Visiones e ilusiones políticas #3: Democracia y el “vox populi, vox Dei”, y el socialismo y la salvación por la propiedad común.

Nota introductoria: Este material formó parte de un «cuaderno de trabajo» para un curso que estuvo basado en el libro de David Koyzis «Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas». Todo lo que está en azul en este texto es señal de resumen o de traducción literal de dicho libro. Para mayor detalle ver el post número 1 de esta serie, haciendo clic aquí. Véase también el post número 2 dedicado al liberalismo, conservadurismo y nacionalismo, haciendo clic aquí.

Democracia.

Cada vez que se habla de democracia, luego de hacer alusión a su origen etimológico en el griego que se traduciría literalmente como el “poder del pueblo”, se recuerda de manera muy recurrente la definición de Abraham Lincoln: “Democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La democracia es principalmente un sistema de gobierno que tiene como principios fundamentales:

  • La dignidad de la persona humana.
  • La libertad de conciencia y el pluralismo. 
  • La igualdad de todas las personas, lo que se traduce en los mismos derechos.
  • El ejercicio y promoción de los derechos humanos.
  • El gobierno de la mayoría con el respeto a los derechos de las minorías. 

La democracia es aplicada en la sociedad en el marco del estado de derecho, que supone la sumisión al ordenamiento jurídico (la Constitución y las leyes), el principio de elecciones libres, competitivas, pacíficas y reguladas jurídicamente con las que son elegidas sus autoridades. Dicho derecho al sufragio no sólo es el mecanismo de elección, sino también, el mecanismo de control de las autoridades por parte de la ciudadanía [1].

Uno de los grandes dilemas del sistema democrático dice relación con la conflictividad y el ejercicio de la tolerancia. El cientista político Marcelo Mella señala que: “La tarea de la democratización implicaría politizar el conflicto en tanto fenómeno, transformando la política institucional en un campo vinculado al pluralismo y a los conflictos de las sociedades complejas” [2]. La democracia no es la ausencia de conflicto ni de discusión, sino más bien, el sistema que construye el cauce para su expresión con respeto a la pluralidad de voces que pueden manifestarse en el espacio público. Es ahí donde expresiones tales como “amistad cívica” reportan un deber-ser en la sociedad: la idea ajena no debiese implicar falta de respeto o imposibilidad de trabar lazos colaborativos y/o de amistad. 

Pero, ¿hasta qué punto la tolerancia? Karl Popper lo explica de la siguiente manera a la hora de hablar de la “paradoja de la tolerancia”. Señaló: “Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos, significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñen a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos” [3]. En un contexto como el actual, donde la individualidad se ha radicalizado al punto de considerar la verdad como algo propio (“mi verdad no es lo mismo que tu verdad”), ha hecho que también aparezcan discursos de odiosidad respecto de personas y grupos. 

Es aquí donde Koyzis acierta cuando diferencia la democracia como estructura de la democracia como credo. La democracia como credo, a diferencia del liberalismo (o en complemento de él), presupone la soberanía popular, en otras palabras, el pueblo es quien gobierna, es “el soberano” en el sistema democrático. La soberanía del pueblo como credo podría llevar a pensar que la mayoría nunca se equivoca. “Vox populi, vox Dei”. Esa declaración pone de manifiesto la deificación de la mayoría. Es ideal, que nuestras decisiones sean acordadas y no impuestas en la sociedad, pero en muchas ocasiones en la historia las mayorías no sólo han cometido errores, sino también horrores y abusos. En dichos momentos de la historia, se ha presupuesto la igualdad, pero ocupando la metáfora orwelliana, han habido algunos más iguales que otros. La democracia es debilitada y debilitada cuando se impone el sentido común de los más iguales, sus ideas políticamente correctas, sus voces altisonantes que se imponen en las asambleas más por miedo que por persuasión. En dicho contexto no hay espacio para deliberación, el consenso, el debate… para la Política con mayúsculas [4]. 

Haremos bien en considerar la conclusión de Koyzis respecto de este tema: “Tenemos buenos motivos para apreciar la democracia constitucional y las oportunidades que ella confiere a los ciudadanos de participar del proceso político. El sufragio universal e igualitario, las elecciones verdaderamente competitivas y la libertad de participar del debate público son éxitos dignos de celebración. Al final, como vimos, la democracia da forma concreta a la noción de ciudadanía, de participación en el cuerpo político, y esto la hace mejor que las formas menos democráticas de gobierno. Todavía, debemos evitar la suposición que democracia es sinónimo de gobierno justo. No debemos presuponer que la democracia represente el estadio final de una historia redentora y el punto culminante del desarrollo de toda constitución política. En ese sentido, es necesario huir de la tentación de deificar un sistema político que, no más, es bueno y virtuoso. La democracia puede ser un bien, pero no es un dios” [5].

Socialismo. 

El socialismo ha tenido en su historia dos grandes vertientes que se han transformado en corrientes basales ideológicas de distintas fuerzas políticas, a saber, el marxismo y la socialdemocracia. Las presentaremos de manera breve, por separado. 

Marxismo.

El marxismo es una teoría política, económica y social que percibe la realidad desde el punto de vista de los sujetos que viven condiciones de explotación. Se fundamenta en el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels. Sustenta su observación de la realidad en el materialismo dialéctico, es decir en el entendimiento que la realidad material es no sólo observable sino que, también, modificable. Como señalara Marx en sus “Tesis sobre Feuerbach” número 11: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” [6].

Son elementos distintivos de la teoría marxista: a) la concepción de la historia como una constante lucha de clases, que es susceptible de ser pesquisada a partir de los diversos modos de producción que se han dado en el tiempo; b) la conceptualización negativa de la ideología como la verdad producida por la clase dominante y colocada como sentido común que conforma la realidad; c) la centralidad estratégica de la clase obrera: los proletarios son los sujetos revolucionarios; d) el horizonte comunista tiene en cuenta la destrucción del estado y de las clases sociales, para producir “el encuentro del hombre con el hombre”; y e) que esa lucha tiene en cuenta la violencia como medio para la conquista del poder [7]. Como plantearía Marx contraviniendo la tesis socialdemócrata: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde también un periodo político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” [8]. La finalidad de dicho régimen, es la utilización del estado para conducir el proceso transformador de la colectivización de la propiedad privada a su abolición, y de la hegemonía de la clase obrera a su abolición. Por su parte, Engels, diría respecto del Manifiesto Comunista que: “La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx” [9].

Huelga decir que existen distintas corrientes marxistas, que surgen no sólo del acercamiento a la obra de Marx y Engels, sino también respecto de sus polifónicos herederos: Lenin, Stalin/Trotsky, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Ernesto Guevara, entre otros [10] . El concepto “marxiano”, por su parte, da cuenta de la lectura y especialización en la obra de Marx.

Socialdemocracia. 

Esta corriente se aboca a la administración del capitalismo, mediante políticas reformistas que configuren lo que en Europa se ha denominado “estados de bienestar”, con marcado acento asistencialista. Ese estatismo, orientó su trabajo con la clase obrera desde la perspectiva corporativa, fomentó la configuración de estados nacionales fuertes (legal, económica y subjetivamente), y que se abre a la lógica de la mundialización. Por su parte, el sector socialdemócrata de la clase obrera organizada no busca la supresión del sistema capitalista, pues ve que el mercado otorga posibilidades para la regulación de la esfera económica (contra la tesis liberal) y la organización de la producción.

Sus reformas se han centrado en los siguientes aspectos: a) expansión progresiva de los servicios públicos, sobre todo en educación, salud y vivienda; b) un sistema fiscal regulador y actor en la esfera de la producción; c) institucionalización de la disciplina del trabajo que facilite la ejecución de los derechos de los/as trabajadores/as y políticas que lleven a la meta del pleno empleo; d) redistribución de la riqueza para garantizar a toda la ciudadanía un rédito mínimo; y c) un sistema solidario de pensiones. Como señala una declaración reciente: “La Internacional Socialista se fundó hace cien años para coordinar la lucha mundial de los movimientos socialistas democráticos por la justicia social, la dignidad humana y la democracia. En ella se reunieron partidos y organizaciones de tradiciones diferentes, que compartían el objetivo común del socialismo democrático. A lo largo de su historia, los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas han defendido los mismos valores y principios. […] Los socialistas democráticos han llegado a proclamar estos valores por caminos muy distintos, a partir del movimiento obrero, de los movimientos populares de liberación, de las tradiciones culturales de asistencia mutua y de solidaridad comunitaria en muchas partes del mundo. También tienen raíces en las diversas tradiciones humanistas del mundo. Pero aunque existan diferencias ideológicas y culturales, todos los socialistas comparten la concepción de una sociedad mundial pacífica y democrática, con libertad, justicia y solidaridad” [11].

Teniendo en cuenta lo anterior, sus organizaciones socialdemócratas, socialistas, laboristas, radicales, entre otras, buscan vivir los principios del socialismo en los márgenes de la democracia liberal. Cabe acá la expresión de Kautsky: “la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución”. Esta corriente tuvo entre sus fundadores a Louis Blanc, August Bebel, Ferdinand Lasalle, entre otros. Tuvo un ala marxista a inicios del s. XX, que en Alemania dio a sus principales dirigentes: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

La idolatría detrás de estas corrientes.

