcción de un país. Patricio Zapata, abogado constitucionalista, usando la misma metáfora futbolera de Jaime Guzmán pero en otra sintonía dirá que “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [3]. Ni la imposición de agendas ni el miedo a lo nuevo contribuyen a la unidad en la diversidad que un país requiere para sostener la  libre actividad política en democracia. Esto es más que consistente con una alternativa cristiana por la paz activa [4]. 

2. La consideración teológico-política. 

En este punto quisiera huir, de inmediato, de una lectura caricaturesca que hace pensar que quienes sostenemos el “Apruebo” pensaríamos que el cambio constitucional sería la panacea para todos los problemas de la gente. Nada más alejado de la realidad. Una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, construyendo una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso, pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos. Y por sobre todo, puede ayudarnos en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Para quienes somos creyentes cristianos existe una clara posibilidad para reconocer que en nuestras sociedades hay maldad, injusticia, inequidad y abuso, porque tenemos nociones respecto de la bondad, justicia, equidad y bienestar. Esos conceptos son trascendentales e inmateriales y sólo adquieren historicidad cuando son llevados a la práctica. ¿De dónde tomamos esas nociones? De la declaración bíblica que nos revela a un Dios santo y justo y que norma y da sustento a nuestras vidas con su Palabra. Es por la obra de Cristo que hemos sido redimidos, lo que nos ha posicionado en una relación reconciliada con Dios, nos ha devuelto nuestra dignidad perdida y nos ha dado la capacidad de ser testigos con la palabra y los actos de amor que contribuyen al bienestar de quienes nos rodean. 

Si bien es cierto, hoy el lenguaje de derechos se ha banalizado y sirve para todo, es justo decir, que cuando distintos países del mundo se unen propugnando que los delitos de lesa humanidad ocurridos durante la segunda guerra mundial no se vuelvan a repetir, y establecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay mucha sintonía con la enseñanza bíblica que recorrió por tierra, cielo y mar desde los albores de la iglesia primitiva [5]. Los derechos humanos no son un “gol de media cancha” como dijera Marcela Aranda hace unos años atrás, porque la declaración de la dignidad humana y su protección son consistentes con el cristianismo que entiende al hombre y la mujer como seres creados a imagen y semejanza de Dios, que en tanto criaturas gozan del señorío del Todopoderoso Creador, y que en tanto personas gozan de la libertad y la capacidad de crear, pensar y vivir. A su vez, los derechos tampoco niegan los deberes. Aquí es de mucho valor la precisión conceptual propuesta por René Padilla, cuando señaló que: “a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros” [6]. El reconocimiento de la dignidad humana nos hace pensar no sólo en mi condición digna, sino en la del amplio “nosotros” de un pueblo-nación. Existe posibilidad de pensar y actuar en concordancia de un humanismo genuinamente cristiano [7]. 

Es desde esta consideración, que la nueva Constitución emergida desde un contexto democrático, debiese comenzar con una declaración de principios orientadores ad hoc que propugnen el bienestar común y la justicia social, reconociendo los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyendo a estos como el principio fundamental de dicho documento normativo. Dentro de las nuevas cosas que el texto constitucional debiese considerar, a mi juicio, están la cuestión de la plurinacionalidad y una real descentralización, la existencia de un congreso unicameral y la posibilidad de referéndums revocatorios y plebiscitos potenciando una democracia semiparticipativa. A su vez, debiese limitarse la acción de las FFAA y de orden como garantes del proceso democrático, porque de facto les coloca en una posición deliberante. Como protestante, espero que la nueva Constitución señale explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si la libertad de creer y actuar en concordancia a dicha fe en el espacio público es negada o dificultada. 

Para ello, los evangélicos no sólo debiésemos participar de los plebiscitos de entrada y de salida de la coyuntura constitucional, sino también estar en la Convención Constitucional, sea como militantes de partidos políticos o como independientes. Pero espero que dichos hermanos y hermanas (por cierto, algunos de ellos habrán optado por el “rechazo” en la primera etapa) entiendan y practiquen la idea de cobeligerancia y no de alianza, no busquen pequeñas cuotas de poder para aparecer en televisión un par de días más que para el Te Deum y el 31 de octubre, ni mucho menos acomoden sus discursos y agendas a los de otros, dejándose amoldar por el mundo actual (véase Romanos 12:2). Es de esperar que dichos hermanos y hermanas no tengan una visión acotada de la participación en política sólo para decir cosas que tienen que ver con los llamados “valores” o de alcance en el espacio privado, saliendo de la terrible ensoñación de la falta de realismo y de la política en minúscula. Es de esperar que esos hermanos y hermanas no tengan miedo a la confrontación de ideas, que opinen desde una cosmovisión bíblica y cristiana en la base, pudiendo con ello, hablar de todos los temas que se presentarán en el debate. Que desarrollarán su trabajo como convencionales con responsabilidad, excelencia y distintivo cristiano, lo que se traducirá en que más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. Y por supuesto, espero de dichos hermanos y hermanas que defiendan, amen y pujen junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Y, por cierto, que todo eso lo hagan con clara conciencia de su condición de minoría, pero de minoría valiente y no victimizada, inteligente y no atrapada por los discursos que se postulan como sentido común en izquierdas y derechas. Una minoría que tenga en cuenta lo dicho por Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa” [8]. 

Claramente, para ello, no sólo habrá que esperar, sino participar activamente, dentro y fuera de la Convención Constitucional. No bastará entonces sólo aprobar, sino estar dispuestos a ser testigos… aquellos que portamos un testimonio con la vida. 

Luis Pino Moyano.

[1] Raquel Correa. “Las lecciones de la Historia”. En: El Mercurio. Santiago, 9 de diciembre de 1984. Citado en: Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Editorial Universitaria, 2006, p. 340. 

[2] Citado en: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, p. 325. 

[3] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[4] He hablado de esto con mayor profundidad en mi artículo “Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa”. En: Estudios Evangélicos. 29 de octubre de 2019. http://estudiosevangelicos.org/ni-zelotes-ni-herodianos-por-una-alternativa-cristiana-de-paz-activa/ (Consulta: septiembre de 2020). 

[5] Un buen libro para entender esto es: Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental. Nashville, Grupo Nelson, 2011. 

[6]. René Padilla. “La Biblia y los derechos humanos”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 18. 

[7] Véase: “Manifiesto Humanista Cristiano”. En: Estudios Evangélicos. 21 de julio de 2019. http://estudiosevangelicos.org/manifiesto-humanista-cristiano/ (Consulta: septiembre de 2020). Este documento fue publicado originalmente en “Eternity Magazine”, en enero de 1982, y fue firmado por Donald Bloesch, George Brushaber, Richard Bube, Arthur Holmes, Bruce Lockerbie, J. I. Packer, Bernard Ramm y James Sire.

[8] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264. 

La pena de Arauco en una reflexión histórica, sociopolítica y evangélica.

1. La mirada histórica. 

“No ha habido rey jamás que sujetase esta soberbia gente libertada,

ni extranjera nación que se jactase

de haber dado en sus términos pisada, 

ni comarcana tierra que se osase mover en contra y levantar espada: 

siempre fue exenta, indómita, temida, 

de leyes libre y de cerviz erguida”.

Así rezan las palabras de Alonso de Ercilla en “La Araucana”. Palabras bellas, que ensalzan la bravura de un pueblo y que dan sustento para que uno de los colores de nuestra bandera sea el rojo, aludiendo a la lucha de éste con el ejército del imperio español, pues como dice la canción “Mi banderita chilena” de Donato Román, quien fuese profesor de música de mi abuelo Manuel, dicho color es: “El rojo del copihue / Y de la sangre araucana”. Chile, desde la construcción del estado nacional ha ensalzado dicha mirada, pero desde un constructo idealizado, carente de sentido histórico. Tanto es así, que para el imaginario no es lo mismo decir Caupolicán, Galvarino, Lautaro, incluido el anciano sabio Colo-Colo, que decir, por ejemplo Michimalonco, que incendiara Santiago propinando una dura derrota a la hueste conquistadora, o Pelantaro que derrotara a Oñez de Loyola en la batalla de Curalaba, llamada hasta el día de hoy en algunos textos como “el desastre de Curalaba”. Claramente no se produce el mismo efecto que al nombrar a Mañil, Quilapán, Quilahuenque, Catriel, Calfulcura, Namuncura, Neculmán. Esto por dos razones: a) porque no son mencionados o recordados de la misma manera que quienes lucharon contra la hueste española; y b) porque su lucha fue, precisamente, contra el estado nacional chileno. O sea, el mapuche alabado y exaltado en su bravura no es aquel que se alza contra el proyecto civilizatorio y de construcción nacional que ocupó gran parte del siglo XIX. 