Uno de los elementos fundamentales de la construcción idolátrica del pensamiento socialista es que niega totalmente la idea de un Dios creador. Marx abraza el darwinismo como “la ciencia”, por lo que supone la preponderancia de la naturaleza en la realidad. Aquí hay una deificación de la materia. Por otro lado, la prioridad la tiene acá el sujeto colectivo en detrimento del individuo (contradicción con el pensamiento liberal). Ese sujeto colectivo está tensionado por la realidad dialéctica, ya no sólo de la naturaleza, sino de la historia, raíz del entendimiento de la violencia como “partera de la historia”. No hay “encuentro del hombre con el hombre” en la teoría marxista sin la violencia clase contra clase. Esa idea, si bien es cierto, se encuentra diluida en algunas expresiones socialistas actuales, la configuración de proyectos por la clase explotada sin colaboración de otras clases sociales es otra manera de verificar dicho conflicto. El encuentro que se busca no se da en la realidad concreta. 

Por otro lado, el socialismo es un tipo de historicismo, que absolutiza la historia y que plantea la necesidad de reescribirla y reconstruirla constantemente. Quienes profesamos la fe cristiana creemos que la historia ha sido trazada de principio a fin por Dios, y que quien la consumará será Jesucristo. Ningún acto de violencia puede derivar en paraísos en la tierra. La Internacional cantaba: “El día que el triunfo alcancemos / ni esclavos ni hambrientos habrá. / La tierra será el paraíso / de toda la humanidad”. Lamentablemente, a lo largo de la historia, también expresiones del marxismo y del socialismo han mostrado, con pruebas más que elocuentes, el problema de la existencia de unos más iguales que otros relevado por Orwell en su maravillosa novela. La única posibilidad de encontrar justicia y paz verdadera se encuentran en Jesucristo. No podemos deificar estas teorías al nivel de asumirlas como propias. 

Tomando prestadas las palabras del Winston Churchill, “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. La democracia tiene méritos, pero no es el fin de las cosas. Nosotros creemos en un sistema de gobierno mucho mejor, uno en el cual Cristo es quien gobierna y es el rey y soberano del mundo. 

Luis Pino Moyano.


[1] Síntesis de las ideas planteadas en: Humberto Nogueira (Coordinador). Manual de Educación Cívica. Santiago, Corporación Participa y Editorial Andrés Bello, 1992, pp. 137-150. 

[2] Marcelo Mella. Elementos de ciencia política. Vol. 1.  Conceptos, actores y procesos. Santiago, RIL editores, 2012.

[3] “La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper”. En: https://dialektika.org/2021/01/06/la-sociedad-abierta-y-sus-enemigos-karl-popper/ (Consulta: agosto de 2021). 

[4] George Orwell. Rebelión en la granja. Santiago, Editorial Planeta, 2013. 

[5] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018, p. 182. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material.

[6] Karl Marx. Tesis sobre Feuerbach. En: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm (Consulta: agosto de 2021). 

[7] La mayoría de estas ideas se encuentran esbozadas en: Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998. 

[8] Karl Marx. Crítica del Programa de Gotha. En: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/index.htm (Consulta: agosto de 2021). 

[9] Friedrich Engels. “Prólogo a la edición alemana de 1883 del Manifiesto Comunista”. En Marx y Engels. Op. Cit., p. 129. 

[10] Para quienes quieran conocer más sobre esta temática, recomiendo: Ernesto Ottone. Marx y sus amigos. Para curiosos y desprejuiciados. Santiago, Catalonia, 2019. 

[11] Declaración de principios de la Internacional Socialista, septiembre de 2013. En: https://www.internacionalsocialista.org/quienes-somos/declaracion-de-principios/ (Consulta: agosto de 2021). 

Visiones e ilusiones políticas #2: Liberalismo y soberanía del individuo, conservadurismo y la historia como fuente de las normas y nacionalismo como deificación de la idea de nación. 

Nota introductoria: Este material formó parte de un «cuaderno de trabajo» para un curso que estuvo basado en el libro de David Koyzis «Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas». Todo lo que está en azul en este texto es señal de resumen o de traducción literal de dicho libro. Para mayor detalle ver el post número 1 de esta serie, haciendo clic aquí

Ninguna ideología se mantiene intacta. No existe impermeabilidad cultural ni intelectual en ninguna cosmovisión o sistema de pensamiento. Los cambios se producen por el desarrollo de su pensamiento o por las tensiones que hay dentro de la misma corriente. Como dijera el filósofo esloveno Slavoj Žižek: “Una ideología en realidad triunfa cuando incluso los hechos que a primera vista la contradicen empiezan a funcionar como argumentaciones en su favor”. 

Otro elemento clave es que existe una tendencia mayor a que adeptos de una misma ideología tengan mayores discordancias y entren en más ocasiones en discusiones, porque buscan representar la visión más auténtica y pura de su sistema de pensamiento.

Liberalismo. 

El liberalismo es una de las corrientes basales en política más arraigadas en las sociedades occidentales, en tanto es uno de los hijos más predilectos de la Modernidad. Uno de los elementos que más ha sobrevivido a la ideología liberal es su fe fundamental en la soberanía del individuo. El individuo es libre para buscar el desarrollo humano. Es una tendencia progresista, que tiene en su horizonte una mayor emancipación, en un relato escatológico sin fin.

Es una corriente de pensamiento que no ha estado libre de tensiones. Por ejemplo, los liberales del s. XVIII y XIX veían al estado como la principal amenaza de la libertad, mientras que los liberales del s. XX han visto al estado como el principal promotor de la libertad.

Entre los pensadores fundamentales del liberalismo podemos reconocer a John Locke, Adam Smith, Jean Jacques Rousseau e Immanuel Kant. Por otro lado, los pensadores actuales más influyentes de esta tendencia son: Friedrich von Hayek, Milton Friedmann, Robert Nozick y John Rawls. En Chile, intelectuales como José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Benjamín Vicuña Mackenna, Alberto Edwards, y más recientemente, Agustín Squella, Alfredo Jocelyn-Holt, entre otros. En temas de discusión actual, me parece relevante destacar a la feminista liberal Camille Paglia. 

Decir liberal en distintos países no significa lo mismo. En países como Inglaterra y Alemania se configuran desde el centro político, bajo el diálogo continuidad-cambio. En Estados Unidos desde la izquierda, defendiendo libertades civiles viejas e innovadoras. En Italia con una identidad de derecha conservadora, teniendo de liberal el sistema económico homónimo. En América Latina fomentaron el federalismo y el parlamentarismo, defendieron la libertad electoral, el estado docente y laico, adhirieron a la lógica republicana, democrático-representativa y constitucionalista, con énfasis en el progreso. Generaron, además, una política modernizadora en lo económico y educacional, pero conservadora en lo social y en lo político [2].

El liberalismo postula el librepensamiento (hijo de la ilustración y del humanismo secularizado), el individualismo, y la presuposición respecto a que la propiedad antecede lo social. Como plantean Miguel Artola y Manuel Pérez: “El pensamiento liberal, plenamente elaborado en la obra del filósofo inglés John Locke (1634-1702), y en especial en sus Dos tratados del gobierno civil (1690), estaba construido a partir del postulado de la existencia de unos derechos naturales, anteriores y por lo mismo superiores a cualquier obligación política. Para Locke, y para todo el liberalismo posterior, estos derechos eran la libertad y la propiedad; desde el momento en que se ponía a todos los individuos en las mismas condiciones para que disfrutaran de ambos, surgía la igualdad, completando así el enunciado de los derechos del hombre. La igualdad no consistía, por tanto, en alcanzar una nivelación de las condiciones de vida de los hombres, objetivo por completo ajeno a los planteamientos teóricos liberales” [3].

Recordando que la secularización consiste en el desplazamiento de los motivos religiosos tradicionales por motivos religiosos centrados en el ser humano, podría señalarse que la tesis de “todos los seres humanos nacen libres e iguales”, es una declaración religiosa y/o filosófica, a tal punto que construye una tensión interna en el liberalismo por la idea de igualdad. La idea de un contrato social aceptado voluntariamente por los individuos tiene escaso correlato empírico en la historia contemporánea, pensando en el período abierto con la Revolución Francesa en 1789 hasta la actualidad. Pero es cubierto por el relato redentor de una violencia originaria que rompe con las antiguas cadenas y la construcción de un santoral de héroes y padres fundadores. 

Muchos liberales procedían originalmente del cristianismo, y desde ahí tomaron ideas como la de la responsabilidad individual. Pero desde finales del siglo XIX, es una tendencia fuertemente anticlerical. El debate liberal de lo religioso en el espacio público, entendiendo que esa dimensión forma parte de la vida privada de los individuos, de su fuero interno. Y ahí hay liberales que tienden a reconocer que un estado laico es aquel que permite la circulación libre de las ideas, entre ellas las religiosas, en el marco de una sociedad plural, y otras tendencias liberales que lo entienden como aquella organización social que en el marco institucional no da cabida al relato religioso en el espacio público. 

El liberalismo tiende a absolutizar al ser humano como individuo, como un sujeto libre por sí y ante sí. Autonomía, capacidad de pensar por sí mismo, validación de su experiencia, se funden en dicho ejercicio.

Uno de los elementos más complejos de la ideología liberal es que la mayoría de los liberales no reconocen su posición como una cosmovisión omniabarcante. Pero evaluemos la mirada cristiana: los seres humanos somos responsables, y hay parte de nuestra vida que es individual. Pero no somos autónomos, tenemos a un Señor que es dueño de nuestra vida y de nuestra conciencia. Además, nuestra libertad siempre es para amar y servir, por lo cual hay una responsabilidad que es social de quienes somos creyentes. 

No puedo dejar de decir que veo con preocupación a creyentes evangélicos que asumen las ideas del liberalismo, en una suerte de moda teórica en América Latina, asumen de manera superficial y a veces banal discusiones tales como “estado débil vs. Estado fuerte”, no comprendiendo la sutil diferencia entre estado pequeño y estado débil. Para el liberalismo el estado tiene poder coercitivo para sostener el bienestar de la ciudadanía y poderes para crear, ejecutar y aplicar las reglas del juego. Piensen en el papel del estado para crear leyes en torno a reivindicaciones individuales y de identidad asociadas a la moral sexual. En el cuarto módulo tendremos un acercamiento desde el pensamiento reformado al papel del estado. 

Conservadurismo. 

El conservadurismo puede ser entendido como un modo de actuar en política marcado por la prudencia, o una tendencia dentro de otras ideologías (“liberales conservadores”, “socialistas conservadores”, pero es también una ideología. 

Koyzis dice que “Conservar significa mantener alguna cosa, preservarla, enfrentando a las fuerzas que tienden a eliminarla con el pasar del tiempo. El conservador está consciente que cualquier tipo de cambio provoca pérdidas inevitables – frecuentemente, la pérdida de una cosa buena que no puede ser sustituida. […] Es posible que esa melancolía de los conservadores provenga simplemente del hecho de haber perdido su poder y sus privilegios” [4]. Esa forma de pensar la historia puede ser parte de cualquier tipo de sistema. La pregunta “¿qué es lo que se desea conservar?”, puede ser respondida de diversas maneras, según su contexto. “Lo que hace de alguien un conservador es la forma de lidiar con la tradición y con el cambio en el contexto de una comunidad humana que está desenvolviéndose” [5]. El conservadurismo no es intrínsecamente cristiano. Puede ser musulmán, hindú o ateo. 

Lo que define a un conservador en política es su realismo, que niega utopías o definiciones abstractas. Lo bueno no necesariamente es perfecto, sino aquello que tiene un efecto inmediato y concreto en el mundo real. El discurso de “las necesidades reales de la gente” es de raigambre conservadora. Los conservadores no se niegan a los cambios, pero sostienen que los medios de prueba del beneficio en la reforma es de quienes las promueven, particularmente respecto de los efectos colaterales y su compensación. Por eso, promueven cambios a pequeña escala, graduales y basados en experiencias pasadas (alto valor a la historia).

El conservadurismo no es progresista, a diferencia del liberalismo y el socialismo. Reconoce los límites de la razón humana, y considera que siempre es mejor estar del lado de la tradición que contra ella. ¿Cuáles tradiciones son las mejores o correctas? La respuesta: “las nuestras”. Y eso nuestro, puede tener tintes nacionalistas, étnicos, regionales o locales. Y se debe tener cuidado con la diferencia entre tradición y tradicionalismo. Jeroslav Pelikan decía que “La tradición es la fe viva de los muertos” mientras que “el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos” [6]. Por eso se da el fenómeno de lo que Koyzis llama “multiplicidad temporal de tradiciones”,  en tanto las tradiciones también tienen movimiento, no son estáticas. Edmund Burke, uno de los principales teóricos conservadores, no buscaba paralizar el proceso histórico de la vanguardia liberal inglesa, pero enfatizó en la necesidad de proceder con cautela y respeto de las convenciones y costumbres, y ahí tenemos una república con molde monárquico en Inglaterra. Es el respeto y mantención del status quo, reticente de los cambios y opositor a la quiebra radical.

Otra tendencia del conservadurismo es volverse al romanticismo, que idealiza un pasado de carácter mitológico, que genera una mirada reaccionaria, de tendencia restauracionista, que entiende que el status quo no es todo lo que debería ser. El pasado es divinizado.

Existe una muy común asociación de conservadurismo con cristianismo, puesto que muchos cristianos vieron a la “tradición judeo-cristiana” como el basamento de la sociedad y la cultura occidental (en la que por cierto hay una herencia greco-latina, es decir pagana, que es innegable, sumándole el influjo ilustrado de la Modernidad). Un cristiano apegado a la Escritura y que con sus lentes discierne la realidad, entiende que continuidad y cambio van de la mano, coexisten. El mandato cultural que incluye cuidar el jardín y cultivarlo, tienen nociones de progreso y conservación, por eso pueden ser vividos en el Edén (según Génesis 1 y 2) y en Babilonia (según Jeremías 29). Absolutizar el progreso o la conservación es construir un ídolo, raíz de toda idolatría.

Además, dicha asociación cristianismo-conservadurismo, por cómo se dio en América Latina, donde el ideal se expresaba en la triada: Dios, familia, patria. Por ello, formaron partidos políticos confesionales, apegados a la Iglesia Católico-Romana. Su base social eran las élites, pero el discurso patriótico fomentaba el policlasismo. Huelga decir que los conservadores se opusieron a las tesis darwinistas sociales que fomentaban la segregación racial que veían a indígenas y negros como subhumanos, muy presentes en los sectores liberales. Por otro lado, y a modo de ejemplo, el Partido Conservador chileno, uno de los más antiguos fundados en Chile y que existió hasta 1965, en su intención policlasista, participaron de la fundación de las primeras asociaciones multigremiales – como la FOCH-. El talante sindical de la juventud conservadora de los 30, fue forjado al alero del sacerdote jesuita Fernando Vives. Ese grupo sería el que más adelante formaría a la Democracia Cristiana. 

El conservador que entiende que el orden es perfecto y la historia es perfecta, olvida que la  historia avanza a un futuro mejor, consumada por Cristo. Por ende, hoy podemos trabajar por mejorarlo, por producir reformas. Valorar las tradiciones, recomendar la mesura, pueden ser acciones sabias, y en las que podemos estar de acuerdo con los conservadores. Pero no debemos olvidar que ni siquiera la creación de Dios es estática, que vive constantemente cambios, mejorías de la mano de la providencia y la gracia común, o empeoramiento como resultado de la pecaminosidad individual o social. Toda tradición debe ser evaluada a la luz de la Biblia, pues al ser productos humanos son falibles y no podemos construir una mirada consistente de la política en fundamentos destructibles. 

Nacionalismo.

Las naciones y el nacionalismo son un invento moderno. Tienen un origen histórico relativamente nuevo, ya que, datan del siglo XVIII y XIX, de la mano de los procesos de revoluciones burguesas como de los procesos emancipadores en América (léase como continente y no como Estados Unidos). La tesis mayormente consensuada en la historiografía es que en Europa la nación existía antes de la creación del Estado, y en América Latina el estado precedió a la nación. De hecho, se construyó a partir de él, y se usó la ley, la escuela, los museos, la historia, los símbolos patrios y hasta guerras para fomentar la identidad nacional. La idea de Benedict Anderson de una “comunidad imaginada” es clave, pues lo que produce unidad es la homogeneidad, y esa homogeneidad no es natural. 

El nacionalismo puede ser conservador o progresista. Pero siempre porta una historia redentora. Recibió su misión en tiempos pasados, y que consiguiendo la libertad de un reino opresor, avanza a su “futuro esplendor”. Si el nacionalismo nos ayudara a encontrarnos con otros hijos e hijas de esta tierra, con la lengua materna, con la solidaridad, con la comunidad de sentimientos, con el amor a la tierra de nuestros padres, bienvenido sea. Pero, lamentablemente, el nacionalismo ha derivado en el olvido de las diferencias y la violencia que la genera (no creo estar exagerando cuando digo que todos los Estados Nacionales tienen su inicio en un hito violento), en la naturalización del relato fundador de las élites que la han construido (dicho de otro modo, quienes imaginaron la comunidad) y, peor aún, en el rechazo de nuestros hermanos de otras nacionalidades. La nación es divinizada, llegando a ser como Ernest Renan la definía: “un alma viva, un principio espiritual”. “La copia feliz del Edén”, dice nuestro himno nacional. Ahí está la diferencia entre patria y nación, siendo la primera “la tierra de los padres”. 

El Apóstol Pedro en su primera carta (2:11), nos trata como peregrinos y extranjeros. Dicha referencia es clave para entender el nacionalismo desde una perspectiva cristiana. Lamentablemente, en América Latina, quienes provenimos de contextos evangélicos nos adentramos en la lectura de la Biblia con traducciones que nos hablaban de “naciones”. Quizá el texto más reconocido en nuestra mente sea el de la gran comisión que nos invita a hacer discípulos de todas las naciones. Digo “lamentablemente”, porque hace que olvidemos que el Nuevo Testamento, en todas aquellas palabras que se traducen como nación, originalmente ocupa el vocablo “éthnos”, cuya mejor traducción podría ser “pueblo” o “multitud”, lo que no necesariamente tiene que ver con lo que reporta el concepto nación, que da más cuenta de un factor más subjetivo, como el de la identidad. Es esa noción la que hace que no olvidemos la catolicidad de la iglesia, que hace alusión tanto a la universalidad como a la totalidad del mensaje. El cristianismo no es ni siquiera internacional, no cabe en esa categoría. El cristianismo es supranacional por definición. Haríamos bien en recordar las palabras del Apóstol Pablo, cuando señaló: “Ya no tiene importancia el ser griego o judío, el estar circuncidado o no estarlo, el ser extranjero, inculto, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y está en todos” (Colosenses 3:11, Dios habla hoy). Dice Koyzis: “Al paso que el cristianismo intenta unir a las personas en amor y en humildad, el nacionalismo las separa con base en la soberbia y en el egoísmo tribal” [7].