Y es aquí donde se debe señalar que es impropio hablar de conflicto mapuche y,  mucho más impropio, resulta hacer creer al mundo por cuánto medio es posible que este conflicto tiene más de 500 años. El pueblo mapuche logró controlar el avance del ejército del imperio español de la misma manera en que lo hizo con antelación con la avanzada incaica entre 1450 y 1480. Pero no sólo mantuvieron la línea de frontera en el río Bío-Bío, defendiéndose y atacando al ejército enemigo, sino que tuvieron la capacidad de parlamentar con los españoles, quienes a su vez le reconocieron como interlocutor válido, sobre todo de la mano con el llamado “Derecho Indiano” que reconocía al mapuche y a todos los indios de nuestra América como sujetos de derecho, en tanto se reconoció en ellos la imago Dei. 

Sé que es pesado para nuestra conciencia pero es demasiado importante señalar que el conflicto con el pueblo mapuche es reciente en términos históricos, y los españoles nada tienen que ver con él, sino que es un conflicto propiciado por el estado nacional chileno, que no reconoció el derecho a la tierra de nuestros antepasados, “los naturales del país” como se les llamaba, invadiendo su territorio y ocupándolo soberanamente a nombre de la nación. El nombre para dicha ocupación militar fue “Pacificación de la Araucanía” y fue llevada a cabo por el ejército chileno entre 1860 y 1884, con un breve intervalo producto de la Guerra del Pacífico. Esa ocupación se dio a sangre y fuego, y el pueblo mapuche fue expoliado, expulsado de sus territorios y obligado a instalarse en los valles cordilleranos. Este proceso tiene su símil en la “Campaña del Desierto” de nuestro país vecino Argentino, que barrió de manera similar con el pueblo mapuche allende los Andes, que ocupaba la Pampa. El Wallmapu no tenía la Cordillera como frontera sino como punto de contacto. La metáfora del desierto vale la pena ser reconocida acá, pues se entendió dicho territorio como uno que no estaba ocupado, pero que sí lo estaba. El tema radica en que estaba ocupado por “subhumanos”, a quienes no se les reconocía más que en su condición de barbarie. No por nada muchos mapuches y otros indígenas fueron llevados a Europa para ser exhibidos en zoológicos. 

La bandera de las mal llamadas “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña del Desierto” no era la de Chile ni la de Argentina, sino la bandera de la civilización occidental, que entendía a Europa como el modelo a seguir. La ocupación militar fue acompañada de los ingentes esfuerzos de los estados nacionales latinoamericanos para solicitar a europeos que migraran a nuestras tierras y “colonizaran” con subsidio y apoyo estatal dichos territorios y trajeran consigo la anhelada civilización. No hay que olvidar que todo esto fue sostenido sobre todo por los sectores liberales, amparados en el discurso científico positivista y en la moda teórica del darwinismo social. Eso pone en la palestra que en el tema de la migración el problema no radica en la condición de extranjería de ciertos sujetos que vienen a nuestro país a buscar mejores oportunidades u horizontes, sino en la pobreza o riqueza o en el color de piel de los mismos. 

El pueblo mapuche, desde 1884 y hasta el inicio de la década de los ochenta del siglo pasado, no se alzó militarmente, sino que vivió un proceso de chilenización en el que muchos de ellos ocultaron su condición de mapuches. Si bien es cierto, algunos buscaron insertarse en el sistema, integrándose a los partidos políticos y movimientos sociales, y otros lucharon por conservar elementos de su cultura, nada de ello generó mejoras en su condición de vida. De hecho, las alternativas que desde los lentes actuales podríamos llamar como “progresistas” entendían al mapuche como “campesino”, integrándole o, mejor dicho, cooptándole con dicha nominación. “Palo y bizcocho”, dependiendo de quién gobierne, son dos caras de la moneda de la dominación. Muchos mapuches han sido cooptados por distintos gobiernos a punta de mínimos beneficios, en nada comparables con sus derechos reclamados. Por ejemplo, la dictadura propició medidas contrarias a la Reforma Agraria iniciada por Jorge Alessandri, fortalecida por Eduardo Frei y solidificada por Salvador Allende, poniendo dichos territorios en manos, especialmente de empresas forestales, las que no se han cansado de destruir el bosque nativo sin pensar en la posteridad. Esto fue afianzado por la Concertación y sus políticas insuficientes del llamado “Nuevo Trato”, y conservado por los gobiernos posteriores, quizá con ciertas luces que terminaron empañándose, en el quehacer de Francisco Huenchumilla como intendente y de Alfredo Moreno como ministro de desarrollo social en el recientemente dejado de lado “Plan Araucanía”. 

Una buena síntesis de lo dicho se encuentra en el canto de Violeta Parra:

“Arauco tiene una pena

Más negra que su chamal

Ya no son los españoles

Los que les hacen llorar

Hoy son los propios chilenos

Los que les quitan su pan

Levántate, Pailahuán”. 

2. La mirada sociopolítica. 

“Los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación. En virtud de ese derecho determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.

Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho a la libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobierno en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de medios para financiar sus funciones autónomas”.

La cita forma parte de la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas”, aprobada en septiembre de 2007, en sus artículos 3 y 4. Esta es una vara de medida para evaluar la situación del pueblo mapuche y su relación con la política en el país. Y lo primero que debiésemos decir acá es que la reclamación histórica del pueblo mapuche por el Wallmapu no es antojadiza, porque no sólo tiene que ver con el reconocimiento de un territorio del que fueron despojados forzosamente, sino también en aquello que tiene que ver con su identidad que excede los límites de lo chileno. En lo posible este proceso constituyente actual debiese derivar en el reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, haciendo de Chile un estado plurinacional, y que esta definición política sea acompañada de un real proceso de descentralización que tienda a la libre determinación en lo económico, social y cultural. Pero ese discurso descentralizador, por herencia portaliana, siempre ha sido temido y trastocado por las élites en el bloque del poder. 

Desde la década de los ochenta en adelante, se ha visto con fuerza esta reclamación por parte de sectores dentro del pueblo mapuche, expresadas en distintas organizaciones, que van desde la lucha política dentro del cauce democrático, como de alternativas que ponen en cuestión el status quo, y proponen la lucha armada como mecanismo de reivindicación. Y aquí sé que entro en un tema complejo y muy puntilloso, sobre todo, desde mi acervo evangélico. Pero en el ánimo de una hermenéutica empática, que busca comprender los procesos, debo señalar que las violencias sociales tienen distintos mecanismos de desarrollo y expresión, por lo que no se puede hacer análisis de la realidad de la violencia en La Araucanía si no se diferencia entre violencia estructural y violencia reactiva o proyectiva. 

A la luz de lo señalado en el ítem anterior, hemos visto cómo el estado nacional chileno desde 1884, y de ahí en adelante, con ciertos paréntesis de paz a la manera de tabú, ha operado con toda la fuerza que le es posible para contener y reprimir cualquier tipo de alzamiento mapuche, desde la protesta a otras acciones más radicalizadas, dentro de las cuales algunas de ellas pueden ser calificadas de delictuales. Pero dichos presuntos delitos deben ser juzgados según el debido proceso, eliminando arbitrariedades y prejuicios. Pero, ¿qué hemos visto? Ocupando una vez más la cara metáfora de Portales, el “bizcocho” ha sido menos ocupado que el “palo”. La Araucanía ha sido militarizada y a los weichafes que incurren en actos violentos se les ha aplicado la “Ley Antiterrorista”, residuo legal de la dictadura militar chilena. Ningún acto de violencia justifica el horror en la aplicación de una aparente legalidad. Todo acto de violencia debe ser sancionado de manera equitativa al daño causado. En el caso del conflicto con el pueblo mapuche el estado nacional chileno, y en particular su fuerza de orden, no ha ocupado el monopolio de la fuerza para la conservación del bienestar de toda la población, sino como se puede constatar en la historia del país ha mantenido la tradición dolorosa de “palomear rotos”, como se decía antaño. Lo que ha sido acompañado de procesos judiciales en los que la aplicación de la ley antiterrorista ha sido acompañada de juicios dobles por juzgados civiles y militares, el uso arbitrario de la detención preventiva y el uso de testigos sin rostro bajo el mecanismo de delación compensada. Entonces, cuando el actual ministro del Interior, Víctor Pérez, dice que en Chile no hay presos políticos, eso podría ser a lo menos problematizado. ¿En qué ayuda al consenso social una declaración apresurada a modo de cuña de prensa? 

Esa arbitrariedad se vio en el proceso que derivó en la muerte de Camilo Catrillanca. Se dijo tanto acerca de él. Primero fue acusado de un robo, que luego habría escapado en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera. Luego se señaló que las pruebas del accionar policial habían sido inutilizadas y que, por ende, no existían. Todas las mentiras fueron cayendo una a una. Y pudimos constatar en base a pruebas que hubo doce balazos policiales, desprolijidad en el trato a un sujeto agonizante, humillación y maltrato de un menor de edad. En definitiva un montaje burdo, la corrupción en todas sus letras en pos de la derrota del enemigo interno, de múltiples caras en nuestra historia republicana. Mantener la ingenuidad después de esto, no sólo es falta de sofisticación en el análisis, sino miopía. 

El artículo 2 de la citada declaración de las Naciones Unidas, dice: “Los pueblos y los individuos indígenas son libres e iguales a todos los demás pueblos y personas y tienen derecho a no ser objeto de ningún tipo de discriminación en el ejercicio de sus derechos, en particular la fundada en su origen o identidad indígenas”. Y aquí nos adentramos a un problema de suyo relevante para nuestra forma de entendernos como seres humanos y que tiene con ver con el racismo. ¿Somos racistas los chilenos? Sólo un ejemplo que muestra dicha forma de actuar: en el primer campeonato sudaméricano, efectuado en 1916, Chile fue derrotado por la selección uruguaya en un resultado inapelable, por cuatro goles a cero. Los dirigentes del fútbol chileno solicitaron la anulación del partido porque Uruguay habría alineado con “dos jugadores africanos”, Isabelino Gradín (autor de dos goles) y Juan Delgado, descendientes de esclavos y que con todo derecho eran uruguayos. La selección charrúa era a la sazón la única que dentro de su formación contaba con jugadores negros. Chile es una sociedad clasista, y ese clasismo no está dado por el acceso a los recursos económicos, la producción y el consumo, sino por cuestiones que tienen que ver, por ripio colonial, con lo pigmentocrático. “El que no salta es mapuche”, gritado por un grupo que no tuvo miedo de sacar del tabú sus ideas en el espacio público, en medio de un toque de queda por la situación sanitaria, es sólo un síntoma de ese complejo de blanquitud que portamos por deformación social. Ese desprecio antimapuche no ayuda en nada al encuentro que puje por una salida pacífica de esta situación. Pero por sobre todas las cosas, no permitirá el encuentro con otros seres humanos. 

3. La mirada evangélica. 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18,19). 

Las palabras leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret son sumamente relevantes. La proclamación de las buenas nuevas incluye acciones que tienen que ver con la libertad y el bienestar de quienes han sido desharrapados de la historia y se encuentran en situación de vulnerabilidad. Como artesanos de la paz es parte de nuestro trabajo contribuir a ella, con una mirada que incluya la misericordia y la justicia, no olvidando que “El que oprime al pobre ofende a su creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). Todo ello, implica no sólo una declaración doctrinal, sino tareas que tenemos por delante:

· Quienes somos creyentes cristianos debemos informarnos adecuadamente, leer libros de historia e investigación periodística, escuchar testimonios de las partes en conflicto, no lanzar al voleo juicios apresurados, so pena de incumplir el noveno mandamiento. 

· Debemos orar. Orar mucho. Orar por el pueblo mapuche, por sus distintos actores.  Orar por los habitantes de la región de La Araucanía. Orar también por las autoridades políticas del país. Orar por las fuerzas de orden que están desplegadas en la zona. Orar por quienes han ejecutado acciones racistas. Nuestra oración tiene que ser hecha de acuerdo a lo enseñado en el Padrenuestro, pidiendo que el Reino de Dios venga y se haga su voluntad en la tierra. Orar para que Dios sane los corazones, deponga las violencias de cada cual, transforme la mente 

· Levantar la voz en forma crítica respecto de la violencia, sea aquella que ha sido realizada por organizaciones mapuches que propenden al uso de la fuerza como motor de transformación, como aquella emanada de las fuerzas del estado. Quienes somos evangélicos debemos repudiar con igual fuerza los asesinatos de Werner Luchsinger y Vivianne McKay, como los de Basilio Coñonao, Julio Huentecura, Xenón Díaz, Juan Collihuín, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, José Toro, Camilo Catrillanca, entre otros. Quienes somos creyentes entendemos la violencia como fruto de la caída, como consecuencia de pecados sociales e individuales y creemos que ella no es el medio eficaz para la construcción de una sociedad justa. Comprender los fenómenos de violencia desde la historia y las ciencias sociales, y por supuesto, desde la política, no puede implicar jamás su justificación. El Señor de la siembra y la cosecha es el Dios Todopoderoso y no nosotros. Nuestra alternativa es aquella que propugna la paz activa. No olvidemos que nuestro entendimiento del amor implica creer que éste “No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta” (1ª Corintios 13:5-7). Amor y justicia en la gracia revelada de Cristo son indisociables.

· En una mirada que no discrimina y se ampara en actitudes segregadoras, clasistas y racistas, no debemos olvidar que una gran cantidad de mapuches son evangélicos (algunos hablan de un 35% de dicha población). Debemos orar para que el Dios que está en misión siga usándoles para la extensión de su Reino por la proclamación del evangelio y todas aquellas tareas que contribuyan a la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu. Debemos colaborar en la construcción de templos, o en la reconstrucción de aquellos que han sido vandalizados en acciones de violencia. 

· Es muy pertinente que las comunidades evangélicas contribuyan al diálogo entre mapuches y chilenos, creyentes o no, generando espacios, facilitando sus dependencias para ello e, inclusive, colaborar en las tareas de mediación. Más allá de si algunos integrantes de la comunidad mapuche suscriben cosmovisiones religiosas distintas a la nuestra (panteísmo o animismo, o cierta fe ecléctica), como ideas políticas contrapuestas a las nuestras según el variado espectro político del país, pues claro está, que ser mapuche no es sinónimo de ser de izquierdas. ´Lo que se debe aprovechar es la larga tradición a parlamentar que ha tenido este pueblo en su historia. 

· Principalmente, no debemos olvidar que Cristo es Señor sobre todo y que nuestra cosmovisión tiene que leer todo lo que acontece a nuestro alrededor con los lentes de la Palabra de Dios. Eso nos dotará de un marco no sólo respecto de lo que creemos, sino también de lo que hacemos. No debemos olvidar que desde nuestra cosmovisión entendemos que el ser humano porta la imagen de Dios y que, aunque el pecado ha atrofiado la misma, todo hombre y mujer debe ser tratado con respeto y dignidad, sea cual sea su origen étnico. 

Con todo esto, me permito terminar esta reflexión que integra tres miradas, con las palabras del pastor Martin Niemöeller, de la Iglesia Confesante, en su sermón en la semana santa de 1946. Él señaló:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, 

guardé silencio, 

porque yo no era comunista, 

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, 

guardé silencio, 

porque yo no era socialdemócrata, 

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, 

no protesté, 

porque yo no era sindicalista, 

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, 

no protesté, 

porque yo no era judío, 

Cuando vinieron a buscarme, 

no había nadie más que pudiera protestar”. 

En ese sentido, la protesta que como protestantes debemos realizar en el marco de las justas demandas expresadas por actores mapuches, debe darse desde la cobeligerancia, reconociendo las ideas que forman parte de la antítesis con el cristianismo, pero acentuando los puntos de contacto, sobre todo en aquello que tiene que ver con la justicia y la paz. Me preocupa sobremanera que por no estar de acuerdo con cuestiones de fondo y forma, que insisto deben ser ponderadas, juzgadas, criticadas y repudiadas según sea el caso, guardemos silencio respecto a cuestiones que son relevantes en el trato digno a otros seres humanos. 

Que no nos ocurra que por no protestar cuando vienen a llevarse a los mapuches, cuando quizá nos toque a nosotros, nadie pueda hacerlo por nuestra causa. 

Luis Pino Moyano. 

No fueron $30, tampoco se trata de un 10%. ¿Una vez más no lo vieron venir?

“Me sorprende la generosidad que hay para abrir la billetera, completamente abierta, para ir en ayuda de grandes empresas y que no esté la misma lógica o disposición a estudiar fórmulas para ayudar a miles de chilenos, que hace diez años que nos vienen diciendo que están desesperados en el endeudamiento estudiantil”. No, estas palabras no son de un político del Frente Amplio o de la Nueva Mayoría o lo que queda de ella. Son las palabras de Mario Desbordes, timonel de Renovación Nacional, que es uno de los representantes de las élites políticas que mejor leyó la crisis post reventón social del octubre del año pasado, y en la actualidad ha seguido por esa misma línea. Él visibiliza la reaparición en la escena política de una derecha, que no es aquella dogmáticamente neoliberal, a la que nos malacostumbró la dictadura y los años de la transición a una democracia de baja intensidad. Desbordes  nos muestra con mucha claridad que ese chicago-gremialismo, baluarte del neoliberalismo dogmático, no entiende que cuando se debe cuidar la vida de las personas los negocios no tienen la prioridad. Y junto con ello, releva una vez más que el neoliberalismo no significa “menos estado”, pues el estado “subsidiario” chileno cuida y potencia a la banca en detrimento de la sociedad civil.