Cito a Berdiaev: «El nacionalismo idólatra convierte a la nacionalidad en un valor supremo y absoluto, al cual está subordinada toda la vida. El pueblo substituye a Dios. Es inevitable el choque del nacionalismo con el cristianismo, con la universalidad cristiana, con la revelación cristiana de que no existe la Hélade y Judea y de que todo hombre tiene un valor indiscutible. El nacionalismo transforma todo en instrumento propio, en instrumento del poder nacional, de la originalidad y del florecimiento nacionales. […] El nacionalismo lleva por consiguiente al politeísmo, al particularísimo pagano. Hemos visto cómo durante la guerra el Dios alemán, el Dios ruso, el Dios francés y el Dios inglés combatían entre sí. / El nacionalismo no acepta la verdad religiosa universal” [8].

Está bien, somos “extranjeros” radicados en esta tierra, con la que nos identificamos, a la que amamos; pero también somos “peregrinos”, que estamos de paso, que caminamos de la mano del Señor hacia la ciudad prometida, al hogar del cual salieron nuestros primeros padres, al lugar en el que el Reino de Dios será plenamente consumado. La nación siempre tiene que ver con la identidad. Y nuestra identidad hoy tiene que estar en Cristo. Todo lo demás, es secundario y, a veces, hasta innecesario. Si el nacionalismo te hace apartar tu mirada de Dios y de tu prójimo, haciendo que ocupe un lugar preponderante en tu corazón, se convierte en un acto pecaminoso e idolátrico. Un ídolo, por cierto, con pies de barro.

Que la bandera que llevas en tu pecho no sea obstáculo para amar y aprender de tu hermano o hermana que, providentemente -presuposición teológica que hacemos mal en olvidar-, nació en otro lugar de la tierra [9].

Todas estas ideologías, de una u otra manera, terminan fortaleciendo la imagen del ser humano, poniéndolo en el centro, entronizándolo, en lugar de reconocer al Creador como soberano de sus criaturas, de la historia y de todos los pueblos de la tierra.

Luis Pino Moyano.


[1] Slavoj Žižek. El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2001, p. 80.

[2] Ejemplo de ello es lo estudiado en: Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

[3] Miguel Artola y Manuel Pérez. Contemporánea. La historia desde 1776. Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 40.

[4] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018, p. 88. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material.

[5] Ibídem, p. 92.

[6] Jaroslav Pelikan. The vindication of tradition. New Haven, Yale University Press, 1984, p. 65.

[7] Koyzis. Op. Cit., p. 127.

[8] Nicolai Berdiaef. El destino del hombre contemporáneo. Santiago, Editorial Pomaire, 1959, pp. 98, 99 (la cita al pie refiere el nombre y apellido del autor tal y como lo traduce la obra en castellano).

[9] La sección sobre el nacionalismo es una adaptación de mi artículo “Unas breves palabras sobre el nacionalismo desde el cristianismo”. En: Luis Pino. En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana. Saint-Germain-en-Laye y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021,, pp. 206-208.

Visiones e ilusiones políticas #1: Ideología, religión e idolatría. Trascendiendo a las ideologías.

Nota introductoria: 

Este es un material eminentemente pedagógico. Su base original estuvo en mis apuntes de clases para un módulo de un Diplomado en Teología Pública y Política, organizado por el Centro de Extensión de la Facultad Teológica Reformada. Luego de la grabación de las clases, organicé y edité dichos apuntes en el formato de un “cuaderno de trabajo”, con la intención de facilitar el seguimiento de las materias abordadas y proveyendo referencias que ayudaran a la profundización. 

El material buscaba acercar, también, la lectura de un libro que hasta el momento de la elaboración del material (agosto de 2021) sólo estaba disponible en inglés y en portugués por el filósofo y cientista político canadiense David Koyzis titulado “Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas” [1]. Dicho libro cuenta hoy con una traducción al castellano que invito a adquirir. El libro tiene nueve capítulos y un epílogo, los que fueron base para la parcelación de la materia en cuatro partes, a saber:

    • Introducción: ideología, religión e idolatría. Trascendiendo a las ideologías. 
    • Liberalismo y soberanía del individuo, conservadurismo y la historia como fuente de las normas y nacionalismo como deificación de la idea de nación.
    • Democracia y el “vox populi, vox Dei”, y el socialismo y la salvación por la propiedad común.
    • Una alternativa no ideológica: dos abordajes cristianos y la relación entre estado y justicia.

Koyzis

Para analizar estos cuatro grandes ejes temáticos, nos hemos propuesto tener como finalidad del curso el estudiar las ideologías, su lugar en la política y la vida humana y, específicamente, “la evaluación de su impacto sobre el estado o comunidad política, que es la comunidad que reúne y vincula a los ciudadanos y su gobierno para el propósito de ejecutar y mantener la justicia” [2]. 

Como ya se ha venido haciendo en estas páginas, todo texto que esté en color azul, es señal de un resumen o traducción literal de las ideas de Koyzis. Aquello que aparezca en negro, forma parte de un texto original mío. Esta licencia pedagógica que me permito para este formato de texto (un “cuaderno de trabajo”), busca dejar bien establecido cuando es Koyzis quien habla, más allá de las citas directas que serán referidas a pie de página. Hoy comparto este material en mi blog con el fin de colaborar en la formación de un bagaje de herramientas que permitan desarrollar las tareas de una teología pública, en la comunicación del testimonio de la fe en Cristo, como proclamación del evangelio y como presentación y aplicación de una cosmovisión, en la ciudad que te toca vivir, con un público que no necesariamente es cristiano. Y, junto con ello, ayudarte a discernir bíblicamente aquello que se puede aceptar o modificar y lo que se debe rechazar de las ideas que circundan en el mundo, teniendo como base la Palabra de Dios. 


Los conceptos de “visión” e “ilusión” tienen un límite bastante difuso, puesto que las cosmovisiones no pueden ser reducidas a un laboratorio y a la demostración empírica. Es más bien:

  • una visión pre-teórica;
  • arraigada en un compromiso religioso básico (reconocido o no); y 
  • en interacción con la experiencia cotidiana de la vida. 

Para Koyzis la ilusión es una interpretación distorsionada de la realidad, lo que no limita su poder de persuasión y su pretensión de veracidad. Por ello, es que necesitamos reconocer la compleja relación entre visiones e ilusiones opuestas, pues a pesar de los debates y tensiones que hay entre ellas, muchas de ellas, sea cual sea su matriz política tienen como origen una fe religiosa que ve el cosmos como un sistema esencialmente cerrado, sin referencia a un creador o redentor. Más allá del conflicto hay una matriz idolátrica que les dota de existencia. Las ideologías políticas son los ídolos de nuestra era, al decir de Bob Goudzwaard, economista holandés de tendencia reformacional (Koyzis sigue esa línea de pensamiento en su análisis). 

Todo lo anterior tiene su expresión en el concepto de ideología. Según Koyzis, las ideologías son “formas modernas del fenómeno perenne de la idolatría, trayendo en su bolso sus propias teorías sobre el pecado y la redención. Desde el inicio de su narrativa, la Escritura denuncia el culto a los ídolos, falsos dioses que los seres humanos crean. Como las idolatrías bíblicas, cada ideología se fundamenta en el acto de aislar un elemento de la totalidad creada, elevándolo por encima del resto de la creación, haciendo que ella gire en torno a la órbita de ese elemento y lo sirva. La ideología también se fundamenta en el presupuesto que ese ídolo tiene la capacidad de salvarnos de un mal real o imaginario que hay en el mundo” [3].

Y las ideologías tienen, desde una perspectiva cristiana, tienen una raíz profundamente idolátrica, pues se traducen en la absolutización de una parte de la realidad, en falta de realismo (todo es mirado con el prisma ideológico, y allí la teoría “nunca se equivoca”), en la secularización de los motivos religiosos y la deificación de una cosa creada.

Aquí es preciso decir algunas cosas relevantes:

  • No toda teoría política puede ser entendida como ideología. Para Koyzis la ideología no sólo es una mirada distorsionada de la realidad, sino la popularización de una teoría política o filosófica normativa. 
  • La ideología en tanto idolatría, es base de otros pecados. La ideología es una falsa narrativa de redención en la historia, en el aquí y el ahora. 
  • Las categorías de izquierda y derecha, surgidas en el contexto de la Revolución Francesa, se quedan cortas para entender los constructos políticos del presente por las siguientes tres razones: a) están atadas a circunstancias históricas y locales; b) no distingue adecuadamente la relación entre igualdad y desigualdad, autoridad y libertad, y anquilosa la relación entre progresismo y consevadurismo, que no son sinónimos de izquierda y derecha respectivamente; c ) no permite reconocer la raíz idolátrica de quienes ponen en el centro al ser humano (individuo/comunidad).

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  • La preocupación cristiana por la verdad nos debe llevar a una actitud de discernimiento permanente. Cristo es “la” verdad y la verdad conocida nos hace libres. 

¿Cómo trascender a las visiones ideológicas que son antagónicas en relación a nuestra fe, específicamente en el contexto que nos toca vivir? Vivimos en una sociedad que pareciera avanzar en la radicalización del proceso de secularización inaugurado en los albores de la Modernidad. La secularización consiste en el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social. Los progresistas del presente quieren hacernos pensar, con una lectura bastante fatalista de la historia,  que este proceso no tendría vuelta y debiese derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. 

Pero acá, hay que decir que la Modernidad no produjo de inmediato la “muerte de Dios” o la crítica a la religión “opio” (ambas metáforas, una de Nietzsche y otra de Marx, respectivamente). En Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. El obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Esa es la base teórica del ateísmo.  Eso hace que el secularismo no sea ausencia de fe, sino una nueva forma de creer, con otros presupuestos y premisas que tampoco pueden ser comprobados científicamente o reducidos a un laboratorio. Dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”.  El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira. Lo que define el momento actual, llamado por unos posmodernidad, por otros modernidad radicalizada o modernidad líquida, la mantención de la sospecha de las verdades absolutas, el relativismo, la radicalización del individualismo y la caída de los metarrelatos [4].

Si hacemos una lectura conjunta de Romanos 12:2 y Colosenses 2:8, deberíamos tener muy presente que necesitamos cuidarnos de las ideas del sistema imperante, luchando contra lo “políticamente correcto” y los “sentidos comunes” de la época que son instalados por múltiples medios, dando forma a la realidad y los lentes para observarla. Por ello, es que nuestras mentes deben vivir una profunda transformación espiritual, no olvidando que la actividad intelectual también puede (¡y debe!) ser parte de nuestro culto al Señor. Jesús señaló a sus discípulos horas antes de ir a la cruz que él era el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6), y en dicha declaración no dejó más opción que mirarlo, conocerlo y amarlo sólo a él. Cuando conocemos a Cristo no hay lugar para el relativismo. 

Esquema: ¿Cómo analizar ideas foráneas al cristianismo desde un prisma cosmovisional?

análisis cosmovisional.

Luis Pino Moyano.


[1] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material. Puede conocer más sobre el pensamiento de Koyzis y sobre su libro en la entrevista que realizamos junto a Jonathan Muñoz disponible en: http://youtu.be/DG3jU6BzwgI (Consulta: enero de 2023).

[2] Ibídem, p. 18.

[3] Ibídem.

[4] Sobre esta temática, véase: Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012; Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Lucas Magnin. Cristianismo & Posmodernidad. La rebelión de los santos. Barcelona, Editorial CLIE, 2018; y, Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969. Trabajo con mayor profundidad estas ideas en: Luis Pino. En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana. Saint-Germain-en-Laye y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021, pp. 2-35.

Tesis sobre Pedofilia: cuando el discurso justificador se confunde con constructo teórico. 

No es extraño que tesis del año 2016 o del 2020 no sean discutidas de manera inmediata. Son cientos de tesis, año tras año, que quedan en el olvido de archivos virtuales o en anaqueles de biblioteca llenos de polvo, a no ser que en un acto de persistencia de quienes las escriben, se difundan en diversos soportes. Aún así, el público que accede a ellas, sigue siendo limitado. Lo extraño, es que sus propuestas se visibilicen y se discutan en las redes sociales, por personas ligadas a la academia o por la ciudadanía de a pie que decide entrar al debate con mucha pasión, a veces muy alejada del mundo en que se producen este tipo de documentos. Algo tiene que pasar para que esto ocurra. La propuesta tiene que llamar de tal manera la atención que un grupo amplio decida discutirla. 

Eso fue lo que ocurrió este fin de semana, especialmente en la red social Twitter. Dos tesis realizadas en la Universidad de Chile, fueron objeto de la discusión de quienes participan de esa plataforma virtual. La propuesta de sus autores, no sólo llamaba la atención, sino que tienen un carácter que impiden la neutralidad en el acercamiento. Es imposible no posicionarse cuando es la niñez la que se ve en riesgo, cuando los mínimos éticos de la sociedad son obnubilados con sofismas de baja calaña. No es posible ser neutral frente a la pedofilia, sobre todo después de la conciencia generada por las acciones en búsqueda de justicia contra sacerdotes como Karadima o Precht en Chile, o después del movimiento #MeToo y su irradiación por el mundo completo. Al 2022 existen más herramientas y se visibiliza un amplio campo de experiencias en la lucha para erradicar las prácticas abusivas de lo micro a lo macro. 

Es desde ahí que no deja de producir escozor, rabia e incluso asco las propuestas teóricas de Leonardo Arce en “Pedófilos e infantes. Pliegues y repliegues del deseo” (tesis para optar al grado de Magíster en Estudios de Género y Cultura en América Latina, que tuvo como profesora guía a Olga Grau); y la de Mauricio Quiroz en “El deseo negado del pedagogo: ser pedófilo” (Tesis para optar a la Licenciatura en Educación Media con mención en Filosofía y para el título de profesor en la misma disciplina [con estudiantes del ciclo Media, ¡plop!], que tuvo como profesora guía a Marcia Ravelo). Cuando comenzaron a aparecer los pantallazos y en un contexto en el que las fake news son pan cotidiano, muchas personas se preguntaron si estas tesis existían de verdad, y bueno, es allí donde aparecen los links del repositorio virtual de tesis de la Universidad de Chile, en el que se podía hacer lectura de las tesis sin la mediación de otras personas. 

Los pedófilos serían personas de “deseo culposo” que deben exorcizar las culpas de amar a quienes aman, lo que se traduce en niños y niñas de “deseo inquieto” que podrían ser tocados “sin miedo ni culpa”, para conformar el par indisoluble de pedófilo-infante. Que los mejores maestros respecto de la infancia pueden encontrarse en quienes “se encuentran enamorada de ella”. Que la negación del acceso sexual a las infancias es una negación de su potencial erótico, de la que urge su reconocimiento y valoración renovada en tanto “otra vertiente plausible dentro de la comunicación entre infantes y adultos”. Todo esto es parte de lo que plantea Arce. Por su parte, Quiroz postula una tesis de suyo grotesca: él considera que la pedagogía guarda dentro de sí el oculto deseo pedofílico respecto del estudiantado. En este caso, citaré textualmente la parte final de su conclusión: 

“Hoy no es difícil para un alumne encontrar fotos, videos de un profesxr erotizando su cuerpo en redes, incluso haciendo porno. El auge del trabajo virtual  y la pedagogía en redes sociales nos obliga a les profesores a preguntarnos sobre nuestra sexualidad: ¿Qué sucede si un alumne se masturba con mi cuerpo virtual? ¿Qué dice de mí, un adulto y profesor, si no dejo de producir porno a sabiendas que alumnes míos lo ven? ¿Hay allí algún deseo pedófilo? ¿Debo recluir aún más mi sexualidad disidente en post [sic] de la sexualidad? ¿Secuestrar el deseo? Internet no solo asegura lo anónimo de un cuerpo sino lo intemporal, les cuerpos no parecen tener edad en lo virtual. 

Dicho todo esto y llegados a este punto, respondamos por fin a la pregunta de Schérer planteada al principio de este texto ¿Qué relación guarda la educación con la pederastia y la pedofilia? Deseo de producción sexual del niñe, pero también del adulto. La educación se ha construido imitando al amante de niñes, pero siempre negándolo. La historia de la educación es una historia de la pedofilia negada”. 

Leo esto y no puedo dejar que incluso entre mis estudiantes de Enseñanza Media encuentro más argumentación que en todas las oraciones lanzadas al voleo por Quiroz. Tanta vulgaridad en un producto académico, para torcer la realidad, al nivel de preguntarse, ante la realidad plausible de la producción de contenido erótico o pornográfico por personas adultas, si acaso hay un deseo oculto por mostrarse frente a quienes son estudiantes, en vez de preguntarse por actos de una voluntad responsable por poner límites en los accesos a las plataformas virtuales propias en relación a menores de edad, y en el cuidado que reconoce la escasa privacidad de lo que circula en el espacio virtual. Y, por cierto, la vulgaridad argumental y perversión de la realidad que considera que el acto de amor necesariamente conlleva el impulso erótico. No hay posibilidad de amar fraternal o amicalmente en una lógica como esa. Como profesor por más de doce años en el sistema escolar me rebelo contra una lógica que entiende que la cercanía con el estudiantado necesariamente niega el reconocimiento del rol en un acto de ocultamiento de la pulsión erótica pedofílica. 

Y lo más importante, me rebelo contra ambas propuestas, puesto que esto que Arce y Quiroz llaman “amor” tiene que ser entendido como abuso de poder. Esa atracción erótica de parte de estudiantes o menores de edad respecto de una persona adulta, que hace que dicho sujeto de derechos vea al otro más grande, poderoso, bello, inteligente de lo que es es una sublimación propia del estar dentro de un círculo de violencia. Justificar a quien se aprovecha de su poder para satisfacer sus deseos egocéntricos es comportarse como Errázuriz y Ezzati frente a los curas pedófilos que estaban bajo su autoridad. Estas tesis operan de manera similar a los discursos negacionistas respecto de las violaciones a los derechos humanos. Son acicate y sostén de la vulneración de los derechos de personas humanas que necesitan un cuidado prioritario: niños, niñas y adolescentes. Es una grosera ofensa a la conciencia cualquier otra mirada. 