El gobierno de Chile ha mostrado una incapacidad para comprender la situación del país gigantesca. Los enormes fallos del Ministro de Educación, Raúl Figueroa, presupuestando retornos presenciales imposibles, adelantando vacaciones de invierno que lo único que hicieron fue ralentizar o, de plano, detener procesos educativos. No se entiende que la seguridad de los/as estudiantes es más importante que alcanzar a revisar ciertos contenidos, que no se aprende si no se vive y que la real aula segura es la que cuida la dignidad y la salud, sobre todo la del estudiantado. Desde la práctica del exministro de Salud, Jaime Mañalich, quien además de sus declaraciones para la galería, retrasó la cuarentena total de la Región Metropolitana hasta el 13 de mayo, cuando eso se veía venir desde marzo; sumado al fiasco de la falta de paridad en las cifras entregadas a la población y las que eran informadas a la OMS. Por otra parte, la entrega de las cajas de mercadería, que han producido un enorme movimiento de trabajadores del estado o de las municipalidades, junto con un gasto enorme en logística, cuando se pudo haber entregado dinero directamente o con gift cards canjeables en supermercados o almacenes locales, pero medidas como son más difíciles de nutrir en una performance para la foto, o la promoción en los matinales o noticiarios de los medios de comunicación de masas. Un presidente, Sebastián Piñera, que ha mostrado poca capacidad de liderazgo, y una falta de templanza, desde la foto bajo la estatua del general Baquedano en la Plaza Italia hasta la asistencia a un funeral en el que se vulneraron los protocolos establecidos por el propio gobierno. Lamentablemente, nadie le dijo ahí que guardara el papelito, para de una vez por todas dejar de comportarse como el eterno candidato, con promesas y promesas, y escasa capacidad de leer el momento, dirigir los rumbos del país, y sin dudas con ausencia de proyecto, viviendo el día a día. Una de las últimas joyitas, viene de la labia del Ministro de Hacienda, Ignacio Briones, que el domingo pasado dijera: “La verdad es que nos parece que la oposición, al instalar un tema de garantías sociales y sistemas previsionales a través de cambios en la Constitución, de alguna manera lo que está haciendo es violar ese acuerdo, romper ese acuerdo, no respetar ese acuerdo que fue definido por los principales partidos políticos”. ¿Acaso no pueden haber cambios por medio de políticas económicas y sociales antes de tener una nueva Constitución? ¿Se debe paralizar la tarea legislativa? ¿Cuando los personeros de gobierno dejarán de superarse en el plano comunicacional deficiente? “El rechazo iba como avión y creo que con la pandemia la gente verá que el problema no es la Constitución”, decía hace un tiempo la senadora Jacqueline van Rysselberghe. La semana pasada cuando se intentó frenar el proyecto de retiro del 10% de los fondos previsionales, con la argucia del quórum supramayoritario de los dos tercios de la Cámara, se muestra que parte del problema sigue siendo la Constitución, además de la bajeza política de quienes pretenden conseguir sus objetivos confundiendo a la gente. A veces pienso que sería bueno siguieran la tesis de Eugenio Tironi para la Concertación: “la mejor estrategia de comunicación es no comunicar”. Si no comunicaran, podríamos considerar, a lo menos, plausible el que digan “no lo vimos venir”. Pero el comportamiento errático ya es alevoso. 

Hoy hubo una serie de medidas gubernamentales para ayudar a la clase media, algunas bastante interesantes, pero con una cantidad de cortapisas a modo de letra chica que hace surgir, con cierta legitimidad, muchas sospechas. Además, que es del todo evidente el contexto en el que se enuncian: a un día de la aprobación en particular del proyecto de retiro del 10% de los fondos previsionales. Lo que no se ha entendido acá, es que las crisis no modifican, necesariamente, las cosas, sino que agudizan las realidades que se viven. Así como en octubre el problema no eran $30, acá tampoco se trata del 10%. Se trata de una injusticia estructural que se resume de la siguiente manera: el dinero con que se enriquecen las AFP proviene de los ahorros de los cotizantes. Cuando las alternativas se debaten entre créditos y retiro de fondos de la AFP, son las personas las que pagan el precio de la crisis. Hay otras posibilidades: real protección del empleo, condonación de deudas o postergación sin incremento de interés, bonos y/o subsidios. La invitación al endeudamiento en créditos blandos o el CAE genera tal ruido, que se nos pierden medidas interesantes, tales como, la postergación de los dividendos hipotecarios y la ampliación del subsidio de arriendo, que son medidas beneficiosas para parte de la clase media. Y soy muy franco para decir que no me gusta la alternativa de sacar el 10% de los fondos previsionales, MIS fondos en la AFP, porque la crisis la terminamos pagando los mismos de siempre, “los nadie” y, además, porque creo que la seguridad social debe implicar solidez y obligatoriedad. Pero no sólo para mañana, sino también para hoy. ¿Acaso alguien puede asegurarnos que sobreviviremos a esta pandemia, o que moriremos después de jubilarnos? Es hoy que la economía de la mayoría de la población está en detrimento. ¿Por qué estupidizan a las personas? Molesta sobremanera que crean que todos iremos a sacar nuestros fondos, o que con un maquiavelismo de poca monta, crean que con las medidas en pro de la clase media frenarán la iniciativa respecto del retiro del 10%, cuando en conjunto pueden hacer alternativas complementarias, y que pueden examinarse a la luz de lo que más pueda convenir sin tomarlas todas. O tomándolas todas. ¿Tanto miedo le tienen a la libertad y responsabilidad individual que tanto defienden desde el discurso? El discurso del miedo respecto del colapso económico luego del retiro de esos fondos, sólo hace audible el responso para un sistema que se enriquece a costa de los más y que “el Mercedes Benz” está en panne y sin repuestos.

Ojalá, quienes gobiernan tuviesen un momento de lucidez para comprender que cuando la teoría no se condice con la realidad, no es la teoría la que tiene la razón; y que cuando no se reconocen los errores y se genera un discurso victimizado respecto de un pseudopoder de la oposición, es una señal de torpeza política que no mide el efecto comunicacional que lleva a pensar que quienes están en La Moneda ya no gobiernan, que esto se acabó, y que cualquier movimiento es producto de la inercia. ¿Con esa actitud pretenden frenar el descontento que otra vez no habrían visto venir? 

Luis Pino Moyano. 

De peleas banales y la verdad.

Cuando la diputada Camila Vallejo junto con los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric ingresaron al parlamento, sacudieron el ambiente político no sólo por su juventud -“la bancada estudiantil”, le llamaban-, sino también con un autodenominado nuevo modo de hacer política. Y una evidencia de aquello fue el proyecto presentado para la rebaja de la dieta parlamentaria a un 50%. Eso fue acompañado de una serie de propuestas que iban asociadas a la reducción de gastos implementados, desde los viáticos hasta el uso de software. Esas propuestas, denotan desde el comienzo una práctica política que no desvincula los fines de los medios, con un alto influjo ético, en el que la legalidad no es la medida de todas las cosas, sino aquello que es legítimo de acuerdo a la realidad del país. Sé que nos metemos en una discusión demasiado puntillosa y profunda, que escapa a los fines de una columna de opinión, respecto a qué responder cuando preguntamos qué es legítimo y qué no lo es, pero sólo a modo de esbozo, a mi juicio tiene que ver los mínimos éticos que nos provee la Declaración Universal de los Derechos Humanos y un ejercicio democrático que vea al ciudadano no sólo como un elector, sino como un sujeto que tiene iniciativa, discurso y propuesta. 

Ahora bien, en algunas ocasiones, cuando se habla de vocación política, se señala que los parlamentarios no debiesen tener una dieta parlamentaria, sino que debiesen vivir como cada ciudadano, es decir, con el fruto de su trabajo, y que en Chile eso ocurría en el pasado. Particularmente, no creo en una de las razones que se da para sostener la necesidad de una dieta parlamentaria, esa de evitar la corrupción política por medio del pago y colusión con intereses particulares o privados, que podrían ser atractivas a los ojos de quien no recibe una remuneración por su trabajo político, toda vez, que la dieta parlamentaria podría ser el doble a lo que es hoy, y seguir siendo atractiva una propuesta dolosa, porque el que tiene algo siempre puede querer un poco más. Mi tema con la dieta parlamentaria pasa por una cuestión democratizadora, pues cuando en Chile no existía pago de una dieta parlamentaria aquello estaba hermanado al voto censitario, en el que ciudadanos hombres, que sabían leer y escribir, y que tenían un bien inmueble, podían ejercer su derecho a sufragio, lo que derivaba en un congreso conformado por una élite hacendal y mercantil. El pago de la dieta parlamentaria, abrió paso a una dedicación exclusiva a la actividad política y la apertura de esa posibilidad a actores de la clase media y de la clase obrera, lo que unido al fin del voto censitario, al reconocimiento de ese derecho a mujeres y analfabetos, junto a la cédula única de votación, fueron ejercicios que ampliaron y densificaron nuestra democracia. Por ende, creo que el pago de una dieta parlamentaria debe existir y debe permitir no sólo una vida digna, sino el libre ejercicio de la práctica parlamentaria. 

Esta discusión es tan relevante, que fue uno de los temas que emergió durante el llamado “estallido social” del “octubre chileno”, a fines de 2019, aprobándose por unanimidad la iniciativa de legislar sobre ese asunto, tanto en la Cámara como en el Senado, con lo que se pidió al Ejecutivo que indicar una reforma constitucional sobre este asunto. En los últimos días hemos visto el debate abierto, notándose el esfuerzo de algunos parlamentarios para que dicha rebaja fuese temporal y no permanente, e incluso que fuesen las mismas corporaciones las que decidieran el monto de dicha dieta. Eso quedó zanjado en el informe de la Comisión Mixta, aprobado el 7 de mayo en la Cámara de Diputados, en el que se hace permanente dicha rebaja y se da pie a que el Consejo de Alta Dirección Pública elabore los criterios técnicos para dicha rebaja. Eso debe ser aprobado ahora por el Senado, con lo que se convertiría en ley de la República. 

Esta discusión se ha visto empobrecida por la banalidad a la hora de producir argumentos, en los que ha salido a la palestra, inclusive, una discusión en la que el fallecido Eduardo Bonvallet emplaza a Giorgio Jackson respecto de esta temática. Para mi, Bonvallet era un tipo espectacular. Todavía escucho los vídeos de sus programas en YouTube, mientras realizo otras tareas. No fue un gran jugador de fútbol, pero tampoco era malo ni mediocre, pues rendía y luchaba. En lo que era genial es que sabía mucho de fútbol y leía los partidos como pocos. Pero eso no hace que todo lo que dijera fuese verdad última o idea por asumir. Porque lo que hizo “el Gurú” ese día con el joven diputado no fue otra cosa que un espectáculo, pero no necesariamente un acto comunicativo correcto y veraz. Inclusive, engrandece más la actitud de Jackson por no responder la pachotada del comentarista de fútbol de marras. Que “#Bonvallet” haya sido trending topic en Twitter durante estos días, muestra la incapacidad de escuchar o de comprender lo que se lee, toda vez que lo que los parlamentarios del Frente Amplio hicieron fue pujar por una rebaja permanente de la dieta y criterios que gozaran de autonomía para ello. 

Llama más la atención las declaraciones del diputado Garín, quien hoy no le debe cuentas a nadie, porque se trata de un independiente. Llaman la atención, porque es un sujeto que ha mostrado templanza y lucidez en ocasiones anteriores, y que estos últimos días habría hecho una “gran revelación” respecto a dónde iban los dineros que el diputado Jackson hacía de su dieta. Quien recibía ese aporte era su propio partido Revolución Democrática, lo que ha desatado ideas respecto a la aparente mentira del diputado Jackson y del alejamiento de los principios éticos que reflejaban la nueva forma de hacer política. Pero eso es una discusión pobre, falaz y banal (con tres adjetivos, como le gusta a Su Excelencia), toda vez que históricamente los partidos de izquierdas han recibido donaciones de sus parlamentarios para salvaguardar su independencia política. Eso lo hizo el PC antes del golpe y lo volvió  a realizar cuando pudieron volver al parlamento. El PS lo dejó de hacer cuando algunos de sus actores tuvieron compromisos con SQM e incluso, probablemente, algunos de sus actores hayan tenido nexos con los narcos. A la luz de los hechos, el Frente Amplio quiso seguir el modelo histórico. Cualquiera que participe de instancias colectivas sabe la diferencia en un ahorro para sí mismo y un aporte para una organización. Nadie se atrevería a decir que los aportes que mensualmente doy a la iglesia en la que soy miembro, o al bienestar de los trabajadores del colegio, son mis ahorros, porque lo son de una instancia colectiva. Claramente, en algún momento podrían beneficiarme de manera directa, pero eso por voluntad colectiva y no por mí y ante mí. El que un diputado done a su partido o una fundación del mismo no implica un ahorro personal. Aludir aquello, es o una pequeñez o una incomprensión lectora de la realidad. 

Lo que me parece relevante sobre ese asunto, es que eso fue refrendado en una entrevista a CNN en el año 2014 por Giorgio Jackson (ver entrevista aquí, desde el minuto 9:28 para lo puntual, aunque vale la pena verla completa), y por Gabriel Boric en una entrevista de 2016 en la que dice: “Yo entrego el 60% de los recursos a mi organización, Izquierda Autónoma. Y me quedo con 2 millones 700 mil pesos mensuales, lo que sigue siendo mucha plata. Y muchas veces se nos critica de por qué no lo donan a caridad. Giorgio entiendo hace lo mismo. La Camila creo que también. Porque aquí no se trata de acciones individuales para salvar la consciencia propia. Sino más bien de acciones institucionales que den cuenta de convicciones comunes en torno al valor del trabajo” (leer acá). Desde hace años no había nada escondido. Y acá el problema no es la mala memoria, sino la mala intención de falsear la realidad, o la desidia manifestada en no ir a las fuentes. ¿Quién falta a la verdad entonces?

Lo lamentable es que toda la bulla politiquera y banal, propia de la política analfabeta, dice relación que hay actores políticos que no quieren bajarse la dieta, pues la rebaja de recursos la quieren hacer por la vía de reducir la cantidad de parlamentarios, y el mecanismo para llevarlo a cabo no estaría en un congreso unicameral, sino en el retorno al sistema binominal. Que hoy quieran mantener eso en el tabú es lo deshonesto. Porque ellos no rehúyen este tema relacionado con la cuestión de la legitimidad por espacio en una columna, sino simplemente por corrección política y popularidad en un contexto difícil para la clase política civil luego de un estallido social y una situación sanitaria adversa. Esa es la discusión de fondo, que las bravatas no nos dejan ver con claridad. 

Luis Pino Moyano. 

[Comentario de libros] Hugo Vezzetti. Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2009.

Hugo Vezzetti es un psicólogo argentino. Es profesor de la Universidad de Buenos Aires, además de haber desarrollado la docencia en diferentes universidades en Argentina, Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Fue interventor y decano normalizador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires en la transición a la democracia argentina[1]. Sus obras y artículos, desde la psicología, con la fuerte influencia de Freud, han sido parte del debate en torno a la memoria reciente de Argentina. De hecho, Sobre la violencia revolucionaria, tiene dos ejes temáticos: la memoria de la violencia y el sujeto revolucionario sesentista. Son esos dos ejes los que serán tenidos en cuenta en este análisis.

Para Vezzetti, la comunidad política debe tener la capacidad de juzgar los crímenes que fue incapaz de evitar y de reparar retrospectivamente a las víctimas que no pudo proteger. En ese sentido, el hecho de que la verdad y la justicia se hayan realizado a partir de la figura de la víctima no ha ayudado al proceso. Aquí Vezzetti toma a Enzo Traverso, para señalar que después de Auschwitz se instauró un nuevo régimen de memoria, el cual está centrado en crímenes (no en batallas y victorias), en testigos (no en combatientes) y en víctimas (no en héroes). Es así que los crímenes de la guerrilla se debían olvidar para mantener el consenso en la figura trágica del desaparecido, puesto que la justicia basada en los derechos humanos protege a los más débiles. Vezzetti dirá que eso desencadenó que la cultura revolucionaria fue desplazada por la militancia por los derechos humanos. Por qué no se sigue la petición de Hebe de Bonafini, quien señalaba que los fusiles debían ser exhibidos en el Museo de la Memoria, es una de las preguntas que hace el autor.

Eso se traduce en la necesidad de hacer un ejercicio de constatación histórica. Vezzetti dirá que la violencia no comienza con el ejercicio de los militares si no con la puesta en tensión del Estado de Derecho. Montoneros y ERP son responsables de dicha debacle. Es cierto que las Fuerzas Armadas toman el poder y ejercen mayores atrocidades porque tienen un mayor poder de fuego, pero eso es resultado del derrumbe moral que no permite vislumbrar los límites. La lógica de la renovación, ha relevado la fragilidad de la identidad, y luego, la manipulación del pasado e ideologización. La pulsión memoriosa de las víctimas, ha olvidado la guerra total, en tanto destrucción y aniquilación del enemigo; y al guerrillero, como combatiente total y consagrado a su causa. Es así que en el otro eje temático, Vezzetti, al dar cuenta de elementos constitutivos de la subjetividad del militante sesentista, mencionará la constitución de un hombre nuevo, que supone una edificación moral que prevalece por sobre la formación política. Dicha configuración reporta una transformación, un acto de renuncia. Una conversión radical, en el sentido religioso de la expresión. De hecho, eso lleva a constituir a la muerte como una dimensión sacra, puesto que sin ella no hay heroicidad revolucionaria. Vezzetti dirá que “sólo en el mito la muerte es una decisión elegida”. La certeza de la muerte no elimina la certeza inexorable del triunfo revolucionario. Lo alimenta. Le da una fuerza mística. El político pasa a ser profeta y su mensaje, de ser un programa, a un constructo escatológico.