Por eso, es grave que el Decanato de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile el día de hoy haga una declaración en la que se señale a la letra: “consideramos que las investigaciones aludidas corresponden a trabajos académicos de corte puramente teórico, que no reportan intervención sobre poblaciones humanas, y que, incluso habida cuenta de lo discutible de su contenido, cumplieron con los requerimientos del proceso de evaluación académica, según lo que está exigido por las comisiones académicas que en su momento tuvieron a cargo la tarea respectiva”. Ya. Es cierto, que en las tesis relacionadas con el campo de las humanidades y las ciencias sociales se evalúa el levantamiento de un problema de investigación y de una hipótesis, junto a la coherencia del desarrollo argumental establecido por éstos a lo largo de la tesis, sin juzgar las conclusiones a las que llega quien realiza la investigación. ¡Pero hay mínimos éticos! ¿O se va a sustentar un buenaondismo de la no-intervención cuando se plantean cuestiones que son gravosas para nuestra sociedad? ¿Cómo quienes fueron profesoras guías de estas tesis se mantuvieron en dicho rol durante el proceso conociendo los alcances de estas investigaciones? ¿Cómo en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile no se hizo nada al respecto cuando en esos mismos años profesores fueron objetos de funas por prácticas de abuso o acoso a estudiantes? ¿Cómo la conciencia del abuso, concreta y contemporánea, no hacen nada? ¿Por qué prestarse para afianzar estos bodrios? ¿Desde cuándo en el campo de las Humanidades y las Ciencias Sociales se volvió al positivismo que sustenta la asepsia académica? ¿O la separación del científico del político al estilo Max Weber? Este tipo de investigaciones se sustenta en la mayoría de las ocasiones en la ensoñación de un mundo, de un horizonte de expectativas, y no simplemente en el cumplimiento de un requisito académico, pues quien mide siempre modifica lo medido. Tesis vulgares. Pero tristemente, también, un comunicado paupérrimamente vulgar del decanato. 

No puedo dejar de decir lo siguiente: en mi cotidianidad me relaciono y trabajo con personas que sustentan ideas que son motejadas como progresistas, llámense, personas de izquierdas, que van de un marxismo crítico al anarquismo, feministas, personas que reivindican a las diversidades sexuales, ecosocialistas, etcétera. No conozco a nadie que sustente el tipo de visión que se releva en las tesis de marras. Por otro lado, como trabajador de la educación soy profundamente partidario de una Educación Sexual Integral, que no sólo enseñe cuestiones relacionadas con el cuerpo, sus órganos, las relaciones afectivas y eróticas, sino también el autocuidado y la prevención de prácticas abusivas. Nada de lo planteado puede ser especializado como propio de un sector político, so pena de caer en la bajeza de aprovechar las circunstancias en el debate político. Lo que hay acá es una mirada radicalmente individualista que pierde de vista a la comunidad. Una mirada que no entiende que las personas humanas no somos puro deseo y emociones, sino que en un carácter integral, también somos intelecto y voluntad. Siempre podemos tomar decisiones. Allí, se hace una necesidad pertinente y constante ser conscientes del poder que tenemos, para que conscientemente podamos ocupar dicho poder sin dañar a otras personas. 

El abuso no es amor. Es todo lo contrario. Es el odio que desprecia la humanidad. 

Luis Pino Moyano.


Anexo:

Tesis en PDF: “Pedófilos e infantes. Pliegues y repliegues del deseo”.

Tesis en PDF: “El deseo negado del pedagogo: ser pedófilo”.

Edición posterior, 27-12-2022, 16:45 hrs.

Por fin apareció un comunicado institucional en el tono que correspondía, esta vez de la mano de la rectora Rosa Devés. Esto hace necesario que, siendo la Universidad de Chile una institución pública, y que la temática reviste una grave connotación pública, los resultados del sumario instruido y de los nuevos procedimientos de salvaguarda ética para que investigaciones que hagan apología de cualquier tipo de práctica abusiva no se vuelvan a dar en el tiempo, requieren que sean reportados de manera pública. Se trata de la Universidad de Chile, no de cualquier centro de estudios. 

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La derrota y el fracaso.

Sí, hubo fake news, información falsa-falaz-y-parcial en la campaña del Rechazo. Sí, hubo una campaña que bordeó el patetismo con la idea del “rechazo por amor” como eje, financiada con muchos millones. Sí, hubo medios de comunicación de masas que se quedaron pegados y le dieron tribuna a lo peor de la Convención Constitucional, a los adalides del griterío, de la parafernalia y de la performance vacía de sentido, pero que vende. Sí, hubo gente que votó a partir de todo lo ya mencionado sin leer una sola página de la propuesta constitucional, personas que no sólo se concentraron en un puro sector social de la población. Sí, todo eso es cierto. Pero explicar la derrota solamente desde esa variable es un ejercicio autocomplaciente. Podría explicar una parte del porcentaje de la votación, pero no nos permite comprender el nivel de la paliza electoral vivida el 4 de septiembre de 2022. 61,86% vs. 38,14% de los votos.

No es menor escribir estas letras, luego de una semana en la que intenté catalizar la información, reflexiones, penas y rabias, en una fecha tan llena de memoria: 11 de septiembre. Hasta hoy no había encontrado la clave para iniciar mi reflexión escrita. Pero este día me llevó en la memoria a los análisis de izquierdas respecto a lo ocurrido con el proyecto de la Unidad Popular y lo que se comenzó a vivir con la dictadura militar que triunfara un martes en esta misma fecha. Algunos analistas hablaban del fracaso de la vía chilena al socialismo. Otros analistas hablaban de la derrota política y militar de dicho proyecto. Fracaso y derrota como opciones que se oponían en forma binaria entre sí. Desde la distancia temporal y analítica, siempre he considerado que ambas claves podrían dar una perspectiva mucho más global. Y, por cierto, volando en el tiempo hacia el 2022, creo que ambas claves debieran estar presentes a la hora de considerar el hito del 4 de septiembre de este año. 

La opción del Apruebo sostenida por diversos movimientos sociales, partidos políticos y variadas individualidades, fue derrotada por la opción Rechazo. Quienes sostuvieron la opción Rechazo, después de una tremenda derrota electoral, lograron sortear aquello y supieron usar el espacio de la Convención Constitucional con menos del tercio de convencionales como el espacio de campaña. Desde el día 1 de la Convención avizoraron que este órgano sería el móvil revitalizador del Rechazo de salida. Y desde ahí estuvieron en campaña, visibilizando la torpeza política, las performances descontextualizadas, la desmesura, todo eso unido a la exposición de información en ocasiones cierta, en otras parcial y en otras, falsa. Pero lograron instalar una discusión, un sentido común que conforma la realidad, tanto así que quienes eran mayoría circunstancial en la Convención, en muchos casos nadaron en las olas de las respuestas a la minoría circunstancial, olvidando que las fake news operan con los prejuicios a la base, por lo que responderlas te pone a la retaguardia de los procesos. El Rechazo logró activar los miedos atávicos de la sociedad chilena cuando aludía a la seguridad y la amenaza frente a lo propio, pero a su vez, removió el sentido de lo nacional tan arraigado en aquello que algunos han llamado “el alma de Chile”. Y todo eso, hizo clic en las mentes de habitantes de esta tierra, entre los cuales se encontraban varios millones que habían dejado de votar en el contexto del sufragio voluntario. El Apruebo fue derrotado el 4 de septiembre de 2022 por gente de a pie, por personas que con un lápiz y un papel marcaron la opción Rechazo, democráticamente, no con tanques y metrallas como hace cuarenta y nueve años atrás. Y eso es demoledor*. 

Pero la mirada de esa derrota queda inconclusa si sólo se ve a los otros. El Rechazo ganó porque el Apruebo fracasó. Y se fracasó desde el momento en que se pifió el himno nacional, escrito por un joven liberal, Eusebio Lillo, que fue miembro de la Sociedad de la Igualdad con Francisco Bilbao y Santiago Arcos, que fue perseguido por actuar sediciosamente contra el régimen conservador, y que ya más viejo fuera ministro del presidente Balmaceda. Se fracasó cuando el “pela’o” Vade fue descubierto en su farsa cancerígena, en lo que fue un golpe no sólo para la Convención, sino para miles de personas que padecen el rigor de una enfermedad que suena a sinónimo de dolor y muerte. Se fracasó en la desmesura, esa de quien propusiera los soviets como un modelo a seguir (lo que, menos mal, no tuvo siquiera un voto), en el disfraz, en el espectáculo de intrigas y egolatrías cuando se tuvo que elegir a la nueva mesa del órgano constituyente, en el convencional que quería votar desde la ducha. Pero, por sobre todo, se fracasó porque no se leyó bien la realidad chilena. Se fracasó porque se perdió de vista el principio democrático que señala que en dicho régimen triunfa la mayoría pero con respeto de la minoría. Se fracasó porque se construyó un texto larguísimo, en esa gran tendencia nacional por buscar regularlo todo. Se fracasó porque ese texto era un gran collage de identidades particulares, en el que en clave liberal (de izquierdas, pero liberal), individuos se veían más fortalecidos que el colectivo social. Se fracasó porque nunca logró explicarse bien el tema de la plurinacionalidad (cuestión que todavía, a diferencia de los casos de Nueva Zelanda y Bolivia, es tema de debate en los pueblos originarios que habitan el territorio chileno). Se fracasó duramente cuando la iniciativa popular más votada, “Con mi plata no”, no fue incluida en el texto constitucional, considerándola como una opción de derecha, olvidando con ello no sólo el principio democrático de la mayoría, sino también la historia de la seguridad social. 