Por ello, la opción de Vezzetti será el levantamiento de una memoria justa, que sirva como fudamento ético-político, que devele un horizonte de deberes y trabajos. Se debe actuar sobre el pasado llevando a cabo la edificación de una moral. Por eso, el lema es ni deber de olvido ni memoria impuesta, celebrada y sacralizada. Para el autor la reconciliación no puede estar asociada a la amnesia. Aquí el ejemplo de Chile es clave. Cita a Bachelet, siendo presidenta electa, quien planteó que “Nunca habrá conciliación, pero con ellos hay que convivir, forman parte de Chile”. La memoria del pasado reciente debe coadyuvar a la paz social.

La lectura de Vezzetti reportó para mi investigación sobre la relación cristianismo-marxismo en el Chile de la década de los sesenta y setenta una utilidad tremenda, porque me permitió relevar la fuerza de la dimensión de la muerte en la idea revolucionaria. Ese “tanatos revolucionario” antecede la configuración de un martirologio[2]. Además, Vezzetti, traza eso como un mito, asociándolo al discurso cristiano. Ahora bien, más allá de esa utilidad, mi lectura es bastante crítica, puesto que su concepción de mito, arrastra una serie de ripios del positivismo y del naturalismo. De ahí su asociación con la religiosidad. Pero varios de esos elementos que el autor llama míticos, pueden ser reconocidos dentro de los marcos de la politicidad. Por ejemplo, el combate amigo-enemigo, es parte de la configuración de la subjetividad, en tanto la ipseidad se forma en relación a la otredad. Y es que la memoria al ser un ejercicio hecho desde el presente no puede escapar al mito. No hay ex nihilo. Aunque, no está demás decir, que debemos tener cuidado con la categoría de la víctima. Se debe tener en cuenta que una persona recibió sobre sus cuerpos toda la furia del terrorismo de Estado, cuestión insoslayable a la hora de hacer análisis históricos del pasado reciente. Pero, siempre hay que rescatar la dimensión política, pues dichos sujetos que murieron fueron torturados o hechos desaparecer, no estaban vacíos de sentido, errantes por el mundo, sino que eran militantes políticos, con todo lo que eso implica. Buscaban la concreción de un proyecto. Eso, más que una “memoria justa” al estilo de Vezzetti, nos hace reconocer y relevar con mayor fuerza la dimensión política de la memoria.

Luis Pino Moyano.

 

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Hugo Vezzetti.

 


 

[1] Datos tomados de http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaAutor.php?idAutor=1034  (Consulta: junio de 2012).

[2] Véase: Luis Pino. “De dogmas, hombres nuevos, muerte y martirologio. La relación subterránea marxismo-cristianismo en Chile, 1960-1970”. En: Revista iZQUIERDAS. Número 11, diciembre de 2011. http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2011/12/De-dogmas-hombres-nuevos-muerte-y-martirologio.3.pdf (Consulta: abril de 2020).

Sobre las vacaciones adelantadas, el retorno presencial y la tozudez.

Vivimos en un país en el que, lamentablemente, nuestras autoridades civiles no han dado el ancho en contextos de crisis. Hemos visto el retraso a la hora de actuar para paliar las necesidades en situaciones contingentes y en la generación de planes de acción para el futuro cercano. Una muestra gráfica de aquello está en el primer anuncio de suspensión de clases, el domingo 15 de marzo de 2020, que fue antecedido una hora antes por la declaración del comité de expertos convocado por el Ministerio de Salud en el que se señaló lo innecesario de suspender actividades presenciales, como por ejemplo, las clases de los colegios. Fue la presión de los alcaldes, del Colegio Médico y otros actores de la sociedad civil que conllevó esta medida. Eso no es otra cosa que improvisación. No necesariamente somos reos de nuestras propias palabras, porque tenemos derecho a cambiar de opinión. El gobierno también tiene ese derecho, sobre todo cuando está ante opiniones fundadas. Pero cuando sucede en menos de una hora, es simple señal de improvisación. No está de más decir, que esta medida se tomó un día antes del inicio de una nueva semana escolar. 

El miércoles 25 de marzo, el MINEDUC extendió la medida, para las dos primeras semanas del mes de abril, para que luego, las dos siguientes semanas, del 13 al 24 de abril, fueran de vacaciones. Vacaciones de invierno adelantadas. Claramente, esta medida tiene un aspecto loable: manifiesta coherencia con el discurso de la educación de calidad, toda vez que suspender lo presencial implica volver a planificar con una propuesta ad hoc de educación virtual. Es siempre bueno tener planes B, pero trabajar con ellos todo el tiempo no es lo óptimo. Tener claridad de los tiempos, facilita la planificación. Además, hay una segunda cuestión valorable: el ánimo de no perder el año escolar. Dicho lo anterior, creo que no se tuvo un criterio fundamentalmente pedagógico a la hora de tomar la decisión de adelantar las vacaciones de invierno, puesto que a esta altura, ya estaríamos con planes y prácticas adecuadas a la realidad de la educación a distancia, y dos semanas, implicarán la pérdida de ritmo, sobre todo si las condiciones a fines de abril y principios de mayo no implicarán necesariamente un retorno presencial. Pensar ese retorno de manera taxativa es innecesario, puesto que lo mejor en casos como estos es generar una revisión periódica de lo presupuestado. 

Ayer 9 de abril, Raúl Figueroa, ministro de Educación, declaró: “Las clases presenciales son muy difíciles de reemplazar; se han hecho importantes esfuerzos, nosotros los hemos promovido y los agradecemos respecto de toda la comunidad escolar, para seguir adelante procesos de educación a distancia, pero estamos también convencidos que, sobre todo en el mundo escolar, la clase presencial es muy importante, y por lo tanto debemos tomar todas aquellas medidas que nos permitan recuperar la mayor cantidad de horas posibles en el sistema escolar”. Si bien es cierto, la misma autoridad gubernamental ha relativizado la posibilidad del retorno presencial el 27 de abril, actúa de hecho apelando a la necesidad de volver según dicho mecanismo. 

Soy consciente, como profesor, que lo que se da en el aula de manera presencial es irremplazable. Y que, además, nosotros hemos sido formados para el desarrollo de una actividad presencial y no para el ejercicio profesional virtual, lo que ha conllevado el desafío de modificar nociones, el ingreso al uso de plataformas y dotar el sistema de una mayor flexibilidad. Pero es irresponsable y falto de criterio pedagógico pensar que la educación tiene que ver fundamentalmente con lo presencial o con horas de clases recuperadas o perdidas. Es irresponsable, porque, en primer lugar, no puede haber educación de calidad si las condiciones de salubridad, de transporte y de vida están limitadas por una situación nacional totalmente distinta. ¿Cómo se puede pedir ir al colegio si quienes son estudiantes y trabajan en la educación pueden contagiarse en la micro o en el metro? ¿Cómo puede pensarse en la educación presencial de calidad si en casa las condiciones de alimentación cambiaron debido al despido de padres, madres y apoderados de sus fuentes laborales en medio de esta situación? Y, nuevamente, vemos la ausencia de criterio pedagógico cuando la actividad educativa se entiende como la entrega de contenidos y de horas realizadas. La educación tiene que ver con eso, pero por sobre todo con la capacidad de pensar y reflexionar la realidad de lo que ocurre dentro y fuera del aula, con el desarrollo de habilidades, con lo afectivo y emocional, con el buen vivir. Todo eso queda fuera de una noción economicista y academicista que no dota de centralidad al estudiantado a la hora de educar-nos. Yo extraño a mis estudiantes, extraño el encuentro y la magia del aula. Pero prefiero no encontrarme presencialmente con ellos/as si eso implica riesgo para su bienestar. 

Además, el ministro señala que se “se han hecho importantes esfuerzos”. ¿Cuáles son? ¿Podríamos nombrarlos? ¿Habilitar una plataforma virtual del Mineduc con recursos pedagógicos? ¿Liberar los PDFs de los textos escolares? ¿Seguir pagando la subvención a los colegios -como corresponde, porque seguimos trabajando, ahora más con lo difuso que se vuelve el teletrabajo? ¿Qué más? Los otros esfuerzos han sido de establecimientos, profesionales de la educación, estudiantes, padres, madres y apoderados/as. Y no basta con su promoción y agradecimiento. Es la hora de generar políticas educacionales de verdad, con compromisos económicos mayores de parte del estado:

  • Uso de toda la mañana del canal público -Televisión Nacional de Chile-, para la transmisión de contenido educativo, con clases de todas las asignaturas y con cierta transversalidad en los niveles. Si hay algo que ha evidenciado esta crisis, es la segregación social del país. Sí, una vez más. Porque la modernidad no ha llegado a todos los lugares del país (lo que debiese inhabilitarnos por un rato en la discusión sobre la posmodernidad u otros tipos de modernidad líquida, radicalizada, etc. Así, se puede llegar con mayor facilidad a los sectores donde una conexión a internet es impensada, lo que puede ser acompañado con carpetas con guías impresas (disponibles en el colegio y entregadas guardando los protocolos de salud), llamadas telefónicas para hacer explicaciones breves, entre otras.
  • Realización de capacitaciones pedagógicas para el uso de plataformas educativas a distancia y subvención para el acceso de parte de las/os profesionales de educación a herramientas para llevar a cabo ese trabajo: computadores, acceso a internet de mayor potencia, cámaras, micrófonos, etc.
  • El estado debiese convocar la solidaridad de la empresa privada, buscando liberar accesos WiFi en distintas zonas del país, donando computadoras a estudiantes, a las editoriales regalando libros físicos o haciendo disponibles ediciones digitales, etc. 

Hoy, más que pensar las políticas gubernamentales en la lógica economicista y de campaña publicitaria, se hace necesario pensar la realidad de manera multifocal y atendiendo a las “necesidades reales de la gente”, como les gusta decir a los políticos profesionales de distinta bandería. Porque si hay algo que es deber del estado es cuidar y promover el bien común. Y el resguardo de las condiciones dignas para los/as estudiantes de Chile claramente está allí. 

Las vacaciones ahora son un hecho. Que el retorno presencial se dé cuando las condiciones lo permitan. Si eso es mayo, junio o julio, ¿qué importa? Lo importante, es que se dé cuando la población no tenga riesgo a enfermarse. Mientras, se deben hacer esfuerzos por fortalecer la dinámica virtual con medidas tendientes a ello, y no sólo con la espera de la iniciativa privada o particular de quienes somos profesionales de la educación. Fines y medios van de la mano. ¿O no?

Luis Pino Moyano. 

Mariano, descansa… tus obras siguen.

Ayer, a la edad de 88 años, murió Mariano Puga Concha, presbítero de la Iglesia Católica Romana en Chile, sacerdote diocesano, pero en una expresión más significativa, el cura obrero en la Villa Francia y la población La Legua, desarrollando labores como “maestro pintor”. ¿Pero qué hizo que un joven nacido en una familia aristocrática chilena, un “Puga Concha”, hiciera de la defensa, cuidado y reivindicación de los pobres de la tierra y de los represaliados por un régimen que no dudó en emplear con voracidad el terrorismo de estado, su propia causa? Él no dudaba en responder que una conversión. Fue el evangelio de Jesucristo el que lo “chaló”, forma coloquial para referir a la “bendita locura” de la que hablaba Pablo, el apóstol a los gentiles. Fueron las páginas del evangelio las que enmarcaron la ruta que tomó y su agenda como un obrero de la iglesia que le llamó. Páginas que revelan que el proyecto histórico de Dios consistía en un anuncio de las buenas nuevas que traen salud a todo el ser, y que, por lo tanto, dicho relato debe hacerse carne en el amor que trabaja en pos de los hambrientos, desnudos, enfermos y presos, mirando en ellos a Cristo mismo, en la esperanza de un Dios que hace y hará justicia, como cantaba María de Nazaret en el Magnificat. 

En los tiempos de una secularización radicalizada, que avanza con mayor fuerza, Mariano Puga, en su palabra y acción, es un mensaje a la conciencia de quienes somos cristianos y no. Eso hace que un evangélico de toda la vida se detenga a escribir en esta hora sobre un sacerdote católico. Porque estos tiempos, son también los de la visibilización de la corruptela moral y económica enraizada en el abuso de poder. Mientras sacerdotes engominados y con pulcras ropas clericales son acusados de pedofilia, y mientras muchos pastores hacen gala de un dinero que se entregó para “la obra” y no para su enriquecimiento, el testimonio ético de Mariano es una voz férrea, en el que podemos decir que sigue siendo posible un cristianismo de a de veras, más allá de las circunstancias adversas que nos tocan. Mariano Puga es un referente en un mundo en el que cada vez más carecemos de ellos. Como dijera el papa Celestino I: “Si debemos distinguirnos del pueblo o de los demás, sea por la doctrina y no por la vestimenta”. “Por sus frutos los conoceréis”, enseñó el Maestro de Galilea. 

¿En qué sentido Mariano Puga fue un referente para los cristianos? Me permito relevar los siguientes antecedentes: 

a. Sin lugar a dudas, lo primero que se debe relevar acá es su vida común con los pobres de la ciudad. Dicho acto, no fue el abajismo de la misericordia de fin de semana, sino la consistencia de la vida permanente. La salida de Mariano desde su lugar de origen fue un acto de empatía. Su vida posterior no lo fue. No necesita empatizar aquél que vive las mismas circunstancias, aquél que camina codo a codo en medio de los rigores de la vida, aquél que radicaliza su voto de pobreza ganándose el pan con el sudor de su frente. Mariano era parte de ese “pueblo que camina, / y juntos caminando podremos alcanzar / otra ciudad que no se acaba, / sin penas ni tristezas, / ciudad de eternidad”.

b. La primera vez que vi a Mariano Puga fue en una imagen televisiva, con su alba ensangrentada, luego de agarrarse a puñetes con unos sujetos que se infiltraron para provocar desórdenes en la liturgia del Parque O’Higgins con ocasión de la visita de Juan Pablo II. Mariano Puga no sólo caminó con los pobres de la ciudad, sino también con aquellos que sufrieron los rigores de “la larga noche de la dictadura”. Y allí tampoco tuvo que empatizar, pues él mismo fue torturado en la Villa Grimaldi. Entonces, sus actos de protesta contra el régimen, en los “vía crucis” en los que iba a la vanguardia con su alba y estola, no como disfraz litúrgico, sino como un escudo de quienes marchaban tras de él con pancartas con citas de la Biblia y de las conferencias episcopales de Medellín y Puebla; sumados a las acciones de no-violencia activa, como los ayunos (huelgas de hambre) y las manifestaciones en que los rezos del Padrenuestro eran la protección contra los lumazos o la bota militar, todo eso, era parte del entendimiento de su ministerio en una comunidad eclesial que asumía como propio el signo del martirio, no sólo entendido como la muerte por una causa, sino como el acto de portar un testimonio hasta el fin de la vida. Mariano nos enseñó con su testimonio que la iglesia no puede hacerse parte de la cultura de los poderosos de la tierra, no puede hacerse parte de aquellos que matan, torturan y desaparecen a quienes son enemigos históricos o circunstanciales. Nos enseñó que hay que alzar la voz todas las veces que sea necesario en defensa de la justicia que es base para la paz. 

c. Otra cosa que hay que referenciar del testimonio de Mariano fue su entendimiento de la comunidad. El protagonismo del laicado en la comunidad, para el integrismo católico romano, es sinónimo de escándalo. Dicho protagonismo estaba dado por el entendimiento de lo que un pastor cristiano debía ser: alguien con quien se conversa la fe mirándole a los ojos, donde hay liderazgo servicial. Eso se refleja en quienes hablan más en la liturgia, toman y beben los elementos de la eucaristía. Pero, por sobre todo quiero destacar tres cosas. Las dos primeras las tomo del documental “En nombre de Dios”, de Patricio Guzmán y la segunda, de una nota de prensa. a) Para Mariano la liturgia no sólo tenía que ser de cara al pueblo y en lenguaje vernáculo, sino que tenía que ser una liturgia histórica y no alienante, y que por lo tanto debe producir miedo, miedo de salir de la comodidad del status quo de la cultura imperante, miedo de celebrar la vida en un contexto donde la muerte es la tónica, todo eso hace énfasis del carácter contracultural del mensaje cristiano; b) la celebración del matrimonio desacramentalizado, donde la voz de los/as laicos/as, sobre todo quienes son casados se alzan para aconsejar y alentar a quienes han decidido dar ese paso, donde la celebración festiva se trae a la liturgia y donde el sacerdote lo que hace es impetrar la bendición sobre los cónyuges; y c) la importancia dada a la Biblia, más allá del lugar común que tenemos los evangélicos de los católicos, pues Mariano era alguien que insistía en que los miembros de la comunidad llevaran su Biblia a la misa. Para Mariano el leer la Biblia era fundamental. En el contexto de los 500 años de la Reforma, luego de reconocer el mérito de Lutero por llevar la Biblia al pueblo, señaló: “Cuando los pobres lean la Biblia a los curas se les acabará el autoritarismo, porque toda la autoridad que los curas usamos depende de la ideología que hay en el catolicismo: el curita está cerca de Dios y dice lo que Dios quiere”. Todo los símbolos mencionados acá tienen su fundamento en un entendimiento del poder y cómo éste debe ser ejercido en la comunidad, sin abusos, sin silenciamientos, sustentados en la Escritura. 

d. Lo último que quiero destacar del testimonio de Mariano fue su entendimiento del perdón. Causó mucho escándalo en un sector político y social del país, el que nada más y nada menos Mariano Puga haya ido a visitar para rezar con los presos de Punta Peuco, quienes están allí pagando sus condenas por delitos de lesa humanidad. Lo que hizo Mariano allí no tuvo que ver con transar respecto de la justicia, sino unirla cristianamente a la práctica del amor. El amor cristiano quita el poder a quienes abusan de él, exhorta al hacer un llamado al arrepentimiento, abraza y restaura a la hora de perdonar. Los violadores a los derechos humanos requieren justicia, no venganza, sobre todo de quienes siguen los pasos de Jesús que nos llamó a amar a nuestros enemigos, a bendecirles y a no maldecir. 