Y, por cierto, se seguirá fracasando mal después de la derrota del 4 de septiembre, si la gran razón se busca en “los fachos pobres”. Esa identidad que nace desde el ninguneo y de una práctica tan deleznable que en Chile recibe el nombre de “roteo”, sólo devela a quien la enuncia. Decir que el triunfo del Rechazo y la consecuente derrota del Apruebo se debe a “fachos pobres”, que son inconscientes, arribistas o “tontos”, y que por ello se compraron el discurso de la derecha, es de una falta de respeto por el otro gigantesca, que presupone su ignorancia esencial y, a su vez, de una autocomplacencia que les sigue erigiendo, a los autopercibidos sabios derrotados, como vanguardia iluminadora. Eso es, precisamente, no entender nada. Es estar en un estado de embriaguez individualista, ególatra y autocentrada. ¿Dónde queda la dignidad de las personas cuando exhibo con espíritu de funa su ignorancia real o aparente? Lo que hay allí es puro clasismo travestido de progresismo. 

Parafraseando a Gramsci, la vieja Constitución de Pinochet-Lagos estaba muerta, pero lo nueva propuesta constitucional no pudo vivir, debido a todos los fenómenos morbosos que se dieron en el proceso constituyente, sobre todo desde dentro de la Convención. Con todo mi respeto a la gran mayoría de convencionales que hizo bien su trabajo, no sólo en la jornada establecida, sino hasta largas horas de la noche, hay un grupo de convencionales, esos que pululaban en los matinales como si fueran rockstars, entre los cuales hay uno que morbosamente publicó una historia secreta de la Convención (porque claro, es escritor), gente que luego de esta derrota debería tener vergüenza de andar en la calle, puesto que por sus gustitos, falta de inteligencia y realismo político, por su desmesura, hicieron que nos farreáramos la gran posibilidad de tener la primera Constitución escrita en democracia, con el Congreso Nacional abierto, con la oposición libre y sin los militares en el bloque del poder. Nos farreamos la historia. 

Mario Benedetti decía en su poema “¿Por qué cantamos?”, a modo de certeza: “Venceremos la derrota”. Quisiera en estas líneas formular la misma línea poética a modo de pregunta: ¿venceremos la derrota? La respuesta desde la incertidumbre es un “no sé”. Pero, si quisiéramos vencerla deberíamos empezar a decir las cosas como son: a casi tres años del estallido social, Chile no despertó el 18 de octubre de 2019, pues lo que tuvimos fue un “reventón histórico” que expresó el malestar social acumulado por treinta años, no sólo en clave política de izquierdas y/o progresismos variados, sino también en su calidad de individuos y consumidores (“El consumo me consume” de Tomás Moulian cada vez está más vigente). En el collage de la marcha del millón no sólo hubo propuestas, sino peticiones de variada índole. Todo ese movimiento, junto a la crisis azuzada por el desgobierno de Sebastián Piñera, fue catalizada por el Parlamento quien vio en el camino constitucional la salida institucionalizada que derivara en el restablecimiento de la paz social y del encuentro ciudadano. Octubre ya había sido derrotado y lo que se preservó fue el camino político de noviembre. Eso no fue entendido por parte importante de las izquierdas, dentro y fuera de la Convención. Y cuando se opera desde presupuestos irreales lo único cierto es el fuerte choque con la realidad. 

¿Qué queda por delante? Luego de entender la derrota y el fracaso viene la pregunta por el triunfo: ¿quién ganó el 4 de septiembre? Pensar que los partidos políticos de derechas ganaron ese día, junto con decir que el Rechazo de salida sepultó la opción de una nueva Constitución, también puede ser un error. Y si no lo es, puede ser catalizado para que lo sea. La política es el universo de lo abierto, donde no hay fatalismos, en el cual “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es tener el coraje para continuar”, palabra de Churchill. No se debe olvidar nunca que el 78,28% de votantes, el 25 de octubre de 2020, dijo apruebo a la pregunta “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, y ese mismo día, el 79% votó a favor de una Convención Constitucional para llevar a cabo dicha propuesta. Ese triunfo no fue anulado el domingo pasado. Lo que se rechazó fue una propuesta de texto constitucional y no la posibilidad y/o el deseo de tener una nueva Constitución. Tiene que escribirse una nueva Constitución por medio de una Convención Constitucional, en un tiempo más acotado, con un texto mínimo que tenga el sentido histórico de recoger lo mejor de la tradición constitucional chilena, la “Constitución de Bachelet” realizada por medio de cabildos y la propuesta de realizada recientemente. Y aquí, el papel protagónico lo tendrá Gabriel Boric y su gobierno. Luego de hacer los cambios en el gabinete, y sin dejar de lado su tarea ejecutiva llevando a cumplimiento aquellos elementos de su programa que no dependían de la nueva Constitución, Boric tiene en sus manos la tarea de catalizar y conducir el momento constitucional que no terminaba el 4 de septiembre ganara quien ganara.

Huelga decirlo, Lagos tenía razón cuando señaló que el día clave para el proceso constituyente era simbólicamente el 5 de septiembre. También la tuvo cuando dijo “la vida continúa”. Por mi parte, tengo la convicción que el momento constituyente tiene que cerrarse con una nueva carta fundamental escrita en democracia, que ponga fin a la eterna transición construida a imagen y semejanza de Augusto Pinochet y tenga a la vista el país por venir. 

Luis Pino Moyano.

* Debo esta parte de la reflexión a mi colega profesora de historia Tamara Salinas. Aprovecho de agradecer también a colegas y estudiantes con quienes pude reflexionar sobre este acontecimiento, pues me ayudaron a ordenar y producir las ideas que dieron origen a este post. Sin dudas, les eximo de la responsabilidad de mis palabras y sus resultados.

Lo que señala la bandera.

Nota: El post que comparto a continuación lo escribí el día sábado 3 de septiembre de 2022, a modo de respuestas a una entrevista para Emol. Puede leer el registro que hizo ese medio de una parte de mis respuestas junto a la opinión de la historiadora Ximena Prado, haciendo clic aquí. El texto fue editado sólo en aspectos de forma para adquirir el tono de una columna de opinión.

La bandera, junto al escudo y el himno nacional es un tipo de símbolo que recibe el nombre de emblema y que, por ello, tiene como característica la representación. Pero, también recibía otro nombre, que ha caído en desuso con el tiempo: el de “enseña”, es decir, un tipo de símbolo que busca señalar hacia algo. ¿Qué representa y hacia qué señala? La respuesta es: a la nación. Y la nación como concepto tiene otro talante que el de patria, que apela a la tierra de nuestros padres y madres, en este caso, lo que busca es el sentido de una comunidad. Y aprovechando lo que alguna vez señaló Benedict Anderson, la comunidad no existe sin un sentido de homogeneidad, de unidad. El problema de grandes implicancias históricas es que la nación en Chile fue una construcción que superó el período de la Independencia y la conformación de la república: duró todo el siglo XIX, y para fomentarla se ocuparon distintos insumos, entre los que destaca la “historia patria” con su panteón de héroes, la bandera, el escudo y el himno nacional. Por lo tanto, viene a ser un símbolo de la comunidad imaginada por quienes construyeron el estado nacional, pero a su vez, es un símbolo de unidad de la patria por venir, y es allí, donde puede ser transversal a distintos sectores de la sociedad chilena. Y, a su vez, puede tener una significación distinta para quienes en ciertos momentos fueron arrasados por el estado nacional, como los pueblos que habitaron este territorio antes de la conformación de la república. No hay que olvidar que la mal llamada Pacificación de la Araucanía también fue un acto nacionalizador.

Por ello, es que dentro del momento constitucional que vivimos, en la discusión de los emblemas nacionales, me hubiese gustado mucho que se recuperara y se estableciera como oficial aquella bandera en la que se juró la Independencia el 12 de febrero de 1818, una con proporciones áureas y con una estrella solitaria que contiene dentro de ella la Wuñelfe. Ese símbolo es maravilloso, porque allí la perfección de la unidad representada en el emblema que es la bandera se da en la diversidad. Y ahí está uno de nuestros grandes desafíos del presente, cómo ser comunidad reconociendo, valorando, respetando y dando lugar en el espacio público al diálogo y debate desde las múltiples diversidades que se mueven en nuestro país.

Flag_of_Chile_(1818)

Por su parte, la bandera es un símbolo importante, pero no es el único. Quizá sea el más reconocido, porque está presente en colegios y en actos masivos, como en los partidos de la selección chilena. La bandera chilena siempre estuvo muy presente en distintos actos políticos a lo largo de nuestra historia, tanto por partidos de derechas, centro e izquierdas. Basta ver sus banderas y escudos, y el blanco, azul y rojo está muy presente en ellos. Durante las jornadas de protesta nacional abiertas en 1983 en oposición pública a la dictadura uno de los símbolos más prevalentes era el de la bandera. Dejó de serlo en el contexto de las movilizaciones masivas durante los gobiernos de la Concertación. La eterna transición a la democracia es bien responsable de la desafección que un sector de la población tiene hacia la bandera. Y aquí es relevante decir que ella volvió a aparecer masivamente en las calles en las movilizaciones del octubre de 2019 y que estuvo presente en el acto de cierre del Apruebo el jueves pasado, acto que se cerró con la interpretación pianística del Tío Valentín Trujillo. Por eso creo, que no vale la mención de lo positivo o negativo per se. Eso está dado por el uso. Cuando Los Prisioneros cantaron “No necesitamos banderas” en el Festival de Viña el 2003, Jorge González improvisó lo siguiente: “Una bandera es linda cuando juega la selección. / Cuando la dibujamos cuando chicos en el pizarrón. / Cuando Marcelo, Iván o Pizarro meten un gol, sí. / Pero no cuando hay que ir a matar, / allí no es linda, cuando hay que ir a odiar”La bandera se vuelve un emblema vaciado de sentido cuando es apropiada por grupos que hacen apología del odio, que vulneran la memoria de quienes sufrieron los rigores de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Pero con esas salvedades, la bandera no le pertenece a nadie y nos pertenece a todas las personas que somos chilenas y queremos el bienestar para quienes habitan en este país, connacionales y extranjeros.