No puedo dejar de cerrar estas palabras a la memoria de Mariano, sin relevar una última cosa y sin despedirme. 

Mariano Puga, a días del estallido social escribió una conmovedora y potente carta, en la que en una de sus partes dijo: “¿Qué está pasando con los líderes nuestros?¿dónde están? ¿dónde está el arte? (…) ¿Quién se hace voz de las esperanzas de la calle, qué cresta pasa con los artistas de lo nuevo? Cántennos, grítennos, enséñennos a soñar, sin ustedes no somos capaces, sin los otros y otras de este mundo, no somos capaces.  ¡El despertar no tiene que morir nunca más! hasta que volvamos a ser seres humanos ‘yo te voy a sacar de sus sepulcros, pueblo mío, y te voy a llevar a la tierra’ (…) recordemos la memoria subversiva de Jesús de Nazaret y no olvidemos que lo que le llevo a ser rechazado fueron sus gestos de amor y ternura, de opción radical entre y para los pobres de la tierra, el anuncio de la buena nueva, del Evangelio, pagado con su propia vida”. Las preguntas y la esperanza siguen en pie, más allá de nuestros yerros. 

Y sí. Llegó la hora de despedirse. De decirte chao Mariano. Espero que cuando nos veamos, nos tomemos un mate, conversemos de aquello que nos ha chalado en la vida, y cantemos mientras tocas tu acordeón. Como dirá la gente que masivamente irá a despedirte: “Mariano, amigo, el pueblo está contigo”. Gracias, por haber estado con nosotros. 

Luis Pino Moyano,

Puente Alto, 14 de marzo de 2020. 

¿Hay una revolución en Chile?

No deja de ser interesante que voces a favor y en contra de las demandas levantadas o visibilizadas en las las calles, en el contexto del estallido social, hablen de una revolución en marcha en Chile. Unos, para ensalzar su utopía de un Chile nuevo que nacerá después de las llamas; otros, relevando sus miedos a que existan cambios en el país, un país que ha sido exitoso en tal o cual indicador internacional, cosa que no tendría que ser dilapidada. Pero, ¿estamos en un contexto revolucionario en Chile? A mi juicio, pienso que hay, a lo menos, tres razones para decir que no:

a. Lo que tenemos es el ensalzamiento de la ritualidad festiva. Y como diría uno de mis profesores en la Universidad, “las revoluciones se miden después del día de la jarana”. Ha sido increíble la masividad de varias de las movilizaciones, algunas con más de un millón de personas sólo en Santiago, en la hoy denominada “Plaza de la Dignidad”. Allí se han encontrado personas de distintos acervos e ideas políticas, sectores sociales, niveles educativos e, inclusive, equipos de fútbol. Colores, música, gritos de consignas, performances, disrupción y violencia como repertorio de lucha. ¿Qué es eso sino expresión erótica politizada, donde la pulsión individual se expresa en diversas experiencias de éxtasis? Es el paso de “la alegría” al goce. Pero, si se me permite parafrasear a Tomás Moulian cuando refiere a la experiencia de la Unidad Popular, la fiesta no tiene la fuerza de limitar el drama. Las fiestas se acaban cuando hay fracaso o derrota, o la conjunción de ambas. ¿Los distintos movimientos que expresan sus ideas y sentimientos en las calles tendrán idea respecto a qué hacer en caso de una derrota plausible? O, aún más, ¿tendrán idea de lo que vendría después del triunfo posible?

b. Lo que tenemos es el protagonismo del panfleto que se convierte en sentido común. Esto demuestra, en forma periférica, que mucho del discurso crítico respecto del marxismo cultural emanado de cierta derecha liberal, no es más que un muñeco de paja, porque si sólo ocupáramos una lógica gramsciana, debiésemos señalar que el sentido común produce conformismo, entonces, no puede llamarse pensamiento crítico a una idea o conjunto de ellas que no puede pasar por el cedazo de la sospecha cuestionadora. Resulta interesante que mucho de lo que se autodenomina pensamiento crítico hoy no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, de “derecha” o funcional a las clases dominantes. Eso hace que mucho del discurso “progresista” sea simplemente un nuevo conservadurismo, en el que hay mucho miedo. Decir algo contra lo políticamente correcto, desde un cuestionamiento epistemológico hasta el acto de reírnos de nosotros mismos, en un momento en que el espíritu de funa pende en el aire, limita la acción y fortalece el autoritarismo de la voz más fuerte y más radical, que no necesariamente es aquella que se condice con la realidad actual y con la que se anhela construir. Un movimiento social que apela a la configuración de cambios estructurales no puede perder de vista la transversalidad incluyente, so pena de seguir produciendo un constructo propio de una modernidad radicalizada, donde el sujeto autónomo es cada vez más individuo. Si hay más “yo” que “nosotros”, la lógica de consumo mercantil se mantiene incólume, incluso, en las relaciones humanas. 

c. Lo que tenemos es la sacralización de la violencia. Dos cosas por decir: a) existe una diferencia entre agresividad y violencia (una más instintiva y otra que desarrolla una racionalidad), y entre violencia reactiva y violencia estructural; y b) existe un uso legítimo de la violencia, específicamente en dos asuntos: en aquella que ha sido delegada a los institutos armados, para que monopolizándola, la usen discrecionalmente en la defensa y la conservación del estado de derecho (lo que claramente se dilapida cuando se ocupa en forma abusiva, violando los derechos de la población, ya sea a personas inocentes o a quienes se les pueda imputar un delito); como también en la autodefensa del pueblo frente a un tirano y sus esbirros, es decir, en un contexto en el que no existe estado de derecho. A la luz de aquello, y considerando las acciones en el espacio público desde el 18 de octubre, podemos ver que existe más agresividad que violencia, una profusión mayor de la violencia reactiva, junto con altas dosis de espontaneidad. Quemar y destruir todo no es sinónimo de revolución, porque la revolución no es sólo violencia, sino, por sobre todo, transformación. Y para que exista transformación debe haber proyecto. Y yo pregunto, ¿dónde está el proyecto de cambio? La sacralización de la violencia, que pasa del uso como repertorio de acción colectiva a la configuración litúrgica de la misma, no mide las consecuencias. Y no hablo acá de la acción policial, hablo de si dicha violencia suma o resta a la causa que se dice defender. Además, el uso de la violencia como método de acción en unos, hace que también aparezca en otros, desde el sujeto que dispara en una manifestación en Reñaca, hasta aquellas organizaciones neofascistas que marchan por las calles -hasta ahora sólo del Barrio Alto-, premunidos de bastones retráctiles y gritando cuestiones aberrantes para nuestra conciencia histórica, como eso de ir a buscar “los huesitos al estadio nacional”.

Aquí en Chile no hay revolución… lo que hay es incertidumbre. ¿Cómo terminará todo esto? No sé. Pero lo que no quiero, es que termine en un conflicto fratricida, con uso de la violencia armada, donde nuevamente los/as perdedores sean los mismos de siempre, la mayoría de la población. Y eso, no conduce a la parálisis de quienes pensamos en la necesidad de un Chile distinto, de quienes anhelamos cambios para nuestra sociedad en el entendimiento que la paz tiene como base la justicia. Por el contrario, debemos esforzarnos por caminar como protagonistas en el cambio constitucional que siente las bases para el ejercicio renovado de la política, y aquello, por primera vez en democracia en nuestros más de 200 años de vida republicana. ¿Estamos conscientes de la fuerza del cambio que tenemos en un horizonte muy cercano?

Luis Pino Moyano.