Es aquello en particular lo que me hace creer que la performance de “Las Indetectables” en Valparaíso el sábado pasado fue horrible. Una conjunción entre vulgaridad y pobreza mental. El uso grotesco de la bandera siendo defecada e invocando el “aborto de Chile”, procede de un individualismo ególatra que ningunea al resto. Que no tiene en cuenta que la bandera es un emblema importante no sólo para quienes maltratan irrespetuosamente como “fachos pobres”. Por supuesto no está de más decir que la gran desaprobación que recibió esta performance, también respondió al hecho de la presencia de niñas, niños y adolescentes que fueron expuestas y expuestos a este acto.

Junto con ello, no creo que la respuesta a esto se dé en el marco de la fiscalización o el control, aunque hay legislación respecto del uso de la bandera y sobre las ofensas al pudor. Ni la ley ni la fiscalización tienen el poder de cambiar la conducta y las percepciones éticas de las personas. Ahí, lo que debiera ser preponderante es la reflexión. Cómo se conecta el arte con lo político, cómo aquello que se realiza en la esfera pública beneficia o daña la conciencia de las otras personas, cómo suma o resta a la causa en la que creo y trabajo. Esa ausencia de reflexión se hizo presente performáticamente. Antonio Gramsci decía que: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Por eso acá hubo puro morbo que gozó lo individual perdiendo de vista lo societal.

Luis Pino Moyano.

Pasar de la superficie Vega-Llaitul al abandono del tabú de la violencia en Chile.

No. No me parece grave la conversación que estaba solicitando la ministra Jeanette Vega con Héctor Llaitul, sea que ésta se diera o no. Se le encargó a ella, que a partir de su cartera hiciera un ejercicio de continuidad-resemantizada de lo que hizo el ministro Moreno durante el gobierno de Piñera #2 en el «Plan Araucanía». Sí creo que la renuncia ameritaba, pues todo parece indicar que se corría con colores propios. Fue un error de forma que debido al contexto se transformó en uno de fondo.

Lo que sí me parece grave, es que desde la PDI o la Fiscalía ad hoc se estén filtrando datos a la prensa, de manera destemplada y sin asumir las responsabilidades del daño que le hacen a la institucionalidad. Desde el tweet escrito al momento de la detención de Llaitul como las transcripciones del contenido de sus llamadas interceptadas que comprometen y/o lesionan a instituciones y personas son del todo irresponsables. Sobre todo, cuando lo que se busca es construir puentes que vayan desde la seguridad de la región hasta el fin de la beligerancia. La policía o instituciones de la judicatura no pueden jugar a la construcción de vitrinas transparentes para el exhibicionismo de aquello que por razones de estado tiene que ser cuidado. 

En Chile debe llegar el momento de ponerle fin al tabú del conflicto armado (parafraseando el título de un significativo libro de Hernán Vidal), para que comencemos a llamar a las cosas como son. Lo que ocurre en el Sur del país no son meros actos delictuales ni delitos contra la seguridad interior ni tampoco acciones de terrorismo. Se trata de un conflicto armado de baja intensidad en el que están en operación, en un contexto beligerante, los institutos que tienen el monopolio de la fuerza en el país, además de civiles de a lo menos dos sectores políticos diferentes. Porque si no tenemos empacho para hablar de la CAM como un grupo que promueve la lucha armada, tampoco deberíamos tenerlo respecto de aquellos grupos de choque de derechas de corte filofascista que también operan en la Macrozona Sur. Ese tabú del conflicto armado está roto desde la CAM. Llaitul hace casi un mes señaló que la organización que él lidera profundizaría la “guerra total en contra del estado capitalista, en tanto cuanto y estado colonial que niega todos nuestros derechos fundamentales”. Y esto tiene una línea histórica que se puede pesquisar de manera muy sencilla. Todavía hay acceso virtual a un documento titulado “Declaración de independencia, de guerra y primer parte de operaciones de la CAM”, en el que se señala sin ambages: “Por lo cual damos por terminado todo dialogo con la República de Chile y le declaramos la guerra, desde hoy 20 de octubre de 2009 en adelante”. 

Por esto, es que el gobierno tiene el deber de hacer efectiva y operativa su línea de mando en las Fuerzas Armadas y de Orden, y junto con ello dialogar con el riguroso secreto que impone el ajedrez de un conflicto militar, tal y como se hizo en España con la ETA, en Irlanda con IRA, en Colombia con las FARC. Nada nuevo debajo del sol. Al contrario, experiencia comparada suficiente a la cual echar mano. Por ello, ante la gravedad de las filtraciones, deben realizarse las investigaciones sumarias que impliquen la baja de los presuntos responsables de dichos actos, ante la ausencia de la decencia que obligaba a poner la renuncia sobre la mesa. 

Por otro lado, el conflicto con el pueblo mapuche iniciado por el estado chileno en el contexto de la mal llamada Pacificación de la Araucanía no se reduce a la CAM, pues ésta no es representativa de todo un pueblo. Llaitul, capturado almorzando en un restaurante al mediodía sin oponer resistencia siendo uno de los hombres más buscados del país desde 2020 (¿persecución policial o estrategia militar?), no es la única voz cantante. Ni Caupolicán, Lautaro o Quilapán lo fueron. La línea armada del conflicto es una arista dentro de una situación mucho más densa histórica, política y socialmente. 

Por todo eso, el primer gran desafío es llamar a las cosas como lo que son, so pena de estar combatiendo por años y años el monstruo imaginario que se ha montado más por una construcción comunicacional efectista que por una comprensión cuidada de la problemática. Terrorismo no es lo mismo que un conflicto armado de baja intensidad. Y el arte de la guerra desde hace siglos tiene formas políticas de paz armada como de confrontación bélica directa. Y como las responsabilidades estatales trascienden a los gobiernos de turno, debe hacerse de una vez por todas un claro mea culpa por haber iniciado la confrontación a fines del siglo XIX. La siembra del viento que genera la tempestad no justifica ni legitima, pero explica y responsabiliza. Y, por cierto, no quita responsabilidad a quien responde tempestuosamente.

Yo sé que esta tesis ensayada acá es polémica. Pero creo necesario ponerla sobre la mesa. La discusión hace rato está abierta.

Luis Pino Moyano. 

Reedición del libro: «La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975».

El año 2012, publiqué mi primer libro. Se trataba de mi tesis de grado «La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975», la que había sido evaluada con nota máxima el año anterior. Siempre tuve la intención de que fuese publicada, más que por el interés de la sobrevivencia académica, por el anhelo que un trabajo construido con mucho esfuerzo no quedara anquilosado en un anaquel polvoriento de biblioteca (eso, en el mejor de los casos), sino que circulara. Dicho sea de paso, ese objetivo se logró muy parcialmente con la primera edición, cuyo valor hacía que fuese poco asequible y desde una editorial con prácticas poco felices. Eso me llevó a considerar, 10 años después, que era necesario volver a publicarla, ahora bajo el sello independiente «Raco Ediciones», con un precio mucho más asequible. Y de una manera fortuita, esta reedición coincide con algunos actos académico-divulgativos a propósito de los 50 años del «Primer Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo», efectuado los días 23 al 30 de abril de 1972.

El libro busca relevar dos aspectos de la relación cristianismo marxismo en Chile durante los años 1968 a 1975. Un aspecto «concreto», que reporta una construcción histórico-relacional en movimientos y partidos tales como: Iglesia Joven, el Movimiento Camilo Torres, Cristianos por el Socialismo y los partidos Movimiento de Acción Popular Unitaria e Izquierda Cristiana. Esa relación emergió a fines de la década de 1960, abriéndose paso en la escena política durante el gobierno de la Unidad Popular y teniendo gran importancia en el período dictatorial, en la conformación de un frente político por la irrestricta defensa de los derechos humanos y en el proyecto de asentamiento democrático nacional. El otro aspecto es «subterráneo», posible de constatar en elementos discursivos que son transversales a marxistas y cristianos y que determinan modos de entender y vivir la realidad. Dichos elementos son representaciones subjetivas tales como una ética revolucionaria y una práctica acelerada que permiten nuestro acercamiento a una cultura política de izquierdas de nuevo cuño, entendiendo el fenómeno religioso de manera independiente a la ideología dominante.

¿Qué tiene de diferente esta segunda edición, además de la portada y el sello editorial? Hice para estos efectos una revisión de estilo y redacción, corregí mínimos datos y agregué imágenes ad hoc, y una adenda bibliográfico-textual, en la que explico el proceso de la investigación, su edición y además, señalo una cuestión de fondo: si bien es cierto, hoy no me posiciono desde la misma visión del mundo y la vida que hace diez años atrás, no obstante, creo que esta investigación sigue contribuyendo al debate historiográfico. Por lo menos, eso espero. 

Si tienes interés en conocer más de este libro, comparto acá una muestra con el índice, la introducción, la adenda bibliográfico-textual y los agradecimientos de la primera edición. Puedes acceder a ella, haciendo clic aquí.

También, comparto la vista previa que provee Amazon:

Finalmente, si quieres comprar el libro, puedes hacerlo en Amazon con la posibilidad de conseguirlo en formato impreso y/o digital, o en Buscalibre que es una opción más económica para quienes viven en Chile. Comparto los links:

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Un abrazo fraterno, Luis.


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